Duele Palestina

Jaime Hales, escritor chileno.

 

¿Cómo huele el dolor?

Hace tan solo unos meses, poetas de América escribimos un libro sobre Palestina y su gente llamado “La Fragancia de las Olivas”. ¿Huelen las olivas a estas horas en la tierra milenaria?

Por miles de años, diversos pueblos vinculados por características raciales semíticas habitaron este espacio mágico que fue usado por ejércitos y tiranos como puente entre diversos mundos. Y mientras se escribía en el fondo de su cielo y de su suelo un relato de sabidurías eternas, sus tierras eran arrasadas por egipcios, hititas, hicsos, tribus viajeras, asaltantes camineros, nómades dispersos que se iban quedando allí. Se cuenta la historia de algunas tribus que inspiradas por un dios guerrero atacaron con singular ferocidad a los habitantes de valles y montañas de esta ribera mediterránea, con la intención no lograda de exterminarlos. Muchos reinos existieron en Palestina (Filistea), variadas religiones, hasta que la bota romana se impuso en el lugar por muchos siglos. Fue allí donde un joven rabino alzó su voz para derogar leyes (a pesar de decir que la venia a cumplir) y proclamó algo inédito y no repetido por religión alguna hasta hoy: “amad a los enemigos”, que es el amor más exigente. Los habitantes de la tierra han buscado la paz, pero sus espacios han seguido siendo campos de batalla.

Y cuando luego de dos mil años de errancias y dominaciones militares surge una generación que sueña con la independencia, manos inglesas y francesas, manejadas por intereses económicos y ambiciones desatadas de poder, desatan la guerrilla y el terrorismo como forma de apropiarse de esa tierra bendita y sagrada, de sabidurías excelsas. Su argumento: que ese dios guerrero hace miles de años les había dicho que sería suya. Bajo el yugo de las deudas y el hálito de la corrupción, las potencias colonialistas cedieron a las ambiciones de grupos altamente ideologizados y les permitieron apoderarse de una tierra que pertenecía a un pueblo pacífico y sabio, que no era guerrero, sino que conoció el terrorismo de manos ajenas.

Aquel espacio en el que convivían diversas religiones, creencias, doctrinas, ideas políticas, orígenes raciales, como parte de un solo país, el terrorismo de personas que invocaban una religión como la única válida y la idea de ser el único pueblo de Dios, de su dios guerrero, forzaron guerras y confrontaciones. La cobardía de los ingleses de esa época le dio pase libre a sus armas. Mientras a los demás habitantes natrales del país se les privaba del derecho a organizarse y tener un ejército.

La antigua solidaridad musulmana y con las demás religiones, que creó espacios protegidos para cristianos de diversas denominaciones y judíos de todas sus fracciones, fue aplastada por quienes querían adueñarse de un territorio en el que con la paz en la mano podrían haber tenido cabida. Pero llegaron con armas y gritos de guerra. Después de la barbarie nazista, que ocasionó millones de muertos (20 millones de soviéticos, 6 millones de polacos, 30 otros millones de europeos y asiáticos) entre los cuales se encontraban casi 6 millones de personas que seguían la religión judía, se agitó esa circunstancia como bandera de lucha y de sensibilización que terminó con la división del territorio de los palestinos para entregarlo a personas que decían profesar esa religión. Quien condujo a esos inmigrantes hasta Palestina fue el movimiento sionista, estructura política que quiere recuperar las fronteras del reinado de David y Salomón, según se ve en el dibujo instalado en piedra en el frontis del parlamento israelí.

Pero más allá de división, la estrategia militar sionista, apoyada por Inglaterra y Estados Unidos, condenada por la mayoría de los países del mundo, desató otras guerras, si así se puede llamar a invasiones de militares bien armados contra grupos indefensos de la población o guerreros irregulares que no encuentran otra forma de defenderse.

El pueblo palestino – de diferentes religiones – fue aplastado por la alianza del gobierno invasor, con el apoyo de países, estados, gobiernos, militares, todos de las más grandes potencias, en sucesivas guerras.

Judíos de muchas partes del mundo, religiosos de distintas fracciones, se oponen al plan sionista. Ciudadanos nacidos en el creado Estado de Israel, israelíes por tanto, rechazan el argumento del derecho del “pueblo judío” y abogan por la convivencia de todos los habitantes de esta tierra más allá del origen racial, la opción religiosa, las ideas políticas, como sucede en los países civilizados. Son intelectuales y políticos de Israel muchos de los que denuncian el intento de eliminar a todos los palestinos “árabes”, especialmente musulmanes y cristianos, haciendo lo que llaman “una limpieza ética” que no es otra cosa que una genocida política de exterminio.

No son solamente los propios palestinos árabes, sino que en muchas partes del mundo entero se alzan voces independientes pero impregnadas de humanismo, que reclaman por estas conductas y quieren una solución pacífica que consista en el reconocimiento de las fronteras que impuso Naciones Unidas en el siglo pasado y se devuelva todo el territorio ocupado con el amparo militar.

Para solucionar sus propios problemas políticas, mediocre táctica usada en muchas partes del mundo, se provoca violencia hacia otros tratando de unir en torno al cuerno de la guerra y al sonido de la metralla.

¡No me gusta la violencia! Aun así me pareció digna de respeto la Intifada que hace muchos años alzó a niños y jóvenes a luchar por su tierra y su pueblo, por su propia libertad y tras condiciones dignas de vida.

¡Detesto la guerra y las armas! Pero puedo entender la desesperación de quienes quieren vivir en dignidad y que entonces se alzan contra un ejército despiadado que protege las invasiones de nuevos colonos con bombardeos sobre la población civil.

Con realismo y tristeza, podemos aceptar la existencia de dos Estados que puedan convivir en paz, con respeto y fronteras estables. Más nos gustaría un solo Estado, en el que puedan vivir personas de todas las razas, religiones, idiomas, colores, como habitantes de un solo país. Tal como sucede en nuestros países de América o en el mundo entero, salvo allí.

Quiero recuperar la fragancia de las olivas, en una  tierra en que el dolor y la muerte dejan sus pestilencias en todo nuestro ser.

Imploro al Dios único, aquel que ama a todos los seres humanos, aquel que pidió que amáramos a los enemigos, para que nos ayude a encontrar el camino.

 

Oh, Dios, como duele.

 

Los ojos de los niños

angustias repetidas y un cañón que construye muros.

 

La sangre y las madres muertas

los muchachos y las muchachas enturbiados

la sangre dominando el escenario.

 

Duele, Dios, esta Palestina,

suele tu tierra de sabios, la que evoca a los profetas

duele desde el corazón hasta la mente,

nos arranca a jirones la historia mal escrita

Y alzamos la voz, una rama de olivo, una paloma.

 

Miramos al cielo, tu cielo, mi Dios,

pedimos solo justicia y libertad,

solo respeto y agua,

¡no más dolor, mi Dios!

 

Las olivas ya no expelen su aroma, todo huele a dolor.

 

En Santiago, 15 de mayo de 2021