[Crónica] «Séptima región»: Un giro chamánico, mágico y esotérico

Espiritualidad, filosofía, crítica a la religión y a la civilización, asuntos antropológicos, la vinculación con el mundo animal y vegetal, son temas de esta nueva novela del escritor chileno Nicolás Poblete Pardo, y la cual se encuentra estructurada de un modo completamente original.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 26.5.2026

Cuando empecé a leer el  libro de Nicolás Poblete Pardo (1971), Séptima región (Cuarto Propio, 2026), se me vino a la memoria el escritor Juan Mihovilovich, tal vez porque él ha transitado y anidado tanto por la región del Maule que ya no se sabe si ella es parte del patrimonio cultural del narrador o él es propiedad de una región del Chile central.

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En la primera solapa del libro el redactor de la editorial describe la obra afirmando que en ella el autor profundiza en la indagación de la idiosincrasia chilena, marcada por momentos clave de la historia reciente, como el estallido social y sus repercusiones en nuestra sociedad actual.

Si el lector se guía por esa presentación, se llevará una decepción, pues en verdad, salvo una alusión genérica a una situación específica derivada del estallido popular y social de 2019 y las constantes referencias críticas a lo católico y a lo cristiano —que no son propias de Chile sino de occidente—, la novela nos sitúa en la intimidad misma de unos pocos personajes.

Justamente sacándonos, al lector y a los personajes como si fuéramos una sola realidad, de los elementos propios de la sociedad para ubicarnos en circunstancias más cercanas al chamanismo, la conexión con lo natural y el rechazo —y distanciamiento hasta donde es posible— de la sociedad y de la civilización.

Espiritualidad, filosofía, crítica a la religión y a la civilización, asuntos antropológicos, la vinculación con el mundo animal y vegetal, son temas de esta novela estructurada de un modo completamente original. El narrador neutro —la obra no es autobiográfica en sentido estricto aunque se refiere a todo lo humano— nos presenta dos personajes centrales: Renato y Eneas.

El primero aparece vinculado a un tercer personaje, Millaray, su pareja, con quien ha vivido una trágica circunstancia que, aunque el lector la descubrirá de inmediato, sólo se revela con certeza ya avanzado el texto.

Renato, nombre quizás elegido por el inconsciente del autor, significa renacido, lo que es el propósito que Eneas se formula con él: que deje la vida que lleva para renacer desde su conciencia más profunda.

El nombre elegido para este personaje es más evidente: alude al héroe de la guerra de Troya, hijo de un noble y una diosa que se convierte en un personaje temible, intenso, guerrero, de una potencia irreductible. También, la palabra alude a una planta silvestre.

Con todo, en esa combinación derivada de su nombre se mueve el sujeto que, sin dejar de ser temible, quiere llevar la vida de una planta silvestre o, mejor alternativa, de un animal ajeno a la civilización.

 

Las dimensiones más intimistas

En este punto aparece un cuarto personaje: «la puma», es decir un animal puma hembra, que no tiene más nombre que ese. Ella está ciega y vive con Eneas. Su papel será fundamental en el proceso que vivirá Renato en su estancia con este último.

Cuando en el relato emerge «la puma» surgió en mi memoria ese notable poema de Jonás (Jaime Rogers) que lleva ese nombre y hace hablar al puma, quien interpela a los humanos para que lo dejen seguir viviendo, pues mientras él mata una oveja para comer, ellos las matan por miles y les recuerda: «Soy el último salvaje que os queda».

El quinto personaje son las palmeras, obsesión de Eneas por cultivarlas, convencido de que son «el pasto de eras pasadas» y que ante el eventual cataclismo que lleve a la humanidad a la desaparición, ellas deberán sobrevivir.

Así, este encuentro con las palmeras me llevó de inmediato a mi relación con ellas, que quedó plasmado en mi libro Palmeras y otros recuerdos (1984), donde cuento de su presencia en mi vida.

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Hace sólo unas semanas, cuando una palmera se secaba en mi jardín de maceteros, recibí un regalo de mi prima Carmen Gloria, dos palmeras nuevas, una de las cuales trajimos con Maru a Reñaca.

El escritor Poblete acierta: ellas son plantas espirituales, profundas y a la vez intensamente terrenales, ya que en el desierto permiten beber al peregrino, dan frutos gigantes en los trópicos y pequeños y sutiles en las montañas. Son, de cierto modo, casi humanas (según Eneas, mejor que humanas).

Todo esto transcurre en la singular región del Maule que Poblete y su personaje Eneas llaman Séptima Región, como la llamaron los militares para poner en orden las cosas.

Hoy no existe la Séptima Región, sino la Región del Maule, pero él insiste en vivir en «un lugar que no existe», que no se llama así, pero lo hace con intención y no por error.

Lo que intenta es mostrarnos lo efímero de las existencias humanas en medio de la inmensidad del universo, pues da lo mismo donde estemos, se llame como se llame el lugar, porque lo que importa es nuestra intensa relación con ese hábitat.

Pero, no contento con eso, el autor hace un giro chamánico, mágico y esotérico, al vincular el 7 con el Iridio, con el cerebro, con los méritos del 7 en la numerología, con los 7 que tiene el cuerpo (siete orificios principales, siete entradas de la cabeza, siete regiones cerebrales, etcétera).

Y entonces, se me aparece de nuevo Juan Mihovilovich Hernández, y me doy por enterado: algo de esos temas tan psicológicos, a veces filosóficos, de la obra del escritor maulino, se trasluce en la obra de Poblete.

Poblete puede no haber leído a Mihovilovich, pero puede compartir con él en una esfera espiritual, de almas cercanas, la intensa pasión por las dimensiones más intimistas, psicológicas, en las que se encuentra lo mejor y lo peor de cada uno de nosotros, los humanos.

Séptima región no es una novela de entretención: es una obra completamente diferente en el género, que nos interpela profundamente y nos dejará con una inquietud tremenda: ¿es la civilización un avance de verdad en la perspectiva humana?

 

Fortalecer la democracia y el Estado

Las señales que da el gobierno de Kast permiten establecer que no les interesa el fortalecimiento del aparto estatal ni el fortalecimiento de la democracia. Sus objetivos son distintos, centrados en las ventajas para el mundo empresarial privado y la consolidación de un poder que se haga cada vez menos modificable.

Necesidad de nuevas propuestas

Hace ya un tiempo formulé algunas propuestas políticas para mejorar el funcionamiento del Estado, pues estoy convencido que un proceso de democratización como el que Chile deberá iniciar cuanto antes, requiere de un Estado sólido, fuerte, eficaz, eficiente. Lo que intenté fue proponer algo que nos sacara de las contingencias inmediatas y permitiera ver la realidad con una perspectiva de futuro, convencido como estoy de que el futuro se construye desde hoy.

La democracia chilena, como lo he comentado varias veces, la percibo débil, limitada, excesivamente formalista, ajena a la realidad del pueblo y sus necesidades. Incluso ya ha dejado de hablarse de pueblo para sustituirlo por el vocablo gente.

Eso no es un tema baladí, sino una modificación profunda de lenguaje. Gente es un concepto vago, masificador de individuos desconectados entre sí, pero que transitan por la misma sociedad. Pueblo es un concepto integrador, referido a las personas conectadas por espacios, intereses, demandas, necesidades, desarrollo, donde las decisiones se toman más en conciencia de lo que es permanente y no sólo de la urgencia del día.

Por eso, aludo siempre a las necesidades que van más allá de lo básico: es la necesidad del desarrollo humano, de personas integradas en sí mismas y con los demás, en busca de consensos, armonía, soluciones permanentes, unidos por su entorno cultural real.

Consumidor versus ciudadano

Cuando, como sucede en estos tiempos, prima el carácter de consumidor por sobre el de ciudadano y los valores y lenguajes son traídos de las potencias imperiales, se percibe el intento de hegemonizar para establecer el dominio de los poderosos sobre el resto. Los poderosos del dinero, de la política, de las religiones, de las armas.

Los proyectos planteados por los actuales gobernantes apuntan con claridad a restablecer la alianza del poder económico con el político –más allá de la corrupción o los delitos en la materia– con un respaldo valórico derivado del imperio de las religiones más inquietas por los temas de la familia y la sexualidad, que los de la justicia social, el respeto por las personas y la construcción de espacios solidarios, fraternos.

Y todo esto con la presencia silente pero activa de los militares, que con la continuidad pinochetista del ministro de Defensa Nacional, bajo el rótulo de “nuestras fuerzas armadas” se les invoca como sostenedores del sistema institucional.

No se aprecia voluntad de avanzar en el fortalecimiento del Estado y de la democracia. Por el contrario, cada paso está orientado a mantener como zonas de gasto privilegiado a las fuerzas armadas y el entorno presidencial, dejando todas las otras cuestiones para la reducción de presupuestos.

Los temas de interés

Medio ambiente, cultura, arte, incluso educación y salud como asuntos de Estado, son materias que el enfoque del gobierno actual y la derecha en su conjunto califican de “temas izquierdistas”, en el entendido que la derecha está interesada en la seguridad y el poder económico, convencidos que son los únicos que privilegian esas temáticas por sobre todas las otras.

Por eso se entiende que el Ejecutivo haya cambiado rápidamente de ministro de Seguridad, atendidas las críticas que recibía la titular, desde todas las posiciones. Lo que no se entiende tan bien es que el presidente haya destituido a la ministra y junto con decirle que tenía que irse le agradeció y la felicitó por todos los logros conseguidos en su brevísima gestión, diciendo que se la extrañaría en el cargo.

Las críticas de los demás, paralelamente, relevaban que ella carecía de plan (reconoció que no sabía que debía tenerlo), que sus éxitos operativos estuvieron basados en las acciones de Fiscalía, de las policías y del gobierno, iniciadas mucho antes de que asumiera el actual presidente y que sus declaraciones y acciones públicas fueron muy desafortunadas. Pero Kast la echará de menos. La contradicción en sí misma. Lo difícil será para el nuevo: él se opuso a la creación del Ministerio y fue un crítico constante y agudo de todo lo que hizo el ministro de Boric.

Debilitando el Estado

En esa misma línea, ahora se habla con claridad por parte de la derecha –planteamiento sobre el que no se ha pronunciado el gobierno todavía– de la conveniencia de privatizar Codelco. Es decir, si las cosas no funcionan como ellos quisieran, en lugar de mejorar procedimientos, sistemas, controles, consideran que hay desprenderse de la mayor empresa del Estado, paralelamente con bajar los impuestos a las grandes empresas.

Para ellos, el Estado debería disminuirse todo lo que se pudiera. Recuerdo una conversación con un destacado personaje del pinochetismo (fue ministro de Educación) cuando el fungía de decano de Ingeniería en la Universidad Andrés Bello. Decía: “todo debe ser privado”. Le dije: ¿Y las fuerzas armadas? Él respondió: “también”. Hasta el decano de Economía, poco después elegido diputado por la UDI, lo miró con sorpresa.

Finalmente, todo es negocio y lo que importa es que los empresarios privados, sobre todo los empresarios más grandes, puedan ganar mucho dinero, convencidos como están de que la riqueza de los poderosos “chorreará” hacia la gente. Eso ya está probado que no es así.

La urgencia del debate

Es necesario iniciar un debate serio y comenzar a proponer reformas destinadas a fortalecer el Estado. La democracia requiere de un Estado potente que garantice los derechos de las personas.

No se trata de hacer todas las reformas de una vez, sino comenzar a proponer, intercambiar ideas, buscar acuerdos e ir reformando poco a poco cada una de las áreas que permitan avanzar hacia la profundización democrática, la participación consciente en las decisiones, la responsabilidad de quienes tienen la conducción política del país y la construcción de espacios de justicia, fraternidad ciudadana, educación sólida, formación ética y satisfacción de las necesidades más urgentes para establecer la armonía social que requiere la sociedad.