VEJEZ Y JUVENTUD

Cuando este artículo vea la luz a través de estas páginas, ya habré cumplido mis 78 años de edad. Lo estoy escribiendo un par de días antes de ello. ¿Qué importancia tiene eso? Pues algo muy simple: el valor simbólico de haber cumplido la edad que mi padre no alcanzó a cumplir, pues murió unos pocos días antes. Es decir, tal como mi hermano mayor lo ha experimentado, nosotros hemos seguido más allá de lo que vivió nuestro progenitor y podríamos decir, entonces, que ya no tenemos modelo.

¿Hubo modelo? Por supuesto que sí, siempre lo hay, aunque a veces opere como “anti modelo”. Es decir, miramos al padre para aprender qué hacer y qué no hacer. El problema es que lo miramos como hijos y no pensando en que ese es el camino que deberemos seguir o evitar, sino solo reclamando o tratando de imitar. Los demás nos miran e inevitablemente nos comparan. Y la figura del muerto se engrandece, poniendo cada vez más lejana la comparación, porque lo que se confronta es una persona en plena vida —es decir con aciertos y errores constantes— con lo mejor de aquel que ya falleció y que no podrá equivocarse nunca más.

Ser padre es una tarea difícil, porque por mucho que leamos libros u observemos el comportamiento de nuestros padres y de los padres de nuestros amigos (y primos), no estamos en un proceso de aprendizaje. Entre otras razones, porque ellos no nos están enseñando a ser padres, sino que están padeciendo su paternidad y quieren que “nos portemos bien”, es decir, que sigamos sus criterios, parámetros, normas, lineamientos y nos adaptemos a la vida social. El padre se enoja cuando el hijo rompe las normas, sin entender las razones de ello y muchas veces sin importarle cuáles son. Entonces es difícil la relación porque ser hijo es una cosa y ser padre algo completamente diferente. Todos hemos sido hijos antes de ser padres e incluso aquellos que experimentaron la pérdida del padre siendo muy jóvenes, saben de lo que han carecido.

Dicen algunas doctrinas y creencias que el cuerpo empieza su proceso de muerte siete años antes del hecho mismo. De ser así, mi padre comenzó a morir cuando transitaba por el año 71 de vida, su último momento como Ministro de Estado. Cuando dejó de serlo, un mes antes de cerrar el año 71 y empezar a vivir el 72, comenzó a sentir el vacío que queda cuando se dejan las posiciones de poder y se convierte en un “ex”. El deterioro en la salud era creciente y su ánimo a ratos se veía afectado, aun cuando me preguntaba: “¿Cuándo crees que podré volver a manejar?”. Yo sabía que nunca y así se lo decía, pero él me respondía: “Exageras”. “Haga ejercicio para fortalecer sus piernas”, le decía yo y su respuesta era: “Es que ya no puedo caminar como antes”. Y era verdad, hacía poco tiempo que él subía el Cerro San Cristóbal una vez por semana. Dejó de hacerlo.

Estaba viejo. A los 77 años cumplidos, es decir, transitando por el año 78 que no alcanzó a terminar. Cansado, cierta sensación de soledad, tuvo un último acto de reconocimiento social cuando las organizaciones de descendientes de árabes de América le dieron un premio por su trayectoria en la difusión de la “Causa Árabe”, en diciembre de 2000. Estaba muy viejito. La ceremonia fue en Buenos Aires y lo acompañamos mi hermano y yo. Trató de caminar por las callecitas de Buenos Aires, pero avanzó dos o tres cuadras. “Buenos Aires ya no es el mismo”, me dijo. Yo pensé: “Usted, papá, ya no es el mismo”, pero callé y nos sentamos a tomar otro café. Pidió un dulce. Era diabético, pero yo sabía que no había que seguir peleando por eso. Tres meses después murió.

Yo tengo 78 y me siento joven. No soy joven: objetivamente hay cosas que no puedo hacer y lo más probable es que ni siquiera me interesen. Pero me levanto cada mañana, como hoy, con las ganas de hacer algo nuevo, de terminar la novela que estoy trabajando, escribir mis artículos, hacer el índice de mi próximo libro de Tarot, tratar de organizar mis artículos políticos de tantos años (en eso me ayuda Maru, mi pareja, joven y entusiasta, 24 meses menor que yo), escribir más poemas, llamar a mi hijo y mis hijas por teléfono, comentar con mis amigos la victoria de Las Diablas del hockey césped. Ganas de todo: de seguir atendiendo personas en lecturas de Tarot y Vida Pasada, conversar con esos tantos que me dicen que quieren tomarse un café conmigo.

Tengo 78 y siento que me queda mucho, aunque me preparo para las sorpresas, nunca se sabe. Alguien tratará de descifrar, el día que muera, los siete años anteriores.

Y estoy reuniendo mis escritos sobre la muerte, sabiendo que tengo una vitalidad enorme. Algún día eso terminará. Por ahora, siento que soy un viejo muy joven, lleno de planes y de entusiasmo.

Miro a mis compañeros de colegio y de universidad. Algunos de ellos están enfermos, pero todos se ven muy entusiastas, algunos siguen haciendo deportes. De pronto alguno se muere. Nos da pena, porque sentimos que murió demasiado joven.

Porque somos viejos y jóvenes al mismo tiempo, viviendo con intensidad, gozando hasta el último instante, haciéndonos cargo de nuestra vida, sin añorar, pero recordando mucho y aprendiendo a callar.