[Crónica] Para levantar el ánimo

Un comentario y que no se ofenda nadie: en Santiago las galerías de arte más importantes están atrincheradas en la elitista comuna de Vitacura, mientras que en Valparaíso se encuentran en las calles por las cuales transita el pueblo: esta experiencia de recorrer el principal puerto de Chile en compañía de Maru, ha cambiado mi percepción negativa de esta ciudad.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 5.2.2026

No soy ni he sido hincha de la ciudad de Valparaíso y me sentí extrañado cuando fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO.

En una insólita sucesión de alcaldes —ahora es el turno de una mujer— entre los cuales se cuentan dos amigos y camaradas de tareas políticas, la ciudad no ha logrado superar sectores de deterioro, suciedad callejera, zonas de malos olores, irrespeto por las normas de circulación callejera.

Dejé de recorrer sus calles hace muchos años, pues pese a los intentos de Eduardo Dockendorff por tratar de conseguir que el municipio se comprometiera con la acción cultural, no se logró gran cosa.

Sin embargo, mi amor por la fotógrafa y poeta Maru Hernández-Celis ha sido suficiente para volver a subir sus cerros (ahora en auto, casi siempre) y transitar sus calles, acompañándola en su tarea de atrapar imágenes y descubrir instantes que convertirá en Haikus.

Y debo reconocer varias cosas que me han reconciliado con parte de esta ciudad puerto, por ejemplo sus habitantes, personas amables siempre dispuestas a ayudar a los miles de turistas que la visitan, con los nombres de calles que no siempre están en los muros, con el dato del ascensor cercano.

Caminamos hasta la Plaza Victoria poblada por gente de todas las edades y condiciones sociales. En la Plaza Echaurren pasa lo mismo, pero además está adornada por predicadores que vociferan en contra del demonio.

Recorremos los cerros desde la Avenida Alemania, atravesando intrincados caminos y deteniendo el auto a cada rato para tomar fotos de lugares increíbles: casas que cuelgan, pinturas de todos los colores, grafitis bellos y grafitis pésimos, escaleras que nunca se sabe hasta dónde llegan y jardines de cardenales de variados colores que los mantiene el destino o los ángeles, en medio de pasajes que están en bajadas laberínticas.

La gente de Valparaíso vive sus espacios. Todavía no hemos vuelto a La Sebastiana, que por años fue una especie de ritual indispensable. Seguimos eludiendo el Congreso, en el que estuve algunas veces visitando amigos y no tan amigos hasta conseguir la unanimidad para la Ley de Fomento del Libro y la Lectura.

Se me perdió el colegio de los Sagrados Corazones y no encuentro la vieja tienda de mi tío Taufik en calle Serrano.

La espera la hicimos en la Plaza Victoria

Llegamos al encuentro de los cerros Concepción y Alegre. Dominique, una amiga francesa nos dio el dato: «No se lo pueden perder». Allí, en calle Concepción, donde estaba el viejo colegio Alemán, se alza el «Museo del Inmigrante». Una joya levantada por el esfuerzo de privados y parte de las distintas colectividades extranjeras que anidaron en la zona, bajo la dirección de Eduardo Dib, empresario, y con el apoyo de tres mujeres que llevan el área ejecutiva.

Un lugar increíble, hecho con las técnicas más depuradas de la museografía contemporánea (nivel europeo, me dice Maru, que ha recorrido Europa casi entera tomando fotografías y que es refrendado por Theodoro Elssaca, otro viajero incansable), hermoso, cuidado, donde todo se puede ver, con tecnología moderna, audioguía con información muy completa y personal gentil.

No es barato, pero en cuanto se estabilice y recupere la inversión, lo será sin duda. Restoranes, cafetería, tienda, librería, espacio para el descanso y un mirador sorprendente para ver Valparaíso en 360º completan esta interesante propuesta porteña.

Nos vamos sorprendidos y felices de la experiencia y, mientras íbamos camino al Museo del Grabado que mantiene la Universidad de Valparaíso, nos topamos en calle Almirante Montt 372 con una pequeña galería de arte, Galería Bahía, llena hasta los techos de obras de artistas locales.

Un lugar sorprendente, delicado, en que se aprovechan los espacios de muros y dinteles. Son cinco espacios que los porteños no se pueden perder y los turistas tienen que conocer. Luego de pasar por la puerta de un hostal llamado Patrimonio, destacando el valor de la casa en que está instalado, llegamos al MUG (Museo del Grabado), una muestra de excelentes obras y de un trabajo arquitectónico moderno, bien hecho, fino.

En la tarde fuimos al cine Insomnia, proclamado cine-arte, donde exhiben películas actuales y también clásicos inolvidables. Una sala antigua, a precio módico, inserta en el ángulo interior de un pasaje que sale a dos calles, muy bien mantenida, con butacas añosas pero más cómodas que cualquier cine moderno. Y sin paquetes de cabritas ni grandes vasos de bebida (yo llevaba mi coca zero de 250 cc en el bolsillo).

A las siete de la tarde estaba programada una película recién estrenada en Chile, premiada en Cannes y había unas 60 personas de público. La espera de la función la hicimos en la Plaza Victoria, a pasos del cine, rodeada de edificios bellos, antiguos, modernos, feos, de todo, como una ciudad de verdad.

La semana se coronó en La Escala, calle Cochrane al llegar a Plaza Sotomayor, una galería de arte creada por Jaime Blaset, pintor y micro empresario, en una enorme casona que ya tiene 110 años y que en algún momento incluso fue sede de algún sindicato importante.

Sus muros de ocho metros de altura están llenos de obras de arte y hay una hermosa, luminosa y enorme sala convertida en café, atendido, esta vez, no sé si siempre, por el fotógrafo artístico Jaime Verdejo.

Buen café, debo reconocerlo. Además hay una librería, con los precios a la vista. Y los días sábado, circula entre los visitantes, porteños comunes y corrientes muchos, la perrita del dueño de la galería, que sólo da un ladrido para saludar.

Destacan obras de numerosos pintores, fotógrafos, ceramistas, incluyendo un muro espléndido con los cuadros de Errupín Ibarra, artista septuagenario de Quebrada Escobar. Es un espacio difícil de describir en pocas líneas, pero es otro imperdible de la ciudad. Y lo más hermoso, es que son artistas locales.

Un comentario y que no se ofenda nadie: en Santiago las galerías más importantes están atrincheradas en Vitacura. En Valparaíso están en las calles por las que transita el pueblo.

Esta experiencia de recorrer Valparaíso con Maru, cambió mi percepción negativa del puerto.

Ahora Maru empezará a seleccionar las fotografías de la exposición que hará en el invierno, sobre su mirada de Valparaíso, en La Escala.

Y yo pasaré por alto olores, falta de aseo, profusión de perros y, por supuesto, el edificio del Congreso.

No nos engañemos: la cruda verdad sobre izquierda y derecha

Los discursos de comentaristas y periodistas tienden a confundirnos al hablar de “izquierdas” y “derechas”, como si se tratara de muchos grupos distintos. Otros hablan de “centro izquierda” y de “centro derecha”. Ello no es más que una nomenclatura anticuada que no da cuenta de la realidad política ni abre perspectivas hacia el futuro.

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«En las cenizas»: Renacer para vivir el tercer ciclo de Saturno

La obra del abogado y escritor chileno Luis Alberto Soto es un libro conmovedor, importante, útil, hermoso, que nos devuelve la esperanza, la fe en la trascendencia (más allá de las creencias de cada uno), la confianza en el ser humano y destaca la importancia de dar una mirada holística del hombre, que integra lo emocional, lo intelectual, lo espiritual y lo corporal.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 30.1.2026

Mirando desde mi oficio de escritor y siendo inevitablemente un ariano con ascendente virgo, no puedo dejar de pensar (y decir) que el título de este libro (En las cenizas, de Luis Alberto Soto (Santiago, 1966), editorial Hueders) debió haber sido Desde las cenizas.

Porque da cuenta de la historia de un hombre que dos veces se hunde en el camino de la muerte lenta de una «larga y penosa enfermedad» —sutileza conservadora y un poco cobarde a fin de denominar al cáncer— para salir de ambas, desde las cenizas, tal como el Fénix mítico.

Es un libro entretenido, que se lee rápido, que cuesta dejarlo y nos convoca a una segunda y tercera lectura con lápiz en mano para marcar (o escribir en un cuaderno si el libro es prestado) todos aquellos detalles que revelan el sentir de una persona que pasa por estos trances difíciles y debe, además de vivir su enfermedad, soportar a muchos de los que lo rodean y que se duelen porque no entienden, por ejemplo, «lo doloroso que es tener un hijo enfermo» o lo insoportable que puede ser el egoísta «padeciente», quien desea tomar decisiones desde su propio ser.

Con todo, se trata de un libro descarnado y veraz, donde todo es cierto, desde los sentimientos, emociones e ideas que vive el autor, hasta los nombres de las otras personas que aparecen (esposa, hijos, amigos, parientes, menos los médicos).

Una especie de «diario de vida» o más bien una autobiografía limitada a un tiempo y a un tema central: dos procesos de cáncer que se viven en un recorrido de diez años.

Un libro de autoayuda excelente

El autor lo dijo en la presentación: que este libro lo escribió para él y no había pensado en publicarlo. Distintas situaciones lo llevaron a decir: «si escribí, tal vez el texto deba ser conocido». No lo dice, pero podría haber pensado que quizás su lectura le sirva alguien: a una persona que tiene un hijo o un padre enfermo, a otro enfermo, a un médico o profesional de salud que puede repensar su forma de relacionarse con el enfermo.

Me recuerda a El padeciente, escrito por el médico Miguel Kottow y que fue base para una película chilena del mismo nombre, en el cual relata los padecimientos sufridos por él a manos de sus colegas (y clínicas, con su personal) cuando estuvo enfermo.

Bien escrito, sin abundar en detalles innecesarios, pero sin ocultar nada. Los sentimientos del lector —que tenderá a identificarse con el escritor— van cambiando en el ritmo del relato y, aunque al escribir no lo piensa así, Luis Alberto Soto nos conduce por un camino de aprendizaje hermoso y útil.

Riendo, Luis Alberto nos dijo en el lanzamiento: «No es un libro de autoayuda, pero me gustaría que se vendiera como si lo fuera». Discrepo: es exactamente un libro de autoayuda, excelente. Mucho mejor que muchos de esos textos que están escritos con esa calificación y que tienen un 80 por ciento de páginas de relleno que se podrían obviar.

A la imaginación del lector

En este libro, que ayudará a cualquier lector (a mí mismo, en particular), no sobra ni una línea y sólo faltan algunos desenlaces que el autor deja abiertos a la imaginación del lector.

Así, el autor, avalado por la editorial, nos dice que es una novela. Nada de este libro lo hace ser una novela. ¿Le teme a la expresión «libro de autoayuda»? Bien, entonces diga que es una biografía, pues el gran mérito del texto, además de la fluidez de la escritura, está en que es verdadero.

Espero que en un próximo libro Luis Alberto Soto nos cuente cómo siguió su vida, cómo fue este renacer para vivir el tercer ciclo de Saturno (el Cronos griego, maestro duro y exigente), que cada veintiocho años nos pide cuentas de lo que hemos hecho. Porque en el inicio de la nueva vida se siembra lo que luego se habrá de cosechar.

Concluyo: es un libro conmovedor, importante, útil, hermoso, que nos devuelve la esperanza, la fe en la trascendencia (más allá de las creencias de cada uno), la confianza en el ser humano y destaca la importancia de dar una mirada holística del ser humano, que integra lo emocional, lo intelectual, lo espiritual y lo corporal.

UN APORTE PARA LA CULTURA

Cuando aparecía en el horizonte el signo de Acuario y un poderoso grupo de astros se reunía con el Sol (Plutón, Marte, Venus y Mercurio en Acuario), en nuestro Santiago de Chile, en el Campus Oriente de la Universidad Católica sucedía un evento que anticipa buenas noticias.
Ediciones UC publicó –como ratificación de su compromiso con Violeta Parra, el museo, la Fundación y el arte chileno– un libro que es ni más ni menos que el facsímil de los cuadernos que la propia Violeta escribió y que ella llamó “Libro I” y Libro II”.
Violeta Parra, en algún momento decidió empezar a dejar por escrito sus décimas y lo hacía con lápiz de grafito o, excepcionalmente, con lápiz de pasta azul. Esos cuadernos no eran un diario de vida, sino el registro de sus creaciones. Pero, al revisarlos en detalle podemos descubrir que en verdad además escribía en medio de páginas y décimas algunos recordatorios para su memoria inmediata: números de teléfonos, contactos y nombres de personas, listas de cosas por hacer o por comprar para que la carpa funcionara como es debido.
Lo que más llama la atención es que “la Violeta” como la mencionaba Isabel en su participación en el acto, escribió en el cuaderno los números de las páginas y los títulos de las décimas, antes de escribir los textos propiamente tales. Cuento esto, porque hay algunas páginas que solo tienen el título y no sabemos ni sabremos jamás si esas décimas escribió alguna vez. Dos títulos en blanco fueron “la Locura” y “La razón”. ¿Notable? ¿Sorprendente? ¿Conflicto no resuelto?
El libro es una verdadera joya estética y un valioso material histórico. Introducen Isabel Parra y Soledad Falabella, presentando el cómo y el porqué de este trabajo enorme. Luego de todo el material facsimilado, vienen las transcripciones en letras corrientes, donde la editora se ocupó especialmente de mantener las formas e incluso las inclinaciones en que están escritas las palabras en el original. Porque claro, en las fotografías del libro original, el lápiz suave y la letra a veces intrincada de Violeta Parra, no se lee bien. Pero el lector llegará a todos los detalles con ese trabajo adicional.
Los discursos de presentación fueron muy bien hechos; el acto cuidado, delicado, pensado y ejecutado con esmero. Inició los discursos el rector Juan Carlos de la Llera –asumido hace poco tiempo– quien enfatizó su compromiso personal con el arte y la cultura. Eso nos hace abrigar expectativas de los rumbos que puede marcar más decididamente la actividad de ese centro de estudios superiores.
Luego habló la Directora de Ediciones UC, quien relató muchos detalles de este trabajo y de la relación permanente que están teniendo con la Fundación Violeta Parra. Agregó, al finalizar su discurso, que ella creía interpretar correctamente a la Universidad al sostener que el dinero y los esfuerzos personales destinados a la cultura y el arte no constituyen gastos, sino inversiones en un sentido profundo. Porque la idea de este proyecto universitario, ya inmerso en la historia de Chile no es lograr rendimientos pecuniarios, sino contribuir de modo potente y positivo en el desarrollo integral de la sociedad chilena.