[Crónica] Navidad todos los días

Estas fiestas de Noche Buena —salvo en lo que concierne al amor, tema central de la prédica de Jesús—, lo avergonzarían al ver este consumismo desatado, esta locura de gastar, la ansiedad por demostrar el amor de acuerdo al precio (un señor Vergara en la radio Cooperativa decía hoy que el gasto por cada regalo depende del cariño)

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 17.12.2025

En estos días se celebra una hermosa fiesta cristiana: el nacimiento de Jesús que, para las religiones cristianas, es la encarnación de la divinidad que toma forma humana.

Con todo, este es uno de los misterios más grandes del catolicismo: la Santísima Trinidad, que nos habla de un solo dios, pero tres personas distintas. Este dogma —que es tal porque no se entiende, pero se acepta— se basa en que Jesús —que en verdad se llamaba Emanuel— es fruto de un acto unilateral divino que engendra en María un hijo.

Más allá de las discusiones que eso admite y provoca en algunos, ya sabemos que es posible que una mujer sin tener relaciones sexuales de ninguna especie pueda quedar embarazada por una intervención médica.

Observo lo que sucede en las sociedades occidentales, especialmente las del área de influencia de los Estados Unidos, constatando que la fiesta de Navidad se ha transformado en la fiesta del comercio, donde tenemos como gran preocupación hacer regalos a quienes nos rodean y a quienes queremos.

Esa es una tradición que nace en Europa para recordar otra escena: dos años después, unos magos babilónicos, astrólogos evidentemente, llegaron después de un largo viaje en busca del niño anunciado por una estrella luminosa que había aparecido en los cielos: estaría naciendo un avatar, es decir, un ser que es la encarnación de un dios.

Así, ellos sabían que estaba comenzando la Era de Piscis y venía un gran cambio para el mundo, lento, pero potente. Estos magos quisieron rendir homenaje al recién nacido. Por eso en Europa se celebra «Reyes», unos días después, siendo ésa la oportunidad para los regalos.

 

La ansiedad por demostrar el amor de acuerdo al precio

Jesús nació en la pobreza y en la precariedad, no porque su padre fuera pobre, sino porque al visitar Belén para el censo no tuvo más espacio para alojar que un establo compartido con varios animales.

En verdad era una de las cuevas de la montaña, donde hasta el día de hoy viven muchas familias, aunque esa cueva específicamente ha quedado en el subsuelo de una iglesia muy bella construida posteriormente.

Pero Jesús además fue un exiliado. Cuando el gobernante judío —sometido al imperio romano que ocupaba el territorio— se enteró del nacimiento de este futuro «rey de los judíos», sintió afectada su autoridad y ordenó la muerte de todos los niños nacidos en la época que señalaron los magos.

Matar niños parece ser una conducta ancestral. Pero la familia de Jesús logró escapar a Egipto. No había drones.

Pobre, perseguido, exiliado, Jesús es el símbolo de la sencillez de la vida. Cuando vemos esta manifestación de regalos, decoraciones, viejos pascueros, pinos llenos de luces, pensamos en cualquier cosa menos en ese niño que vino a revolucionar el mundo y a poner fin a la creencia en dioses guerreros, autoritarios y machistas.

Estas fiestas navideñas, salvo en lo que concierne al amor, tema central de la prédica de Jesús, lo avergonzarían al ver este consumismo desatado, esta locura de gastar, la ansiedad por demostrar el amor de acuerdo al precio (un señor Vergara en la radio Cooperativa decía hoy que el gasto por cada regalo depende del cariño).

¿Qué pasaría si cambiáramos el enfoque de la celebración del nacimiento de Jesús, el judío galileo, que clausuró la era de Yahvé, el dios cruel y guerrero, para predicar el amor a todos los seres humanos como la esencia de la humanidad, aunque para ello deba vivir el más profundo sacrificio?

Tal vez podríamos aprender a tener más gestos amables, saludarnos en ascensores, tratarnos con más respeto, atender mejor en los comercios, darnos el paso en las calles, respetar las normas de convivencia tanto en espacios públicos como en privados. En fin, se me ocurren tantas cosas al respecto y estoy seguro de que quienes leen tienen también muy buenas ideas.

Ser más sencillos, querer acumular menos riquezas, ostentar menos. Tener por propósito ser mejores personas y no «tener más», no seguir usando el dinero y los bienes como medidor del valor de la persona.

Eso ayudaría a disminuir muchas formas de violencia, sobre todo las que se dan al interior de las familias.

Si todo esto lo hiciéramos de modo más consciente y en forma permanente, la Navidad que «conmueve» a tantos unos días, podría ser una experiencia diaria, sin necesidad de regalar más que sonrisas y cariño sincero. Tal vez también regalos sencillos, como una flor cortada en el parque o una comida pensada en el otro.

Navidad todos los días, pues cada día puede nacer un nuevo sentimiento positivo, cada día podemos mejorar nuestras conductas, cada día podemos ser un poco más conscientes de quiénes somos, de cuál es nuestra tarea y de cómo podemos contribuir a que el mundo sea un espacio más feliz para todos.

Aunque siempre habrá algunos que estén dispuestos a matar niños para asegurarse sus tronos o corromper con drogas a los jóvenes para enriquecerse, sobre todo mientras el dios en que muchos creen sea el dinero.

[Crónica] «La música de los domingos por la tarde»: En Concepción, ciudad húmeda y terremoteada

Esta nueva novela del autor chileno Gonzalo Garay Burnás es como la vida y por ende tiene de todo: hay humor, sarcasmo, violencia, viajes, trampas y alegrías, amor, sexo (con y sin amor), horrores profundos, decadencia moral, arte, entusiasmo, pasión y perversión.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 9.12.2025

Los medios de comunicación modernos están influyendo en la literatura, particularmente en la narrativa y en el ensayo. Mientras algunos autores defienden la novela más tradicional (los españoles Julia Navarro y Pérez Reverte, por ejemplo, o Isabel Allende, John Grisham, entre otros), los hay quienes dan rienda suelta a formas nuevas.

Desde el boom de 1967 parece que todo comienza a estar permitido. Rayuela y Cien años de soledad son dos obras maestras en las cuales todo se hace posible y la literatura inicia una revolución que no se ha detenido.

Hoy tenemos narradores que escriben guiones de películas. Capítulos de cuatro páginas para que el director pueda ir armando las escenas sin mayor dificultad (Código Da Vinci es el ejemplo más evidente).

La novela de Gonzalo Garay Burnás (Concepción, 1973), La música de los domingos por la tarde pareciera seguir el estilo más complejo de algunas series de Netflix. En lugar de ser un guion, recoge los relatos entremezclados que podemos ver en las pantallas, los que van dejando párrafos con huellas de un proceso que sólo termina de armarse al final.

Desde ese punto de vista la lectura a ratos se complejiza, pero va dejando lazos entre personajes y situaciones que no permiten al lector distraerse.

No conozco las otras novelas de Garay —que de haberlas, las hay— pero al menos ésta me ha interesado pues en las primeras páginas, al estilo de Crónica de una muerte anunciada, cuenta un elemento central de la trama, cuyos antecedentes se van develando poco a poco.

Varios relatores, personajes todos que se esclarecen en el proceso mismo.

Y más que el final, como debe suceder en las buenas novelas (a la inversa de los buenos cuentos), lo que importa es todo el desarrollo, donde los sujetos y los hechos se van dando a conocer tanto por sí mismos como por el relato que otros hacen de ellos.

 

Las galletas como parte central de la trama

El autor define su obra como un «ejercicio literario», aunque en realidad ya está listo para las competencias difíciles ante crípticos y lectores. Yo soy un colega suyo que oficia de lector con ánimos de comentar, en la idea de fomentar la lectura.

Una persona que leyó la novela antes que yo me dijo: «Es una obra provocadora y confesional sobre la locura, la moral y la redención». Sin duda, algo de eso hay.

El autor nos provoca con un lenguaje directo y largas disquisiciones éticas, descripciones de detalles, recuerdos, opiniones, dibujando un escenario múltiple, que se pasea por varios territorios, aunque será Concepción, ciudad terremoteada y húmeda, la sede central de los acontecimientos.

A ratos da la impresión de que el autor es parte activa de lo que cuenta, por cuanto el protagonista —uno de los protagonistas— es escritor y la primera persona del relator principal (hay otros relatores) así lo da a entender.

No puedo dejar de pensar en esa idea expresada por un estudiante de literatura que decía que los autores en verdad se describen a sí mismos y lo que cuentan es porque lo han hecho o al menos están dispuestos a hacerlo.

Lo que no me cabe duda es que este autor desafía a los lectores a imaginarse como si ellos fueran los verdaderos protagonistas y los sucesos de esta historia a veces oscura y tenebrosa, a veces atrevida y otras sorprendente y audaz, pudieran ser parte de su propia existencia, en cosas tan sencillas como comer galletas, ciertas galletas, adecuadas al clima lluvioso y tristón que toma la ciudad en ciertos períodos.

Con todo, la historia que cuenta la novela tiene a las galletas como parte central de la trama y al galletero como el eje de la moralidad cuestionada.

La novela de Garay es como la vida: tiene de todo. Hay humor, sarcasmo, violencia, viajes, trampas y alegrías, amor, sexo (con y sin amor), horrores profundos, decadencia moral. Es arte, entusiasmo y pasión, es la locura y la perversión, la maldad si como tal existe y la búsqueda incesante de una ternura que se escapa entre las líneas del texto y entre los dedos de los personajes.

El autor es un exjuez que sabe de crímenes y de horrores. Los que hemos sido abogados criminalistas sabemos lo terrible que son las realidades humanas que están tras la comisión de un delito.

Aunque el autor, este juez devenido en escritor (o a la inversa, no sé donde empezó el drama vital), goza con el relato de los crímenes (se nota que goza escribiendo), pero se introduce por los vericuetos de las culpas cuando el crimen no ha sido descubierto y entonces el propio criminal ni siquiera ha elaborado las necesarias teorías que podrían justificarlo.

Es un libro interesante, que con su título nos invita a esas tardes de domingo, sin partidos de fútbol ni cine, donde ponemos la radio para escuchar esas canciones que están a medio camino de las generaciones, casi siempre en inglés, que nos adormecen un poco.

Cuando yo era niño, era música orquestada. Ahora están Sinatra, Diamond, Dione, Stevens (musulmán y todo). Esa música impulsa la imaginación y la expectativa, a ratos la angustia de lo que se aparecerá el lunes por la mañana, emociones que se calman de las maneras más diversas, entre ellas leyendo novelas o perpetrando crímenes.

[Crónica] Más allá de toda duda razonable

¿Cómo no escribir unas líneas sobre la revelación de nuevas acusaciones infundadas en temas relativos a abusos sexuales al interior de los hogares o por parte de sacerdotes? Tan grave como hechos de tal envergadura, cuando son ciertos, es que se busque financiar organizaciones a través de denuncias falsas sólo para obtener la notoriedad que exigen quienes aportan ese dinero.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 4.12.2025

Cuando falta menos de una semana para la elección presidencial entre Jara y Kast, siento el deseo de escribir, pero el tema político llena mi mente invadiendo los otros temas que me interesan.

Me pregunto:

¿Cómo no escribir sobre la Feria del Libro? Acabamos de vivir esa experiencia e indudablemente saltan muchas ideas que me gustaría compartir con los interesados, partiendo por los organizadores. Cambiar elementos del modelo, buscar otro tipo de convocatorias, ver el papel que podemos jugar los escritores, acercarse a otros públicos.

Una de las ideas la escuché de un visitante: ¿Es necesaria una gran feria o podrían ser muchas ferias pequeñas a nivel comunal? Pero, mi experiencia muestra que no siempre son eventos tan concurridos.

¿Cómo no hablar, en los inicios de diciembre, cuando se recuerda la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sobre los temas de las guerras que afectan al mundo y los hechos de violencia delictual que constatamos en todos los países del planeta?

Porque lo que sucede en Palestina, la asolada tierra en la que nacen el inspirador del cristianismo y su grupo de seguidores iniciales, sigue siendo terrible aun cuando se hable de «cese al fuego».

Y los hechos de la invadida Ucrania no nos pueden dejar indiferentes, sin olvidar lo que sucede en Sudán y en otras regiones, donde dictaduras y seudo democracias construyen sus modelos aplastando a la población civil y a los que disienten políticamente de las autoridades.

¿Cómo no hablar de la corrupción en Chile, que se expresa no sólo en los casos de personas cercanas a lo público, en algunos funcionarios y otros particulares, sino en una especie de desprecio general por las normas.

Un exoficial de Carabineros se lamentaba de eso hace unos días en carta a un matutino: las leyes que no se cumplen, citando a las del tránsito (velocidad en calles y carreteras, uso de veredas por ciclistas, ocupación indebida de estacionamientos para discapacitados), a las que limitan la contratación de extranjeros, lo relativo a los impuestos, las ventas ilegales en las calles.

¿Cómo no escribir unas líneas sobre la revelación de nuevas acusaciones infundadas en temas relativos a abusos sexuales al interior de los hogares o por parte de sacerdotes?

Tan grave como hechos de tal envergadura, cuando son ciertos, es que se busque financiar organizaciones a través de denuncias falsas sólo para obtener la notoriedad que exigen quienes aportan ese dinero. Los casos abundan.

 

El siguiente empeño

¿De qué escribir, entonces?

Reviso mis artículos de los últimos 50 años y me doy cuenta que muchos temas que entonces denunciábamos siguen de cierto modo vigentes.

Es verdad que hoy no hay una violación masiva y sistemática de los derechos humanos por parte de agentes del Estado. Pero ese poder omnímodo que algunos sienten porque la ley los autoriza a usar armas y vestir uniforme sigue siendo notorio y el abuso de ese poder los lleva a gozar de ventajas que no tienen otros ciudadanos.

Y a eso podemos añadir que persistentemente vemos que policías o personal de Fuerzas Armadas, son sorprendidos en la comisión de delitos comunes. Eso está cada vez peor y nadie hace lo suficiente para poner fin a estas situaciones.

En esos viejos escritos, yo ponía la confianza en que cuando construyéramos una democracia de verdad, podríamos dar solución a los más graves problemas básicos, tales como salud, educación, vivienda, previsión; terminar con la corrupción a gran escala; disminuir el delito y trabajar por la reeducación de los delincuentes; proteger la infancia y la juventud del flagelo de las drogas; avanzar en el desarrollo de la cultura; lograr que las personas fueran más felices y la sociedad viviera con menos tensiones.

Hoy, que la democracia es «semi democracia», sin participación verdadera, sin compromiso, en que las decisiones quedan para cúpulas poco oxigenadas, con personajes encerrados sobre sí mismos, no hemos podido superar las lacras que dejó la dictadura, salvo quizás en cuanto a que ahora la corrupción puede conocerse y los dramas sociales no quedan ocultos. Pero los problemas verdaderos siguen sin resolverse.

Entonces, me pregunto: ¿Da lo mismo quien gane esta elección? No, porque Jara por lo menos asegura que habrá, tal vez con poco crecimiento, una valorización de lo conseguido y se mantendrán espacios para seguir avanzando en la democracia. Kast es todo lo contrario: seguir en el actual estado de cosas, donde la medida de la felicidad está en «tener más», con enriquecimiento de los ricos y sometimiento de los demás.

La duda mía hoy no es por quién votar —lo haré por Jara— sino como avanzar hacia una sociedad distinta, en que aniden la justicia, la fraternidad, la solidaridad, una nueva racionalidad y las necesidades básicas estén satisfechas con la mirada puesta en el pleno desarrollo de las personas.

En eso es el siguiente empeño.

 

 

 

 

 

[Crónica] Los temas marginales

La educación (más bien la instrucción pública, que es lo que se intenta hacer) debe estar marcada por la inserción de los menores a la vida social sobre la base de valores, siendo el principal el respeto por sus semejantes y por el lugar geográfico en el cual habita.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 23.11.2025

Hace unos días leí a Alfredo Sfeir comentando sobre la campaña presidencial y, en términos más generales, sobre la política chilena. Lo que él plantea es que en los discursos y programas se pone énfasis en cuestiones en las que todos estamos de acuerdo que es necesario resolver: seguridad y bienestar económico.

No sorprende escuchar, con más palabras y pocos conceptos, la competencia desatada entre los dos finalistas de la contienda —orientada a captar a los electores que no votaron por ellos— afirmando que cada uno dará más seguridad o más crecimiento económico.

El problema de fondo es que se ha descuidado el fundamento y objetivo de todo ello: la persona humana que habita en los territorios y los territorios mismos. He aquí el meollo de las debilidades programáticas de todos los candidatos, pues se han olvidado que esos no pueden ser capítulos de un programa.

Me recuerda cuando, siendo decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Humanidades de la Universidad Andrés Bello, la junta directiva me preguntó la razón por la que no había en el plan de estudios un curso sobre los derechos humanos.

Les dije: «Si hay un curso, será una asignatura más que los alumnos tratarán de aprobar, un escollo en su carrera. Eso no sirve. Se equiparará al derecho Civil, Penal, Laboral o Tributario. Y eso no es así. En cada programa de asignatura intentamos que se trate con un enfoque de acuerdo con los derechos de las personas».

En resumen, cada rama del derecho debe contener la temática de los derechos humanos como sustento de todo el sistema de enseñanza.

La marcha más larga se inicia con el primer paso

Entonces, cuando se construyen los programas de las candidaturas, ese mismo tema, más la preocupación central por la persona humana como protagonista de la sociedad y la sustentabilidad del medio ambiente, deben estar presentes en el conjunto de las decisiones que toman los gobernantes, los legisladores y todo el aparato del Estado. El marco de trabajo de un país debe estar centrado en esta perspectiva: personas, territorio, medio ambiente.

La salud de las personas, entonces, no es un tema que pueda interesar principalmente a los «profesionales de la salud». Ellos deben atender personas. Siendo así, un médico a la cabeza de un Ministerio cumplirá sus deberes de sanador específico, pero su mirada estará marcada por la especialidad.

Sebastián Piñera nombró como su primer ministro de salud a un anestesista. No es necesario explicar más. Y ése ministro debe ser capaz de trabajar con los técnicos para que las medidas sean viables y eficaces, pero desde una orientación centrada en lo humano.

La educación (más bien instrucción pública, que es lo que se intenta hacer) debe estar marcada por la inserción de los menores a la vida social sobre la base de valores, siendo el principal el respeto por sus semejantes y por el lugar en que habita. Eso es formación cívica, que debe estar presente en cada asignatura y no en una específica para enseñar la Constitución.

Cuando hablamos de cultura, del desarrollo del arte, del deporte, no pueden ser compartimientos estancos, sino que deben estar integrados en forma eficiente y eficaz para lograr una formación completa y sólida de todos los miembros de la sociedad.

Lo que falta es mirada de conjunto.

Entonces, cuando vemos el presupuesto, la discusión se centra en si poner más dinero en los consultorios o en la cultura, en los policías o en los derechos humanos, en agregar o eliminar impuestos sin que importe para qué se usan.

Sin ir más lejos, toda la riqueza de Chile, que va desde sus creadores, sus profesionales, sus trabajadores de todos los ámbitos, sus bosques, sus ríos, sus tierras agrícolas, sus recursos mineros, debe ser cuidada con una visión integral y a partir de eso definir las pautas del crecimiento, el desarrollo, el bienestar.

Todas las personas, las que administran el Estado y las que están en el mundo privado, deben trabajar en esa consonancia. Hoy vemos que la ley puede ser violada por una persona hasta que la sorprendan y muchas veces es más barato pagar la multa que invertir correctamente.

Si seguimos así, en corto tiempo diremos, como parodia Sfeir: «Sorry, sorry», y la humanidad irá camino hacia su propia destrucción.

¿Podemos los chilenos cambiar el mundo?

Ya que está de moda China, digamos con su tradición: «La marcha más larga se inicia con el primer paso».

Si damos los primeros pasos, algo grande puede pasar para los siglos venideros.

Retorno a la poesía y al arte

Mientras algunos apagan incendios y otros simplemente pelean, los chilenos de todos los orígenes, jóvenes y mayores, podemos ir tejiendo esa arpillera, escribiendo ese verso, componiendo esa canción que relatará el pasado y el futuro, para recuperar la seguridad en nosotros mismos, la confianza en los demás, el amor por los cercanos y la expectativa de un país cada vez mejor y más contento.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 17.11.2025

Pasadas las elecciones del 16 de noviembre, muchos miramos con cierta sorpresa o desazón lo que ha sucedido. Que la derecha obtenga algo más que el 45 % que apoyó a Pinochet en 1988 o bien que alcance la votación que logró Sebastián Piñera en la elección de 2017, no nos puede sorprender.

Tampoco puede sorprender la votación de Matthei, pues ya Sichel había dado muestras de la decadencia de Chile Vamos hace cuatro años. La sorpresa es ese 20 por ciento que sacó Parisi, lo que sumado a los tres de escasa votación deja en claro que casi una cuarta parte del electorado no quiere nada con las formaciones tradicionales.

Y a eso puede añadirse que tanto Kast como Kaiser han roto con sus partidos de origen, es decir, lo que hoy es Chile Vamos, lo que nos indica que una enorme mayoría ha dicho basta a los esquemas políticos agotados. Jara no logra siquiera alcanzar el apoyo que tiene Boric.

Chile requiere un cambio de fondo y para eso este sacudón puede dejar en claro que los próximos cuatro años, difíciles gane quien gane, serán los últimos de una época del país en que seguiremos pegados a los conflictos de siempre, para luego abrirnos a nuevas expectativas en la forma de vivir.

Vi y escuché al Presidente Boric, acompañado por Camila Vallejos y Álvaro Elizalde, en la noche del domingo 16.
Este presidente, lector de poesía, escritor aficionado, hincha del fútbol y los deportes en general, ciclista, padre reciente, joven e inquieto, ha madurado como persona y como político.

 

Su discurso fue sereno, generoso, convocador hacia el futuro, evocador de la historia. Con sencillez reconoció la manifestación del pueblo y felicitó a los dos que pasan a segunda vuelta. Él sabe que lo más probable es que el ganador no sea Jara, quien ha hecho todo lo posible por mostrar que no será su continuadora. Bien, así podrá ser y quien llegue a La Moneda querrá hacer las cosas a su modo.

Este tiempo de Boric termina y, siendo tan joven, la vida le puede deparar muchos caminos, tanto en la política como en otros quehaceres.

 

Es hora de rescatar nuestras raíces

En estos casi cinco meses por delante el Presidente Boric deberá terminar sus tareas y preparar el traspaso para un gobierno que enfrentará muchas tareas complejas, siendo la mayor el cambio del estado de ánimo de un pueblo al que se le ha convencido de que vivimos en un ambiente horroroso, con el país quebrado económicamente y la violencia generalizada por las calles de las ciudades y los campos.

Hay problemas, serios y delicados, pero el país no está destruido ni tenemos las crisis de violencia, corrupción y debacles económicas que tienen otros países de este y otros continentes.

El pueblo chileno debe recuperar la confianza en sí mismo y no esperar que el trabajo sea hecho por líderes que dicen tener toda las respuestas. No olvidemos que los delincuentes violentos son parte del mismo pueblo, como los de «cuello y corbata» o «guante blanco» que estafan, lucran indebidamente y ayudan a que se extienda la corrupción. No perdamos de vista que los narco traficantes también son de acá y ellos existen porque hay muchos consumidores de drogas, como los hay de alcohol en exceso.

Pero, este pueblo también tiene música, cine, artes visuales, literatura, deportes. Es un país de muchos creadores —más creadores que lectores o visitantes de exposiciones— donde pasan muchísimas cosas interesantes e importantes.

El pueblo chileno —sus hombres y sus mujeres, de todas las edades— ha perdido de vista lo que es la política y ha aceptado los discursos desencantados de quienes sólo podrán enfrentar emergencias o cuestiones puntuales, pero que no han demostrado tener una mirada hacia adelante.

Con todo, es hora de rescatar nuestras raíces y de prepararnos para avanzar desde ya y sin perjuicio de quienes gobiernen, hacia una sociedad cuyo tejido social esté construido por el respeto, la libertad, la creatividad, la solidaridad.

En efecto, Chile no avanzará mirando sólo los hoyos del camino ni sólo con la vista en el futuro.

De esta forma, el país puede gestar, en los próximos cuatro años, un camino poético, con un relato nuevo: aquel en que nos encontramos varios que, unos mirando el camino para no caer y otros mirando el futuro para no empantanarnos en las urgencias solamente. Será una ruta en la que compartamos los valores fundamentales de los derechos humanos, los deberes cívicos, la honestidad, la libertad y la justicia.

Mientras algunos apagan incendios y otros simplemente pelean, los chilenos de todos los orígenes, jóvenes y mayores, podemos ir tejiendo esa arpillera, escribiendo ese poema, componiendo esa canción que relatará el pasado y el futuro, para recuperar la seguridad en nosotros mismos, la confianza en los demás, el amor por los cercanos y la expectativa de un país cada vez mejor y más contento.

Aunque nos demoremos un poco.

Entre Tongoy y Los Vilos

Faltan dos semanas para las elecciones y los escritores, los artistas y los entusiastas de esta plataforma no podemos eludir el tema importante. Hay que votar y elegir al que nos parece mejor, aunque creamos que, a partir de encuestas y titulares de diarios, no esté entre los preferidos por las elites de siempre.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 1.11.2025

El camino terrestre, cercano al mar en muchos de sus tramos entre Tongoy y Los Vilos es muy poco poblado. Cerros secos, cactus y espinos en algunos, vientos arrasadores. No hay estaciones de servicio para comprar bencina ni restoranes. Muchos puestos vendiendo quesos, dulces de La Ligua, carne de cabrito y algunas frutas a precios muy parecidos a los que podemos encontrar en los supermercados de Santiago.

Viajando en auto, se gana sueño entre Tongoy y Los Vilos. Lo hice recién y fue tal como lo describo. Pensaba mientras conducía en el origen de ese dicho que se usa cuando alguien pregunta por el estado de cosas —cualquier tema a tratar— y la respuesta es «entre Tongoy y Los Vilos».

Pero varios internautas ofrecen explicaciones del dicho y casi todos coinciden que se generó a comienzos del siglo XX cuando comenzaron los viajes en avión entre el norte chico y Santiago.

Eran tan fuertes los vientos, que los antiguos y pequeños aviones corrían severos peligros, lo que sería para los pasajeros aún más grave si el avión capotaba en esas inmensidades de soledad, sequedad, calores extremos en el día y fríos impensables en la noche, todo ello frente a roqueríos de difícil acceso marítimo.

Con todo, estar «entre Tongoy y Los Vilos» es vivir en una suerte de incertidumbre, pues puede pasar cualquier cosa por inesperada que parezca.

Y pensé que el país está «entre Tongoy y Los Vilos» en estas elecciones de primera y segunda vuelta. Después de la primera vuelta habrá dos ganadores que disputarán la segunda.

De los ocho candidatos hay dos claramente descartados para ese paso (MEO y el Profesor Artés), que más allá de las encuestas que los dejan en el 1 % nominal, no han logrado entusiasmar suficientemente y los que votaron por ellos antes quedaron decepcionados por su actuaciones posteriores.

Observando anteriores elecciones presidenciales, las dos últimas al menos, podemos decir que las encuestas han errado gravemente, dando a unos en exceso y a otros en menos.

De lo único que no cabe duda es que la señora Jeannette Jara pasará a segunda vuelta, pues recogerá los votos de quienes siguen apoyando al gobierno, más un 3 o 4 % que le aportará la Democracia Cristiana. Podrá llegar casi al 40 %, en el mejor de los casos para su opción.

Casi cualquiera puede ganar la clasificación

¿Quién pasará también?

Muchos creen que Kast, pero la incertidumbre sobre lo que puede significar su gobierno, dadas las nuevas tácticas para suavizar el tono, han desviado votantes hacia Kaiser, lo que puede dejar al «Republicano» fuera de los dos primeros lugares.

Parisi puede ser una caja de sorpresa, porque sus precariedades empatizan muy bien con gran parte de los votantes que creen en discursos vacíos y en promesas imposibles, pensando (por decir algo) que si en Argentina pudieron, por qué no sería posible acá.

En él encarnan no sólo la incertidumbre sino el sentido de riesgo mucho mayor que con cualquier otro. Es como volar en avioneta en los lugares hoy plagados de molinos de viento.

Matthei, que fue ganando en los primeros metros, como en la hípica es un «pingo» cansado, que lo han ido superando. Lo bueno que tiene son sus jinetes que en cualquier momento reactivan las cosas, recuperan su alma de mil batallas y la dejan segunda, pues si bien ella encarna la inseguridad del triunfo, al menos propone menos incertidumbre si es que clasifica para la segunda carrera.

Con Kaiser la cosa será diferente: porque con él no hay incertidumbre, pero genera temor con las cosas que dice que hará, porque sería capaz de hacerlas y muchos de los que han ido pasando de Kast a su lado, pueden arrepentirse a última hora y terminar buscando seguridad en la «materna protección» de Matthei, por su trayectoria política.

¿Y Harold Mayne-Nicholls? En hípica sería el típico caballo desconocido, primerizo en las lides grandes y que puede dar un batatazo en la arremetida al entrar a tierra derecha, no por los palos sino abierto y clasificar a última hora por cabeza.

No encuentro a casi nadie de mi entorno que se atreva a decir que votará por él, pero cuando les digo que yo lo haré, muchos reconocen su sensatez, saben de sus logros, reafirman que es un buen hombre que corrige sus errores, honrado a pesar de ser del fútbol y que debió dejar su cargo cuando Bielsa se fue y él quiso que hubiera decencia y justicia entre los dirigentes. ¿Podrá?

Estamos «entre Tongoy y Los Vilos», donde casi cualquiera puede ganar la clasificación. Quién ganará la otra etapa, eso es otro asunto.

En nuestro creativo país, lleno de refranes, dichos populares y poetas de la calle, estar «entre Tongoy y Los Vilos» es una cruda realidad. Es hora, entonces, de pensar en grande y construir un texto que relate no un refrán sino una esperanza de país.

Faltan dos semanas para las elecciones y los escritores, los artistas y los entusiastas de este Diario no podemos eludir el tema importante. Hay que votar y elegir al que nos parece mejor, aunque creamos que, a partir de encuestas y titulares de diarios, no esté entre los preferidos por las elites de siempre.

Nosotros, los votantes, somos el pueblo y debemos cumplir nuestro deber en nuestra conciencia y no para apostar a ganador. Apostemos por el país que, tal como lo ha hecho en el cine nacional y no cesa de vivirlo en la literatura, se renueva constantemente.

Conciencia y esperanza.

Modo de hablar y política

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 26.10.2025

Me llama profundamente la atención el manejo que se hace del idioma por parte de los políticos. Puede tratarse sólo de los chilenos, aunque es probable que esos estilos de discurso sean más generalizados. Confieso mi ignorancia.

Los modos, estilos y formas en la cultura son en general impuestos por los sectores sociales dominantes, aunque debemos reconocer que en el país se ha extendido un estilo vulgar, con el uso de palabras y la construcción de oraciones propias de la gente con menos nivel instructivo.

Pero, como me lo decía una académica mexicana, tal situación puede ser propia de que el uso del idioma da cuenta de la vida social y por tanto van apareciendo modismos, estilos, vocablos, que dan vida a una modalidad diferente de comunicación. Y eso es así, nos guste o no.

Cuando recorro centros comerciales, en cualquier barrio de Santiago, me impresiona constatar que la mayor parte de los nombres de los establecimientos comerciales tiene nombres en inglés o con palabras en ese idioma. Las habituales tiendas comerciales del país, han cambiado sus clasificaciones, nomenclaturas, anuncios, para incorporar sustantivos extranjeros, creando una situación que dificulta de cierto modo la comunicación acostumbrada.

Entiendo que existe un idioma español de México que es distinto del castellano tradicional, tal como hay otro en Argentina, Perú o Chile. No es lo mismo el idioma que se habla en Brasil que en Portugal, Angola o Mozambique, aunque siempre se le mencione como «portugués», pues cada comunidad incorpora, desde sus raíces autóctonas y sus costumbres propias el uso de palabras con distintos sentidos o con una manera de armar las frases de modo diferente.

Lo que no me gusta es el proceso de «filipinización» que he percibido en el continente americano desde México por el norte hasta el cono sur: la sustitución progresiva del idioma castellano o español con sus derivaciones particulares por el idioma inglés.

En Filipinas significó el fin del español, idioma infinitamente más rico en matices y modos que el otro. Y eso tiene que ver con la colonización cultural, el sometimiento de los pueblos a los imperios contemporáneos, la destrucción de las fusiones de lo popular con la riqueza de los idiomas.

Con todo, es cierto que el uso del castellano por sobre las lenguas aborígenes fue una cierta imposición imperialista hace más de cinco siglos. Pero los países de habla hispana ya existen y tiene sus propias idiosincrasias. Hoy eso tiende a desaparecer para uniformar, dólar mediante, el modo de hablar y de pensar de todos los países sometidos al poder de los grandes.

 

De ese modo la corrupción anida

Ahora bien, visto esto, me referiré a la mirada ideológica que condiciona el lenguaje. Por ejemplo, antes se hablaba del «pueblo», pero hoy, en el ambiente derechizado que quiere «moderarlo» todo, se habla de «la gente».

Desde la dictadura, que la derecha llama «gobierno militar», para sacarse de encima las responsabilidades que les caben, se fue gestando el tema de esa moderación de las palabras para evitar llamar las cosas por el nombre que tienen, dejando los calificativos que pueden ser más fuertes sólo para afectar a quienes no coinciden con el modo capitalista de ver la realidad.

Así, el que no es partidario del neoliberalismo es «comunista», entendiendo que deben recibir ese calificativo no sólo los que militan en el Partido Comunista, sino todos los que hablan en contra del sistema imperante.

Lo que más me ha llamado la atención es el empeño de apropiarse de todo lo que debe pertenecer a los chilenos en general. Porque para la llamada «derecha», lo máximo es «tener más», es decir ser dueño.

Entonces ellos se hacen dueños del país («nuestro país» y si alguien dice «este país», lo critican duramente), de la policía uniformada y militarizada («nuestros carabineros», entendiendo que toda crítica a esa instituciones o a sus jefes es un acto antipatriótico), de las instituciones de la Defensa Nacional («Nuestras fuerzas armadas» y vaya lo que le pasa al que, como yo lo he hecho, las critique). Algunos llegan al extremo, como un alcalde metropolitano, de decir «mis carabineros» o «mis guardias municipales».

Así, en el último debate televisado de los candidatos presidenciales se habló de «nuestros niños». Otras veces se habla de «nuestros adultos mayores». Es el deseo inconsciente de hacerse dueño de los demás de acuerdo con la lógica capitalista de valer más en la medida que se tiene más.

Lo propio se convierte en intocable. El capitalismo sitúa a la riqueza como la principal meta de las personas. En la propiedad radica el grado de poder e importancia de las personas, sin importar a la larga como haya sido eso obtenido.

De esta forma, la competencia desatada, el aprovechamiento de informaciones privilegiadas, las trampas para quedarse con las ideas de otros, las mentiras disfrazadas de verdades, son procedimientos aceptados si son exitosos y si acaso se salvan de ser sancionados por los tribunales.

No importa lo que se haya hecho, lo que vale es que no lo sorprendan, que no les puedan probar lo que hicieron, que hayan prescrito las conductas. Y si los sancionan —muy pocos casos— tendrán que ir a clases de ética o pagar ridículos montos que son bajísimos porcentajes de los ingresos ilegítimos percibidos.

Se valoran las «habilidades» para deslizarse por las laderas de lo incorrecto o ilegal sin ser castigados. Lo importante es que esos especuladores, empresarios, políticos, obtengan el éxito deseado. E incluso cuando son sorprendidos en manejos turbios, pueden tener la capacidad de eludir a la justicia con diferentes artes. Ya lo hemos visto y no es del caso entrar en detalles.

Y quienes hablan así y viven así, traspasan sus valores a un pueblo que buscará imitar a los poderosos para tener éxito y conseguir valoración.

De ese modo la corrupción anida porque, a la larga, los que pasan las barreras para acceder al poder en sus diferentes formas, siempre serán pocos en un sistema así.

 

 

 

 

 

El mal uso del idioma y el lenguaje

El castellano es la expresión verbal y escrita de nuestra cultura y ciertamente el cuidado en el uso de las palabras fortalece el acervo de un determinado pueblo, por eso es que cuando se admiten deformaciones de palabras extranjeras o se usan mal los conceptos, todo tiende a confundirse y la expresión «da lo mismo» adquiere una profunda relevancia.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 16.10.2025

En noviembre de 2014 escribí un artículo, que nunca publiqué, sobre este tema. Ahora lo completo y decido publicarlo.

Con todo, el periodista Jorge Abasolo dice que la Real Academia lo tiene decepcionado, pues en lugar de velar por la corrección del idioma, se ha dedicado a incorporar prestamente palabras del léxico vulgar: «Basta que el vulgo popularice un término para que la RAE le dé su consentimiento».

Además, bellas palabras antiguas son eliminadas del diccionario por estar en desuso, descartando que se puedan usar nuevamente, tales como alidona o bajotraer.

En una mirada cortoplacista (palabra recién aceptada) se responde a las urgencias de lo inmediato en lugar de atender a lo importante que es mejorar el uso del idioma para mantener y mejorar las comunicaciones. Mirada corta, para ganar popularidad tal vez.

Para los escritores es «chipe libre», es decir, escribe como quieras pues si te haces famoso, tus torpezas pasarán a ser parte del diccionario. Tal como Abasolo, siempre he intentado ser cuidadoso en el uso del idioma y del lenguaje, pues creo que de ese modo resulta más fácil que los seres humanos podamos entendernos.

El idioma es expresión de la cultura y ciertamente el cuidado en el uso de las palabras fortalece la cultura propia de un determinado pueblo. Cuando se admiten deformaciones de palabras extranjeras o se usan mal los conceptos, todo tiende a confundirse y la expresión «da lo mismo» adquiere una profunda relevancia.

El deterioro de las comunicaciones

La vulgaridad se adueña del idioma y las palabras finas y precisas desaparecen, muchas veces sustituidas por otras salidas del inglés. Por ejemplo en vez de zafio se usa nerd y en lugar de liquidación se usa sale; en lugar de borrar, deletear; en vez de silenciar, mutear.

Estamos viviendo el deterioro de las comunicaciones cuando usamos tantas palabras extranjeras que no cualquiera entiende.

Y entre los chilenos usamos muchas palabras o expresiones de pésima manera. Al respecto hay un excelente libro de Héctor Velis-Meza y Hernán Morales Silva, editado en 2013 que ya requeriría una actualización. Pensemos, por ejemplo, en expresiones que encontramos en autoridades del país y en los periodistas.

«Cancelar», que significa «anular». En vez de decir «pagar», «consuma y después cancela», dice la moza o mesera y yo digo: «Señora, no voy a cancelar. Voy a pagar».

«Asertivo» en lugar de certero o acertado.

«Antecedentes previos», como si los hubiera posteriores…

«Gobierno central» expresión propia de los estados federales (como Estados Unidos de América, Estados Unidos del Brasil, los Estados Unidos Mexicanos, Argentina), para referirse al gobierno del país o gobierno «nacional».

«Parlamento», en lugar de «Congreso Nacional». La primera expresión es propia de regímenes parlamentarios, en cambio la segunda es propia de los regímenes presidenciales.

«Gobierno militar» a la dictadura que encabezó la derecha usando a los militares. Debiera decirse: «Dictadura militar de derecha» o «Gobierno cívico militar».

No existen los «cómplices pasivos» como dijo el presidente Piñera en 2013, porque el cómplice tiene una participación activa, tanto como los encubridores que ayudan a que el delincuente se beneficie de sus actos. En materia de derechos humanos los que silenciaron y escondieron tienen responsabilidad.

«Democracia”, para referirse al sistema político instalado por la dictadura y que tiene apariencia democrática por la existencia de elecciones periódicas y punto.

A eso podemos agregar las graves incorreciones de locutores de radio (el señor Rodrigo Vergara Muñoz de Cooperativa es un buen ejemplo de esto), cuando al presentar al ministro de Hacienda se le dice «el encargado de las lucas» o utiliza formas vulgares del lenguaje como «podís» en vez de «puedes». Peor me parece cuando se cosifica a las mujeres: «Ahora escucharemos el informe de ‘la’ Camila…», cosa que no se aplica a los hombres: a nadie le dicen «el Rodrigo».

Y así suma y sigue.