[Crónica] Escritor y poeta: ¿Pleonasmo o redundancia?

José Donoso publicó «Poemas de un novelista» y otros concebimos «novelas de juglares». O simplemente versos, narraciones, cuentos, ensayos y todo lo que se nos ocurra. Estos —los especializados en un género o los rebeldes que nos desplazamos por los diferentes espacios de la literatura—, también somos autores y creadores.

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[Crónica] Los nuevos tiempos de León XIV

El Papa León XIV, siguiendo el camino de algunos de sus antecesores, sitúa su primera encíclica en temas que tienen que ver con el mundo y no solo con la fe o la religiosidad. Él lo hace sobre algo muy central: «la custodia de la persona humana en tiempos de la inteligencia artificial».

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[Crónica] Poesía en Valparaíso

En Valparaíso, ciudad llena de rincones, plena de contrastes, donde la sencillez y la creatividad bullen, donde las elegancias de antaño conviven en su inevitable decadencia con el empuje de numerosas personas (incluso a veces los que dirigen el municipio), la poesía se abre paso constantemente.

La Sociedad de Escritores de Chile tiene en su filial de Valparaíso a un equipo de escritores que siempre están impulsando nuevas actividades. Es verdad que las convocatorias no tienen respuestas masivas, pero nada en la poesía es así, salvo cuando los poetas nos aliamos con los músicos.

Probablemente el texto de Alturas de Macchu Picchu no se habría popularizado tanto sin Los Jaivas, pese a ser parte de una obra monumental del poeta Pablo Neruda. Son pocas pero memorables las jornadas en que actividades poéticas juntan a 300, 500 o 1.000 personas y ello sucede cuando los medios de comunicación, las universidades y algunas veces grandes empresas apoyan estas presentaciones.

En Valparaíso pasan cosas interesantes y el esfuerzo del poeta Hernán Narbona que preside la filial es encomiable, sobre todo porque ha logrado conformar grupos de trabajo que están abriendo puertas. Poetas porteños hay muchos, hombres y mujeres, a los que se suman los de Viña del Mar y otras comunas aledañas. Cada actividad poética resulta emocionante por la calidad de la obra que se presenta y por el entusiasmo de las personas que acuden a participar del acto.

Tres acontecimientos poéticos ocurrieron en el helado último fin de semana de mayo, culminación del llamado «mes del mar». SECH – Valparaíso convocó en marzo a los escritores chilenos a escribir sobre su personal relación con el mar, teniendo como plazo el 23 de abril, día del Libro. Fueron seleccionadas 40 obras de mujeres y treinta de hombres de distintos puntos del país e incluso de chilenos que viven en el extranjero.

La presentación se programó en dos partes, los días 29 y 30 de mayo.

 

Una gota más de amor y de belleza

Ese viernes 29 se inició con otro acontecimiento: Emilio Neira, poeta de larga trayectoria, presentó su nueva obra Ruidos y silencios, en el Club Alemán. Ese antiguo local, resto de glorias pasadas que sobrevive en la deteriorada calle Salvador Donoso gracias a la dedicación y el esfuerzo de quienes allí trabajan, fue el espacio elegido por los integrantes de la Cofradía Hermética Les enfants terribles, a la que pertenece el poeta, para la presentación de su libro.

Viernes a las 12.30 horas no parece un buen momento para un acto así, sin embargo la sala estaba llena, más de 50 personas, todos puntuales y con un entusiasmo digno de la obra que se nos entregaba.

Se percibía cariño, vitalidad, en una combinación de hombres y mujeres de distintas edades perfectamente integrados para escuchar la lectura del prólogo que escribió Walter Garib Chomalí en la voz de Vilma Orrego, seguir con atención los comentarios de los presentadores, oír la música joven de personas cercanas a Emilio con la que se cerró la ceremonia.

 

Pero antes del cierre habló el poeta, que leyó un texto sobre otros poetas que influyeron en su proceso creativo hasta ahora. En el curso de la lectura su emoción lo desbordó y en un instante dijo «hasta aquí no más», interrumpió su recitación y estallamos en aplausos.

El espíritu de los cófrades nos hizo sentir a todos parte de esa hermandad poética que trasciende idiomas, edades, circunstancias, estilos, posiciones sociales o políticas, hasta la riqueza o la pobreza. Allí estábamos todos contentos.

Con todo, en la tarde se presentaba la antología Mi relación con el mar en el Palacio Rioja de Viña del Mar, actividad que contó con el respaldo del municipio manifestado con la activa presencia del encargado de Cultura, también poeta.

El frío que hacía a las 6 de la tarde impidió a muchos escritores de más edad que viven en los pueblos cercanos llegar hasta la ceremonia. Revestida de cierta solemnidad, con apoyo tecnológico y la presencia del artista visual Mauricio Díaz Castro —quien regaló su trabajo estético para el libro—, gozamos los presentes leyendo nuestras obras ante los compañeros de oficio.

Los textos no tenían más de 250 palabras, siendo su brevedad un requisito que facilitó la publicación, la lectura y la calidad poética. Porque la poesía, en prosa o verso, es concisión y belleza. Fue hermoso, alegre, emocionante. Los escritores se notaban conmovidos al leer y más de una persona soltó lágrimas al revivir su propia relación el mar.

Dolor, emociones fuertes, alegrías, amor, miedo, todo circulando en el contexto de ese mar que algunos llamaron amigo, otros le decían padre o hermano y muchos dijeron que «la mar» es madre.

En la mañana del día 30, pese al frío inclemente, el acto culminó con una travesía en lancha de muchos de nosotros por la bahía de Valparaíso. Embarcamos en el muelle Prat y durante el trayecto, tratando de ver la ciudad tras la bruma, combatimos el frío con el espectáculo de escritores leyendo su texto de pie en la proa, resistiendo el viento, animado además por el tripulante Brian cuyo objetivo era ayudarnos con los chalecos salvavidas, hacernos reír y mantener vivo el entusiasmo.

 

La obra de estos escritores no cambió ni los discursos presidenciales ni el clima ni las guerras en el mundo. Pero representa una gota más de amor, de belleza, de creatividad para proclamar que el ser humano es mejor que esas luchas de poder entre egocéntricos que creen que su riqueza, su violencia, sus posiciones, es lo único que vale.

¿Una gota de agua en el mar?

No.

Una nueva planta que crecerá en el desierto. Gracias al mar.

 

 

 

 

[Crónica] «Séptima región»: Un giro chamánico, mágico y esotérico

Espiritualidad, filosofía, crítica a la religión y a la civilización, asuntos antropológicos, la vinculación con el mundo animal y vegetal, son temas de esta nueva novela del escritor chileno Nicolás Poblete Pardo, y la cual se encuentra estructurada de un modo completamente original.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 26.5.2026

Cuando empecé a leer el  libro de Nicolás Poblete Pardo (1971), Séptima región (Cuarto Propio, 2026), se me vino a la memoria el escritor Juan Mihovilovich, tal vez porque él ha transitado y anidado tanto por la región del Maule que ya no se sabe si ella es parte del patrimonio cultural del narrador o él es propiedad de una región del Chile central.

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En la primera solapa del libro el redactor de la editorial describe la obra afirmando que en ella el autor profundiza en la indagación de la idiosincrasia chilena, marcada por momentos clave de la historia reciente, como el estallido social y sus repercusiones en nuestra sociedad actual.

Si el lector se guía por esa presentación, se llevará una decepción, pues en verdad, salvo una alusión genérica a una situación específica derivada del estallido popular y social de 2019 y las constantes referencias críticas a lo católico y a lo cristiano —que no son propias de Chile sino de occidente—, la novela nos sitúa en la intimidad misma de unos pocos personajes.

Justamente sacándonos, al lector y a los personajes como si fuéramos una sola realidad, de los elementos propios de la sociedad para ubicarnos en circunstancias más cercanas al chamanismo, la conexión con lo natural y el rechazo —y distanciamiento hasta donde es posible— de la sociedad y de la civilización.

Espiritualidad, filosofía, crítica a la religión y a la civilización, asuntos antropológicos, la vinculación con el mundo animal y vegetal, son temas de esta novela estructurada de un modo completamente original. El narrador neutro —la obra no es autobiográfica en sentido estricto aunque se refiere a todo lo humano— nos presenta dos personajes centrales: Renato y Eneas.

El primero aparece vinculado a un tercer personaje, Millaray, su pareja, con quien ha vivido una trágica circunstancia que, aunque el lector la descubrirá de inmediato, sólo se revela con certeza ya avanzado el texto.

Renato, nombre quizás elegido por el inconsciente del autor, significa renacido, lo que es el propósito que Eneas se formula con él: que deje la vida que lleva para renacer desde su conciencia más profunda.

El nombre elegido para este personaje es más evidente: alude al héroe de la guerra de Troya, hijo de un noble y una diosa que se convierte en un personaje temible, intenso, guerrero, de una potencia irreductible. También, la palabra alude a una planta silvestre.

Con todo, en esa combinación derivada de su nombre se mueve el sujeto que, sin dejar de ser temible, quiere llevar la vida de una planta silvestre o, mejor alternativa, de un animal ajeno a la civilización.

 

Las dimensiones más intimistas

En este punto aparece un cuarto personaje: «la puma», es decir un animal puma hembra, que no tiene más nombre que ese. Ella está ciega y vive con Eneas. Su papel será fundamental en el proceso que vivirá Renato en su estancia con este último.

Cuando en el relato emerge «la puma» surgió en mi memoria ese notable poema de Jonás (Jaime Rogers) que lleva ese nombre y hace hablar al puma, quien interpela a los humanos para que lo dejen seguir viviendo, pues mientras él mata una oveja para comer, ellos las matan por miles y les recuerda: «Soy el último salvaje que os queda».

El quinto personaje son las palmeras, obsesión de Eneas por cultivarlas, convencido de que son «el pasto de eras pasadas» y que ante el eventual cataclismo que lleve a la humanidad a la desaparición, ellas deberán sobrevivir.

Así, este encuentro con las palmeras me llevó de inmediato a mi relación con ellas, que quedó plasmado en mi libro Palmeras y otros recuerdos (1984), donde cuento de su presencia en mi vida.

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Hace sólo unas semanas, cuando una palmera se secaba en mi jardín de maceteros, recibí un regalo de mi prima Carmen Gloria, dos palmeras nuevas, una de las cuales trajimos con Maru a Reñaca.

El escritor Poblete acierta: ellas son plantas espirituales, profundas y a la vez intensamente terrenales, ya que en el desierto permiten beber al peregrino, dan frutos gigantes en los trópicos y pequeños y sutiles en las montañas. Son, de cierto modo, casi humanas (según Eneas, mejor que humanas).

Todo esto transcurre en la singular región del Maule que Poblete y su personaje Eneas llaman Séptima Región, como la llamaron los militares para poner en orden las cosas.

Hoy no existe la Séptima Región, sino la Región del Maule, pero él insiste en vivir en «un lugar que no existe», que no se llama así, pero lo hace con intención y no por error.

Lo que intenta es mostrarnos lo efímero de las existencias humanas en medio de la inmensidad del universo, pues da lo mismo donde estemos, se llame como se llame el lugar, porque lo que importa es nuestra intensa relación con ese hábitat.

Pero, no contento con eso, el autor hace un giro chamánico, mágico y esotérico, al vincular el 7 con el Iridio, con el cerebro, con los méritos del 7 en la numerología, con los 7 que tiene el cuerpo (siete orificios principales, siete entradas de la cabeza, siete regiones cerebrales, etcétera).

Y entonces, se me aparece de nuevo Juan Mihovilovich Hernández, y me doy por enterado: algo de esos temas tan psicológicos, a veces filosóficos, de la obra del escritor maulino, se trasluce en la obra de Poblete.

Poblete puede no haber leído a Mihovilovich, pero puede compartir con él en una esfera espiritual, de almas cercanas, la intensa pasión por las dimensiones más intimistas, psicológicas, en las que se encuentra lo mejor y lo peor de cada uno de nosotros, los humanos.

Séptima región no es una novela de entretención: es una obra completamente diferente en el género, que nos interpela profundamente y nos dejará con una inquietud tremenda: ¿es la civilización un avance de verdad en la perspectiva humana?

 

[Crónica] El crimen de Ema»: La violencia en el interior de una familia

Pasado, presente y futuro, se entremezclan con velocidad e ingenio, en una narración —esta, la nueva novela de la autora nacional María Eugenia Lorenzini— que no deja espacio para poder imaginar cómo irá a terminar la obra, a través de un relato que fluye e invita.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 20.5.2026

La violencia al interior de las familias es una dramática realidad en el mundo entero. En muchos lugares —como sucedía en Chile hasta hace poco tiempo— esos hechos eran callados y mantenidos en secreto al interior del núcleo íntimo.

A lo más se traspasaba a la familia de la víctima —la mujer o el hombre de la pareja— y si la noticia llegaba a la parentela del presunto agresor, eso era negado con vehemencia. «No sería capaz de hacer eso», resultaba ser la frase con la que se negaba la posibilidad, convirtiendo al agresor en víctima de una acusación falsa y a quien sufría la agresión en un calumniador.

Cuando la violencia es sólo de la pareja —muchas veces porque no hay hijos— en forma habitual eso queda soterrado y los familiares de quien sufre las agresiones —mayoritariamente las mujeres— se preguntan qué le pasará, por qué parece triste. Entonces la víctima se siente con el deber de seguir sonriendo, pues parte de la base que nadie le creerá. «Pero si se ve tan cordial», dirán, poniendo en duda que quien agrede pudiera estar efectivamente haciéndolo.

Esa violencia toma distintas facetas: violencia sicológica como descalificaciones, agresiones verbales, humillaciones, amenazas, prohibiciones, acusaciones, hasta llegar a la violencia física, es decir, maltrato sexual, golpes de distinto calibre e intensidad, que pueden llevar a quien los recibe hasta la muerte.

Y cuando hay hijos, el problema se oculta más, como si ellos, niños y adolescentes, no se dieran cuenta de lo que sucede. Esa negación daña a los hijos y a los negadores, pues nadie asume la verdad. Los hijos que perciben la realidad se sienten a medio camino entre la locura (no crean que hay agresiones, les hacen ver) y la conciencia de que los padres mienten.

La violencia en el interior de la familia fundada es fuente de posteriores rencillas entre los hermanos o de los directamente intervinientes con el resto de las familias.

Esa cadena daña a esa estructura social y sus vinculaciones, dejando secuelas, traumas, daños inmediatos y postreros, de los cuales pocos logran sanarse. Son, de todo modos, una incubadora de nuevas acciones de ese tipo en las relaciones de quienes crecen en ese ambiente.

 

Por la inevitabilidad de la verdad

La novela El crimen de Ema de María Eugenia Lorenzini (Editorial Forja, 2026), escritora y editora, trata de este tema y de cómo todo se complica cuando la violencia llega a los peores extremos.

«Todavía con miedo, moviéndose apenas, cono si el cuerpo le pesara, Ema se levanta con el cuchillo en la mano y clava los ojos en la silueta que se dibuja entre las sábanas».

Con esta frase, Lorenzini inicia la novela y abre la puerta del pasillo por el que transita la protagonista y quienes se van encontrado con ella.

Las culpas, los terrores, las angustias, se van expresando en el conflicto con una sociedad que aún tiene resabios de una represión secular sobre las mujeres y el imperio con plenitud de derechos del macho que se cree dueño de todo.

Ema se rebela, después de un largo tiempo de humillaciones y violencias de todos los tipos, incluidos por cierto los golpes reiterados, en una autodefensa que ella teme que no sea reconocida por quienes ven a su marido con ojos benevolentes y ante una sociedad que antes de justificar la legítima defensa, pedirá pruebas que nadie puede dar.

La novela se lee con rapidez, avidez incluso, porque todo transcurre en muy poco tiempo, en relatos fluidos, ágiles y con un diálogo bien estructurado.

Porque los hechos parecen estar claros desde la primera página y la protagonista es víctima de su propia conciencia, de la mirada que la sociedad puede tener sobre ella y se va encontrando con personajes (personas, situaciones e incluso un perro) que le dan y le piden sin vacilaciones, salvo cuando la verdad aflora y entonces aparecen los reproches del modelo social, sin preguntarse lo obvio: la razón de por qué se produjo el desenlace que se relata en las primeras páginas.

Con todo, pasado, presente y futuro, se entremezclan con velocidad e ingenio, en una narración que no deja espacio para poder imaginar cómo irá a terminar esta obra. Faltan diez o menos páginas y el lector, aún con el ojo avezado de tanta lectura por décadas, no puede dar con lo que sucederá.

En ese sentido, podría decir que El crimen de Ema tiene la estructura de las novelas policiales, que preparan sorpresas y mantienen la atención y la tensión durante todas su páginas. Es una obra literaria que nada tiene que envidiar a esas que se venden con profusión por el mundo y merece un espacio importante en el reconocimiento público de libreros, comentaristas y lectores.

Así, el dolor de la protagonista la lleva al borde de la insania mental, derivando en sus decisiones de un lado al otro y llevando al lector a pasearse en esos vericuetos incomprensibles de una mente atormentada, no por la locura, sino por la verdad.

Por la inevitabilidad de la verdad.

El relato fluye e invita, sabiendo que cada tramo se engarza con el siguiente, siempre con el juego ambivalente de lo que es una verdad imposible de aceptar.