[Crónica] El crimen de Ema»: La violencia en el interior de una familia

Pasado, presente y futuro, se entremezclan con velocidad e ingenio, en una narración —esta, la nueva novela de la autora nacional María Eugenia Lorenzini— que no deja espacio para poder imaginar cómo irá a terminar la obra, a través de un relato que fluye e invita.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 20.5.2026

La violencia al interior de las familias es una dramática realidad en el mundo entero. En muchos lugares —como sucedía en Chile hasta hace poco tiempo— esos hechos eran callados y mantenidos en secreto al interior del núcleo íntimo.

A lo más se traspasaba a la familia de la víctima —la mujer o el hombre de la pareja— y si la noticia llegaba a la parentela del presunto agresor, eso era negado con vehemencia. «No sería capaz de hacer eso», resultaba ser la frase con la que se negaba la posibilidad, convirtiendo al agresor en víctima de una acusación falsa y a quien sufría la agresión en un calumniador.

Cuando la violencia es sólo de la pareja —muchas veces porque no hay hijos— en forma habitual eso queda soterrado y los familiares de quien sufre las agresiones —mayoritariamente las mujeres— se preguntan qué le pasará, por qué parece triste. Entonces la víctima se siente con el deber de seguir sonriendo, pues parte de la base que nadie le creerá. «Pero si se ve tan cordial», dirán, poniendo en duda que quien agrede pudiera estar efectivamente haciéndolo.

Esa violencia toma distintas facetas: violencia sicológica como descalificaciones, agresiones verbales, humillaciones, amenazas, prohibiciones, acusaciones, hasta llegar a la violencia física, es decir, maltrato sexual, golpes de distinto calibre e intensidad, que pueden llevar a quien los recibe hasta la muerte.

Y cuando hay hijos, el problema se oculta más, como si ellos, niños y adolescentes, no se dieran cuenta de lo que sucede. Esa negación daña a los hijos y a los negadores, pues nadie asume la verdad. Los hijos que perciben la realidad se sienten a medio camino entre la locura (no crean que hay agresiones, les hacen ver) y la conciencia de que los padres mienten.

La violencia en el interior de la familia fundada es fuente de posteriores rencillas entre los hermanos o de los directamente intervinientes con el resto de las familias.

Esa cadena daña a esa estructura social y sus vinculaciones, dejando secuelas, traumas, daños inmediatos y postreros, de los cuales pocos logran sanarse. Son, de todo modos, una incubadora de nuevas acciones de ese tipo en las relaciones de quienes crecen en ese ambiente.

 

Por la inevitabilidad de la verdad

La novela El crimen de Ema de María Eugenia Lorenzini (Editorial Forja, 2026), escritora y editora, trata de este tema y de cómo todo se complica cuando la violencia llega a los peores extremos.

«Todavía con miedo, moviéndose apenas, cono si el cuerpo le pesara, Ema se levanta con el cuchillo en la mano y clava los ojos en la silueta que se dibuja entre las sábanas».

Con esta frase, Lorenzini inicia la novela y abre la puerta del pasillo por el que transita la protagonista y quienes se van encontrado con ella.

Las culpas, los terrores, las angustias, se van expresando en el conflicto con una sociedad que aún tiene resabios de una represión secular sobre las mujeres y el imperio con plenitud de derechos del macho que se cree dueño de todo.

Ema se rebela, después de un largo tiempo de humillaciones y violencias de todos los tipos, incluidos por cierto los golpes reiterados, en una autodefensa que ella teme que no sea reconocida por quienes ven a su marido con ojos benevolentes y ante una sociedad que antes de justificar la legítima defensa, pedirá pruebas que nadie puede dar.

La novela se lee con rapidez, avidez incluso, porque todo transcurre en muy poco tiempo, en relatos fluidos, ágiles y con un diálogo bien estructurado.

Porque los hechos parecen estar claros desde la primera página y la protagonista es víctima de su propia conciencia, de la mirada que la sociedad puede tener sobre ella y se va encontrando con personajes (personas, situaciones e incluso un perro) que le dan y le piden sin vacilaciones, salvo cuando la verdad aflora y entonces aparecen los reproches del modelo social, sin preguntarse lo obvio: la razón de por qué se produjo el desenlace que se relata en las primeras páginas.

Con todo, pasado, presente y futuro, se entremezclan con velocidad e ingenio, en una narración que no deja espacio para poder imaginar cómo irá a terminar esta obra. Faltan diez o menos páginas y el lector, aún con el ojo avezado de tanta lectura por décadas, no puede dar con lo que sucederá.

En ese sentido, podría decir que El crimen de Ema tiene la estructura de las novelas policiales, que preparan sorpresas y mantienen la atención y la tensión durante todas su páginas. Es una obra literaria que nada tiene que envidiar a esas que se venden con profusión por el mundo y merece un espacio importante en el reconocimiento público de libreros, comentaristas y lectores.

Así, el dolor de la protagonista la lleva al borde de la insania mental, derivando en sus decisiones de un lado al otro y llevando al lector a pasearse en esos vericuetos incomprensibles de una mente atormentada, no por la locura, sino por la verdad.

Por la inevitabilidad de la verdad.

El relato fluye e invita, sabiendo que cada tramo se engarza con el siguiente, siempre con el juego ambivalente de lo que es una verdad imposible de aceptar.

 

 

 

 

[Crónica] El proceso de colonización cultural

El predominio del idioma inglés en el mundo empresarial (quienes dirigen las empresas ahora se llaman CEO) y el uso de palabras en ese idioma en el comercio, en la publicidad y hasta en las expresiones de los jóvenes, da cuenta de esta compleja evolución.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 11.5.2026

Es inevitable en estos tiempos que vivimos no referirnos a lo que pasa en la política contingente, especialmente cuando se inicia un nuevo gobierno dirigido por personas como el Presidente José Antonio Kast y la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao.

De mundos completamente distintos en lo cultural, de grupos sociales y étnicos diferentes en su origen, de profesiones tan diversas, de experiencias de vida que no se encuentran en sus trayectorias, sin embargo los unen la soberbia en sus dichos, cierta autosuficiencia, la convicción de que sus ideas son siempre las correctas y la irrefrenable tendencia a culpar a otros de sus problemas.

Por ejemplo, el Presidente culpa de sus propios fallos y de los de sus ministros a la oposición y, ahora, al Partido Comunista.

Junto a eso, el proceso de colonización cultural proveniente de Estados Unidos en los últimos 50 años, tiene un eco formidable en los estilos de un proyecto político que, paradójicamente, se presenta como «nacionalista» y «patriota».

Con todo, el predominio del idioma inglés en el mundo empresarial (quienes dirigen las empresas ahora se llaman CEO) y el uso de palabras en ese idioma en el comercio, en la publicidad y hasta en las expresiones de los jóvenes, da cuenta de esto.

Ejemplo de esto es que ahora ya no decimos «dos mil veintiséis» como decíamos en castellano sino veinte veintiséis, como se dice en Estados Unidos. Todo está dominado por el idioma extranjero, tan distinto del rico castellano (el idioma oficial de España es el castellano) e incluso los valores y estilos de esa sociedad del norte están penetrando con fuerza en nuestro modo de vivir. La imitación ha llegado hasta a las agresiones escolares, tan frecuentes en el territorio imperial de occidente.

Junto estas dos vertientes porque ambas unen al Presidente y a la ministra en estos días. Después de haber anunciado que se presentará un proyecto para establecer el día de la Familia imitando («al estilo», se dijo) al Día de Acción de Gracias de Estados Unidos.

Luego, la ministra justifica la renuncia del subsecretario de su cartera (ciencias) a que él no logra tomar el ritmo que a ella le gusta: «De dónde provengo las cosas se hacen más rápido», haciendo alusión a su estadía en Estados Unidos.

Es decir, la tónica viene del norte.

Para eso no sirven ni la ciencia ni la cultura ni el arte

O sea, ella quiere imponer la velocidad sobre la reflexión, lo que puede estar bien en algunos casos, pero no necesariamente en el tema de las ciencias y la tecnología.

A eso se unen las palabras del Presidente Kast, cuando reclama que está muy bien la ciencia, pero el gasto en investigación científica parece no tener la retribución que él reclama: ¿Cuántos empleos crea una investigación que termina adornando una biblioteca? Dijo en una actividad ciudadana en Puerto Montt el 5 de mayo de este año.

Es decir, nos retrotraemos en el tiempo a aquellas expresiones de Álvaro Bardón en la década de los 70 cuando manifestó que habiendo tanto desarrollo en otros países, no tenía sentido de que en Chile se gastara dinero en investigación cuando todo eso se podía adquirir de lo ya existente y aprovechar lo que en otras partes se investiga. Es un enfoque que no prosperó suficientemente, porque al menos no se redujo el presupuesto, aunque nunca logró pasar del 0,40 %.

La ministra que busca velocidad y el presidente, parecen estar de acuerdo con dejar de hacer investigación en Chile porque ello no produce efectos inmediatos en la economía. No es rápido investigar, no es rápido formar un doctor en ciencias, no es rápido instalar laboratorios de experimentación.

Entonces, la ciencia, el arte y la cultura, no sirven para la velocidad en la creación de empleos, para aumentar la productividad en el corto plazo ni para bajar costos.

Puede servir para mejorar el nivel de los pueblos, para tener personas más felices, para incentivar la creatividad, para fomentar el desarrollo humano, pero no para incrementar en el corto plazo los índices económicos.

¿Por eso renunció el subsecretario de ciencias?

Tal vez porque pensaba que la inversión en ciencias podría ser una prioridad en un esquema de gobierno nacionalista, sin comprender que en verdad ese nacionalismo es una pose necesaria para que no se note tanto la sumisión a los grandes, de los cuales queremos traer todo: la economía, el idioma, los valores, los estilos, los símbolos… y el arte y la cultura.

Error grave: querer hacer cosas que no produzcan frutos inmediatos en lo económico.

Para eso no sirven ni la ciencia ni la cultura ni el arte.

[Crónica] La excusa peor que la ofensa

Cuando se filtra la información sobre aquellos documentos (memorándum le llaman) en los cuales se instruía de la necesidad de «descontinuar» ciertos programas sociales, todos entendimos que eso significaba paralizarlos, suspenderlos o terminarlos.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 29.4.2026

Heredé de mi padre algunos libros sobre la sabiduría árabe, que él acostumbraba a citar. Cuando fue ministro del gobierno de Eduardo Frei Montalva, él le preguntaba siempre, muchas veces en pleno consejo de gabinete:

—Alejandro, ¿qué diría de esto el califa de Basora?

Y el ministro respondía con un caso específico y una reflexión final.

Ante un fallo de un juez que condenaba como terroristas a personas contra las que no había ninguna prueba, usé una anécdota cuando alegué en la Corte. El juez había dictado una sentencia, pero la Ilustrísima, antes de los alegatos, la encontró tan precaria que decidió devolverla de plano para que la rehiciera.

Con todo, ante la segunda sentencia llegamos a alegar los contendientes. En esa ocasión cité ante los ministros de la Corte (Cánovas, Zurita y Gálvez) la siguiente anécdota de la sabiduría árabe, pues la segunda sentencia era peor que la primera.

Estaba el califa Harúm al Raschid en uno de sus malos días y ante cierta intervención de Abu Nowas, el poeta de la Corte, lo conminó:

—Abu Nowas, tienes 24 horas para ofenderme y luego dar una excusa que sea peor que la ofensa. Si no cumples perderás la cabeza.

El poeta se fue muy afligido y pasó un duro día. Al día siguiente se levantó sin tener respuesta al requerimiento. Se preparó para morir. Fue al palacio y entró a la cámara real, en el momento en que el califa subía los escalones para llegar al trono.

De un salto llegó hasta el monarca y le dio un fuerte pellizco en la nalga izquierda. El califa giró y gritó:

— ¿Pero qué haces Abu Nowas?

—Perdón, majestad, creí que era su esposa.

Así, Abu Nowas salvó la vida.

Con premeditación y alevosía

Cuando se filtra la información sobre aquellos documentos (memorándum le llaman) en los cuales se instruía de la necesidad de «descontinuar» ciertos programas sociales, todos entendimos que eso significaba paralizarlos, suspenderlos o terminarlos.

Un humorista le preguntó al ministro Quiroz, cuando él dijo que descontinuar significa revisar, cómo entendería esa frase si la novia (de tenerla) le dijera que va a «descontinuar» la relación. El gobierno se ha dado muchas vueltas al respecto, despertando protestas incluso de sus propios seguidores, entre las que destaca el reclamo del presidente del partido del propio José Antonio Kast.

Entonces vino la joya. La «ofensa» que significó para todos un oficio que disponía descontinuar programas sociales (harto más grave que pellizcar la nalga del califa, salvo para el propio califa por cierto), provocó una excusa final que se ha expresado a todos los que han querido poner atención. Fue dicha por el ministro y repetida por muchos funcionarios y políticos con un tono de alivio, como si esa excusa disminuyera la gravedad del hecho.

¿Cuál fue la excusa?

Que el oficio o memorándum en cuestión no se había hecho para ser difundido y conocido por el país.

La excusa es más grave que la ofensa, porque al intento de afectar los programas sociales, se añade el deseo de que eso hubiese sido un secreto. Ellos querían hacerlo, pero no querían que se supiera, sino solamente que se aplicara.

Era un oficio que no debía darse a conocer, por lo que la explicación es muy grave: se quería hacer en secreto, probablemente negándolo ante terceros.

—No queríamos que se filtrara –fue la explicación.

No sólo afectar programas, no sólo actuar con desprecio por los derechos de las personas, no solamente dejar a muchos necesitados (como los escolares) privados de los beneficios que se conquistaron con esfuerzos de los grupos sociales, sino además hacerlo sin que se enteraran previamente, sin que se diera a conocer más que cuando las «discontinuidades», las supresiones, estuviesen en marcha.

La excusa peor que la ofensa: no les basta con perjudicar a los más pobres o débiles en el contexto económico y social, sino además quieren hacerlo secretamente.

Si estuviéramos hablando de delitos, tendríamos que decir «con premeditación y alevosía», que quiere decir, actuar habiéndolo preparado con antelación y cuidado, además de actuar sobre seguro.

En esas manos estamos: la verdad se hace funcional a los intereses de los que tienen el poder, el secreto es el método para engañar a los que deben saber, como fue con las leyes secretas en la época de la dictadura.

Tal como lo hizo el ahora ministro Quiroz, con el caso de las colusiones.

[Crónica] «Loco latir»: El retrato de una familia chilena

«Loco latir», la novela de Ana María del Río, recrea las intimidades propias de un fundo emplazado en la zona centro sur del país —en un momento especial de la naturaleza y de la política nacional durante la época de la Unidad Popular—, mientras en el lugar se produce una lluvia torrencial y la agitación campesina propia de la Reforma Agraria.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 22.4.2026

Los escritores siempre decimos que al narrar una historia en cuentos o novelas, combinamos la realidad con la ficción, haciendo que se fundan en una nueva realidad. Muchas veces nos preguntan si acaso esto sucedió tal cual o hay «invento».

Walter Garib dice: los escritores somos mentirosos y falsificamos la verdad. Yo, riendo con él, discrepo y digo: los escritores modificamos los detalles de las historias para entregar relatos cuyo fondo es verdad. Porque escribimos, como si se tratara de un palimpsesto mágico, sobre la realidad concreta.

En el epígrafe de mi novela Baila hermosa Soledad —que gira en torno al atentado a Pinochet y lo que se vivía en esos años—, dije: «Cualquier semejanza con la realidad es perfecto resultado del inconsciente del autor». Lo que es parcialmente cierto.

Para escribir una buena novela se requiere, además de capacidad de redactar bien, entrar en la realidad y, desde una misteriosa conexión interior, ser capaz de meterse en situaciones y personajes.

El autor literario entrega miradas sobre la vida propia y ajena, y se presenta a sí mismo disuelto en los personajes que va creando a partir de sus experiencias.

Así, el escritor muestra acontecimientos y personas, lugares y emociones que empatizan con un lector que se apropia paulatinamente del relato, tomando simpatía o antipatía con los personajes y recreando, en su propia imaginación, cada uno de los rostros y paisajes, el sonido de la voz, los sentimientos y pensamientos de quienes aparecen retratados fidedignamente o a veces con cierto tono de caricatura, que se puede hacer necesario para dar énfasis y no equivocarse.

Todo esto lo hace de modo muy bien logrado Ana María del Río (1948), escritora de largo tiempo, profesora, formadora de escritores, en su novela Loco latir (Editorial Forja, 2026) que acaba de salir publicada.

«Loco latir»: todos concurren al fundo

Aunque no hay fechas, claramente la novela nos lleva a los años 1971 a 1973, cuando en Chile se profundizó la Reforma Agraria con tomas de fundos, activismo por parte de los funcionarios del Estado en favor de los campesinos, intervenciones de industrias y expropiaciones de propiedades agrícolas.

La autora menciona con frecuencia las leyes que fueron aprobadas y promulgadas durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva (1964 – 1970), lo que jamás fue perdonado por los terratenientes y las familias tradicionales de Chile ubicadas entre los más ricos de la sociedad.

Pero a la narradora no le interesa una crónica histórica, sino entrar en la profundidad de los hechos a través de personajes que un lector avezado podría hasta llegar a identificar.

«Loco latir», la novela de Ana María del Río, nos muestra un lugar ubicado en la zona centro sur de Chile en un momento especial de la naturaleza, la política y la intimidad de una familia poderosa dueña de predios agrícolas enormes en plena producción, durante una lluvia torrencial y agitación campesina.

Han muerto los abuelos de Make, la protagonista, con pocas horas de diferencia. Esto sucede poco tiempo después de la muerte de su propio padre, y toda la familia concurre al fundo para el sepelio.

Llegan los hijos e hijas de los ancianos fallecidos, todos personajes de peso en sus ambientes sociales, cercanos a las altas esferas de la política, abogados de estudios empingorotados, empresarios, con sus esposas y esposos. Make está acompañada de su madre y está también Tarso, otro nieto, su primo hermano.

Todos estos personajes interactúan mientras permanecen atrapados en el lugar por diversas circunstancias, con una «descripción» de personajes notable. Lo pongo entre comillas, porque no es que la autora diga cómo son. Lo hace, pero brevemente.

Lo interesante es que los personajes se revelan en los diálogos —muy bien logrados— y ahí los lectores podrán reconocer el tipo de personas que son los integrantes de esta familia, los religiosos que llegan para el funeral, las empleadas de la casa, los campesinos. Y otros dueños de fundo cuyo papel, breve, resulta trascendental en la novela misma.

Es un episodio que se inserta en la historia de la segunda mitad del siglo XX chileno, cuyas secuelas las vemos hasta hoy.

Junto con eso tenemos relatos de historias amor, de revelaciones sorprendentes, aspectos íntimos de los distintos personajes, pero sobre todo de la protagonista que, en medio de varias tribulaciones, se va diseñando como una muchacha ya adulta en pleno desarrollo para convertirse en mujer.

Durante esas breves semanas en que transcurre todo, ella madura lo suficiente como para procesar todos los dolores, miedos, emociones intensas, que se viven en los textos de Ana María del Río.

Sin duda la autora, con una enorme trayectoria, demuestra su calidad de escritora con esta novela en que Make, figura narradora, va revelando la situación propia de una muchacha joven que enfrenta situaciones para las que probablemente no estaba preparada.

La novela se lee rápido porque la historia es entretenida y para muchos resultarán sucesos conocidos. Así será con los mayores, pero los jóvenes encontrarán un apasionante libro que cuenta parte de la vida de sus propios padres, cualquiera que sea el lugar en que ellos se ubicaron cuando sucedió ese proceso en nuestro país.

[Crónica] El tres por ciento en la cultura

En el Chile de hoy, las artes visuales, los libros y los montajes escénicos de calidad, serán cuestión de elites. Y los museos (que ya son pobres, y ahora se les limitará aún más) irán cerrando sus puertas, pues se debe reducir el gasto público en todas las reparticiones que conforman la administración del Estado.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 2.4.2026

Durante su campaña electoral, el ahora Presidente José Antonio Kast fue enfático en hablar de la reducción del gasto público y para ello el ministro de Hacienda dispuso —parecía una orden al comienzo— que cada ministerio debía reducir su gasto en un tres por ciento.

Estoy de acuerdo en que siempre las cosas deben hacerse del mejor modo posible. Sé que es posible reducir muchos gastos públicos que son producto de situaciones anómalas o injustas. No cabe duda que pagar a una enorme cantidad de asesores cuando existen funcionarios que pueden cumplir esas tareas, parece ser un exceso.

También, no cabe duda que tener miles de jubilados de las Fuerzas Armadas y la Policía Armada en plena edad productiva, tanto así que a muchos se les recontrata en las mismas instituciones, parece ser más que un exceso, un escándalo.

No se puede discutir que hay instituciones que cumplen las mismas tareas y eso debe ser racionalizado. No parece haber dineros peor gastados que la repetición de funciones en las regiones, donde se inventaron los gobernadores para satisfacer discursos, manteniendo el poder de los que antes se llamaban intendentes y ahora delegados, que mantienen sus propios gabinetes regionales con las secretarías regionales.

Hay que ordenar, es cierto, porque desde el golpe de Estado, las cosas tomaron un rumbo contrario a la democracia y se dijo que por fin el país caminaba en orden, cuando en realidad fue un desorden de nuevo estilo.

En ese mismo período dictatorial, al acercarse el final del gobierno de Pinochet, empresas productivas del Estado, que dejaban beneficios, pasaron a manos privadas. No alcanzaron a privatizar Codelco, pero es un plan al que los pinochetistas no han renunciado.

Con todo, en este cuadro se dice reducir gastos. No es mejorar el uso de los recursos, es reducir, es decir, gastar menos. ¿En salud? ¿En educación?

Ya está claro que la ministra de Seguridad, que hace las cosas «porque puede», consiguió que ella no tuviera que eliminar ese porcentaje en gastos, porque de lo contrario estaríamos frente a un contrasentido del discurso inicial en que se dio tanta importancia a ese ministerio.

Nuestros museos ya son pobres

¿Y en cultura? Nadie puede discutir que para ciertos sectores de la derecha, la cultura debe ser materia de elite. Me lo dijo con claridad un diputado de la UDI cuando se discutía la ley de fomento del libro y la lectura:

— ¿Por qué tenemos que apoyar a tanta gente con estos recursos? Los buenos siempre triunfan y consiguen los recursos.

Y me dio dos o tres ejemplos. Pero él, hombre inteligente, finalmente votó a favor porque entendió el argumento de que un pueblo sin desarrollo cultural en el más amplio sentido está condenado a la mediocridad y la pobreza.

Sin embargo, muchos de los suyos creen que sólo debe apoyarse aquello que está en los cánones ideológicos de las tradiciones y del gusto de las «clases altas», es decir, los que tienen el dinero.

Por eso, reducir el tres por ciento en cultura no será problema. Ellos quisieran que fuera más.

¿De dónde se reducirá? Ya lo ha dicho Francisco Undurraga Gazitúa, el ministro: de los museos y de las bibliotecas.

En lugar de hacer planes de desarrollo, usando mejor los recursos disponibles para que los niños, los jóvenes, los universitarios, los sindicatos (todavía existen algunos), los adultos mayores de los sectores más pobres, visiten los museos, se les reducirá el presupuesto en una cifra suficiente para que sea el tres por ciento del empobrecido presupuesto que tiene la cultura en Chile.

Nuestros museos ya son pobres, ahora se les limitará aún más.

Vengo llegando de un viaje a Salvador de Bahía, la histórica ciudad de Brasil. No es la zona más rica del país ni con mucho. La pobreza se ve en las favelas y en las calles. Recorrimos, con mi pareja, el centro histórico. Ella tomaba fotos (es fotógrafa profesional y escritora) y yo miraba las casas y la gente, escuchaba sus voces fuertes, los tambores por todos lados.

Muchas iglesias antiguas, muchos pequeños locales comerciales, plazas de distinto tipo, calles de adoquines, casas pintadas sin uniformidad en estilos y colores, pero con una armonía natural. Vivimos la cadencia del tránsito de las personas, de las sonrisas y los saludos, todo en un movimiento constante que bajo el calor implacable daba la idea de que en cualquier momento estallaría un carnaval.

Y ahí, en las iglesias, en los conventos, en cualquier sector del barrio histórico, frente a la plaza en que se ejecutaba a los esclavos rebeldes, en todas partes y en cualquiera, estaban los museos.

Impresionantes por la calidad de museografía, por el trabajo realizado, por la empatía con el visitante que no necesita preguntar mucho porque allí están todas las respuestas. Lo antiguo y lo nuevo, las tradiciones africanas, la historia de lo cristiano del país, el nuevo arte y lo más antiguo, todo conservado con respeto, validado no sólo por turistas sino por el entorno mismo y su pueblo.

Todos los días vimos a escolares —desde los muy pequeños, hasta los adolescentes— llevados por sus profesores a recorrer estos lugares, acompañados por guías especializados, donde recibían explicaciones y podían preguntar todo lo que quisieran.

La casa de la Fundación Jorge Amado, que alguna vez fue el alojamiento de los esclavos antes de ser subastados, es un lugar hermoso, bien cuidado, donde el homenaje al escritor y al mundo cultural se palpa en cada detalle.

También, la Catedral con sus pinturas, la Iglesia de la Misericordia con sus colecciones antiguas y las salas de arte moderno, el Museo de San Francisco, la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, la Iglesia del Nuestra Señora del Rosario de los negros (donde en lugar de un viejo órgano como en otras hay tambores) y así cada espacio.

Hay días en que es gratis el ingreso y en la mayoría de ellos los turistas deben pagar dos dólares por acceder. Hay trato especial para los adultos mayores, quienes somos tratados con respeto y consideración.

La cultura está allí, viva, porque a los municipios y al Estado les interesa que el pueblo vaya floreciendo.

Pero en el Chile de hoy, la cultura será cuestión de elites y los museos irán cerrando sus puertas. Porque se debe reducir el presupuesto de cultura.

[Crónica] Poesía y arquitectura

Hoy le dije a mi amigo Eduardo Dockendorff como respuesta única por el Premio Pritzker de Smiljan Radić que los arquitectos nos han empatado a los escritores: dos Nobel cada uno, más, incluso, que el bicampeonato sudamericano de Chile en el fútbol.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 13.3.2026

Mi amigo el arquitecto Eduardo Dockendorff Vallejos regresó a sus tierras de Biobío, subió la montaña y en terrenos colindantes con el río y los tradicionales emplazamientos aborígenes, levantó su casa al estilo Neruda: sólo con la ayuda de un trabajador local.

Hace años vive allí y su espacio hoy colinda con el enorme embalse que se creó sobre los cementerios y espacios hogareños de comunidades locales. Hace unos noches me envió un WhatsApp para hacerme saber la gran noticia: por segunda vez un arquitecto chileno gana el Premio Pritzker, comparado con el Nobel, pero para los arquitectos.

Alejandro Aravena en 2016 y Smiljan Radić en 2026 son los dos arquitectos chilenos que han recibido este galardón. No hay premio mundial más importante en esta profesión que ése y esto pone de relieve la importancia de los arquitectos formados en nuestro país, quienes, como pasa en otras áreas, no son los más contratados para construir los grandes proyectos que dominan el paisaje de las ciudades.

Porque las razones para darle este premio no tienen que ver con edificios enormes situados en las grandes avenidas de Santiago u otras metrópolis del mundo. Su obra ha sido definida como «profundamente experimental y sensible al paisaje», dando un nuevo carácter, mediante su trabajo, a la relación entre la experiencia humana, la naturaleza y la arquitectura como disciplina esencialmente humanista.

Se destaca «una trayectoria marcada por una mirada radicalmente personal sobre el espacio construido, donde la fragilidad, la memoria del lugar y la experiencia humana ocupan un rol central», según nos dice la revista NOW-MAG.

El mismo comentario señala que «su trabajo propone lugares que dialogan con su entorno, combinando lo artesanal con lo tecnológico, lo natural con lo artificial y lo permanente con lo temporal».

Por su parte, el jurado al otorgar el premio señala la capacidad del galardonado de construir espacios con «inteligencia emocional», capaces de generar refugio y empatía en quienes los habitan.

Y luego agrega el mismo ente calificador: «A través de una obra que se sitúa en la encrucijada de la incertidumbre, la experimentación material y la memoria cultural, Smiljan Radic prioriza la fragilidad sobre cualquier pretensión infundada de certeza. Sus edificios parecen temporales, inestables o deliberadamente inacabados —casi a punto de desaparecer—, pero ofrecen un refugio estructurado, optimista y discretamente alegre, abrazando la vulnerabilidad como una condición intrínseca de la experiencia vivida».

Y basta. Porque con eso queda claro que la arquitectura no es cualquier cosa ni una mera técnica: es una variedad de arte que integra el humanismo, la naturaleza y… la poesía. Porque la poesía es belleza, síntesis, lenguaje propio, metáfora y ritmo, igual que estas obras arquitectónicas.

 

Chile tierra de arquitectos

Pablo Neruda, al terminar lo que hoy se llama enseñanza media, entró a estudiar arquitectura. Entendía que era la profesión que más lo hermanaba con la poesía, pero no se la pudo con la matemática que lo llevaba hacia la racionalidad. Neruda quería poesía y se fue.

Él, luego de la gran Gabriela Mistral, recibió el Nobel de Literatura.

Hoy, le dije a Dockendorff, como respuesta única, «los arquitectos nos han empatado». Dos Nobel cada uno. Más, incluso, que el bicampeonato sudamericano de Chile en el fútbol.

Y vuelven a hermanarse estas dos maravillas de la creatividad cuando miramos que esas cúspides sólo se explican porque bajo ellos han una pirámide de cultores de la disciplina. Miles de poetas, de los cuales más de un centenar pueden ocupar lugares destacados a nivel americano y mundial. Tras estos dos arquitectos hay miles de profesionales que han ido dando vida a la arquitectura desde hace un siglo y permitiendo que se construya esa pirámide.

Aquellos «locos» de la Universidad Católica de Valparaíso que instalaron sus construcciones en Ritoque; los jóvenes arquitectos de la Universidad de Chile, que dio origen además a artistas de verdad; los famosos y brillantes de la Pontificia Universidad Católica de Chile, que se convirtieron en estrellas de las páginas sociales.

Saint Jean, Echenique, entre los mayores —¿será lícito nombrar a mi hermano Patricio y su generación 1973—, Iván Bravo entre las nuevas generaciones y tantos otros que con su trabajo constante, su creatividad, su audacia, su constancia, su decisión, sus esfuerzos, han ido generando un trabajo que lleva a los arquitectos chilenos a la gloria mundial.

Poetas y arquitectos. Hay pocos poetas entre los arquitectos, porque ellos hacen la poesía con su disciplina propia. Son los ingenieros y los abogados que, para contrarrestar el racionalismo exacerbado de sus estudios, deben buscar en la poesía la opción de humanidad y belleza.

Andrés Bello quería ser poeta. Casi lo logró e incluso se permitió licencias de ese tipo en el propio texto del Código Civil.

Chile tierra de poetas. Ahora diremos: y de arquitectos.

(Cuando Dockendorff se instala en Alto Biobío, desde donde baja a pueblo pocas veces en el año, hace un acto de creación poética que trasciende sin ser trascendental, sino sólo una gran gota de agua para la copa de celebraciones de Chile)

Para finalizar, anoto algunas obras destacadas de Smiljan Radić: restaurante Mestizo en el Parque Bicentenario de Santiago, la ampliación del Museo Chileno de Arte Precolombino, el Teatro Regional del Biobío en Concepción, la Serpentine Pavilion 2014 en Londres, el Pabellón XXII Bienal de Arquitectura de Chile.

 

[Crónica] Castigo a los viejos

Con sentido de alarma, se insiste en que la pirámide de la población se está modificando, porque nacen menos niños y se muere menos gente. Esto último es producto de la vida más sana de muchos, de los avances de la medicina.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 3.3.2026

Se ha insistido, desde la estadística, que Chile es un país en el que cada vez hay más gente mayor, entendiendo por tales a las personas de más de 60 años.

Con sentido de alarma, se insiste en que la pirámide de la población se está modificando, porque nacen menos niños y se muere menos gente. Esto último es producto de la vida más sana de muchos, de los avances de la medicina.

Por eso, ya que los mayores llegan en excelentes condiciones a los 60 años, es que se propone en muchos círculos aumentar la edad para jubilar. Hoy las mujeres pueden jubilar desde los 60 años y los hombres a los 65, en un resabio de proteccionismo machista que debe terminar.

No entiendo la razón de la diferencia, si acaso todos somos iguales, pero, en fin, hoy es así. Ya se corregirá. (Las mujeres que tienen hijos «nacidos vivos» tienen un beneficio adicional para ir reduciendo el tiempo de edad laboral).

Es evidente que las personas llegamos a mayores edades en un estado mucho mejor que nuestros antecesores en la vida. Mi abuela a los 63 años, cuando enviudó, era una viejita de pelo blanco a la que había que acompañar.

Hoy, una mujer de 63 años, abuela y hasta bisabuela tal vez, es una mujer activa, capaz de trabajar con todas sus capacidades intelectuales y físicas. No se trata de que hoy se viva más simplemente, sino que se vive en un estado mental adecuado para la vida social y laboral y en un estado físico que ya se lo quisieran muchos jóvenes.

Como un oxímoron clásico, mientras esta es la primera parte de la oración, en la segunda todo se contradice. Porque al mismo tiempo se establecen una serie de límites que resultan cada vez más absurdos.

Se ponen dificultades para el otorgamiento de las licencias de conducir: renovaciones cada tres años desde los 75 y una vez al año desde los 80, «si es que…».

Con los problemas y retrasos en el otorgamiento de esas licencias, podremos imaginarnos lo que sucederá, porque si hasta ahora había atochamientos increíblemente grandes, ahora al haber mayor frecuencia de solicitudes, las cosas serán aún peores.

Pero claro, un señor de 80 años cometió una infracción grave, así es que se hace necesario castigarlos a todos. En esta materia, una lectura estadística evidente nos permite sostener que los accidentes más graves los ocasionan personas jóvenes; que los que usan los vehículos a mayores velocidades son los más jóvenes; los que respetan menos las normas del tránsito, son los de menos edad.

No obstante, se decide castigar a los mayores de 75 y de 80.

Una odiosa discriminación negativa

Me ofrecieron la posibilidad de ser Notario suplente. Acepté encantado. No se pudo: porque tengo más de 75 años. Y estoy vigente intelectualmente y sigo sabiendo Derecho.

La presidenta de la Corte Suprema se queja de la formación actual de los abogados, sobre todo en el sentido ético, pero también en sus conocimientos: ¿a esos abogados hay que confiarles la fe pública? Nuevamente se privilegia a los jóvenes antes que a los mayores.

Pero no es sólo una preferencia, es una prohibición para los mayores.

La guinda de la torta: la Ley 21.724, en su artículo 90, dispone que las personas que tengan 75 años o más, el 1 de enero de 2027 cesarán en sus cargos públicos (probablemente hay excepciones).

Es decir, por el solo ministerio de la ley, esas personas quedarán fuera de la administración pública, sin que nadie se pregunte respecto del trabajo que desempeñan, de cómo lo hacen, de si su experiencia puede ser valiosa en la función que cumplen, si acaso necesita de esos recursos para vivir.

De un golpe (de un manotazo) pasaremos a generar una situación incomprensible: que en un país que tiene cada vez más personas mayores en edad útil, en condiciones de trabajar, se generará una cesantía por edad.

Lo más increíble es que se hace mucho hincapié en cuanto a que en Chile no hay discriminación de las personas por la edad. ¿Y esto qué es? Porque cuando alguien postula a un trabajo, no está obligado a poner su edad y, más aún, nadie puede preguntársela…

Pero en el Estado, en la Administración Pública, sí le preguntarán la edad y lo discriminarán por ella. Y esto se aplicará en las universidades también, donde los mayores pueden aportar muchísimo.

Un sector político criticó con escándalo por la juventud del Presidente de la República y de muchos de los funcionarios de su confianza.

Ese mismo sector, ahora en el poder, nombra gente muy joven en ese mismo tipo de cargos. ¿Es ésta la señal? ¿Sólo jóvenes para el Estado? ¿Los demás deben retirarse? ¿O a esos mayores los acogerá el mundo privado?

Preguntaban en un medio de comunicación si la gente se sentía discriminada por su edad. Digamos clarito: sí, una odiosa discriminación negativa y ninguna positiva, salvo el pasaje del Metro en Santiago.

Así se educa a las nuevas generaciones. Por eso entiendo que, siendo tan despreciados, los niños y jóvenes ni siquiera ofrezcan a sus mayores el asiento en la movilización colectiva y el Metro.

Tal vez lo que ahora venga, es que se nos prohíba usar esos medios porque es riesgoso para los «abuelitos», como nos nombran los locutores de la televisión.

Hay mañanas en que dan ganas de hacer un estallido de adultos mayores.

[Crónica] Tiempo para escuchar

Los líderes políticos deben hacer siempre un esfuerzo por ir más allá de las rencillas. Es lo que ha sucedido en Chile siempre. Incluso en tiempos de dictadura, los dirigentes opositores estábamos dispuestos a conversar para avanzar hacia la democracia. No dejábamos de ser duros en nuestras críticas, pero siempre llanos a oír sin renunciar a los planteamientos de fondo.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 26.2.2026

En estos tiempos, los hechos políticos tienen una dinámica que no se compadece con la prudencia. Desde el 2010 los gobernantes han sido elegidos por la oposición al gobierno en ejercicio, situación que algunos llaman «el péndulo».

Pero a partir de 2022 las cosas se extremaron, pues fue elegido Gabriel Boric militante de uno de los partidos de la entonces agrupación llamada Frente Amplio y que devino en partido político.

Quienes ganaron, dando vuelta el resultado inicial (Kast primero, Boric segundo), lo hacían con el apoyo de mucha gente que no quería que un candidato de posiciones de la derecha más extrema (a la derecha de la UDI) fuera elegido presidente.

Por eso ganó Boric, aunque muchos de los que «in extremis» votamos por él, no lo sentíamos como nuestro candidato, sino que era una especie de mal menor.

Las encuestas dejaron eso en claro desde el primer día, porque quienes figuraban como apoyo del gobierno nunca superaron la votación obtenida en primera vuelta por Boric, más Artés, más Enríquez, más los socialistas que no votaron por Provoste.

Y así fue en todo el gobierno, llegando a momentos críticos en los que sólo sus compañeros del Frente Amplio le daban el apoyo. Nunca, en todo caso, tuvo este gobierno tan poco apoyo como Piñera en sus momentos más difíciles, donde no llegaba al 10 %. Después se recuperó.

El acceso al poder del Frente Amplio, con el apoyo de los comunistas, los socialistas, el PPD, los radicales y otros grupos menores, venía premunido del discurso de esos jóvenes dirigentes universitarios que pretendían ser una renovación de la política, haciendo gala de un discurso de tipo moralista, en el sentido de poner fin a lo que calificaban gobiernos corruptos.

Con todo, esa especie de discurso de prepotencia ética terminó jugando malas pasadas a quienes cayeron en iguales o peores prácticas que sus antecesores, lo que se vio exacerbado por el tono de improvisación que se notó en muchas de las primeras medidas.

Problemas de lenguaje

Después del plebiscito constitucional de 2022, Boric tuvo una reacción positiva y su discurso se hizo más amigable con la oposición, más relativista respecto de las consignas absolutas que exhibía antes. Pero esa nueva mirada no encontró correspondencia en el resto del gobierno que, siempre con la idea de la superioridad moral, miraban de soslayo todas las posiciones contrarias.

Muchas de las eximentes invocadas por los gobiernistas por los errores y la ya dicha improvisación, decían relación con la juventud de los gobernantes. Eso, en estricta verdad, no habido así, ya que siempre ha habido jóvenes en la política chilena.

Hubo presidentes de menos de 50 años (Gabriel González) o muy poco más (Arturo Alessandri y Eduardo Frei Montalva ambos a los 52). Muchos ministros lo fueron antes de los 30 años. En varios gobiernos del siglo XX hubo jóvenes a cargo de tareas importantes y larga sería la lista como para dar nombres.

Una periodista le pregunta a Boric si considera un fracaso entregar el gobierno a quien está en las antípodas. Él responde que no lo ve así, sino que siente que es un éxito de la democracia que siga habiendo traspasos democráticos en los que el pueblo se manifiesta con mucha libertad.

Pero estrictamente mucha gente tenía claro que este gobierno no lograría entregar el mando a uno de los suyos, sobre todo cuando Kast recibió apoyos directos o indirectos de personas que estaban ligadas a mundos que ayer fueron de izquierda o concertacionistas. En el gabinete que asumirá eso queda en evidencia total.

El traspaso de mando estaba siendo relativamente amable, pese a la dureza de las críticas que Kast pronunciaba en contra de Boric y su gobierno. La amabilidad terminó el 3 de marzo, cuando Kast se retira de La Moneda dando por terminadas las reuniones programadas, acusando falta de trasparencia y de voluntad.

Si uno u otro decía la verdad, si acaso hubo —como dijo Kast— problemas de lenguaje, si acaso el gobierno no entregaba toda la información que los otros creían que debían recibir, en fin, en cualquiera de esos eventos y quizás todos ellos, lo que no parece adecuado para el país, para los ciudadanos, para la República, es que un diálogo iniciado se termine en forma abrupta.

Los líderes democráticos deben hacer siempre un esfuerzo por ir más allá de las rencillas. Es lo que ha sucedido en Chile siempre. Incluso en tiempos de dictadura, los dirigentes políticos opositores estábamos dispuestos a conversar para avanzar hacia la democracia. No dejábamos de ser duros en nuestras críticas, pero siempre llanos a escuchar sin renunciar a los planteamientos de fondo.

Hubo momentos difíciles, estuvimos privados de libertad, pero jamás renunciamos a la posibilidad de una salida pactada. Que el pacto haya ido más allá de lo razonable, podemos discutirlo y criticarlo, pero era necesario conversar. Incluso, para eliminar algunas normas de la Constitución impuesta por Pinochet que afectaban severamente la democracia, hubo que aceptar ir a un plebiscito en 1989 en el cual más del 90 % de los chilenos votó a favor.

Boric y Kast deben volver a reunirse, deben deponer discusiones menores para exhibir la voluntad de que prime en Chile la democracia. Creerse dueño de la verdad, rechazar rotundamente lo que el otro pueda hacer o no, en definitiva muestra más soberbia que solidez. Se puede ser sólido, conversando hasta el extremo. Y si al final no hay acuerdo, simplemente cada uno seguirá su camino.

Pero la negativa a conversar deja en deuda a los líderes. Ellos deben mostrar ante el país una disposición a respetar al adversario y a hacer todo lo posible porque le traspaso de mando se haga con tranquilidad.

Más que seguir acusando, al pueblo de Chile le conviene que las cosas se vayan haciendo con calma, que haya prudencia y respeto. Los líderes no pueden reaccionar tan livianamente o funcionar a la velocidad de internet. Hay que darse tiempo. Tiempo para escuchar. Tiempo para decir. Tiempo para reaccionar. Tiempo para mostrarse respetuosos de todos, sobre todo de sí mismos.

Chile merece más.

Confío en que antes que este comentario se difunda, alguno de ellos reaccione y llame al otro a sentarse a la mesa.
Los líderes nos deben eso.

[Crónica] Libertad, censura y Estado

Me parece que es menos grave financiar con recursos públicos un festival de cine o arte pornográfico, que mantener con dineros fiscales estructuras del tipo de lo que fueron la DINA, la DICOMCAR, la CNI, o el Comando Conjunto.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 19.2.2026

Se desató hace unas semanas una discusión áspera en relación con el proyecto de un festival de cine pornográfico que obtuvo un aporte del Estado a través de los fondos concursables de cultura.

La ministra señora Arredondo dijo categóricamente a quienes centraban su crítica en una visión ideológica del gobierno, que en la decisión de asignar fondos a determinados proyectos las autoridades políticas no tenían ninguna intervención.

Con eso hubiese bastado, pero sabemos que no es así, porque hay quienes insisten en culpar al gobierno de lo que es responsable y de lo que no es responsable.

He sido muchas veces jurado en el área de la literatura, bajo gobiernos de distinto signo. Lo fui recién, una vez más, no siendo parte de los grupos políticos que apoyan a Boric. Nunca, de parte de ninguna autoridad y de ningún funcionario, he recibido otra instrucción que las pautas y normas que están escritas y pueden ser conocidas por todos.

No hay visión ideológica ni instrucciones de censurar nada. Por el contrario, se nos pide que abramos nuestras miradas para ir más allá de nuestras propias maneras de pensar, poniendo énfasis en los factores más objetivos posibles para definir el puntaje que pondremos a cada proyecto.

Partiendo de la base que la objetividad absoluta no existe, la ley establece jurados plurales, de modo que las inevitables visiones subjetivas encuentren puntos de concordia en la definición de los puntajes.

A mí no me gusta la pornografía, pero sí el trabajo del erotismo en literatura, en el cine, en la pintura y las demás artes visuales, incluso en la música.

Hay quienes, a partir de las exageraciones habituales de las miradas más restrictivas o censuradoras, confunden el erotismo del arte con la pornografía, en un error garrafal y casi imperdonable.

Pero en este caso el festival que se propuso es propiamente de pornografía. Los que lo critican, ¿conocen el contenido del proyecto? ¿Alguien ha intentado ver de qué exactamente se trata la muestra? ¿Quiénes serán los espectadores de este festival?

¿Qué tipo de pornografía? ¿Con pedófilos, con menores de edad, con expresiones que ofendan a determinadas personas por su raza, su religión o su preferencia sexual?

Los derechos de personas que pensaban distinto

Viene la pregunta: ¿tiene derecho el Estado a establecer censuras? Si, lo tiene, cuando ella está fundada en la protección de los derechos de las personas y en el cumplimiento de las leyes. Si acaso lo que se promueve es la comisión de delitos, la libertad de creación puede ser limitada en su ejercicio.

Si acaso el festival pretendiera tener como público a menores de edad o promoviera conductas violatorias de los derechos de las personas, podría cuestionarse. La norma general es que el Estado, salvo los dos casos señalados (promoción de delitos y afectación de los derechos ciudadanos) no tiene derecho a censurar.

Esa es la esencia de la libertad.

¿Quiénes alzan la voz en contra de esto? Curiosamente son aquellos que han usado la palabra libertad en todos sus discursos, en el nombre de sus institutos de estudio, de sus partidos políticos.

Ellos, con su duro reclamo esperaban probablemente que el Estado, a través de las autoridades del gobierno, pudiera intervenir en el trabajo de los jurados para imponer un determinado sesgo ideológico.

Si somos partidarios de la libertad, ello no puede limitarse a ciertas libertades económicas o a elegir la persona con la que alguien se puede casar.

Incluso, digo «ciertas» libertades económicas, porque si el socio es un chino o un persa, el inversionista puede quedar sujeto a restricciones impuestas incluso por autoridades extranjeras. Como ha pasado en Panamá con los puertos administrados por empresas chinas o se quiere hacer en Chile con el tema del cable submarino de comunicaciones.

La libertad en su más amplio sentido sólo puede ser restringida en circunstancias muy específicas. Está claro que a muchos «libertarios» no le gustan las libertades de los que piensan distinto, pero a ninguno de ellos se le escuchó nunca protestar porque el Estado destinara recursos asignados presupuestariamente al «área de gasto social», a la formación de grupos armados que, sin obligación de rendir cuentas detenían (sin tener facultades para ello), torturaban (lo que estaba prohibido incluso en las leyes de la dictadura), dieran muerte a personas e hicieran desaparecer sus cuerpos mediante fórmulas de sepultamientos ilegales.

A mí me parece, aunque ninguna de las dos conductas me gusta, que es menos grave financiar un festival de cine o arte pornográfico, que mantener estructuras del tipo de lo que fueron la DINA, la DICOMCAR, la CNI, o el Comando Conjunto.

Soy partidario de la libertad de creación, de prensa, de pensamiento, de difusión.

En efecto, si a la cultura, al desarrollo de las artes, al apoyo editorial a los poetas, a la promoción de los artistas nacionales se destinasen fondos equivalentes —no el 10 % como fue desde la dictadura y por muchos años a las Fuerzas Armadas—, sino el 5 % de los fondos recaudados por el cobre chileno, nuestro país viviría otra realidad.

He luchado por la libertad y contra las censuras. Una vez, siendo jurado en un concurso de la Municipalidad de Santiago, quisieron imponerme a los ganadores. Por supuesto no lo acepté y nunca más me llamaron para ser jurado en esa competencia.

Arriesgué mi vida por la libertad y los derechos de personas que pensaban distinto de mí.

Quisiera ver algo parecido en los que usan a destajo la palabra libertad en sus discursos. Sólo como botón de muestra: en Hungría, país al que muchos de estos dirigentes políticos adhieren con singular entusiasmo, no hay ninguna limitación para la pornografía. Claro que allá es peligroso ser un demócrata convencido.

Sobre la vida y la muerte

Ha muerto en un cementerio de París, Francia, Marcel Young —exembajador de Chile en Haití entre 2004 y 2010— un hombre bueno, algo más joven que yo, inteligente, prudente en general, al que casi todos sus contemporáneos, le teníamos un enorme afecto y respeto.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 14.2.2026

Nada más grandioso e importante que la vida, esta energía espectacular que nos permite ser quienes somos como seres humanos. Y siendo tales, gozamos de todas las formas de vida: animal, vegetal, mineral, todo lo que es la química y la física con sus movimientos cada vez más novedosos e inquietantes.

En algún momento se descubrió el átomo: el que no tendría división, la parte más pequeña de la materia. Tiempo después se descubren protones, neutrones y electrones. Y luego, en esa dinámica que hace de las «ciencias exactas» las más impredecibles y cambiantes de las realidades, se han seguido descubriendo partículas cada vez más pequeñas.

Inclusive muchos experimentos nos sitúan en incertidumbres, pues hacen pensar y sostener con seriedad la tesis de que la realidad cambia según el observador. Es decir ciertas formas de partículas se presentan de manera distinta según quien sea el que esté observando.

La física moderna nos habla de la «nanotecnología», aquello que se expresa en espacios increíblemente pequeños. Escribo estas notas en un ordenador personal, pero podría hacerlo en un teléfono celular.

Ese teléfono que cabe en la palma de mi mano y que niños de dos años manipulan con increíble precisión, es más poderoso que el enorme computador que en 1967 tenía la Universidad de Chile en un galpón enorme enfriado por muchos ventiladores de gran tamaño.

Y cuando se estudia el cuerpo humano, se llega a las cosas más increíbles sobre su estructura y funcionamiento. La vida nos sorprende cada día.

Seguramente como consecuencia de mi ignorancia en materias de biología —tema que me apasionaba en mi adolescencia, cuando leía en la primera semana de clases todo el libro de Natalio Glavic para 4º de humanidades— me sigo haciendo la pregunta: ¿Cómo sabe una célula —que se va dividiendo desde aquella que se forma en la unión del espermio con el óvulo— que su función será ser parte de un riñón o de un hígado? Misterio de la vida. Al menos para los seres comunes y corrientes como yo.

Y en el caso de los humanos, más allá del nivel básico de lo físico y de ciertas emociones primarias, está toda la complejidad de su mente, de su psiquis tan especial, de la espiritualidad.

El ser humano es un ejemplar de vida compleja que reúne al mes esas cuatro dimensiones (mente, espíritu, emoción y cuerpo) y en cuya combinación podemos decir que cada uno es único y, aparentemente, irrepetible.

Incluso en el caso de los gemelos llamados «idénticos» es posible descubrir diferencias que, por los factores no corporales, van marcando crecientes señales de individuación. Mi explicación es porque tras eso está el alma, con toda su historia particular.

A seguir bregando

Porque las almas tienen origen divino (el espíritu de la divinidad) y un plan de desarrollo para alcanzar la plenitud en el progreso de esa potencia inicial. Para eso se requieren, al menos en los casos conocidos, de más de una encarnación. En cada una hay tareas que cumplir y eso se hace naciendo cerca de otros con los que se trazan conexiones para ayudarnos en alcanzar las metas propuestas desde antes de nacer.

Con todo, sabemos por experiencia que los seres humanos, como casi todas las formas de vida, tienen un límite físico: es la muerte que sobreviene cuando suceden determinadas circunstancias. Salvo situaciones de violencia —accidental o intencional— se supone que avanzamos hasta la vejez y luego el cuerpo, agotado, termina su ciclo y muere.

Pero esos ciclos son más breves cuando irrumpen enfermedades en las personas, riesgo que existe desde el día en que nacemos. Pareciera ser, como en casi todas las formas de vida, que la muerte es más natural en los mayores que en los menores.

Es natural y esperable que mueran los padres, pero no es esperable de igual modo que mueran los hijos. Es el misterio de una «muerte anticipada» que altera los ciclos a los que nuestra cultura nos tiene acostumbrados.

Cuando mueren mis amigos —de mi edad o mayores— lo entiendo con cierta facilidad y lo acepto. Pero cuando mueren personas más jóvenes y activas sin que haya mediado violencia, siento algo incómodo en mis emociones y me pregunto por qué es así.

Ha muerto Marcel Young, no mucho, pero algo más joven que yo. Un hombre bueno, inteligente, prudente en general, al que todos —casi todos sería más exacto— le teníamos enorme afecto y respeto.

Me escribe diciendo: «Temo que mi madre morirá pronto». Le respondo: «Es normal que pasados los 90 años las personas puedan morir. Lo importante es que nosotros sigamos viviendo. Prepárate para ser huérfano». No me responde, salvo: «Me voy a Francia, donde ella vive».

Días después me dice que su madre ha muerto y que el funeral es el 12 de febrero. Me llega, la noche de ese día, una foto de Marcel en silla de ruedas en el funeral. «¿Qué te pasó?», escribo. Y no hay respuesta.

Al día siguiente me cuentan que Marcel ha muerto de un infarto, allá mismo, en el cementerio.

Entonces, le escribo: «¿De verdad estás muerto amigo querido?». No me responde. Y me da una pena enorme. Entonces me pregunto por este misterio de morir y de vivir.

La muerte para él debe ser parte de los procesos de su alma, para iniciar nuevos recorridos tal vez con el alma de su madre. Necesitaban morir juntos. Como fue el caso de Bélgica Castro y Alejandro Sieveking. Ellos lo entienden. Yo no.

Queda el vacío para los que estamos transitando por la vida. Ellos están en otra realidad. Pero nosotros lamentamos su pérdida. Y debemos decirlo así, vivirlo así, porque ésa es nuestra historia. No la de ellos. La nuestra, los que ahora debemos seguir caminando por la vida sin esos más jóvenes, mejores quizás, con un espacio vacío.

Recuerdo la frase de un poema que publiqué en Encuentros, en 1982: «se mueren los que importan». Y nosotros, a seguir bregando. Hasta el último día.