[Crónica] El proceso de colonización cultural

El predominio del idioma inglés en el mundo empresarial (quienes dirigen las empresas ahora se llaman CEO) y el uso de palabras en ese idioma en el comercio, en la publicidad y hasta en las expresiones de los jóvenes, da cuenta de esta compleja evolución.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 11.5.2026

Es inevitable en estos tiempos que vivimos no referirnos a lo que pasa en la política contingente, especialmente cuando se inicia un nuevo gobierno dirigido por personas como el Presidente José Antonio Kast y la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao.

De mundos completamente distintos en lo cultural, de grupos sociales y étnicos diferentes en su origen, de profesiones tan diversas, de experiencias de vida que no se encuentran en sus trayectorias, sin embargo los unen la soberbia en sus dichos, cierta autosuficiencia, la convicción de que sus ideas son siempre las correctas y la irrefrenable tendencia a culpar a otros de sus problemas.

Por ejemplo, el Presidente culpa de sus propios fallos y de los de sus ministros a la oposición y, ahora, al Partido Comunista.

Junto a eso, el proceso de colonización cultural proveniente de Estados Unidos en los últimos 50 años, tiene un eco formidable en los estilos de un proyecto político que, paradójicamente, se presenta como «nacionalista» y «patriota».

Con todo, el predominio del idioma inglés en el mundo empresarial (quienes dirigen las empresas ahora se llaman CEO) y el uso de palabras en ese idioma en el comercio, en la publicidad y hasta en las expresiones de los jóvenes, da cuenta de esto.

Ejemplo de esto es que ahora ya no decimos «dos mil veintiséis» como decíamos en castellano sino veinte veintiséis, como se dice en Estados Unidos. Todo está dominado por el idioma extranjero, tan distinto del rico castellano (el idioma oficial de España es el castellano) e incluso los valores y estilos de esa sociedad del norte están penetrando con fuerza en nuestro modo de vivir. La imitación ha llegado hasta a las agresiones escolares, tan frecuentes en el territorio imperial de occidente.

Junto estas dos vertientes porque ambas unen al Presidente y a la ministra en estos días. Después de haber anunciado que se presentará un proyecto para establecer el día de la Familia imitando («al estilo», se dijo) al Día de Acción de Gracias de Estados Unidos.

Luego, la ministra justifica la renuncia del subsecretario de su cartera (ciencias) a que él no logra tomar el ritmo que a ella le gusta: «De dónde provengo las cosas se hacen más rápido», haciendo alusión a su estadía en Estados Unidos.

Es decir, la tónica viene del norte.

Para eso no sirven ni la ciencia ni la cultura ni el arte

O sea, ella quiere imponer la velocidad sobre la reflexión, lo que puede estar bien en algunos casos, pero no necesariamente en el tema de las ciencias y la tecnología.

A eso se unen las palabras del Presidente Kast, cuando reclama que está muy bien la ciencia, pero el gasto en investigación científica parece no tener la retribución que él reclama: ¿Cuántos empleos crea una investigación que termina adornando una biblioteca? Dijo en una actividad ciudadana en Puerto Montt el 5 de mayo de este año.

Es decir, nos retrotraemos en el tiempo a aquellas expresiones de Álvaro Bardón en la década de los 70 cuando manifestó que habiendo tanto desarrollo en otros países, no tenía sentido de que en Chile se gastara dinero en investigación cuando todo eso se podía adquirir de lo ya existente y aprovechar lo que en otras partes se investiga. Es un enfoque que no prosperó suficientemente, porque al menos no se redujo el presupuesto, aunque nunca logró pasar del 0,40 %.

La ministra que busca velocidad y el presidente, parecen estar de acuerdo con dejar de hacer investigación en Chile porque ello no produce efectos inmediatos en la economía. No es rápido investigar, no es rápido formar un doctor en ciencias, no es rápido instalar laboratorios de experimentación.

Entonces, la ciencia, el arte y la cultura, no sirven para la velocidad en la creación de empleos, para aumentar la productividad en el corto plazo ni para bajar costos.

Puede servir para mejorar el nivel de los pueblos, para tener personas más felices, para incentivar la creatividad, para fomentar el desarrollo humano, pero no para incrementar en el corto plazo los índices económicos.

¿Por eso renunció el subsecretario de ciencias?

Tal vez porque pensaba que la inversión en ciencias podría ser una prioridad en un esquema de gobierno nacionalista, sin comprender que en verdad ese nacionalismo es una pose necesaria para que no se note tanto la sumisión a los grandes, de los cuales queremos traer todo: la economía, el idioma, los valores, los estilos, los símbolos… y el arte y la cultura.

Error grave: querer hacer cosas que no produzcan frutos inmediatos en lo económico.

Para eso no sirven ni la ciencia ni la cultura ni el arte.

[Crónica] La excusa peor que la ofensa

Cuando se filtra la información sobre aquellos documentos (memorándum le llaman) en los cuales se instruía de la necesidad de «descontinuar» ciertos programas sociales, todos entendimos que eso significaba paralizarlos, suspenderlos o terminarlos.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 29.4.2026

Heredé de mi padre algunos libros sobre la sabiduría árabe, que él acostumbraba a citar. Cuando fue ministro del gobierno de Eduardo Frei Montalva, él le preguntaba siempre, muchas veces en pleno consejo de gabinete:

—Alejandro, ¿qué diría de esto el califa de Basora?

Y el ministro respondía con un caso específico y una reflexión final.

Ante un fallo de un juez que condenaba como terroristas a personas contra las que no había ninguna prueba, usé una anécdota cuando alegué en la Corte. El juez había dictado una sentencia, pero la Ilustrísima, antes de los alegatos, la encontró tan precaria que decidió devolverla de plano para que la rehiciera.

Con todo, ante la segunda sentencia llegamos a alegar los contendientes. En esa ocasión cité ante los ministros de la Corte (Cánovas, Zurita y Gálvez) la siguiente anécdota de la sabiduría árabe, pues la segunda sentencia era peor que la primera.

Estaba el califa Harúm al Raschid en uno de sus malos días y ante cierta intervención de Abu Nowas, el poeta de la Corte, lo conminó:

—Abu Nowas, tienes 24 horas para ofenderme y luego dar una excusa que sea peor que la ofensa. Si no cumples perderás la cabeza.

El poeta se fue muy afligido y pasó un duro día. Al día siguiente se levantó sin tener respuesta al requerimiento. Se preparó para morir. Fue al palacio y entró a la cámara real, en el momento en que el califa subía los escalones para llegar al trono.

De un salto llegó hasta el monarca y le dio un fuerte pellizco en la nalga izquierda. El califa giró y gritó:

— ¿Pero qué haces Abu Nowas?

—Perdón, majestad, creí que era su esposa.

Así, Abu Nowas salvó la vida.

Con premeditación y alevosía

Cuando se filtra la información sobre aquellos documentos (memorándum le llaman) en los cuales se instruía de la necesidad de «descontinuar» ciertos programas sociales, todos entendimos que eso significaba paralizarlos, suspenderlos o terminarlos.

Un humorista le preguntó al ministro Quiroz, cuando él dijo que descontinuar significa revisar, cómo entendería esa frase si la novia (de tenerla) le dijera que va a «descontinuar» la relación. El gobierno se ha dado muchas vueltas al respecto, despertando protestas incluso de sus propios seguidores, entre las que destaca el reclamo del presidente del partido del propio José Antonio Kast.

Entonces vino la joya. La «ofensa» que significó para todos un oficio que disponía descontinuar programas sociales (harto más grave que pellizcar la nalga del califa, salvo para el propio califa por cierto), provocó una excusa final que se ha expresado a todos los que han querido poner atención. Fue dicha por el ministro y repetida por muchos funcionarios y políticos con un tono de alivio, como si esa excusa disminuyera la gravedad del hecho.

¿Cuál fue la excusa?

Que el oficio o memorándum en cuestión no se había hecho para ser difundido y conocido por el país.

La excusa es más grave que la ofensa, porque al intento de afectar los programas sociales, se añade el deseo de que eso hubiese sido un secreto. Ellos querían hacerlo, pero no querían que se supiera, sino solamente que se aplicara.

Era un oficio que no debía darse a conocer, por lo que la explicación es muy grave: se quería hacer en secreto, probablemente negándolo ante terceros.

—No queríamos que se filtrara –fue la explicación.

No sólo afectar programas, no sólo actuar con desprecio por los derechos de las personas, no solamente dejar a muchos necesitados (como los escolares) privados de los beneficios que se conquistaron con esfuerzos de los grupos sociales, sino además hacerlo sin que se enteraran previamente, sin que se diera a conocer más que cuando las «discontinuidades», las supresiones, estuviesen en marcha.

La excusa peor que la ofensa: no les basta con perjudicar a los más pobres o débiles en el contexto económico y social, sino además quieren hacerlo secretamente.

Si estuviéramos hablando de delitos, tendríamos que decir «con premeditación y alevosía», que quiere decir, actuar habiéndolo preparado con antelación y cuidado, además de actuar sobre seguro.

En esas manos estamos: la verdad se hace funcional a los intereses de los que tienen el poder, el secreto es el método para engañar a los que deben saber, como fue con las leyes secretas en la época de la dictadura.

Tal como lo hizo el ahora ministro Quiroz, con el caso de las colusiones.

[Crónica] «Loco latir»: El retrato de una familia chilena

«Loco latir», la novela de Ana María del Río, recrea las intimidades propias de un fundo emplazado en la zona centro sur del país —en un momento especial de la naturaleza y de la política nacional durante la época de la Unidad Popular—, mientras en el lugar se produce una lluvia torrencial y la agitación campesina propia de la Reforma Agraria.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 22.4.2026

Los escritores siempre decimos que al narrar una historia en cuentos o novelas, combinamos la realidad con la ficción, haciendo que se fundan en una nueva realidad. Muchas veces nos preguntan si acaso esto sucedió tal cual o hay «invento».

Walter Garib dice: los escritores somos mentirosos y falsificamos la verdad. Yo, riendo con él, discrepo y digo: los escritores modificamos los detalles de las historias para entregar relatos cuyo fondo es verdad. Porque escribimos, como si se tratara de un palimpsesto mágico, sobre la realidad concreta.

En el epígrafe de mi novela Baila hermosa Soledad —que gira en torno al atentado a Pinochet y lo que se vivía en esos años—, dije: «Cualquier semejanza con la realidad es perfecto resultado del inconsciente del autor». Lo que es parcialmente cierto.

Para escribir una buena novela se requiere, además de capacidad de redactar bien, entrar en la realidad y, desde una misteriosa conexión interior, ser capaz de meterse en situaciones y personajes.

El autor literario entrega miradas sobre la vida propia y ajena, y se presenta a sí mismo disuelto en los personajes que va creando a partir de sus experiencias.

Así, el escritor muestra acontecimientos y personas, lugares y emociones que empatizan con un lector que se apropia paulatinamente del relato, tomando simpatía o antipatía con los personajes y recreando, en su propia imaginación, cada uno de los rostros y paisajes, el sonido de la voz, los sentimientos y pensamientos de quienes aparecen retratados fidedignamente o a veces con cierto tono de caricatura, que se puede hacer necesario para dar énfasis y no equivocarse.

Todo esto lo hace de modo muy bien logrado Ana María del Río (1948), escritora de largo tiempo, profesora, formadora de escritores, en su novela Loco latir (Editorial Forja, 2026) que acaba de salir publicada.

«Loco latir»: todos concurren al fundo

Aunque no hay fechas, claramente la novela nos lleva a los años 1971 a 1973, cuando en Chile se profundizó la Reforma Agraria con tomas de fundos, activismo por parte de los funcionarios del Estado en favor de los campesinos, intervenciones de industrias y expropiaciones de propiedades agrícolas.

La autora menciona con frecuencia las leyes que fueron aprobadas y promulgadas durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva (1964 – 1970), lo que jamás fue perdonado por los terratenientes y las familias tradicionales de Chile ubicadas entre los más ricos de la sociedad.

Pero a la narradora no le interesa una crónica histórica, sino entrar en la profundidad de los hechos a través de personajes que un lector avezado podría hasta llegar a identificar.

«Loco latir», la novela de Ana María del Río, nos muestra un lugar ubicado en la zona centro sur de Chile en un momento especial de la naturaleza, la política y la intimidad de una familia poderosa dueña de predios agrícolas enormes en plena producción, durante una lluvia torrencial y agitación campesina.

Han muerto los abuelos de Make, la protagonista, con pocas horas de diferencia. Esto sucede poco tiempo después de la muerte de su propio padre, y toda la familia concurre al fundo para el sepelio.

Llegan los hijos e hijas de los ancianos fallecidos, todos personajes de peso en sus ambientes sociales, cercanos a las altas esferas de la política, abogados de estudios empingorotados, empresarios, con sus esposas y esposos. Make está acompañada de su madre y está también Tarso, otro nieto, su primo hermano.

Todos estos personajes interactúan mientras permanecen atrapados en el lugar por diversas circunstancias, con una «descripción» de personajes notable. Lo pongo entre comillas, porque no es que la autora diga cómo son. Lo hace, pero brevemente.

Lo interesante es que los personajes se revelan en los diálogos —muy bien logrados— y ahí los lectores podrán reconocer el tipo de personas que son los integrantes de esta familia, los religiosos que llegan para el funeral, las empleadas de la casa, los campesinos. Y otros dueños de fundo cuyo papel, breve, resulta trascendental en la novela misma.

Es un episodio que se inserta en la historia de la segunda mitad del siglo XX chileno, cuyas secuelas las vemos hasta hoy.

Junto con eso tenemos relatos de historias amor, de revelaciones sorprendentes, aspectos íntimos de los distintos personajes, pero sobre todo de la protagonista que, en medio de varias tribulaciones, se va diseñando como una muchacha ya adulta en pleno desarrollo para convertirse en mujer.

Durante esas breves semanas en que transcurre todo, ella madura lo suficiente como para procesar todos los dolores, miedos, emociones intensas, que se viven en los textos de Ana María del Río.

Sin duda la autora, con una enorme trayectoria, demuestra su calidad de escritora con esta novela en que Make, figura narradora, va revelando la situación propia de una muchacha joven que enfrenta situaciones para las que probablemente no estaba preparada.

La novela se lee rápido porque la historia es entretenida y para muchos resultarán sucesos conocidos. Así será con los mayores, pero los jóvenes encontrarán un apasionante libro que cuenta parte de la vida de sus propios padres, cualquiera que sea el lugar en que ellos se ubicaron cuando sucedió ese proceso en nuestro país.

[Crónica] El tres por ciento en la cultura

En el Chile de hoy, las artes visuales, los libros y los montajes escénicos de calidad, serán cuestión de elites. Y los museos (que ya son pobres, y ahora se les limitará aún más) irán cerrando sus puertas, pues se debe reducir el gasto público en todas las reparticiones que conforman la administración del Estado.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 2.4.2026

Durante su campaña electoral, el ahora Presidente José Antonio Kast fue enfático en hablar de la reducción del gasto público y para ello el ministro de Hacienda dispuso —parecía una orden al comienzo— que cada ministerio debía reducir su gasto en un tres por ciento.

Estoy de acuerdo en que siempre las cosas deben hacerse del mejor modo posible. Sé que es posible reducir muchos gastos públicos que son producto de situaciones anómalas o injustas. No cabe duda que pagar a una enorme cantidad de asesores cuando existen funcionarios que pueden cumplir esas tareas, parece ser un exceso.

También, no cabe duda que tener miles de jubilados de las Fuerzas Armadas y la Policía Armada en plena edad productiva, tanto así que a muchos se les recontrata en las mismas instituciones, parece ser más que un exceso, un escándalo.

No se puede discutir que hay instituciones que cumplen las mismas tareas y eso debe ser racionalizado. No parece haber dineros peor gastados que la repetición de funciones en las regiones, donde se inventaron los gobernadores para satisfacer discursos, manteniendo el poder de los que antes se llamaban intendentes y ahora delegados, que mantienen sus propios gabinetes regionales con las secretarías regionales.

Hay que ordenar, es cierto, porque desde el golpe de Estado, las cosas tomaron un rumbo contrario a la democracia y se dijo que por fin el país caminaba en orden, cuando en realidad fue un desorden de nuevo estilo.

En ese mismo período dictatorial, al acercarse el final del gobierno de Pinochet, empresas productivas del Estado, que dejaban beneficios, pasaron a manos privadas. No alcanzaron a privatizar Codelco, pero es un plan al que los pinochetistas no han renunciado.

Con todo, en este cuadro se dice reducir gastos. No es mejorar el uso de los recursos, es reducir, es decir, gastar menos. ¿En salud? ¿En educación?

Ya está claro que la ministra de Seguridad, que hace las cosas «porque puede», consiguió que ella no tuviera que eliminar ese porcentaje en gastos, porque de lo contrario estaríamos frente a un contrasentido del discurso inicial en que se dio tanta importancia a ese ministerio.

Nuestros museos ya son pobres

¿Y en cultura? Nadie puede discutir que para ciertos sectores de la derecha, la cultura debe ser materia de elite. Me lo dijo con claridad un diputado de la UDI cuando se discutía la ley de fomento del libro y la lectura:

— ¿Por qué tenemos que apoyar a tanta gente con estos recursos? Los buenos siempre triunfan y consiguen los recursos.

Y me dio dos o tres ejemplos. Pero él, hombre inteligente, finalmente votó a favor porque entendió el argumento de que un pueblo sin desarrollo cultural en el más amplio sentido está condenado a la mediocridad y la pobreza.

Sin embargo, muchos de los suyos creen que sólo debe apoyarse aquello que está en los cánones ideológicos de las tradiciones y del gusto de las «clases altas», es decir, los que tienen el dinero.

Por eso, reducir el tres por ciento en cultura no será problema. Ellos quisieran que fuera más.

¿De dónde se reducirá? Ya lo ha dicho Francisco Undurraga Gazitúa, el ministro: de los museos y de las bibliotecas.

En lugar de hacer planes de desarrollo, usando mejor los recursos disponibles para que los niños, los jóvenes, los universitarios, los sindicatos (todavía existen algunos), los adultos mayores de los sectores más pobres, visiten los museos, se les reducirá el presupuesto en una cifra suficiente para que sea el tres por ciento del empobrecido presupuesto que tiene la cultura en Chile.

Nuestros museos ya son pobres, ahora se les limitará aún más.

Vengo llegando de un viaje a Salvador de Bahía, la histórica ciudad de Brasil. No es la zona más rica del país ni con mucho. La pobreza se ve en las favelas y en las calles. Recorrimos, con mi pareja, el centro histórico. Ella tomaba fotos (es fotógrafa profesional y escritora) y yo miraba las casas y la gente, escuchaba sus voces fuertes, los tambores por todos lados.

Muchas iglesias antiguas, muchos pequeños locales comerciales, plazas de distinto tipo, calles de adoquines, casas pintadas sin uniformidad en estilos y colores, pero con una armonía natural. Vivimos la cadencia del tránsito de las personas, de las sonrisas y los saludos, todo en un movimiento constante que bajo el calor implacable daba la idea de que en cualquier momento estallaría un carnaval.

Y ahí, en las iglesias, en los conventos, en cualquier sector del barrio histórico, frente a la plaza en que se ejecutaba a los esclavos rebeldes, en todas partes y en cualquiera, estaban los museos.

Impresionantes por la calidad de museografía, por el trabajo realizado, por la empatía con el visitante que no necesita preguntar mucho porque allí están todas las respuestas. Lo antiguo y lo nuevo, las tradiciones africanas, la historia de lo cristiano del país, el nuevo arte y lo más antiguo, todo conservado con respeto, validado no sólo por turistas sino por el entorno mismo y su pueblo.

Todos los días vimos a escolares —desde los muy pequeños, hasta los adolescentes— llevados por sus profesores a recorrer estos lugares, acompañados por guías especializados, donde recibían explicaciones y podían preguntar todo lo que quisieran.

La casa de la Fundación Jorge Amado, que alguna vez fue el alojamiento de los esclavos antes de ser subastados, es un lugar hermoso, bien cuidado, donde el homenaje al escritor y al mundo cultural se palpa en cada detalle.

También, la Catedral con sus pinturas, la Iglesia de la Misericordia con sus colecciones antiguas y las salas de arte moderno, el Museo de San Francisco, la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, la Iglesia del Nuestra Señora del Rosario de los negros (donde en lugar de un viejo órgano como en otras hay tambores) y así cada espacio.

Hay días en que es gratis el ingreso y en la mayoría de ellos los turistas deben pagar dos dólares por acceder. Hay trato especial para los adultos mayores, quienes somos tratados con respeto y consideración.

La cultura está allí, viva, porque a los municipios y al Estado les interesa que el pueblo vaya floreciendo.

Pero en el Chile de hoy, la cultura será cuestión de elites y los museos irán cerrando sus puertas. Porque se debe reducir el presupuesto de cultura.

[Crónica] Poesía y arquitectura

Hoy le dije a mi amigo Eduardo Dockendorff como respuesta única por el Premio Pritzker de Smiljan Radić que los arquitectos nos han empatado a los escritores: dos Nobel cada uno, más, incluso, que el bicampeonato sudamericano de Chile en el fútbol.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 13.3.2026

Mi amigo el arquitecto Eduardo Dockendorff Vallejos regresó a sus tierras de Biobío, subió la montaña y en terrenos colindantes con el río y los tradicionales emplazamientos aborígenes, levantó su casa al estilo Neruda: sólo con la ayuda de un trabajador local.

Hace años vive allí y su espacio hoy colinda con el enorme embalse que se creó sobre los cementerios y espacios hogareños de comunidades locales. Hace unos noches me envió un WhatsApp para hacerme saber la gran noticia: por segunda vez un arquitecto chileno gana el Premio Pritzker, comparado con el Nobel, pero para los arquitectos.

Alejandro Aravena en 2016 y Smiljan Radić en 2026 son los dos arquitectos chilenos que han recibido este galardón. No hay premio mundial más importante en esta profesión que ése y esto pone de relieve la importancia de los arquitectos formados en nuestro país, quienes, como pasa en otras áreas, no son los más contratados para construir los grandes proyectos que dominan el paisaje de las ciudades.

Porque las razones para darle este premio no tienen que ver con edificios enormes situados en las grandes avenidas de Santiago u otras metrópolis del mundo. Su obra ha sido definida como «profundamente experimental y sensible al paisaje», dando un nuevo carácter, mediante su trabajo, a la relación entre la experiencia humana, la naturaleza y la arquitectura como disciplina esencialmente humanista.

Se destaca «una trayectoria marcada por una mirada radicalmente personal sobre el espacio construido, donde la fragilidad, la memoria del lugar y la experiencia humana ocupan un rol central», según nos dice la revista NOW-MAG.

El mismo comentario señala que «su trabajo propone lugares que dialogan con su entorno, combinando lo artesanal con lo tecnológico, lo natural con lo artificial y lo permanente con lo temporal».

Por su parte, el jurado al otorgar el premio señala la capacidad del galardonado de construir espacios con «inteligencia emocional», capaces de generar refugio y empatía en quienes los habitan.

Y luego agrega el mismo ente calificador: «A través de una obra que se sitúa en la encrucijada de la incertidumbre, la experimentación material y la memoria cultural, Smiljan Radic prioriza la fragilidad sobre cualquier pretensión infundada de certeza. Sus edificios parecen temporales, inestables o deliberadamente inacabados —casi a punto de desaparecer—, pero ofrecen un refugio estructurado, optimista y discretamente alegre, abrazando la vulnerabilidad como una condición intrínseca de la experiencia vivida».

Y basta. Porque con eso queda claro que la arquitectura no es cualquier cosa ni una mera técnica: es una variedad de arte que integra el humanismo, la naturaleza y… la poesía. Porque la poesía es belleza, síntesis, lenguaje propio, metáfora y ritmo, igual que estas obras arquitectónicas.

 

Chile tierra de arquitectos

Pablo Neruda, al terminar lo que hoy se llama enseñanza media, entró a estudiar arquitectura. Entendía que era la profesión que más lo hermanaba con la poesía, pero no se la pudo con la matemática que lo llevaba hacia la racionalidad. Neruda quería poesía y se fue.

Él, luego de la gran Gabriela Mistral, recibió el Nobel de Literatura.

Hoy, le dije a Dockendorff, como respuesta única, «los arquitectos nos han empatado». Dos Nobel cada uno. Más, incluso, que el bicampeonato sudamericano de Chile en el fútbol.

Y vuelven a hermanarse estas dos maravillas de la creatividad cuando miramos que esas cúspides sólo se explican porque bajo ellos han una pirámide de cultores de la disciplina. Miles de poetas, de los cuales más de un centenar pueden ocupar lugares destacados a nivel americano y mundial. Tras estos dos arquitectos hay miles de profesionales que han ido dando vida a la arquitectura desde hace un siglo y permitiendo que se construya esa pirámide.

Aquellos «locos» de la Universidad Católica de Valparaíso que instalaron sus construcciones en Ritoque; los jóvenes arquitectos de la Universidad de Chile, que dio origen además a artistas de verdad; los famosos y brillantes de la Pontificia Universidad Católica de Chile, que se convirtieron en estrellas de las páginas sociales.

Saint Jean, Echenique, entre los mayores —¿será lícito nombrar a mi hermano Patricio y su generación 1973—, Iván Bravo entre las nuevas generaciones y tantos otros que con su trabajo constante, su creatividad, su audacia, su constancia, su decisión, sus esfuerzos, han ido generando un trabajo que lleva a los arquitectos chilenos a la gloria mundial.

Poetas y arquitectos. Hay pocos poetas entre los arquitectos, porque ellos hacen la poesía con su disciplina propia. Son los ingenieros y los abogados que, para contrarrestar el racionalismo exacerbado de sus estudios, deben buscar en la poesía la opción de humanidad y belleza.

Andrés Bello quería ser poeta. Casi lo logró e incluso se permitió licencias de ese tipo en el propio texto del Código Civil.

Chile tierra de poetas. Ahora diremos: y de arquitectos.

(Cuando Dockendorff se instala en Alto Biobío, desde donde baja a pueblo pocas veces en el año, hace un acto de creación poética que trasciende sin ser trascendental, sino sólo una gran gota de agua para la copa de celebraciones de Chile)

Para finalizar, anoto algunas obras destacadas de Smiljan Radić: restaurante Mestizo en el Parque Bicentenario de Santiago, la ampliación del Museo Chileno de Arte Precolombino, el Teatro Regional del Biobío en Concepción, la Serpentine Pavilion 2014 en Londres, el Pabellón XXII Bienal de Arquitectura de Chile.