«En las cenizas»: Renacer para vivir el tercer ciclo de Saturno

La obra del abogado y escritor chileno Luis Alberto Soto es un libro conmovedor, importante, útil, hermoso, que nos devuelve la esperanza, la fe en la trascendencia (más allá de las creencias de cada uno), la confianza en el ser humano y destaca la importancia de dar una mirada holística del hombre, que integra lo emocional, lo intelectual, lo espiritual y lo corporal.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 30.1.2026

Mirando desde mi oficio de escritor y siendo inevitablemente un ariano con ascendente virgo, no puedo dejar de pensar (y decir) que el título de este libro (En las cenizas, de Luis Alberto Soto (Santiago, 1966), editorial Hueders) debió haber sido Desde las cenizas.

Porque da cuenta de la historia de un hombre que dos veces se hunde en el camino de la muerte lenta de una «larga y penosa enfermedad» —sutileza conservadora y un poco cobarde a fin de denominar al cáncer— para salir de ambas, desde las cenizas, tal como el Fénix mítico.

Es un libro entretenido, que se lee rápido, que cuesta dejarlo y nos convoca a una segunda y tercera lectura con lápiz en mano para marcar (o escribir en un cuaderno si el libro es prestado) todos aquellos detalles que revelan el sentir de una persona que pasa por estos trances difíciles y debe, además de vivir su enfermedad, soportar a muchos de los que lo rodean y que se duelen porque no entienden, por ejemplo, «lo doloroso que es tener un hijo enfermo» o lo insoportable que puede ser el egoísta «padeciente», quien desea tomar decisiones desde su propio ser.

Con todo, se trata de un libro descarnado y veraz, donde todo es cierto, desde los sentimientos, emociones e ideas que vive el autor, hasta los nombres de las otras personas que aparecen (esposa, hijos, amigos, parientes, menos los médicos).

Una especie de «diario de vida» o más bien una autobiografía limitada a un tiempo y a un tema central: dos procesos de cáncer que se viven en un recorrido de diez años.

Un libro de autoayuda excelente

El autor lo dijo en la presentación: que este libro lo escribió para él y no había pensado en publicarlo. Distintas situaciones lo llevaron a decir: «si escribí, tal vez el texto deba ser conocido». No lo dice, pero podría haber pensado que quizás su lectura le sirva alguien: a una persona que tiene un hijo o un padre enfermo, a otro enfermo, a un médico o profesional de salud que puede repensar su forma de relacionarse con el enfermo.

Me recuerda a El padeciente, escrito por el médico Miguel Kottow y que fue base para una película chilena del mismo nombre, en el cual relata los padecimientos sufridos por él a manos de sus colegas (y clínicas, con su personal) cuando estuvo enfermo.

Bien escrito, sin abundar en detalles innecesarios, pero sin ocultar nada. Los sentimientos del lector —que tenderá a identificarse con el escritor— van cambiando en el ritmo del relato y, aunque al escribir no lo piensa así, Luis Alberto Soto nos conduce por un camino de aprendizaje hermoso y útil.

Riendo, Luis Alberto nos dijo en el lanzamiento: «No es un libro de autoayuda, pero me gustaría que se vendiera como si lo fuera». Discrepo: es exactamente un libro de autoayuda, excelente. Mucho mejor que muchos de esos textos que están escritos con esa calificación y que tienen un 80 por ciento de páginas de relleno que se podrían obviar.

A la imaginación del lector

En este libro, que ayudará a cualquier lector (a mí mismo, en particular), no sobra ni una línea y sólo faltan algunos desenlaces que el autor deja abiertos a la imaginación del lector.

Así, el autor, avalado por la editorial, nos dice que es una novela. Nada de este libro lo hace ser una novela. ¿Le teme a la expresión «libro de autoayuda»? Bien, entonces diga que es una biografía, pues el gran mérito del texto, además de la fluidez de la escritura, está en que es verdadero.

Espero que en un próximo libro Luis Alberto Soto nos cuente cómo siguió su vida, cómo fue este renacer para vivir el tercer ciclo de Saturno (el Cronos griego, maestro duro y exigente), que cada veintiocho años nos pide cuentas de lo que hemos hecho. Porque en el inicio de la nueva vida se siembra lo que luego se habrá de cosechar.

Concluyo: es un libro conmovedor, importante, útil, hermoso, que nos devuelve la esperanza, la fe en la trascendencia (más allá de las creencias de cada uno), la confianza en el ser humano y destaca la importancia de dar una mirada holística del ser humano, que integra lo emocional, lo intelectual, lo espiritual y lo corporal.

[Crónica] Tiempo de leer

El profesor Jaime Blume, cuando yo estaba en el colegio, nos enseñaba la diferencia entre el cuento y la novela: el primero de los géneros es como un texto, breve o largo, pero con un hilo conductor, y el segundo de los formatos —sin importar su extensión—, tiene varios hilos que se entrecruzan, con distintas tramas que dan cuenta de lo que pasa en la vida, donde nada es como una sola línea.

El verano, sobre todo febrero, parece ser tiempo de leer. Porque estamos de vacaciones, porque los que siguen trabajando pueden observar que baja el movimiento. El Metro —donde hay— y la locomoción colectiva van más vacíos y gracias a eso es posible ir leyendo con cierta comodidad.

Buen momento para detenerse y entrar en esas realidades distintas que nos cuentan los libros, novelas, cuentos, poesía. Digo «realidades distintas», para lo que hoy algunos llaman «ficción» (siguiendo, una vez más, las tendencias que impone el imperio del idioma inglés) y antes se decía simplemente «narrativa», que define mejor el género.

Narrar es un arte difícil, porque se requiere dar buena cuenta de lo que el escritor quiere decir y hacerlo de modo entretenido, es decir, con capacidad de retener la atención del lector.

El profesor Jaime Blume, cuando yo estaba en el colegio, nos enseñaba la diferencia entre el cuento y la novela. El cuento es como un texto, breve o largo, pero con un hilo conductor. La novela sin importar su extensión, tiene varios hilos que se entrecruzan, con distintas tramas que dan cuenta de lo que pasa en la vida, donde nada es como una sola línea.

Los mundos que se topan, las historias de unos y otros en las cuales hay relaciones diferentes, a veces contrapuestas a veces complementarias, pero que permiten al lector darse cuenta de lo que pasa con los personajes y de cómo las relaciones humanas son mucho más cercanas y con influencias recíprocas de lo que comúnmente se supone.

Con todo, la novela tendrá muchos desenlaces, algunos intermedios en el texto y otros que nos llevan a un momento en que como en un ballet nos presentan una concurrencia de personajes que se develan en la mayor intensidad.

Los límites del misterio de la vida

En mi opinión, que no soy experto literario ni crítico, sino sólo un escritor, la diferencia ente novela o cuento y relato radica en que el relato no requiere de un desenlace, en cambio en las otras dos formas narrativas sí. Por eso en mi libro Relatos de tanto tiempo hago concurrir cuentos y simplemente relatos, donde lo que más importa es el tránsito, que, muchas veces, es completamente previsible.

Por ejemplo cuando García Márquez en Crónica de una muerte anunciada nos relata los acontecimientos sucedidos en el pueblo en torno al asesinato de Santiago Nasar por parte de los gemelos Vicario. Es decir, se conoce al muerto y al asesino desde la primera página. Lo que importa no es eso, sino el contexto en que se desarrolla la vida que culmina con la primera página.

Esa «novela» es un relato maravilloso, que ha hecho escuela y que se sitúa en las antípodas de las obras policiales, particularmente de las de Agatha Cristhie y de Conan Doyle.

Leamos cuentos y novelas de tantos excelentes autores chilenos, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, con temáticas de todos los estilos posibles. No sólo busquemos a esos famosos, sino también a esa enorme pléyade de autores que no tratamos de ser candidatos a nada, pero cuyas obras están dando testimonio de una sociedad en movimiento.

No quiero herir susceptibilidades, pero sería absurdo no recomendar a algunos, y si no nombro a otros no es para zaherirlos ni desconocerlos, sino para incitar a los lectores de este medio a buscarlos en Internet, en las páginas de la SECH, del PEN Club, de las editoriales grandes y de las independientes.

Busquen a maestros y maestras de la narrativa como Walter Garib, Juan Mihovilovich, Virginia Vidal, Darío Osses, Pía Barros, Alejandra Basoalto, Teresa Calderón, Antonio Ostornol, Mónica Gómez, Reinaldo Marchant, Mario Toro Vicencio, Carmen Pérez Meyer.

También aprovecho de recomendar a algunas novelas y cuentos de autores nuevos que son publicados por esas decenas de editoras independientes, que raramente tienen cabida en las librerías formales pero que venden mucho por internet (yo mismo como editor, para no pecar de falsa modestia), que han presentado a jóvenes y mayores, hombres y mujeres, con textos que no deben ser ignorados, pues nos dan un panorama real de nuestro país. Es cosa de buscar un poco a través de la web.

Hay mucho que leer y recomiendo, de verdad, para salirnos de las series de TV y sacar la mente del trabajo, leer la narrativa chilena que es muy buena. Tal vez como lo argentina y la peruana.

Pero una palabra más sobre realidad y ficción. Cuando escribimos cuentos o novelas, salvo que sean autobiografías en que todo debe ser verdad, en cada párrafo de la historia hay mucho de cruda realidad y mucho de ficción.

Todo es verdad: porque lo que no ha sucedido —y tal vez no suceda en el mundo exterior conocido por el autor— es fruto de su inconsciente que, conectado al inconsciente colectivo nos cuenta cosas de otros mundos, de otras tierras, de otras épocas, que lo más probable es que sean reales y concretas en un tiempo y un espacio desconocidos para el autor.

El escritor traspasa misteriosamente los límites del misterio de la vida y penetra en los sentimientos de personajes que van adquiriendo vida hasta que pueden tomar rebeldías propias, como le sucedió a Miguel de Unamuno con Augusto Pérez (los Augusto siempre dan que hablar) en la «nivola» Niebla.

Ahora, si usted quiere gozar de los buenos relatos de los autores chilenos, le aconsejo que se relaje y entre cuento y cuento o entre capítulo y capítulo, lea un par de poemas de Juan Esquivel, Astrid Fugellie, Paola Tirapegui, Theodoro Elssaca, Carmen Gloria Berríos o, por qué no, de Jaime Hales.

Es un gran tiempo para leer.

[Crónica] Gestos reveladores (y erráticos)

Tengo una buena opinión del diputado Francisco Undurraga, aunque un comentarista dice en las redes sociales que su gran mérito para estar a cargo del próximo Ministerio de las Culturas es sólo ser hijo de una artista visual, probablemente exagera, pero ese nombramiento revela otra cosa: en la campaña presidencial los partidarios de José Antonio Kast pusieron énfasis en que esa cartera no es importante para el país y que se debe evitar asignarle más presupuesto.

Por Jaime Hales Dib

En política el lenguaje es fundamental. Tal como las decisiones. En ambas dimensiones se dan los llamados «gestos simbólicos», es decir, que tienen un contenido que va más allá de lo evidente y revelan no sólo pensamientos, sentimientos y emociones que permanecen en secreto, sino además aspectos de una realidad de la cual los que hablan, dicen o deciden, no han asumido en plenitud.

Cuando Jaime Quintana, senador, quiso pronunciar una frase que sirviera de «cuña» para un titular de un diario y habló de la retroexcavadora para referirse a sus intenciones políticas, no sólo demostró que no sabía bien para qué era esa máquina, sino que dio a entender una voluntad de destruir la institucionalidad existente. Y se convirtió, más que en un titular transitorio, en un flanco abierto para críticas que lo persiguen hasta hoy.

 

Arturo Alessandri, demostrando desprecio por los jóvenes rebeldes que se tomaron el edificio del Seguro Obrero, le respondió al General Arriagada cuando éste le preguntó qué hacía: «Mátelos a todos». Pero no era una orden, sino una manifestación de mero desprecio.

El general en cuestión, en una estrechez de mente propia de quienes renuncian a pensar para solamente obedecer, los mató a todos.

Pero hay otros, que tienen plena claridad de lo que dicen y asumen las consecuencias: por escrito y sin desmentir, Trump le dice al gobierno noruego que como ellos no le quisieron dar el Premio Nobel, él no se va a interesar en la paz y se va a tomar Groenlandia, cueste lo que cueste. Si Dinamarca cree que tiene título de dominio por haber mandado un barco, él mandará muchos. Y lo hará.

Cuando observo los gestos del presidente electo señor Kast, me pregunto si se da cuenta todo lo que está revelando con ellos.

 

Para el ministerio del deporte elige primero a una persona que se dedica a competir con armas de fuego y cuando ella dice que no, elige a una lanzadora de bala. Parece chiste y tal vez lo es, pero revela las palabras que dan vuelta en su cabeza.

Boric eligió a un futbolista, que es de las cosas que más sabe, sólo que se equivocó al nombrar a un colocolino.

 

Una nueva era que comienza a insinuarse

Incluir como posible ministro de defensa a un periodista que hizo relaciones públicas de una empresa dedicada al negocio forestal, es como poner un ají en lugares inadecuados. O tratar de hacernos creer en su voluntad intensamente democrática cuando piensa para ese mismo ministerio en el abogado de Pinochet en Londres, es ir en el sentido contrario.

Porque la defensa de Pinochet era el intento de justificar las violaciones de los derechos humanos que ese gobernante militar impulsó, justificó, financió, durante sus años en el poder.

 

Tengo buena opinión de Francisco Undurraga, aunque un comentarista dice en las redes que su mérito para el Ministerio de las Culturas es ser hijo de una artista visual (María Teresa Gazitúa Costabal). Probablemente exagera.

Pero ese nombramiento revela otra cosa: en la campaña sus partidarios pusieron énfasis en que ese ministerio no es importante para el país y que no hay que asignarle más presupuesto. Entonces el nombre puede ser de alguien que pertenece al partido más alejado de su ideología: Evópoli.

Nombrar a un empresario a cargo de Relaciones Exteriores, pone énfasis en que ésas serán las relaciones con el resto del mundo. Lo importante será la empresa, la economía y el tema de la paz, siguiendo la línea de Trump, pasará a segundo plano. Porque me parecería adecuado nombrar como encargado de Pro Chile a un empresario, pero no a cargo de una cartera tan compleja.

No es raro que entre los nombres que se dan —se conocerán después de escrito este artículo— haya más independientes que militantes. Porque su idea de democracia no requiere de partidos, que es el instrumento más eficaz para el diálogo de las ideas, los propuestas y los puntos de vista en una sociedad pluralista y democrática.

Porque se deja la insinuación de que su gobierno que él caracteriza como de emergencia, requiere de personas que obedezcan y carezcan de visiones más integrales de la sociedad.

Los acontecimientos actuales agudizan el carácter de «gobierno de emergencia», pues los incendios de la zona sur dejarán secuelas dolorosas y costosas para dos o tres regiones importantes para la economía y la vida del país.

Y en eso surge el gesto de Boric. Reacciona de inmediato, declara estado de catástrofe, asigna equipos y llama al presidente electo para coordinar. Pues las medidas que se tomen hoy repercutirán en lo que viene y prefiere que en eso se vayan poniendo de acuerdo.

 

Es verdad que es él quien debe tomar decisiones, pero prefiere conversarlas para no tomar medidas que serán de corto plazo, sino que revelen una preocupación más profunda.

Con todo, eso revela que el Presidente de la República es presidente de todos los chilenos y que el actual ya no es el diputado de trinchera que fue, sino que ha ido asumiendo su papel. Muchos lo critican con dureza, pero él dice lo que piensa y actúa en consecuencia.

Boric sabe que puede equivocarse y necesita la opinión del que viene después, para que el plan de beneficio para todos no sea un fruto ideológico, sino que el producto de decisiones de Estado en los cuales es posible ponerse de acuerdo.

Alguien dijo: «es un gesto propio de una nueva era que comienza a insinuarse». Tan distinta de los que quieren apropiarse de otros países y creen que sacando a un dictador pero dejando a sus aliados puede pasar algo bueno.

Ese gesto simbólico, consciente o no, de Boric, es lo que nos hace tener esperanza.

¿Kast lo entenderá

[Crónica] «Mundos ingrávidos y gentiles»: Una especie de caricaturas vivas

Este segundo crédito en el género novelístico debido al escritor y abogado chileno Pablo Errázuriz Montes, es un excelente material para que un director de cine o de televisión lo convierta en una serie audiovisual que tenga de historia, de pasión, de romanticismo, de drama, y de humor, en muchos de sus posibles episodios.

La frase pertenece al poema de Antonio Machado que se hizo popular en todos los niveles con ese primer éxito de Joan Manuel Serrat el cantante catalán. «Mundos ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón», es decir, que se deshacen con facilidad y perecen.

Pablo Errázuriz Montes (1958) la eligió para titular así su tercera obra literaria, una novela muy entretenida en la cual combina perfectamente ficción y realidad, hasta tal punto que el lector —que desea distinguir una de otra— no podrá.

Confieso que, no siendo experto en internet, intenté investigar sobre nombres y lugares, para irme dando cuenta de que hay temas y nombres que aparecen tal cual y otros no figuran, no porque sean ficción necesariamente, sino porque probablemente no han sido relevantes para los que hacen esas páginas.

Es decir, concluyo que no todo está en internet ni menos aún en la famosa Inteligencia Artificial que, finalmente, se nutre de fuentes muy humanas y, por lo tanto, falibles.

La novela tiene como personaje principal a don Matías Errázuriz (¿será pariente del autor?), un conspicuo integrante de la clase dominante chilena (que algunos llaman pomposamente aristocrática, apelativo que durará mientras no aparezca el verdadero árbol genealógico en las raíces de España), que mira, desde alturas auto levantadas, con cierto desprecio a quienes con un arribismo notorio y sustentados sólo en la riqueza recién adquirida, pretenden considerarse parte de la misma clase social.

En cambio, muestra respeto y afecto, cariño sería más propio, por el personal que trabaja en la casa o en el campo y que sin pretender ser ni mejor ni peor que los otros, demuestra tener una calidad humana de excepción que don Matías y algunos de los suyos, reconocen y agradecen.

Con 60 páginas más

La novela se inicia en los finales del siglo XIX, cuando don Matías, siendo un hombre joven y soltero, da sus primeros pasos en la carrera diplomática en la legación más importante de Chile en el exterior: la República Argentina.

Por las páginas transcurren los nombres y apellidos de importantes personajes de la historia de ambos países, en una época que no es fácil para ambos países que discuten en lo externo cuestiones de límites y en lo interno viven las tensiones de un cambio social producto de nuevas clases sociales que intentan emerger y obtener derechos que los ricos no siempre quieren conceder.

Aparecen en el relato los asuntos más íntimos de los personajes, entremezclados con los asuntos políticos, sociales y diplomáticos. Abarca un tiempo que llega hasta 1949 cuando don Matías cuenta a su sobrino recién casado lo que fue su vida desde que empezó a trabajar hasta el momento en que está retirado.

Con pinceladas precisas y agudas va delineando los personajes que, aunque a ratos el autor tiende a caricaturizarlos, en verdad queda en claro que los seres humanos que los inspiran eran efectivamente una especie de caricaturas vivas, con muy poca conciencia de sí mismos, de sus derechos, de sus obligaciones y de sus límites.

Pero el verdadero hilo conductor de la obra, que se va trenzando con todos los acontecimientos del mundo, tiene que ver con las cuestiones más profundas, donde una estela de dolor va quedando establecida y cuya naturaleza, pese a que se insinúa, no se revela hasta las últimas páginas en que, como sucede siempre, todo se acelera.

Esta obra es un excelente material para que un director de cine o televisión la convierta en una serie que tenga de historia, de pasión, de romanticismo, de drama. Y de humor en ciertos episodios.

Con 60 páginas más, la novela nos hubiese dado en el gusto de extenderse más en algunos personajes, sobre todo femeninos, que sólo quedan insinuados, pero dejando en evidencia que eran personas con mucho más peso que el que parecen tener.

No me voy a detener en criticar cuestiones formales, sino que sólo dejo mi protesta para decir que a la industria editorial de nuestro país le falta mucho para estar a la altura de los escritores chilenos.

¿Y la distribución?

Novelas como ésta merecen una amplia cobertura de vitrinas.

[Crónica] Los muertos que no importan

 

Con todo, y luego de la detención de Nicolás Maduro lo que estamos presenciando es un escándalo de proporciones, un discurso lleno de mentiras, porque al gobierno agresor no le interesa, como creen algunos venezolanos, restablecer la democracia en ese país.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 1.1.2026

Estados Unidos interviene en Venezuela, acusando al gobierno de ese país de ser culpable del mayor tráfico de drogas hacia su territorio. El inicio de la intervención fue cuando Trump ordeno la instalación de parte de la flota en el mar Caribe.

Portaviones dispuesto a combatir contra lanchas presuntamente cargadas de droga. Digo con claridad: si una agrupación con enorme poderío bélico quiere detener a «delincuentes» que tienen evidentemente una menor fuerza, basta con rodearlos, apresar a los tripulantes de la lancha e incautar la droga.

 

Entonces se procede, desde la enorme flota norteamericana, haciendo explotar literalmente las lanchas a las que le atribuyen ser transportes de droga. Mueren todos los ocupantes y el cargamento de droga o lo que fuera desaparece con la explosión. Y esto se repite varias veces.

Ningún detenido. Ningún gramo incautado.

Todos muertos, sin identidad, sin reconocimiento de su carácter de traficantes.

Sólo una imputación.

Cuando Trump ordena la invasión a suelo venezolano, se destruyen emplazamientos humanos que los invasores dicen que eran reductos de narcotraficantes. ¿Había gente allí? Probablemente sí, pero no se da ni número ni nombre de muertos.

Porque esos muertos, como los de las lanchas, no importan nada, sólo sirven para cumplir con los objetivos de amedrentamiento.

 

Cuando se produce el ataque para secuestrar al dictador, se bombardean cuarteles, aeropuertos y edificios civiles; se asalta el domicilio del sujeto buscado y se le detiene junto con su esposa.

Las informaciones preliminares, parcialmente oficiales, del gobierno venezolano y del gobierno cubano, hablan de más de 40 muertos, muchos de ellos militares cubanos que colaboraban con Nicolás Maduro.

Entonces Trump declara que fue una intervención quirúrgica, limpia, sin bajas.

Cuarenta muertos, más los de las lanchas y de los lugares bombardeados. Más de 100 heridos. Edificios destruidos.
Los muertos y los heridos venezolanos, cubanos o de cualquier nacionalidad que no sea la de ellos, no importan. Son bajas circunstanciales, obstáculos a remover, problemas transitorios.

 

E impone el lenguaje: al secuestro se le llama «extracción», como quien saca un molusco del mar. La gran preocupación deja de ser la droga, porque Trump sabe, como sabemos todos, que la mayor internación llega por el Pacífico y en ningún caso proviene de Venezuela.

 

Los efectos colaterales inevitables

¿Y el terrorismo de Maduro? ¿Qué algún venezolano puso bombas en Estados Unidos?

Puede ser.

Como la bomba que ordenó el gobierno chileno de Pinochet poner en el auto de Letelier en la capital de los Estados Unidos.

Lo que debió haber hecho Estados Unidos siguiendo esta modalidad era «extraer» a Pinochet y no pedir judicialmente la extradición de sus subordinados Contreras, Espinoza y Fernández.

Con todo, lo que estamos presenciando es un escándalo de proporciones, un discurso lleno de mentiras. Porque al gobierno agresor no le interesa, como creen algunos venezolanos, restablecer la democracia en ese país. No, se va a seguir entendiendo con el régimen inspirado por Chávez, con sus ministros, con su vicepresidenta, ahora presidenta, con sus generales.

Lo que quiere Trump es el manejo del petróleo, apropiarse de sus beneficios, con el pretexto de que tienen que recuperar el dinero gastado en el secuestro de Maduro y de su esposa.

Se dice que ha fracasado el multilateralismo.

No hay multilateralismo cuando se desconocen los acuerdos de los organismo de ese carácter. Y esto lo hizo Estados Unidos cuando intentó invadir Cuba, cuando invadió Irak, cuando mandó tropas a Afganistán, cuando financió y contribuyó a organizar el golpe de Estado en Chile.

En efecto, no hay multilateralismo cuando permite que su socio Israel viole más de 800 acuerdos de Naciones Unidas, partiendo por la resolución que lo creó y le asignó un territorio.

 

Los muertos de Gaza o de otros lugares en Palestina, no tienen importancia. Lo han dicho las autoridades de Israel: por un muerto nuestro dejaremos caer misiles. Por cada muerto de Israel, miles de la población civil palestina, sobre todo si son niños y mujeres, para impedir que en ellos anide la fuerza de la venganza.

Todo esto duele.

Pero hoy impera la ley del más fuerte. ¿Cómo le irá a Taiwán con China o a Ucrania y las otras repúblicas con Rusia?

Sólo importan los muertos de un lado. Los demás son «efectos colaterales inevitables», como se ha dicho por parte de la derecha con las violaciones de los derechos humanos en Chile. Desconcierta ver las expresiones de satisfacción de muchos políticos chilenos por la salida de Maduro, sin que nada de lo demás importe.

¡Hasta cuándo!