[Crónica] Tiempo de leer

El profesor Jaime Blume, cuando yo estaba en el colegio, nos enseñaba la diferencia entre el cuento y la novela: el primero de los géneros es como un texto, breve o largo, pero con un hilo conductor, y el segundo de los formatos —sin importar su extensión—, tiene varios hilos que se entrecruzan, con distintas tramas que dan cuenta de lo que pasa en la vida, donde nada es como una sola línea.

El verano, sobre todo febrero, parece ser tiempo de leer. Porque estamos de vacaciones, porque los que siguen trabajando pueden observar que baja el movimiento. El Metro —donde hay— y la locomoción colectiva van más vacíos y gracias a eso es posible ir leyendo con cierta comodidad.

Buen momento para detenerse y entrar en esas realidades distintas que nos cuentan los libros, novelas, cuentos, poesía. Digo «realidades distintas», para lo que hoy algunos llaman «ficción» (siguiendo, una vez más, las tendencias que impone el imperio del idioma inglés) y antes se decía simplemente «narrativa», que define mejor el género.

Narrar es un arte difícil, porque se requiere dar buena cuenta de lo que el escritor quiere decir y hacerlo de modo entretenido, es decir, con capacidad de retener la atención del lector.

El profesor Jaime Blume, cuando yo estaba en el colegio, nos enseñaba la diferencia entre el cuento y la novela. El cuento es como un texto, breve o largo, pero con un hilo conductor. La novela sin importar su extensión, tiene varios hilos que se entrecruzan, con distintas tramas que dan cuenta de lo que pasa en la vida, donde nada es como una sola línea.

Los mundos que se topan, las historias de unos y otros en las cuales hay relaciones diferentes, a veces contrapuestas a veces complementarias, pero que permiten al lector darse cuenta de lo que pasa con los personajes y de cómo las relaciones humanas son mucho más cercanas y con influencias recíprocas de lo que comúnmente se supone.

Con todo, la novela tendrá muchos desenlaces, algunos intermedios en el texto y otros que nos llevan a un momento en que como en un ballet nos presentan una concurrencia de personajes que se develan en la mayor intensidad.

Los límites del misterio de la vida

En mi opinión, que no soy experto literario ni crítico, sino sólo un escritor, la diferencia ente novela o cuento y relato radica en que el relato no requiere de un desenlace, en cambio en las otras dos formas narrativas sí. Por eso en mi libro Relatos de tanto tiempo hago concurrir cuentos y simplemente relatos, donde lo que más importa es el tránsito, que, muchas veces, es completamente previsible.

Por ejemplo cuando García Márquez en Crónica de una muerte anunciada nos relata los acontecimientos sucedidos en el pueblo en torno al asesinato de Santiago Nasar por parte de los gemelos Vicario. Es decir, se conoce al muerto y al asesino desde la primera página. Lo que importa no es eso, sino el contexto en que se desarrolla la vida que culmina con la primera página.

Esa «novela» es un relato maravilloso, que ha hecho escuela y que se sitúa en las antípodas de las obras policiales, particularmente de las de Agatha Cristhie y de Conan Doyle.

Leamos cuentos y novelas de tantos excelentes autores chilenos, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, con temáticas de todos los estilos posibles. No sólo busquemos a esos famosos, sino también a esa enorme pléyade de autores que no tratamos de ser candidatos a nada, pero cuyas obras están dando testimonio de una sociedad en movimiento.

No quiero herir susceptibilidades, pero sería absurdo no recomendar a algunos, y si no nombro a otros no es para zaherirlos ni desconocerlos, sino para incitar a los lectores de este medio a buscarlos en Internet, en las páginas de la SECH, del PEN Club, de las editoriales grandes y de las independientes.

Busquen a maestros y maestras de la narrativa como Walter Garib, Juan Mihovilovich, Virginia Vidal, Darío Osses, Pía Barros, Alejandra Basoalto, Teresa Calderón, Antonio Ostornol, Mónica Gómez, Reinaldo Marchant, Mario Toro Vicencio, Carmen Pérez Meyer.

También aprovecho de recomendar a algunas novelas y cuentos de autores nuevos que son publicados por esas decenas de editoras independientes, que raramente tienen cabida en las librerías formales pero que venden mucho por internet (yo mismo como editor, para no pecar de falsa modestia), que han presentado a jóvenes y mayores, hombres y mujeres, con textos que no deben ser ignorados, pues nos dan un panorama real de nuestro país. Es cosa de buscar un poco a través de la web.

Hay mucho que leer y recomiendo, de verdad, para salirnos de las series de TV y sacar la mente del trabajo, leer la narrativa chilena que es muy buena. Tal vez como lo argentina y la peruana.

Pero una palabra más sobre realidad y ficción. Cuando escribimos cuentos o novelas, salvo que sean autobiografías en que todo debe ser verdad, en cada párrafo de la historia hay mucho de cruda realidad y mucho de ficción.

Todo es verdad: porque lo que no ha sucedido —y tal vez no suceda en el mundo exterior conocido por el autor— es fruto de su inconsciente que, conectado al inconsciente colectivo nos cuenta cosas de otros mundos, de otras tierras, de otras épocas, que lo más probable es que sean reales y concretas en un tiempo y un espacio desconocidos para el autor.

El escritor traspasa misteriosamente los límites del misterio de la vida y penetra en los sentimientos de personajes que van adquiriendo vida hasta que pueden tomar rebeldías propias, como le sucedió a Miguel de Unamuno con Augusto Pérez (los Augusto siempre dan que hablar) en la «nivola» Niebla.

Ahora, si usted quiere gozar de los buenos relatos de los autores chilenos, le aconsejo que se relaje y entre cuento y cuento o entre capítulo y capítulo, lea un par de poemas de Juan Esquivel, Astrid Fugellie, Paola Tirapegui, Theodoro Elssaca, Carmen Gloria Berríos o, por qué no, de Jaime Hales.

Es un gran tiempo para leer.

[Crónica] Gestos reveladores (y erráticos)

Tengo una buena opinión del diputado Francisco Undurraga, aunque un comentarista dice en las redes sociales que su gran mérito para estar a cargo del próximo Ministerio de las Culturas es sólo ser hijo de una artista visual, probablemente exagera, pero ese nombramiento revela otra cosa: en la campaña presidencial los partidarios de José Antonio Kast pusieron énfasis en que esa cartera no es importante para el país y que se debe evitar asignarle más presupuesto.

Por Jaime Hales Dib

En política el lenguaje es fundamental. Tal como las decisiones. En ambas dimensiones se dan los llamados «gestos simbólicos», es decir, que tienen un contenido que va más allá de lo evidente y revelan no sólo pensamientos, sentimientos y emociones que permanecen en secreto, sino además aspectos de una realidad de la cual los que hablan, dicen o deciden, no han asumido en plenitud.

Cuando Jaime Quintana, senador, quiso pronunciar una frase que sirviera de «cuña» para un titular de un diario y habló de la retroexcavadora para referirse a sus intenciones políticas, no sólo demostró que no sabía bien para qué era esa máquina, sino que dio a entender una voluntad de destruir la institucionalidad existente. Y se convirtió, más que en un titular transitorio, en un flanco abierto para críticas que lo persiguen hasta hoy.

 

Arturo Alessandri, demostrando desprecio por los jóvenes rebeldes que se tomaron el edificio del Seguro Obrero, le respondió al General Arriagada cuando éste le preguntó qué hacía: «Mátelos a todos». Pero no era una orden, sino una manifestación de mero desprecio.

El general en cuestión, en una estrechez de mente propia de quienes renuncian a pensar para solamente obedecer, los mató a todos.

Pero hay otros, que tienen plena claridad de lo que dicen y asumen las consecuencias: por escrito y sin desmentir, Trump le dice al gobierno noruego que como ellos no le quisieron dar el Premio Nobel, él no se va a interesar en la paz y se va a tomar Groenlandia, cueste lo que cueste. Si Dinamarca cree que tiene título de dominio por haber mandado un barco, él mandará muchos. Y lo hará.

Cuando observo los gestos del presidente electo señor Kast, me pregunto si se da cuenta todo lo que está revelando con ellos.

 

Para el ministerio del deporte elige primero a una persona que se dedica a competir con armas de fuego y cuando ella dice que no, elige a una lanzadora de bala. Parece chiste y tal vez lo es, pero revela las palabras que dan vuelta en su cabeza.

Boric eligió a un futbolista, que es de las cosas que más sabe, sólo que se equivocó al nombrar a un colocolino.

 

Una nueva era que comienza a insinuarse

Incluir como posible ministro de defensa a un periodista que hizo relaciones públicas de una empresa dedicada al negocio forestal, es como poner un ají en lugares inadecuados. O tratar de hacernos creer en su voluntad intensamente democrática cuando piensa para ese mismo ministerio en el abogado de Pinochet en Londres, es ir en el sentido contrario.

Porque la defensa de Pinochet era el intento de justificar las violaciones de los derechos humanos que ese gobernante militar impulsó, justificó, financió, durante sus años en el poder.

 

Tengo buena opinión de Francisco Undurraga, aunque un comentarista dice en las redes que su mérito para el Ministerio de las Culturas es ser hijo de una artista visual (María Teresa Gazitúa Costabal). Probablemente exagera.

Pero ese nombramiento revela otra cosa: en la campaña sus partidarios pusieron énfasis en que ese ministerio no es importante para el país y que no hay que asignarle más presupuesto. Entonces el nombre puede ser de alguien que pertenece al partido más alejado de su ideología: Evópoli.

Nombrar a un empresario a cargo de Relaciones Exteriores, pone énfasis en que ésas serán las relaciones con el resto del mundo. Lo importante será la empresa, la economía y el tema de la paz, siguiendo la línea de Trump, pasará a segundo plano. Porque me parecería adecuado nombrar como encargado de Pro Chile a un empresario, pero no a cargo de una cartera tan compleja.

No es raro que entre los nombres que se dan —se conocerán después de escrito este artículo— haya más independientes que militantes. Porque su idea de democracia no requiere de partidos, que es el instrumento más eficaz para el diálogo de las ideas, los propuestas y los puntos de vista en una sociedad pluralista y democrática.

Porque se deja la insinuación de que su gobierno que él caracteriza como de emergencia, requiere de personas que obedezcan y carezcan de visiones más integrales de la sociedad.

Los acontecimientos actuales agudizan el carácter de «gobierno de emergencia», pues los incendios de la zona sur dejarán secuelas dolorosas y costosas para dos o tres regiones importantes para la economía y la vida del país.

Y en eso surge el gesto de Boric. Reacciona de inmediato, declara estado de catástrofe, asigna equipos y llama al presidente electo para coordinar. Pues las medidas que se tomen hoy repercutirán en lo que viene y prefiere que en eso se vayan poniendo de acuerdo.

 

Es verdad que es él quien debe tomar decisiones, pero prefiere conversarlas para no tomar medidas que serán de corto plazo, sino que revelen una preocupación más profunda.

Con todo, eso revela que el Presidente de la República es presidente de todos los chilenos y que el actual ya no es el diputado de trinchera que fue, sino que ha ido asumiendo su papel. Muchos lo critican con dureza, pero él dice lo que piensa y actúa en consecuencia.

Boric sabe que puede equivocarse y necesita la opinión del que viene después, para que el plan de beneficio para todos no sea un fruto ideológico, sino que el producto de decisiones de Estado en los cuales es posible ponerse de acuerdo.

Alguien dijo: «es un gesto propio de una nueva era que comienza a insinuarse». Tan distinta de los que quieren apropiarse de otros países y creen que sacando a un dictador pero dejando a sus aliados puede pasar algo bueno.

Ese gesto simbólico, consciente o no, de Boric, es lo que nos hace tener esperanza.

¿Kast lo entenderá