[Crónica] El fin de una época

La muerte de Brigitte Bardot sacude mi memoria y mi nostalgia, y si bien nunca fui de los fanáticos de la actriz francesa, me impactaba ella en sus películas, más que por la belleza, por la audacia, la simpatía, la gracia para interpretar a sus personajes, esa sonrisa siempre picaresca.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 24.12.2025

El mundo tiene sus tiempos y los historiadores van estableciendo nombres para ciertos períodos. Pasan años y nuevos historiadores cambian la nomenclatura, pero los personajes que van marcando cada época siguen allí instalados, sobre todo en la memoria de pueblos y de generaciones.

Las noticias que llegan al terminar el año 2025 (¿por qué le dicen «veinte veinticinco» y no dos mil veinticinco?) señalan que una larga época se está apagando y vienen situaciones distintas, algunas inesperadas, otras previsibles.

Con todo, los sociólogos de Estados Unidos han inventado los nombres de las «generaciones», en un intento de sistematizar estilos de vida y maneras de aproximarse a la realidad.

Esto de las generaciones puede ser discutido y revisado múltiples veces, pues no todos los que pertenecen a una misma época de nacimiento reaccionan, actúan, se comportan o piensan de igual manera.

Lo que sí es evidente, es que los acontecimientos que preceden la vida despierta de las personas pueden marcar un estilo para aproximarse a los conflictos y tratar de resolverlos.

Así, los grandes cambios tecnológicos, por ejemplo, marcan la vida de las personas. Recuerdo haber escuchado a un niño preguntar a su abuelo: «¿Dime, abuelo, cómo es posible vivir sin celular?». El abuelo no tuvo respuesta, porque para él la pregunta es: «¿Cómo se vive tan apegado a los aparatos tecnológicos?».

Yo nací un par de años antes de la mitad del siglo XX. He sido testigo, con mis coetáneos, de los mayores cambios tecnológicos, científicos, sociales y políticos que ha experimentado la humanidad desde que hay historia escrita.

La bomba atómica como una sombra amenazante luego de lo de Hiroshima y Nagasaki, los sueños de los viajes espaciales con Flash Gordon, el mágico reloj de Dick Tracy que le permitía hablar por él como si fuera un teléfono, la irrupción de la televisión en América Latina, las revoluciones y las dictaduras militares, el cine y sus estrellas.

Nosotros pertenecemos a una generación sacudida por los cambios. Entre el nacimiento de mi padre y el mío, no hubo grandes cambios en las comunicaciones y muy pocos aparatos eléctricos modificaron la vida común.

Y desde mi nacimiento, prácticamente todos los objetos técnicos y tecnológicos han ido quedando en desuso y siendo reemplazados por otros mejores. ¡Qué decir de la computación y sus aplicaciones!

Las páginas de este libro se van cerrando

Si bien Casablanca se ha convertido en un ícono para los cinéfilos (¿por qué lo asocio con Albert Camus?), los que hemos sido simplemente espectadores tenemos ídolos que dan vuelta por nuestra memoria (Robert Taylor, Kirk Douglas, James Dean, William Holden, John Wayne, Yul Bruner, Montgomery Clift, David Niven, Charlton Heston, entre tantos otros) eran modelos a los que queríamos parecernos, que imitábamos.

Y la música cambió radicalmente con Elvis, Bill Halley, Louis Armstrong y de ahí para adelante The Beatles y los eternos Rolling Stones, que son duros como la piedra y luego todo lo que sigue a una velocidad increíble.

La muerte de Brigitte Bardot sacude mi memoria y mi nostalgia. Me confieso hincha de Sofía Loren, quien está aún trabajando en cine y otros proyectos, quizás la última sobreviviente de ese grupo de actrices que en las décadas de los años 50 y 60 fue un referente para muchos que éramos niños y adolescentes en sus momentos de mayor gloria.

Claudia Cardinale, Gina Lollobrigida, Jeanne Moreau, Elizabeth Taylor, Catherine Deneuve (las dos últimas diez años menores) y tantas otras que fueron parte de las imágenes cautivadoras de aquellos años. Si bien nunca fui de los fanáticos de Brigitte Bardot, me impactaba ella en sus películas, más que por la belleza, por la audacia, la simpatía, la gracia para actuar, esa sonrisa siempre picaresca.

Y confieso que sentí algo de envidia cuando me enteré que Eduardo Severín, mi compañero de colegio, tuvo una relación sentimental (no sé cuan larga o intensa) con la secretaria de Bardot y por lo tanto la conoció personalmente.

Muere Bardot. Cuando muera Sofía Loren caerá el telón. Otras imágenes, otros rostros, otros sueños, otros temas. Y para nosotros, los que ya estamos viejos, revivirán sueños y comparaciones. Porque la muerte de estos personajes, nos llena de emociones y de nostalgia. Marcan el fin de una época, de aquellas historias de otros pero que hicimos nuestras y están instaladas en el corazón.

Pero la noticia de otra muerte, muy distinta, acaecida en este fin de semana que pasó, también agita la memoria y despierta el dolor.

La muerte de Santiago Sinclair, Jimmy Sinclair para los que fueron sus amigos, personaje regalón de Pinochet, uno de sus hombres de mayor confianza, que participó en todas sus operaciones más delicadas (financieras y de represión a los que se consideraba enemigos políticos), integrante de la Junta de Gobierno, senador designado, marca el anuncio del final de una época.

Murieron Manuel Contreras Sepúlveda, Odlanier Mena, Moren Brito, Gordon Rubio, Arellano Stark y Torres Silva, íconos de la represión política. Murió Sergio Fernández, maestro de ceremonias desde el ministerio del Interior de la Contraloría cuando fue necesario. Sinclair es de los últimos.

También murió Roberto Garretón, el más grande de los abogados de derechos humanos. Todos vamos a morir. Y las páginas de este libro se van cerrando, porque se están escribiendo otras épocas, en las que quisiéramos ver más armonía, solidaridad, entendimiento, justicia.

El tiempo dirá si el gobierno de José Antonio Kast fue la última página de una época o la primera de la que vendrá.

[Crónica] Navidad todos los días

Estas fiestas de Noche Buena —salvo en lo que concierne al amor, tema central de la prédica de Jesús—, lo avergonzarían al ver este consumismo desatado, esta locura de gastar, la ansiedad por demostrar el amor de acuerdo al precio (un señor Vergara en la radio Cooperativa decía hoy que el gasto por cada regalo depende del cariño)

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 17.12.2025

En estos días se celebra una hermosa fiesta cristiana: el nacimiento de Jesús que, para las religiones cristianas, es la encarnación de la divinidad que toma forma humana.

Con todo, este es uno de los misterios más grandes del catolicismo: la Santísima Trinidad, que nos habla de un solo dios, pero tres personas distintas. Este dogma —que es tal porque no se entiende, pero se acepta— se basa en que Jesús —que en verdad se llamaba Emanuel— es fruto de un acto unilateral divino que engendra en María un hijo.

Más allá de las discusiones que eso admite y provoca en algunos, ya sabemos que es posible que una mujer sin tener relaciones sexuales de ninguna especie pueda quedar embarazada por una intervención médica.

Observo lo que sucede en las sociedades occidentales, especialmente las del área de influencia de los Estados Unidos, constatando que la fiesta de Navidad se ha transformado en la fiesta del comercio, donde tenemos como gran preocupación hacer regalos a quienes nos rodean y a quienes queremos.

Esa es una tradición que nace en Europa para recordar otra escena: dos años después, unos magos babilónicos, astrólogos evidentemente, llegaron después de un largo viaje en busca del niño anunciado por una estrella luminosa que había aparecido en los cielos: estaría naciendo un avatar, es decir, un ser que es la encarnación de un dios.

Así, ellos sabían que estaba comenzando la Era de Piscis y venía un gran cambio para el mundo, lento, pero potente. Estos magos quisieron rendir homenaje al recién nacido. Por eso en Europa se celebra «Reyes», unos días después, siendo ésa la oportunidad para los regalos.

 

La ansiedad por demostrar el amor de acuerdo al precio

Jesús nació en la pobreza y en la precariedad, no porque su padre fuera pobre, sino porque al visitar Belén para el censo no tuvo más espacio para alojar que un establo compartido con varios animales.

En verdad era una de las cuevas de la montaña, donde hasta el día de hoy viven muchas familias, aunque esa cueva específicamente ha quedado en el subsuelo de una iglesia muy bella construida posteriormente.

Pero Jesús además fue un exiliado. Cuando el gobernante judío —sometido al imperio romano que ocupaba el territorio— se enteró del nacimiento de este futuro «rey de los judíos», sintió afectada su autoridad y ordenó la muerte de todos los niños nacidos en la época que señalaron los magos.

Matar niños parece ser una conducta ancestral. Pero la familia de Jesús logró escapar a Egipto. No había drones.

Pobre, perseguido, exiliado, Jesús es el símbolo de la sencillez de la vida. Cuando vemos esta manifestación de regalos, decoraciones, viejos pascueros, pinos llenos de luces, pensamos en cualquier cosa menos en ese niño que vino a revolucionar el mundo y a poner fin a la creencia en dioses guerreros, autoritarios y machistas.

Estas fiestas navideñas, salvo en lo que concierne al amor, tema central de la prédica de Jesús, lo avergonzarían al ver este consumismo desatado, esta locura de gastar, la ansiedad por demostrar el amor de acuerdo al precio (un señor Vergara en la radio Cooperativa decía hoy que el gasto por cada regalo depende del cariño).

¿Qué pasaría si cambiáramos el enfoque de la celebración del nacimiento de Jesús, el judío galileo, que clausuró la era de Yahvé, el dios cruel y guerrero, para predicar el amor a todos los seres humanos como la esencia de la humanidad, aunque para ello deba vivir el más profundo sacrificio?

Tal vez podríamos aprender a tener más gestos amables, saludarnos en ascensores, tratarnos con más respeto, atender mejor en los comercios, darnos el paso en las calles, respetar las normas de convivencia tanto en espacios públicos como en privados. En fin, se me ocurren tantas cosas al respecto y estoy seguro de que quienes leen tienen también muy buenas ideas.

Ser más sencillos, querer acumular menos riquezas, ostentar menos. Tener por propósito ser mejores personas y no «tener más», no seguir usando el dinero y los bienes como medidor del valor de la persona.

Eso ayudaría a disminuir muchas formas de violencia, sobre todo las que se dan al interior de las familias.

Si todo esto lo hiciéramos de modo más consciente y en forma permanente, la Navidad que «conmueve» a tantos unos días, podría ser una experiencia diaria, sin necesidad de regalar más que sonrisas y cariño sincero. Tal vez también regalos sencillos, como una flor cortada en el parque o una comida pensada en el otro.

Navidad todos los días, pues cada día puede nacer un nuevo sentimiento positivo, cada día podemos mejorar nuestras conductas, cada día podemos ser un poco más conscientes de quiénes somos, de cuál es nuestra tarea y de cómo podemos contribuir a que el mundo sea un espacio más feliz para todos.

Aunque siempre habrá algunos que estén dispuestos a matar niños para asegurarse sus tronos o corromper con drogas a los jóvenes para enriquecerse, sobre todo mientras el dios en que muchos creen sea el dinero.

[Crónica] «La música de los domingos por la tarde»: En Concepción, ciudad húmeda y terremoteada

Esta nueva novela del autor chileno Gonzalo Garay Burnás es como la vida y por ende tiene de todo: hay humor, sarcasmo, violencia, viajes, trampas y alegrías, amor, sexo (con y sin amor), horrores profundos, decadencia moral, arte, entusiasmo, pasión y perversión.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 9.12.2025

Los medios de comunicación modernos están influyendo en la literatura, particularmente en la narrativa y en el ensayo. Mientras algunos autores defienden la novela más tradicional (los españoles Julia Navarro y Pérez Reverte, por ejemplo, o Isabel Allende, John Grisham, entre otros), los hay quienes dan rienda suelta a formas nuevas.

Desde el boom de 1967 parece que todo comienza a estar permitido. Rayuela y Cien años de soledad son dos obras maestras en las cuales todo se hace posible y la literatura inicia una revolución que no se ha detenido.

Hoy tenemos narradores que escriben guiones de películas. Capítulos de cuatro páginas para que el director pueda ir armando las escenas sin mayor dificultad (Código Da Vinci es el ejemplo más evidente).

La novela de Gonzalo Garay Burnás (Concepción, 1973), La música de los domingos por la tarde pareciera seguir el estilo más complejo de algunas series de Netflix. En lugar de ser un guion, recoge los relatos entremezclados que podemos ver en las pantallas, los que van dejando párrafos con huellas de un proceso que sólo termina de armarse al final.

Desde ese punto de vista la lectura a ratos se complejiza, pero va dejando lazos entre personajes y situaciones que no permiten al lector distraerse.

No conozco las otras novelas de Garay —que de haberlas, las hay— pero al menos ésta me ha interesado pues en las primeras páginas, al estilo de Crónica de una muerte anunciada, cuenta un elemento central de la trama, cuyos antecedentes se van develando poco a poco.

Varios relatores, personajes todos que se esclarecen en el proceso mismo.

Y más que el final, como debe suceder en las buenas novelas (a la inversa de los buenos cuentos), lo que importa es todo el desarrollo, donde los sujetos y los hechos se van dando a conocer tanto por sí mismos como por el relato que otros hacen de ellos.

 

Las galletas como parte central de la trama

El autor define su obra como un «ejercicio literario», aunque en realidad ya está listo para las competencias difíciles ante crípticos y lectores. Yo soy un colega suyo que oficia de lector con ánimos de comentar, en la idea de fomentar la lectura.

Una persona que leyó la novela antes que yo me dijo: «Es una obra provocadora y confesional sobre la locura, la moral y la redención». Sin duda, algo de eso hay.

El autor nos provoca con un lenguaje directo y largas disquisiciones éticas, descripciones de detalles, recuerdos, opiniones, dibujando un escenario múltiple, que se pasea por varios territorios, aunque será Concepción, ciudad terremoteada y húmeda, la sede central de los acontecimientos.

A ratos da la impresión de que el autor es parte activa de lo que cuenta, por cuanto el protagonista —uno de los protagonistas— es escritor y la primera persona del relator principal (hay otros relatores) así lo da a entender.

No puedo dejar de pensar en esa idea expresada por un estudiante de literatura que decía que los autores en verdad se describen a sí mismos y lo que cuentan es porque lo han hecho o al menos están dispuestos a hacerlo.

Lo que no me cabe duda es que este autor desafía a los lectores a imaginarse como si ellos fueran los verdaderos protagonistas y los sucesos de esta historia a veces oscura y tenebrosa, a veces atrevida y otras sorprendente y audaz, pudieran ser parte de su propia existencia, en cosas tan sencillas como comer galletas, ciertas galletas, adecuadas al clima lluvioso y tristón que toma la ciudad en ciertos períodos.

Con todo, la historia que cuenta la novela tiene a las galletas como parte central de la trama y al galletero como el eje de la moralidad cuestionada.

La novela de Garay es como la vida: tiene de todo. Hay humor, sarcasmo, violencia, viajes, trampas y alegrías, amor, sexo (con y sin amor), horrores profundos, decadencia moral. Es arte, entusiasmo y pasión, es la locura y la perversión, la maldad si como tal existe y la búsqueda incesante de una ternura que se escapa entre las líneas del texto y entre los dedos de los personajes.

El autor es un exjuez que sabe de crímenes y de horrores. Los que hemos sido abogados criminalistas sabemos lo terrible que son las realidades humanas que están tras la comisión de un delito.

Aunque el autor, este juez devenido en escritor (o a la inversa, no sé donde empezó el drama vital), goza con el relato de los crímenes (se nota que goza escribiendo), pero se introduce por los vericuetos de las culpas cuando el crimen no ha sido descubierto y entonces el propio criminal ni siquiera ha elaborado las necesarias teorías que podrían justificarlo.

Es un libro interesante, que con su título nos invita a esas tardes de domingo, sin partidos de fútbol ni cine, donde ponemos la radio para escuchar esas canciones que están a medio camino de las generaciones, casi siempre en inglés, que nos adormecen un poco.

Cuando yo era niño, era música orquestada. Ahora están Sinatra, Diamond, Dione, Stevens (musulmán y todo). Esa música impulsa la imaginación y la expectativa, a ratos la angustia de lo que se aparecerá el lunes por la mañana, emociones que se calman de las maneras más diversas, entre ellas leyendo novelas o perpetrando crímenes.

[Crónica] Más allá de toda duda razonable

¿Cómo no escribir unas líneas sobre la revelación de nuevas acusaciones infundadas en temas relativos a abusos sexuales al interior de los hogares o por parte de sacerdotes? Tan grave como hechos de tal envergadura, cuando son ciertos, es que se busque financiar organizaciones a través de denuncias falsas sólo para obtener la notoriedad que exigen quienes aportan ese dinero.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 4.12.2025

Cuando falta menos de una semana para la elección presidencial entre Jara y Kast, siento el deseo de escribir, pero el tema político llena mi mente invadiendo los otros temas que me interesan.

Me pregunto:

¿Cómo no escribir sobre la Feria del Libro? Acabamos de vivir esa experiencia e indudablemente saltan muchas ideas que me gustaría compartir con los interesados, partiendo por los organizadores. Cambiar elementos del modelo, buscar otro tipo de convocatorias, ver el papel que podemos jugar los escritores, acercarse a otros públicos.

Una de las ideas la escuché de un visitante: ¿Es necesaria una gran feria o podrían ser muchas ferias pequeñas a nivel comunal? Pero, mi experiencia muestra que no siempre son eventos tan concurridos.

¿Cómo no hablar, en los inicios de diciembre, cuando se recuerda la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sobre los temas de las guerras que afectan al mundo y los hechos de violencia delictual que constatamos en todos los países del planeta?

Porque lo que sucede en Palestina, la asolada tierra en la que nacen el inspirador del cristianismo y su grupo de seguidores iniciales, sigue siendo terrible aun cuando se hable de «cese al fuego».

Y los hechos de la invadida Ucrania no nos pueden dejar indiferentes, sin olvidar lo que sucede en Sudán y en otras regiones, donde dictaduras y seudo democracias construyen sus modelos aplastando a la población civil y a los que disienten políticamente de las autoridades.

¿Cómo no hablar de la corrupción en Chile, que se expresa no sólo en los casos de personas cercanas a lo público, en algunos funcionarios y otros particulares, sino en una especie de desprecio general por las normas.

Un exoficial de Carabineros se lamentaba de eso hace unos días en carta a un matutino: las leyes que no se cumplen, citando a las del tránsito (velocidad en calles y carreteras, uso de veredas por ciclistas, ocupación indebida de estacionamientos para discapacitados), a las que limitan la contratación de extranjeros, lo relativo a los impuestos, las ventas ilegales en las calles.

¿Cómo no escribir unas líneas sobre la revelación de nuevas acusaciones infundadas en temas relativos a abusos sexuales al interior de los hogares o por parte de sacerdotes?

Tan grave como hechos de tal envergadura, cuando son ciertos, es que se busque financiar organizaciones a través de denuncias falsas sólo para obtener la notoriedad que exigen quienes aportan ese dinero. Los casos abundan.

 

El siguiente empeño

¿De qué escribir, entonces?

Reviso mis artículos de los últimos 50 años y me doy cuenta que muchos temas que entonces denunciábamos siguen de cierto modo vigentes.

Es verdad que hoy no hay una violación masiva y sistemática de los derechos humanos por parte de agentes del Estado. Pero ese poder omnímodo que algunos sienten porque la ley los autoriza a usar armas y vestir uniforme sigue siendo notorio y el abuso de ese poder los lleva a gozar de ventajas que no tienen otros ciudadanos.

Y a eso podemos añadir que persistentemente vemos que policías o personal de Fuerzas Armadas, son sorprendidos en la comisión de delitos comunes. Eso está cada vez peor y nadie hace lo suficiente para poner fin a estas situaciones.

En esos viejos escritos, yo ponía la confianza en que cuando construyéramos una democracia de verdad, podríamos dar solución a los más graves problemas básicos, tales como salud, educación, vivienda, previsión; terminar con la corrupción a gran escala; disminuir el delito y trabajar por la reeducación de los delincuentes; proteger la infancia y la juventud del flagelo de las drogas; avanzar en el desarrollo de la cultura; lograr que las personas fueran más felices y la sociedad viviera con menos tensiones.

Hoy, que la democracia es «semi democracia», sin participación verdadera, sin compromiso, en que las decisiones quedan para cúpulas poco oxigenadas, con personajes encerrados sobre sí mismos, no hemos podido superar las lacras que dejó la dictadura, salvo quizás en cuanto a que ahora la corrupción puede conocerse y los dramas sociales no quedan ocultos. Pero los problemas verdaderos siguen sin resolverse.

Entonces, me pregunto: ¿Da lo mismo quien gane esta elección? No, porque Jara por lo menos asegura que habrá, tal vez con poco crecimiento, una valorización de lo conseguido y se mantendrán espacios para seguir avanzando en la democracia. Kast es todo lo contrario: seguir en el actual estado de cosas, donde la medida de la felicidad está en «tener más», con enriquecimiento de los ricos y sometimiento de los demás.

La duda mía hoy no es por quién votar —lo haré por Jara— sino como avanzar hacia una sociedad distinta, en que aniden la justicia, la fraternidad, la solidaridad, una nueva racionalidad y las necesidades básicas estén satisfechas con la mirada puesta en el pleno desarrollo de las personas.

En eso es el siguiente empeño.

 

 

 

 

 

[Crónica] Los temas marginales

La educación (más bien la instrucción pública, que es lo que se intenta hacer) debe estar marcada por la inserción de los menores a la vida social sobre la base de valores, siendo el principal el respeto por sus semejantes y por el lugar geográfico en el cual habita.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 23.11.2025

Hace unos días leí a Alfredo Sfeir comentando sobre la campaña presidencial y, en términos más generales, sobre la política chilena. Lo que él plantea es que en los discursos y programas se pone énfasis en cuestiones en las que todos estamos de acuerdo que es necesario resolver: seguridad y bienestar económico.

No sorprende escuchar, con más palabras y pocos conceptos, la competencia desatada entre los dos finalistas de la contienda —orientada a captar a los electores que no votaron por ellos— afirmando que cada uno dará más seguridad o más crecimiento económico.

El problema de fondo es que se ha descuidado el fundamento y objetivo de todo ello: la persona humana que habita en los territorios y los territorios mismos. He aquí el meollo de las debilidades programáticas de todos los candidatos, pues se han olvidado que esos no pueden ser capítulos de un programa.

Me recuerda cuando, siendo decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Humanidades de la Universidad Andrés Bello, la junta directiva me preguntó la razón por la que no había en el plan de estudios un curso sobre los derechos humanos.

Les dije: «Si hay un curso, será una asignatura más que los alumnos tratarán de aprobar, un escollo en su carrera. Eso no sirve. Se equiparará al derecho Civil, Penal, Laboral o Tributario. Y eso no es así. En cada programa de asignatura intentamos que se trate con un enfoque de acuerdo con los derechos de las personas».

En resumen, cada rama del derecho debe contener la temática de los derechos humanos como sustento de todo el sistema de enseñanza.

La marcha más larga se inicia con el primer paso

Entonces, cuando se construyen los programas de las candidaturas, ese mismo tema, más la preocupación central por la persona humana como protagonista de la sociedad y la sustentabilidad del medio ambiente, deben estar presentes en el conjunto de las decisiones que toman los gobernantes, los legisladores y todo el aparato del Estado. El marco de trabajo de un país debe estar centrado en esta perspectiva: personas, territorio, medio ambiente.

La salud de las personas, entonces, no es un tema que pueda interesar principalmente a los «profesionales de la salud». Ellos deben atender personas. Siendo así, un médico a la cabeza de un Ministerio cumplirá sus deberes de sanador específico, pero su mirada estará marcada por la especialidad.

Sebastián Piñera nombró como su primer ministro de salud a un anestesista. No es necesario explicar más. Y ése ministro debe ser capaz de trabajar con los técnicos para que las medidas sean viables y eficaces, pero desde una orientación centrada en lo humano.

La educación (más bien instrucción pública, que es lo que se intenta hacer) debe estar marcada por la inserción de los menores a la vida social sobre la base de valores, siendo el principal el respeto por sus semejantes y por el lugar en que habita. Eso es formación cívica, que debe estar presente en cada asignatura y no en una específica para enseñar la Constitución.

Cuando hablamos de cultura, del desarrollo del arte, del deporte, no pueden ser compartimientos estancos, sino que deben estar integrados en forma eficiente y eficaz para lograr una formación completa y sólida de todos los miembros de la sociedad.

Lo que falta es mirada de conjunto.

Entonces, cuando vemos el presupuesto, la discusión se centra en si poner más dinero en los consultorios o en la cultura, en los policías o en los derechos humanos, en agregar o eliminar impuestos sin que importe para qué se usan.

Sin ir más lejos, toda la riqueza de Chile, que va desde sus creadores, sus profesionales, sus trabajadores de todos los ámbitos, sus bosques, sus ríos, sus tierras agrícolas, sus recursos mineros, debe ser cuidada con una visión integral y a partir de eso definir las pautas del crecimiento, el desarrollo, el bienestar.

Todas las personas, las que administran el Estado y las que están en el mundo privado, deben trabajar en esa consonancia. Hoy vemos que la ley puede ser violada por una persona hasta que la sorprendan y muchas veces es más barato pagar la multa que invertir correctamente.

Si seguimos así, en corto tiempo diremos, como parodia Sfeir: «Sorry, sorry», y la humanidad irá camino hacia su propia destrucción.

¿Podemos los chilenos cambiar el mundo?

Ya que está de moda China, digamos con su tradición: «La marcha más larga se inicia con el primer paso».

Si damos los primeros pasos, algo grande puede pasar para los siglos venideros.