Mirar hacia el futuro

En el camino de Acuario
Mirar hacia el futuro
Jaime Hales

La política moderna, debido a la velocidad de las comunicaciones, la intensidad de las necesidades, la sensación de urgencia de los cambios, exige tener los pies puestos en el presente, pero la mirada instalada en el futuro. El juego del tiempo en política debe consistir en conocer el pasado para no repetir errores; estar situado en el presente para solucionar las urgencias; y avanzar hacia la construcción de un mundo mejor en el futuro cercano.

Pero uno de los más graves problemas de la política contemporánea – en todo el mundo probablemente – es que los políticos se instalan sólo en el presente, con sus pies muy apernados y quieren seguir allí, reaccionando ante lo inmediato pero sin saber hacia dónde ir o, mejor dicho, tratando de no ir a ninguna parte, sino quedarse en un presente en el que los cambios pueden ser cosméticos, que no alteren el fondo y los pilares de un sistema . Para cumplir ese objetivo recurren a todos los métodos posibles. Su horizonte es sólo la siguiente elección y sólo les interesa ganar, cualquiera sea el costo que el pueblo deba pagar.

La disputa por el poder es de una intensidad brutal, estando algunos dispuestos a hacer todo lo que esté a su alcance por mantenerse y otros cuanto les sea posible para alcanzarlo. Eso, que ha ocurrido siempre en toda la historia de nuestra actual humanidad (resumamos en los últimos 10 o 15 milenios), no ha cambiado, pese a que muchos quisiéramos que en estos tiempos el poder no sea para servirse de él sino para servir al pueblo.
Pero no es así.

Si miramos la contingencia actual, en el mundo como globalidad, podremos observar que la ambición supera la vocación de servicio y los intereses de los gobernantes olvidan el interés de las mayorías.
El caso de Venezuela es quizás el mejor ejemplo de ello. El gobernante, con su equipo de apoyo, han instalado una dictadura (no diré brutal dictadura, porque todas las dictaduras son brutales) a la cual, como lo hacen la mayoría de los tiranos, quieren darle apariencia democrática. Las últimas elecciones dejaron al desnudo el fraude, no solamente en el 2

recuento de los votos, que fue la “guinda de la torta”, sino en todo el proceso electoral durante el cual impidieron al candidato opositor hacer la campaña como correspondía.

La desgracia es que cuando los caminos democráticos se cierran y la represión arrecia, lo que comienza a justificarse es el uso de la violencia, con el objetivo de impedir la prolongación de la dictadura. Pero eso trae sólo una escalada que no tiene buen final. Cuando el pueblo se siente ahogado, estalla, pero sin conducción democrática, sin canales de expresión, sin liderazgos reales, termina sólo en episodios violentos que, muchas veces favorecen al sistema elitista en curso o en una nueva dictadura.

El caso de Nicaragua es una manifestación clara de lo recién dicho. Para terminar con la dictadura que existía allí, surgió la guerrilla y fue una lucha larga y durísima. Pero eso finalmente trajo, después de breves y tímidos episodios democráticos conducidos por una elite, una nueva dictadura, esta vez ejercida por los que habían luchado contra la dictadura de Somoza. Porque los que usan la violencia, finalmente recurren a ella para resolver todos sus problemas.

Cuba ya tiene su dictadura como forma de vida entronizada. Se temió que estallara una violenta rebelión cuando Fidel dejara el poder. Pero hicieron una transición de personas suficientemente ordenada, porque entre las fuerzas armadas y el Partido Comunista lo controlan todo. ¿Cómo se accederá a la democracia? ¿O esa es una realidad inamovible?
Ninguna de estas dictaduras mira hacia el futuro. Simplemente administran el poder que tienen y no quieren soltarlo.

Y con las democracias elitistas pasa lo mismo. Miran sólo el presente, funcionan sobre la base de encuestas y buscan soluciones inmediatistas. En el caso de Chile se ha llegado al ridículo de reaccionar dictando leyes contestarias a incidentes focalizados. Un perro maltratado, ley. Un niño atropellado, ley. Si miramos bien la legislación anterior a esas leyes emergentes, ya todo estaba cubierto antes. Un claro ejemplo es lo que pasa en el tránsito vehicular. Ante la gran cantidad de accidentes, se rebajó la velocidad en zonas urbanas de 60 a 50 kilómetros por hora como máximo. Pero los accidentes no se producían a 60, sino por los excesos de velocidad, a veces a 100 kilómetros por hora o más en calles de la ciudad o en las autopistas urbanas. Es decir, la ley es innecesaria e inútil. Y eso es porque se piensa con los pies clavados en un presente, sin comprender en el pasado ni mirar hacia el futuro. Para evitar los accidentes, son mejores los mecanismos de control preventivo y las sanciones a la infracción de la ley aunque no haya accidente.
Pero las legislaciones importantes, como el tema de las pensiones, el desarrollo de la educación y la cultura, la participación del pueblo organizado, el desarrollo de las zonas deprimidas del país, la protección del medio ambiente, cuestiones que tienen que ver con el futuro, no encuentran cabida.

Cuando miramos otros países, los grandes y poderosos del mundo, constatamos la existencia de un modo de organizar las sociedades en torno a la economía, de manera que excluye las necesidades de las personas en una perspectiva futura.
Sólo se piensa en el hoy, en lo inmediato y no en organizar las cosas para que la vida se desarrolle de mejor forma; el objetivo es cómo mantener a los ciudadanos adheridos a una forma de vivir que, en lo posible no sea cambiada. Y asegurar que estén lo más endeudados

posible, pues eso los obliga a tratar de que nada se mueva, que nada se altere, para no generar inestabilidad en los ingresos propios y poder pagar todo lo que se debe.

El futuro se visualiza sólo como la mantención del presente.
Las discusiones políticas en la principal potencia mundial entre los dos partidos que se enfrentan en las próximas elecciones, radica en si mirar más el pasado o solamente el presente. Porque su presente y su futuro consisten en “hacer más grande a los Estados Unidos”, es decir, acrecentar su poderío mundial y el enriquecimiento propio, tanto de sus conductores como de la elite que los respalda.

No hay otra mirada. Se persigue mantener el gasto en armas, seguir actuando de modo imperialista para garantizar el éxito de sus negocios, perseverar en la creencia que la felicidad se logra solamente con tener más cosas. Claro, entre los bandos internos en pugna discrepan en el tono con que se harán las cosas. Biden trataba de convencer a los gobernantes aliados y a sus adversarios de seguir las propuestas del imperio. Trump amenazaba: a los aliados con ahogarlos si no obedecían y a los adversarios con destruirlos. El mismo ha contado que cuando un grupo terrorista estaba activando sus métodos, él llamo al Jefe para decirle: “Yo sé dónde viven su esposa y sus hijos”. Y se acabó el peligro.
No interesa, a la inmensa mayoría de los que tienen el poder, otra cosa que los mecanismos de mantención de sus cuotas. Esa es una de las tragedias de la política moderna, sustentada en que se supone que el mundo ya está hecho y que la idea de construir una sociedad en que haya justicia, paz, libertad, fraternidad no es más que una quimera. Los que sostienen los hilos del poder – y con ellos se sostienen a sí mismos – nos quieren restar de la tarea grande de construir un mundo en el que puede haber todo lo que hoy solo tienen ellos.

Miremos el futuro: para eso fijemos nuestras expectativas de una sociedad diferente, donde los problemas puedan ser solucionados desde una ética humanista, con respeto por la persona, orientando nuestras acciones con esos criterios y no con la escala de valores que hoy se nos impone: el individualismo, el materialismo, la ambición desatada, la acumulación de riqueza en pocas manos, la justificación de la existencia de los pobres como un hecho inevitable.
Es necesario terminar con eso.

Algunos hablan de nuevas generaciones, de la necesidad del surgimiento de nuevos liderazgos. Esto no se trata de líderes individuales, sino del surgimiento de organizaciones que sean capaces de proponer soluciones que articulen presente y futuro. Le temo al discurso de que son necesarios nuevos líderes. Porque, la historia lo ha probado, la mayoría de los lideres terminan trabajando para ellos, convencidos de que la historia pasa por su protagonismo. En Chile decimos, cuando sólo se trabaja para el presente, “pan para hoy y hambre para el mañana”. Lo que debemos hacer es completamente diferente.

Lo mismo pasa con creer que solamente basta con abrir paso a los jóvenes. Eso hay que hacerlo, sin duda, pero siempre recogiendo, más que las personas nuevas, las ideas diferentes que abran espacio para las mayorías. En la actualidad podemos ver en muchos sectores jóvenes ciertas conductas que no son más que la expresión del estilo de vida impuesto desde las elites. Observo y constato muchos comportamientos de jóvenes que no valoran ni a las personas con quienes se relacionan ni al sistema democrático.


Porque el tema de la búsqueda de respuestas no depende de la edad: es transversal a todas las edades y a todas las condiciones humanas. Jóvenes y viejos, ricos y pobres, artistas e intelectuales, científicos y campesinos, mujeres y hombres, heterosexuales y homosexuales, todos, todos, podemos crear esa sociedad donde cada uno es apreciado por sí mismo y no por lo que tiene y donde imperan la justicia y la paz.
Es necesario terminar con la violencia. Como decía Jaime Castillo Velasco, la verdadera revolución que requiere el mundo no es violenta ni catastrófica, sino un cambio global, profundo y que actúe sin demoras, pero sin desesperación.

¿Cómo hacerlo para lograr el fin de las dictaduras? ¿Cómo terminar con las democracias de elites para tener una mejor democracia? El objetivo debe ser una sociedad diferente, sustentada como decía, en la justicia, la libertad y la fraternidad o solidaridad. El camino para conseguir está en promover el desarrollo de la conciencia de lo que cada uno puede hacer por el mundo que lo rodea, generar espacios de diálogo y entendimiento, promover la organización social, incrementar y mejorar la formación ética, la educación cívica y el sentido de pertenencia a la comunidad.

Para terminar con las dictaduras la lucha debe darse en el marco de la desobediencia civil y la “no violencia activa”, estrategia que acosa y desespera a las dictaduras. Eso, que popularizó Gandhi hace 80 años, fue usado también para hacer caer al emperador de Persia en los años 70. Y muchos pueblos requieren de organización para hacerlo.

Para terminar con las democracias de elite y crear democracias donde el pueblo participe de verdad, además de lo recién dicho, debe fortalecerse la organización y crear espacios de diálogo social que presionen sobre los esquemas de las minorías. Sindicatos, Juntas de Vecinos, organizaciones de profesionales, agrupaciones de la cultura, movimientos de profesores y estudiantes, en fin, grupos transversales que permitan ejercer un grado de poder al servicio de los intereses de las mayorías.

Lo que hay que erradicar es la violencia en la sociedad, en todas sus formas e invertir en lo que produce bienestar a la sociedad como conjunto.

Alguien me ha dicho, comentando amistosamente mis artículos anteriores, que tengo una obsesión respecto de las instituciones armadas. Es algo parecido a eso.

Mi obsesión es respecto de aquellos que creen que la violencia es la solución de todas las cosas. Mientras sostengamos un pensamiento así, no avanzaremos como sociedad, porque estamos creando bandos enemigos, rabias de unos contra otros, desconfianzas. En la sociedad contemporánea se ve al que piensa distinto como un enemigo.
Otro amigo y pariente me decía hace unos días: “Te has puesto comunista” haciendo justamente alusión a estos artículos en Edicola News. ¿Por qué, primo, me dices eso?, le pregunté. Y su respuesta fue: es que no te gusta el capitalismo liberal. Y claro, no me gusta porque se construye desde la injusticia, dejando al Estado una labor asistencial para suavizar los dolores de una injusticia social que podría evitarse. Entonces se estigmatiza. Porque se divide al mundo entre bloques, sin pensar en que más que buscar un extremo u otro, podamos convertir la línea recta de las oposiciones en una figura que no tenga extremos sino vértices, pero entonces lo que importará no serán esos puntos sino el espacio común en el que podemos convivir.

Quienes sólo miran el presente no se pueden dar cuenta de lo que ha sucedido antes y de cuán excesiva es la duración de la injusticia entre los seres humanos; de cuánto daño han hecho las ambiciones de poder y dinero; de la inmensidad de dolor que han traído las guerras.
El discurso de “tanto tengo, tanto valgo” es la inspiración de la delincuencia, del ladrón callejero, del ladrón de los salones elegantes; del que actúa solitario y del que se organiza para delinquir.

El discurso del “Lo hago porque puedo”, es la típica prepotencia de los poderosos, de los que saben que nada les pasará cualquiera que sea su comportamiento. A nivel de países, puedo decir que eso es lo que ha creído Rusia con su acoso e invasión a Ucrania, luego de la anexión de Crimea. O es lo que ha hecho Estados Unidos de Norteamérica cuando ha intervenido en países de América Latina, “su patio trasero”, ya sea invadiendo u organizando golpes de Estado u otros crímenes. La sola existencia de Guantánamo como centro de prisión y torturas revela su convicción de que no cede ante ninguna presión de los que demandan justicia, libertad, paz, entendimiento.

Israel, con su proceso de colonización del territorio de Palestina y el intento persistente de exterminar a los habitantes que estaban antes de su invasión – fraguada por los poderosos de occidente – reclama del imperio el apoyo para seguir con sus políticas. Débiles reprimendas de un presidente Biden que expresa una cierta dosis de humanismo, pero que no se atreve a impedir que siga ese genocidio, como sí lo ha hecho en otros lugares en que su conveniencia está en favor de las víctimas, revela que más que los principios y valores, a los poderosos los mueve sólo su interés por tener más riqueza y más poder.

Porque olvidan la historia y no saben construir un mundo diferente. Sólo quieren acumular más y más poder.

El camino de hoy tiene que ver con profundizar la democracia.
Eso es mirar el futuro: ¿Cuál es la sociedad que queremos construir? ¿Cómo queremos que vivan las personas en el país? ¿Cómo queremos relacionarnos? Y cuando tengamos esas respuestas, comenzaremos a buscar el hacer eso realidad.

No es una quimera. Puede ser una utopía. La quimera no será verdad porque se basa en presupuestos equivocados. La utopía no existe hoy, pero puede existir. Y es tarea nuestra, de los viejos y jóvenes que estamos vivos hoy, mujeres y hombres, poner la energía al servicio de ello.

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