El Huracán Kast

El huracán arrasó con todo y sobre todo con la derecha, instalando sus ideas y actitudes. No es sólo que la “izquierda” perdió, sino que la ultraderecha de Kast ganó en todas las regiones y en todos los estratos socio económicos.

 

Ya han pasado algunos días desde la elección presidencial –balotaje– en el que Kast, candidato de la ultraderecha ganó por una mayoría aplastante. Mientras unos se lamentan y formulan algo parecido a autocríticas –que no son tales en realidad– Kast viaja, declara, hace visitas y genera noticia a cada instante del día.

Un huracán azota los medios de comunicación y ellos nos atiborran con la imagen del presidente “presuntivamente” electo (debe terminar el proceso electoral con la calificación de la elección) e incluso algunos, Radio Cooperativa por ejemplo, se refieren a él como “Presidente Kast”, sacando la palabra “electo”, con lo que se va generando la idea de que Chile tiene dos presidentes. Uno que se va y otro que ya llegó.

Cuando digo que Kast es de ultraderecha no lo estoy motejando indebidamente. Cuando Kast se retiró de la UDI dijo que lo hacía porque percibió que el Partido UDI, en el cual militó y le sirvió para hacer su carrera política, estaba abandonando sus posiciones de derecha al pactar con los partidos y gobiernos de la “izquierda”.

 

Es posible agregar que sintió que en su partido no le daban cabida a su carrera política, pues no pudo ser candidato a senador como él quería. Tampoco logró ganar la presidencia del partido, derrotado por los “viejos coroneles” que dirigía Coloma, pese a que él contó con el apoyo de Novoa, un gran pinochetista, más que Coloma.

Se fue más hacia la derecha, con la intención de organizar un nuevo partido que rescatara las ideas de Guzmán y la figura de Pinochet, teniendo como propuestas centrales la eficacia, el orden, la autoridad, la seguridad y la mantención y profundización del sistema económico que impulsaron la derecha empresarial y financiera a la sombra de la dictadura y sus equipos neoliberales.

Partió en su primera aventura presidencial con un 8%, que sorprendió a todos.

Luego, en la siguiente postulación, ganó en la primera vuelta, dejando atrás al candidato que había triunfado en las primarias, derrotando incluso a Joaquín Lavín. Claramente Sichel era un intento de acercarse desde el piñerismo al centro, por su pasado demócrata cristiano. Pero no logró conservar ese primer lugar, pues Boric lo derrotó, manteniendo Kast el porcentaje que Pinochet alcanzó en 1988.

 

Durante los tres primeros años de su verdugo electoral, concentró su participación política en crear y fortalecer los nexos internacionales, tanto en Europa como en América: y en atacar sin piedad a Boric. En su discurso, todos los problemas del país eran culpa del joven presidente y se solazó con sus errores y la derrota del plebiscito constitucional. Se opuso a que hubiera un nuevo proceso, pero como Boric logró el acuerdo suficiente para imponerlo, movió sus huestes y arrasó en la elección de los convencionales, hasta el punto que logró la mayoría suficiente para aprobarlo casi todo.

Con eso, en la violencia del temporal desatado, cometió el error de imponer su mirada integrista al generar un texto constitucional que la mayoría electoral rechazó al igual que el primero. Supo, entonces, guardar silencio, con lo que sus resultados municipales del año siguiente fueron exitosos, pero no logrando superar la alianza de UDI y RN. Matthei era candidata y ya creía que estaba lista para su triunfo. Se probaba bandas, sonrisas y tenidas, sin darse cuenta que se estaba gestando un huracán de dos focos que terminaría aplastándola a un cuarto logar.

Silenciosamente la campaña de Parisi, que parecía destruido porque todos los diputados del PDG abandonaron la tienda, comenzó a preparar la embestida que lo llevó a recoger descontento y obtener el 20% que lo ubicó en el tercer lugar. Pero, cuando se capitaliza con el descontento, el resultado es feble y sus votantes se traspasaron al otro descontento, que era el huracán mayor: Kast, que, llegando segundo detrás de Jara, pasó al balotaje.

Cuando Kaiser acechaba por la ultra-ultra, Kast comenzó su campaña. Aprovechando que alguien extremaba el discurso de un modo más radical incluso que lo que había sido el suyo en las dos campañas anteriores, mostró ciertas moderaciones temáticas, no respondiendo nunca las preguntas directas sobre lo que haría o no haría. Se mantuvo en el plano de las ideas generales y la crítica destemplada.

Según sus palabras, el país estaba en la ruina, la seguridad no existía, no había inversiones, la educación por el suelo, la salud era un fracaso, la vivienda, la corrupción, hasta el poder judicial, todo según él culpa de Boric y sus ministros que, además eran responsables de haber tenido un violador en ciernes en la Subsecretaría del Interior sin haberse percatado de ello. Todo culpa de Boric…pero al avanzar la campaña era también culpa de los últimos cuatro gobiernos, dos de Bachelet y dos de Piñera.

Con eso golpeaba a la candidata que quería vestirse con la ropa de Bachelet y a la que quería parecer sucesora de Sebastián Piñera, de quien Kast fue un duro opositor.

Y en la elección de noviembre empezó el huracán: enorme triunfo en la elección de diputados y senadores y segundo lugar.

Kast derrotó a esa derecha que quería ser llamada “centro derecha”, la destrozó electoralmente apropiándose (si es posible usar el término) de la mayoría de sus votantes, de sus consignas de siempre, de sus figuras emblemáticas, de sus estilos y del poder.

Hoy, UDI y Renovación Nacional trotan detrás de él, le ruegan espacios en el gobierno para no perder toda su relevancia, mientras Evópoli, con su discurso amplio y renovador que intentaba abrir estilos nuevos, ve cómo carece de espacios en el ámbito de quienes defienden a ultranza un sistema económico y social del cual Kast y Pinochet son las figuras señeras.

No es que Kast vaya a hacer lo mismo que Pinochet, en el sentido de que le sería muy difícil –si es que lo quisiera– aplicar medidas como las que llevaron adelante la DINA, CNI y los demás organismos. No será así, el país ha cambiado.

Ahora se trata de acercarse a esos principios fundamentales de orden seguridad, eficacia, eficiencia, disciplina, todo en el marco de una emergencia, usando como discurso la necesidad de reconstruir una patria dañada, un país que se cae a pedazos, una “realidad” en la que la corrupción se anida en el Estado y en la ineficiencia e ineficacia de quienes lo administran.

Se parece a los fundamentos invocados por los militares cuando se apoderaron del gobierno en 1973, con la diferencia que ahora él ha ganado una elección con casi el 60% de los votos.

El huracán arrasó

El huracán arrasó con todo y sobre todo con la derecha, instalando sus ideas y actitudes. No es sólo que la “izquierda” perdió, sino que la ultraderecha de Kast ganó en todas las regiones y en todos los estratos socio económicos.

Porque lo primero que hizo fue recalcar el discurso de la polaridad, donde no es posible buscar –menos aún hallar– caminos diferentes que se salgan de esa visión unilineal de la política, donde o se está en un extremo o en el otro y donde hay un centro que –como en el chiste– “no es ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”. Y ese discurso ganó, porque la llamada izquierda no encontró nada mejor que llevar un candidato del Partido Comunista, cuya sola mención sigue sirviendo para asustar a mucha gente que prefiere los males conocidos que otros caminos.

 

“Necesitamos orden” es la consigna y para eso qué mejor que un hombre como Kast que, desde su ropa, su sonrisa, su peinado, sus esquemas repetitivos, su discurso tal vez elemental y sin muchas ideas, revela la disciplina de tipo militar que algunos creen que puede ser una solución para las necesidades del país (y del mundo).

Y la primera semana fue un nuevo huracán, pues quiere estar en todas partes y todos los días. Desde la Gloria, donde instaló sincrónicamente sus oficinas para este período, pareciera que necesita sentirse como una divinidad que no tiene límites de ningún tipo.

Seguirá viajando, seguirá haciendo discursos y dando opiniones, amenazando a Maduro y pidiendo consejos donde no corresponde. Tal vez se dé cuenta antes de asumir o después, que el país no se cae pedazos, que tiene inflación controlada, inversión extranjera y que, pese a los errores y vacilaciones de quienes un día se creyeron con superioridad moral, Chile no se ha paralizado.

Para eso se requiere calma. Mientras siga desatando vientos y temporales con sus palabras y sus acciones, no podrá percibir la realidad. Debe entender que la campaña terminó y que ahora otra cosa es con guitarra, como decimos en el campo, donde las ilusiones, las imágenes, la liviandad para opinar no bastan.

Si me permiten, lectores y lectoras, tal vez sea bueno recordarle que antes de asumir las pesadas tareas, todos quienes las han tenido, deben tomar un período de retiro. Jesús, a quien Kast dice considerar divino, necesitó 40 días en el desierto. Tal vez el presidente presuntivamente electo crea que él necesita menos, aunque difícilmente sea más que el iniciador del cristianismo.

Como diría don Fernando Riera, ponga la pelota al piso y mire lo que hay antes de pegarle a la pelota a “tontas y a locas”.

Se dará cuenta que debe bajar la velocidad y buscar entenderse con quienes participan de la conducción del país en distintos espacios y niveles. De lo contrario, un huracán, aunque lleve su nombre podrá ser siempre recordado como un desastre.

El día después

El desarrollo de la elección en forma impecable deja en evidencia la seriedad con que la institucionalidad y los chilenos tomamos los procesos electorales. Más importante que eso, sin embargo, han sido los discursos de ambos candidatos al conocerse los resultados. ¿Será la actitud de Kast un “caballo de Troya”, como plantea alguien o un sincero esfuerzo por lograr acuerdos para que el país avance? ¿Serán las fuerzas derrotadas capaces de articular propuestas concretas para conseguir mayor justicia social y bienestar de todos?

La elección presidencial terminó con un resultado previsible –el triunfo de Kast sobre Jara– pero con una diferencia porcentual que excedió todos los cálculos. Algunos deseábamos que esa diferencia fuese más estrecha, por el temor de tener a un ganador excesivamente empoderado, dispuesto a aplastar a los adversarios y hacer retroceder al país en cuanto a los derechos sociales.

Las cifras (casi 18% de diferencia) no se explican sólo por el comportamiento de la candidata derrotada y su comando (es la candidata de la “no-derecha” con menor porcentaje en las definiciones de balotaje), sino por un cúmulo de situaciones que el electorado –digamos una gran mayoría del pueblo– quiso castigar.

Kast, contra todo pronóstico, ganó en todas las regiones del país y derrotó a Jara en muchas comunas en las cuales se esperaba que ella triunfara. Y donde triunfó, la candidata derrotada lo hizo con porcentajes mucho más estrechos de lo que se podría haber esperado.

El pueblo se pronunció, como dijo Jara, “en forma clara y categórica”, no dejando dudas sobre la opción. Los factores que influyen son muchos y no siempre inmediatos.

Buscando explicaciones

¿Es que acaso el pueblo se ha “derechizado”? ¿O es que la ultraderecha se ha convertido en una alternativa victoriosa como resultado del desencanto, la decepción y la desconfianza en quienes han manejado el país?

Las estrategias políticas de los que se opusieron a Pinochet incluyeron una relativización ética en sus acciones, sus renuncias, sus adaptaciones y sus decisiones de gobierno.

Ello, sumado al incumplimiento de las grandes promesas hechas desde la campaña de 1988 (“La alegría ya viene”) por los gobiernos concertacionistas; la carencia evidente de vocación verdaderamente democrática al asumir la Constitución pinochetista y el modelo económico sin mayores reparos; la debilidad demostrada en temas que requerían reformas profundas; los errores de este gobierno y el “fracaso de la superioridad moral” que proclamaban Jackson y otros; la falta de conducción política, de propuestas reales y el exceso de retórica; a lo que deben agregarse los problemas profundos que ha vivido nuestra sociedad por décadas, en cuanto a delincuencia, precariedades judiciales, injusticias sociales, problemas de vivienda, estado de crisis prolongado en la educación pública y la salud, han incidido en este escenario. Ya habrá oportunidad de profundizar en esos temas.

La fortaleza institucional y respeto político

Pero estas elecciones han dejado en evidencia varias realidades que, aunque probablemente nos parezcan obvias, no lo son en el contexto continental y quizás mundial.

Una elección de Presidente y Congreso, un balotaje posterior, sin que nadie reclame que ha habido fraude, es un verdadero orgullo.

El pueblo de Chile, en los escasos espacios de que dispone para incidir en las decisiones políticas, se expresa con serenidad, sentido republicano, valorización de su participación electoral. No sé si otro país del mundo puede exhibir con tanta claridad un proceso electoral con una votación limpia, un funcionamiento eficiente, escrutinios correctos y rápidos y la entrega de resultados definitivos en corto plazo.

 

Es verdad que la campaña fue muy ingrata para todos, con acusaciones, insultos, malos tratos y una agresividad descomedida de parte de todas las candidaturas (por lo menos 7 de las 8). De eso no cabe duda y muchos lamentamos que no hubiese surgido una fuerza capaz de poner otro tono.

Tal vez ese “tercer punto”, hubiera podido romper el esquema de “los dos grandes” representando posiciones extremas en el cuadro final, donde un alto porcentaje de votantes se encontraba sin más alternativa que elegir “por miedo al triunfo del otro”. Las caricaturas, en ese sentido, dieron más resultado a los que identificaban a Jara con Stalin que los que aluden a un eventual pasado hitleriano de los ancestros de Kast. Ni unas ni otras eran reales.

Boric y la tradición

La actitud del presidente Boric, su llamado al respeto y a la reafirmación de las tradiciones de Chile, en el sentido de hablar al país reconociendo los resultados –que, quisiera o no, involucraban un juicio a su gestión– y llamar a los candidatos para manifestarles su agradecimiento por la limpieza del acto y felicitar al ganador, demuestran algo profundo que está arraigado en la historia democrática.

Lo que quiero decir es que todos los presidentes posteriores a la dictadura, siguiendo el camino de sus antecesores elegidos por el pueblo, han hecho probablemente lo mismo. Kast atacó con dureza a Boric en todos estos años, desde la campaña del balotaje de 2021 y hasta esta misma semana, pero recibió el llamado del presidente y tuvieron una conversación respetuosa, en la que ambos afirmaron su voluntad de colaboración por el bien de Chile. Ni en Boric se notaba rencor ni en Kast prepotencia en su diálogo frente al país entero.

Los candidatos

Pese a todas las discrepancias de los dos candidatos y al trato duro que se dieron, ambos tuvieron actitudes destacables.

Lo primero: Jara llamó a Kast para reconocer su derrota y felicitarlo por el triunfo. No sólo eso: luego fue, acompañada de varios dirigentes, a saludar a Kast. Ya en 2000, en el balotaje, Lavín se apresuró en ir a saludar a Lagos que estaba en su comando. Esa tradición se mantiene.

Lo segundo es el discurso de Jara, llamando a renunciar a las tentaciones de hacer oposición cerrada, llamando a aprender de la derrota, teniendo una actitud vigilante para evitar retrocesos y de colaboración en los esfuerzos y proyectos en los que pueda haber coincidencias, rechazando desde ya toda forma de violencia en el ejercicio político democrático. Incluso Jara puso especial énfasis en reprender a sus partidarios para evitar el calificativo de “nazi” a Kast, para dejar de lado las caricaturas.

Tercero, el discurso de Kast –demasiado largo y retórico– en el que valoró el gesto y el discurso de Jara y llamó a sus partidarios a tener respeto por el adversario, prometiendo buscar diálogo, unidad y ser el presidente de todos los chilenos.

Lo valioso de estas palabras es que las dice cuando sus partidarios están enfervorizados y quizás querían oír un discurso más guerrero. Yo temía que en la euforia de la enorme victoria extremara su discurso, pero en lugar de eso lo moderó y tuvo una actitud en la que pareció más demócrata, más prudente, más sereno y más abierto que muchos de sus partidarios.

Lo que viene

Si bien, como dije, el desarrollo de la elección fue impecable y deja en evidencia la seriedad con que la institucionalidad y los chilenos tomamos los procesos electorales, más importante que eso, sin embargo, han sido las reacciones de ambos candidatos al conocerse los resultados.

¿Será la actitud de Kast un “caballo de Troya”, como plantea alguien o un sincero esfuerzo por lograr acuerdos para que el país avance?

¿Serán las fuerzas derrotadas capaces de articular propuestas concretas para conseguir mayor justicia social y bienestar de todos?

¿Cómo será el gobierno de Kast?

Hasta el 13 de diciembre yo tenía una interpretación a partir de la campaña. Hoy percibo algo diferente. Tal vez no sean las cosas como las hemos temido, sino que desde que asuma intente buscar soluciones consensuadas a muchos de los problemas que vive el país. Pese a su amor y admiración por Pinochet y Jaime Guzmán y a sus deseos de libertad para los condenados por delitos graves de lesa humanidad, es probable que no otorgue indultos y que acepte que los avances que han existido en estos más de 30 años no sean revertidos.

No nos engañemos: su escala de valores es la del sistema vigente, que, bajo la inspiración de Guzmán y los economistas de Chicago, combina un integrismo religioso con un liberalismo económico exento de límite éticos.

Esa combinación es difícil llevarla adelante en un régimen democrático (a Pinochet con su dictadura no le costó nada y estableció el autoritarismo más brutal, con una mirada integrista cristianizada y el neoliberalismo que impera hasta hoy) y tal vez justamente Kast deberá entender que es necesario fortalecer políticas sociales para mantener el apoyo y buscar medidas económicas que revelen ciertos límites, aunque eso signifique postergar o reorientar a ciertos inversionistas. Su posición, reiterada en la noche del triunfo, en cuanto a proteger los cielos del norte aunque eso signifique poner frenos a algunas inversiones proyectadas, revela que algo de eso está pasando por su mente.

Amanece el lunes 15 de diciembre.

Comienza un período en el cual el gobierno de Boric intentará cumplir algunas de las metas pendientes, mientras inicia los traspasos al próximo equipo gobernante.

 

Será el momento en que las altisonantes palabras del ganador en esta contienda bajen a la realidad, mostrando que el país no está estancado ni derrumbado, que Chile no se cae a pedazos ni todo es tan malo como se ha dicho. Al recibir las informaciones podrá darse cuenta de que no es necesario restablecer la legalidad, porque ella no ha sido afectada por el gobierno, sino por los particulares cuando no respetamos las normas del tránsito, las exigencias tributarias, la propiedad privada, las disposiciones de las autoridades.

No vamos a desconocer que en Chile hay problemas con un incremento de la delincuencia en las últimas décadas. Pero eso no se termina por un acto de voluntad.

Tal vez el futuro gobernante pueda entender por qué la policía uniformada no ha actuado como debería y recién ahora, cuando se termina el gobierno, está haciendo cosas que eludió cumplir por años.

Tal vez descubra que los casos de corrupción de esa policía y otras instituciones no son casos aislados, sino mucho más frecuentes y generalizados de lo que se ha querido dar a entender. Esperemos que la delincuencia no baje sólo en los noticiarios, como me decía un amigo, sino que en la realidad.

Será éste un tiempo para develar lo que es el Estado y él y sus cercanos podrán descubrir que “otra cosa es con guitarra”. Fue Boric quien, a los pocos meses de iniciado su gobierno, dijo: “las cosas son más difíciles de lo que parecían desde fuera”.

Por cierto, las cosas hay que hacerlas mejor. Y ésta puede ser una buena oportunidad de buscar la forma de mejorar el funcionamiento del Estado que, sin dudar, debe ser poderoso, eficaz, eficiente, sólido.

Lo que viene en la política puede ser algo muy interesante: 30 meses sin elecciones, tiempo para reorganizar los grupos, recuperar ideas y propuestas, promover organización e iniciar debates sobre el mundo que viene. Es el tiempo de ponerse pie y agruparse, reagruparse, organizarse, para buscar las soluciones profundas, a largo plazo, que no se agoten en el “cosismo” ni las urgencias, sino en la construcción de una nueva forma de vivir en Chile.

No voto por Kast

Votar por Kast es estar dispuesto a reivindicar el oprobio de Pinochet al país, las desapariciones forzadas, los asesinatos, las prisiones arbitrarias, la persecución por las ideas, las limitaciones a la libertad de expresión en cualquiera de sus formas.

 
 
 
 
 
 

¿Por quién votar?

Kast representa con seriedad, con solidez, sin asomo de duda ni vacilación, la adhesión a lo que fue la dictadura derechista encabezada por Augusto Pinochet.

Él, como Kaiser, son la mejor expresión del pinochetismo, aunque hay que dejar claro que Kaiser es aún más directo y descarado.

Los que respaldaron o callaron en dictadura

Otra persona me hizo ver que yo había votado por Mayne-Nicholls quien confesó, tal cual, después de ser duramente interpelado, haber votado a favor de Pinochet en 1988.

Un 43% de los chilenos voto por el SI a Pinochet en esa ocasión, lo que no necesariamente los hace partidarios, especialmente si no son políticos. La mayoría no eran políticos, como el caso del propio Mayne-Nicholls y no cabe ninguna duda que el tenor de su discurso dista mucho de las posturas de quienes apoyaron o justificaron – algunos incluso colaboraron activamente – las atrocidades cometidas durante la dictadura en abierta violación de los derechos de las personas. Otros tantos se arrepintieron de su relación con el régimen y, unos pocos, incluso han pedido perdón.

 

Sin ir más lejos, la colaboración que algunos demócrata cristianos prestaron a las acciones conspirativas o manifestaron vacilaciones durante los dos primeros años del golpe, relativizando las acciones de violencia contra la población, fue perdonada por el pueblo y hasta por la izquierda más radical, llegando quien presidió la directiva del PDC en sus titubeos frente al tirano nada menos que a la presidencia de la República.

Los arrepentidos

Porque, en definitiva, quien se arrepiente puede ser perdonado.

Voté por Aylwin, ciertamente, no con agrado ni convencido de sus méritos, sino con la seguridad de que entre las opciones disponibles más valía un demócrata arrepentido de sus errores, que un continuador de la tiranía impuesta al país por la fuerza de las armas.

 

No podemos olvidar que en materia de arrepentimientos y actos de desagravio hemos tenido ejemplos notables, siendo uno de los más claros el simple hecho de que el vocero de la dictadura desde sus primeras horas fuera el que resultó ser el encargado de prensa del primer gobierno de la concertación.

O que los más feroces críticos del modelo económico implantado por De Castro y sus sucesores, se convirtieran desde sus cargos de gobierno en entusiastas partidarios del neoliberalismo imperante y que ninguno de los gobiernos desde 1990 hasta hoy haya hecho nada serio por terminar con el sistema previsional que ha lesionado a la mayoría de los chilenos, del cual están liberados solo los funcionarios públicos que tienen el uso exclusivo de las armas en forma legal, despreciando las propuestas de personas tan diferentes como Ximena Rincón y Ricardo Hormazábal, cuyas propuestas han sido de enorme seriedad.

Decido el voto

Pensando en eso y en el contenido de su programa, en su actitud y en su capacidad de enfrentar la corrupción en los lugares en que ha ocupado posiciones con grave daño para sí mismo, voté por Harold Mayne-Nicholls, a quien no conozco personalmente.

Pero no puedo votar por quien relativiza los derechos humanos, como lo ha hecho Kast en su trayectoria política y en su discurso permanente.

Votar por Kast es estar dispuesto a reivindicar el oprobio de Pinochet al país, las desapariciones forzadas, los asesinatos, las prisiones arbitrarias, la persecución por las ideas, las limitaciones a la libertad de expresión en cualquiera de sus formas.

Votar por Kast es aplicar un esquema moral, económico, social y político, que redujo a Chile en sus 17 años de dominación al más bajo crecimiento económico promedio, a la desafección ética; al predominio de la violencia contra quienes pensábamos diferente; al sometimiento y la instrumentalización del “poder judicial” para justificar todas sus acciones; a la generalización de formas de corrupción no sólo entre los funcionarios sino incluso en las Fuerzas Armadas y la policía uniformada; a la sumisión por terror de la Contraloría General, llegando a la abyección de nombrar como contralor a quien fue y luego volvió a ser su ministro del Interior.

Kast, apoyado por Kaiser y muchos de sus ex correligionarios de la UDI, visita a los condenados por violaciones a los derechos humanos no por el mandato cristiano de ir a ver a los presos y a los enfermos, sino porque empatiza con las razones y métodos de su actuar.

Krassnoff es sólo un símbolo. Kast mismo lo ha dicho: “no voy a ver a determinada persona, sino a todos”. ¿Estaba incluido en ese todos Manuel Contreras Sepúlveda, quien nunca se arrepintió de lo que hizo y dijo que si tuviera la oportunidad lo repetiría, pero “haciéndolo mejor”?

Kast miente en campaña

Kast basa su campaña en la frase de que el gobierno de Boric es un gobierno fracasado. Puede ser que haya fracasado en muchas cosas. Yo no he sido partidario del actual Presidente de la República y votaré por Jara sólo para atenuar las posibilidades del triunfo de Kast.

Pero no puedo permanecer en silencio cuando el candidato del Partido Republicano falta gravemente a la verdad para imputar a su contendora y al gobierno del cual ella formó parte el origen de todos los males.

Que este gobierno hizo que se desatara la delincuencia en Chile, como dice Kast, es falso. Ya Piñera en su primera campaña hablaba que los delincuentes tenían sus días contados y los resultados de sus planes están a la vista. Han pasado 15 años y las cosas están peor que entonces.

¿Culpa de Piñera, de Bachelet, de Boric, de los diputados y senadores? Sí y no, pero hay otros responsables y la culpa de los gobiernos ha sido no meter allí sus manos con fuerza, permitiendo que los mismos de siempre sigan dirigiendo las instituciones policiales. En fin, tema para otra columna de opinión, aunque sería mejor un ensayo.

Que la mala condición de la educación es responsabilidad de este gobierno es también una mentira. Juan Antonio Guzmán Molinari, último ministro de educación de Pinochet, declaró al terminar el periodo que ellos –los gobernantes por 17 años– habían cumplido sus metas de cobertura educacional en el país, pero quedaba pendiente la tarea de la calidad de la educación en lo que no habían avanzado. ¿Culpa de Boric?

Que el país está quebrado, que la pobreza y los déficits de vivienda se deben a las políticas de este gobierno. Falso. Las estadísticas reflejan que la bolsa de comercio alcanza niveles nunca logrados; que las utilidades de las empresas sobrepasan sus máximos históricos y siguen subiendo; que el crecimiento económico, que ha sido bajo, va subiendo en un marco de inflación controlada. Sobre el déficit de vivienda, es un tema histórico que no se ha podido solucionar.

Kast acusa a Jara de proteger a un abusador –Monsalve– tema en el cual ella no tuvo nada que ver ni para bien ni para mal. Pero no sólo eso, calla Kast que cuando un caso de abuso se presentó en su ministerio, ella no dudó un segundo es despedir a ese funcionario. En mi opinión ella se apresuró, pero no hay dato alguno que permita sostener que ella protege abusos de ninguna especie. El único abuso que habría protegido es el de las AFP, al encabezar una reforma que les regala un beneficio que las hace un 60% más ricas.

Kast ataca al gobierno por los casos de corrupción. Es verdad que hay mucha corrupción en el país, pero varios de los que lo apoyan a él están en situaciones en extremo delicadas desde el punto de vista procesal, con tantas acusaciones probadas como las de partidarios del gobierno.

Ningún candidato ha señalado las medidas que tomará para poner fin a esas situaciones y a muchas otras que, por su monto inferior o porque se refieren a instituciones con fueros especiales, no llegan a ser parte de las denuncias públicas y la acción de los tribunales.

Kast ha demostrado ignorancia –para ser benevolente no decir que huye de responder– cuando se le pregunta si acaso estaría dispuesto a indultar a los condenados de Punta Peuco y responde que le gusta la ley que promueven algunos senadores para que las condenas de ciertas personas en condiciones de deterioro se cumplan en su casa. Una cosa no tiene que ver con la otra.

La derecha

El tema no es que sea “derechista”, sino que a diferencia de Sebastián Piñera Echenique, él ha sido y es partidario del pinochetismo. Piñera fue opositor a la dictadura por las violaciones de los derechos humanos, como otros destacados derechistas (Jaramillo, Zepeda, Subercaseaux, Correa Letelier).

 

Kast fue opositor al gobierno de Piñera y se retiró de la UDI, pues la percibió como más cercana al centro, que fue la crítica que le formulo a Matthei en la campaña.

Él es más derechista: de aquellos que se sentirían cercanos a Jaime Guzmán y al sacerdote Osvaldo Lira, los que fueron partidarios del franquismo y dieron sustento ideológico a la dictadura. No olvidemos que el texto constitucional lo inspiró Guzmán, incluyendo el artículo 8º que permitía sancionar a las personas por sus ideas y el 24º transitorio que le daba poder represivo a la dictadura.

Lo que viene

Kast elude respuestas, los contenidos de su programa se diluyen en diagnósticos y en pautas de deseos, sin señalar medidas concretas (en las que Jara sobreabunda), pero prometiendo arreglarlo todo.

Tanto Jara como Kast tienen razón en cuanto a que hay que hacer modificaciones en la administración del Estado. Dificulto que alguno de ellos tenga posibilidad de hacer estas modificaciones si acaso lo que viviremos será nuevamente un amplio campo de improvisaciones.

Las mentiras reiteradas, la propaganda desatada, los errores del gobierno y sus aliados, están permitiendo que el pinochetismo vuelva por sus fueros, bajo el amparo de ese lema que Kast invoca y que está, lamentablemente todavía, en el escudo oficial de Chile: “por la razón o la fuerza”. Es decir, sino tengo la razón, aplico la fuerza, pero haré igual lo que quiero.

Chile merece mucho más que eso. Es necesario construir la paz, la armonía social, el desarrollo integral de las personas.

Y para eso, Kast no sirve.

La decisión electoral

En esta hora no podemos quedarnos impávidos viendo los riesgos para nuestra democracia. Votar por Jara es al menos una medida para asegurar que no habrá mayores retrocesos. Votar por Kast es retroceder.

En la primera vuelta, desde el momento en que no había un candidato que coincidiera con mis ideas –mi partido decidió no llevar candidato y apoyar a la candidata de otros incondicionalmente– voté por Harold Mayne-Nicholls, quien más se acercaba a mis planteamientos.

Otros anularon su voto. El problema es que el voto nulo no tiene efectos en sí (ni siquiera se informan) y lo que hace es de cierta manera ayudar al que tiene más votos.

Prefiero elegir, aunque me cueste mucho.

¿Por qué me cuesta escoger en esta contienda?

Porque se ha producido la tensión que quería evitar con mi búsqueda de un candidato DC: NO a los extremos de un abanico gastado, decimonónico, inmediatista, que olvida los temas trascendentes y se centra en las soluciones concretas para temas que parecen urgentes. No es que no haya que ocuparse de eso, sino que las soluciones no deben ser sólo para hoy, sino mirando en perspectiva, con una idea de lo que se pretende construir.

Chile necesita una propuesta de sociedad, un cambio de paradigma que nos permita crear una sociedad más justa, solidaria, participativa, libre y que permita el bienestar de todos los habitantes del país.

Las alianzas

A mí no me gustó la CODE de 1973 (alianza con la derecha) y no quise ser candidato de ese pacto, pero entendí su necesidad para evitar que una mañosa interpretación legal llevara a un sector a tener el predominio total del Congreso. Otro día revisaré más esa historia. Acepté que había que ceder cupos a partidos, como el comunista, que eran arbitraria e injustamente perjudicados por el sistema binominal que impuso la dictadura. Así lo hizo la DC y permitió la elección de diputados de otros grupos.

“Las alianzas electorales en democracia no son de nivel doctrinario”, nos recuerda Ricardo Hormazábal. En dictadura también es lícito hacer alianzas específicas para luchar por la democracia, siempre que no se acepten “todas las formas de lucha”. La tesis de la movilización social propuesta por la Democracia Cristiana en 1982, que no se agotaba en la “agitación callejera” apuntaba a avanzar hacia aquella sociedad más arriba caracterizada.

Las opciones

La coalición que encabeza Jara, tiene a un PC que no ha superado su porcentaje habitual, que tiene conflictos internos y es minoría en los planteamientos programáticos y lo será en el Congreso.

De ganar Jara, deberá ajustar su conducta a los límites que le impone el programa de más de 300 medidas concretas, que incluye la vigencia del sistema imperante en Chile, sin considerar cambios estructurales. No es el programa que llevó a las primarias y con el que ganó; si quiere ejecutar aquél, deberá quedarse sola con sus parlamentarios partidarios.

Por lo tanto, confío en que ella se atendrá a los términos a los que se ha comprometido de palabra y por escrito. La presencia de grupos políticos de un tono distinto, como la propia DC, ayudará a eso.

Kast, por otro lado, representa no sólo la mirada conservadora –que siempre es importante en la sociedad– sino sobre todo la añoranza de la dictadura de Pinochet y el riesgo de mantener los diques de contención al cambio profundo que la sociedad necesita.

Cuando dice que quiere “el cambio”, lo que propone es retroceder a ciertos parámetros de conducta política que apuntan en la línea de garantizar libertad económica a costa de la libertad política y de pensamiento.

Es evidente que en los 4 años de gobierno –en el caso de ganar– no podrá hacer todo lo que su discurso proclama ni tendrá facilidades para tomar medidas que requieren de respaldo legal. Pero podrá producir daños a la vida democrática impulsando los valores que hoy rigen el sistema neoliberal.

El avance de una nueva conciencia

El mundo está avanzando en una nueva perspectiva de civilización, las ideas despiertan en distintos lugares, junto a la decepción de millones de personas que han debido soportar los fracasos durante tanto tiempo, siendo siempre los mismos los más perjudicados.

En Chile, los decepcionados no votaron por ninguno de los que pasó a segunda vuelta, que suman menos de la mitad del electorado total y de los que sufragaron.

Esos millones deben ser rescatados, para encantar a la vez, a los que siguen a los extremos. Las ideas están, propuestas existen, pero es necesario generar organización en torno a ellas y traducirlas en medidas que puedan ser entendidas por todos.

Frente a eso, hay una resistencia de los grupos dominantes, que no quieren perder sus posiciones. La candidatura de Kast, como la de Kaiser y la de Artés, son parte de la ola de reacción desesperada de aquellos sectores nostálgicos de un predominio sin contrapeso que, en algunos países desde la ultraderecha y en otros desde una izquierda no democrática, impulsan a sus pueblos a las dictaduras.

Lo que vemos en Venezuela (donde el Partido Comunista venezolano se opone a la dictadura de Maduro); en Nicaragua, en El Salvador, en Ecuador, en Estados Unidos de Norteamérica, por sólo mencionar parte de lo que sucede, son claros ejemplos de lo que digo.

El cambio y la decisión

El verdadero cambio vendrá lentamente, demorará más de lo que creyó Eduardo Frei Montalva (que propuso su Revolución en Libertad), por los sucesos de los 20 años siguientes. Pero, debemos aprovechar el tiempo inmediato, para despertar a la sociedad civil, fortalecer a las organizaciones sociales y proponer medidas que apunten hacia un cambio profundo de las estructuras.

Mientras, hay que resolver: Votar por Jara es al menos una medida de asegurar que no habrá mayores retrocesos. Votar por Kast es retroceder.

 

Votar por Kast está en las antípodas del pensamiento democrático, pues a lo que apunta no es a un gobierno en que los ciudadanos seamos protagonistas, sino que todo estará en manos de un líder que se cree capaz de todas las respuestas sin necesidad de decir exactamente qué piensa hacer y cómo piensa lograr lo que insinúa como logros posibles de alcanzar.

Lo que quiere es asegurar el poder para un sector dominante históricamente e impedir el avance de la democratización. He leído su programa: diagnóstico y consignas, pero no hay propuestas ni medidas concretas, aunque su postura es “gobierno de emergencia”.

Jara no representa el riesgo de una dictadura comunista. Pero la derecha que encabeza Kast es el riesgo de la pérdida paulatina de la democracia.

Retomo la carta que Hormazábal ha enviado a sus amigos y camaradas: “No me quedaré en el balcón de espectador, mientras la derecha antidemocrática se toma el gobierno.”

No me quedaré sentado esperando que pase lo que sea, no asumiré esa indolente “independencia crítica y activa” con la que Aylwin se lavaba las manos en 1973. Llevados a instancias como ésta, hay que decidir. Y yo decido votar por Jara.

La esperanza

Puede ser el comienzo de una nueva fuerza que se encarne en el pueblo chileno, para tener respuestas para el hoy, conociendo la historia y sin olvidarla, pero sin perder de vista el futuro.

Eso no lo hace un líder, lo hacen las organizaciones de la sociedad.

Esta tarea será posible en la medida que, más allá de las alianzas electorales, nos pongamos de acuerdo para reconstruir un tejido social dañado por muchos años en los cuales se perdió la perspectiva de la importancia de la persona y de la vida en comunidad.

Votaré por Jara, por conciencia.

Mi esperanza seguirá puesta en un pueblo que, si bien hoy está cansado y decepcionado, habrá de despertar con fuerza si vislumbra los caminos para instalar entre nosotros otra forma de vivir.

El proceso inconcluso

La falta de interés popular en las actuales elecciones presidenciales y parlamentarias son la mejor manifestación del agotamiento de la opción que se impuso en la “disputa” interna: la de los ocupantes de La Moneda en 1990, seguida al pie de la letra durante muchos años, en el sentido de no hacer modificaciones significativas al modelo instalado desde la dictadura.

¿Transición?

El desatacado intelectual chileno Carlos Huneeus escribió un libro titulado “La Democracia semi Soberana”, título que resume la realidad de la llamada transición chilena. Este proceso político, que pareció empezar con bríos en 1990, ha quedado inconcluso.

Por eso hay analistas –Juan Pablo Cárdenas entre ellos– que prefiere hablar de “post dictadura” en lugar de “período democrático”. Y estoy de acuerdo, aunque prefiero la fórmula de Huneeus, ya que efectivamente las cosas han cambiado desde los tiempos de la dictadura en el sentido de que las autoridades son elegidas por votación, las leyes se aprueban en el Congreso, las autoridades tienden a ajustarse a las normas constitucionales (cuando las conocen o hay algún abogado que se los sople al oído), las brutalidad policial ha amainado, no hay violaciones sistemáticas de los derechos humanos y han existido avances en materias sociales.

Ya en 1986, en un artículo que me publicó revista ANÁLISIS, yo anticipaba que el pacto –en ese momento en construcción– que llevaba a los políticos chilenos a aceptar el camino diseñado por la dictadura en su Constitución, iba a conducir a mediano plazo a una revuelta social que alteraría profundamente las relaciones políticas.

Lo definía como un estado de ánimo parecido a la rendición, concediendo al plebiscito de 1988 y a las eventuales elecciones de 1989 el poder de cambiarlo todo. No se daban cuenta (¿o se daban cuenta?) que eso, respaldado por el gobierno de Estados Unidos, apuntaba a consolidar un modelo económico, social y político que se perpetuara en el tiempo, como efectivamente ha sido.

Dos miradas para Chile

No fuimos pocos quienes alzamos la voz, especialmente al interior de la Democracia Cristiana y algunos otros partidos más tímidamente, pidiendo actitudes más drásticas que apuntaran al cambio de régimen político y a la sustitución, paulatina por cierto, del modelo económico.

Se nos acusó de “autoflagelantes” y hubo voces que respondieron sosteniendo que los otros serían “autocomplacientes”. Ni lo uno ni lo otro, sino simplemente dos miradas. Algunos se bastaban con que hubiese elecciones libres y otros queríamos una democracia sólida, sustentada en la participación, con un cambio que nos alejara del modelo impuesto por la derecha desde la dictadura.

Las actuales elecciones presidenciales son la más clara y evidente manifestación del agotamiento de la opción que se impuso en la “disputa” interna: la de los ocupantes de La Moneda en 1990, seguida al pie de la letra durante muchos años, en el sentido de no hacer modificaciones significativas al modelo instalado desde la dictadura.

El proceso de transición hacia un nuevo sistema político, social y económico quedó inconcluso. La transición se detuvo e incluso hemos tenido retrocesos (como el voto voluntario, por ejemplo y la permanencia de resabios de binominalismo) que han llevado al desencanto mayoritario con la tarea política.

Desapego democrático

No se trata de añorar las grandes gestas presidenciales que hubo hasta 1970, pero el bajo entusiasmo que despiertan las actuales elecciones de congresistas y presidente de la República evidencia el desapego hacia la política y la democracia.

Al parecer, según revelan ciertas encuestas, hay ya demasiada gente que considera que no necesariamente la democracia es el mejor sistema político, sobre todo entendiendo lo actual como tal.

Se ha perdido la confianza en que quienes se han autodenominado como una “clase política” sean capaces de representar verdaderamente un cambio en la forma de vivir de los habitantes del Chile de hoy.

Programas pobres, consignas superficiales, ideas repetidas como letanías de religiones sin adeptos, son la tónica de una contienda presidencial que se mueve entre dos extremos, posiciones polares que buscan el poder por el poder más que un camino de realización democrática. Y reina el desencanto en los que han sostenido posiciones proclives a la profundización democrática y a un cambio más radical, profundo, sustancial y rápido, que pueda mejorar la situación de las mayorías y la calidad de las decisiones que se toma en aras del bien común.

Preguntas inevitables

Hay candidatos a parlamentarios cuyos méritos son solamente haber escalado en posiciones de camarillas internas en los partidos, algunos cuyos actuales escaños los ocupan por designación y no por elección popular. Los diputados y senadores han pasado a ser sólo la expresión de poder de grupos internos de partidos que han olvidado sus proyectos y se acomodan a pactos sin sabor a nada.

¿Cómo entiende la ciudadanía que, por ejemplo, la candidata oficialista lleve el apoyo de quienes han sido oposición al actual gobierno y que otros que han sido parte de su sustento (integrando incluso el gabinete) hoy vayan en listas separadas?

¿Cómo percibe la ciudadanía que haya candidatos que han cambiado de partido solamente porque aquel en el que militaron por años no los quiso llevar a senadores y los proponían para prolongar su ya extendida diputación?
¿Cómo se puede entender que en una lista que apoya a la candidata Jara esté postulando a senador un acérrimo anticomunista, que salió de la Democracia Cristiana para instalarse en la derecha y al no ser aceptado en ese pacto, integra el del grupo que ha criticado duramente por tantos años?

Y así como esas preguntas, muchas otras surgen, algunas porque se olvidan de las disposiciones legales o los acuerdos, otras porque se toman decisiones sobre el carácter obligatorio del voto no pensando en lo mejor para el país sino en intereses electorales particulares.

¿Cómo votar?

Hay muchas cosas que cambiar, pero los dos modelos constitucionales que fueron propuestos a la ciudadanía experimentaron el mayoritario rechazo porque en lugar de contener disposiciones que de verdad fueran en beneficio de las mayorías, se convirtieron en expresiones de intereses de minorías sectoriales.

Esta elección no entusiasma más que a los candidatos y el pueblo chileno votará entre incumbentes que no le ofrecen sino disputas radicales y amenazas, sabiendo que las promesas no serán cumplidas y poniendo en riesgo la posibilidad de completar la transición postergada e inconclusa e incluso la continuidad del sistema democrático vigente.

Algunos piensan votar en blanco o nulo. El problema que ello reviste es que finalmente esos votos no se consideran para producir una presión sobre políticos que se solazan en la mirada al espejo, viendo una imagen deseada que no es la real.

Hemos llegado a un extremo.

El cambio en movimiento

Confío en que luego de esta elección comenzará un despertar de aquellos que verdaderamente creen en una democracia en la que el pueblo sea soberano, que existan partidos con ideas y propuestas.

¿Serán nuevos partidos?

¿Serán nuevos liderazgos?

¿Recuperarán los partidos que han demostrado tener ideas su capacidad de creer en ellas y compartirlas con la ciudadanía?

¿Tendremos propuestas de reformas serias que vayan en la línea de avanzar hacia una sociedad justa, democrática, participativa, libre, solidaria?

Todo esto pensando en que los esfuerzos de tantos en el siglo XX, cuando luchamos contra la dictadura, cuando propusimos caminos para Chile, hayan valido la pena en el devenir histórico y no tengamos que lamentar la repetición de ciclos negativos para el pueblo chileno.