[Crónica] Más allá de toda duda razonable

¿Cómo no escribir unas líneas sobre la revelación de nuevas acusaciones infundadas en temas relativos a abusos sexuales al interior de los hogares o por parte de sacerdotes? Tan grave como hechos de tal envergadura, cuando son ciertos, es que se busque financiar organizaciones a través de denuncias falsas sólo para obtener la notoriedad que exigen quienes aportan ese dinero.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 4.12.2025

Cuando falta menos de una semana para la elección presidencial entre Jara y Kast, siento el deseo de escribir, pero el tema político llena mi mente invadiendo los otros temas que me interesan.

Me pregunto:

¿Cómo no escribir sobre la Feria del Libro? Acabamos de vivir esa experiencia e indudablemente saltan muchas ideas que me gustaría compartir con los interesados, partiendo por los organizadores. Cambiar elementos del modelo, buscar otro tipo de convocatorias, ver el papel que podemos jugar los escritores, acercarse a otros públicos.

Una de las ideas la escuché de un visitante: ¿Es necesaria una gran feria o podrían ser muchas ferias pequeñas a nivel comunal? Pero, mi experiencia muestra que no siempre son eventos tan concurridos.

¿Cómo no hablar, en los inicios de diciembre, cuando se recuerda la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sobre los temas de las guerras que afectan al mundo y los hechos de violencia delictual que constatamos en todos los países del planeta?

Porque lo que sucede en Palestina, la asolada tierra en la que nacen el inspirador del cristianismo y su grupo de seguidores iniciales, sigue siendo terrible aun cuando se hable de «cese al fuego».

Y los hechos de la invadida Ucrania no nos pueden dejar indiferentes, sin olvidar lo que sucede en Sudán y en otras regiones, donde dictaduras y seudo democracias construyen sus modelos aplastando a la población civil y a los que disienten políticamente de las autoridades.

¿Cómo no hablar de la corrupción en Chile, que se expresa no sólo en los casos de personas cercanas a lo público, en algunos funcionarios y otros particulares, sino en una especie de desprecio general por las normas.

Un exoficial de Carabineros se lamentaba de eso hace unos días en carta a un matutino: las leyes que no se cumplen, citando a las del tránsito (velocidad en calles y carreteras, uso de veredas por ciclistas, ocupación indebida de estacionamientos para discapacitados), a las que limitan la contratación de extranjeros, lo relativo a los impuestos, las ventas ilegales en las calles.

¿Cómo no escribir unas líneas sobre la revelación de nuevas acusaciones infundadas en temas relativos a abusos sexuales al interior de los hogares o por parte de sacerdotes?

Tan grave como hechos de tal envergadura, cuando son ciertos, es que se busque financiar organizaciones a través de denuncias falsas sólo para obtener la notoriedad que exigen quienes aportan ese dinero. Los casos abundan.

 

El siguiente empeño

¿De qué escribir, entonces?

Reviso mis artículos de los últimos 50 años y me doy cuenta que muchos temas que entonces denunciábamos siguen de cierto modo vigentes.

Es verdad que hoy no hay una violación masiva y sistemática de los derechos humanos por parte de agentes del Estado. Pero ese poder omnímodo que algunos sienten porque la ley los autoriza a usar armas y vestir uniforme sigue siendo notorio y el abuso de ese poder los lleva a gozar de ventajas que no tienen otros ciudadanos.

Y a eso podemos añadir que persistentemente vemos que policías o personal de Fuerzas Armadas, son sorprendidos en la comisión de delitos comunes. Eso está cada vez peor y nadie hace lo suficiente para poner fin a estas situaciones.

En esos viejos escritos, yo ponía la confianza en que cuando construyéramos una democracia de verdad, podríamos dar solución a los más graves problemas básicos, tales como salud, educación, vivienda, previsión; terminar con la corrupción a gran escala; disminuir el delito y trabajar por la reeducación de los delincuentes; proteger la infancia y la juventud del flagelo de las drogas; avanzar en el desarrollo de la cultura; lograr que las personas fueran más felices y la sociedad viviera con menos tensiones.

Hoy, que la democracia es «semi democracia», sin participación verdadera, sin compromiso, en que las decisiones quedan para cúpulas poco oxigenadas, con personajes encerrados sobre sí mismos, no hemos podido superar las lacras que dejó la dictadura, salvo quizás en cuanto a que ahora la corrupción puede conocerse y los dramas sociales no quedan ocultos. Pero los problemas verdaderos siguen sin resolverse.

Entonces, me pregunto: ¿Da lo mismo quien gane esta elección? No, porque Jara por lo menos asegura que habrá, tal vez con poco crecimiento, una valorización de lo conseguido y se mantendrán espacios para seguir avanzando en la democracia. Kast es todo lo contrario: seguir en el actual estado de cosas, donde la medida de la felicidad está en «tener más», con enriquecimiento de los ricos y sometimiento de los demás.

La duda mía hoy no es por quién votar —lo haré por Jara— sino como avanzar hacia una sociedad distinta, en que aniden la justicia, la fraternidad, la solidaridad, una nueva racionalidad y las necesidades básicas estén satisfechas con la mirada puesta en el pleno desarrollo de las personas.

En eso es el siguiente empeño.

 

 

 

 

 

No voto por Kast

Votar por Kast es estar dispuesto a reivindicar el oprobio de Pinochet al país, las desapariciones forzadas, los asesinatos, las prisiones arbitrarias, la persecución por las ideas, las limitaciones a la libertad de expresión en cualquiera de sus formas.

 
 
 
 
 
 

¿Por quién votar?

Kast representa con seriedad, con solidez, sin asomo de duda ni vacilación, la adhesión a lo que fue la dictadura derechista encabezada por Augusto Pinochet.

Él, como Kaiser, son la mejor expresión del pinochetismo, aunque hay que dejar claro que Kaiser es aún más directo y descarado.

Los que respaldaron o callaron en dictadura

Otra persona me hizo ver que yo había votado por Mayne-Nicholls quien confesó, tal cual, después de ser duramente interpelado, haber votado a favor de Pinochet en 1988.

Un 43% de los chilenos voto por el SI a Pinochet en esa ocasión, lo que no necesariamente los hace partidarios, especialmente si no son políticos. La mayoría no eran políticos, como el caso del propio Mayne-Nicholls y no cabe ninguna duda que el tenor de su discurso dista mucho de las posturas de quienes apoyaron o justificaron – algunos incluso colaboraron activamente – las atrocidades cometidas durante la dictadura en abierta violación de los derechos de las personas. Otros tantos se arrepintieron de su relación con el régimen y, unos pocos, incluso han pedido perdón.

 

Sin ir más lejos, la colaboración que algunos demócrata cristianos prestaron a las acciones conspirativas o manifestaron vacilaciones durante los dos primeros años del golpe, relativizando las acciones de violencia contra la población, fue perdonada por el pueblo y hasta por la izquierda más radical, llegando quien presidió la directiva del PDC en sus titubeos frente al tirano nada menos que a la presidencia de la República.

Los arrepentidos

Porque, en definitiva, quien se arrepiente puede ser perdonado.

Voté por Aylwin, ciertamente, no con agrado ni convencido de sus méritos, sino con la seguridad de que entre las opciones disponibles más valía un demócrata arrepentido de sus errores, que un continuador de la tiranía impuesta al país por la fuerza de las armas.

 

No podemos olvidar que en materia de arrepentimientos y actos de desagravio hemos tenido ejemplos notables, siendo uno de los más claros el simple hecho de que el vocero de la dictadura desde sus primeras horas fuera el que resultó ser el encargado de prensa del primer gobierno de la concertación.

O que los más feroces críticos del modelo económico implantado por De Castro y sus sucesores, se convirtieran desde sus cargos de gobierno en entusiastas partidarios del neoliberalismo imperante y que ninguno de los gobiernos desde 1990 hasta hoy haya hecho nada serio por terminar con el sistema previsional que ha lesionado a la mayoría de los chilenos, del cual están liberados solo los funcionarios públicos que tienen el uso exclusivo de las armas en forma legal, despreciando las propuestas de personas tan diferentes como Ximena Rincón y Ricardo Hormazábal, cuyas propuestas han sido de enorme seriedad.

Decido el voto

Pensando en eso y en el contenido de su programa, en su actitud y en su capacidad de enfrentar la corrupción en los lugares en que ha ocupado posiciones con grave daño para sí mismo, voté por Harold Mayne-Nicholls, a quien no conozco personalmente.

Pero no puedo votar por quien relativiza los derechos humanos, como lo ha hecho Kast en su trayectoria política y en su discurso permanente.

Votar por Kast es estar dispuesto a reivindicar el oprobio de Pinochet al país, las desapariciones forzadas, los asesinatos, las prisiones arbitrarias, la persecución por las ideas, las limitaciones a la libertad de expresión en cualquiera de sus formas.

Votar por Kast es aplicar un esquema moral, económico, social y político, que redujo a Chile en sus 17 años de dominación al más bajo crecimiento económico promedio, a la desafección ética; al predominio de la violencia contra quienes pensábamos diferente; al sometimiento y la instrumentalización del “poder judicial” para justificar todas sus acciones; a la generalización de formas de corrupción no sólo entre los funcionarios sino incluso en las Fuerzas Armadas y la policía uniformada; a la sumisión por terror de la Contraloría General, llegando a la abyección de nombrar como contralor a quien fue y luego volvió a ser su ministro del Interior.

Kast, apoyado por Kaiser y muchos de sus ex correligionarios de la UDI, visita a los condenados por violaciones a los derechos humanos no por el mandato cristiano de ir a ver a los presos y a los enfermos, sino porque empatiza con las razones y métodos de su actuar.

Krassnoff es sólo un símbolo. Kast mismo lo ha dicho: “no voy a ver a determinada persona, sino a todos”. ¿Estaba incluido en ese todos Manuel Contreras Sepúlveda, quien nunca se arrepintió de lo que hizo y dijo que si tuviera la oportunidad lo repetiría, pero “haciéndolo mejor”?

Kast miente en campaña

Kast basa su campaña en la frase de que el gobierno de Boric es un gobierno fracasado. Puede ser que haya fracasado en muchas cosas. Yo no he sido partidario del actual Presidente de la República y votaré por Jara sólo para atenuar las posibilidades del triunfo de Kast.

Pero no puedo permanecer en silencio cuando el candidato del Partido Republicano falta gravemente a la verdad para imputar a su contendora y al gobierno del cual ella formó parte el origen de todos los males.

Que este gobierno hizo que se desatara la delincuencia en Chile, como dice Kast, es falso. Ya Piñera en su primera campaña hablaba que los delincuentes tenían sus días contados y los resultados de sus planes están a la vista. Han pasado 15 años y las cosas están peor que entonces.

¿Culpa de Piñera, de Bachelet, de Boric, de los diputados y senadores? Sí y no, pero hay otros responsables y la culpa de los gobiernos ha sido no meter allí sus manos con fuerza, permitiendo que los mismos de siempre sigan dirigiendo las instituciones policiales. En fin, tema para otra columna de opinión, aunque sería mejor un ensayo.

Que la mala condición de la educación es responsabilidad de este gobierno es también una mentira. Juan Antonio Guzmán Molinari, último ministro de educación de Pinochet, declaró al terminar el periodo que ellos –los gobernantes por 17 años– habían cumplido sus metas de cobertura educacional en el país, pero quedaba pendiente la tarea de la calidad de la educación en lo que no habían avanzado. ¿Culpa de Boric?

Que el país está quebrado, que la pobreza y los déficits de vivienda se deben a las políticas de este gobierno. Falso. Las estadísticas reflejan que la bolsa de comercio alcanza niveles nunca logrados; que las utilidades de las empresas sobrepasan sus máximos históricos y siguen subiendo; que el crecimiento económico, que ha sido bajo, va subiendo en un marco de inflación controlada. Sobre el déficit de vivienda, es un tema histórico que no se ha podido solucionar.

Kast acusa a Jara de proteger a un abusador –Monsalve– tema en el cual ella no tuvo nada que ver ni para bien ni para mal. Pero no sólo eso, calla Kast que cuando un caso de abuso se presentó en su ministerio, ella no dudó un segundo es despedir a ese funcionario. En mi opinión ella se apresuró, pero no hay dato alguno que permita sostener que ella protege abusos de ninguna especie. El único abuso que habría protegido es el de las AFP, al encabezar una reforma que les regala un beneficio que las hace un 60% más ricas.

Kast ataca al gobierno por los casos de corrupción. Es verdad que hay mucha corrupción en el país, pero varios de los que lo apoyan a él están en situaciones en extremo delicadas desde el punto de vista procesal, con tantas acusaciones probadas como las de partidarios del gobierno.

Ningún candidato ha señalado las medidas que tomará para poner fin a esas situaciones y a muchas otras que, por su monto inferior o porque se refieren a instituciones con fueros especiales, no llegan a ser parte de las denuncias públicas y la acción de los tribunales.

Kast ha demostrado ignorancia –para ser benevolente no decir que huye de responder– cuando se le pregunta si acaso estaría dispuesto a indultar a los condenados de Punta Peuco y responde que le gusta la ley que promueven algunos senadores para que las condenas de ciertas personas en condiciones de deterioro se cumplan en su casa. Una cosa no tiene que ver con la otra.

La derecha

El tema no es que sea “derechista”, sino que a diferencia de Sebastián Piñera Echenique, él ha sido y es partidario del pinochetismo. Piñera fue opositor a la dictadura por las violaciones de los derechos humanos, como otros destacados derechistas (Jaramillo, Zepeda, Subercaseaux, Correa Letelier).

 

Kast fue opositor al gobierno de Piñera y se retiró de la UDI, pues la percibió como más cercana al centro, que fue la crítica que le formulo a Matthei en la campaña.

Él es más derechista: de aquellos que se sentirían cercanos a Jaime Guzmán y al sacerdote Osvaldo Lira, los que fueron partidarios del franquismo y dieron sustento ideológico a la dictadura. No olvidemos que el texto constitucional lo inspiró Guzmán, incluyendo el artículo 8º que permitía sancionar a las personas por sus ideas y el 24º transitorio que le daba poder represivo a la dictadura.

Lo que viene

Kast elude respuestas, los contenidos de su programa se diluyen en diagnósticos y en pautas de deseos, sin señalar medidas concretas (en las que Jara sobreabunda), pero prometiendo arreglarlo todo.

Tanto Jara como Kast tienen razón en cuanto a que hay que hacer modificaciones en la administración del Estado. Dificulto que alguno de ellos tenga posibilidad de hacer estas modificaciones si acaso lo que viviremos será nuevamente un amplio campo de improvisaciones.

Las mentiras reiteradas, la propaganda desatada, los errores del gobierno y sus aliados, están permitiendo que el pinochetismo vuelva por sus fueros, bajo el amparo de ese lema que Kast invoca y que está, lamentablemente todavía, en el escudo oficial de Chile: “por la razón o la fuerza”. Es decir, sino tengo la razón, aplico la fuerza, pero haré igual lo que quiero.

Chile merece mucho más que eso. Es necesario construir la paz, la armonía social, el desarrollo integral de las personas.

Y para eso, Kast no sirve.

La decisión electoral

En esta hora no podemos quedarnos impávidos viendo los riesgos para nuestra democracia. Votar por Jara es al menos una medida para asegurar que no habrá mayores retrocesos. Votar por Kast es retroceder.

En la primera vuelta, desde el momento en que no había un candidato que coincidiera con mis ideas –mi partido decidió no llevar candidato y apoyar a la candidata de otros incondicionalmente– voté por Harold Mayne-Nicholls, quien más se acercaba a mis planteamientos.

Otros anularon su voto. El problema es que el voto nulo no tiene efectos en sí (ni siquiera se informan) y lo que hace es de cierta manera ayudar al que tiene más votos.

Prefiero elegir, aunque me cueste mucho.

¿Por qué me cuesta escoger en esta contienda?

Porque se ha producido la tensión que quería evitar con mi búsqueda de un candidato DC: NO a los extremos de un abanico gastado, decimonónico, inmediatista, que olvida los temas trascendentes y se centra en las soluciones concretas para temas que parecen urgentes. No es que no haya que ocuparse de eso, sino que las soluciones no deben ser sólo para hoy, sino mirando en perspectiva, con una idea de lo que se pretende construir.

Chile necesita una propuesta de sociedad, un cambio de paradigma que nos permita crear una sociedad más justa, solidaria, participativa, libre y que permita el bienestar de todos los habitantes del país.

Las alianzas

A mí no me gustó la CODE de 1973 (alianza con la derecha) y no quise ser candidato de ese pacto, pero entendí su necesidad para evitar que una mañosa interpretación legal llevara a un sector a tener el predominio total del Congreso. Otro día revisaré más esa historia. Acepté que había que ceder cupos a partidos, como el comunista, que eran arbitraria e injustamente perjudicados por el sistema binominal que impuso la dictadura. Así lo hizo la DC y permitió la elección de diputados de otros grupos.

“Las alianzas electorales en democracia no son de nivel doctrinario”, nos recuerda Ricardo Hormazábal. En dictadura también es lícito hacer alianzas específicas para luchar por la democracia, siempre que no se acepten “todas las formas de lucha”. La tesis de la movilización social propuesta por la Democracia Cristiana en 1982, que no se agotaba en la “agitación callejera” apuntaba a avanzar hacia aquella sociedad más arriba caracterizada.

Las opciones

La coalición que encabeza Jara, tiene a un PC que no ha superado su porcentaje habitual, que tiene conflictos internos y es minoría en los planteamientos programáticos y lo será en el Congreso.

De ganar Jara, deberá ajustar su conducta a los límites que le impone el programa de más de 300 medidas concretas, que incluye la vigencia del sistema imperante en Chile, sin considerar cambios estructurales. No es el programa que llevó a las primarias y con el que ganó; si quiere ejecutar aquél, deberá quedarse sola con sus parlamentarios partidarios.

Por lo tanto, confío en que ella se atendrá a los términos a los que se ha comprometido de palabra y por escrito. La presencia de grupos políticos de un tono distinto, como la propia DC, ayudará a eso.

Kast, por otro lado, representa no sólo la mirada conservadora –que siempre es importante en la sociedad– sino sobre todo la añoranza de la dictadura de Pinochet y el riesgo de mantener los diques de contención al cambio profundo que la sociedad necesita.

Cuando dice que quiere “el cambio”, lo que propone es retroceder a ciertos parámetros de conducta política que apuntan en la línea de garantizar libertad económica a costa de la libertad política y de pensamiento.

Es evidente que en los 4 años de gobierno –en el caso de ganar– no podrá hacer todo lo que su discurso proclama ni tendrá facilidades para tomar medidas que requieren de respaldo legal. Pero podrá producir daños a la vida democrática impulsando los valores que hoy rigen el sistema neoliberal.

El avance de una nueva conciencia

El mundo está avanzando en una nueva perspectiva de civilización, las ideas despiertan en distintos lugares, junto a la decepción de millones de personas que han debido soportar los fracasos durante tanto tiempo, siendo siempre los mismos los más perjudicados.

En Chile, los decepcionados no votaron por ninguno de los que pasó a segunda vuelta, que suman menos de la mitad del electorado total y de los que sufragaron.

Esos millones deben ser rescatados, para encantar a la vez, a los que siguen a los extremos. Las ideas están, propuestas existen, pero es necesario generar organización en torno a ellas y traducirlas en medidas que puedan ser entendidas por todos.

Frente a eso, hay una resistencia de los grupos dominantes, que no quieren perder sus posiciones. La candidatura de Kast, como la de Kaiser y la de Artés, son parte de la ola de reacción desesperada de aquellos sectores nostálgicos de un predominio sin contrapeso que, en algunos países desde la ultraderecha y en otros desde una izquierda no democrática, impulsan a sus pueblos a las dictaduras.

Lo que vemos en Venezuela (donde el Partido Comunista venezolano se opone a la dictadura de Maduro); en Nicaragua, en El Salvador, en Ecuador, en Estados Unidos de Norteamérica, por sólo mencionar parte de lo que sucede, son claros ejemplos de lo que digo.

El cambio y la decisión

El verdadero cambio vendrá lentamente, demorará más de lo que creyó Eduardo Frei Montalva (que propuso su Revolución en Libertad), por los sucesos de los 20 años siguientes. Pero, debemos aprovechar el tiempo inmediato, para despertar a la sociedad civil, fortalecer a las organizaciones sociales y proponer medidas que apunten hacia un cambio profundo de las estructuras.

Mientras, hay que resolver: Votar por Jara es al menos una medida de asegurar que no habrá mayores retrocesos. Votar por Kast es retroceder.

 

Votar por Kast está en las antípodas del pensamiento democrático, pues a lo que apunta no es a un gobierno en que los ciudadanos seamos protagonistas, sino que todo estará en manos de un líder que se cree capaz de todas las respuestas sin necesidad de decir exactamente qué piensa hacer y cómo piensa lograr lo que insinúa como logros posibles de alcanzar.

Lo que quiere es asegurar el poder para un sector dominante históricamente e impedir el avance de la democratización. He leído su programa: diagnóstico y consignas, pero no hay propuestas ni medidas concretas, aunque su postura es “gobierno de emergencia”.

Jara no representa el riesgo de una dictadura comunista. Pero la derecha que encabeza Kast es el riesgo de la pérdida paulatina de la democracia.

Retomo la carta que Hormazábal ha enviado a sus amigos y camaradas: “No me quedaré en el balcón de espectador, mientras la derecha antidemocrática se toma el gobierno.”

No me quedaré sentado esperando que pase lo que sea, no asumiré esa indolente “independencia crítica y activa” con la que Aylwin se lavaba las manos en 1973. Llevados a instancias como ésta, hay que decidir. Y yo decido votar por Jara.

La esperanza

Puede ser el comienzo de una nueva fuerza que se encarne en el pueblo chileno, para tener respuestas para el hoy, conociendo la historia y sin olvidarla, pero sin perder de vista el futuro.

Eso no lo hace un líder, lo hacen las organizaciones de la sociedad.

Esta tarea será posible en la medida que, más allá de las alianzas electorales, nos pongamos de acuerdo para reconstruir un tejido social dañado por muchos años en los cuales se perdió la perspectiva de la importancia de la persona y de la vida en comunidad.

Votaré por Jara, por conciencia.

Mi esperanza seguirá puesta en un pueblo que, si bien hoy está cansado y decepcionado, habrá de despertar con fuerza si vislumbra los caminos para instalar entre nosotros otra forma de vivir.

SEXTO TIEMPO: poesía de la diáspora

Se combinan el desapego, el desinterés de los poderosos, la estrechez del mercado y la escasez de los lectores de poesía, para impulsar a muchos poetas chilenos a diseminarse por el mundo. Esto fue pasando con insistencia desde los finales del siglo XIX y con más frecuencia en el siglo XX. Salvo contadísimas excepciones, los poetas chilenos salían por su propia cuenta y algunos de ellos, no pocos en todo caso, se fueron abriendo camino en espacios literarios de países de América y Europa. El exilio político al instalarse la dictadura acrecentó la diáspora y decenas de poetas se repartieron por el planeta.
Algunos regresaron, otros jamás. La obra de estos chilenos – se me vienen tantos nombres a la
memoria es de calidad y se inspiran en la tierra que los acoge tanto como en la de su origen.
Una tarde de septiembre de 1993, estando invitado por la comunidad de Illzach, un pequeño pueblo francés cerca de la frontera con Alemania, participé de una lectura poética con otros
cuatro poetas chilenos que vivían en Francia.
México ha sido una tierra de gran receptividad y tuve la suerte de conocer a muchos chilenos avecindados por esos lares, la mayoría de los cuales no ha regresado. Uno de ellos es Juan
Eduardo Esquivel, académico de vasta trayectoria que volvió a publicar al dejar sus tareas universitarias. Había publicado en Chile antes de su exilio, pero dejó de hacerlo para concentrarse
en lo académico, con la creencia errada de la incompatibilidad de las disciplinas. Pero, en fin, era joven. Viene a Chile cada vez que puede: años sabáticos; seminarios académicos; conferencias y… presentaciones de sus libros. Ahora ha venido a su país a presentar Sexto Tiempo, su más reciente poemario, editado en Chile por Marciano Editores. En Palacio Rioja de Viña del Mar y en la Sala Camilo Mori de la Feria Internacional del Libro de Santiago, fueron sus dos primeros encuentros para que lectores chilenos pudieran encontrarse con tan bella obra. No me cabe ninguna duda que este libro de Esquivel es la mejor de sus obras poéticas hasta ahora.
Desde que conozco su poesía la he admirado muchísimo y lo considero uno de los mejores poetas de este tiempo. Juan Eduardo Esquivel quedará registrado, con el transcurso de los años, como uno de los mejores de este siglo, aunque no sea hoy tan popular como otros. Pero así pasa con los poetas, muchos de los cuales consiguen fama y reconocimientos en Chile después de su muerte.
Éste libro de Esquivel es un libro de madurez. Su creación va en ascenso y se fusiona con la experiencia adquirida, con sus estudios de filosofía, con la certeza de que a cierta edad ya se ha
pasado la mitad de la vida y queda menos tiempo disponible, con la convicción de las muchas tareas cumplidas y la esperanza de llegar a término con las que restan. En sus obras descubrimos continuidad temática y lazos con el pasado. La experiencia del exilio (ha vivido en México más
tiempo que en Chile) lo lleva a buscar nexos permanentes con sus raíces ñuñoínas, con su paso por lo que hoy se llaman liceos emblemáticos, por la universidad (un ateo, agnóstico o por lo
menos poco creyente transitando en la pontificia universidad católica), y su militancia en la política.
Reconocido en la tierra de adopción, no ha renunciado a ser chileno y aun cuando muchos de sus giros lingüísticos y a veces las entonaciones mexicanas se le hayan contagiado, sigue gozando como un niño cuando vuelve a ver esta cordillera, este mar, estos campos y estos paisajes urbanos. Sobre todo, el paisaje humano, pues los rostros le resultan más cercanos.
Los primeros poemas del libro se encabezan con la palabra Arte, referido a distintas facetas de lo humano: existir, soñar, pensar, concebir, interpretar, preguntar (aparece con ese título en dos poemas), recordar. Y el arte de no morir, porque la muerte, lo misterioso, lo divino, dan vueltas por las líneas de este notable poemario. Pasado, presente y futuro están instalados en la memoria del poeta: “El pasado acompaña al imperdurable como un fantasma/ imperceptible y de naturaleza extraña” … para ter-
minar definiendo el recuerdo como un “arte mágico / que le vuelve a suceder al corazón”. El poeta dice, en el segundo arte de preguntar: “en todo caso fantasear con la muerte resulta inútil”. Y eso
es así, porque es de aquellos que creen que todos habremos de morir, acontecimiento del que no estoy del todo seguro como hecho futuro y cierto.
El poemario es provocador, despierta las ganas de leer y leer, de avanzar por esas páginas y buscar otros libros del autor. Provoca el deseo de escribir, de comentar, de reflexionar.
¿Es un libro filosófico? Sin duda. En estas páginas se combinan el profesor, el filósofo, el poeta, el homo ludens – según lo dice él mismo – y el creador con la palabra: “Pero cuando la voz se
atreve a ensayar el canto / halla los nombres del otro y de sí misma / para fundar en el decir de lo callado / el consistir de la existencia”.
Le inquieta el Nirvana: “Nada había llegado a inducirme / un estado de nirvana”. Y entonces aparece uno de los mejores versos de este magnífico libro: “¡Hasta que se hizo la poesía! / El silencio
de estar ausente en el cuerpo / aunque presente en la metáfora”.
Hay poemas reflexivos y poemas con humor, hay poemas largos y brevísimos, como aquel que titula” Vano Intento”: “El poeta
intenta ir al cielo de los poetas / pero escribe sobre los infiernos”.
Porque infiernos es lo que conoce el poeta: escribe sobre los dolores, sobre el desamor, sobre la muerte y el nacimiento inesperado, habla de las tragedias y los miedos, de los pesares. Y espe-
ra ser leído y escuchado, aunque en un momento de sinceridad
dramática el poeta Esquivel recuerda en su poema “La Tarea”: “Su tarea es escribir / escribir y reescribir / aunque sólo un amigo de la infancia / lea sus poemas”.
Por cierto, no es lo que le pasa a él, pero si a la mayoría de nosotros, los demás poetas.
Este libro de Juan Eduardo Esquivel es de aquellos que dan ganas de leer y releer. Es entretenido por la variedad de ideas, es profundo, pero también liviano. Se trata de una poesía inteligente y empática, en la que todos podemos gozar.
Todo revela que éste es un nuevo tiempo en su vida: el autor terminó la sexta etapa de su intensa existencia en el planeta. Ha iniciado la séptima etapa. Cuando la termine, tendremos un libro que se llame “Séptimo momento”.
Es un libro lleno de energía y entusiasmo, con el cual los jóvenes verán abrirse caminos en los que quizás no han pensado nunca y los que ya no somos muchachos podremos recuperar las ganas de experimentar el futuro en la vivencia de cada día, como si fuera el primero de otro instante y el último del anterior.

[Crónica] Los temas marginales

La educación (más bien la instrucción pública, que es lo que se intenta hacer) debe estar marcada por la inserción de los menores a la vida social sobre la base de valores, siendo el principal el respeto por sus semejantes y por el lugar geográfico en el cual habita.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 23.11.2025

Hace unos días leí a Alfredo Sfeir comentando sobre la campaña presidencial y, en términos más generales, sobre la política chilena. Lo que él plantea es que en los discursos y programas se pone énfasis en cuestiones en las que todos estamos de acuerdo que es necesario resolver: seguridad y bienestar económico.

No sorprende escuchar, con más palabras y pocos conceptos, la competencia desatada entre los dos finalistas de la contienda —orientada a captar a los electores que no votaron por ellos— afirmando que cada uno dará más seguridad o más crecimiento económico.

El problema de fondo es que se ha descuidado el fundamento y objetivo de todo ello: la persona humana que habita en los territorios y los territorios mismos. He aquí el meollo de las debilidades programáticas de todos los candidatos, pues se han olvidado que esos no pueden ser capítulos de un programa.

Me recuerda cuando, siendo decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Humanidades de la Universidad Andrés Bello, la junta directiva me preguntó la razón por la que no había en el plan de estudios un curso sobre los derechos humanos.

Les dije: «Si hay un curso, será una asignatura más que los alumnos tratarán de aprobar, un escollo en su carrera. Eso no sirve. Se equiparará al derecho Civil, Penal, Laboral o Tributario. Y eso no es así. En cada programa de asignatura intentamos que se trate con un enfoque de acuerdo con los derechos de las personas».

En resumen, cada rama del derecho debe contener la temática de los derechos humanos como sustento de todo el sistema de enseñanza.

La marcha más larga se inicia con el primer paso

Entonces, cuando se construyen los programas de las candidaturas, ese mismo tema, más la preocupación central por la persona humana como protagonista de la sociedad y la sustentabilidad del medio ambiente, deben estar presentes en el conjunto de las decisiones que toman los gobernantes, los legisladores y todo el aparato del Estado. El marco de trabajo de un país debe estar centrado en esta perspectiva: personas, territorio, medio ambiente.

La salud de las personas, entonces, no es un tema que pueda interesar principalmente a los «profesionales de la salud». Ellos deben atender personas. Siendo así, un médico a la cabeza de un Ministerio cumplirá sus deberes de sanador específico, pero su mirada estará marcada por la especialidad.

Sebastián Piñera nombró como su primer ministro de salud a un anestesista. No es necesario explicar más. Y ése ministro debe ser capaz de trabajar con los técnicos para que las medidas sean viables y eficaces, pero desde una orientación centrada en lo humano.

La educación (más bien instrucción pública, que es lo que se intenta hacer) debe estar marcada por la inserción de los menores a la vida social sobre la base de valores, siendo el principal el respeto por sus semejantes y por el lugar en que habita. Eso es formación cívica, que debe estar presente en cada asignatura y no en una específica para enseñar la Constitución.

Cuando hablamos de cultura, del desarrollo del arte, del deporte, no pueden ser compartimientos estancos, sino que deben estar integrados en forma eficiente y eficaz para lograr una formación completa y sólida de todos los miembros de la sociedad.

Lo que falta es mirada de conjunto.

Entonces, cuando vemos el presupuesto, la discusión se centra en si poner más dinero en los consultorios o en la cultura, en los policías o en los derechos humanos, en agregar o eliminar impuestos sin que importe para qué se usan.

Sin ir más lejos, toda la riqueza de Chile, que va desde sus creadores, sus profesionales, sus trabajadores de todos los ámbitos, sus bosques, sus ríos, sus tierras agrícolas, sus recursos mineros, debe ser cuidada con una visión integral y a partir de eso definir las pautas del crecimiento, el desarrollo, el bienestar.

Todas las personas, las que administran el Estado y las que están en el mundo privado, deben trabajar en esa consonancia. Hoy vemos que la ley puede ser violada por una persona hasta que la sorprendan y muchas veces es más barato pagar la multa que invertir correctamente.

Si seguimos así, en corto tiempo diremos, como parodia Sfeir: «Sorry, sorry», y la humanidad irá camino hacia su propia destrucción.

¿Podemos los chilenos cambiar el mundo?

Ya que está de moda China, digamos con su tradición: «La marcha más larga se inicia con el primer paso».

Si damos los primeros pasos, algo grande puede pasar para los siglos venideros.