No son errores, es el diseño

Bajando en las encuestas y con un deterioro de su capital político, quienes llegaron a encabezar el Estado y el gobierno portando sus críticas como banderas y plenos de ideas generales, con sus actos han dejado en evidencia que muchos de ellos llegaron a aprender, a improvisar, sin saber que manejar los asuntos desde adentro es mucho más difícil que hacerlo con la mera prensa y la propaganda desaforada.

Menos de dos meses

El gobierno de José Antonio Kast, a menos de dos meses de haber asumido experimenta disensos, descoordinaciones y fisuras que en otros gobiernos se han presentado más tarde. La prensa, a veces de modo jocoso, agrega los llamados “errores no forzados”, que han sido declaraciones muy desafortunadas de personeros del nuevo Gobierno.

Alguien sostuvo, como explicación y para llamar a la calma y la paciencia, que si bien es cierto que debían afinarse los procesos, también es preciso que se tenga paciencia porque los nuevos funcionarios, desde ministros para abajo, deben tener un tiempo de “aprendizaje”.

Durante la campaña presidencial, José Antonio Kast sostuvo que ellos no llegarían al gobierno a improvisar, sino con todo previsto, debidamente estudiado, con los proyectos preparados y un plan que cambiaría la cara del país en los primeros 90 días.

En el mismo período de campaña electoral, se insistió en la idea del gobierno fracasado para referirse a Boric y se criticó con dureza a los “gobiernos anteriores”. Del gobierno saliente se agregó que era un gobierno ineficiente pues quienes estaban gobernando no tenían ninguna experiencia que los avalara para dirigir el país.

La verdad es que después de la campaña presidencial y estos discursos, sobre todo con la expectativa de los 90 días, se podría haber esperado algo mejor que lo que estamos viviendo.

Del discurso fácil a la ejecución real

Quienes llegaron a encabezar el Estado y el gobierno, portando sus críticas como banderas y plenos de ideas generales que los inspiran en todos los temas, con propuestas de lo que debería ejecutarse en cada una de las áreas del quehacer nacional, han dejado en evidencia que muchos de ellos llegaron a aprender, a improvisar, sin saber que manejar los asuntos desde adentro es mucho más difícil que hacerlo con la mera prensa y la propaganda desaforada.

Los otros, los que están en los cargos claves del poder y constituyen el núcleo duro de los partidarios del Presidente, tienen un plan que no se ha revelado por completo, pero se va dejando sentir. Teniendo como eje a Kast y su segundo piso, acompañado del ministro del Interior y del ministro de Hacienda, se sigue un riguroso proyecto que nos acerca al pinochetismo.

Tratan de ser sutiles, pero los traiciona su propia voluntad, el deseo de no tener cortapisas, en lo que el ministro García está siendo muy útil pues dialoga con todo el mundo, aunque se enojen los diputados de la UDI. La estrategia es sencilla: entretener a los diputados y senadores, lanzar sondas para ver la receptividad general de las medidas y aplicar a “raja tabla” las políticas diseñadas para establecer el control total.

Una mirada desde el fanatismo

El diputado Agustín Romero, que no tiene empacho en expresarse de la manera más directa y de paso vulgar, a propósito del nombramiento de Jeanette Vega en un cargo de subdirección de un hospital, sostuvo que en las elecciones el país votó para que “los zurdos” se fueran y no terminaran trabajando en cargos del Estado. Propone que no quede nadie de los que él califica de esa manera, en cargos públicos, aunque ellos sean de competencia profesional o técnica.

Es decir, se trata de arrasar sin respeto alguno por quienes tienen ideas distintas en materia política. El diputado, sosteniendo que lo hace con mucho respeto al referirse así a estas personas, expresa sin restricciones el pensamiento de quienes hoy gobiernan: todos deben irse y no volver más. Ellos repondrían el artículo octavo dela Constitución de 1980 donde las personas de pensamientos diferentes no podrían tener cargos en la administración pública.

¿Qué dirán los fanáticos como el diputado frente a las críticas de los personeros que apoyan al gobierno, pero discrepan de muchos aspectos?

¿Cómo calificarán las críticas de Squella, presidente de los Republicanos, al segundo piso de la Moneda?

¿Qué pensarán del hecho de que dos ministros de Bachelet hoy sean ministros de Kast?

No estaba todo preparado

Se prometió soluciones en los primeros 90 días de mandato, porque venían con todo preparado, según las palabras del propio líder. Ha quedado en evidencia – al haber transcurrido la mitad de ese período – que en verdad llegaron para aprender a conducirse en estas esferas y a desempeñarse como funcionarios del Estado.

No basta con haber trabajado algunas vez para el Estado, como la Ministra de Seguridad que era Fiscal Regional, sino que es necesario tener sentido político y conocer bien la realidad del área en que deberá actuar y resolver.

La desprolijidad se nota desde los nombramientos.

Llama la atención que hubo personas que no alcanzaron a asumir el cargo para el cual estaban nominadas. Un caso fue el de un ministro que celebró públicamente –sus amigos le dieron un almuerzo, ¡vaya con los almuerzos!– antes del anuncio y eso le significó que su cargo fuera para otro ministro que, haciendo honor a su apellido (Mas), tomó dos ministerios.

Se ha destacado que casi 20 secretarios regionales de diversos ministerios antes de cumplirse dos meses han renunciado a sus cargos. Hubo el caso de dos de ellos, que fueron nombrados para el mismo cargo y renunciaron ambos antes de 24 horas de haber asumido; en otro caso el nombrado nunca llegó a su oficina.

¿Qué pasó? ¿Improvisación, como se acusaba a Boric? Eso de escupir para el cielo es poco aconsejable, sobre todo en gente tan religiosa, pues Dios no es de fácil perdón con los soberbios.

Hay personeros de anteriores gobiernos derechistas (Bayer, Cruz-Coke y Mañalich por ejemplo) que miran con recelo y formulan agudas críticas a muchos aspectos de la viga maestra del proyecto Kast. No son opositores, incluso votaron por él. Pero no están contentos con lo que se dice, con lo que se propone, con lo que se hace y cómo se hace.

Los errores no forzados

La señora ministra de Seguridad, cargo al que el nuevo presidente señor Kast atribuyó la máxima importancia, partió con errores del tipo “no forzados” al decir “yo puedo”, cuando se le preguntó por qué había enviado determinado oficio. En los días siguientes se fue enredando con otras declaraciones, dando explicaciones y vacilando ante las cámaras de televisión para reclamar por el daño que se le hace como madre de familia al formularle críticas por los medios de comunicación.

Junto a eso, tal vez porque su propio exmarido y socio en una empresa (no declarada en su patrimonio) alguna vez defendió como abogado a personas por tráfico de drogas, eligió como su subsecretaria de Prevención del Delito a una abogada con más de un cliente en ese mismo ámbito delictual.

Esta subsecretaria fue la que dijo en uno de sus viajes al norte, cuando se le preguntó por lo que ella podría decirle a las personas para prevenir delitos en su contra, que ella no se metía en esas cosas (prevención del delito) y que cada uno tenía que ser capaz de organizar su propia defensa y protección. ¿Recomendaba autotutela? ¿Qué parte de lo que es su cargo no logró entender?

Lo concreto es que en materia de “seguridad”, salvo de informar ordenadamente las estadísticas semanales de delitos, no hay mayores novedades. ¿Poco tiempo de gobierno? Sí, claro, pero se prometió que en ese poco tiempo las cosas cambiarían.

Tiempo de callar

Hace ya casi 20 años Sergio Melnick y yo escribimos un libro llamado “¿Por qué no te callas?”, haciendo alusión a los decires de los políticos chilenos. Hoy ese libro podría tener ya varios tomos más y en este gobierno uno especial para los primeros 40 días.

La ministra Secretaria General de Gobierno, que entre sus funciones tiene la de ser vocera oficial del gobierno, nos sorprende semana a semana con declaraciones evasivas, equivocadas, confusas, claramente erróneas, todo lo que revela de su parte poca experiencia y pocas aptitudes para el cargo.

Esto último queda en total evidencia, no sólo cuando huye subiendo las escaleras de a dos escalones para evitar responder, sino cuando se aclara que algunas de sus afirmaciones fueron pauteadas en esos términos por el asesor de comunicaciones del Presidente. A lo que se agrega como notoria guinda (más parece sandía) de la torta la orden de Contraloría de hacer un sumario por las declaraciones suyas y de otros funcionarios en el sentido de que Chile sería un país en quiebra.

Ellos parecen suponer que sólo es cosa de hablar, lanzar acusaciones diarias contra el gobierno anterior, que sería culpable de todos los males de Chile y luego seguir tan campantes.

Hay un plan

Pero sucede que no todos son errores: hay un plan. Se trata de ir desacreditando el funcionamiento de las instituciones democráticas para fortalecer la idea de que, si hay satisfacciones económicas para el pueblo, se pueden conculcar los derechos sociales y quizás otros sin vacilar, porque lo que importa es la economía. Ése es el punto de encuentro valórico entre los marxistas y los liberales y neoliberales: la materia.

Es la misma lógica del pinochetismo, aquella de Quiroz expresa con claridad cuando dice: “La mejor política social, y ojalá algún día sea la única, es el pleno empleo”. En ningún país del mundo (tal vez en Andorra o Islandia) existe pleno empleo y sin embargo en muchas partes hay mayores niveles de protección de derechos y de justicia social, mejor distribución del ingreso y bienestar. Porque finalmente el problema no es la economía de largo plazo (Dijo Keynes: en el largo plazo estaremos todos muertos), sino una sociedad en la que se combine participación, satisfacción de necesidades básicas y espacio para el desarrollo integral de las personas.

Quiroz, el segundo piso y los políticos

El ministro de Hacienda ha debido lidiar con algo más que su pasado como organizador de colusiones: sus propios compañeros de gabinete le están poniendo problemas. Y cuando no son ellos, son los dirigentes de los partidos de gobierno, incluido el presidente del partido del Presidente de la República, su delfín.

Ya la ministra de Seguridad se confrontó con Hacienda y ahora lo hace el ministro de la Vivienda. En Salud y en Educación hay un toque más de obediencia a Quiroz, el hombre fuerte de Kast, pero las ministras se van dando cuenta que por mucho que ordenen no será posible alcanzar las metas de reducción presupuestaria sin afectar los programas y derechos sociales.

La disputa es directa, pública, lo que vuelve a dejar al desnudo la falta de claridad sobre lo que es la orientación de un gobierno, develando las verdaderas intenciones de esta administración que ha llegado simplemente para asegurar que otros no tengan el poder. No son errores, es el diseño de Guzmán y Pinochet que hoy Kast quiere reeditar.

Sacar a “los zurdos” y quedarse con el poder político. Porque los grupos gobernantes ya tienen todos los otros poderes en su mano. Incluso el militar.

Nuremberg, la película y la realidad

Pocas veces una película histórica cobra tanto realismo contemporáneo. Han pasado 80 años y los que dominan el escenario mundial no han cambiado sus prácticas de modo sustancial. En lo interno de sus países y en las relaciones con los demás. Salvo que ahora tratan de hacer las cosas de tal manera que no puedan ser sometidos a juicios posteriores, revistiendo sus conductas de salvar a la humanidad de otros criminales, de combatir a los terroristas, ubicando como terroristas a todos los enemigos políticos.

Una obra reveladora

Sobre la base del libro escrito por uno de los psiquiatras que Estados Unidos envió a Alemania para presionar y espiar a los altos dirigentes del gobierno germano, prisioneros después de la guerra, se hace una película que resulta ser muy reveladora.

Aunque un poco tediosa al comienzo, la película Nuremberg es una buena obra cinematográfica para mostrar aspectos importantes de un hecho histórico. Los textos están muy elaborados, plagados de frases llenas de mensajes (“hay que actuar a tiempo antes de que sea demasiado tarde”; “lo que vendrá será parecido a lo que hicieron los nazis, pero con gobernantes civiles”).

Las imágenes son decidoras, especialmente enfocadas en Göring, el segundo hombre del nazismo que se había rendido a los enemigos. Siempre tranquilo, bien peinado, con la presencia atildada dentro de lo posible, sin dejar su vestimenta habitual jamás, ni siquiera hasta el último momento, con una sonrisa en los peores momentos de los diálogos, es la imagen de quien se siente por sobre los demás, aunque los otros tengan el poder físico de causarle una condena e incluso la muerte (que es la condena prevista y que para eso se hizo el juicio).

La condena es política

Göring es condenado finalmente –según la película y estoy convencido de que así fue– no por haber cometido crímenes, sino por haber sido parte de un equipo político que respaldó a los que tomaron las decisiones de los crímenes horribles en los campos de concentración y manifestar su adhesión a ese jefe de todos los jefes que fue Hitler. Es, finalmente una condena política.

Eso me hace pensar en quienes respaldaron activamente la dictadura en Chile y sirvieron de respaldo político, cobertura jurídica, solvencia ideológica, apoyo técnico, financiamiento, a las violaciones sistemáticas de los derechos de las personas, los atentados a la libertad, los juicios falsos, los asesinatos a sangre fría en Chile y en el extranjero, el desaparecimiento de personas y los delitos económicos cometidos al amparo del poder total y que ya nadie discute.

Todos esos civiles o uniformados que dieron esos respaldos y sirvieron de voceros o justificadores de lo peor, incluso los jueces que amenazaban a los abogados que defendíamos a las víctimas de la persecución política o que, a sabiendas, sirvieron para ocultar esos delitos graves, tal vez debieron responder, en lugar de ser senadores o mantenerse en las esferas políticas de mayor poder.

Confieso que mi memoria hace brotar decenas de nombres, desde quienes organizaron la cacería de universitarios -estudiantes, académicos, funcionarios– hasta los equipos de la DINA y otros organismos que se nutrieron con el aporte de civiles, los que elaboraron los textos legales aberrantes que podrían justificar todo lo que se hizo.

No sobra nada

En la película no sobra nada. Incluso queda en claro que la función del psiquiatra no es ayudar al enfermo, al paciente, sino servir de interrogador subrepticio, haciéndose pasar por profesional serio y empático con el prisionero, simplemente para sacar la información que finamente permite llegar a las ya definidas condenas a muerte.

Todo deja en evidencia una trama cruel para que quede clara la voluntad de dominación que se habrá de cernir sobre el mundo a partir de esta puesta en escena llamada “Juicio de Nuremberg”.

Los personajes, más reales de lo que yo pensaba (incluso el psiquiatra), van dejando una huella que anticipa lo que hoy vemos en el mundo. Han pasado 80 años y los que dominan el escenario mundial no han cambiado sus prácticas de modo sustancial. En lo interno de sus países y en las relaciones con los demás. Salvo que ahora tratan de hacer las cosas de tal manera que no puedan ser sometidos a juicios posteriores, revistiendo sus conductas de salvar a la humanidad de otros criminales, de combatir a los terroristas, ubicando como terroristas a todos los enemigos políticos y hasta a sus abogados.

Recuerdo que en un fallo judicial, el tristemente célebre ministro de la Corte de Apelaciones Arnoldo Dreyse se lamentaba de no poder procesar (y condenar) a los abogados que defendían (entre los cuales estábamos Roberto Garretón y yo) a quienes él estaba condenando, pues para él todo era parte de una misma confabulación terrorista. Y les resulta. Porque para muchos que les creen y los siguen, estos líderes (ahora civiles) como Trump y Putin, son sus verdaderos héroes.

Un juicio vergonzoso

Basada en un libro que nunca tuvo éxito, la película nos cuenta detalles sobre la génesis y desarrollo de uno de los juicios más vergonzosos de la humanidad, situación que va quedando en claro en todos los pormenores. El juicio no se hace para establecer hechos, responsabilidades y sentencias justas: su objetivo es simplemente condenar a muerte a los jerarcas nazis.

El objetivo de Estados Unidos –el país que menos arriesgó en la guerra– fue de imponer sus términos para el tiempo siguiente. Lo hizo en dos formas: primero, con las bombas sobre Japón y, segundo, con este proceso a los jefes alemanes, obligando a los que luego asumieron el poder en Alemania a someterse a sus términos a partir de ese momento.

El Plan Marshall, por ejemplo, inverso a las humillaciones que se impuso a Alemania en el tratado después de la guerra del 14, pretendía impulsar la recuperación y el desarrollo del país, bajo los términos definidos por Estados Unidos, respaldado por la ocupación territorial del Ejército yanki. Una especie de humillación y sometimiento encubierto.

Este juicio no permitió defensas adecuadas y no distinguió responsabilidades. Es una operación de venganza, impuesta por un tribunal militar creado ad-hoc y con posterioridad a los hechos. Las conductas atroces cometidas por el nazismo estaban respaldadas en sus propias leyes y en ese entonces no había normas internacionales que velaran por los derechos humanos.

Se guían, tal como lo hace ahora Trump, por su propia moral: despreciando las normas penales mundiales vigentes desde hace tiempo, en busca de conseguir poder propio y sometimiento de los otros, quien castiga es un tribunal especial, sin tipificación de delitos, sin procedimientos legales.

Simplemente se trata de castigar a los que perdieron la guerra condenándolos a muerte, de tal modo que no hubiera tiempo después para versiones diferentes.

En la película queda en evidencia que, finalmente, el único argumento para condenar fue la existencia de campos de concentración y los horrores cometidos sobre más de 6.000.000 de personas, la mayor parte de las cuales murieron en condiciones horrorosas. ¿Suficiente?

Efectos del juicio

Pero, debo reconocer, que este juicio tuvo un mérito: Hizo reflexionar a mucha gente en el mundo sobre la necesidad de establecer organizaciones internacionales con poder; sirvió para dictar una declaración sobre los derechos humanos, condenar las torturas y advertir en contra de las dictaduras y las guerras.

Dentro de los efectos negativos, estuvo el hecho de hacer creer que los millones de muertos en campos de concentración eran todos judíos y que la guerra fue de una potencia occidental contra ellos, justificando, en su moral, el plan sionista de apoderarse de Palestina (plan que se había iniciado antes de la persecución del nazismo).

Occidente no se atrevió con ellos, no se atreve hasta hoy, y no sólo les regaló la mitad de un país para hacer su Estado, sino que además les permite en pleno siglo XXI, en un silencio vergonzoso, ocupar impunemente el resto de las tierras que le fueron asignadas a los árabes palestinos que vivían allí hace miles de años.

El cuadro mundial actual parece deplorable, cuando la ONU y demás organismos internacionales han perdido autoridad, el derecho internacional es una entelequia desconocida por los poderosos y las dictaduras y las guerras proliferan.

Nada cambia

Uno de los protagonistas de la película anticipa que las cosas seguirán igual en el mundo después de este juicio, advirtiendo que las “neo dictaduras” serán encabezadas por civiles imbuidos de ambiciones de poder desmesuradas, codicia, imposición por la fuerza de las armas en casos específicos y por las presiones económicas en la generalidad.

Y esas nuevas formas de dictadura, revestidas de democracias aparentes, ya las vemos manifestarse en la represión –a veces silenciosa– de los que discrepan.

Basta ver, por ejemplo, lo que sucede en la sociedad de Estados Unidos, donde se censura a escritores, se descalifica y amenaza a políticos opositores, se persigue a los inmigrantes latinos y árabes, se mantienen cárceles similares a Guantánamo en distintos lugares del mundo, no cesan el espionaje y las intervenciones indebidas en la política de otros países. El “Estilo Trump” confirma que es posible hacerlo todo mientras no sea derrotado como lo fueron los jerarcas del nazismo.

La película nos puede hacer reflexionar. Tal vez por eso el único horario razonable en que se ofrece es en una sala que vale el doble que las otras, para que así vaya poca gente a verla. Como sucede con muchas otras (Palestina 36, sin ir más lejos). La censura sutil y encubierta.

Se me vino a la memoria Goebbels

Simpatía en el tono del discurso, la sonrisa fácil, las palabras precisas, la reiteración de ideas fuerza y una voluntad decidida de llevar adelante sus planes al costo que fuera, caracterizaron a todos los jerarcas del Partido Nazi. Eso acompañado de una manera de decir las cosas en la que se mentía sistemáticamente. Como no había los medios de hoy, era muy difícil corregir la propaganda oficial.

La memoria

No sé por qué, pero hace unos días se me vino a la memoria la figura de Paul Joseph Goebbels. Tal vez debe ser porque el próximo 1 de mayo se cumplen 81 años de su muerte: 9 ciclos de 9 años, suficiente, diría alguien, para cerrar etapas. Pero no, en lugar de eso, se reaviva la memoria, probablemente porque suceden hechos simbólicos o se repiten historias, estéticas, maneras de hacer las cosas.

Ese estilo fino, atildado, siempre sereno, con una sonrisa pronta y cierta amabilidad para referirse a todas sus intenciones. Si se revisan sus discursos –buenos discursos, bien hechos, con precisión de lenguaje y uso intencionado de todas las palabras– jamás encontraremos exabruptos, aunque si palabras duras.

Como la idea del “fracaso alemán”, de la mano de los conductores de la guerra europea (llamada “mundial”) iniciada el año 1914. Se refería no sólo a quienes fueron derrotados en la guerra, también a los que, en un intento de democratizar el país (que no conocía de democracia más que en las teorías de grandes pensadores) ocuparon el poder.

Ellos, según la mirada de los triunfadores en la elección de 1933, fueron un gobierno fracasado, con inestabilidad política, que destrozaron la hacienda pública, que gastaron dinero de más, que permitieron el crecimiento de los partidos de izquierda, no fueron capaces de detener la creciente inseguridad y facilitaron todo tipo de maniobras que iban en desmedro de la grandeza de Alemania.

La propaganda

El lema propagandístico del Partido Nazi era que se debía poner fin al gobierno fracasado y enfrentar la emergencia nacional, pues, en su discurso, Alemania había sido llevada por esos gobernantes a un estado deplorable. Con esa mirada, conducida hábilmente por el equipo de propaganda, el Partido Nacional Socialista Alemán (Partido Nazi), fue ganando las elecciones hasta conseguir, a fines de 1932, convertirse en la mayor fuerza del parlamento.

Este resultado, más las presiones discursivas y propagandísticas tan bien llevadas, a lo que se unía la división política de todos los partidos de cierta raigambre democrática, incluso algunos de la derecha, produjo que el presidente Hindenburg nombrara como Primer Ministro a Hitler.

En ese triunfo electoral fue clave Goebbels, quien estuvo a cargo por varios años de las campaña de propaganda en la línea indicada, recibiendo la “ayuda” de las circunstancias internacionales derivadas de la llamada Gran Depresión de 1930.

En ese clima, el Partido fue consolidando sus avances electorales hasta conseguir alcanzar la conducción del gobierno. Una de las primeras acciones fue la Ley Habilitante de marzo 1933 que le permitió dictar numerosos decretos con carácter de ley sin que debieran pasar por el Parlamento.

Ya en el gobierno

Al asumir el gobierno, Goebbels asumió como ministro de Ilustración Pública y Propaganda, cargo que ejerció hasta su muerte el 1 de mayo de 1945, cuando se suicidó para “no vivir en una Alemania sometida al terror bolchevique”.

Simpatía en el tono del discurso, la sonrisa fácil, las palabras precisas, la reiteración de ideas fuerza y una voluntad decidida de llevar adelante sus planes al costo que fuera, caracterizaron a todos los jerarcas del Partido Nazi.

El primer esfuerzo fue sacar a los comunistas del escenario político, para luego ir eliminando a todos los que podían poner límite a su poder, manejando el discurso con mucha habilidad.

Por ejemplo, si se tomaba una medida que podía resultar impopular, rápidamente se anunciaban paliativos, suspensiones, postergaciones, pero al mismo tiempo se buscaba a culpables en el régimen anterior y en los partidos opositores, y luego se seguía adelante con la medida teniendo a otros como culpables de que se tuviesen que tomar esas decisiones.

Y todo esto acompañado de una manera de decir las cosas en la que se mentía sistemáticamente. Como no había los medios de hoy, era muy difícil corregir la propaganda oficial. Hoy, si un vocero de gobierno se equivoca, alguien lo rectificará, aunque luego igual se puede reiterar el discurso con nuevos matices y la mentira allí queda.

Las ganas de creer

Leí hace algunos días en internet –a propósito de que el líder del PNL en Chile, Kaiser, denunciara que la izquierda está organizando activistas digitales para atacar al gobierno de Kast y se pregunta quién los paga– lo siguiente: “Kaiser tiene razón. Están pagando por desinformación y fraude mediático con la plata que robaron durante Boric. Más Vale que Kast se ponga las pilas”.

Quien dice eso no es un funcionario de gobierno, sino simplemente un partidario ferviente del nuevo gobierno que cree en ese discurso de que en el gobierno de Boric sus colaboradores de confianza robaron.

Todo ello desarrollado a partir de dos o tres casos en que eso sucedió, que están siendo tramitados en la Justicia y que fueron perseguidos por el gobierno en su oportunidad con la dureza de la ley. Hubo más casos, pero que no solo no eran partidarios de Boric, sino que incluso en uno de ellos estuvo involucrado un gobernador de la Derecha y un diputado del Partido de Kast. Ha habido alcaldes y funcionarios municipales que han cometido fraudes, pero ellos son de distintos grupos y tendencias.

Sin embargo, se repite que el gobierno de Boric robó y con eso se sigue adelante. Las personas comienzan a creer, porque es mejor aceptar esa “verdad”, que enfrentar las cosas como son efectivamente. El riesgo que se corre es que esa mentira disfrazada de verdad, se imponga sobre la realidad, tal como sucedió con la propaganda nazi hace tantos años y con la propaganda de tantas dictaduras, muchas de ellas aún vigentes en el mundo. Y cuando digo “dictaduras”, me refiero tanto a las manifiestas como a las encubiertas, con discursos de izquierda y de derecha.

No hay límites externos

El fundamento de todo esto –tal vez por eso me aparece Goebbels en la memoria– es que hay algunos que asumen que ellos lo saben todo, que todo lo pueden hacer bien, que no hay más límites que su propia ética, que antes que los “enemigos” ataquen hay que combatirlos, que es necesario que desaparezcan todos los que pueden poner en peligro su poder.

Se miente en el discurso, se acomodan las cosas.

Cuando alguien rectifica, se producen ciertos movimientos, para volver a la carga con lo mismo, porque la decisión es continuar sin límites.

Cuando un comunicador dice que el país está en quiebra, se levantan voces en contra, pero a los pocos días, sin volver a usar la palabra, se insiste en el concepto de fondo: las medidas que hay que tomar por el estado en que los gobiernos fracasados nos entregaron el país. Y lo digo en plural, porque recordemos que el actual presidente de Chile fue opositor de Piñera y dijo que su gobierno había fracasado y lo culpó directamente del triunfo de Boric.

Finalmente, el tema es el estilo que Goebbels impuso y que muchos, que incluso se visten de demócratas y republicanos, han seguido usando.

¿Quién gobierna en Chile?

Hoy en Chile no gobierna la derecha.

Vemos en este primer mes (menos) que en los grupos y partidos de las tendencias más conservadoras se han levantado ciertas voces que manifiestan su desacuerdo con actitudes, discursos, frases y decisiones del actual gobierno.

Esa derecha política y técnica, observa el riesgo del discurso en el que prima la voluntad de ejercer el poder sin más límite que su propia convicción. Como dijo tan gráficamente la Ministra de Seguridad cuando se le pidió explicaciones por su intervención que culminó con la salida de una alta funcionaria de la Policía: “Porque puedo”.

Es decir, si puedo sigo adelante. Si puedo, andaré a exceso de velocidad y pasaré las luces rojas. Si puedo, no respetaré las filas. Si puedo aplico la ley a mi amaño. Si puedo, eludo impuestos. Si puedo, acomodo los hechos a mis versiones y no me preocupo de la verdad.

Así fue en la dictadura de Pinochet. Así lo intentaron hacer autoridades de Carabineros que han terminado condenadas en un sonado juicio que se llevó adelante en Temuco, cuando inventaron pruebas en contra de personas para poder apresarlas.

Hoy en Chile hay sectores de la derecha que miran con preocupación algunas de las cosas que están sucediendo o las decisiones que se están tomando, que pueden ser anticipos de otras situaciones más graves aún.

Hoy en Chile gobierna el “pinochetismo”, aquellos que apoyaron la dictadura, que lucraron con ella, que sintieron sus beneficios. Aquellos que miran con “comprensión” a los violadores de los derechos humanos y justifican lo vivido. Aquellos que quieren desarmar todo lo que huela a defensa de los derechos humanos, su promoción y protección.

Aquellos que rechazan los temas ecológicos y afirman que los daños del cambio climático son un invento. Aquellos que creen que todos los que piensan distinto son comunistas, manifiestos o encubiertos, seres a los que se considera malvados. Aquellos que creen que solidarizar y ayudar a las víctimas del sionismo son terroristas o que justifican la violencia.

Aquellos que suponen, como lo preguntaba una encuesta que me llegó hace unos días, si hay que reponer la pena de muerte, si toda persona sospechosa de ser delincuente debe ser encarcelada preventivamente, si la policía debe disparar contra todo sujeto que le parezca delincuente en forma preventiva.

Recuerdo a Goebbels en este aniversario.

Hay que evitar que ese ejemplo cunda y ésa es tarea preventiva de todos los que creemos en la democracia. Así las tentaciones de aplicar la voluntad para imponer las conductas de un grupo que ganó las elecciones, puedan ser limitadas. Es hora de todos, derechas, izquierdas, centristas, para que nadie luego se escude diciendo “yo no sabía”.

Algunas señales de un nuevo gobierno

Distintas situaciones dejaron algunas señales del tono inicial del nuevo gobierno y sus partidos de apoyo. Actos y voces del Presidente y otros personeros están marcando estilos y propósitos que se dejan ver con cierta facilidad.

Un acto republicano

En un acto ceremonial intensamente republicano (de la República y no del partido de ese nombre), José Antonio Kast asumió la presidencia de Chile. Por supuesto, como en todo acto oficial, no faltaron los chascarros (por ejemplo el inicial olvido de mencionar e invitar a jurar a la Ministra de Educación), pero ello no hace sino humanizar los intentos de perfección de los funcionarios encargados de protocolo y ceremonial.

Esta vez, como pasó en 1990, nadie olvidó la piocha de O’Higgins y Boric se encargó de prenderla en la nueva banda presidencial que lució su sucesor. El chiste con la piocha sucedió en la noche, cuando después del discurso nocturno a Kast se le cayó el singular elemento, lo que hizo a más de uno recordar la creencia popular que dice que es un mal presagio para un gobierno ese percance. Recordaron que a Alessandri en 1920 le pasó y todos sabemos el destino agotado y complejo de ese gobierno.

Todo el poder en sus manos

Distintas situaciones dejaron algunas señales del tono inicial del nuevo gobierno y sus partidos de apoyo. Lo primero fue la elección de los presidentes del Senado y de la Cámara de Diputados, cargos que quedaron en manos de Renovación Nacional y de la UDI respectivamente.

En el Senado no hubo otra postulación y en la Cámara la alternativa no era mucho mejor –salvo para la candidata– pues es una figura controvertida que esta vez recibía el apoyo de su expartido –comunista– y de quienes fueron vilipendiados por ella durante los cuatro años precedentes.

Es decir, todos los cargos políticos en las cabezas de las instituciones del Estado han quedado en manos de la Derecha política, lo que es una advertencia para todos, incluso para ellos mismos: no hay excusas para no cumplir las promesas con respeto a la legalidad.

El atentado de Puerto Varas y la verdad sobre Carabineros

Al despedir a Boric, el General al mando de Carabineros agradeció con entusiasmo lo hecho en pro del fortalecimiento de la institución policial en equipamiento, recursos e infraestructura y por su preocupación constante por el personal.

Sin embargo –y tratando de desmentir al General y haciendo caso omiso de la verdad– tanto la nueva vocera como Kast tuvieron palabras de dura crítica al gobierno saliente, insinuando responsabilidad en el asesinato del policía en Puerto Varas en la mañana del 11 de marzo. El nuevo gobernante fue más allá: “Nunca más un funcionario de orden y seguridad enfrentará solo la violencia mientras algunos miran para el lado”.

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Ningún gobierno democrático jamás ha “mirado para el lado” cuando hay atentados contra la policía. La conducta de Boric fue tan contraria a eso, que incluso cuando sucedió el atentado en el sur el 27 de abril, instó la suspensión de la formalización judicial al Director de entonces –que lo obligaba a renunciar– y prorrogó su mandato luego de haber viajado con él al lugar del crimen. No mandó a su Ministro de Seguridad. Los culpables fueron detenidos y condenados sin demora.

El alevoso y premeditado atentado de Puerto Varas no podía evitarlo ninguna autoridad civil y cuando alguien intente otro, tampoco lo podrá hacer ningún funcionario del gobierno.

El lenguaje y la verdad

Junto a esto y en la misma línea, el discurso –cuyas frases escogidas destacan sus más entusiastas partidarios en todos los medios de comunicación– revela que la precisión del lenguaje no importa aunque ello afecta a su veracidad: lo que interesa es el impacto del mensaje.

Decir, por segundo ejemplo, “nos han entregado un país en peores condiciones de las que podríamos imaginar” podría ser una frase después de muchos meses, cuando se hayan hecho las auditorías prometidas, pero no al tiempo de asumir, cuando no se ha podido constatar nada distinto al contenido de las brutales y durísimas críticas hechas por Kast y su partido desde que asumió Boric hasta el mismo 10 de marzo de 2026.

Es decir, es como si en esas horas, mientras viajaba en auto o en helicóptero, hubiese podido el Presidente tener una nueva visión del estado del país.

Asignar responsabilidades a otros

No me voy a referir, como otros comentaristas, a la inconsistencia general del discurso, porque se supone que en el acto público el nuevo mandatario debe dejarse llevar más por su emoción que por la sustancia filosófica de sus propuestas. Eso está bien, es momento de arengas para decir “hemos venido a cumplir”.

Lo importante será que, teniendo todo el poder institucional, mayoría en el Congreso, apoyo de los empresarios de todas las ramas, de la mayoría (si no de la totalidad) de las instituciones universitarias, un apoyo enorme de los gobernantes de los países limítrofes y de Estados Unidos (lo dijo así Trump), no se culpe luego a los que no lo apoyan de los problemas que puedan surgir. Quizás es hora de que Kast entienda que no bastan el carácter y la voluntad para que la realidad cambie: debe haber ideas que se traduzcan en planes concretos que se pongan en marcha.

Los primeros decretos

Hay además otras señales: da gusto ver que desde el primer día el Presidente de la República firma decretos con decisiones tomadas. En eso supera lejos a todos sus más recientes antecesores democráticos, que pasaron un tiempo de estudio después de haber asumido, despreciando el tiempo en los meses de interregno entre la elección y la asunción.

No me meto en los contenidos de esos decretos, pero ya va quedando claro, sobre todo en el primer instructivo distribuido a los Ministros horas antes de asumir que algunas promesas (reducción del gasto en 6 mil millones, sin ir más lejos) demorará un poco más de lo pensado en cumplirse. Está bien: es parte del necesario realismo que se debe tener. Boric, más popular, dijo a los pocos días de asumir: “otra cosa es con guitarra”.

Pese a la necesidad de reducir gastos y a las promesas dichas durante años y meses –que no estoy seguro de que estén en el programa propiamente tal– no se redujo ni el número de ministerios ni de ministros, hay solo un biministro por razones evidentes, pero no explicadas.

Asimismo, fueron creados algunos cargos nuevos –pueden ser necesarios, no digo otra cosa y tal vez el gasto no sea tan alto–, pero no hay reducción, sino incremento. Ahora bien, si esos cargos nuevos, de confianza política del Presidente, serán o no llamados “operadores políticos” o “activistas”, será cuestión de uso del lenguaje. ¿Es una señal de relativización del discurso? Puede ser y no necesariamente eso está mal.

No vino Lula

Volviendo a aspectos más políticos, quiero referirme a los asuntos internacionales. El presidente electo –estaba en esa calidad– se dio un gusto personal invitando a los hermanos Bolsonaro, hijos del expresidente preso por su intento subversivo, uno de los cuales es candidato a la Presidencia de Brasil.

El actual mandatario, que tiene puntos políticos diferentes a Kast, había anunciado su visita a Chile. Eso es propio de una relación entre Estados, más allá de las diferencias. Pero claramente las autoridades que estaban por asumir privilegiaron la amistad personal y la simpatía política por sobre las relaciones con el Estado de Brasil, país con el que Chile siempre ha tenido una relación privilegiada, incluso en tiempos más disímiles políticamente.

El Presidente de Brasil lo consideró una descortesía impropia entre Jefes de Estado y no asistió. Pero, es la misma descortesía que tuvo Bolsonaro cuando no respondió el beneplácito solicitado para el embajador nombrado por el gobierno de Chile en 2022. Tal para cual.

El asesor internacional y la nueva ruta internacional

Otra señal delicada en esta materia es que en el círculo de mayor confianza del Presidente de la República (llamado “el segundo piso”) nombra a cargo de la asesoría en temas internacionales a Eitan Bloch. ¿Quién es él? Se trata de un licenciado en Derecho de la Universidad Católica, de 32 años, de nacionalidad argentina, que antes de eso se desempeñó como funcionario político de la Embajada del estado de Israel en Chile. Esto señala con claridad la opción de Kast por Israel en la acción política y militar de ese Estado contra Palestina y los palestinos.

El Estado de Chile, sin diferencias entre izquierdas y derechas, después de la dictadura dejó perfectamente en claro su oposición a las acciones de Israel en la ocupación de tierras que Naciones Unidas asignó a los palestinos en la partición de 1947.

Fiel a la política seguida por los gobiernos democráticos, el Estado chileno promueve el respeto por los acuerdos de la Organización de las Naciones Unidas y la solución pacífica de las controversias, siendo partidario de la mantención de la solución de los dos Estados –palestino e israelí– con autonomía y plenos derechos de reconocimiento internacional.

Repitiendo las preferencias de las épocas de la dictadura, Kast privilegia la alianza con Israel que, en esa época, era porque ese no otro fue el camino para la compra de armas por las Fuerzas Armadas. ¿Cambiará el Estado de Chile su opción? Y no se trata, como me decía un amigo muy hincha de Trump, que haya que elegir entre Israel y los terroristas. Es elegir entre el respeto al derecho internacional o no, condenando desde luego toda forma de terrorismo.

Siempre, en todo caso, cabrá la posibilidad de discutir sobre el uso de la violencia, recordando las tantas veces que se alega legitimidad para ello, incluso para actos que hoy se podrían calificar de terroristas que alguna vez se han considerado legítimos, como fue el atentado frustrado en contra de Hitler; la invasión de un Estado extranjero para secuestrar al gobernante local; o la voladura de puentes en la lucha de algunos europeos contra la ocupación alemana entre 1939 y 1945; o poner bombas en iglesias de cualquier religión; o disparar contra jóvenes universitarios o escolares en sus establecimientos invocando razones religiosas o de cualquier otro tipo.

Yo no soy partidario de ninguna forma de violencia y aspiro a que algún día la humanidad pueda eliminar las armas.

No nos engañemos: la cruda verdad sobre izquierda y derecha

Los discursos de comentaristas y periodistas tienden a confundirnos al hablar de “izquierdas” y “derechas”, como si se tratara de muchos grupos distintos. Otros hablan de “centro izquierda” y de “centro derecha”. Ello no es más que una nomenclatura anticuada que no da cuenta de la realidad política ni abre perspectivas hacia el futuro.

El periodismo político ha desarrollado la idea de “las derechas” y “las izquierdas”, siguiendo una nomenclatura anticuada que se intenta remozar. Otros hablan de “centro izquierda” y de “centro derecha”. Todas esas expresiones tienden a generar matices circunstanciales en el devenir político de la sociedad, marcado particularmente por el tono usado por los jefes de las organizaciones políticas (me cuesta usar la palabra “dirigentes” para quienes más que dirigir son simples ecos de encuestas y de “decires varios” de sus rivales).

Se trata de dar tonalidades a una mirada dicotómica de la política, donde los extremos son los que importan, dejando en el centro a una masa informe que se puede mover hacia cualquiera de los extremos, simplemente porque no tiene nada propio que ofrecer.

Ese enfoque -nacido en la Sala de Juego de Pelotas de la Revolución Francesa, donde los conservadores (partidarios de la monarquía) se agrupaban hacia la derecha, mientras que los revolucionarios se ubicaban a la izquierda- hasta hoy es así, al menos en la “sala de juego de pelotas” del Congreso chileno, situando a los conservadores a un extremo y a los rivales a la izquierda. En el centro, una masa parlamentaria que se balancea sin formular posiciones claras ni hacer proposiciones originales. A veces con cierto ingenio, pero que no apuntan a nada sustantivo.

Miremos la realidad

 

Es una mirada lineal, que enfrenta posiciones y propone estereotipos que nada dicen de fondo. Basta mirar lo que han sido los gobiernos de los últimos 35 años y sus oposiciones. Dos discursos que no se expresan en las conductas con entera claridad, pues en el fondo los gobiernos que se suponen partidarios del cambio (es decir, de no conservar el modelo impuesto por las minorías oligárquicas mediante la fuerza de las armas) se limitaron a modificaciones cosméticas sin intentar siquiera sustituir las piezas claves del esquema establecido.

Y para coronar la afirmación, debo decir que algunas de las políticas sociales de las que tienden a vanagloriarse los que se sientan a la izquierda han sido desarrolladas, aprobadas y promovidas por los gobiernos de la derecha.

 

Incluso, la idea de cambiar la Constitución de Pinochet y Guzmán fue del gobierno de Sebastián Piñera. A la larga, la estrategia conservadora dio frutos, porque los procesos fracasaron en sus empeños (ambos con posiciones muy extremas), hubo cambios constitucionales donde no se tocó nada sustancial y los derechistas e izquierdistas siguen jurando respetar una constitución elaborada por la dictadura, para mantener una democracia restringida (o protegida, como dicen los hinchas de los autores del texto).

Los progresistas

Hoy acuñan otro término: “progresistas”, como si ellos fueran los únicos partidarios del progreso en la sociedad. ¿Y qué es el progreso? Algo tan simple como “ir hacia adelante”. Eso quiere decir “seguir profundizando lo mismo, mejorar los métodos para ir más rápido hacia los objetivos”. Por ejemplo, es progresista el empresario que elabora estrategias para mejorar los rendimientos de su negocio y ganar más dinero. Es progresista el que busca el poder y se consolida en él o se mantiene vigente, aunque deba cambiar de posiciones, porque pasa el tiempo y sigue siendo “importante”.

Grupos izquierdistas prefieren el término “progresistas”, porque su discurso ha ido variando desde la transformación radical del sistema (que ya abandonaron hace décadas en Chile) hacia asegurar su mantención en esferas de poder político, agregar esferas de poder económico, tratando de que “las cosas funcionen mejor” dentro del mismo modelo vigente.

Y grupos derechistas (no olvidemos el movimiento “Progresistas con progreso” que encabezó un grupo de ex demócrata cristianos que ha terminado apoyando a Kast) pretenden conceder ciertos beneficios sociales, en la medida que ellos aseguran sus cada vez mayores ganancias (por ejemplo, la reforma previsional de la que se enorgullece Jeannette Jara y que asegura un 60% más de utilidades a los dueños de los administradores de fondos previsionales).

El modelo imperante

Todo esto en un cuadro en que el modelo de la derecha ha sido exitoso en cuanto a asegurar a los dueños de la riqueza mayores beneficios.

La tecnología –que no es patrimonio de ninguna ideología– ha facilitado algunos aspectos de la vida a los sectores pobres (teléfonos, televisores, computadores, lavadoras automáticas, por ejemplo) a cambio de la dependencia del crédito y el endeudamiento progresivo casi irreversible, dificultando que salgan de esa condición, salvo casos excepcionales.

La izquierda –donde se instalan orondos el Partido Comunista y otros grupos como el llamado Frente Amplio– han perdido de vista su sueño de los socialismos reales camino a la sociedad perfecta (que para algunos ha sido casi como una religión) y sus posiciones apuntan a morigerar los efectos del neoliberalismo, que es la nueva modalidad del capitalismo ensayada primero en América Latina y luego extendida por países de Europa y Asia.

Los centristas y los centro izquierdistas se acomodan a una adecuada administración del neoliberalismo, proponiendo planes de apoyo y subsidios, sin entender que la sociedad necesita algo más que medidas económicas de consuelo. Para todos ellos, desde socialistas acomodados hasta el difuso PPD y las directivas de la DC y del cada vez más difuso PR, hay espacios en sus meros intentos de sobrevivencia, pero no ofrecen nada.

La oferta pendiente

¿Podrían hacerlo? Por supuesto, porque todos ellos, salvo el PPD que siempre se definió a sí mismo como un partido instrumental para alcanzar el poder en el régimen democrático y sin ideología alguna, (había desde excomunistas hasta exconservadores), en algún momento hicieron propuestas sustantivas.

El Partido Socialista (pese a sus múltiples fraccionamientos y tendencias internas) respondió en algunos momentos a una aspiración de sociedad basada en la democratización y la justicia social y en una economía en que el estado jugara un papel preponderante.

La Democracia Cristiana, desde sus orígenes falangistas en 1937 y pese a la incorporación de los conservadores a sus filas veinte años después, ha postulado una sociedad que supere las barreras ideológicas y prácticas del capitalismo y el socialismo, para construir una sociedad basada en la persona, las comunidades de base territorial y funcional, sobre un desarrollo armónico del ser humano y los valores de justicia, libertad, solidaridad y el respeto irrestricto de los derechos humanos fundamentalmente. La educación y desarrollo del arte y la cultura son para la Democracia Cristiana la piedra angular del cambio de conciencia de las personas que integran la sociedad y de la sociedad misma.

Los radicales, con un discurso algo más antiguo, siguen creyendo en la educación, la justicia y la fraternidad como valores esenciales, para que las clases medias –que deben ser cada vez más amplias– alcancen y se mantengan como las estructuras básicas de la sociedad.

Pero todos estos partidos han guardado sus doctrinas en cajas fuertes muy cerradas, han perdido las claves de acceso y hoy sólo quieren asegurar un número de parlamentarios para no desaparecer. Los grandes momentos de la DC en Chile fueron aquellos en que propuso ser la cabeza de movimientos transformadores (1964 y 1989) y de ello se olvidaron pronto, pues ya en 1990 se estableció un sistema de administración del modelo y, bajo la batuta de Boeninger, se olvidó de los pensamientos y propuestas escritos en su declaración de principios.

La derecha es una sola

Decía más arriba que nos hablan de “derechas”, como si las hubiera diferentes. La derecha es una sola desde su origen político y hasta hoy. Por supuesto que, creyendo siempre en caudillos y liderazgos, se abren fraccionamientos.

O’Higgins, un conservador patriota, busca un rey para Chile. Los señores del poder que lo rodean, lo sustituyen para dar origen a una sociedad en que el poder lo tengan ellos y no una sola persona. Años de disputa entre los partidarios de la democracia (llamados liberales) y de la oligarquía (donde se unen las familias poderosas y los comerciantes enriquecidos), terminan por la fuerza de las armas en la cruenta guerra civil que ganarán los conservadores que tienen a su lado a los militares.

Se establecen así 30 años de dictadura disfrazada de democracia a cargo de los conservadores, tiempo de grandes realizaciones materiales en los que consolida el poder oligárquico. Reorganizados en este tiempo a la vera de grandes intelectuales, el mundo liberal –que era una especie de fuerza democrática que los comentaristas de hoy podrían llamar izquierda– logra espacios de poder destinados a ampliar la democracia.

Entonces la derecha, que ya no tiene el monopolio de las Fuerzas Armadas, logra quebrarlas y se alza en armas en una guerra civil que termina con su victoria y la derrota de los “liberales balmacedistas”. Los que triunfan son la nueva derecha: unión de liberales oligárquicos con el mundo conservador. Eso no terminará nunca más. Pasarán los años y la derecha va fortaleciendo su riqueza y consigue mantenerse en el poder pese a perder algunas elecciones (Arturo Alessandri dijo que hay que ganar con la izquierda pero gobernar con la derecha).

Los triunfos radicales culminan con la derechización del Partido, de la mano de Estados Unidos y en una alianza con los conservadores, que los llevará, después del gobierno de Ibáñez –militar autoritario de tintes no derechistas, pero sí nacionalistas– a un nuevo gobierno derechista con otro Alessandri. La derecha controla la economía al tener el poder en el agro, la minería, la industria, el comercio y así seguirá siendo, salvo el breve período de la reforma agraria de Frei y el brevísimo del gobierno de la Unidad Popular.

La derecha, más que valores, defiende intereses a los que adjudica conceptos como el orden y la libertad, unido ello a una cierta “moral católica”. Alejada ciertamente de la Doctrina Social de la Iglesia. Se forma el Partido Nacional, que une a nacionalistas, conservadores y liberales.

La dictadura aúna a la derecha y le devuelve en cosa de horas la mayoría de las empresas requisadas o intervenidas. Luego le entrega, dejando algo más que propina en el bolsillo de los gobernantes, la mayoría de las empresas estatales a precios irrisorios pagados con préstamos del propio Estado. Cuando se avecina el tiempo en que la dictadura deberá aplicar la Constitución que redactaron Guzmán y otros, se crea Renovación Nacional. Este partido intenta unir a todos los liderazgos, pero ello es imposible y Guzmán, con su gente, son expulsados por fraude electoral al interior del Partido.

Así se arman la UDI y RN. Pero ellos son lo mismo, sólo divididos por líderes. Tanto es así que cuando hay nuevas disputas internas en RN, Matthei pasa a la UDI, Errázuriz, UDI, se pasa a RN. Lo importante es estar en el poder, seguir manejando los hilos. Los Republicanos eran UDI y se nutren de los “electrones superficiales” de ese partido que va decayendo a pasos agigantados. Los “Libertarios” de Kaiser eran Republicanos y los Evópoli, siempre derechistas, se han nutrido de nacionalismo, referentes oligárquicos conservadores y gente nueva en política, que cree que es posible ser de derecha y creer en valores democráticos y en la justicia.

La derecha vela por intereses y está dispuesta a cualquier cosa en esa defensa. Y para eso siempre tiene a su disposición a la mayoría de las Fuerzas Armadas, cuyos altos mandos están eternamente ansiosos de compartir salones y bienestar con los oligarcas. Y si hay que instalar dictaduras, así lo harán.

 

Esta derecha se ha beneficiado de algunos restos de ese centro desfigurado –básicamente ex demócrata cristianos y ex radicales–, con personas que pasaron de sostener una “Revolución de la Dignidad” a integrar gozosos el gabinete del gobierno de Kast. Ni centro derecha ni derechas múltiples: ellos no se pierden. Sus intereses económicos y políticos están primero.

Hoy, después de todo lo que se dijeron en sus cuatro candidaturas presidenciales en 2025, están todos dispuestos a alinearse a la sombra del nuevo poderoso, a la espera de que los líderes sectoriales se perfilen para los tiempos futuros. Empresarios, especuladores financieros, políticos, tecnócratas, todos unidos en la defensa de una derecha que se siente dueña de Chile, de sus tradiciones, de su historia y, ahora, de su futuro.

La cruda verdad

No existen varias derechas: son diferentes liderazgos, pero todos unidos cuando de la defensa de lo suyo se trata. La izquierda está desperdigada, porque no creen en sus doctrinas y ha perdido el sentido de las lealtades. El centro se diluye y reciben con alegría los aportes de ciertos derechistas del PDG que quieren distanciarse porque no tienen ministros.

No nos engañemos: los que tenemos propuestas para Chile debemos formularlas y mostrarlas al pueblo para que tenga opciones distintas.

No nos engañemos: si no rompemos el eje izquierdas y derechas, apoyados en un centro anodino, para crear en cambio un nuevo espacio de quehacer político, capaz de terminar con el modelo de dominación, injusto y excluyente del neoliberalismo, un camino que nos lleva a una forma de vivir en armonía, justicia, solidaridad, sobre la base de valores, tendremos años para arrepentirnos.

Releo el pensamiento de la DC de los años 40, reviso las campañas de 1958 y 1964, estudio el programa de Tomic y la vía no capitalista de desarrollo, leo aquel pequeño manual de capacitación que escribimos en 1971 –“Dimensiones del socialismo comunitario” – y concluyo que ahí hay bases para dar un salto grande hacia el futuro. No para progresar en lo mismo ni seguir en el estéril debate de suma cero. No, simplemente para sentar las bases de una sociedad de personas libres y desarrolladas.

Jaime Hales, escritor: “El país necesita crecer no solo económicamente, sino espiritualmente”

Hales se refirió a su libro Relatos de Tanto Tiempo (HB Editores, 2022), una antología de cuentos breves donde aparecen temas recurrentes como citas cada 29 de febrero, un accidente de infancia que le dejó una secuela permanente y relatos de tono sobrenatural.

En conversación con El Mostrador, el abogado, escritor, tarotista y excandidato presidencial Jaime Hales repasó una vida marcada por la escritura, la reflexión espiritual y la política, intereses que —asegura— lo acompañan desde la infancia.

Sobre su fallida candidatura presidencial por la DC, impulsada por militantes de base, afirma que no contó con el respaldo de la directiva del partido, que incluso le impidió intervenir en una Junta Nacional. “Para eso están las máquinas políticas”, comenta.

Hales se refirió también a su libro Relatos de Tanto Tiempo (HB Editores, 2022), una antología de cuentos breves donde aparecen temas recurrentes como citas cada 29 de febrero, un accidente de infancia que le dejó una secuela permanente y relatos de tono sobrenatural, varios de ellos basados en hechos reales. Para el autor, escribir es “contar la vida”, idea que vincula con la tradición del realismo latinoamericano.

Con más de 80 libros publicados y una larga trayectoria como formador en Tarot y disciplinas holísticas, sostiene que el Tarot no es adivinatorio, sino una guía: “La felicidad es una decisión”, afirma. En lo político y social, plantea que el mundo vive un proceso de cambio profundo asociado a la Era de Acuario, donde los conflictos actuales son solo episodios pasajeros.

Finalmente, Hales llamó a enfrentar el momento que vive Chile con optimismo y a fortalecer el crecimiento espiritual a través de la lectura, el diálogo y la comunicación: “Conectarnos para abrirnos, no para encerrarnos”.

Revisa la entrevista completa a continuación:

El Premio Nacional de Literatura: Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género

La Sociedad de Escritores de Chile cumplió en eso un sobresaliente papel. Su presidente, Luis Sánchez Latorre fue el dique de contención, combinando amabilidad con seguridad, evitando que la dictadura se ensañara con la SECH como algunos lo pretendieron desde las esferas oficiales. La mayor parte de los escritores eran contrarios al golpe y muchos de ellos pertenecían a los llamados partidos de izquierda.

Sin duda que en eso, Sánchez Latorre fue un extraordinario dirigente. Debemos decirlo: él escribía en Las Últimas Noticias de El Mercurio y eso le servía de escudo, sobre todo porque sus contribuciones en ese medio no eran políticas. Pese a muchas presiones, jamás apoyó a la dictadura.

Cuando entré a la SECH, en 1982, él me dijo: «Hay que fortalecer nuestra comisión de derechos humanos». Me sumé a los esfuerzos que hacían Teresa Hamel y Rebeca Navarro, a quienes apoyaban con gran dedicación la abogada Carmen Hertz —que no era socia— y su pareja el escritor Carlos Cerda.

La dictadura, que carecía de suficientes escritores de mérito, alivianó su carga declarando que el Premio se otorgaría cada dos años e impuso la norma de separar a los escritores entre narradores y poetas, quienes se alternarían en la premiación.

Olvidaba, por supuesto a ensayistas y dramaturgos, porque probablemente no había entre ellos muchos que los apoyaran. Los escritores somos narradores, poetas, ensayistas. Algunos, hasta hemos escrito obras de teatro. Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género.

Cuando hubo elecciones presidenciales libres, el candidato Patricio Aylwin, en un emocionante acto en el Teatro Carlos Cariola, se comprometió a muchas cosas, entre ellas a que los premios nacionales serían entregados «anualmente y por los pares».

Esta fue una de las tantas cosas que una vez como Presidente no cumplió, no porque no fuera posible, como tal vez otras, sino simplemente porque no le interesaba. Ni a él ni casi a nadie en el gobierno.

Hicimos enormes esfuerzos, infructuosos, por tratar de convencerlo de que en sus viajes se hiciera acompañar por escritores, como lo hacen los presidentes cultos. No era su caso. O que abriera las puertas del servicio exterior —en las áreas reservadas para nombramiento presidencial— a gente de la cultura. No fue posible.

Lo único que logramos en su gobierno fue gracias a Ricardo Lagos y Jorge Arrate, sus ministros de educación, que se allanaron a la formulación de un proyecto de Ley del Libro, para fomentar la lectura en un Chile que prolongaba su apagón cultural. Y fue Ley.

Me correspondió hablar en el acto de promulgación y aunque agradecí la firma, dejé algunas señas sobre las tareas pendientes. Una de ellas era la anualización del Premio Nacional de Literatura.

 

Las fibras de la esencia de lo humano

Recién ahora, en 2025, es decir 35 años después, se ha conquistado esa anualización, gracias a un presidente que valora la literatura y a un Congreso que sumido en una mediocridad generalizada, prefirió apoyarlo para no aparecer rechazando algo que ni siquiera generaba gastos importantes.

¿Seguirá esa alternancia? Si fuera así, ¿cuándo se valorará al que escribe en todos los géneros? ¿Tendría que ser otro premio?

¿Y los pares? En eso se ha avanzado. Por fin hay escritores en el jurado. Por cierto no es un jurado de pares, pero por lo menos dos personas que se dedican al oficio de escribir están siendo consideradas.

Escribo sobre este tema, haciéndome una pregunta más: ¿Cuáles deben ser los criterios para otorgar este premio? ¿La trayectoria? ¿La cantidad de libros? ¿Las opiniones de los críticos literarios? ¿El peso de los medios de comunicación con reconocimiento en los ambientes políticos oficiales? ¿Las conexiones políticas de los escritores? ¿Su compromiso con los derechos humanos o las luchas sociales? ¿Sus otras participaciones culturales? ¿Los nexos de amistad con los funcionarios del gobierno de turno? ¿Deben ser egresados de la Universidad de Chile?

 

La Sociedad de Escritores de Chile cumplió en eso un sobresaliente papel. Su presidente, Luis Sánchez Latorre fue el dique de contención, combinando amabilidad con seguridad, evitando que la dictadura se ensañara con la SECH como algunos lo pretendieron desde las esferas oficiales. La mayor parte de los escritores eran contrarios al golpe y muchos de ellos pertenecían a los llamados partidos de izquierda.

Sin duda que en eso, Sánchez Latorre fue un extraordinario dirigente. Debemos decirlo: él escribía en Las Últimas Noticias de El Mercurio y eso le servía de escudo, sobre todo porque sus contribuciones en ese medio no eran políticas. Pese a muchas presiones, jamás apoyó a la dictadura.

Cuando entré a la SECH, en 1982, él me dijo: «Hay que fortalecer nuestra comisión de derechos humanos». Me sumé a los esfuerzos que hacían Teresa Hamel y Rebeca Navarro, a quienes apoyaban con gran dedicación la abogada Carmen Hertz —que no era socia— y su pareja el escritor Carlos Cerda.

La dictadura, que carecía de suficientes escritores de mérito, alivianó su carga declarando que el Premio se otorgaría cada dos años e impuso la norma de separar a los escritores entre narradores y poetas, quienes se alternarían en la premiación.

Olvidaba, por supuesto a ensayistas y dramaturgos, porque probablemente no había entre ellos muchos que los apoyaran. Los escritores somos narradores, poetas, ensayistas. Algunos, hasta hemos escrito obras de teatro. Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género.

Cuando hubo elecciones presidenciales libres, el candidato Patricio Aylwin, en un emocionante acto en el Teatro Carlos Cariola, se comprometió a muchas cosas, entre ellas a que los premios nacionales serían entregados «anualmente y por los pares».

Esta fue una de las tantas cosas que una vez como Presidente no cumplió, no porque no fuera posible, como tal vez otras, sino simplemente porque no le interesaba. Ni a él ni casi a nadie en el gobierno.

Hicimos enormes esfuerzos, infructuosos, por tratar de convencerlo de que en sus viajes se hiciera acompañar por escritores, como lo hacen los presidentes cultos. No era su caso. O que abriera las puertas del servicio exterior —en las áreas reservadas para nombramiento presidencial— a gente de la cultura. No fue posible.

Lo único que logramos en su gobierno fue gracias a Ricardo Lagos y Jorge Arrate, sus ministros de educación, que se allanaron a la formulación de un proyecto de Ley del Libro, para fomentar la lectura en un Chile que prolongaba su apagón cultural. Y fue Ley.

Me correspondió hablar en el acto de promulgación y aunque agradecí la firma, dejé algunas señas sobre las tareas pendientes. Una de ellas era la anualización del Premio Nacional de Literatura.

 

Las fibras de la esencia de lo humano

Recién ahora, en 2025, es decir 35 años después, se ha conquistado esa anualización, gracias a un presidente que valora la literatura y a un Congreso que sumido en una mediocridad generalizada, prefirió apoyarlo para no aparecer rechazando algo que ni siquiera generaba gastos importantes.

¿Seguirá esa alternancia? Si fuera así, ¿cuándo se valorará al que escribe en todos los géneros? ¿Tendría que ser otro premio?

¿Y los pares? En eso se ha avanzado. Por fin hay escritores en el jurado. Por cierto no es un jurado de pares, pero por lo menos dos personas que se dedican al oficio de escribir están siendo consideradas.

Escribo sobre este tema, haciéndome una pregunta más: ¿Cuáles deben ser los criterios para otorgar este premio? ¿La trayectoria? ¿La cantidad de libros? ¿Las opiniones de los críticos literarios? ¿El peso de los medios de comunicación con reconocimiento en los ambientes políticos oficiales? ¿Las conexiones políticas de los escritores? ¿Su compromiso con los derechos humanos o las luchas sociales? ¿Sus otras participaciones culturales? ¿Los nexos de amistad con los funcionarios del gobierno de turno? ¿Deben ser egresados de la Universidad de Chile?

 

La Sociedad de Escritores de Chile cumplió en eso un sobresaliente papel. Su presidente, Luis Sánchez Latorre fue el dique de contención, combinando amabilidad con seguridad, evitando que la dictadura se ensañara con la SECH como algunos lo pretendieron desde las esferas oficiales. La mayor parte de los escritores eran contrarios al golpe y muchos de ellos pertenecían a los llamados partidos de izquierda.

Sin duda que en eso, Sánchez Latorre fue un extraordinario dirigente. Debemos decirlo: él escribía en Las Últimas Noticias de El Mercurio y eso le servía de escudo, sobre todo porque sus contribuciones en ese medio no eran políticas. Pese a muchas presiones, jamás apoyó a la dictadura.

Cuando entré a la SECH, en 1982, él me dijo: «Hay que fortalecer nuestra comisión de derechos humanos». Me sumé a los esfuerzos que hacían Teresa Hamel y Rebeca Navarro, a quienes apoyaban con gran dedicación la abogada Carmen Hertz —que no era socia— y su pareja el escritor Carlos Cerda.

La dictadura, que carecía de suficientes escritores de mérito, alivianó su carga declarando que el Premio se otorgaría cada dos años e impuso la norma de separar a los escritores entre narradores y poetas, quienes se alternarían en la premiación.

Olvidaba, por supuesto a ensayistas y dramaturgos, porque probablemente no había entre ellos muchos que los apoyaran. Los escritores somos narradores, poetas, ensayistas. Algunos, hasta hemos escrito obras de teatro. Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género.

Cuando hubo elecciones presidenciales libres, el candidato Patricio Aylwin, en un emocionante acto en el Teatro Carlos Cariola, se comprometió a muchas cosas, entre ellas a que los premios nacionales serían entregados «anualmente y por los pares».

Esta fue una de las tantas cosas que una vez como Presidente no cumplió, no porque no fuera posible, como tal vez otras, sino simplemente porque no le interesaba. Ni a él ni casi a nadie en el gobierno.

Hicimos enormes esfuerzos, infructuosos, por tratar de convencerlo de que en sus viajes se hiciera acompañar por escritores, como lo hacen los presidentes cultos. No era su caso. O que abriera las puertas del servicio exterior —en las áreas reservadas para nombramiento presidencial— a gente de la cultura. No fue posible.

Lo único que logramos en su gobierno fue gracias a Ricardo Lagos y Jorge Arrate, sus ministros de educación, que se allanaron a la formulación de un proyecto de Ley del Libro, para fomentar la lectura en un Chile que prolongaba su apagón cultural. Y fue Ley.

Me correspondió hablar en el acto de promulgación y aunque agradecí la firma, dejé algunas señas sobre las tareas pendientes. Una de ellas era la anualización del Premio Nacional de Literatura.

 

Las fibras de la esencia de lo humano

Recién ahora, en 2025, es decir 35 años después, se ha conquistado esa anualización, gracias a un presidente que valora la literatura y a un Congreso que sumido en una mediocridad generalizada, prefirió apoyarlo para no aparecer rechazando algo que ni siquiera generaba gastos importantes.

¿Seguirá esa alternancia? Si fuera así, ¿cuándo se valorará al que escribe en todos los géneros? ¿Tendría que ser otro premio?

¿Y los pares? En eso se ha avanzado. Por fin hay escritores en el jurado. Por cierto no es un jurado de pares, pero por lo menos dos personas que se dedican al oficio de escribir están siendo consideradas.

Escribo sobre este tema, haciéndome una pregunta más: ¿Cuáles deben ser los criterios para otorgar este premio? ¿La trayectoria? ¿La cantidad de libros? ¿Las opiniones de los críticos literarios? ¿El peso de los medios de comunicación con reconocimiento en los ambientes políticos oficiales? ¿Las conexiones políticas de los escritores? ¿Su compromiso con los derechos humanos o las luchas sociales? ¿Sus otras participaciones culturales? ¿Los nexos de amistad con los funcionarios del gobierno de turno? ¿Deben ser egresados de la Universidad de Chile?

 

La Sociedad de Escritores de Chile cumplió en eso un sobresaliente papel. Su presidente, Luis Sánchez Latorre fue el dique de contención, combinando amabilidad con seguridad, evitando que la dictadura se ensañara con la SECH como algunos lo pretendieron desde las esferas oficiales. La mayor parte de los escritores eran contrarios al golpe y muchos de ellos pertenecían a los llamados partidos de izquierda.

Sin duda que en eso, Sánchez Latorre fue un extraordinario dirigente. Debemos decirlo: él escribía en Las Últimas Noticias de El Mercurio y eso le servía de escudo, sobre todo porque sus contribuciones en ese medio no eran políticas. Pese a muchas presiones, jamás apoyó a la dictadura.

Cuando entré a la SECH, en 1982, él me dijo: «Hay que fortalecer nuestra comisión de derechos humanos». Me sumé a los esfuerzos que hacían Teresa Hamel y Rebeca Navarro, a quienes apoyaban con gran dedicación la abogada Carmen Hertz —que no era socia— y su pareja el escritor Carlos Cerda.

La dictadura, que carecía de suficientes escritores de mérito, alivianó su carga declarando que el Premio se otorgaría cada dos años e impuso la norma de separar a los escritores entre narradores y poetas, quienes se alternarían en la premiación.

Olvidaba, por supuesto a ensayistas y dramaturgos, porque probablemente no había entre ellos muchos que los apoyaran. Los escritores somos narradores, poetas, ensayistas. Algunos, hasta hemos escrito obras de teatro. Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género.

Cuando hubo elecciones presidenciales libres, el candidato Patricio Aylwin, en un emocionante acto en el Teatro Carlos Cariola, se comprometió a muchas cosas, entre ellas a que los premios nacionales serían entregados «anualmente y por los pares».

Esta fue una de las tantas cosas que una vez como Presidente no cumplió, no porque no fuera posible, como tal vez otras, sino simplemente porque no le interesaba. Ni a él ni casi a nadie en el gobierno.

Hicimos enormes esfuerzos, infructuosos, por tratar de convencerlo de que en sus viajes se hiciera acompañar por escritores, como lo hacen los presidentes cultos. No era su caso. O que abriera las puertas del servicio exterior —en las áreas reservadas para nombramiento presidencial— a gente de la cultura. No fue posible.

Lo único que logramos en su gobierno fue gracias a Ricardo Lagos y Jorge Arrate, sus ministros de educación, que se allanaron a la formulación de un proyecto de Ley del Libro, para fomentar la lectura en un Chile que prolongaba su apagón cultural. Y fue Ley.

Me correspondió hablar en el acto de promulgación y aunque agradecí la firma, dejé algunas señas sobre las tareas pendientes. Una de ellas era la anualización del Premio Nacional de Literatura.

 

Las fibras de la esencia de lo humano

Recién ahora, en 2025, es decir 35 años después, se ha conquistado esa anualización, gracias a un presidente que valora la literatura y a un Congreso que sumido en una mediocridad generalizada, prefirió apoyarlo para no aparecer rechazando algo que ni siquiera generaba gastos importantes.

¿Seguirá esa alternancia? Si fuera así, ¿cuándo se valorará al que escribe en todos los géneros? ¿Tendría que ser otro premio?

¿Y los pares? En eso se ha avanzado. Por fin hay escritores en el jurado. Por cierto no es un jurado de pares, pero por lo menos dos personas que se dedican al oficio de escribir están siendo consideradas.

Escribo sobre este tema, haciéndome una pregunta más: ¿Cuáles deben ser los criterios para otorgar este premio? ¿La trayectoria? ¿La cantidad de libros? ¿Las opiniones de los críticos literarios? ¿El peso de los medios de comunicación con reconocimiento en los ambientes políticos oficiales? ¿Las conexiones políticas de los escritores? ¿Su compromiso con los derechos humanos o las luchas sociales? ¿Sus otras participaciones culturales? ¿Los nexos de amistad con los funcionarios del gobierno de turno? ¿Deben ser egresados de la Universidad de Chile?

 

La Sociedad de Escritores de Chile cumplió en eso un sobresaliente papel. Su presidente, Luis Sánchez Latorre fue el dique de contención, combinando amabilidad con seguridad, evitando que la dictadura se ensañara con la SECH como algunos lo pretendieron desde las esferas oficiales. La mayor parte de los escritores eran contrarios al golpe y muchos de ellos pertenecían a los llamados partidos de izquierda.

Sin duda que en eso, Sánchez Latorre fue un extraordinario dirigente. Debemos decirlo: él escribía en Las Últimas Noticias de El Mercurio y eso le servía de escudo, sobre todo porque sus contribuciones en ese medio no eran políticas. Pese a muchas presiones, jamás apoyó a la dictadura.

Cuando entré a la SECH, en 1982, él me dijo: «Hay que fortalecer nuestra comisión de derechos humanos». Me sumé a los esfuerzos que hacían Teresa Hamel y Rebeca Navarro, a quienes apoyaban con gran dedicación la abogada Carmen Hertz —que no era socia— y su pareja el escritor Carlos Cerda.

La dictadura, que carecía de suficientes escritores de mérito, alivianó su carga declarando que el Premio se otorgaría cada dos años e impuso la norma de separar a los escritores entre narradores y poetas, quienes se alternarían en la premiación.

Olvidaba, por supuesto a ensayistas y dramaturgos, porque probablemente no había entre ellos muchos que los apoyaran. Los escritores somos narradores, poetas, ensayistas. Algunos, hasta hemos escrito obras de teatro. Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género.

Cuando hubo elecciones presidenciales libres, el candidato Patricio Aylwin, en un emocionante acto en el Teatro Carlos Cariola, se comprometió a muchas cosas, entre ellas a que los premios nacionales serían entregados «anualmente y por los pares».

Esta fue una de las tantas cosas que una vez como Presidente no cumplió, no porque no fuera posible, como tal vez otras, sino simplemente porque no le interesaba. Ni a él ni casi a nadie en el gobierno.

Hicimos enormes esfuerzos, infructuosos, por tratar de convencerlo de que en sus viajes se hiciera acompañar por escritores, como lo hacen los presidentes cultos. No era su caso. O que abriera las puertas del servicio exterior —en las áreas reservadas para nombramiento presidencial— a gente de la cultura. No fue posible.

Lo único que logramos en su gobierno fue gracias a Ricardo Lagos y Jorge Arrate, sus ministros de educación, que se allanaron a la formulación de un proyecto de Ley del Libro, para fomentar la lectura en un Chile que prolongaba su apagón cultural. Y fue Ley.

Me correspondió hablar en el acto de promulgación y aunque agradecí la firma, dejé algunas señas sobre las tareas pendientes. Una de ellas era la anualización del Premio Nacional de Literatura.

 

Las fibras de la esencia de lo humano

Recién ahora, en 2025, es decir 35 años después, se ha conquistado esa anualización, gracias a un presidente que valora la literatura y a un Congreso que sumido en una mediocridad generalizada, prefirió apoyarlo para no aparecer rechazando algo que ni siquiera generaba gastos importantes.

¿Seguirá esa alternancia? Si fuera así, ¿cuándo se valorará al que escribe en todos los géneros? ¿Tendría que ser otro premio?

¿Y los pares? En eso se ha avanzado. Por fin hay escritores en el jurado. Por cierto no es un jurado de pares, pero por lo menos dos personas que se dedican al oficio de escribir están siendo consideradas.

Escribo sobre este tema, haciéndome una pregunta más: ¿Cuáles deben ser los criterios para otorgar este premio? ¿La trayectoria? ¿La cantidad de libros? ¿Las opiniones de los críticos literarios? ¿El peso de los medios de comunicación con reconocimiento en los ambientes políticos oficiales? ¿Las conexiones políticas de los escritores? ¿Su compromiso con los derechos humanos o las luchas sociales? ¿Sus otras participaciones culturales? ¿Los nexos de amistad con los funcionarios del gobierno de turno? ¿Deben ser egresados de la Universidad de Chile?

 

La Sociedad de Escritores de Chile cumplió en eso un sobresaliente papel. Su presidente, Luis Sánchez Latorre fue el dique de contención, combinando amabilidad con seguridad, evitando que la dictadura se ensañara con la SECH como algunos lo pretendieron desde las esferas oficiales. La mayor parte de los escritores eran contrarios al golpe y muchos de ellos pertenecían a los llamados partidos de izquierda.

Sin duda que en eso, Sánchez Latorre fue un extraordinario dirigente. Debemos decirlo: él escribía en Las Últimas Noticias de El Mercurio y eso le servía de escudo, sobre todo porque sus contribuciones en ese medio no eran políticas. Pese a muchas presiones, jamás apoyó a la dictadura.

Cuando entré a la SECH, en 1982, él me dijo: «Hay que fortalecer nuestra comisión de derechos humanos». Me sumé a los esfuerzos que hacían Teresa Hamel y Rebeca Navarro, a quienes apoyaban con gran dedicación la abogada Carmen Hertz —que no era socia— y su pareja el escritor Carlos Cerda.

La dictadura, que carecía de suficientes escritores de mérito, alivianó su carga declarando que el Premio se otorgaría cada dos años e impuso la norma de separar a los escritores entre narradores y poetas, quienes se alternarían en la premiación.

Olvidaba, por supuesto a ensayistas y dramaturgos, porque probablemente no había entre ellos muchos que los apoyaran. Los escritores somos narradores, poetas, ensayistas. Algunos, hasta hemos escrito obras de teatro. Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género.

Cuando hubo elecciones presidenciales libres, el candidato Patricio Aylwin, en un emocionante acto en el Teatro Carlos Cariola, se comprometió a muchas cosas, entre ellas a que los premios nacionales serían entregados «anualmente y por los pares».

Esta fue una de las tantas cosas que una vez como Presidente no cumplió, no porque no fuera posible, como tal vez otras, sino simplemente porque no le interesaba. Ni a él ni casi a nadie en el gobierno.

Hicimos enormes esfuerzos, infructuosos, por tratar de convencerlo de que en sus viajes se hiciera acompañar por escritores, como lo hacen los presidentes cultos. No era su caso. O que abriera las puertas del servicio exterior —en las áreas reservadas para nombramiento presidencial— a gente de la cultura. No fue posible.

Lo único que logramos en su gobierno fue gracias a Ricardo Lagos y Jorge Arrate, sus ministros de educación, que se allanaron a la formulación de un proyecto de Ley del Libro, para fomentar la lectura en un Chile que prolongaba su apagón cultural. Y fue Ley.

Me correspondió hablar en el acto de promulgación y aunque agradecí la firma, dejé algunas señas sobre las tareas pendientes. Una de ellas era la anualización del Premio Nacional de Literatura.

Las fibras de la esencia de lo humano

Recién ahora, en 2025, es decir 35 años después, se ha conquistado esa anualización, gracias a un presidente que valora la literatura y a un Congreso que sumido en una mediocridad generalizada, prefirió apoyarlo para no aparecer rechazando algo que ni siquiera generaba gastos importantes.

¿Seguirá esa alternancia? Si fuera así, ¿cuándo se valorará al que escribe en todos los géneros? ¿Tendría que ser otro premio?

¿Y los pares? En eso se ha avanzado. Por fin hay escritores en el jurado. Por cierto no es un jurado de pares, pero por lo menos dos personas que se dedican al oficio de escribir están siendo consideradas.

Escribo sobre este tema, haciéndome una pregunta más: ¿Cuáles deben ser los criterios para otorgar este premio? ¿La trayectoria? ¿La cantidad de libros? ¿Las opiniones de los críticos literarios? ¿El peso de los medios de comunicación con reconocimiento en los ambientes políticos oficiales? ¿Las conexiones políticas de los escritores? ¿Su compromiso con los derechos humanos o las luchas sociales? ¿Sus otras participaciones culturales? ¿Los nexos de amistad con los funcionarios del gobierno de turno? ¿Deben ser egresados de la Universidad de Chile?

Reviso mi lista de contactos y me encuentro con más de veinte personas que merecerían el Premio Nacional de Literatura. Me doy cuenta que me estoy excluyendo, lo que no debiera hacer.

Pero esas veinte personas son casi todas mayores. Sólo en mi generación, es decir, los que pudimos romper las barreras de la dictadura para publicar en Chile, hay muchos que tienen méritos suficientes, pero por su edad tal vez mueran antes.

En países cultos, como Uruguay, se otorgan varios premios cada año: en poesía, novela, cuentos, ensayos y teatro. No sujetos a una obra determinada, sino a un trabajo integral del escritor. ¿Algún candidato se hará cargo de algo así?

He recibido algunas cartas de personas que promueven a algunos escritores. Yo me sumé a la postulación de Juan Mihovilovich Hernández.

Escritor total, poeta y narrador, que se ha instalado en sus ancestrales tierras maulinas, Longaví, en medio de árboles y praderas, luego de haber ejercido la judicatura en la Patagonia. Abogado, luchador por los derechos humanos, activista de la cultura donde ha estado, su aporte a la sociedad chilena en todas las áreas ha sido valioso y debe seguirlo siendo.

Pertenece a una generación que ha vivido con intensidad el tránsito entre dos siglos, dos eras cósmicas y cambios en valores, tecnología, estilos, como nunca antes se había vivido en el planeta en tan poco tiempo. En medio de esa vorágine, su literatura es vigente y poderosa, porque toca las fibras de la esencia de lo humano, profundamente situado en la realidad chilena y universal al mismo tiempo.

Su obra no presenta puntos débiles y somos muchos los que hemos gozado, llorado, conmocionado, con sus textos. Es entusiasta y creativo, sigue aportando con su pluma sin descanso y un reconocimiento tan merecido, fortalecerá la expectativa de que tengamos nuevas obras de Juan y a Juan para muchos años.

Y luego, año a año, seguirán otros.

 

Jaime Hales Dib (1948) es abogado formado en la Universidad de Chile, poeta, narrador y profesor.

En 1995 fundó la Academia de Estudios Holísticos SYNCRONIA, luego fue agregado cultural en México, y también formó parte del directorio y fue secretario general de la Sociedad de Escritores de Chile.

Además, integró el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile, participó en la comisión redactora de la Ley del Libro, fundó la Editorial Casa Doce, ha publicado varios textos de su autoría y ha dado recitales poéticos en diversas ciudades de Chile y en el extranjero (Francia, España, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Panamá, Uruguay, Argentina y México).

En la actualidad es columnista y redactor estable del Diario Cine y Literatura.

LA ERA DE ACUARIO

Jaime Hales ha publicado su libro “ACUARIO, EL GRAN CAMBIO EN MARCHA” (Editorial Catalonia), que se encuentra a la venta en librerías con excelente aceptación del público lector. Es un libro con abundante información, fácil de leer y que plantea nuevas e interesantes miradas del presente y del futuro.

El autor ha sugerido que se hagan grupos de personas que hayan leído el libro para tener conversaciones en las que se puedan profundizar ideas y debatir en vistas al futuro concreto de cada uno.