Jaime HALES
Escritor, abogado, tarotista
Santiago, Chile
Tarde invernal de lluvia suave y mucho frío. Casi a las 5 y media de la tarde, Maru y yo llegamos al departamento 22, donde viven Nicolo Gligo y Gloria. Fuimos a conocerlo – en realidad mi intención era sólo recibir su nueva novela Crónica de un mundo que fue comentada muy favorablemente por Juan Mihovilovich– sin saber que nos encontraríamos con dos personas maravillosas. Nicolo y Gloria están juntos desde sus tiempos universitarios en la Escuela de Agronomía de la Universidad de Chile, al promediar la década de los años 50. Después de casi 70 años de unión, se nota en su actitud el amor que se tienen.
Fueron dos horas en las que Nicolo se fue revelando en su dimensión más completa. Nacido en Punta Arenas, hijo de un pacifista que se negó a luchar en la guerra de 1914 en defensa del imperio Austro-Húngaro y de una italiana que llegó de niña a Rosario, Argentina, y luego pasó a Punta Arenas donde habría de conocer a su amor.
Punta Arenas es cuna de escritores (su hermana Ágata, el nombrado Juan, los premios nacionales Díaz Eterovic y Roque Esteban Scarpa, Astrid Fugellie, Oscar Barrientos, el gran Rolando Cárdenas y muchos más). La distancia, el frío, la oscuridad de los días invernales, invita al recogimiento de la escritura y de la lectura (el presidente Gabriel Boric sin ir más lejos).
De la novela casi no hablamos. Partimos la conversación cuando nos contó que había publicado el poemario Preludio de un Viaje Insondable. Nos advierte: «Todos me dicen que es pésimo», pero igual quiero que se lo lleven y si les da el ánimo lo leen.
Además de los monumentales informes de sustentabilidad de Chile en materias de medio ambiente, publicados por CEPAL, Nicolo publica artículos sobre diversos temas. Todo lo que tenga que ver con el bienestar ecológico, con el medio ambiente, con el desarrollo de la naturaleza, con la agricultura, son temas que le interesan y respecto de los cuales ha escrito mucho en libros, revistas y diarios.
Los poemas que leí de su libro son extraordinarios por su profundidad, por la belleza de las imágenes y los sentimientos que proyecta, por la riqueza de lenguaje, por la temática íntima, vivencial, trascendente. En ellos hay interpelación fuerte, pero no directa, para quienes prefieren pasar por la vida en el tobogán de la superficialidad y que van buscando riqueza o bienestar, tal vez simple sobrevivencia, cumpliendo roles asignados por otros. Nicolo escribe teniendo claro que finalmente aparecerá la muerte como un hecho inevitable, a veces deseado, para ser parte de un universo en constante expansión.
Profesor universitario en Chile y en el extranjero, funcionario internacional recorriendo el continente americano, interesado vivamente en la política (razón por la cual debió dejar Chile en un par de oportunidades durante la dictadura) nos habló de muchos temas, nos dimos cuenta de tener conocidos en común y en una conversación muy entretenida, Nicolo fue desenvolviendo su mágica y larga vida, su intensa trayectoria.
Pero además de libros técnicos, historia de grandes acontecimientos (como la reforma agraria), novelas, cuentos magallánicos, poemas de honda trascendencia, Nicolo ha publicado un increíble libro con fotografías tomadas por él de los amaneceres y atardeceres de su ciudad natal. Decir que es un bello libro es una expresión insuficiente para dar cuenta de la calidad de la obra. Podría llenarme de adjetivos, pero ninguno sería suficiente manifestación de las sensaciones que en nosotros fue provocando el tránsito por sus páginas.
Entonces, cuando nos invitó a pasar al comedor y para cambiar de tema, pregunté por el nombre del autor de un cuadro que me llamó la atención. “Soy yo”, dijo Nicolo, mientras iba a buscar la leche y la tetera de porcelana con agua caliente. Y claro, los muros están llenos de sus acuarelas y de sus óleos “acuarelados”.
En su escritorio, lleno de objetos hermosos traídos de muchos lugares, con varias medallas y reconocimientos por su trayectoria, fotos de sus compañeros de curso en distintas etapas de la vida, algo nos llama la atención. “Es que esos son los reconocimientos y las medallas de bronce por mi trayectoria como basquetbolista”. ¿Cuándo eras joven?, pregunto. Él sonríe. “Sí, jugué hasta los 87 años en el mundial de mayores de 75. No sé si jugaré este año”.
Está inquieto por la destrucción que provocan los castores en el sur, por el abandono de la parte chilena de Tierra del Fuego, donde la población es casi 100 veces menor que la de la parte argentina.
Alegre, bromista, saborea dulces con entusiasmo, toma el té con un poco de leche a la usanza europea (tal vez lo aprendió durante su estadía en Florencia), nos muestra unos paneles de madera adosados al muro, hechos por él, que contienen fotos y que se abren en capas sucesivas donde conserva la historia de su familia fundada y destaca los éxitos de sus hijos.
Es un renacentista aparecido en nuestra tierra: pinta acuarelas y óleos, hace deporte, escribe sobre todo tipo de temas, hace fotografías, está lleno de anécdotas, su escritorio es un arcano en que la vida se desenvuelve sin detenerse jamás. No me atreví a preguntarle si además canta, pero estuve a punto de hacerlo cuando nos contó que Gloria fue integrante del ballet Antumapu de la Universidad de Chile.
Un renacentista, para quien nada humano es ajeno, que asume todas las tareas creativas como parte de su estructura vital, que ama, que cuida su cuerpo y su alma, que hace amistades, que se motiva con lo que sucede en el mundo, en el país, en el barrio y en su casa.
Salimos de allí cargados de libros, después de disfrutar unas onces espléndidas que preparó Nicolo.
