Mi camino
Jaime Hales
Texto para ser leído en el
Festival Mente, Cuerpo y Alma (MCA),
el 22 de agosto de 2005,
con ocasión del “Homenaje a la trayectoria”
para Pedro Engel, Jaime Hales y Gonzalo Pérez.


Cuando Edgardo y Joyce me escribieron para contarme que harían este reconocimiento a la
trayectoria de los que ellos llaman “los tres magos”, me costó creerlo.
Descubrí hace muchos años que parte de mi tarea es trabajar, colaborar con otros, sin buscar
reconocimiento ni premios. Lo conversé con Maru, la mujer que amo y con quien comparto las
aventuras, desvelos y esperanzas en la recta final. Ella me dijo: “está bien, si eres humilde, debes
aceptarlo. Y si no lo eres, te pondrás contento de que te reconozcan”. Quizás no lo dijo
exactamente así, pero me di cuenta que ese pensamiento representaba lo que sentía: sin hacer
las cosas para ser reconocido, me siento contento cuando eso sucede.
Agradezco a Edgardo y Joyce y al equipo de MCA por organizar este acto. Y a todos los presentes
por estar aquí. Agradezco a mis compañeros de ruta, a quienes amo y a todos quienes, queriendo
o no, sabiendo o no, han ido contribuyendo a que se forjara en mí la persona que soy. Soy quien
soy, con todos mis defectos y con todos mis atributos, con mi fuerza y mi alegría, con mis torpezas,
con mis éxitos y derrotas, con mis contradicciones y mi compromiso intransable con la vida
humana y las personas que me rodean. Pude haber sido distinto, tal vez mejor, tal vez peor.
Pero los vaivenes, las dudas, las confianzas, los errores y los aciertos de mis decisiones, me han
llevado a esta tarde emocionante, en la que – mientras el Sol transita de Leo a Virgo, mi
ascendente, acompañado de la Luna – debo reconocer que espero aún seguir haciendo muchas
cosas y estoy lejos de querer terminar mi recorrido por la vida actual.
Nací en la primera mitad del siglo pasado, el primer día del año astrológico, el mismo año en que
por primera vez el sol despuntaba teniendo como fondo la constelación de Acuario.
Miro hacia atrás mi vida y me detengo en mi presente. Debo reconocer que es altamente probable
que lo que me queda por vivir sea menos de lo ya vivido en esta encarnación. Al observar mi vida
actual, me doy cuenta que las tareas pactadas por mi alma al resolver encarnar, están casi todas
ya cumplidas.

  • He logrado rescatar muchos de los conocimientos que mi alma había previsto traer para
    esta vida;
  • he logrado trasmitir, a quienes necesitaban aprender, los conocimientos necesarios;
  • he logrado dar las luchas que las circunstancias me pusieron por delante;
  • he conseguido disminuir el grado de control que me sentía tentado a ejercer.
  • Supe reconocer cuándo renunciar a las ambiciones de dinero y poder.
  • He escrito la mitad de lo que debo escribir, así es que me estoy apurando.
  • Aprendí a distinguir los cambios, a impulsar los que me correspondía y a aceptar los que
    no podía evitar.
  • Reconocí las señales que mi alma dejó y las que los demás me fueron dando.
  • Permití que la rueda girara libremente y asumí la tarea de la magia con toda la
    responsabilidad que me ha sido posible.
  • Entendí, ya muy avanzada la edad, la diferencia entre los brujos y los magos.
    o Los brujos nacen con dones y simplemente deben ejercerlos.
    o Los magos deben preparare para despertar las energías interiores, estudiar,
    observar, trabajar en sí mismos, orar y escuchar a los demás.
    o Para un mago todos sus interlocutores son maestros en alguna medida, porque de
    cada persona algo deben aprender.
    o Y me he preparado para ser mago, debiendo hacer el esfuerzo de conocerme a mí
    mismo, intentar asumir y corregir mis dificultades, asumir mis habilidades y
    virtudes, rectificar lo necesario, aceptar lo que no puedo cambiar y cambiar en
    todo lo que es necesario.
    Siendo muy niño conocí a los ángeles. Eran energías maravillosas que se me presentaban como
    amigos, seres luminosos que me iban guiando por caminos difíciles. Las tareas a las que me
    comprometí necesitan de ayuda de los ángeles: me enseñaron a ver, a distinguir, a recordar, a
    confiar. Al comienzo, los ángeles me parecían ser compañeros de juego o tomaban la forma de mi
    tía Alia y entonces le contaba a mi mamá que ella había venido a verme, lo que no era así.
    Recuerdo, con una claridad asombrosa, cuando me di cuenta, por primera vez, a los tres años más
    o menos, de la presencia de mi ángel protector, no confundiéndolo con nadie: Yo estaba en la casa
    de mis abuelos en Traiguén. Mi abuelo jugaba al ajedrez y yo miraba. Mi abuela encendió las luces
    de la galería y entonces vi en el pasillo una luz preciosa que rodeaba a una figura humana. Ninguno
    de los adultos lo veía. Él se comunicó conmigo sin emitir sonidos. Sus mensajes entraban en mi
    mente directamente y supe que este hecho debería callarlo, pues nadie lo creería. Después me
    dijo su nombre: Leliel. Hoy, tantos años después, me atrevo a contarlo ante ustedes, que pueden
    creerme o no, pero a mi edad tengo el deber de contarlo todo.
    Desde aquella vez he aprendido a invocar a los ángeles y a tener respuestas para muchas cosas
    que en mi vida parecían inexplicables. Supe que todos los humanos tenemos, al menos, un ángel
    protector y junto a él muchos otros que nos pueden auxiliar en tareas concretas. Pero que para
    eso debemos invocarlos, pedir, asumir con fe que ellos pueden llegar hasta nosotros.
    Leliel me ha hablado de muchas cosas que supe sin haber estudiado y que al correr del tiempo he
    ido confirmando. Siendo pequeño me habló de Metatrón, el arcángel que alguna vez fue humano
    y llegó a ser de los más importantes. Con su luz de tonos azulados pude reconocerlo cuando
    exploré, bajo la dirección de Ronald Schulz, algunas de mis primeras regresiones. Supe luego de
    otro maestro, Enael, que es el que me guía por terrenos más intelectuales. Cuando hablo de esto
    en otros lugares, me refiero meramente a la intuición. Pero yo sé que esa intuición no es más que
    la disposición a escuchar lo que las voces de estos emisarios protectores nos quieren decir.

    A ellos me consagro con cada lectura de Tarot o terapia de Vida Pasada. Sin ellos, mi trabajo sería
    como una campana que no suena, un río sin agua, un árbol sin raíces.
    En el mundo de hoy, ante la inmensidad del universo y la magnitud del tiempo, cada uno de
    nosotros es pequeño y aparentemente insignificante. Nuestra sola existencia humana acrecienta
    mi fe en la divinidad y me hace asumir que si uno de nosotros no existiera, el mundo no sería el
    mismo.
    Supe del alma y la reencarnación, sin ser capaz de poner nombre a cada cosa.
    Siendo muy niño, alrededor de los siete años, ya sabía que las personas con las que me estaba
    relacionando eran muy relevantes para mí.
    Sentía a mi madre como alguien a quien conociera desde hacía mucho tiempo y yo la miraba con
    admiración. Ella me parecía una especie de reina misteriosa cuya sonrisa albergaba muchas
    emociones que sentía contradictorias. A ratos percibía que ella tenía una preocupación exagerada
    por mí, como si yo fuera su preferido, pero en cualquier momento aparecía una sensación curiosa,
    como si le provocara cierto temor
    Muchos años después, a pedido de mi madre, un joven astrólogo y psicólogo leyó mi carta astral
    y le hizo un informe que encontré entre sus papeles al morir ella. En él, el astrólogo, de nombre
    Gonzalo Pérez, que no me conocía entonces, le advertía que yo pasaría muchos pesares, pero que
    ya había soportado las pruebas más difíciles y había elegido el camino correcto. La violencia estaba
    situada en las antípodas, pero faltaban algunos acontecimientos para empujarme al cumplimiento
    de las tareas más importantes, que tendrían que ver con la trascendencia.
    Cuando leí el informe recordé algo que una astróloga que vivía en Puerto Cisnes, muy al sur de
    Chile, le había dicho a mi madre cuando yo aún no cumplía un año: “este niño no morirá sin
    cumplir con lo que tiene que hacer y puede ser un mago si decide prepararse y si tú Adela, como
    su mamá, decides ayudarlo”. Ella escribió eso en una carta para mí mientras me debatía entre la
    vida y la muerte a los 9 años; nunca me la entregó, sólo la conocí al empezar la adolescencia
    cuando la encontré en las páginas del libro “La Astrología como ciencia Oculta”, del músico Oskar
    Adler.
    Desde pequeño supe que había vivido otras vidas.
    Cuando leía historias en libros para niños mayores que yo, cuando veía películas que trataban de
    la edad media o antes, cuando estudiaba sobre la historia del mundo y tiempos inmemoriales,
    cuando leía los evangelios a los seis o siete años, yo sabía que había muchas cosas que conocía de
    antes, que mi alma sabía, que mi cerebro recordaba o reconocía, que lo más probable era que
    hubiera vivido otras vidas.
    Un compañero de colegio, como a los 12 años, me dijo: “eso se llama reencarnación y está
    prohibido por la Iglesia”. Y poco tiempo después el padre Daniel, a quien le decíamos “corchito”,
    dijo en un retiro algo que para mí fue clave: “Hay veces que prohibimos cosas, porque no sabemos
    su alcance, porque les tenemos miedo y porque no sabemos que harán las personas con esas
    ideas”.

    ¡Así supe que era verdad la reencarnación!
    ¿Cuáles fueron las influencias iniciales y las más relevantes?
    Estaba en Traiguén. Hubo noches inolvidables: Sólo tenía cinco años cuando desde la pieza en que
    dormía junto a mi hermano escuchaba a mi madre, Adela Dib, a mi tía Alia y a mi tío Omar, leer
    en voz alta un libro y luego comentarlo. Un día le pregunté a mi mamá por el título del libro: “En
    busca de lo milagroso”, me dijo. “¿Y qué es lo milagroso?”, insistí. No tuve respuesta.
    El accidente de los 9 años – al que sobreviví como es evidente – marcó para siempre mi vida, no
    sólo por un dolor persistente en la pierna izquierda, que me acompaña hasta el día de hoy, un
    dolor que me hace recordar la historia de Quirón, sino porque empecé a ver realidades nuevas e
    incursioné en los libros que poblaban la biblioteca de mis padres.
    A los 9 años accedí al libro de Quirología de Joseph Ranald y luego comencé a hurgar en otros
    libros y autores: la autobiografía de Paramahansa Yogananda, los libros de Herman Hesse, Gustav
    Meynrick, Jung y Lobsang Rampa, que me desafiaron a lecturas que, por cierto, no entendía en
    toda su dimensión, pero que agitaban mi alma a extremos de que más de alguna vez sentí que me
    volvía loco con tanta información, con tantas inquietudes y emociones que me sacudían. Éste era
    el terreno de mi madre.
    Esas lecturas las alternaba con los libros de historia, los diarios, las revistas que hablaban de
    política y de fútbol. Éste era el terreno de mi padre, con quien me sentía muy lejano de niño, pero
    a quien fui conociendo con el paso de los años, hasta llegar a valorarlo en toda su integridad, poco
    antes de que él muriera, mientras yo estaba a 9.000 kilómetros.
    Miro desde la altura del tiempo mi trayectoria y busco los nombres de las personas que más
    influyeron en mí. Fueron muchas, de quienes fui bebiendo la savia de la vida, unos para insertarme
    en lo concreto de las urgencias vitales y otros para conducirme sutilmente hacia la espiritualidad,
    la creación, ciertas formas de religiosidad, la experiencia de las emociones, a todo lo que oliera a
    misterio. En casa de mis padres conocí a mucha gente interesante, como Oscar Ichazo, Miguel
    Serrano y grandes dirigentes políticos de Chile y de otros países. Recuerdo haber estado presente
    en una conversación acerca de Jung en los días posteriores a su muerte. Participaban, además de
    mi madre, Miguel Serrano y otras personas cuyos nombres no recuerdo. Me parece que estaba
    Lola Hoffman. Yo tenía 15 años y estaba pasando por un momento muy intenso, a partir del cual
    Jung, junto a Nietszche y Kafka, se convirtieron en referentes muy importantes.
    Gurdjieff y Ouspensky estaban siempre como una sombra rondando. Rescataba todo lo valioso
    del pensamiento de esos dos hombres y sus seguidores, pero en definitiva sentí que
    representaban el último grito de defensa de Piscis, la Era que estaba muriendo.
    Recuerdo a aquellos profesores de historia – don Octavio Montero, don Roberto Hernández, doña
    Julia Peñaloza – que me conectaron con todo el desarrollo de la humanidad; a Gastón Soublette,
    mi profesor de música en primero de humanidades; y a Ricardo Contreras ese profesor de
    Castellano que me incitó a escribir, cuando se dio cuenta de que me gustaban la poesía, los
    cuentos de autores chilenos y las novelas policiales.

    Siempre en el colegio – varios colegios, porque más de una vez fui expulsado – rindo tributo a
    Jaime Blume Sánchez, Gerardo Joannon y Pablo Fontaine y a través de ellos a todos, sí, bien digo,
    a todos los profesores de los últimos tres años escolares y a la gran mayoría de mis compañeros.
    Aunque yo era distinto de todos, con otras ideas, muy rebelde, agrandado tal vez, ariano en cierta
    vocación de liderazgo, con mi Piscis en la casa seis dando sentido de sacrificio a todo cuanto hacía,
    con un stelllium de gran intensidad en la casa doce y Urano en el medio cielo, me sentí querido
    por mis compañeros, pese a todo ello, respetado y valorado por mis profesores.
    Fue en esos años cuando tuve por primera vez cierta conciencia de la trascendencia, de la
    expansión de mi espiritualidad y de la exigencia profunda de inserción en la sociedad en la que
    debería cumplir mis tareas de aprender, enseñar, luchar y servir y, sobre todo, amar. A los 18 años
    logré saber eso de mí. Por eso entré al seminario de los sagrados corazones. Y por esas mismas
    razones, un año después me retiré.
    Después fueron apareciendo otros personajes: Claudio Naranjo, de quien fui su paciente en plena
    adolescencia y con quien trabé en los años siguientes una relación muy bonita de conversación
    fácil y contactos esporádicos. Cuando Claudio se fue a vivir al extranjero me derivó con Lola
    Hoffman. Otros dos terapeutas, tal vez sin quererlo, me abrieron puertas al conocimiento
    misterioso: la doctora Erika Guzmán (no sé su apellido, porque ella, alemana de nacimiento,
    adoptó el de su marido) y Alex Kalawski. Ellos, en diferentes momentos, me hicieron ver que el
    desarrollo personal es la expansión de la energía de la trascendencia en el mundo real.
    Menciono a cuatro personas a quienes considero muy claves en mi formación y mis
    reconocimientos vocacionales: Gustavo Lagos Matus, Jaime Castillo Velasco, la educadora Mary
    Marshal, la poeta Rosa Cruchaga.
    Al salir de la universidad vino la tragedia del golpe de Estado y los derechos humanos surgieron
    delante de mí como una exigencia de supervivencia moral. Fue entonces que figuras como
    Roberto Garretón, Patricia Verdugo, Sergio Valech, Enrique Alvear, terminaron de enlazar la
    trascendencia con el compromiso real y efectivo en el mundo que estaba viviendo
    Podría (o quizás debería) nombrar a tanta gente con la que compartí, con la que trabajé, a la que
    defendí en los tribunales, a los que acompañé en el dolor. Podría nombrar incluso a quienes me
    interrogaron cuando estuve detenido en la Villa Grimaldi, pues de ellos aprendí lo que no se debe
    hacer; podría mencionar a aquel amigo que para salvar la vida de otros me traicionó, pues gracias
    a él aprendí a perdonar de verdad. Me refiero a las personas que amé y me amaron; a mis hijos y
    hermanos por el solo hecho de existir y estar presentes; a mis camaradas de partido; a los libreros
    de San Diego que me proveyeron de materiales cuando lo esotérico era visto con desdén y
    sospecha; a mis amigos que he ido acumulando en el tiempo, algunos desde las épocas escolares
    y universitarias, más allá de diferencias políticas, ideológicas, profesionales, religiosas y de
    cualquier otro tipo. Y a la mujer que me amo, me acompaña y me ayuda con mis escritos.
    Todos ellos fueron guiando mis pasos hacia aquel momento en que dejaría la profesión de
    abogado para fundar universidades; y luego me alejaría de las universidades para fundar

    Syncronía, esa Academia de Estudios Holísticos a la que consagré 25 años, enseñando y
    atendiendo personas, abriendo las puertas para que muchos pudieran estudiar.
    Algo de lo hecho y de mis convicciones.
    Libros de astrología, de poesía, de psicología, sexualidad, religiones, política e historia, todo se iba
    agolpando en mí, leía incansablemente y escribía todo lo que podía: cuentos, relatos, anécdotas,
    poemas. Hasta dos novelas que quedaron por allí.
    Mi vida ha sido de una rebeldía persistente y de una búsqueda incansable. Mi compromiso con
    los derechos humanos es una convicción profunda, más allá de las ideas políticas o las alianzas
    circunstanciales. Es parte de lo mismo: mi profundo amor por la persona humana, porque entendí
    que no debía desgastar energías en “amar a dios”, sino que debía concentrarlas en imitarlo: es
    decir, amar a los seres humanos sin distinciones, denunciar lo que atenta contra la vida y defender
    a quienes son perseguidos. Con la práctica del derecho, con las banderas políticas, con mis
    escritos, con la poesía, con la acogida que puedo prestar a los demás. Mi participación en la
    política no fue para tener cargos ni ser candidato a nada. Lo fui, transitoriamente, pero siempre
    lo que quería era servir y ayudar.
    En la adolescencia comencé a estudiar el tarot, por mi cuenta, leyendo libros, pero sobre todo
    mirando las cartas y adentrándome en las reflexiones que ellas me motivaban. Recién a los 40
    años, después de estar 25 años en preparación, me atreví a leer el tarot a un consultante. Y no he
    dejado de hacerlo hasta hoy.
    Después de un breve paso por los grupos inspirados en Gurdjieff y gracias a ellos, me di cuenta
    que ése no era mi camino. Intensamente religioso, sentía que todos mis estudios holísticos eran
    coincidentes con ser católico, pero los sacerdotes que conocía no lo pensaban así. Por eso
    comencé a llevar todo eso en secreto. La excepción fue cuando en cuarto año de humanidades, a
    los 16 años, hice en el colegio una exposición sobre la Era de Acuario, invitado por el sacerdote
    rector Pablo Fontaine Aldunate. Fui seminarista por poco tiempo y en la biblioteca encontré libros
    de “autores prohibidos”, cuando ya el listado de prohibiciones parecía terminar. Supe allí de
    autores como Blavatsky, Steiner, Besant, Papus.
    Manteniendo los secretos de todos estos intereses, comencé a explorar los temas de mis
    encarnaciones previas y a través de libros y conversaciones, me fui aproximando y tuve las
    primeras regresiones. El trabajo más importante fue con el doctor Ronald Schulz, con quien
    terminamos siendo grandes amigos hasta el momento de su muerte. Trabajamos meses en mis
    regresiones y él se las sabía de memoria y recordaba detalles que a veces yo había olvidado.
    Luego comencé a acompañarlo en sus investigaciones, semanalmente por un tiempo y luego nos
    reuníamos cada quince días al menos, con un temario fijado por él para conversar distintos temas
    y formular más y más hipótesis de trabajo. A veces se nos sumaba Sergio Melnick y otras nos
    reuníamos con Marta Hermosilla y otras psicólogas. Él no quería discípulos, quería amigos. A su
    muerte, pese a que yo había resuelto no estudiar ningún tema nuevo, me di cuenta que podía
    contribuir a prolongar su legado.

    Fue así que me inscribí en los cursos de Viviana Zenteno, a quien ya conocía por años. Allí aprendí
    mucho y sistematicé lo que ya sabía, pudiendo dedicar, desde entonces, parte de mi vida
    profesional y laboral a la Terapia de Vida Pasada.
    Creo firmemente en la divinidad y en el destino divino que tenemos los humanos. Hemos sido
    creados con una semilla divina y nuestra alma trabaja encarnación tras encarnación para llegar
    algún día a ser parte consciente de la divinidad misma. Los humanos, seres limitados por el tiempo
    y el espacio, estamos llamados a ser los privilegiados en un planeta que ni siquiera conocemos
    suficientemente. No siempre podemos hacer todo lo que queremos ni saber todo lo que
    ansiamos.
    Nuestro mundo es la imagen de quienes somos y, por eso, si queremos un mundo de paz, amor y
    felicidad, debemos nosotros ser así y trabajar por eso en nuestro interior. Somos parte de los
    privilegiados en la historia de la actual humanidad: los únicos que estamos viviendo con un cierto
    grado de conciencia el paso de una Era (Piscis) a la siguiente (Acuario). El cambio es resistido por
    los que tienen miedo de perder sus posiciones y quienes los siguen, sometidos a una tiranía de
    ideas e intereses. Lograremos sentar las bases sólidas de Acuario, cuando, con la nueva
    humanidad que está naciendo y la transformación de la conciencia de quienes hoy vivimos, se
    logre reunir la masa crítica suficiente para ello. Ante eso tenemos responsabilidades concretas.
    Queridos amigos y amigas presentes en esta sala, amanece un tiempo nuevo.
    Y aquí estamos, ustedes, nosotros todos, cada uno, con muchas preguntas, sabiendo que
    finalmente todo está en el interior: el alma, el cuerpo, la emoción, la mente, tienen las respuestas
    que necesitamos. Estoy convencido, como nos lo enseñó William Blake, de que ningún pájaro
    vuela suficientemente alto si lo hace solo con sus propias alas. Por eso me propuse colaborar con
    todos los que estaban en mi entorno, con los que llegaban, en este proceso de conocernos cada
    uno a sí mismo, compartiendo reflexiones y aprendizajes plasmados en décadas de recorrer
    caminos diversos, ejercicios, talleres. Nos hemos encontrado para abrir nuevas puertas y ventanas
    hacia el paisaje interior, porque los cambios que el mundo requiere son los cambios de cada uno.
    Cada día podemos dar un paso más hacia una nueva manera de vivir, en la que ser feliz no sea una
    quimera sino una experiencia conmovedora. Haremos – estamos haciendo – un mundo mejor
    desde la armonía de cada uno de nosotros. Porque los avances logrados en nuestro conocimiento
    interior se reflejan en la calidad de nuestra contribución a la sociedad. El viejo debate acerca de
    la primacía del cambio social o del cambio personal ha perdido vigencia: es el momento de ser
    protagonistas.
    Los invito a mirarse con amor, con respeto, valorando la trayectoria del alma y la inserción en el
    mundo.
    Los invito, te invito, a respetar el mundo de cada cual, las personas, las cosas, las plantas, los
    animales, cada uno en lo suyo. A tener fe en la trascendencia y en el sentido de la tarea que cada
    uno ha venido a cumplir, en alianza tácita y a veces silenciosa con las otras almas con las que
    estamos viajando. Los grandes viajes, como nos ha dicho Gonzalo Pérez, no se hacen en solitario.

    Despertemos a estos instantes que aparecen constantemente: el despertar no es uno solo, sino
    que cada día amanece de nuevo y nos acercamos a una nueva realidad. Ningún día es igual al
    siguiente ni al anterior.
    Despertemos a este tiempo nuevo en el cual compartimos esperanzas y alegrías, tragedias y
    dolores, pero sobre todo la certeza de una felicidad posible para los humanos.
    Despertemos en este nuevo amanecer para alzar la voz con entusiasmo por todo lo vivido y por
    lo que habremos de vivir.
    Con mucho amor.

    Santiago, 22 de agosto de 2025

El Premio Nacional de Literatura: Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género

La Sociedad de Escritores de Chile cumplió en eso un sobresaliente papel. Su presidente, Luis Sánchez Latorre fue el dique de contención, combinando amabilidad con seguridad, evitando que la dictadura se ensañara con la SECH como algunos lo pretendieron desde las esferas oficiales. La mayor parte de los escritores eran contrarios al golpe y muchos de ellos pertenecían a los llamados partidos de izquierda.

Sin duda que en eso, Sánchez Latorre fue un extraordinario dirigente. Debemos decirlo: él escribía en Las Últimas Noticias de El Mercurio y eso le servía de escudo, sobre todo porque sus contribuciones en ese medio no eran políticas. Pese a muchas presiones, jamás apoyó a la dictadura.

Cuando entré a la SECH, en 1982, él me dijo: «Hay que fortalecer nuestra comisión de derechos humanos». Me sumé a los esfuerzos que hacían Teresa Hamel y Rebeca Navarro, a quienes apoyaban con gran dedicación la abogada Carmen Hertz —que no era socia— y su pareja el escritor Carlos Cerda.

La dictadura, que carecía de suficientes escritores de mérito, alivianó su carga declarando que el Premio se otorgaría cada dos años e impuso la norma de separar a los escritores entre narradores y poetas, quienes se alternarían en la premiación.

Olvidaba, por supuesto a ensayistas y dramaturgos, porque probablemente no había entre ellos muchos que los apoyaran. Los escritores somos narradores, poetas, ensayistas. Algunos, hasta hemos escrito obras de teatro. Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género.

Cuando hubo elecciones presidenciales libres, el candidato Patricio Aylwin, en un emocionante acto en el Teatro Carlos Cariola, se comprometió a muchas cosas, entre ellas a que los premios nacionales serían entregados «anualmente y por los pares».

Esta fue una de las tantas cosas que una vez como Presidente no cumplió, no porque no fuera posible, como tal vez otras, sino simplemente porque no le interesaba. Ni a él ni casi a nadie en el gobierno.

Hicimos enormes esfuerzos, infructuosos, por tratar de convencerlo de que en sus viajes se hiciera acompañar por escritores, como lo hacen los presidentes cultos. No era su caso. O que abriera las puertas del servicio exterior —en las áreas reservadas para nombramiento presidencial— a gente de la cultura. No fue posible.

Lo único que logramos en su gobierno fue gracias a Ricardo Lagos y Jorge Arrate, sus ministros de educación, que se allanaron a la formulación de un proyecto de Ley del Libro, para fomentar la lectura en un Chile que prolongaba su apagón cultural. Y fue Ley.

Me correspondió hablar en el acto de promulgación y aunque agradecí la firma, dejé algunas señas sobre las tareas pendientes. Una de ellas era la anualización del Premio Nacional de Literatura.

 

Las fibras de la esencia de lo humano

Recién ahora, en 2025, es decir 35 años después, se ha conquistado esa anualización, gracias a un presidente que valora la literatura y a un Congreso que sumido en una mediocridad generalizada, prefirió apoyarlo para no aparecer rechazando algo que ni siquiera generaba gastos importantes.

¿Seguirá esa alternancia? Si fuera así, ¿cuándo se valorará al que escribe en todos los géneros? ¿Tendría que ser otro premio?

¿Y los pares? En eso se ha avanzado. Por fin hay escritores en el jurado. Por cierto no es un jurado de pares, pero por lo menos dos personas que se dedican al oficio de escribir están siendo consideradas.

Escribo sobre este tema, haciéndome una pregunta más: ¿Cuáles deben ser los criterios para otorgar este premio? ¿La trayectoria? ¿La cantidad de libros? ¿Las opiniones de los críticos literarios? ¿El peso de los medios de comunicación con reconocimiento en los ambientes políticos oficiales? ¿Las conexiones políticas de los escritores? ¿Su compromiso con los derechos humanos o las luchas sociales? ¿Sus otras participaciones culturales? ¿Los nexos de amistad con los funcionarios del gobierno de turno? ¿Deben ser egresados de la Universidad de Chile?

 

La Sociedad de Escritores de Chile cumplió en eso un sobresaliente papel. Su presidente, Luis Sánchez Latorre fue el dique de contención, combinando amabilidad con seguridad, evitando que la dictadura se ensañara con la SECH como algunos lo pretendieron desde las esferas oficiales. La mayor parte de los escritores eran contrarios al golpe y muchos de ellos pertenecían a los llamados partidos de izquierda.

Sin duda que en eso, Sánchez Latorre fue un extraordinario dirigente. Debemos decirlo: él escribía en Las Últimas Noticias de El Mercurio y eso le servía de escudo, sobre todo porque sus contribuciones en ese medio no eran políticas. Pese a muchas presiones, jamás apoyó a la dictadura.

Cuando entré a la SECH, en 1982, él me dijo: «Hay que fortalecer nuestra comisión de derechos humanos». Me sumé a los esfuerzos que hacían Teresa Hamel y Rebeca Navarro, a quienes apoyaban con gran dedicación la abogada Carmen Hertz —que no era socia— y su pareja el escritor Carlos Cerda.

La dictadura, que carecía de suficientes escritores de mérito, alivianó su carga declarando que el Premio se otorgaría cada dos años e impuso la norma de separar a los escritores entre narradores y poetas, quienes se alternarían en la premiación.

Olvidaba, por supuesto a ensayistas y dramaturgos, porque probablemente no había entre ellos muchos que los apoyaran. Los escritores somos narradores, poetas, ensayistas. Algunos, hasta hemos escrito obras de teatro. Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género.

Cuando hubo elecciones presidenciales libres, el candidato Patricio Aylwin, en un emocionante acto en el Teatro Carlos Cariola, se comprometió a muchas cosas, entre ellas a que los premios nacionales serían entregados «anualmente y por los pares».

Esta fue una de las tantas cosas que una vez como Presidente no cumplió, no porque no fuera posible, como tal vez otras, sino simplemente porque no le interesaba. Ni a él ni casi a nadie en el gobierno.

Hicimos enormes esfuerzos, infructuosos, por tratar de convencerlo de que en sus viajes se hiciera acompañar por escritores, como lo hacen los presidentes cultos. No era su caso. O que abriera las puertas del servicio exterior —en las áreas reservadas para nombramiento presidencial— a gente de la cultura. No fue posible.

Lo único que logramos en su gobierno fue gracias a Ricardo Lagos y Jorge Arrate, sus ministros de educación, que se allanaron a la formulación de un proyecto de Ley del Libro, para fomentar la lectura en un Chile que prolongaba su apagón cultural. Y fue Ley.

Me correspondió hablar en el acto de promulgación y aunque agradecí la firma, dejé algunas señas sobre las tareas pendientes. Una de ellas era la anualización del Premio Nacional de Literatura.

 

Las fibras de la esencia de lo humano

Recién ahora, en 2025, es decir 35 años después, se ha conquistado esa anualización, gracias a un presidente que valora la literatura y a un Congreso que sumido en una mediocridad generalizada, prefirió apoyarlo para no aparecer rechazando algo que ni siquiera generaba gastos importantes.

¿Seguirá esa alternancia? Si fuera así, ¿cuándo se valorará al que escribe en todos los géneros? ¿Tendría que ser otro premio?

¿Y los pares? En eso se ha avanzado. Por fin hay escritores en el jurado. Por cierto no es un jurado de pares, pero por lo menos dos personas que se dedican al oficio de escribir están siendo consideradas.

Escribo sobre este tema, haciéndome una pregunta más: ¿Cuáles deben ser los criterios para otorgar este premio? ¿La trayectoria? ¿La cantidad de libros? ¿Las opiniones de los críticos literarios? ¿El peso de los medios de comunicación con reconocimiento en los ambientes políticos oficiales? ¿Las conexiones políticas de los escritores? ¿Su compromiso con los derechos humanos o las luchas sociales? ¿Sus otras participaciones culturales? ¿Los nexos de amistad con los funcionarios del gobierno de turno? ¿Deben ser egresados de la Universidad de Chile?

 

La Sociedad de Escritores de Chile cumplió en eso un sobresaliente papel. Su presidente, Luis Sánchez Latorre fue el dique de contención, combinando amabilidad con seguridad, evitando que la dictadura se ensañara con la SECH como algunos lo pretendieron desde las esferas oficiales. La mayor parte de los escritores eran contrarios al golpe y muchos de ellos pertenecían a los llamados partidos de izquierda.

Sin duda que en eso, Sánchez Latorre fue un extraordinario dirigente. Debemos decirlo: él escribía en Las Últimas Noticias de El Mercurio y eso le servía de escudo, sobre todo porque sus contribuciones en ese medio no eran políticas. Pese a muchas presiones, jamás apoyó a la dictadura.

Cuando entré a la SECH, en 1982, él me dijo: «Hay que fortalecer nuestra comisión de derechos humanos». Me sumé a los esfuerzos que hacían Teresa Hamel y Rebeca Navarro, a quienes apoyaban con gran dedicación la abogada Carmen Hertz —que no era socia— y su pareja el escritor Carlos Cerda.

La dictadura, que carecía de suficientes escritores de mérito, alivianó su carga declarando que el Premio se otorgaría cada dos años e impuso la norma de separar a los escritores entre narradores y poetas, quienes se alternarían en la premiación.

Olvidaba, por supuesto a ensayistas y dramaturgos, porque probablemente no había entre ellos muchos que los apoyaran. Los escritores somos narradores, poetas, ensayistas. Algunos, hasta hemos escrito obras de teatro. Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género.

Cuando hubo elecciones presidenciales libres, el candidato Patricio Aylwin, en un emocionante acto en el Teatro Carlos Cariola, se comprometió a muchas cosas, entre ellas a que los premios nacionales serían entregados «anualmente y por los pares».

Esta fue una de las tantas cosas que una vez como Presidente no cumplió, no porque no fuera posible, como tal vez otras, sino simplemente porque no le interesaba. Ni a él ni casi a nadie en el gobierno.

Hicimos enormes esfuerzos, infructuosos, por tratar de convencerlo de que en sus viajes se hiciera acompañar por escritores, como lo hacen los presidentes cultos. No era su caso. O que abriera las puertas del servicio exterior —en las áreas reservadas para nombramiento presidencial— a gente de la cultura. No fue posible.

Lo único que logramos en su gobierno fue gracias a Ricardo Lagos y Jorge Arrate, sus ministros de educación, que se allanaron a la formulación de un proyecto de Ley del Libro, para fomentar la lectura en un Chile que prolongaba su apagón cultural. Y fue Ley.

Me correspondió hablar en el acto de promulgación y aunque agradecí la firma, dejé algunas señas sobre las tareas pendientes. Una de ellas era la anualización del Premio Nacional de Literatura.

 

Las fibras de la esencia de lo humano

Recién ahora, en 2025, es decir 35 años después, se ha conquistado esa anualización, gracias a un presidente que valora la literatura y a un Congreso que sumido en una mediocridad generalizada, prefirió apoyarlo para no aparecer rechazando algo que ni siquiera generaba gastos importantes.

¿Seguirá esa alternancia? Si fuera así, ¿cuándo se valorará al que escribe en todos los géneros? ¿Tendría que ser otro premio?

¿Y los pares? En eso se ha avanzado. Por fin hay escritores en el jurado. Por cierto no es un jurado de pares, pero por lo menos dos personas que se dedican al oficio de escribir están siendo consideradas.

Escribo sobre este tema, haciéndome una pregunta más: ¿Cuáles deben ser los criterios para otorgar este premio? ¿La trayectoria? ¿La cantidad de libros? ¿Las opiniones de los críticos literarios? ¿El peso de los medios de comunicación con reconocimiento en los ambientes políticos oficiales? ¿Las conexiones políticas de los escritores? ¿Su compromiso con los derechos humanos o las luchas sociales? ¿Sus otras participaciones culturales? ¿Los nexos de amistad con los funcionarios del gobierno de turno? ¿Deben ser egresados de la Universidad de Chile?

 

La Sociedad de Escritores de Chile cumplió en eso un sobresaliente papel. Su presidente, Luis Sánchez Latorre fue el dique de contención, combinando amabilidad con seguridad, evitando que la dictadura se ensañara con la SECH como algunos lo pretendieron desde las esferas oficiales. La mayor parte de los escritores eran contrarios al golpe y muchos de ellos pertenecían a los llamados partidos de izquierda.

Sin duda que en eso, Sánchez Latorre fue un extraordinario dirigente. Debemos decirlo: él escribía en Las Últimas Noticias de El Mercurio y eso le servía de escudo, sobre todo porque sus contribuciones en ese medio no eran políticas. Pese a muchas presiones, jamás apoyó a la dictadura.

Cuando entré a la SECH, en 1982, él me dijo: «Hay que fortalecer nuestra comisión de derechos humanos». Me sumé a los esfuerzos que hacían Teresa Hamel y Rebeca Navarro, a quienes apoyaban con gran dedicación la abogada Carmen Hertz —que no era socia— y su pareja el escritor Carlos Cerda.

La dictadura, que carecía de suficientes escritores de mérito, alivianó su carga declarando que el Premio se otorgaría cada dos años e impuso la norma de separar a los escritores entre narradores y poetas, quienes se alternarían en la premiación.

Olvidaba, por supuesto a ensayistas y dramaturgos, porque probablemente no había entre ellos muchos que los apoyaran. Los escritores somos narradores, poetas, ensayistas. Algunos, hasta hemos escrito obras de teatro. Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género.

Cuando hubo elecciones presidenciales libres, el candidato Patricio Aylwin, en un emocionante acto en el Teatro Carlos Cariola, se comprometió a muchas cosas, entre ellas a que los premios nacionales serían entregados «anualmente y por los pares».

Esta fue una de las tantas cosas que una vez como Presidente no cumplió, no porque no fuera posible, como tal vez otras, sino simplemente porque no le interesaba. Ni a él ni casi a nadie en el gobierno.

Hicimos enormes esfuerzos, infructuosos, por tratar de convencerlo de que en sus viajes se hiciera acompañar por escritores, como lo hacen los presidentes cultos. No era su caso. O que abriera las puertas del servicio exterior —en las áreas reservadas para nombramiento presidencial— a gente de la cultura. No fue posible.

Lo único que logramos en su gobierno fue gracias a Ricardo Lagos y Jorge Arrate, sus ministros de educación, que se allanaron a la formulación de un proyecto de Ley del Libro, para fomentar la lectura en un Chile que prolongaba su apagón cultural. Y fue Ley.

Me correspondió hablar en el acto de promulgación y aunque agradecí la firma, dejé algunas señas sobre las tareas pendientes. Una de ellas era la anualización del Premio Nacional de Literatura.

 

Las fibras de la esencia de lo humano

Recién ahora, en 2025, es decir 35 años después, se ha conquistado esa anualización, gracias a un presidente que valora la literatura y a un Congreso que sumido en una mediocridad generalizada, prefirió apoyarlo para no aparecer rechazando algo que ni siquiera generaba gastos importantes.

¿Seguirá esa alternancia? Si fuera así, ¿cuándo se valorará al que escribe en todos los géneros? ¿Tendría que ser otro premio?

¿Y los pares? En eso se ha avanzado. Por fin hay escritores en el jurado. Por cierto no es un jurado de pares, pero por lo menos dos personas que se dedican al oficio de escribir están siendo consideradas.

Escribo sobre este tema, haciéndome una pregunta más: ¿Cuáles deben ser los criterios para otorgar este premio? ¿La trayectoria? ¿La cantidad de libros? ¿Las opiniones de los críticos literarios? ¿El peso de los medios de comunicación con reconocimiento en los ambientes políticos oficiales? ¿Las conexiones políticas de los escritores? ¿Su compromiso con los derechos humanos o las luchas sociales? ¿Sus otras participaciones culturales? ¿Los nexos de amistad con los funcionarios del gobierno de turno? ¿Deben ser egresados de la Universidad de Chile?

 

La Sociedad de Escritores de Chile cumplió en eso un sobresaliente papel. Su presidente, Luis Sánchez Latorre fue el dique de contención, combinando amabilidad con seguridad, evitando que la dictadura se ensañara con la SECH como algunos lo pretendieron desde las esferas oficiales. La mayor parte de los escritores eran contrarios al golpe y muchos de ellos pertenecían a los llamados partidos de izquierda.

Sin duda que en eso, Sánchez Latorre fue un extraordinario dirigente. Debemos decirlo: él escribía en Las Últimas Noticias de El Mercurio y eso le servía de escudo, sobre todo porque sus contribuciones en ese medio no eran políticas. Pese a muchas presiones, jamás apoyó a la dictadura.

Cuando entré a la SECH, en 1982, él me dijo: «Hay que fortalecer nuestra comisión de derechos humanos». Me sumé a los esfuerzos que hacían Teresa Hamel y Rebeca Navarro, a quienes apoyaban con gran dedicación la abogada Carmen Hertz —que no era socia— y su pareja el escritor Carlos Cerda.

La dictadura, que carecía de suficientes escritores de mérito, alivianó su carga declarando que el Premio se otorgaría cada dos años e impuso la norma de separar a los escritores entre narradores y poetas, quienes se alternarían en la premiación.

Olvidaba, por supuesto a ensayistas y dramaturgos, porque probablemente no había entre ellos muchos que los apoyaran. Los escritores somos narradores, poetas, ensayistas. Algunos, hasta hemos escrito obras de teatro. Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género.

Cuando hubo elecciones presidenciales libres, el candidato Patricio Aylwin, en un emocionante acto en el Teatro Carlos Cariola, se comprometió a muchas cosas, entre ellas a que los premios nacionales serían entregados «anualmente y por los pares».

Esta fue una de las tantas cosas que una vez como Presidente no cumplió, no porque no fuera posible, como tal vez otras, sino simplemente porque no le interesaba. Ni a él ni casi a nadie en el gobierno.

Hicimos enormes esfuerzos, infructuosos, por tratar de convencerlo de que en sus viajes se hiciera acompañar por escritores, como lo hacen los presidentes cultos. No era su caso. O que abriera las puertas del servicio exterior —en las áreas reservadas para nombramiento presidencial— a gente de la cultura. No fue posible.

Lo único que logramos en su gobierno fue gracias a Ricardo Lagos y Jorge Arrate, sus ministros de educación, que se allanaron a la formulación de un proyecto de Ley del Libro, para fomentar la lectura en un Chile que prolongaba su apagón cultural. Y fue Ley.

Me correspondió hablar en el acto de promulgación y aunque agradecí la firma, dejé algunas señas sobre las tareas pendientes. Una de ellas era la anualización del Premio Nacional de Literatura.

 

Las fibras de la esencia de lo humano

Recién ahora, en 2025, es decir 35 años después, se ha conquistado esa anualización, gracias a un presidente que valora la literatura y a un Congreso que sumido en una mediocridad generalizada, prefirió apoyarlo para no aparecer rechazando algo que ni siquiera generaba gastos importantes.

¿Seguirá esa alternancia? Si fuera así, ¿cuándo se valorará al que escribe en todos los géneros? ¿Tendría que ser otro premio?

¿Y los pares? En eso se ha avanzado. Por fin hay escritores en el jurado. Por cierto no es un jurado de pares, pero por lo menos dos personas que se dedican al oficio de escribir están siendo consideradas.

Escribo sobre este tema, haciéndome una pregunta más: ¿Cuáles deben ser los criterios para otorgar este premio? ¿La trayectoria? ¿La cantidad de libros? ¿Las opiniones de los críticos literarios? ¿El peso de los medios de comunicación con reconocimiento en los ambientes políticos oficiales? ¿Las conexiones políticas de los escritores? ¿Su compromiso con los derechos humanos o las luchas sociales? ¿Sus otras participaciones culturales? ¿Los nexos de amistad con los funcionarios del gobierno de turno? ¿Deben ser egresados de la Universidad de Chile?

 

La Sociedad de Escritores de Chile cumplió en eso un sobresaliente papel. Su presidente, Luis Sánchez Latorre fue el dique de contención, combinando amabilidad con seguridad, evitando que la dictadura se ensañara con la SECH como algunos lo pretendieron desde las esferas oficiales. La mayor parte de los escritores eran contrarios al golpe y muchos de ellos pertenecían a los llamados partidos de izquierda.

Sin duda que en eso, Sánchez Latorre fue un extraordinario dirigente. Debemos decirlo: él escribía en Las Últimas Noticias de El Mercurio y eso le servía de escudo, sobre todo porque sus contribuciones en ese medio no eran políticas. Pese a muchas presiones, jamás apoyó a la dictadura.

Cuando entré a la SECH, en 1982, él me dijo: «Hay que fortalecer nuestra comisión de derechos humanos». Me sumé a los esfuerzos que hacían Teresa Hamel y Rebeca Navarro, a quienes apoyaban con gran dedicación la abogada Carmen Hertz —que no era socia— y su pareja el escritor Carlos Cerda.

La dictadura, que carecía de suficientes escritores de mérito, alivianó su carga declarando que el Premio se otorgaría cada dos años e impuso la norma de separar a los escritores entre narradores y poetas, quienes se alternarían en la premiación.

Olvidaba, por supuesto a ensayistas y dramaturgos, porque probablemente no había entre ellos muchos que los apoyaran. Los escritores somos narradores, poetas, ensayistas. Algunos, hasta hemos escrito obras de teatro. Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género.

Cuando hubo elecciones presidenciales libres, el candidato Patricio Aylwin, en un emocionante acto en el Teatro Carlos Cariola, se comprometió a muchas cosas, entre ellas a que los premios nacionales serían entregados «anualmente y por los pares».

Esta fue una de las tantas cosas que una vez como Presidente no cumplió, no porque no fuera posible, como tal vez otras, sino simplemente porque no le interesaba. Ni a él ni casi a nadie en el gobierno.

Hicimos enormes esfuerzos, infructuosos, por tratar de convencerlo de que en sus viajes se hiciera acompañar por escritores, como lo hacen los presidentes cultos. No era su caso. O que abriera las puertas del servicio exterior —en las áreas reservadas para nombramiento presidencial— a gente de la cultura. No fue posible.

Lo único que logramos en su gobierno fue gracias a Ricardo Lagos y Jorge Arrate, sus ministros de educación, que se allanaron a la formulación de un proyecto de Ley del Libro, para fomentar la lectura en un Chile que prolongaba su apagón cultural. Y fue Ley.

Me correspondió hablar en el acto de promulgación y aunque agradecí la firma, dejé algunas señas sobre las tareas pendientes. Una de ellas era la anualización del Premio Nacional de Literatura.

Las fibras de la esencia de lo humano

Recién ahora, en 2025, es decir 35 años después, se ha conquistado esa anualización, gracias a un presidente que valora la literatura y a un Congreso que sumido en una mediocridad generalizada, prefirió apoyarlo para no aparecer rechazando algo que ni siquiera generaba gastos importantes.

¿Seguirá esa alternancia? Si fuera así, ¿cuándo se valorará al que escribe en todos los géneros? ¿Tendría que ser otro premio?

¿Y los pares? En eso se ha avanzado. Por fin hay escritores en el jurado. Por cierto no es un jurado de pares, pero por lo menos dos personas que se dedican al oficio de escribir están siendo consideradas.

Escribo sobre este tema, haciéndome una pregunta más: ¿Cuáles deben ser los criterios para otorgar este premio? ¿La trayectoria? ¿La cantidad de libros? ¿Las opiniones de los críticos literarios? ¿El peso de los medios de comunicación con reconocimiento en los ambientes políticos oficiales? ¿Las conexiones políticas de los escritores? ¿Su compromiso con los derechos humanos o las luchas sociales? ¿Sus otras participaciones culturales? ¿Los nexos de amistad con los funcionarios del gobierno de turno? ¿Deben ser egresados de la Universidad de Chile?

Reviso mi lista de contactos y me encuentro con más de veinte personas que merecerían el Premio Nacional de Literatura. Me doy cuenta que me estoy excluyendo, lo que no debiera hacer.

Pero esas veinte personas son casi todas mayores. Sólo en mi generación, es decir, los que pudimos romper las barreras de la dictadura para publicar en Chile, hay muchos que tienen méritos suficientes, pero por su edad tal vez mueran antes.

En países cultos, como Uruguay, se otorgan varios premios cada año: en poesía, novela, cuentos, ensayos y teatro. No sujetos a una obra determinada, sino a un trabajo integral del escritor. ¿Algún candidato se hará cargo de algo así?

He recibido algunas cartas de personas que promueven a algunos escritores. Yo me sumé a la postulación de Juan Mihovilovich Hernández.

Escritor total, poeta y narrador, que se ha instalado en sus ancestrales tierras maulinas, Longaví, en medio de árboles y praderas, luego de haber ejercido la judicatura en la Patagonia. Abogado, luchador por los derechos humanos, activista de la cultura donde ha estado, su aporte a la sociedad chilena en todas las áreas ha sido valioso y debe seguirlo siendo.

Pertenece a una generación que ha vivido con intensidad el tránsito entre dos siglos, dos eras cósmicas y cambios en valores, tecnología, estilos, como nunca antes se había vivido en el planeta en tan poco tiempo. En medio de esa vorágine, su literatura es vigente y poderosa, porque toca las fibras de la esencia de lo humano, profundamente situado en la realidad chilena y universal al mismo tiempo.

Su obra no presenta puntos débiles y somos muchos los que hemos gozado, llorado, conmocionado, con sus textos. Es entusiasta y creativo, sigue aportando con su pluma sin descanso y un reconocimiento tan merecido, fortalecerá la expectativa de que tengamos nuevas obras de Juan y a Juan para muchos años.

Y luego, año a año, seguirán otros.

 

Jaime Hales Dib (1948) es abogado formado en la Universidad de Chile, poeta, narrador y profesor.

En 1995 fundó la Academia de Estudios Holísticos SYNCRONIA, luego fue agregado cultural en México, y también formó parte del directorio y fue secretario general de la Sociedad de Escritores de Chile.

Además, integró el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile, participó en la comisión redactora de la Ley del Libro, fundó la Editorial Casa Doce, ha publicado varios textos de su autoría y ha dado recitales poéticos en diversas ciudades de Chile y en el extranjero (Francia, España, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Panamá, Uruguay, Argentina y México).

En la actualidad es columnista y redactor estable del Diario Cine y Literatura.