Mi camino
Jaime Hales
Texto para ser leído en el
Festival Mente, Cuerpo y Alma (MCA),
el 22 de agosto de 2005,
con ocasión del “Homenaje a la trayectoria”
para Pedro Engel, Jaime Hales y Gonzalo Pérez.
Cuando Edgardo y Joyce me escribieron para contarme que harían este reconocimiento a la
trayectoria de los que ellos llaman “los tres magos”, me costó creerlo.
Descubrí hace muchos años que parte de mi tarea es trabajar, colaborar con otros, sin buscar
reconocimiento ni premios. Lo conversé con Maru, la mujer que amo y con quien comparto las
aventuras, desvelos y esperanzas en la recta final. Ella me dijo: “está bien, si eres humilde, debes
aceptarlo. Y si no lo eres, te pondrás contento de que te reconozcan”. Quizás no lo dijo
exactamente así, pero me di cuenta que ese pensamiento representaba lo que sentía: sin hacer
las cosas para ser reconocido, me siento contento cuando eso sucede.
Agradezco a Edgardo y Joyce y al equipo de MCA por organizar este acto. Y a todos los presentes
por estar aquí. Agradezco a mis compañeros de ruta, a quienes amo y a todos quienes, queriendo
o no, sabiendo o no, han ido contribuyendo a que se forjara en mí la persona que soy. Soy quien
soy, con todos mis defectos y con todos mis atributos, con mi fuerza y mi alegría, con mis torpezas,
con mis éxitos y derrotas, con mis contradicciones y mi compromiso intransable con la vida
humana y las personas que me rodean. Pude haber sido distinto, tal vez mejor, tal vez peor.
Pero los vaivenes, las dudas, las confianzas, los errores y los aciertos de mis decisiones, me han
llevado a esta tarde emocionante, en la que – mientras el Sol transita de Leo a Virgo, mi
ascendente, acompañado de la Luna – debo reconocer que espero aún seguir haciendo muchas
cosas y estoy lejos de querer terminar mi recorrido por la vida actual.
Nací en la primera mitad del siglo pasado, el primer día del año astrológico, el mismo año en que
por primera vez el sol despuntaba teniendo como fondo la constelación de Acuario.
Miro hacia atrás mi vida y me detengo en mi presente. Debo reconocer que es altamente probable
que lo que me queda por vivir sea menos de lo ya vivido en esta encarnación. Al observar mi vida
actual, me doy cuenta que las tareas pactadas por mi alma al resolver encarnar, están casi todas
ya cumplidas.
- He logrado rescatar muchos de los conocimientos que mi alma había previsto traer para
esta vida; - he logrado trasmitir, a quienes necesitaban aprender, los conocimientos necesarios;
- he logrado dar las luchas que las circunstancias me pusieron por delante;
- he conseguido disminuir el grado de control que me sentía tentado a ejercer.
- Supe reconocer cuándo renunciar a las ambiciones de dinero y poder.
- He escrito la mitad de lo que debo escribir, así es que me estoy apurando.
- Aprendí a distinguir los cambios, a impulsar los que me correspondía y a aceptar los que
no podía evitar. - Reconocí las señales que mi alma dejó y las que los demás me fueron dando.
- Permití que la rueda girara libremente y asumí la tarea de la magia con toda la
responsabilidad que me ha sido posible. - Entendí, ya muy avanzada la edad, la diferencia entre los brujos y los magos.
o Los brujos nacen con dones y simplemente deben ejercerlos.
o Los magos deben preparare para despertar las energías interiores, estudiar,
observar, trabajar en sí mismos, orar y escuchar a los demás.
o Para un mago todos sus interlocutores son maestros en alguna medida, porque de
cada persona algo deben aprender.
o Y me he preparado para ser mago, debiendo hacer el esfuerzo de conocerme a mí
mismo, intentar asumir y corregir mis dificultades, asumir mis habilidades y
virtudes, rectificar lo necesario, aceptar lo que no puedo cambiar y cambiar en
todo lo que es necesario.
Siendo muy niño conocí a los ángeles. Eran energías maravillosas que se me presentaban como
amigos, seres luminosos que me iban guiando por caminos difíciles. Las tareas a las que me
comprometí necesitan de ayuda de los ángeles: me enseñaron a ver, a distinguir, a recordar, a
confiar. Al comienzo, los ángeles me parecían ser compañeros de juego o tomaban la forma de mi
tía Alia y entonces le contaba a mi mamá que ella había venido a verme, lo que no era así.
Recuerdo, con una claridad asombrosa, cuando me di cuenta, por primera vez, a los tres años más
o menos, de la presencia de mi ángel protector, no confundiéndolo con nadie: Yo estaba en la casa
de mis abuelos en Traiguén. Mi abuelo jugaba al ajedrez y yo miraba. Mi abuela encendió las luces
de la galería y entonces vi en el pasillo una luz preciosa que rodeaba a una figura humana. Ninguno
de los adultos lo veía. Él se comunicó conmigo sin emitir sonidos. Sus mensajes entraban en mi
mente directamente y supe que este hecho debería callarlo, pues nadie lo creería. Después me
dijo su nombre: Leliel. Hoy, tantos años después, me atrevo a contarlo ante ustedes, que pueden
creerme o no, pero a mi edad tengo el deber de contarlo todo.
Desde aquella vez he aprendido a invocar a los ángeles y a tener respuestas para muchas cosas
que en mi vida parecían inexplicables. Supe que todos los humanos tenemos, al menos, un ángel
protector y junto a él muchos otros que nos pueden auxiliar en tareas concretas. Pero que para
eso debemos invocarlos, pedir, asumir con fe que ellos pueden llegar hasta nosotros.
Leliel me ha hablado de muchas cosas que supe sin haber estudiado y que al correr del tiempo he
ido confirmando. Siendo pequeño me habló de Metatrón, el arcángel que alguna vez fue humano
y llegó a ser de los más importantes. Con su luz de tonos azulados pude reconocerlo cuando
exploré, bajo la dirección de Ronald Schulz, algunas de mis primeras regresiones. Supe luego de
otro maestro, Enael, que es el que me guía por terrenos más intelectuales. Cuando hablo de esto
en otros lugares, me refiero meramente a la intuición. Pero yo sé que esa intuición no es más que
la disposición a escuchar lo que las voces de estos emisarios protectores nos quieren decir.
A ellos me consagro con cada lectura de Tarot o terapia de Vida Pasada. Sin ellos, mi trabajo sería
como una campana que no suena, un río sin agua, un árbol sin raíces.
En el mundo de hoy, ante la inmensidad del universo y la magnitud del tiempo, cada uno de
nosotros es pequeño y aparentemente insignificante. Nuestra sola existencia humana acrecienta
mi fe en la divinidad y me hace asumir que si uno de nosotros no existiera, el mundo no sería el
mismo.
Supe del alma y la reencarnación, sin ser capaz de poner nombre a cada cosa.
Siendo muy niño, alrededor de los siete años, ya sabía que las personas con las que me estaba
relacionando eran muy relevantes para mí.
Sentía a mi madre como alguien a quien conociera desde hacía mucho tiempo y yo la miraba con
admiración. Ella me parecía una especie de reina misteriosa cuya sonrisa albergaba muchas
emociones que sentía contradictorias. A ratos percibía que ella tenía una preocupación exagerada
por mí, como si yo fuera su preferido, pero en cualquier momento aparecía una sensación curiosa,
como si le provocara cierto temor
Muchos años después, a pedido de mi madre, un joven astrólogo y psicólogo leyó mi carta astral
y le hizo un informe que encontré entre sus papeles al morir ella. En él, el astrólogo, de nombre
Gonzalo Pérez, que no me conocía entonces, le advertía que yo pasaría muchos pesares, pero que
ya había soportado las pruebas más difíciles y había elegido el camino correcto. La violencia estaba
situada en las antípodas, pero faltaban algunos acontecimientos para empujarme al cumplimiento
de las tareas más importantes, que tendrían que ver con la trascendencia.
Cuando leí el informe recordé algo que una astróloga que vivía en Puerto Cisnes, muy al sur de
Chile, le había dicho a mi madre cuando yo aún no cumplía un año: “este niño no morirá sin
cumplir con lo que tiene que hacer y puede ser un mago si decide prepararse y si tú Adela, como
su mamá, decides ayudarlo”. Ella escribió eso en una carta para mí mientras me debatía entre la
vida y la muerte a los 9 años; nunca me la entregó, sólo la conocí al empezar la adolescencia
cuando la encontré en las páginas del libro “La Astrología como ciencia Oculta”, del músico Oskar
Adler.
Desde pequeño supe que había vivido otras vidas.
Cuando leía historias en libros para niños mayores que yo, cuando veía películas que trataban de
la edad media o antes, cuando estudiaba sobre la historia del mundo y tiempos inmemoriales,
cuando leía los evangelios a los seis o siete años, yo sabía que había muchas cosas que conocía de
antes, que mi alma sabía, que mi cerebro recordaba o reconocía, que lo más probable era que
hubiera vivido otras vidas.
Un compañero de colegio, como a los 12 años, me dijo: “eso se llama reencarnación y está
prohibido por la Iglesia”. Y poco tiempo después el padre Daniel, a quien le decíamos “corchito”,
dijo en un retiro algo que para mí fue clave: “Hay veces que prohibimos cosas, porque no sabemos
su alcance, porque les tenemos miedo y porque no sabemos que harán las personas con esas
ideas”.
¡Así supe que era verdad la reencarnación!
¿Cuáles fueron las influencias iniciales y las más relevantes?
Estaba en Traiguén. Hubo noches inolvidables: Sólo tenía cinco años cuando desde la pieza en que
dormía junto a mi hermano escuchaba a mi madre, Adela Dib, a mi tía Alia y a mi tío Omar, leer
en voz alta un libro y luego comentarlo. Un día le pregunté a mi mamá por el título del libro: “En
busca de lo milagroso”, me dijo. “¿Y qué es lo milagroso?”, insistí. No tuve respuesta.
El accidente de los 9 años – al que sobreviví como es evidente – marcó para siempre mi vida, no
sólo por un dolor persistente en la pierna izquierda, que me acompaña hasta el día de hoy, un
dolor que me hace recordar la historia de Quirón, sino porque empecé a ver realidades nuevas e
incursioné en los libros que poblaban la biblioteca de mis padres.
A los 9 años accedí al libro de Quirología de Joseph Ranald y luego comencé a hurgar en otros
libros y autores: la autobiografía de Paramahansa Yogananda, los libros de Herman Hesse, Gustav
Meynrick, Jung y Lobsang Rampa, que me desafiaron a lecturas que, por cierto, no entendía en
toda su dimensión, pero que agitaban mi alma a extremos de que más de alguna vez sentí que me
volvía loco con tanta información, con tantas inquietudes y emociones que me sacudían. Éste era
el terreno de mi madre.
Esas lecturas las alternaba con los libros de historia, los diarios, las revistas que hablaban de
política y de fútbol. Éste era el terreno de mi padre, con quien me sentía muy lejano de niño, pero
a quien fui conociendo con el paso de los años, hasta llegar a valorarlo en toda su integridad, poco
antes de que él muriera, mientras yo estaba a 9.000 kilómetros.
Miro desde la altura del tiempo mi trayectoria y busco los nombres de las personas que más
influyeron en mí. Fueron muchas, de quienes fui bebiendo la savia de la vida, unos para insertarme
en lo concreto de las urgencias vitales y otros para conducirme sutilmente hacia la espiritualidad,
la creación, ciertas formas de religiosidad, la experiencia de las emociones, a todo lo que oliera a
misterio. En casa de mis padres conocí a mucha gente interesante, como Oscar Ichazo, Miguel
Serrano y grandes dirigentes políticos de Chile y de otros países. Recuerdo haber estado presente
en una conversación acerca de Jung en los días posteriores a su muerte. Participaban, además de
mi madre, Miguel Serrano y otras personas cuyos nombres no recuerdo. Me parece que estaba
Lola Hoffman. Yo tenía 15 años y estaba pasando por un momento muy intenso, a partir del cual
Jung, junto a Nietszche y Kafka, se convirtieron en referentes muy importantes.
Gurdjieff y Ouspensky estaban siempre como una sombra rondando. Rescataba todo lo valioso
del pensamiento de esos dos hombres y sus seguidores, pero en definitiva sentí que
representaban el último grito de defensa de Piscis, la Era que estaba muriendo.
Recuerdo a aquellos profesores de historia – don Octavio Montero, don Roberto Hernández, doña
Julia Peñaloza – que me conectaron con todo el desarrollo de la humanidad; a Gastón Soublette,
mi profesor de música en primero de humanidades; y a Ricardo Contreras ese profesor de
Castellano que me incitó a escribir, cuando se dio cuenta de que me gustaban la poesía, los
cuentos de autores chilenos y las novelas policiales.
Siempre en el colegio – varios colegios, porque más de una vez fui expulsado – rindo tributo a
Jaime Blume Sánchez, Gerardo Joannon y Pablo Fontaine y a través de ellos a todos, sí, bien digo,
a todos los profesores de los últimos tres años escolares y a la gran mayoría de mis compañeros.
Aunque yo era distinto de todos, con otras ideas, muy rebelde, agrandado tal vez, ariano en cierta
vocación de liderazgo, con mi Piscis en la casa seis dando sentido de sacrificio a todo cuanto hacía,
con un stelllium de gran intensidad en la casa doce y Urano en el medio cielo, me sentí querido
por mis compañeros, pese a todo ello, respetado y valorado por mis profesores.
Fue en esos años cuando tuve por primera vez cierta conciencia de la trascendencia, de la
expansión de mi espiritualidad y de la exigencia profunda de inserción en la sociedad en la que
debería cumplir mis tareas de aprender, enseñar, luchar y servir y, sobre todo, amar. A los 18 años
logré saber eso de mí. Por eso entré al seminario de los sagrados corazones. Y por esas mismas
razones, un año después me retiré.
Después fueron apareciendo otros personajes: Claudio Naranjo, de quien fui su paciente en plena
adolescencia y con quien trabé en los años siguientes una relación muy bonita de conversación
fácil y contactos esporádicos. Cuando Claudio se fue a vivir al extranjero me derivó con Lola
Hoffman. Otros dos terapeutas, tal vez sin quererlo, me abrieron puertas al conocimiento
misterioso: la doctora Erika Guzmán (no sé su apellido, porque ella, alemana de nacimiento,
adoptó el de su marido) y Alex Kalawski. Ellos, en diferentes momentos, me hicieron ver que el
desarrollo personal es la expansión de la energía de la trascendencia en el mundo real.
Menciono a cuatro personas a quienes considero muy claves en mi formación y mis
reconocimientos vocacionales: Gustavo Lagos Matus, Jaime Castillo Velasco, la educadora Mary
Marshal, la poeta Rosa Cruchaga.
Al salir de la universidad vino la tragedia del golpe de Estado y los derechos humanos surgieron
delante de mí como una exigencia de supervivencia moral. Fue entonces que figuras como
Roberto Garretón, Patricia Verdugo, Sergio Valech, Enrique Alvear, terminaron de enlazar la
trascendencia con el compromiso real y efectivo en el mundo que estaba viviendo
Podría (o quizás debería) nombrar a tanta gente con la que compartí, con la que trabajé, a la que
defendí en los tribunales, a los que acompañé en el dolor. Podría nombrar incluso a quienes me
interrogaron cuando estuve detenido en la Villa Grimaldi, pues de ellos aprendí lo que no se debe
hacer; podría mencionar a aquel amigo que para salvar la vida de otros me traicionó, pues gracias
a él aprendí a perdonar de verdad. Me refiero a las personas que amé y me amaron; a mis hijos y
hermanos por el solo hecho de existir y estar presentes; a mis camaradas de partido; a los libreros
de San Diego que me proveyeron de materiales cuando lo esotérico era visto con desdén y
sospecha; a mis amigos que he ido acumulando en el tiempo, algunos desde las épocas escolares
y universitarias, más allá de diferencias políticas, ideológicas, profesionales, religiosas y de
cualquier otro tipo. Y a la mujer que me amo, me acompaña y me ayuda con mis escritos.
Todos ellos fueron guiando mis pasos hacia aquel momento en que dejaría la profesión de
abogado para fundar universidades; y luego me alejaría de las universidades para fundar
Syncronía, esa Academia de Estudios Holísticos a la que consagré 25 años, enseñando y
atendiendo personas, abriendo las puertas para que muchos pudieran estudiar.
Algo de lo hecho y de mis convicciones.
Libros de astrología, de poesía, de psicología, sexualidad, religiones, política e historia, todo se iba
agolpando en mí, leía incansablemente y escribía todo lo que podía: cuentos, relatos, anécdotas,
poemas. Hasta dos novelas que quedaron por allí.
Mi vida ha sido de una rebeldía persistente y de una búsqueda incansable. Mi compromiso con
los derechos humanos es una convicción profunda, más allá de las ideas políticas o las alianzas
circunstanciales. Es parte de lo mismo: mi profundo amor por la persona humana, porque entendí
que no debía desgastar energías en “amar a dios”, sino que debía concentrarlas en imitarlo: es
decir, amar a los seres humanos sin distinciones, denunciar lo que atenta contra la vida y defender
a quienes son perseguidos. Con la práctica del derecho, con las banderas políticas, con mis
escritos, con la poesía, con la acogida que puedo prestar a los demás. Mi participación en la
política no fue para tener cargos ni ser candidato a nada. Lo fui, transitoriamente, pero siempre
lo que quería era servir y ayudar.
En la adolescencia comencé a estudiar el tarot, por mi cuenta, leyendo libros, pero sobre todo
mirando las cartas y adentrándome en las reflexiones que ellas me motivaban. Recién a los 40
años, después de estar 25 años en preparación, me atreví a leer el tarot a un consultante. Y no he
dejado de hacerlo hasta hoy.
Después de un breve paso por los grupos inspirados en Gurdjieff y gracias a ellos, me di cuenta
que ése no era mi camino. Intensamente religioso, sentía que todos mis estudios holísticos eran
coincidentes con ser católico, pero los sacerdotes que conocía no lo pensaban así. Por eso
comencé a llevar todo eso en secreto. La excepción fue cuando en cuarto año de humanidades, a
los 16 años, hice en el colegio una exposición sobre la Era de Acuario, invitado por el sacerdote
rector Pablo Fontaine Aldunate. Fui seminarista por poco tiempo y en la biblioteca encontré libros
de “autores prohibidos”, cuando ya el listado de prohibiciones parecía terminar. Supe allí de
autores como Blavatsky, Steiner, Besant, Papus.
Manteniendo los secretos de todos estos intereses, comencé a explorar los temas de mis
encarnaciones previas y a través de libros y conversaciones, me fui aproximando y tuve las
primeras regresiones. El trabajo más importante fue con el doctor Ronald Schulz, con quien
terminamos siendo grandes amigos hasta el momento de su muerte. Trabajamos meses en mis
regresiones y él se las sabía de memoria y recordaba detalles que a veces yo había olvidado.
Luego comencé a acompañarlo en sus investigaciones, semanalmente por un tiempo y luego nos
reuníamos cada quince días al menos, con un temario fijado por él para conversar distintos temas
y formular más y más hipótesis de trabajo. A veces se nos sumaba Sergio Melnick y otras nos
reuníamos con Marta Hermosilla y otras psicólogas. Él no quería discípulos, quería amigos. A su
muerte, pese a que yo había resuelto no estudiar ningún tema nuevo, me di cuenta que podía
contribuir a prolongar su legado.
Fue así que me inscribí en los cursos de Viviana Zenteno, a quien ya conocía por años. Allí aprendí
mucho y sistematicé lo que ya sabía, pudiendo dedicar, desde entonces, parte de mi vida
profesional y laboral a la Terapia de Vida Pasada.
Creo firmemente en la divinidad y en el destino divino que tenemos los humanos. Hemos sido
creados con una semilla divina y nuestra alma trabaja encarnación tras encarnación para llegar
algún día a ser parte consciente de la divinidad misma. Los humanos, seres limitados por el tiempo
y el espacio, estamos llamados a ser los privilegiados en un planeta que ni siquiera conocemos
suficientemente. No siempre podemos hacer todo lo que queremos ni saber todo lo que
ansiamos.
Nuestro mundo es la imagen de quienes somos y, por eso, si queremos un mundo de paz, amor y
felicidad, debemos nosotros ser así y trabajar por eso en nuestro interior. Somos parte de los
privilegiados en la historia de la actual humanidad: los únicos que estamos viviendo con un cierto
grado de conciencia el paso de una Era (Piscis) a la siguiente (Acuario). El cambio es resistido por
los que tienen miedo de perder sus posiciones y quienes los siguen, sometidos a una tiranía de
ideas e intereses. Lograremos sentar las bases sólidas de Acuario, cuando, con la nueva
humanidad que está naciendo y la transformación de la conciencia de quienes hoy vivimos, se
logre reunir la masa crítica suficiente para ello. Ante eso tenemos responsabilidades concretas.
Queridos amigos y amigas presentes en esta sala, amanece un tiempo nuevo.
Y aquí estamos, ustedes, nosotros todos, cada uno, con muchas preguntas, sabiendo que
finalmente todo está en el interior: el alma, el cuerpo, la emoción, la mente, tienen las respuestas
que necesitamos. Estoy convencido, como nos lo enseñó William Blake, de que ningún pájaro
vuela suficientemente alto si lo hace solo con sus propias alas. Por eso me propuse colaborar con
todos los que estaban en mi entorno, con los que llegaban, en este proceso de conocernos cada
uno a sí mismo, compartiendo reflexiones y aprendizajes plasmados en décadas de recorrer
caminos diversos, ejercicios, talleres. Nos hemos encontrado para abrir nuevas puertas y ventanas
hacia el paisaje interior, porque los cambios que el mundo requiere son los cambios de cada uno.
Cada día podemos dar un paso más hacia una nueva manera de vivir, en la que ser feliz no sea una
quimera sino una experiencia conmovedora. Haremos – estamos haciendo – un mundo mejor
desde la armonía de cada uno de nosotros. Porque los avances logrados en nuestro conocimiento
interior se reflejan en la calidad de nuestra contribución a la sociedad. El viejo debate acerca de
la primacía del cambio social o del cambio personal ha perdido vigencia: es el momento de ser
protagonistas.
Los invito a mirarse con amor, con respeto, valorando la trayectoria del alma y la inserción en el
mundo.
Los invito, te invito, a respetar el mundo de cada cual, las personas, las cosas, las plantas, los
animales, cada uno en lo suyo. A tener fe en la trascendencia y en el sentido de la tarea que cada
uno ha venido a cumplir, en alianza tácita y a veces silenciosa con las otras almas con las que
estamos viajando. Los grandes viajes, como nos ha dicho Gonzalo Pérez, no se hacen en solitario.
Despertemos a estos instantes que aparecen constantemente: el despertar no es uno solo, sino
que cada día amanece de nuevo y nos acercamos a una nueva realidad. Ningún día es igual al
siguiente ni al anterior.
Despertemos a este tiempo nuevo en el cual compartimos esperanzas y alegrías, tragedias y
dolores, pero sobre todo la certeza de una felicidad posible para los humanos.
Despertemos en este nuevo amanecer para alzar la voz con entusiasmo por todo lo vivido y por
lo que habremos de vivir.
Con mucho amor.
Santiago, 22 de agosto de 2025
