El mal uso del idioma y el lenguaje

El castellano es la expresión verbal y escrita de nuestra cultura y ciertamente el cuidado en el uso de las palabras fortalece el acervo de un determinado pueblo, por eso es que cuando se admiten deformaciones de palabras extranjeras o se usan mal los conceptos, todo tiende a confundirse y la expresión «da lo mismo» adquiere una profunda relevancia.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 16.10.2025

En noviembre de 2014 escribí un artículo, que nunca publiqué, sobre este tema. Ahora lo completo y decido publicarlo.

Con todo, el periodista Jorge Abasolo dice que la Real Academia lo tiene decepcionado, pues en lugar de velar por la corrección del idioma, se ha dedicado a incorporar prestamente palabras del léxico vulgar: «Basta que el vulgo popularice un término para que la RAE le dé su consentimiento».

Además, bellas palabras antiguas son eliminadas del diccionario por estar en desuso, descartando que se puedan usar nuevamente, tales como alidona o bajotraer.

En una mirada cortoplacista (palabra recién aceptada) se responde a las urgencias de lo inmediato en lugar de atender a lo importante que es mejorar el uso del idioma para mantener y mejorar las comunicaciones. Mirada corta, para ganar popularidad tal vez.

Para los escritores es «chipe libre», es decir, escribe como quieras pues si te haces famoso, tus torpezas pasarán a ser parte del diccionario. Tal como Abasolo, siempre he intentado ser cuidadoso en el uso del idioma y del lenguaje, pues creo que de ese modo resulta más fácil que los seres humanos podamos entendernos.

El idioma es expresión de la cultura y ciertamente el cuidado en el uso de las palabras fortalece la cultura propia de un determinado pueblo. Cuando se admiten deformaciones de palabras extranjeras o se usan mal los conceptos, todo tiende a confundirse y la expresión «da lo mismo» adquiere una profunda relevancia.

El deterioro de las comunicaciones

La vulgaridad se adueña del idioma y las palabras finas y precisas desaparecen, muchas veces sustituidas por otras salidas del inglés. Por ejemplo en vez de zafio se usa nerd y en lugar de liquidación se usa sale; en lugar de borrar, deletear; en vez de silenciar, mutear.

Estamos viviendo el deterioro de las comunicaciones cuando usamos tantas palabras extranjeras que no cualquiera entiende.

Y entre los chilenos usamos muchas palabras o expresiones de pésima manera. Al respecto hay un excelente libro de Héctor Velis-Meza y Hernán Morales Silva, editado en 2013 que ya requeriría una actualización. Pensemos, por ejemplo, en expresiones que encontramos en autoridades del país y en los periodistas.

«Cancelar», que significa «anular». En vez de decir «pagar», «consuma y después cancela», dice la moza o mesera y yo digo: «Señora, no voy a cancelar. Voy a pagar».

«Asertivo» en lugar de certero o acertado.

«Antecedentes previos», como si los hubiera posteriores…

«Gobierno central» expresión propia de los estados federales (como Estados Unidos de América, Estados Unidos del Brasil, los Estados Unidos Mexicanos, Argentina), para referirse al gobierno del país o gobierno «nacional».

«Parlamento», en lugar de «Congreso Nacional». La primera expresión es propia de regímenes parlamentarios, en cambio la segunda es propia de los regímenes presidenciales.

«Gobierno militar» a la dictadura que encabezó la derecha usando a los militares. Debiera decirse: «Dictadura militar de derecha» o «Gobierno cívico militar».

No existen los «cómplices pasivos» como dijo el presidente Piñera en 2013, porque el cómplice tiene una participación activa, tanto como los encubridores que ayudan a que el delincuente se beneficie de sus actos. En materia de derechos humanos los que silenciaron y escondieron tienen responsabilidad.

«Democracia”, para referirse al sistema político instalado por la dictadura y que tiene apariencia democrática por la existencia de elecciones periódicas y punto.

A eso podemos agregar las graves incorreciones de locutores de radio (el señor Rodrigo Vergara Muñoz de Cooperativa es un buen ejemplo de esto), cuando al presentar al ministro de Hacienda se le dice «el encargado de las lucas» o utiliza formas vulgares del lenguaje como «podís» en vez de «puedes». Peor me parece cuando se cosifica a las mujeres: «Ahora escucharemos el informe de ‘la’ Camila…», cosa que no se aplica a los hombres: a nadie le dicen «el Rodrigo».

Y así suma y sigue.

El proceso inconcluso

La falta de interés popular en las actuales elecciones presidenciales y parlamentarias son la mejor manifestación del agotamiento de la opción que se impuso en la “disputa” interna: la de los ocupantes de La Moneda en 1990, seguida al pie de la letra durante muchos años, en el sentido de no hacer modificaciones significativas al modelo instalado desde la dictadura.

¿Transición?

El desatacado intelectual chileno Carlos Huneeus escribió un libro titulado “La Democracia semi Soberana”, título que resume la realidad de la llamada transición chilena. Este proceso político, que pareció empezar con bríos en 1990, ha quedado inconcluso.

Por eso hay analistas –Juan Pablo Cárdenas entre ellos– que prefiere hablar de “post dictadura” en lugar de “período democrático”. Y estoy de acuerdo, aunque prefiero la fórmula de Huneeus, ya que efectivamente las cosas han cambiado desde los tiempos de la dictadura en el sentido de que las autoridades son elegidas por votación, las leyes se aprueban en el Congreso, las autoridades tienden a ajustarse a las normas constitucionales (cuando las conocen o hay algún abogado que se los sople al oído), las brutalidad policial ha amainado, no hay violaciones sistemáticas de los derechos humanos y han existido avances en materias sociales.

Ya en 1986, en un artículo que me publicó revista ANÁLISIS, yo anticipaba que el pacto –en ese momento en construcción– que llevaba a los políticos chilenos a aceptar el camino diseñado por la dictadura en su Constitución, iba a conducir a mediano plazo a una revuelta social que alteraría profundamente las relaciones políticas.

Lo definía como un estado de ánimo parecido a la rendición, concediendo al plebiscito de 1988 y a las eventuales elecciones de 1989 el poder de cambiarlo todo. No se daban cuenta (¿o se daban cuenta?) que eso, respaldado por el gobierno de Estados Unidos, apuntaba a consolidar un modelo económico, social y político que se perpetuara en el tiempo, como efectivamente ha sido.

Dos miradas para Chile

No fuimos pocos quienes alzamos la voz, especialmente al interior de la Democracia Cristiana y algunos otros partidos más tímidamente, pidiendo actitudes más drásticas que apuntaran al cambio de régimen político y a la sustitución, paulatina por cierto, del modelo económico.

Se nos acusó de “autoflagelantes” y hubo voces que respondieron sosteniendo que los otros serían “autocomplacientes”. Ni lo uno ni lo otro, sino simplemente dos miradas. Algunos se bastaban con que hubiese elecciones libres y otros queríamos una democracia sólida, sustentada en la participación, con un cambio que nos alejara del modelo impuesto por la derecha desde la dictadura.

Las actuales elecciones presidenciales son la más clara y evidente manifestación del agotamiento de la opción que se impuso en la “disputa” interna: la de los ocupantes de La Moneda en 1990, seguida al pie de la letra durante muchos años, en el sentido de no hacer modificaciones significativas al modelo instalado desde la dictadura.

El proceso de transición hacia un nuevo sistema político, social y económico quedó inconcluso. La transición se detuvo e incluso hemos tenido retrocesos (como el voto voluntario, por ejemplo y la permanencia de resabios de binominalismo) que han llevado al desencanto mayoritario con la tarea política.

Desapego democrático

No se trata de añorar las grandes gestas presidenciales que hubo hasta 1970, pero el bajo entusiasmo que despiertan las actuales elecciones de congresistas y presidente de la República evidencia el desapego hacia la política y la democracia.

Al parecer, según revelan ciertas encuestas, hay ya demasiada gente que considera que no necesariamente la democracia es el mejor sistema político, sobre todo entendiendo lo actual como tal.

Se ha perdido la confianza en que quienes se han autodenominado como una “clase política” sean capaces de representar verdaderamente un cambio en la forma de vivir de los habitantes del Chile de hoy.

Programas pobres, consignas superficiales, ideas repetidas como letanías de religiones sin adeptos, son la tónica de una contienda presidencial que se mueve entre dos extremos, posiciones polares que buscan el poder por el poder más que un camino de realización democrática. Y reina el desencanto en los que han sostenido posiciones proclives a la profundización democrática y a un cambio más radical, profundo, sustancial y rápido, que pueda mejorar la situación de las mayorías y la calidad de las decisiones que se toma en aras del bien común.

Preguntas inevitables

Hay candidatos a parlamentarios cuyos méritos son solamente haber escalado en posiciones de camarillas internas en los partidos, algunos cuyos actuales escaños los ocupan por designación y no por elección popular. Los diputados y senadores han pasado a ser sólo la expresión de poder de grupos internos de partidos que han olvidado sus proyectos y se acomodan a pactos sin sabor a nada.

¿Cómo entiende la ciudadanía que, por ejemplo, la candidata oficialista lleve el apoyo de quienes han sido oposición al actual gobierno y que otros que han sido parte de su sustento (integrando incluso el gabinete) hoy vayan en listas separadas?

¿Cómo percibe la ciudadanía que haya candidatos que han cambiado de partido solamente porque aquel en el que militaron por años no los quiso llevar a senadores y los proponían para prolongar su ya extendida diputación?
¿Cómo se puede entender que en una lista que apoya a la candidata Jara esté postulando a senador un acérrimo anticomunista, que salió de la Democracia Cristiana para instalarse en la derecha y al no ser aceptado en ese pacto, integra el del grupo que ha criticado duramente por tantos años?

Y así como esas preguntas, muchas otras surgen, algunas porque se olvidan de las disposiciones legales o los acuerdos, otras porque se toman decisiones sobre el carácter obligatorio del voto no pensando en lo mejor para el país sino en intereses electorales particulares.

¿Cómo votar?

Hay muchas cosas que cambiar, pero los dos modelos constitucionales que fueron propuestos a la ciudadanía experimentaron el mayoritario rechazo porque en lugar de contener disposiciones que de verdad fueran en beneficio de las mayorías, se convirtieron en expresiones de intereses de minorías sectoriales.

Esta elección no entusiasma más que a los candidatos y el pueblo chileno votará entre incumbentes que no le ofrecen sino disputas radicales y amenazas, sabiendo que las promesas no serán cumplidas y poniendo en riesgo la posibilidad de completar la transición postergada e inconclusa e incluso la continuidad del sistema democrático vigente.

Algunos piensan votar en blanco o nulo. El problema que ello reviste es que finalmente esos votos no se consideran para producir una presión sobre políticos que se solazan en la mirada al espejo, viendo una imagen deseada que no es la real.

Hemos llegado a un extremo.

El cambio en movimiento

Confío en que luego de esta elección comenzará un despertar de aquellos que verdaderamente creen en una democracia en la que el pueblo sea soberano, que existan partidos con ideas y propuestas.

¿Serán nuevos partidos?

¿Serán nuevos liderazgos?

¿Recuperarán los partidos que han demostrado tener ideas su capacidad de creer en ellas y compartirlas con la ciudadanía?

¿Tendremos propuestas de reformas serias que vayan en la línea de avanzar hacia una sociedad justa, democrática, participativa, libre, solidaria?

Todo esto pensando en que los esfuerzos de tantos en el siglo XX, cuando luchamos contra la dictadura, cuando propusimos caminos para Chile, hayan valido la pena en el devenir histórico y no tengamos que lamentar la repetición de ciclos negativos para el pueblo chileno.

«Entre la voz y el miedo»: La hermosa costura de un relato

Este es un libro necesario, beneficioso, que puede ser extraordinariamente útil para que los muchachos de hoy vayan conociendo una historia de nuestro país que se desdibuja en la maraña de consumo, competencia, liviandad, frivolidad que caracteriza a muchos de los espacios comunicacionales de este tiempo.

Saber lo que sucedió, conocer de referencia aquella sucesión de acontecimientos tremendos que soportamos los chilenos, puede ayudar a apreciar valores tan queridos como la democracia, la verdad, la tolerancia, el respeto, la sobriedad, el rigor en el trabajo y en diferentes esferas de la vida.

Conocer lo que sufrió Chile en esos años, historia descrita por un protagonista, nos puede ayudar a tomar decisiones en la construcción del futuro y no seguir arriesgando, con discursos que confrontan y polarizan más de lo necesario sin ofrecer caminos, una vida democrática que aún no termina de reconstruirse.

Así, Entre la voz y el miedo es una obra escrita con la mano ágil de un periodista, la mente despierta y la capacidad literaria de alguien con «buen oficio» y «buena pluma», de poeta, de narrador, de cronista.

Entretenido, es un libro que permite al lector dejarse llevar a través de las páginas, transitando suavemente por las intensas emociones de la vida, con un panorama del Chile de hace tantas décadas. Los estudios escolares, la universidad, la política, las ideas, la fe, el amor, van dejando huellas sensibles que, sin grandes aspavientos, conmueven al lector.

Con todo, el libro cuenta la historia de este muchacho, huérfano siendo muy niño, que recorre hogares en los que va construyendo relaciones de cuya duración no puede anticiparse nada. Inquietudes, dolores, miedos, amores, cariños de quienes lo acogieron, son pinceladas de una vida que se va nutriendo de esperanzas.

Sin dejarse arrastrar por tentaciones que se ofrecen a jóvenes que han vivido situaciones de intenso dolor, se levanta una estructura de vida sana, entre alegre y melancólica, con valores sólidos.

 

Un relato que vale la pena conocer

A poco de haberse recibido, casi dos años de instalada la dictadura encabezada por Pinochet y los civiles que le dieron contenido político, comienza a ejercer el periodismo. Hormazábal fue uno de los símbolos de la Radio Chilena, figura señera en la lucha contra la dictadura.

Guillermo alzó la voz en el silencio de los años más duros, aunque su nombre no es de los más famosos ni populares, pero ciertamente sería más merecedor del Premio Nacional de Periodismo que algunos que han sido muy celebrados.

Radio Chilena, como Balmaceda y Cooperativa, luego Santiago y Carrera, fueron las radios más activas en la larguísima dictadura que afectó a Chile para dar voz a los que no teníamos otros espacios habituales en los medios de comunicación.

La Chilena, como le decíamos, era una radio que se caracterizaba por su serenidad, seriedad y oportunidad de la información, en momentos en que la represión golpeaba duro.

Guillermo lo hizo todo: desde reportero, pasando por jefe de informaciones, director de prensa, marcó con su estilo y sus valores el tono de un espacio libre y liberador, que se aventuró en una lucha de altos costos personales. El tiempo, la intensidad del trabajo y sobre todo los riesgos para sí mismo y la familia, era algo que vivíamos los que estábamos en la defensa de los derechos de las personas.

Amenazas, persecuciones, agresiones a golpes, detenciones de todo tipo, las sufríamos los que estábamos en los medios de comunicación y los abogados que representábamos a los perseguidos por la dura mano de la DINA, la CNI y todos los otros organismos que le dictadura usó para someter al país.

El autor nos cuenta de su secuestro —en realidad «detención arbitraria» por agentes gubernamentales— en el marco de una represión desatada por el asesinato de Roger Vergara, recién nombrado en un alto cargo de Inteligencia del Ejército. Entre la brigada de Homicidios y la de Asaltos, se formó un equipo para «ganarle a la CNI» y encontrar a los autores del homicidio.

Usando los peores métodos represivos los policías detuvieron a mucha gente, los torturaron, amenazaron y llegaron hasta el extremo de dar muerte al estudiante de periodismo Eduardo Jara. Entre ellos, fueron detenidos periodistas y Hormazábal gritó su nombre en la calle mientras lo llevaban los detectives, gracias a lo cual se pudo saber de su detención.

Finalmente fueron liberados y se demostró que quienes cometieron el delito en contra del oficial, no tenían nada que ver con ninguno de esa treintena de personas (dueñas de casa, artistas, empleadas de oficina, contadores, estudiantes, comerciantes) que fueron tan maltratadas.

Algunos de los policías secuestradores, cuya identidad se supo, fueron tardía y suavemente castigados, aunque otros se mantuvieron en sus cargos y los gobiernos que siguieron los distinguieron con mejores nombramientos.

La familia, los amigos, su trabajo en distintas tareas como comunicador, van haciendo la hermosa costura de un relato que vale la pena conocer. Es una obra para los que vivimos esa época, ciertamente, pero sobre todo para aquellos que no la vivieron y se pueden formar así una idea clara de muchas cosas que pasaron.

En efecto, las menciones que hace Guillermo en su libro, permitirán a los inquietos seguir investigando para que algún día se escriba sin tapujos y con detalles la historia de una época dolorosa que no deberá repetirse.

 

Este es un libro necesario, beneficioso, que puede ser extraordinariamente útil para que los muchachos de hoy vayan conociendo una historia de nuestro país que se desdibuja en la maraña de consumo, competencia, liviandad, frivolidad que caracteriza a muchos de los espacios comunicacionales de este tiempo.

Saber lo que sucedió, conocer de referencia aquella sucesión de acontecimientos tremendos que soportamos los chilenos, puede ayudar a apreciar valores tan queridos como la democracia, la verdad, la tolerancia, el respeto, la sobriedad, el rigor en el trabajo y en diferentes esferas de la vida.

Conocer lo que sufrió Chile en esos años, historia descrita por un protagonista, nos puede ayudar a tomar decisiones en la construcción del futuro y no seguir arriesgando, con discursos que confrontan y polarizan más de lo necesario sin ofrecer caminos, una vida democrática que aún no termina de reconstruirse.

Así, Entre la voz y el miedo es una obra escrita con la mano ágil de un periodista, la mente despierta y la capacidad literaria de alguien con «buen oficio» y «buena pluma», de poeta, de narrador, de cronista.

Entretenido, es un libro que permite al lector dejarse llevar a través de las páginas, transitando suavemente por las intensas emociones de la vida, con un panorama del Chile de hace tantas décadas. Los estudios escolares, la universidad, la política, las ideas, la fe, el amor, van dejando huellas sensibles que, sin grandes aspavientos, conmueven al lector.

Con todo, el libro cuenta la historia de este muchacho, huérfano siendo muy niño, que recorre hogares en los que va construyendo relaciones de cuya duración no puede anticiparse nada. Inquietudes, dolores, miedos, amores, cariños de quienes lo acogieron, son pinceladas de una vida que se va nutriendo de esperanzas.

Sin dejarse arrastrar por tentaciones que se ofrecen a jóvenes que han vivido situaciones de intenso dolor, se levanta una estructura de vida sana, entre alegre y melancólica, con valores sólidos.

 

Un relato que vale la pena conocer

A poco de haberse recibido, casi dos años de instalada la dictadura encabezada por Pinochet y los civiles que le dieron contenido político, comienza a ejercer el periodismo. Hormazábal fue uno de los símbolos de la Radio Chilena, figura señera en la lucha contra la dictadura.

Guillermo alzó la voz en el silencio de los años más duros, aunque su nombre no es de los más famosos ni populares, pero ciertamente sería más merecedor del Premio Nacional de Periodismo que algunos que han sido muy celebrados.

Radio Chilena, como Balmaceda y Cooperativa, luego Santiago y Carrera, fueron las radios más activas en la larguísima dictadura que afectó a Chile para dar voz a los que no teníamos otros espacios habituales en los medios de comunicación.

La Chilena, como le decíamos, era una radio que se caracterizaba por su serenidad, seriedad y oportunidad de la información, en momentos en que la represión golpeaba duro.

Guillermo lo hizo todo: desde reportero, pasando por jefe de informaciones, director de prensa, marcó con su estilo y sus valores el tono de un espacio libre y liberador, que se aventuró en una lucha de altos costos personales. El tiempo, la intensidad del trabajo y sobre todo los riesgos para sí mismo y la familia, era algo que vivíamos los que estábamos en la defensa de los derechos de las personas.

Amenazas, persecuciones, agresiones a golpes, detenciones de todo tipo, las sufríamos los que estábamos en los medios de comunicación y los abogados que representábamos a los perseguidos por la dura mano de la DINA, la CNI y todos los otros organismos que le dictadura usó para someter al país.

El autor nos cuenta de su secuestro —en realidad «detención arbitraria» por agentes gubernamentales— en el marco de una represión desatada por el asesinato de Roger Vergara, recién nombrado en un alto cargo de Inteligencia del Ejército. Entre la brigada de Homicidios y la de Asaltos, se formó un equipo para «ganarle a la CNI» y encontrar a los autores del homicidio.

Usando los peores métodos represivos los policías detuvieron a mucha gente, los torturaron, amenazaron y llegaron hasta el extremo de dar muerte al estudiante de periodismo Eduardo Jara. Entre ellos, fueron detenidos periodistas y Hormazábal gritó su nombre en la calle mientras lo llevaban los detectives, gracias a lo cual se pudo saber de su detención.

Finalmente fueron liberados y se demostró que quienes cometieron el delito en contra del oficial, no tenían nada que ver con ninguno de esa treintena de personas (dueñas de casa, artistas, empleadas de oficina, contadores, estudiantes, comerciantes) que fueron tan maltratadas.

Algunos de los policías secuestradores, cuya identidad se supo, fueron tardía y suavemente castigados, aunque otros se mantuvieron en sus cargos y los gobiernos que siguieron los distinguieron con mejores nombramientos.

La familia, los amigos, su trabajo en distintas tareas como comunicador, van haciendo la hermosa costura de un relato que vale la pena conocer. Es una obra para los que vivimos esa época, ciertamente, pero sobre todo para aquellos que no la vivieron y se pueden formar así una idea clara de muchas cosas que pasaron.

En efecto, las menciones que hace Guillermo en su libro, permitirán a los inquietos seguir investigando para que algún día se escriba sin tapujos y con detalles la historia de una época dolorosa que no deberá repetirse.

 

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Así, Entre la voz y el miedo es una obra escrita con la mano ágil de un periodista, la mente despierta y la capacidad literaria de alguien con «buen oficio» y «buena pluma», de poeta, de narrador, de cronista.

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Con todo, el libro cuenta la historia de este muchacho, huérfano siendo muy niño, que recorre hogares en los que va construyendo relaciones de cuya duración no puede anticiparse nada. Inquietudes, dolores, miedos, amores, cariños de quienes lo acogieron, son pinceladas de una vida que se va nutriendo de esperanzas.

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A poco de haberse recibido, casi dos años de instalada la dictadura encabezada por Pinochet y los civiles que le dieron contenido político, comienza a ejercer el periodismo. Hormazábal fue uno de los símbolos de la Radio Chilena, figura señera en la lucha contra la dictadura.

Guillermo alzó la voz en el silencio de los años más duros, aunque su nombre no es de los más famosos ni populares, pero ciertamente sería más merecedor del Premio Nacional de Periodismo que algunos que han sido muy celebrados.

Radio Chilena, como Balmaceda y Cooperativa, luego Santiago y Carrera, fueron las radios más activas en la larguísima dictadura que afectó a Chile para dar voz a los que no teníamos otros espacios habituales en los medios de comunicación.

La Chilena, como le decíamos, era una radio que se caracterizaba por su serenidad, seriedad y oportunidad de la información, en momentos en que la represión golpeaba duro.

Guillermo lo hizo todo: desde reportero, pasando por jefe de informaciones, director de prensa, marcó con su estilo y sus valores el tono de un espacio libre y liberador, que se aventuró en una lucha de altos costos personales. El tiempo, la intensidad del trabajo y sobre todo los riesgos para sí mismo y la familia, era algo que vivíamos los que estábamos en la defensa de los derechos de las personas.

Amenazas, persecuciones, agresiones a golpes, detenciones de todo tipo, las sufríamos los que estábamos en los medios de comunicación y los abogados que representábamos a los perseguidos por la dura mano de la DINA, la CNI y todos los otros organismos que le dictadura usó para someter al país.

El autor nos cuenta de su secuestro —en realidad «detención arbitraria» por agentes gubernamentales— en el marco de una represión desatada por el asesinato de Roger Vergara, recién nombrado en un alto cargo de Inteligencia del Ejército. Entre la brigada de Homicidios y la de Asaltos, se formó un equipo para «ganarle a la CNI» y encontrar a los autores del homicidio.

Usando los peores métodos represivos los policías detuvieron a mucha gente, los torturaron, amenazaron y llegaron hasta el extremo de dar muerte al estudiante de periodismo Eduardo Jara. Entre ellos, fueron detenidos periodistas y Hormazábal gritó su nombre en la calle mientras lo llevaban los detectives, gracias a lo cual se pudo saber de su detención.

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Este es un libro necesario, beneficioso, que puede ser extraordinariamente útil para que los muchachos de hoy vayan conociendo una historia de nuestro país que se desdibuja en la maraña de consumo, competencia, liviandad, frivolidad que caracteriza a muchos de los espacios comunicacionales de este tiempo.

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Así, Entre la voz y el miedo es una obra escrita con la mano ágil de un periodista, la mente despierta y la capacidad literaria de alguien con «buen oficio» y «buena pluma», de poeta, de narrador, de cronista.

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A poco de haberse recibido, casi dos años de instalada la dictadura encabezada por Pinochet y los civiles que le dieron contenido político, comienza a ejercer el periodismo. Hormazábal fue uno de los símbolos de la Radio Chilena, figura señera en la lucha contra la dictadura.

Guillermo alzó la voz en el silencio de los años más duros, aunque su nombre no es de los más famosos ni populares, pero ciertamente sería más merecedor del Premio Nacional de Periodismo que algunos que han sido muy celebrados.

Radio Chilena, como Balmaceda y Cooperativa, luego Santiago y Carrera, fueron las radios más activas en la larguísima dictadura que afectó a Chile para dar voz a los que no teníamos otros espacios habituales en los medios de comunicación.

La Chilena, como le decíamos, era una radio que se caracterizaba por su serenidad, seriedad y oportunidad de la información, en momentos en que la represión golpeaba duro.

Guillermo lo hizo todo: desde reportero, pasando por jefe de informaciones, director de prensa, marcó con su estilo y sus valores el tono de un espacio libre y liberador, que se aventuró en una lucha de altos costos personales. El tiempo, la intensidad del trabajo y sobre todo los riesgos para sí mismo y la familia, era algo que vivíamos los que estábamos en la defensa de los derechos de las personas.

Amenazas, persecuciones, agresiones a golpes, detenciones de todo tipo, las sufríamos los que estábamos en los medios de comunicación y los abogados que representábamos a los perseguidos por la dura mano de la DINA, la CNI y todos los otros organismos que le dictadura usó para someter al país.

El autor nos cuenta de su secuestro —en realidad «detención arbitraria» por agentes gubernamentales— en el marco de una represión desatada por el asesinato de Roger Vergara, recién nombrado en un alto cargo de Inteligencia del Ejército. Entre la brigada de Homicidios y la de Asaltos, se formó un equipo para «ganarle a la CNI» y encontrar a los autores del homicidio.

Usando los peores métodos represivos los policías detuvieron a mucha gente, los torturaron, amenazaron y llegaron hasta el extremo de dar muerte al estudiante de periodismo Eduardo Jara. Entre ellos, fueron detenidos periodistas y Hormazábal gritó su nombre en la calle mientras lo llevaban los detectives, gracias a lo cual se pudo saber de su detención.

Finalmente fueron liberados y se demostró que quienes cometieron el delito en contra del oficial, no tenían nada que ver con ninguno de esa treintena de personas (dueñas de casa, artistas, empleadas de oficina, contadores, estudiantes, comerciantes) que fueron tan maltratadas.

Algunos de los policías secuestradores, cuya identidad se supo, fueron tardía y suavemente castigados, aunque otros se mantuvieron en sus cargos y los gobiernos que siguieron los distinguieron con mejores nombramientos.

La familia, los amigos, su trabajo en distintas tareas como comunicador, van haciendo la hermosa costura de un relato que vale la pena conocer. Es una obra para los que vivimos esa época, ciertamente, pero sobre todo para aquellos que no la vivieron y se pueden formar así una idea clara de muchas cosas que pasaron.

En efecto, las menciones que hace Guillermo en su libro, permitirán a los inquietos seguir investigando para que algún día se escriba sin tapujos y con detalles la historia de una época dolorosa que no deberá repetirse.