El oficio de poeta es, sin comparar con nadie, uno de los más antiguos del mundo.
Desde aquellos que escribieron en el mundo sumerio, en la antigüedad semita, en las culturas de Egipto y la Hélade y hasta Dante Alighieri, todo escritor era considerado un poeta.
La obra poética escrita recogía para la posteridad las palabras
de los grandes proclamadores de los hechos humanos, de sus
sentimientos y de sus aventuras.
La primera expresión del arte de la palabra era oral, cantada o recitada. Aedos les llamaron en Grecia, bardos en el mundo indoeuropeo (celta de preferencia), vates en Roma, juglares (si recitaban obras de distintos autores) y trovadores (expresando la obra propia) en la Edad Media de Europa.
Si nos ponemos estrictos –como si fuéramos académicos los lectores y yo debiéramos coincidir que Homero, por ejemplo, era un narrador. Tanto como el autor del Mío Cid. Pero les llamamos poetas porque a ellos pertenecen las raíces líricas y épicas del arte de escribir y la poesía es la madre de todas las artes. Es la capacidad creativa para convertir en belleza trascendente los hechos que viven los seres humanos y que podemos encontrar la en la magnificencia de las epopeyas sumerias, la extensión de la obra homérica, o la brevedad de las sentencias bíblicas en elLibro de los Proverbios, o la expresión instantánea del Haiku japonés. La palabra queda para la posteridad en los escritos, los libros, las revistas, los muros, los cuadernos secretos, después de haber sido cantada o recitada por hombres y mujeres que ya fue se recorriendo caminos (labor más bien masculina) o en palacios, templos y teatros (donde destacan las mujeres, aunque salvo Safo y otras excepciones, haya costado milenios que los “machos
historiadores” las reconocieran y consignaran en sus recuentos).
Para los semitas y particularmente los árabes, la poesía es un arte excelso y sagrado. El idioma árabe es poético en sí, desde la construcción de las palabras y las frases, la sonoridad, la variedad de las expresiones, las tonalidades. Y es un idioma creativo, donde el “hablante” con la sola inflexión de la voz puede cambiar el
significado global del texto que proclama. Y cada palabra tiene raíces y derivaciones que explican cultura y trasfondo de cada expresión, con más riqueza aún que los idiomas occidentales modernos. Idries Sha, considerado por muchos como el más grande de los ṣufi, nos cuenta en uno de sus libros que la palabra sufi deriva de sūf, que significa “lana”, en referencia a la manera de vestirse de estos sabios ancestrales, sencillos, austeros y desapegados de las riquezas. Pero esa misma raíz remite a los sencillos asientos públicos (Suffah o bancos de plaza) que eran los lugares en que
instalaban los sabios a hablar a sus oyentes; y a la definición de pureza de espíritu y cuerpo (safà). Algunos llevan las cosas más allá para sostener que esa expresión fue el origen más remotode las palabras griegas esenio (los puros, los silenciosos) y ophos (sabiduría). Una sola palabra para tanta riqueza de significados.
La sacralidad de la poesía motivó a Mahoma, el profeta fundador del Islam, a recurrir a los poetas para terminar el sitio de La Meca. En lugar de atacar la ciudad sagrada con sus tropas que la rodeaban, envió a los poetas para parlamentar con los sacerdotes gobernantes e intimar su rendición a las huestes del Dios Único.
En el tiempo medioeval surge ese libro poético por excelencia llamado “Las Mil y una noches” (en realidad en árabe se llama Las Mil noches y una noche, para destacar esa última que da sentido a todo el libro). Allí quedan plasmados elementos desconocidos del arabismo y la relación entre los pueblos que habitaban entre el Mediterráneo y las montañas de la India, como por ejemplo la relevancia de las mujeres en la cultura y la trasmisión
de la sabiduría.
En el Renacimiento, después de Dante, se produce la separación entre los narradores y los cultivadores de la poesía y los géneros van tomando identidad propia, porque los narradores, no tienen la intención de la síntesis de la belleza sino de la profusión del relato y la importancia de las descripciones.
Los poetas aceptamos esta diferenciación para no tener más guerras que las que vive la humanidad, pero en estricta verdad los poetas también narramos y la prosa poética no deja de ser poesía y es asimismo narrativa. Gabriela Mistral, Rabindranaz Tagore, Pablo Neruda, Gibran Jalil Gibran, son maestros en eso y muchos seguimos sus aguas sin llegar a su excelencia. Claro, también hay narradores que escriben poesía.
Lo que no vamos a aceptar los poetas es que los narradores se quieran apropiar ahora del título de “Escritores” y aprovechándose de las actuales liviandades de lenguaje, se hable de algunos como “Escritor y poeta”, en circunstancia que el poeta es escritor por antonomasia y el narrador un invitado de los últimos 600 años solamente.
Narradores y poetas compartimos el título de escritor pese a los primeros.
Pero algunos aclaramos: “soy escritor, preferentemente poeta, aunque narre”.
