[Crónica] Para levantar el ánimo

Un comentario y que no se ofenda nadie: en Santiago las galerías de arte más importantes están atrincheradas en la elitista comuna de Vitacura, mientras que en Valparaíso se encuentran en las calles por las cuales transita el pueblo: esta experiencia de recorrer el principal puerto de Chile en compañía de Maru, ha cambiado mi percepción negativa de esta ciudad.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 5.2.2026

No soy ni he sido hincha de la ciudad de Valparaíso y me sentí extrañado cuando fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO.

En una insólita sucesión de alcaldes —ahora es el turno de una mujer— entre los cuales se cuentan dos amigos y camaradas de tareas políticas, la ciudad no ha logrado superar sectores de deterioro, suciedad callejera, zonas de malos olores, irrespeto por las normas de circulación callejera.

Dejé de recorrer sus calles hace muchos años, pues pese a los intentos de Eduardo Dockendorff por tratar de conseguir que el municipio se comprometiera con la acción cultural, no se logró gran cosa.

Sin embargo, mi amor por la fotógrafa y poeta Maru Hernández-Celis ha sido suficiente para volver a subir sus cerros (ahora en auto, casi siempre) y transitar sus calles, acompañándola en su tarea de atrapar imágenes y descubrir instantes que convertirá en Haikus.

Y debo reconocer varias cosas que me han reconciliado con parte de esta ciudad puerto, por ejemplo sus habitantes, personas amables siempre dispuestas a ayudar a los miles de turistas que la visitan, con los nombres de calles que no siempre están en los muros, con el dato del ascensor cercano.

Caminamos hasta la Plaza Victoria poblada por gente de todas las edades y condiciones sociales. En la Plaza Echaurren pasa lo mismo, pero además está adornada por predicadores que vociferan en contra del demonio.

Recorremos los cerros desde la Avenida Alemania, atravesando intrincados caminos y deteniendo el auto a cada rato para tomar fotos de lugares increíbles: casas que cuelgan, pinturas de todos los colores, grafitis bellos y grafitis pésimos, escaleras que nunca se sabe hasta dónde llegan y jardines de cardenales de variados colores que los mantiene el destino o los ángeles, en medio de pasajes que están en bajadas laberínticas.

La gente de Valparaíso vive sus espacios. Todavía no hemos vuelto a La Sebastiana, que por años fue una especie de ritual indispensable. Seguimos eludiendo el Congreso, en el que estuve algunas veces visitando amigos y no tan amigos hasta conseguir la unanimidad para la Ley de Fomento del Libro y la Lectura.

Se me perdió el colegio de los Sagrados Corazones y no encuentro la vieja tienda de mi tío Taufik en calle Serrano.

La espera la hicimos en la Plaza Victoria

Llegamos al encuentro de los cerros Concepción y Alegre. Dominique, una amiga francesa nos dio el dato: «No se lo pueden perder». Allí, en calle Concepción, donde estaba el viejo colegio Alemán, se alza el «Museo del Inmigrante». Una joya levantada por el esfuerzo de privados y parte de las distintas colectividades extranjeras que anidaron en la zona, bajo la dirección de Eduardo Dib, empresario, y con el apoyo de tres mujeres que llevan el área ejecutiva.

Un lugar increíble, hecho con las técnicas más depuradas de la museografía contemporánea (nivel europeo, me dice Maru, que ha recorrido Europa casi entera tomando fotografías y que es refrendado por Theodoro Elssaca, otro viajero incansable), hermoso, cuidado, donde todo se puede ver, con tecnología moderna, audioguía con información muy completa y personal gentil.

No es barato, pero en cuanto se estabilice y recupere la inversión, lo será sin duda. Restoranes, cafetería, tienda, librería, espacio para el descanso y un mirador sorprendente para ver Valparaíso en 360º completan esta interesante propuesta porteña.

Nos vamos sorprendidos y felices de la experiencia y, mientras íbamos camino al Museo del Grabado que mantiene la Universidad de Valparaíso, nos topamos en calle Almirante Montt 372 con una pequeña galería de arte, Galería Bahía, llena hasta los techos de obras de artistas locales.

Un lugar sorprendente, delicado, en que se aprovechan los espacios de muros y dinteles. Son cinco espacios que los porteños no se pueden perder y los turistas tienen que conocer. Luego de pasar por la puerta de un hostal llamado Patrimonio, destacando el valor de la casa en que está instalado, llegamos al MUG (Museo del Grabado), una muestra de excelentes obras y de un trabajo arquitectónico moderno, bien hecho, fino.

En la tarde fuimos al cine Insomnia, proclamado cine-arte, donde exhiben películas actuales y también clásicos inolvidables. Una sala antigua, a precio módico, inserta en el ángulo interior de un pasaje que sale a dos calles, muy bien mantenida, con butacas añosas pero más cómodas que cualquier cine moderno. Y sin paquetes de cabritas ni grandes vasos de bebida (yo llevaba mi coca zero de 250 cc en el bolsillo).

A las siete de la tarde estaba programada una película recién estrenada en Chile, premiada en Cannes y había unas 60 personas de público. La espera de la función la hicimos en la Plaza Victoria, a pasos del cine, rodeada de edificios bellos, antiguos, modernos, feos, de todo, como una ciudad de verdad.

La semana se coronó en La Escala, calle Cochrane al llegar a Plaza Sotomayor, una galería de arte creada por Jaime Blaset, pintor y micro empresario, en una enorme casona que ya tiene 110 años y que en algún momento incluso fue sede de algún sindicato importante.

Sus muros de ocho metros de altura están llenos de obras de arte y hay una hermosa, luminosa y enorme sala convertida en café, atendido, esta vez, no sé si siempre, por el fotógrafo artístico Jaime Verdejo.

Buen café, debo reconocerlo. Además hay una librería, con los precios a la vista. Y los días sábado, circula entre los visitantes, porteños comunes y corrientes muchos, la perrita del dueño de la galería, que sólo da un ladrido para saludar.

Destacan obras de numerosos pintores, fotógrafos, ceramistas, incluyendo un muro espléndido con los cuadros de Errupín Ibarra, artista septuagenario de Quebrada Escobar. Es un espacio difícil de describir en pocas líneas, pero es otro imperdible de la ciudad. Y lo más hermoso, es que son artistas locales.

Un comentario y que no se ofenda nadie: en Santiago las galerías más importantes están atrincheradas en Vitacura. En Valparaíso están en las calles por las que transita el pueblo.

Esta experiencia de recorrer Valparaíso con Maru, cambió mi percepción negativa del puerto.

Ahora Maru empezará a seleccionar las fotografías de la exposición que hará en el invierno, sobre su mirada de Valparaíso, en La Escala.

Y yo pasaré por alto olores, falta de aseo, profusión de perros y, por supuesto, el edificio del Congreso.

«En las cenizas»: Renacer para vivir el tercer ciclo de Saturno

La obra del abogado y escritor chileno Luis Alberto Soto es un libro conmovedor, importante, útil, hermoso, que nos devuelve la esperanza, la fe en la trascendencia (más allá de las creencias de cada uno), la confianza en el ser humano y destaca la importancia de dar una mirada holística del hombre, que integra lo emocional, lo intelectual, lo espiritual y lo corporal.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 30.1.2026

Mirando desde mi oficio de escritor y siendo inevitablemente un ariano con ascendente virgo, no puedo dejar de pensar (y decir) que el título de este libro (En las cenizas, de Luis Alberto Soto (Santiago, 1966), editorial Hueders) debió haber sido Desde las cenizas.

Porque da cuenta de la historia de un hombre que dos veces se hunde en el camino de la muerte lenta de una «larga y penosa enfermedad» —sutileza conservadora y un poco cobarde a fin de denominar al cáncer— para salir de ambas, desde las cenizas, tal como el Fénix mítico.

Es un libro entretenido, que se lee rápido, que cuesta dejarlo y nos convoca a una segunda y tercera lectura con lápiz en mano para marcar (o escribir en un cuaderno si el libro es prestado) todos aquellos detalles que revelan el sentir de una persona que pasa por estos trances difíciles y debe, además de vivir su enfermedad, soportar a muchos de los que lo rodean y que se duelen porque no entienden, por ejemplo, «lo doloroso que es tener un hijo enfermo» o lo insoportable que puede ser el egoísta «padeciente», quien desea tomar decisiones desde su propio ser.

Con todo, se trata de un libro descarnado y veraz, donde todo es cierto, desde los sentimientos, emociones e ideas que vive el autor, hasta los nombres de las otras personas que aparecen (esposa, hijos, amigos, parientes, menos los médicos).

Una especie de «diario de vida» o más bien una autobiografía limitada a un tiempo y a un tema central: dos procesos de cáncer que se viven en un recorrido de diez años.

Un libro de autoayuda excelente

El autor lo dijo en la presentación: que este libro lo escribió para él y no había pensado en publicarlo. Distintas situaciones lo llevaron a decir: «si escribí, tal vez el texto deba ser conocido». No lo dice, pero podría haber pensado que quizás su lectura le sirva alguien: a una persona que tiene un hijo o un padre enfermo, a otro enfermo, a un médico o profesional de salud que puede repensar su forma de relacionarse con el enfermo.

Me recuerda a El padeciente, escrito por el médico Miguel Kottow y que fue base para una película chilena del mismo nombre, en el cual relata los padecimientos sufridos por él a manos de sus colegas (y clínicas, con su personal) cuando estuvo enfermo.

Bien escrito, sin abundar en detalles innecesarios, pero sin ocultar nada. Los sentimientos del lector —que tenderá a identificarse con el escritor— van cambiando en el ritmo del relato y, aunque al escribir no lo piensa así, Luis Alberto Soto nos conduce por un camino de aprendizaje hermoso y útil.

Riendo, Luis Alberto nos dijo en el lanzamiento: «No es un libro de autoayuda, pero me gustaría que se vendiera como si lo fuera». Discrepo: es exactamente un libro de autoayuda, excelente. Mucho mejor que muchos de esos textos que están escritos con esa calificación y que tienen un 80 por ciento de páginas de relleno que se podrían obviar.

A la imaginación del lector

En este libro, que ayudará a cualquier lector (a mí mismo, en particular), no sobra ni una línea y sólo faltan algunos desenlaces que el autor deja abiertos a la imaginación del lector.

Así, el autor, avalado por la editorial, nos dice que es una novela. Nada de este libro lo hace ser una novela. ¿Le teme a la expresión «libro de autoayuda»? Bien, entonces diga que es una biografía, pues el gran mérito del texto, además de la fluidez de la escritura, está en que es verdadero.

Espero que en un próximo libro Luis Alberto Soto nos cuente cómo siguió su vida, cómo fue este renacer para vivir el tercer ciclo de Saturno (el Cronos griego, maestro duro y exigente), que cada veintiocho años nos pide cuentas de lo que hemos hecho. Porque en el inicio de la nueva vida se siembra lo que luego se habrá de cosechar.

Concluyo: es un libro conmovedor, importante, útil, hermoso, que nos devuelve la esperanza, la fe en la trascendencia (más allá de las creencias de cada uno), la confianza en el ser humano y destaca la importancia de dar una mirada holística del ser humano, que integra lo emocional, lo intelectual, lo espiritual y lo corporal.

[Crónica] Tiempo de leer

El profesor Jaime Blume, cuando yo estaba en el colegio, nos enseñaba la diferencia entre el cuento y la novela: el primero de los géneros es como un texto, breve o largo, pero con un hilo conductor, y el segundo de los formatos —sin importar su extensión—, tiene varios hilos que se entrecruzan, con distintas tramas que dan cuenta de lo que pasa en la vida, donde nada es como una sola línea.

El verano, sobre todo febrero, parece ser tiempo de leer. Porque estamos de vacaciones, porque los que siguen trabajando pueden observar que baja el movimiento. El Metro —donde hay— y la locomoción colectiva van más vacíos y gracias a eso es posible ir leyendo con cierta comodidad.

Buen momento para detenerse y entrar en esas realidades distintas que nos cuentan los libros, novelas, cuentos, poesía. Digo «realidades distintas», para lo que hoy algunos llaman «ficción» (siguiendo, una vez más, las tendencias que impone el imperio del idioma inglés) y antes se decía simplemente «narrativa», que define mejor el género.

Narrar es un arte difícil, porque se requiere dar buena cuenta de lo que el escritor quiere decir y hacerlo de modo entretenido, es decir, con capacidad de retener la atención del lector.

El profesor Jaime Blume, cuando yo estaba en el colegio, nos enseñaba la diferencia entre el cuento y la novela. El cuento es como un texto, breve o largo, pero con un hilo conductor. La novela sin importar su extensión, tiene varios hilos que se entrecruzan, con distintas tramas que dan cuenta de lo que pasa en la vida, donde nada es como una sola línea.

Los mundos que se topan, las historias de unos y otros en las cuales hay relaciones diferentes, a veces contrapuestas a veces complementarias, pero que permiten al lector darse cuenta de lo que pasa con los personajes y de cómo las relaciones humanas son mucho más cercanas y con influencias recíprocas de lo que comúnmente se supone.

Con todo, la novela tendrá muchos desenlaces, algunos intermedios en el texto y otros que nos llevan a un momento en que como en un ballet nos presentan una concurrencia de personajes que se develan en la mayor intensidad.

Los límites del misterio de la vida

En mi opinión, que no soy experto literario ni crítico, sino sólo un escritor, la diferencia ente novela o cuento y relato radica en que el relato no requiere de un desenlace, en cambio en las otras dos formas narrativas sí. Por eso en mi libro Relatos de tanto tiempo hago concurrir cuentos y simplemente relatos, donde lo que más importa es el tránsito, que, muchas veces, es completamente previsible.

Por ejemplo cuando García Márquez en Crónica de una muerte anunciada nos relata los acontecimientos sucedidos en el pueblo en torno al asesinato de Santiago Nasar por parte de los gemelos Vicario. Es decir, se conoce al muerto y al asesino desde la primera página. Lo que importa no es eso, sino el contexto en que se desarrolla la vida que culmina con la primera página.

Esa «novela» es un relato maravilloso, que ha hecho escuela y que se sitúa en las antípodas de las obras policiales, particularmente de las de Agatha Cristhie y de Conan Doyle.

Leamos cuentos y novelas de tantos excelentes autores chilenos, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, con temáticas de todos los estilos posibles. No sólo busquemos a esos famosos, sino también a esa enorme pléyade de autores que no tratamos de ser candidatos a nada, pero cuyas obras están dando testimonio de una sociedad en movimiento.

No quiero herir susceptibilidades, pero sería absurdo no recomendar a algunos, y si no nombro a otros no es para zaherirlos ni desconocerlos, sino para incitar a los lectores de este medio a buscarlos en Internet, en las páginas de la SECH, del PEN Club, de las editoriales grandes y de las independientes.

Busquen a maestros y maestras de la narrativa como Walter Garib, Juan Mihovilovich, Virginia Vidal, Darío Osses, Pía Barros, Alejandra Basoalto, Teresa Calderón, Antonio Ostornol, Mónica Gómez, Reinaldo Marchant, Mario Toro Vicencio, Carmen Pérez Meyer.

También aprovecho de recomendar a algunas novelas y cuentos de autores nuevos que son publicados por esas decenas de editoras independientes, que raramente tienen cabida en las librerías formales pero que venden mucho por internet (yo mismo como editor, para no pecar de falsa modestia), que han presentado a jóvenes y mayores, hombres y mujeres, con textos que no deben ser ignorados, pues nos dan un panorama real de nuestro país. Es cosa de buscar un poco a través de la web.

Hay mucho que leer y recomiendo, de verdad, para salirnos de las series de TV y sacar la mente del trabajo, leer la narrativa chilena que es muy buena. Tal vez como lo argentina y la peruana.

Pero una palabra más sobre realidad y ficción. Cuando escribimos cuentos o novelas, salvo que sean autobiografías en que todo debe ser verdad, en cada párrafo de la historia hay mucho de cruda realidad y mucho de ficción.

Todo es verdad: porque lo que no ha sucedido —y tal vez no suceda en el mundo exterior conocido por el autor— es fruto de su inconsciente que, conectado al inconsciente colectivo nos cuenta cosas de otros mundos, de otras tierras, de otras épocas, que lo más probable es que sean reales y concretas en un tiempo y un espacio desconocidos para el autor.

El escritor traspasa misteriosamente los límites del misterio de la vida y penetra en los sentimientos de personajes que van adquiriendo vida hasta que pueden tomar rebeldías propias, como le sucedió a Miguel de Unamuno con Augusto Pérez (los Augusto siempre dan que hablar) en la «nivola» Niebla.

Ahora, si usted quiere gozar de los buenos relatos de los autores chilenos, le aconsejo que se relaje y entre cuento y cuento o entre capítulo y capítulo, lea un par de poemas de Juan Esquivel, Astrid Fugellie, Paola Tirapegui, Theodoro Elssaca, Carmen Gloria Berríos o, por qué no, de Jaime Hales.

Es un gran tiempo para leer.

[Crónica] Gestos reveladores (y erráticos)

Tengo una buena opinión del diputado Francisco Undurraga, aunque un comentarista dice en las redes sociales que su gran mérito para estar a cargo del próximo Ministerio de las Culturas es sólo ser hijo de una artista visual, probablemente exagera, pero ese nombramiento revela otra cosa: en la campaña presidencial los partidarios de José Antonio Kast pusieron énfasis en que esa cartera no es importante para el país y que se debe evitar asignarle más presupuesto.

Por Jaime Hales Dib

En política el lenguaje es fundamental. Tal como las decisiones. En ambas dimensiones se dan los llamados «gestos simbólicos», es decir, que tienen un contenido que va más allá de lo evidente y revelan no sólo pensamientos, sentimientos y emociones que permanecen en secreto, sino además aspectos de una realidad de la cual los que hablan, dicen o deciden, no han asumido en plenitud.

Cuando Jaime Quintana, senador, quiso pronunciar una frase que sirviera de «cuña» para un titular de un diario y habló de la retroexcavadora para referirse a sus intenciones políticas, no sólo demostró que no sabía bien para qué era esa máquina, sino que dio a entender una voluntad de destruir la institucionalidad existente. Y se convirtió, más que en un titular transitorio, en un flanco abierto para críticas que lo persiguen hasta hoy.

 

Arturo Alessandri, demostrando desprecio por los jóvenes rebeldes que se tomaron el edificio del Seguro Obrero, le respondió al General Arriagada cuando éste le preguntó qué hacía: «Mátelos a todos». Pero no era una orden, sino una manifestación de mero desprecio.

El general en cuestión, en una estrechez de mente propia de quienes renuncian a pensar para solamente obedecer, los mató a todos.

Pero hay otros, que tienen plena claridad de lo que dicen y asumen las consecuencias: por escrito y sin desmentir, Trump le dice al gobierno noruego que como ellos no le quisieron dar el Premio Nobel, él no se va a interesar en la paz y se va a tomar Groenlandia, cueste lo que cueste. Si Dinamarca cree que tiene título de dominio por haber mandado un barco, él mandará muchos. Y lo hará.

Cuando observo los gestos del presidente electo señor Kast, me pregunto si se da cuenta todo lo que está revelando con ellos.

 

Para el ministerio del deporte elige primero a una persona que se dedica a competir con armas de fuego y cuando ella dice que no, elige a una lanzadora de bala. Parece chiste y tal vez lo es, pero revela las palabras que dan vuelta en su cabeza.

Boric eligió a un futbolista, que es de las cosas que más sabe, sólo que se equivocó al nombrar a un colocolino.

 

Una nueva era que comienza a insinuarse

Incluir como posible ministro de defensa a un periodista que hizo relaciones públicas de una empresa dedicada al negocio forestal, es como poner un ají en lugares inadecuados. O tratar de hacernos creer en su voluntad intensamente democrática cuando piensa para ese mismo ministerio en el abogado de Pinochet en Londres, es ir en el sentido contrario.

Porque la defensa de Pinochet era el intento de justificar las violaciones de los derechos humanos que ese gobernante militar impulsó, justificó, financió, durante sus años en el poder.

 

Tengo buena opinión de Francisco Undurraga, aunque un comentarista dice en las redes que su mérito para el Ministerio de las Culturas es ser hijo de una artista visual (María Teresa Gazitúa Costabal). Probablemente exagera.

Pero ese nombramiento revela otra cosa: en la campaña sus partidarios pusieron énfasis en que ese ministerio no es importante para el país y que no hay que asignarle más presupuesto. Entonces el nombre puede ser de alguien que pertenece al partido más alejado de su ideología: Evópoli.

Nombrar a un empresario a cargo de Relaciones Exteriores, pone énfasis en que ésas serán las relaciones con el resto del mundo. Lo importante será la empresa, la economía y el tema de la paz, siguiendo la línea de Trump, pasará a segundo plano. Porque me parecería adecuado nombrar como encargado de Pro Chile a un empresario, pero no a cargo de una cartera tan compleja.

No es raro que entre los nombres que se dan —se conocerán después de escrito este artículo— haya más independientes que militantes. Porque su idea de democracia no requiere de partidos, que es el instrumento más eficaz para el diálogo de las ideas, los propuestas y los puntos de vista en una sociedad pluralista y democrática.

Porque se deja la insinuación de que su gobierno que él caracteriza como de emergencia, requiere de personas que obedezcan y carezcan de visiones más integrales de la sociedad.

Los acontecimientos actuales agudizan el carácter de «gobierno de emergencia», pues los incendios de la zona sur dejarán secuelas dolorosas y costosas para dos o tres regiones importantes para la economía y la vida del país.

Y en eso surge el gesto de Boric. Reacciona de inmediato, declara estado de catástrofe, asigna equipos y llama al presidente electo para coordinar. Pues las medidas que se tomen hoy repercutirán en lo que viene y prefiere que en eso se vayan poniendo de acuerdo.

 

Es verdad que es él quien debe tomar decisiones, pero prefiere conversarlas para no tomar medidas que serán de corto plazo, sino que revelen una preocupación más profunda.

Con todo, eso revela que el Presidente de la República es presidente de todos los chilenos y que el actual ya no es el diputado de trinchera que fue, sino que ha ido asumiendo su papel. Muchos lo critican con dureza, pero él dice lo que piensa y actúa en consecuencia.

Boric sabe que puede equivocarse y necesita la opinión del que viene después, para que el plan de beneficio para todos no sea un fruto ideológico, sino que el producto de decisiones de Estado en los cuales es posible ponerse de acuerdo.

Alguien dijo: «es un gesto propio de una nueva era que comienza a insinuarse». Tan distinta de los que quieren apropiarse de otros países y creen que sacando a un dictador pero dejando a sus aliados puede pasar algo bueno.

Ese gesto simbólico, consciente o no, de Boric, es lo que nos hace tener esperanza.

¿Kast lo entenderá

[Crónica] «Mundos ingrávidos y gentiles»: Una especie de caricaturas vivas

Este segundo crédito en el género novelístico debido al escritor y abogado chileno Pablo Errázuriz Montes, es un excelente material para que un director de cine o de televisión lo convierta en una serie audiovisual que tenga de historia, de pasión, de romanticismo, de drama, y de humor, en muchos de sus posibles episodios.

La frase pertenece al poema de Antonio Machado que se hizo popular en todos los niveles con ese primer éxito de Joan Manuel Serrat el cantante catalán. «Mundos ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón», es decir, que se deshacen con facilidad y perecen.

Pablo Errázuriz Montes (1958) la eligió para titular así su tercera obra literaria, una novela muy entretenida en la cual combina perfectamente ficción y realidad, hasta tal punto que el lector —que desea distinguir una de otra— no podrá.

Confieso que, no siendo experto en internet, intenté investigar sobre nombres y lugares, para irme dando cuenta de que hay temas y nombres que aparecen tal cual y otros no figuran, no porque sean ficción necesariamente, sino porque probablemente no han sido relevantes para los que hacen esas páginas.

Es decir, concluyo que no todo está en internet ni menos aún en la famosa Inteligencia Artificial que, finalmente, se nutre de fuentes muy humanas y, por lo tanto, falibles.

La novela tiene como personaje principal a don Matías Errázuriz (¿será pariente del autor?), un conspicuo integrante de la clase dominante chilena (que algunos llaman pomposamente aristocrática, apelativo que durará mientras no aparezca el verdadero árbol genealógico en las raíces de España), que mira, desde alturas auto levantadas, con cierto desprecio a quienes con un arribismo notorio y sustentados sólo en la riqueza recién adquirida, pretenden considerarse parte de la misma clase social.

En cambio, muestra respeto y afecto, cariño sería más propio, por el personal que trabaja en la casa o en el campo y que sin pretender ser ni mejor ni peor que los otros, demuestra tener una calidad humana de excepción que don Matías y algunos de los suyos, reconocen y agradecen.

Con 60 páginas más

La novela se inicia en los finales del siglo XIX, cuando don Matías, siendo un hombre joven y soltero, da sus primeros pasos en la carrera diplomática en la legación más importante de Chile en el exterior: la República Argentina.

Por las páginas transcurren los nombres y apellidos de importantes personajes de la historia de ambos países, en una época que no es fácil para ambos países que discuten en lo externo cuestiones de límites y en lo interno viven las tensiones de un cambio social producto de nuevas clases sociales que intentan emerger y obtener derechos que los ricos no siempre quieren conceder.

Aparecen en el relato los asuntos más íntimos de los personajes, entremezclados con los asuntos políticos, sociales y diplomáticos. Abarca un tiempo que llega hasta 1949 cuando don Matías cuenta a su sobrino recién casado lo que fue su vida desde que empezó a trabajar hasta el momento en que está retirado.

Con pinceladas precisas y agudas va delineando los personajes que, aunque a ratos el autor tiende a caricaturizarlos, en verdad queda en claro que los seres humanos que los inspiran eran efectivamente una especie de caricaturas vivas, con muy poca conciencia de sí mismos, de sus derechos, de sus obligaciones y de sus límites.

Pero el verdadero hilo conductor de la obra, que se va trenzando con todos los acontecimientos del mundo, tiene que ver con las cuestiones más profundas, donde una estela de dolor va quedando establecida y cuya naturaleza, pese a que se insinúa, no se revela hasta las últimas páginas en que, como sucede siempre, todo se acelera.

Esta obra es un excelente material para que un director de cine o televisión la convierta en una serie que tenga de historia, de pasión, de romanticismo, de drama. Y de humor en ciertos episodios.

Con 60 páginas más, la novela nos hubiese dado en el gusto de extenderse más en algunos personajes, sobre todo femeninos, que sólo quedan insinuados, pero dejando en evidencia que eran personas con mucho más peso que el que parecen tener.

No me voy a detener en criticar cuestiones formales, sino que sólo dejo mi protesta para decir que a la industria editorial de nuestro país le falta mucho para estar a la altura de los escritores chilenos.

¿Y la distribución?

Novelas como ésta merecen una amplia cobertura de vitrinas.

[Crónica] Los muertos que no importan

 

Con todo, y luego de la detención de Nicolás Maduro lo que estamos presenciando es un escándalo de proporciones, un discurso lleno de mentiras, porque al gobierno agresor no le interesa, como creen algunos venezolanos, restablecer la democracia en ese país.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 1.1.2026

Estados Unidos interviene en Venezuela, acusando al gobierno de ese país de ser culpable del mayor tráfico de drogas hacia su territorio. El inicio de la intervención fue cuando Trump ordeno la instalación de parte de la flota en el mar Caribe.

Portaviones dispuesto a combatir contra lanchas presuntamente cargadas de droga. Digo con claridad: si una agrupación con enorme poderío bélico quiere detener a «delincuentes» que tienen evidentemente una menor fuerza, basta con rodearlos, apresar a los tripulantes de la lancha e incautar la droga.

 

Entonces se procede, desde la enorme flota norteamericana, haciendo explotar literalmente las lanchas a las que le atribuyen ser transportes de droga. Mueren todos los ocupantes y el cargamento de droga o lo que fuera desaparece con la explosión. Y esto se repite varias veces.

Ningún detenido. Ningún gramo incautado.

Todos muertos, sin identidad, sin reconocimiento de su carácter de traficantes.

Sólo una imputación.

Cuando Trump ordena la invasión a suelo venezolano, se destruyen emplazamientos humanos que los invasores dicen que eran reductos de narcotraficantes. ¿Había gente allí? Probablemente sí, pero no se da ni número ni nombre de muertos.

Porque esos muertos, como los de las lanchas, no importan nada, sólo sirven para cumplir con los objetivos de amedrentamiento.

 

Cuando se produce el ataque para secuestrar al dictador, se bombardean cuarteles, aeropuertos y edificios civiles; se asalta el domicilio del sujeto buscado y se le detiene junto con su esposa.

Las informaciones preliminares, parcialmente oficiales, del gobierno venezolano y del gobierno cubano, hablan de más de 40 muertos, muchos de ellos militares cubanos que colaboraban con Nicolás Maduro.

Entonces Trump declara que fue una intervención quirúrgica, limpia, sin bajas.

Cuarenta muertos, más los de las lanchas y de los lugares bombardeados. Más de 100 heridos. Edificios destruidos.
Los muertos y los heridos venezolanos, cubanos o de cualquier nacionalidad que no sea la de ellos, no importan. Son bajas circunstanciales, obstáculos a remover, problemas transitorios.

 

E impone el lenguaje: al secuestro se le llama «extracción», como quien saca un molusco del mar. La gran preocupación deja de ser la droga, porque Trump sabe, como sabemos todos, que la mayor internación llega por el Pacífico y en ningún caso proviene de Venezuela.

 

Los efectos colaterales inevitables

¿Y el terrorismo de Maduro? ¿Qué algún venezolano puso bombas en Estados Unidos?

Puede ser.

Como la bomba que ordenó el gobierno chileno de Pinochet poner en el auto de Letelier en la capital de los Estados Unidos.

Lo que debió haber hecho Estados Unidos siguiendo esta modalidad era «extraer» a Pinochet y no pedir judicialmente la extradición de sus subordinados Contreras, Espinoza y Fernández.

Con todo, lo que estamos presenciando es un escándalo de proporciones, un discurso lleno de mentiras. Porque al gobierno agresor no le interesa, como creen algunos venezolanos, restablecer la democracia en ese país. No, se va a seguir entendiendo con el régimen inspirado por Chávez, con sus ministros, con su vicepresidenta, ahora presidenta, con sus generales.

Lo que quiere Trump es el manejo del petróleo, apropiarse de sus beneficios, con el pretexto de que tienen que recuperar el dinero gastado en el secuestro de Maduro y de su esposa.

Se dice que ha fracasado el multilateralismo.

No hay multilateralismo cuando se desconocen los acuerdos de los organismo de ese carácter. Y esto lo hizo Estados Unidos cuando intentó invadir Cuba, cuando invadió Irak, cuando mandó tropas a Afganistán, cuando financió y contribuyó a organizar el golpe de Estado en Chile.

En efecto, no hay multilateralismo cuando permite que su socio Israel viole más de 800 acuerdos de Naciones Unidas, partiendo por la resolución que lo creó y le asignó un territorio.

 

Los muertos de Gaza o de otros lugares en Palestina, no tienen importancia. Lo han dicho las autoridades de Israel: por un muerto nuestro dejaremos caer misiles. Por cada muerto de Israel, miles de la población civil palestina, sobre todo si son niños y mujeres, para impedir que en ellos anide la fuerza de la venganza.

Todo esto duele.

Pero hoy impera la ley del más fuerte. ¿Cómo le irá a Taiwán con China o a Ucrania y las otras repúblicas con Rusia?

Sólo importan los muertos de un lado. Los demás son «efectos colaterales inevitables», como se ha dicho por parte de la derecha con las violaciones de los derechos humanos en Chile. Desconcierta ver las expresiones de satisfacción de muchos políticos chilenos por la salida de Maduro, sin que nada de lo demás importe.

¡Hasta cuándo!

 

 

 

 

 

[Crónica] El fin de una época

La muerte de Brigitte Bardot sacude mi memoria y mi nostalgia, y si bien nunca fui de los fanáticos de la actriz francesa, me impactaba ella en sus películas, más que por la belleza, por la audacia, la simpatía, la gracia para interpretar a sus personajes, esa sonrisa siempre picaresca.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 24.12.2025

El mundo tiene sus tiempos y los historiadores van estableciendo nombres para ciertos períodos. Pasan años y nuevos historiadores cambian la nomenclatura, pero los personajes que van marcando cada época siguen allí instalados, sobre todo en la memoria de pueblos y de generaciones.

Las noticias que llegan al terminar el año 2025 (¿por qué le dicen «veinte veinticinco» y no dos mil veinticinco?) señalan que una larga época se está apagando y vienen situaciones distintas, algunas inesperadas, otras previsibles.

Con todo, los sociólogos de Estados Unidos han inventado los nombres de las «generaciones», en un intento de sistematizar estilos de vida y maneras de aproximarse a la realidad.

Esto de las generaciones puede ser discutido y revisado múltiples veces, pues no todos los que pertenecen a una misma época de nacimiento reaccionan, actúan, se comportan o piensan de igual manera.

Lo que sí es evidente, es que los acontecimientos que preceden la vida despierta de las personas pueden marcar un estilo para aproximarse a los conflictos y tratar de resolverlos.

Así, los grandes cambios tecnológicos, por ejemplo, marcan la vida de las personas. Recuerdo haber escuchado a un niño preguntar a su abuelo: «¿Dime, abuelo, cómo es posible vivir sin celular?». El abuelo no tuvo respuesta, porque para él la pregunta es: «¿Cómo se vive tan apegado a los aparatos tecnológicos?».

Yo nací un par de años antes de la mitad del siglo XX. He sido testigo, con mis coetáneos, de los mayores cambios tecnológicos, científicos, sociales y políticos que ha experimentado la humanidad desde que hay historia escrita.

La bomba atómica como una sombra amenazante luego de lo de Hiroshima y Nagasaki, los sueños de los viajes espaciales con Flash Gordon, el mágico reloj de Dick Tracy que le permitía hablar por él como si fuera un teléfono, la irrupción de la televisión en América Latina, las revoluciones y las dictaduras militares, el cine y sus estrellas.

Nosotros pertenecemos a una generación sacudida por los cambios. Entre el nacimiento de mi padre y el mío, no hubo grandes cambios en las comunicaciones y muy pocos aparatos eléctricos modificaron la vida común.

Y desde mi nacimiento, prácticamente todos los objetos técnicos y tecnológicos han ido quedando en desuso y siendo reemplazados por otros mejores. ¡Qué decir de la computación y sus aplicaciones!

Las páginas de este libro se van cerrando

Si bien Casablanca se ha convertido en un ícono para los cinéfilos (¿por qué lo asocio con Albert Camus?), los que hemos sido simplemente espectadores tenemos ídolos que dan vuelta por nuestra memoria (Robert Taylor, Kirk Douglas, James Dean, William Holden, John Wayne, Yul Bruner, Montgomery Clift, David Niven, Charlton Heston, entre tantos otros) eran modelos a los que queríamos parecernos, que imitábamos.

Y la música cambió radicalmente con Elvis, Bill Halley, Louis Armstrong y de ahí para adelante The Beatles y los eternos Rolling Stones, que son duros como la piedra y luego todo lo que sigue a una velocidad increíble.

La muerte de Brigitte Bardot sacude mi memoria y mi nostalgia. Me confieso hincha de Sofía Loren, quien está aún trabajando en cine y otros proyectos, quizás la última sobreviviente de ese grupo de actrices que en las décadas de los años 50 y 60 fue un referente para muchos que éramos niños y adolescentes en sus momentos de mayor gloria.

Claudia Cardinale, Gina Lollobrigida, Jeanne Moreau, Elizabeth Taylor, Catherine Deneuve (las dos últimas diez años menores) y tantas otras que fueron parte de las imágenes cautivadoras de aquellos años. Si bien nunca fui de los fanáticos de Brigitte Bardot, me impactaba ella en sus películas, más que por la belleza, por la audacia, la simpatía, la gracia para actuar, esa sonrisa siempre picaresca.

Y confieso que sentí algo de envidia cuando me enteré que Eduardo Severín, mi compañero de colegio, tuvo una relación sentimental (no sé cuan larga o intensa) con la secretaria de Bardot y por lo tanto la conoció personalmente.

Muere Bardot. Cuando muera Sofía Loren caerá el telón. Otras imágenes, otros rostros, otros sueños, otros temas. Y para nosotros, los que ya estamos viejos, revivirán sueños y comparaciones. Porque la muerte de estos personajes, nos llena de emociones y de nostalgia. Marcan el fin de una época, de aquellas historias de otros pero que hicimos nuestras y están instaladas en el corazón.

Pero la noticia de otra muerte, muy distinta, acaecida en este fin de semana que pasó, también agita la memoria y despierta el dolor.

La muerte de Santiago Sinclair, Jimmy Sinclair para los que fueron sus amigos, personaje regalón de Pinochet, uno de sus hombres de mayor confianza, que participó en todas sus operaciones más delicadas (financieras y de represión a los que se consideraba enemigos políticos), integrante de la Junta de Gobierno, senador designado, marca el anuncio del final de una época.

Murieron Manuel Contreras Sepúlveda, Odlanier Mena, Moren Brito, Gordon Rubio, Arellano Stark y Torres Silva, íconos de la represión política. Murió Sergio Fernández, maestro de ceremonias desde el ministerio del Interior de la Contraloría cuando fue necesario. Sinclair es de los últimos.

También murió Roberto Garretón, el más grande de los abogados de derechos humanos. Todos vamos a morir. Y las páginas de este libro se van cerrando, porque se están escribiendo otras épocas, en las que quisiéramos ver más armonía, solidaridad, entendimiento, justicia.

El tiempo dirá si el gobierno de José Antonio Kast fue la última página de una época o la primera de la que vendrá.

[Crónica] Navidad todos los días

Estas fiestas de Noche Buena —salvo en lo que concierne al amor, tema central de la prédica de Jesús—, lo avergonzarían al ver este consumismo desatado, esta locura de gastar, la ansiedad por demostrar el amor de acuerdo al precio (un señor Vergara en la radio Cooperativa decía hoy que el gasto por cada regalo depende del cariño)

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 17.12.2025

En estos días se celebra una hermosa fiesta cristiana: el nacimiento de Jesús que, para las religiones cristianas, es la encarnación de la divinidad que toma forma humana.

Con todo, este es uno de los misterios más grandes del catolicismo: la Santísima Trinidad, que nos habla de un solo dios, pero tres personas distintas. Este dogma —que es tal porque no se entiende, pero se acepta— se basa en que Jesús —que en verdad se llamaba Emanuel— es fruto de un acto unilateral divino que engendra en María un hijo.

Más allá de las discusiones que eso admite y provoca en algunos, ya sabemos que es posible que una mujer sin tener relaciones sexuales de ninguna especie pueda quedar embarazada por una intervención médica.

Observo lo que sucede en las sociedades occidentales, especialmente las del área de influencia de los Estados Unidos, constatando que la fiesta de Navidad se ha transformado en la fiesta del comercio, donde tenemos como gran preocupación hacer regalos a quienes nos rodean y a quienes queremos.

Esa es una tradición que nace en Europa para recordar otra escena: dos años después, unos magos babilónicos, astrólogos evidentemente, llegaron después de un largo viaje en busca del niño anunciado por una estrella luminosa que había aparecido en los cielos: estaría naciendo un avatar, es decir, un ser que es la encarnación de un dios.

Así, ellos sabían que estaba comenzando la Era de Piscis y venía un gran cambio para el mundo, lento, pero potente. Estos magos quisieron rendir homenaje al recién nacido. Por eso en Europa se celebra «Reyes», unos días después, siendo ésa la oportunidad para los regalos.

 

La ansiedad por demostrar el amor de acuerdo al precio

Jesús nació en la pobreza y en la precariedad, no porque su padre fuera pobre, sino porque al visitar Belén para el censo no tuvo más espacio para alojar que un establo compartido con varios animales.

En verdad era una de las cuevas de la montaña, donde hasta el día de hoy viven muchas familias, aunque esa cueva específicamente ha quedado en el subsuelo de una iglesia muy bella construida posteriormente.

Pero Jesús además fue un exiliado. Cuando el gobernante judío —sometido al imperio romano que ocupaba el territorio— se enteró del nacimiento de este futuro «rey de los judíos», sintió afectada su autoridad y ordenó la muerte de todos los niños nacidos en la época que señalaron los magos.

Matar niños parece ser una conducta ancestral. Pero la familia de Jesús logró escapar a Egipto. No había drones.

Pobre, perseguido, exiliado, Jesús es el símbolo de la sencillez de la vida. Cuando vemos esta manifestación de regalos, decoraciones, viejos pascueros, pinos llenos de luces, pensamos en cualquier cosa menos en ese niño que vino a revolucionar el mundo y a poner fin a la creencia en dioses guerreros, autoritarios y machistas.

Estas fiestas navideñas, salvo en lo que concierne al amor, tema central de la prédica de Jesús, lo avergonzarían al ver este consumismo desatado, esta locura de gastar, la ansiedad por demostrar el amor de acuerdo al precio (un señor Vergara en la radio Cooperativa decía hoy que el gasto por cada regalo depende del cariño).

¿Qué pasaría si cambiáramos el enfoque de la celebración del nacimiento de Jesús, el judío galileo, que clausuró la era de Yahvé, el dios cruel y guerrero, para predicar el amor a todos los seres humanos como la esencia de la humanidad, aunque para ello deba vivir el más profundo sacrificio?

Tal vez podríamos aprender a tener más gestos amables, saludarnos en ascensores, tratarnos con más respeto, atender mejor en los comercios, darnos el paso en las calles, respetar las normas de convivencia tanto en espacios públicos como en privados. En fin, se me ocurren tantas cosas al respecto y estoy seguro de que quienes leen tienen también muy buenas ideas.

Ser más sencillos, querer acumular menos riquezas, ostentar menos. Tener por propósito ser mejores personas y no «tener más», no seguir usando el dinero y los bienes como medidor del valor de la persona.

Eso ayudaría a disminuir muchas formas de violencia, sobre todo las que se dan al interior de las familias.

Si todo esto lo hiciéramos de modo más consciente y en forma permanente, la Navidad que «conmueve» a tantos unos días, podría ser una experiencia diaria, sin necesidad de regalar más que sonrisas y cariño sincero. Tal vez también regalos sencillos, como una flor cortada en el parque o una comida pensada en el otro.

Navidad todos los días, pues cada día puede nacer un nuevo sentimiento positivo, cada día podemos mejorar nuestras conductas, cada día podemos ser un poco más conscientes de quiénes somos, de cuál es nuestra tarea y de cómo podemos contribuir a que el mundo sea un espacio más feliz para todos.

Aunque siempre habrá algunos que estén dispuestos a matar niños para asegurarse sus tronos o corromper con drogas a los jóvenes para enriquecerse, sobre todo mientras el dios en que muchos creen sea el dinero.

[Crónica] «La música de los domingos por la tarde»: En Concepción, ciudad húmeda y terremoteada

Esta nueva novela del autor chileno Gonzalo Garay Burnás es como la vida y por ende tiene de todo: hay humor, sarcasmo, violencia, viajes, trampas y alegrías, amor, sexo (con y sin amor), horrores profundos, decadencia moral, arte, entusiasmo, pasión y perversión.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 9.12.2025

Los medios de comunicación modernos están influyendo en la literatura, particularmente en la narrativa y en el ensayo. Mientras algunos autores defienden la novela más tradicional (los españoles Julia Navarro y Pérez Reverte, por ejemplo, o Isabel Allende, John Grisham, entre otros), los hay quienes dan rienda suelta a formas nuevas.

Desde el boom de 1967 parece que todo comienza a estar permitido. Rayuela y Cien años de soledad son dos obras maestras en las cuales todo se hace posible y la literatura inicia una revolución que no se ha detenido.

Hoy tenemos narradores que escriben guiones de películas. Capítulos de cuatro páginas para que el director pueda ir armando las escenas sin mayor dificultad (Código Da Vinci es el ejemplo más evidente).

La novela de Gonzalo Garay Burnás (Concepción, 1973), La música de los domingos por la tarde pareciera seguir el estilo más complejo de algunas series de Netflix. En lugar de ser un guion, recoge los relatos entremezclados que podemos ver en las pantallas, los que van dejando párrafos con huellas de un proceso que sólo termina de armarse al final.

Desde ese punto de vista la lectura a ratos se complejiza, pero va dejando lazos entre personajes y situaciones que no permiten al lector distraerse.

No conozco las otras novelas de Garay —que de haberlas, las hay— pero al menos ésta me ha interesado pues en las primeras páginas, al estilo de Crónica de una muerte anunciada, cuenta un elemento central de la trama, cuyos antecedentes se van develando poco a poco.

Varios relatores, personajes todos que se esclarecen en el proceso mismo.

Y más que el final, como debe suceder en las buenas novelas (a la inversa de los buenos cuentos), lo que importa es todo el desarrollo, donde los sujetos y los hechos se van dando a conocer tanto por sí mismos como por el relato que otros hacen de ellos.

 

Las galletas como parte central de la trama

El autor define su obra como un «ejercicio literario», aunque en realidad ya está listo para las competencias difíciles ante crípticos y lectores. Yo soy un colega suyo que oficia de lector con ánimos de comentar, en la idea de fomentar la lectura.

Una persona que leyó la novela antes que yo me dijo: «Es una obra provocadora y confesional sobre la locura, la moral y la redención». Sin duda, algo de eso hay.

El autor nos provoca con un lenguaje directo y largas disquisiciones éticas, descripciones de detalles, recuerdos, opiniones, dibujando un escenario múltiple, que se pasea por varios territorios, aunque será Concepción, ciudad terremoteada y húmeda, la sede central de los acontecimientos.

A ratos da la impresión de que el autor es parte activa de lo que cuenta, por cuanto el protagonista —uno de los protagonistas— es escritor y la primera persona del relator principal (hay otros relatores) así lo da a entender.

No puedo dejar de pensar en esa idea expresada por un estudiante de literatura que decía que los autores en verdad se describen a sí mismos y lo que cuentan es porque lo han hecho o al menos están dispuestos a hacerlo.

Lo que no me cabe duda es que este autor desafía a los lectores a imaginarse como si ellos fueran los verdaderos protagonistas y los sucesos de esta historia a veces oscura y tenebrosa, a veces atrevida y otras sorprendente y audaz, pudieran ser parte de su propia existencia, en cosas tan sencillas como comer galletas, ciertas galletas, adecuadas al clima lluvioso y tristón que toma la ciudad en ciertos períodos.

Con todo, la historia que cuenta la novela tiene a las galletas como parte central de la trama y al galletero como el eje de la moralidad cuestionada.

La novela de Garay es como la vida: tiene de todo. Hay humor, sarcasmo, violencia, viajes, trampas y alegrías, amor, sexo (con y sin amor), horrores profundos, decadencia moral. Es arte, entusiasmo y pasión, es la locura y la perversión, la maldad si como tal existe y la búsqueda incesante de una ternura que se escapa entre las líneas del texto y entre los dedos de los personajes.

El autor es un exjuez que sabe de crímenes y de horrores. Los que hemos sido abogados criminalistas sabemos lo terrible que son las realidades humanas que están tras la comisión de un delito.

Aunque el autor, este juez devenido en escritor (o a la inversa, no sé donde empezó el drama vital), goza con el relato de los crímenes (se nota que goza escribiendo), pero se introduce por los vericuetos de las culpas cuando el crimen no ha sido descubierto y entonces el propio criminal ni siquiera ha elaborado las necesarias teorías que podrían justificarlo.

Es un libro interesante, que con su título nos invita a esas tardes de domingo, sin partidos de fútbol ni cine, donde ponemos la radio para escuchar esas canciones que están a medio camino de las generaciones, casi siempre en inglés, que nos adormecen un poco.

Cuando yo era niño, era música orquestada. Ahora están Sinatra, Diamond, Dione, Stevens (musulmán y todo). Esa música impulsa la imaginación y la expectativa, a ratos la angustia de lo que se aparecerá el lunes por la mañana, emociones que se calman de las maneras más diversas, entre ellas leyendo novelas o perpetrando crímenes.

[Crónica] Más allá de toda duda razonable

¿Cómo no escribir unas líneas sobre la revelación de nuevas acusaciones infundadas en temas relativos a abusos sexuales al interior de los hogares o por parte de sacerdotes? Tan grave como hechos de tal envergadura, cuando son ciertos, es que se busque financiar organizaciones a través de denuncias falsas sólo para obtener la notoriedad que exigen quienes aportan ese dinero.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 4.12.2025

Cuando falta menos de una semana para la elección presidencial entre Jara y Kast, siento el deseo de escribir, pero el tema político llena mi mente invadiendo los otros temas que me interesan.

Me pregunto:

¿Cómo no escribir sobre la Feria del Libro? Acabamos de vivir esa experiencia e indudablemente saltan muchas ideas que me gustaría compartir con los interesados, partiendo por los organizadores. Cambiar elementos del modelo, buscar otro tipo de convocatorias, ver el papel que podemos jugar los escritores, acercarse a otros públicos.

Una de las ideas la escuché de un visitante: ¿Es necesaria una gran feria o podrían ser muchas ferias pequeñas a nivel comunal? Pero, mi experiencia muestra que no siempre son eventos tan concurridos.

¿Cómo no hablar, en los inicios de diciembre, cuando se recuerda la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sobre los temas de las guerras que afectan al mundo y los hechos de violencia delictual que constatamos en todos los países del planeta?

Porque lo que sucede en Palestina, la asolada tierra en la que nacen el inspirador del cristianismo y su grupo de seguidores iniciales, sigue siendo terrible aun cuando se hable de «cese al fuego».

Y los hechos de la invadida Ucrania no nos pueden dejar indiferentes, sin olvidar lo que sucede en Sudán y en otras regiones, donde dictaduras y seudo democracias construyen sus modelos aplastando a la población civil y a los que disienten políticamente de las autoridades.

¿Cómo no hablar de la corrupción en Chile, que se expresa no sólo en los casos de personas cercanas a lo público, en algunos funcionarios y otros particulares, sino en una especie de desprecio general por las normas.

Un exoficial de Carabineros se lamentaba de eso hace unos días en carta a un matutino: las leyes que no se cumplen, citando a las del tránsito (velocidad en calles y carreteras, uso de veredas por ciclistas, ocupación indebida de estacionamientos para discapacitados), a las que limitan la contratación de extranjeros, lo relativo a los impuestos, las ventas ilegales en las calles.

¿Cómo no escribir unas líneas sobre la revelación de nuevas acusaciones infundadas en temas relativos a abusos sexuales al interior de los hogares o por parte de sacerdotes?

Tan grave como hechos de tal envergadura, cuando son ciertos, es que se busque financiar organizaciones a través de denuncias falsas sólo para obtener la notoriedad que exigen quienes aportan ese dinero. Los casos abundan.

 

El siguiente empeño

¿De qué escribir, entonces?

Reviso mis artículos de los últimos 50 años y me doy cuenta que muchos temas que entonces denunciábamos siguen de cierto modo vigentes.

Es verdad que hoy no hay una violación masiva y sistemática de los derechos humanos por parte de agentes del Estado. Pero ese poder omnímodo que algunos sienten porque la ley los autoriza a usar armas y vestir uniforme sigue siendo notorio y el abuso de ese poder los lleva a gozar de ventajas que no tienen otros ciudadanos.

Y a eso podemos añadir que persistentemente vemos que policías o personal de Fuerzas Armadas, son sorprendidos en la comisión de delitos comunes. Eso está cada vez peor y nadie hace lo suficiente para poner fin a estas situaciones.

En esos viejos escritos, yo ponía la confianza en que cuando construyéramos una democracia de verdad, podríamos dar solución a los más graves problemas básicos, tales como salud, educación, vivienda, previsión; terminar con la corrupción a gran escala; disminuir el delito y trabajar por la reeducación de los delincuentes; proteger la infancia y la juventud del flagelo de las drogas; avanzar en el desarrollo de la cultura; lograr que las personas fueran más felices y la sociedad viviera con menos tensiones.

Hoy, que la democracia es «semi democracia», sin participación verdadera, sin compromiso, en que las decisiones quedan para cúpulas poco oxigenadas, con personajes encerrados sobre sí mismos, no hemos podido superar las lacras que dejó la dictadura, salvo quizás en cuanto a que ahora la corrupción puede conocerse y los dramas sociales no quedan ocultos. Pero los problemas verdaderos siguen sin resolverse.

Entonces, me pregunto: ¿Da lo mismo quien gane esta elección? No, porque Jara por lo menos asegura que habrá, tal vez con poco crecimiento, una valorización de lo conseguido y se mantendrán espacios para seguir avanzando en la democracia. Kast es todo lo contrario: seguir en el actual estado de cosas, donde la medida de la felicidad está en «tener más», con enriquecimiento de los ricos y sometimiento de los demás.

La duda mía hoy no es por quién votar —lo haré por Jara— sino como avanzar hacia una sociedad distinta, en que aniden la justicia, la fraternidad, la solidaridad, una nueva racionalidad y las necesidades básicas estén satisfechas con la mirada puesta en el pleno desarrollo de las personas.

En eso es el siguiente empeño.