[Crónica] Los temas marginales

La educación (más bien la instrucción pública, que es lo que se intenta hacer) debe estar marcada por la inserción de los menores a la vida social sobre la base de valores, siendo el principal el respeto por sus semejantes y por el lugar geográfico en el cual habita.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 23.11.2025

Hace unos días leí a Alfredo Sfeir comentando sobre la campaña presidencial y, en términos más generales, sobre la política chilena. Lo que él plantea es que en los discursos y programas se pone énfasis en cuestiones en las que todos estamos de acuerdo que es necesario resolver: seguridad y bienestar económico.

No sorprende escuchar, con más palabras y pocos conceptos, la competencia desatada entre los dos finalistas de la contienda —orientada a captar a los electores que no votaron por ellos— afirmando que cada uno dará más seguridad o más crecimiento económico.

El problema de fondo es que se ha descuidado el fundamento y objetivo de todo ello: la persona humana que habita en los territorios y los territorios mismos. He aquí el meollo de las debilidades programáticas de todos los candidatos, pues se han olvidado que esos no pueden ser capítulos de un programa.

Me recuerda cuando, siendo decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Humanidades de la Universidad Andrés Bello, la junta directiva me preguntó la razón por la que no había en el plan de estudios un curso sobre los derechos humanos.

Les dije: «Si hay un curso, será una asignatura más que los alumnos tratarán de aprobar, un escollo en su carrera. Eso no sirve. Se equiparará al derecho Civil, Penal, Laboral o Tributario. Y eso no es así. En cada programa de asignatura intentamos que se trate con un enfoque de acuerdo con los derechos de las personas».

En resumen, cada rama del derecho debe contener la temática de los derechos humanos como sustento de todo el sistema de enseñanza.

La marcha más larga se inicia con el primer paso

Entonces, cuando se construyen los programas de las candidaturas, ese mismo tema, más la preocupación central por la persona humana como protagonista de la sociedad y la sustentabilidad del medio ambiente, deben estar presentes en el conjunto de las decisiones que toman los gobernantes, los legisladores y todo el aparato del Estado. El marco de trabajo de un país debe estar centrado en esta perspectiva: personas, territorio, medio ambiente.

La salud de las personas, entonces, no es un tema que pueda interesar principalmente a los «profesionales de la salud». Ellos deben atender personas. Siendo así, un médico a la cabeza de un Ministerio cumplirá sus deberes de sanador específico, pero su mirada estará marcada por la especialidad.

Sebastián Piñera nombró como su primer ministro de salud a un anestesista. No es necesario explicar más. Y ése ministro debe ser capaz de trabajar con los técnicos para que las medidas sean viables y eficaces, pero desde una orientación centrada en lo humano.

La educación (más bien instrucción pública, que es lo que se intenta hacer) debe estar marcada por la inserción de los menores a la vida social sobre la base de valores, siendo el principal el respeto por sus semejantes y por el lugar en que habita. Eso es formación cívica, que debe estar presente en cada asignatura y no en una específica para enseñar la Constitución.

Cuando hablamos de cultura, del desarrollo del arte, del deporte, no pueden ser compartimientos estancos, sino que deben estar integrados en forma eficiente y eficaz para lograr una formación completa y sólida de todos los miembros de la sociedad.

Lo que falta es mirada de conjunto.

Entonces, cuando vemos el presupuesto, la discusión se centra en si poner más dinero en los consultorios o en la cultura, en los policías o en los derechos humanos, en agregar o eliminar impuestos sin que importe para qué se usan.

Sin ir más lejos, toda la riqueza de Chile, que va desde sus creadores, sus profesionales, sus trabajadores de todos los ámbitos, sus bosques, sus ríos, sus tierras agrícolas, sus recursos mineros, debe ser cuidada con una visión integral y a partir de eso definir las pautas del crecimiento, el desarrollo, el bienestar.

Todas las personas, las que administran el Estado y las que están en el mundo privado, deben trabajar en esa consonancia. Hoy vemos que la ley puede ser violada por una persona hasta que la sorprendan y muchas veces es más barato pagar la multa que invertir correctamente.

Si seguimos así, en corto tiempo diremos, como parodia Sfeir: «Sorry, sorry», y la humanidad irá camino hacia su propia destrucción.

¿Podemos los chilenos cambiar el mundo?

Ya que está de moda China, digamos con su tradición: «La marcha más larga se inicia con el primer paso».

Si damos los primeros pasos, algo grande puede pasar para los siglos venideros.

Retorno a la poesía y al arte

Mientras algunos apagan incendios y otros simplemente pelean, los chilenos de todos los orígenes, jóvenes y mayores, podemos ir tejiendo esa arpillera, escribiendo ese verso, componiendo esa canción que relatará el pasado y el futuro, para recuperar la seguridad en nosotros mismos, la confianza en los demás, el amor por los cercanos y la expectativa de un país cada vez mejor y más contento.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 17.11.2025

Pasadas las elecciones del 16 de noviembre, muchos miramos con cierta sorpresa o desazón lo que ha sucedido. Que la derecha obtenga algo más que el 45 % que apoyó a Pinochet en 1988 o bien que alcance la votación que logró Sebastián Piñera en la elección de 2017, no nos puede sorprender.

Tampoco puede sorprender la votación de Matthei, pues ya Sichel había dado muestras de la decadencia de Chile Vamos hace cuatro años. La sorpresa es ese 20 por ciento que sacó Parisi, lo que sumado a los tres de escasa votación deja en claro que casi una cuarta parte del electorado no quiere nada con las formaciones tradicionales.

Y a eso puede añadirse que tanto Kast como Kaiser han roto con sus partidos de origen, es decir, lo que hoy es Chile Vamos, lo que nos indica que una enorme mayoría ha dicho basta a los esquemas políticos agotados. Jara no logra siquiera alcanzar el apoyo que tiene Boric.

Chile requiere un cambio de fondo y para eso este sacudón puede dejar en claro que los próximos cuatro años, difíciles gane quien gane, serán los últimos de una época del país en que seguiremos pegados a los conflictos de siempre, para luego abrirnos a nuevas expectativas en la forma de vivir.

Vi y escuché al Presidente Boric, acompañado por Camila Vallejos y Álvaro Elizalde, en la noche del domingo 16.
Este presidente, lector de poesía, escritor aficionado, hincha del fútbol y los deportes en general, ciclista, padre reciente, joven e inquieto, ha madurado como persona y como político.

 

Su discurso fue sereno, generoso, convocador hacia el futuro, evocador de la historia. Con sencillez reconoció la manifestación del pueblo y felicitó a los dos que pasan a segunda vuelta. Él sabe que lo más probable es que el ganador no sea Jara, quien ha hecho todo lo posible por mostrar que no será su continuadora. Bien, así podrá ser y quien llegue a La Moneda querrá hacer las cosas a su modo.

Este tiempo de Boric termina y, siendo tan joven, la vida le puede deparar muchos caminos, tanto en la política como en otros quehaceres.

 

Es hora de rescatar nuestras raíces

En estos casi cinco meses por delante el Presidente Boric deberá terminar sus tareas y preparar el traspaso para un gobierno que enfrentará muchas tareas complejas, siendo la mayor el cambio del estado de ánimo de un pueblo al que se le ha convencido de que vivimos en un ambiente horroroso, con el país quebrado económicamente y la violencia generalizada por las calles de las ciudades y los campos.

Hay problemas, serios y delicados, pero el país no está destruido ni tenemos las crisis de violencia, corrupción y debacles económicas que tienen otros países de este y otros continentes.

El pueblo chileno debe recuperar la confianza en sí mismo y no esperar que el trabajo sea hecho por líderes que dicen tener toda las respuestas. No olvidemos que los delincuentes violentos son parte del mismo pueblo, como los de «cuello y corbata» o «guante blanco» que estafan, lucran indebidamente y ayudan a que se extienda la corrupción. No perdamos de vista que los narco traficantes también son de acá y ellos existen porque hay muchos consumidores de drogas, como los hay de alcohol en exceso.

Pero, este pueblo también tiene música, cine, artes visuales, literatura, deportes. Es un país de muchos creadores —más creadores que lectores o visitantes de exposiciones— donde pasan muchísimas cosas interesantes e importantes.

El pueblo chileno —sus hombres y sus mujeres, de todas las edades— ha perdido de vista lo que es la política y ha aceptado los discursos desencantados de quienes sólo podrán enfrentar emergencias o cuestiones puntuales, pero que no han demostrado tener una mirada hacia adelante.

Con todo, es hora de rescatar nuestras raíces y de prepararnos para avanzar desde ya y sin perjuicio de quienes gobiernen, hacia una sociedad cuyo tejido social esté construido por el respeto, la libertad, la creatividad, la solidaridad.

En efecto, Chile no avanzará mirando sólo los hoyos del camino ni sólo con la vista en el futuro.

De esta forma, el país puede gestar, en los próximos cuatro años, un camino poético, con un relato nuevo: aquel en que nos encontramos varios que, unos mirando el camino para no caer y otros mirando el futuro para no empantanarnos en las urgencias solamente. Será una ruta en la que compartamos los valores fundamentales de los derechos humanos, los deberes cívicos, la honestidad, la libertad y la justicia.

Mientras algunos apagan incendios y otros simplemente pelean, los chilenos de todos los orígenes, jóvenes y mayores, podemos ir tejiendo esa arpillera, escribiendo ese poema, componiendo esa canción que relatará el pasado y el futuro, para recuperar la seguridad en nosotros mismos, la confianza en los demás, el amor por los cercanos y la expectativa de un país cada vez mejor y más contento.

Aunque nos demoremos un poco.

Entre Tongoy y Los Vilos

Faltan dos semanas para las elecciones y los escritores, los artistas y los entusiastas de esta plataforma no podemos eludir el tema importante. Hay que votar y elegir al que nos parece mejor, aunque creamos que, a partir de encuestas y titulares de diarios, no esté entre los preferidos por las elites de siempre.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 1.11.2025

El camino terrestre, cercano al mar en muchos de sus tramos entre Tongoy y Los Vilos es muy poco poblado. Cerros secos, cactus y espinos en algunos, vientos arrasadores. No hay estaciones de servicio para comprar bencina ni restoranes. Muchos puestos vendiendo quesos, dulces de La Ligua, carne de cabrito y algunas frutas a precios muy parecidos a los que podemos encontrar en los supermercados de Santiago.

Viajando en auto, se gana sueño entre Tongoy y Los Vilos. Lo hice recién y fue tal como lo describo. Pensaba mientras conducía en el origen de ese dicho que se usa cuando alguien pregunta por el estado de cosas —cualquier tema a tratar— y la respuesta es «entre Tongoy y Los Vilos».

Pero varios internautas ofrecen explicaciones del dicho y casi todos coinciden que se generó a comienzos del siglo XX cuando comenzaron los viajes en avión entre el norte chico y Santiago.

Eran tan fuertes los vientos, que los antiguos y pequeños aviones corrían severos peligros, lo que sería para los pasajeros aún más grave si el avión capotaba en esas inmensidades de soledad, sequedad, calores extremos en el día y fríos impensables en la noche, todo ello frente a roqueríos de difícil acceso marítimo.

Con todo, estar «entre Tongoy y Los Vilos» es vivir en una suerte de incertidumbre, pues puede pasar cualquier cosa por inesperada que parezca.

Y pensé que el país está «entre Tongoy y Los Vilos» en estas elecciones de primera y segunda vuelta. Después de la primera vuelta habrá dos ganadores que disputarán la segunda.

De los ocho candidatos hay dos claramente descartados para ese paso (MEO y el Profesor Artés), que más allá de las encuestas que los dejan en el 1 % nominal, no han logrado entusiasmar suficientemente y los que votaron por ellos antes quedaron decepcionados por su actuaciones posteriores.

Observando anteriores elecciones presidenciales, las dos últimas al menos, podemos decir que las encuestas han errado gravemente, dando a unos en exceso y a otros en menos.

De lo único que no cabe duda es que la señora Jeannette Jara pasará a segunda vuelta, pues recogerá los votos de quienes siguen apoyando al gobierno, más un 3 o 4 % que le aportará la Democracia Cristiana. Podrá llegar casi al 40 %, en el mejor de los casos para su opción.

Casi cualquiera puede ganar la clasificación

¿Quién pasará también?

Muchos creen que Kast, pero la incertidumbre sobre lo que puede significar su gobierno, dadas las nuevas tácticas para suavizar el tono, han desviado votantes hacia Kaiser, lo que puede dejar al «Republicano» fuera de los dos primeros lugares.

Parisi puede ser una caja de sorpresa, porque sus precariedades empatizan muy bien con gran parte de los votantes que creen en discursos vacíos y en promesas imposibles, pensando (por decir algo) que si en Argentina pudieron, por qué no sería posible acá.

En él encarnan no sólo la incertidumbre sino el sentido de riesgo mucho mayor que con cualquier otro. Es como volar en avioneta en los lugares hoy plagados de molinos de viento.

Matthei, que fue ganando en los primeros metros, como en la hípica es un «pingo» cansado, que lo han ido superando. Lo bueno que tiene son sus jinetes que en cualquier momento reactivan las cosas, recuperan su alma de mil batallas y la dejan segunda, pues si bien ella encarna la inseguridad del triunfo, al menos propone menos incertidumbre si es que clasifica para la segunda carrera.

Con Kaiser la cosa será diferente: porque con él no hay incertidumbre, pero genera temor con las cosas que dice que hará, porque sería capaz de hacerlas y muchos de los que han ido pasando de Kast a su lado, pueden arrepentirse a última hora y terminar buscando seguridad en la «materna protección» de Matthei, por su trayectoria política.

¿Y Harold Mayne-Nicholls? En hípica sería el típico caballo desconocido, primerizo en las lides grandes y que puede dar un batatazo en la arremetida al entrar a tierra derecha, no por los palos sino abierto y clasificar a última hora por cabeza.

No encuentro a casi nadie de mi entorno que se atreva a decir que votará por él, pero cuando les digo que yo lo haré, muchos reconocen su sensatez, saben de sus logros, reafirman que es un buen hombre que corrige sus errores, honrado a pesar de ser del fútbol y que debió dejar su cargo cuando Bielsa se fue y él quiso que hubiera decencia y justicia entre los dirigentes. ¿Podrá?

Estamos «entre Tongoy y Los Vilos», donde casi cualquiera puede ganar la clasificación. Quién ganará la otra etapa, eso es otro asunto.

En nuestro creativo país, lleno de refranes, dichos populares y poetas de la calle, estar «entre Tongoy y Los Vilos» es una cruda realidad. Es hora, entonces, de pensar en grande y construir un texto que relate no un refrán sino una esperanza de país.

Faltan dos semanas para las elecciones y los escritores, los artistas y los entusiastas de este Diario no podemos eludir el tema importante. Hay que votar y elegir al que nos parece mejor, aunque creamos que, a partir de encuestas y titulares de diarios, no esté entre los preferidos por las elites de siempre.

Nosotros, los votantes, somos el pueblo y debemos cumplir nuestro deber en nuestra conciencia y no para apostar a ganador. Apostemos por el país que, tal como lo ha hecho en el cine nacional y no cesa de vivirlo en la literatura, se renueva constantemente.

Conciencia y esperanza.

Modo de hablar y política

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 26.10.2025

Me llama profundamente la atención el manejo que se hace del idioma por parte de los políticos. Puede tratarse sólo de los chilenos, aunque es probable que esos estilos de discurso sean más generalizados. Confieso mi ignorancia.

Los modos, estilos y formas en la cultura son en general impuestos por los sectores sociales dominantes, aunque debemos reconocer que en el país se ha extendido un estilo vulgar, con el uso de palabras y la construcción de oraciones propias de la gente con menos nivel instructivo.

Pero, como me lo decía una académica mexicana, tal situación puede ser propia de que el uso del idioma da cuenta de la vida social y por tanto van apareciendo modismos, estilos, vocablos, que dan vida a una modalidad diferente de comunicación. Y eso es así, nos guste o no.

Cuando recorro centros comerciales, en cualquier barrio de Santiago, me impresiona constatar que la mayor parte de los nombres de los establecimientos comerciales tiene nombres en inglés o con palabras en ese idioma. Las habituales tiendas comerciales del país, han cambiado sus clasificaciones, nomenclaturas, anuncios, para incorporar sustantivos extranjeros, creando una situación que dificulta de cierto modo la comunicación acostumbrada.

Entiendo que existe un idioma español de México que es distinto del castellano tradicional, tal como hay otro en Argentina, Perú o Chile. No es lo mismo el idioma que se habla en Brasil que en Portugal, Angola o Mozambique, aunque siempre se le mencione como «portugués», pues cada comunidad incorpora, desde sus raíces autóctonas y sus costumbres propias el uso de palabras con distintos sentidos o con una manera de armar las frases de modo diferente.

Lo que no me gusta es el proceso de «filipinización» que he percibido en el continente americano desde México por el norte hasta el cono sur: la sustitución progresiva del idioma castellano o español con sus derivaciones particulares por el idioma inglés.

En Filipinas significó el fin del español, idioma infinitamente más rico en matices y modos que el otro. Y eso tiene que ver con la colonización cultural, el sometimiento de los pueblos a los imperios contemporáneos, la destrucción de las fusiones de lo popular con la riqueza de los idiomas.

Con todo, es cierto que el uso del castellano por sobre las lenguas aborígenes fue una cierta imposición imperialista hace más de cinco siglos. Pero los países de habla hispana ya existen y tiene sus propias idiosincrasias. Hoy eso tiende a desaparecer para uniformar, dólar mediante, el modo de hablar y de pensar de todos los países sometidos al poder de los grandes.

 

De ese modo la corrupción anida

Ahora bien, visto esto, me referiré a la mirada ideológica que condiciona el lenguaje. Por ejemplo, antes se hablaba del «pueblo», pero hoy, en el ambiente derechizado que quiere «moderarlo» todo, se habla de «la gente».

Desde la dictadura, que la derecha llama «gobierno militar», para sacarse de encima las responsabilidades que les caben, se fue gestando el tema de esa moderación de las palabras para evitar llamar las cosas por el nombre que tienen, dejando los calificativos que pueden ser más fuertes sólo para afectar a quienes no coinciden con el modo capitalista de ver la realidad.

Así, el que no es partidario del neoliberalismo es «comunista», entendiendo que deben recibir ese calificativo no sólo los que militan en el Partido Comunista, sino todos los que hablan en contra del sistema imperante.

Lo que más me ha llamado la atención es el empeño de apropiarse de todo lo que debe pertenecer a los chilenos en general. Porque para la llamada «derecha», lo máximo es «tener más», es decir ser dueño.

Entonces ellos se hacen dueños del país («nuestro país» y si alguien dice «este país», lo critican duramente), de la policía uniformada y militarizada («nuestros carabineros», entendiendo que toda crítica a esa instituciones o a sus jefes es un acto antipatriótico), de las instituciones de la Defensa Nacional («Nuestras fuerzas armadas» y vaya lo que le pasa al que, como yo lo he hecho, las critique). Algunos llegan al extremo, como un alcalde metropolitano, de decir «mis carabineros» o «mis guardias municipales».

Así, en el último debate televisado de los candidatos presidenciales se habló de «nuestros niños». Otras veces se habla de «nuestros adultos mayores». Es el deseo inconsciente de hacerse dueño de los demás de acuerdo con la lógica capitalista de valer más en la medida que se tiene más.

Lo propio se convierte en intocable. El capitalismo sitúa a la riqueza como la principal meta de las personas. En la propiedad radica el grado de poder e importancia de las personas, sin importar a la larga como haya sido eso obtenido.

De esta forma, la competencia desatada, el aprovechamiento de informaciones privilegiadas, las trampas para quedarse con las ideas de otros, las mentiras disfrazadas de verdades, son procedimientos aceptados si son exitosos y si acaso se salvan de ser sancionados por los tribunales.

No importa lo que se haya hecho, lo que vale es que no lo sorprendan, que no les puedan probar lo que hicieron, que hayan prescrito las conductas. Y si los sancionan —muy pocos casos— tendrán que ir a clases de ética o pagar ridículos montos que son bajísimos porcentajes de los ingresos ilegítimos percibidos.

Se valoran las «habilidades» para deslizarse por las laderas de lo incorrecto o ilegal sin ser castigados. Lo importante es que esos especuladores, empresarios, políticos, obtengan el éxito deseado. E incluso cuando son sorprendidos en manejos turbios, pueden tener la capacidad de eludir a la justicia con diferentes artes. Ya lo hemos visto y no es del caso entrar en detalles.

Y quienes hablan así y viven así, traspasan sus valores a un pueblo que buscará imitar a los poderosos para tener éxito y conseguir valoración.

De ese modo la corrupción anida porque, a la larga, los que pasan las barreras para acceder al poder en sus diferentes formas, siempre serán pocos en un sistema así.

 

 

 

 

 

El mal uso del idioma y el lenguaje

El castellano es la expresión verbal y escrita de nuestra cultura y ciertamente el cuidado en el uso de las palabras fortalece el acervo de un determinado pueblo, por eso es que cuando se admiten deformaciones de palabras extranjeras o se usan mal los conceptos, todo tiende a confundirse y la expresión «da lo mismo» adquiere una profunda relevancia.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 16.10.2025

En noviembre de 2014 escribí un artículo, que nunca publiqué, sobre este tema. Ahora lo completo y decido publicarlo.

Con todo, el periodista Jorge Abasolo dice que la Real Academia lo tiene decepcionado, pues en lugar de velar por la corrección del idioma, se ha dedicado a incorporar prestamente palabras del léxico vulgar: «Basta que el vulgo popularice un término para que la RAE le dé su consentimiento».

Además, bellas palabras antiguas son eliminadas del diccionario por estar en desuso, descartando que se puedan usar nuevamente, tales como alidona o bajotraer.

En una mirada cortoplacista (palabra recién aceptada) se responde a las urgencias de lo inmediato en lugar de atender a lo importante que es mejorar el uso del idioma para mantener y mejorar las comunicaciones. Mirada corta, para ganar popularidad tal vez.

Para los escritores es «chipe libre», es decir, escribe como quieras pues si te haces famoso, tus torpezas pasarán a ser parte del diccionario. Tal como Abasolo, siempre he intentado ser cuidadoso en el uso del idioma y del lenguaje, pues creo que de ese modo resulta más fácil que los seres humanos podamos entendernos.

El idioma es expresión de la cultura y ciertamente el cuidado en el uso de las palabras fortalece la cultura propia de un determinado pueblo. Cuando se admiten deformaciones de palabras extranjeras o se usan mal los conceptos, todo tiende a confundirse y la expresión «da lo mismo» adquiere una profunda relevancia.

El deterioro de las comunicaciones

La vulgaridad se adueña del idioma y las palabras finas y precisas desaparecen, muchas veces sustituidas por otras salidas del inglés. Por ejemplo en vez de zafio se usa nerd y en lugar de liquidación se usa sale; en lugar de borrar, deletear; en vez de silenciar, mutear.

Estamos viviendo el deterioro de las comunicaciones cuando usamos tantas palabras extranjeras que no cualquiera entiende.

Y entre los chilenos usamos muchas palabras o expresiones de pésima manera. Al respecto hay un excelente libro de Héctor Velis-Meza y Hernán Morales Silva, editado en 2013 que ya requeriría una actualización. Pensemos, por ejemplo, en expresiones que encontramos en autoridades del país y en los periodistas.

«Cancelar», que significa «anular». En vez de decir «pagar», «consuma y después cancela», dice la moza o mesera y yo digo: «Señora, no voy a cancelar. Voy a pagar».

«Asertivo» en lugar de certero o acertado.

«Antecedentes previos», como si los hubiera posteriores…

«Gobierno central» expresión propia de los estados federales (como Estados Unidos de América, Estados Unidos del Brasil, los Estados Unidos Mexicanos, Argentina), para referirse al gobierno del país o gobierno «nacional».

«Parlamento», en lugar de «Congreso Nacional». La primera expresión es propia de regímenes parlamentarios, en cambio la segunda es propia de los regímenes presidenciales.

«Gobierno militar» a la dictadura que encabezó la derecha usando a los militares. Debiera decirse: «Dictadura militar de derecha» o «Gobierno cívico militar».

No existen los «cómplices pasivos» como dijo el presidente Piñera en 2013, porque el cómplice tiene una participación activa, tanto como los encubridores que ayudan a que el delincuente se beneficie de sus actos. En materia de derechos humanos los que silenciaron y escondieron tienen responsabilidad.

«Democracia”, para referirse al sistema político instalado por la dictadura y que tiene apariencia democrática por la existencia de elecciones periódicas y punto.

A eso podemos agregar las graves incorreciones de locutores de radio (el señor Rodrigo Vergara Muñoz de Cooperativa es un buen ejemplo de esto), cuando al presentar al ministro de Hacienda se le dice «el encargado de las lucas» o utiliza formas vulgares del lenguaje como «podís» en vez de «puedes». Peor me parece cuando se cosifica a las mujeres: «Ahora escucharemos el informe de ‘la’ Camila…», cosa que no se aplica a los hombres: a nadie le dicen «el Rodrigo».

Y así suma y sigue.