

Cuando los valores se centran en “tener más” para aparentar “ser más”, lucir las marcas en el exterior de la ropa, cuando todo es competir “contra” el otro, se agudizan las tensiones en todos los niveles y se deteriora la convivencia, porque el objetivo es estar por sobre el otro. Valores como la justicia, el respeto, el afecto, la colaboración, la verdad, la democracia, la solidaridad, los derechos humanos, aparecen como cuestiones excepcionales en ciertas situaciones límites o marcados por una tendencia ideológica o una manipulación política.
Las ideas se amontonan, porque el mundo no cesa de entregarnos noticias, informaciones e incluso silencios que debemos comentar. En lo nuestro, tan criollo, y en el resto del mundo.
Y en ese mundo se nos olvida África, donde anidan la pobreza, las dictaduras, la violencia y muchas de las más atroces formas de corrupción.
Países con recursos naturales y grandes inversiones de potencias europeas, que mantienen focos de miseria, sectores sin mínimas atenciones de salud (peor que las listas de espera, porque no hay nada que esperar), zonas sin electricidad y con una infraestructura caminera deplorable, mientras se gastan millones en armamentos y los gobernantes viven “a cuerpo de rey”, con autos de lujo y las riquezas sobrantes.
La guerra de Sudán, las dictaduras de Egipto y otros países, la miseria del centro del continente, son noticias que no llegan a nuestros medios de comunicación. A riesgo de parecer exagerado, en la televisión hay más programas sobre los animales de África que sobre las personas de ese continente.
El mundial de fútbol que se hará en Marruecos en unos años más, quizás ponga la mira al menos en el sector arabizado del continente y deseo que eso abra puertas para una mayor preocupación por esos millones de personas.
Pero tampoco hay que olvidar lo que sucede entre nosotros en América, donde la riqueza está tan mal repartida que unas minorías tienen un nivel de vida de país desarrollado y las mayorías padecen una pobreza dramática -sin vivienda digna, sin salud, con pocos ingresos, mala educación, precaria asistencia social, escasez cultural, malos tratos y abusos– muchas veces matizada por una tecnología que hace que muchos quieran –y logren– tener teléfonos celulares, televisores “inteligentes”, viajar aunque sea endeudados, adquirir automóvil o moto, acceder a la comida chatarra.
Mientras, las clases medias de profesionales, pequeños empresarios de la producción y del comercio, se ven tironeados por la aguda “necesidad” de ascender en la escala social teniendo más cosas que lucir, al mismo tiempo que son castigadas severamente con una carga tributaria superior a lo razonable e ingresos que se ven constantemente menguados, todo eso en medio de las presiones sociales para comprar desmedidamente todo lo que la publicidad incita.
En medio de eso está el tema de los narcotraficantes, los delitos de “cuello y corbata” para llamar elegantemente a los fraudes, estafas, usurpaciones, distintas formas de corrupción de los aparatos públicos con fondos y objetivos privados.
Sobre el tráfico de drogas debo ser muy claro: hay tráfico porque hay consumidores; y hay tráfico a gran escala, porque hay muchos consumidores y eso se da en sectores medios y altos, económicamente hablando, en la sociedad.
Cuando los valores se centran en “tener más” para aparentar “ser más”, lucir las marcas en el exterior de la ropa o hasta usar bolsas con publicidad para llevar las compras (para molestar un poco, más de una vez voy a un supermercado con una bolsa que publicita a su competencia), justamente cuando todo es competir “contra” el otro, se agudizan las tensiones en todos los niveles y se deteriora la convivencia, porque el objetivo es estar por sobre el otro.
Valores como la justicia, el respeto, el afecto, la colaboración, la verdad, la democracia, la solidaridad, los derechos humanos, sólo aparecen como cuestiones excepcionales en ciertas situaciones límites o marcados por una tendencia ideológica o una manipulación política.
Un candidato presidencial proponía eliminar el Instituto Nacional de Derechos Humanos por considerarlo “izquierdista” y como tal no puede tener apoyo estatal.
Los Derechos Humanos no son patrimonio de la izquierda, no sólo porque los promotores de la declaración de 1948 –y redactores de la mayor parte de su texto– fueron el chileno Hernán Santa Cruz, de izquierdista nada, y la estadounidense Eleanor Roosevelt, esposa del que fuera presidente de ese país, lo que bastaría para entender su dimensión amplia, sino porque quienes hemos luchado por su vigencia universal hemos criticado con igual dureza a dictadores como Stalin, Hitler, Pinochet, Idi Amín, Somoza, la dinastía de Arabia, el gobierno de Israel y todas las otras dictaduras, incluyendo las que han afectado a los países del antiguamente llamado “Tercer Mundo” (América Latina, África y parte de Asia).
El caso de Gustavo Gatica –tan sonado en los últimos días– vuelve a poner de relieve el tema de la seguridad, de la justicia, de la interpretación de la ley (función eminentemente judicial).
Efectivamente en el mundo hay inseguridad, porque los delincuentes hoy tienen acceso a un armamento que antes les era muy lejano. En Chile, la cosa se torna peor cuando muchas de las armas que están en poder de los delincuentes han sido sacadas de los depósitos de las Fuerzas Armadas o de Carabineros mediante procedimientos diversos teniendo, además, la capacidad de fabricarlas, modificarlas o internarlas por distintos procedimientos.
Más grave es, cuando esos delincuentes cuentan con el apoyo de funcionarios ligados al Poder Judicial, a los encargados de las cárceles, a las policías, a políticos como pueden ser algunos alcaldes, diputados o simplemente dirigentes con cuotas de poder.
Claro, en el caso de Gatica, ahora elegido diputado, la pregunta es si él, protestando a gritos frente al que le disparó –a 30 metros de distancia– constituía o no un peligro letal para el alto oficial al mano de sus tropas.
Porque llevar las cosas al “contexto”, sitúa la legítima defensa de los policías o militares en una situación inmanejable para un juez, porque se podría aplicar a cualquier contexto en el cual el que tiene las armas por encargo del Estado puede “sentir” suficientemente en riesgo su vida cuando hay gente protestando o desarrollando alguna conducta que el agente estime de peligro.
Recuerdo el caso de aquel hombre que estaba agachado (tal vez para atar su zapato) al lado de un bus de Carabineros y que los policías supusieron que estaba ejecutando un atentado (bomba, dijeron) y lo golpearon provocando lesiones que en pocas horas lo llevaron a la muerte.
Pasaría a ser lícito entrar a sangre y fuego a una población en donde se tiene información de que vive gente con armamento capaz de combatir a los policías, situación en la cual los heridos y muertos que no sean agresores de policías serán siempre un “lamentable daño colateral”.
Hemos visto suficientes abogados serios –incluso profesores universitarios no izquierdistas– protestar por este fallo de la justicia, que aún puede ser objeto de recursos. (No es que confíe en la Corte Suprema, pero siempre ese tribunal nos puede sorprender).
He sido víctima de delitos de robo, hurto, agresiones de variado tipo, tanto en Chile como en Uruguay y en México. Todo país será considerado inseguro por la víctima, pero cuando miramos la situación general, Chile y Uruguay, aún hoy, son países en los que vemos a jóvenes y ancianos paseando sus perros en la noche o al atardecer.
Por supuesto Eugenio Berríos no pudo experimentar la paz y la seguridad de Uruguay, como tampoco los carabineros asesinados en Los Álamos u otras víctimas de delincuentes en las ciudades chilenas. Alguien agregaba, a propósito de la violencia intrafamiliar, que ni siquiera se está seguro en casa. El parricidio de Julia Chuñil es una muestra de ello.
El tema de la seguridad –eje del discurso del presidente electo señor Kast– estará sometido a escrutinio. ¿Bastaría con definir que el contexto es violento y atacar con fuerza bélica, militar o policía, que no hacen diferencia, los lugares en que pueden instalarse delincuentes? ¿O decir, como dijo la candidata de la UDI, “al cementerio con ellos”, dando muerte a todo aquel del que se sospecha su carácter de delincuente? ¿Una especie de pena de muerte extrajudicial?
¿Cómo se combatirá el crimen organizado, especialmente estafadores de “alta gama” y narcotraficantes, desde la nueva autoridad de gobierno? Son preguntas que van quedando sobre la mesa.
Porque el gobierno de emergencia que se ha propuesto no tendrá que bajar la inflación, como en Argentina; no deberá impedir los accesos masivos al país como en Estados Unidos, porque eso ya ha bajado; no hará reformas previsionales ni bajará los impuestos a los sectores populares; no pondrá coto a los abusos de las grandes empresas, particularmente en materia de salud (Isapres, clínicas, laboratorios farmacéuticos); no necesitará aumentar el gasto en armamento.
¿Entonces podrá ocuparse de otras “urgencias permanentes”?
Tal vez la urgencia de hoy sea cambiar el eje valórico de la sociedad y buscar aquello que nos puede llevar a ser mejores personas, desarrollarnos cultural y cívicamente, fortalecer la democracia, mejorar la colaboración, poner freno a las ganancias desmedidas y terminar con los abusos.
¿Por qué demora tres meses en que asuma el nuevo presidente? Simplemente por el apego de nuestros políticos, incluidos los izquierdistas, concertacionistas, centro izquierdistas, progresistas, de mantener el efecto simbólico de que el Presidente debe asumir el 11 de marzo, tal como lo hizo Pinochet el 11 de marzo de 1981 cuando asumió oficialmente con el título de Presidente de la República. Es decir, los políticos han mantenido la fecha como un tácito homenaje a Pinochet.
La política es una disciplina y una vivencia que está llena de símbolos. Sabido es que los políticos no siempre hablan las cosas con toda la claridad que sería necesaria y conveniente, a veces por sus incapacidades en el manejo del lenguaje o en la coordinación de sus ideas, y en otras ocasiones simplemente porque no quieren decir todo lo que piensan o quieren.
Kast no ha dicho lo que repiten sus partidarios hasta la saciedad: no darle apoyo a Bachelet en su campaña a la Secretaría General de las Naciones Unidas, no entendiendo que si la apoyara, el país obtendría un punto importante en su posición en el mundo, él ganaría en conocimiento y prestigio internacional (hoy ni Trump se acuerda de su nombre) y en reconocimiento interno en cuanto a que mostraría una actitud abierta, democrática, respetuosa de la tradición chilena. Pero desliza palabras (“No me corresponde a mí, ya veré el asunto después de que asuma”).
Quiere parecer respetuoso de las decisiones que le corresponden al Presidente en ejercicio, aunque en verdad ha hecho numerosos gestos que demuestran que tiene deseos de intervenir en todo desde ahora, no esperando los días que deben correr hasta el 11 de marzo, para lo cual falta (alivio) solo dos meses.
¿Por qué esta demora de tres meses en que asuma el nuevo presidente? Simplemente por el apego de nuestros políticos, incluidos los izquierdistas, concertacionistas, centro izquierdistas, progresistas, de mantener el efecto simbólico de que el Presidente debe asumir el 11 de marzo, tal como lo hizo Pinochet el 11 de marzo de 1981 cuando asumió oficialmente con el título de Presidente de la República.
Es decir, los políticos han mantenido la fecha como un tácito homenaje a Pinochet. Son símbolos.
Porque la fecha se pudo cambiar. Originalmente en este tiempo post Pinochet las elecciones eran en diciembre y la segunda vuelta en enero. Pero, la derecha estimó que eso afectaba sus intereses porque los suyos vacacionaban en enero y en febrero, por lo cual –así como se concedió el voto voluntario en algún momento con el rechazo solitario del diputado Jorge Burgos– se les concedió adelantar las elecciones un mes. Lo lógico, coherente y prudente hubiese sido que la trasmisión del mando fuese en febrero. Pero no, el símbolo pesaba más.
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Se ha hablado mucho del evidente acercamiento de Kast con el gobierno de Milei en Argentina. Eso es simbólico: nutrirse de las propuestas, actitud, estilos y medidas de un presidente que no ha respetado nada de la tradición política argentina, que gobierna con su hermana y unos amigos personales, que si bien ha reducido la inflación, tiene al país en ascuas económicas.
¿Cómo Kast le va a pedir la receta para reducir la inflación y mejorar la economía, cuando los índices chilenos actuales son infinitamente mejores que los logros argentinos? Y se quiere traer a un subsecretario de Milei para que sea Ministro. Imágenes, símbolos.
Lo que nos ofrece Kast, hasta ahora, es un discurso y una presencia, un estilo de vestirse, de actuar, de decir cosas generales sin entrar en las medidas concretas.
Es simbólico que quiera nombrar como su Ministro de Hacienda al inspirador de algunas de las colusiones empresariales más agudas, tanto que fueron castigadas por los organismos que existen para velar por la libre competencia.
Y todo esto en el marco de un discurso que dice que la economía en Chile está en la ruina, que el país se cae a pedazos, que hay que hacerlo de nuevo. Roberto Zahler, expresidente del Banco Central, economista prestigiado, ha dicho que cuando asuma Kast será el gobierno que reciba al país con los mejores índices macroeconómicos.
El creativo que ha sido clave en las campañas de Kast, hombre poco prudente en sus dichos –me refiero a Cristián Valenzuela– seguirá teniendo peso en lo que le es propio: crear imágenes y comunicar aunque sea con noticias falsas.
En la reciente campaña electoral, en la que se habló de barrer con los funcionarios políticos, “operadores” se les llamó, para ahorrar 6.000 millones de dólares, se les olvidó que el nuevo gobierno debe contratar a sus funcionarios de confianza. Pero como la idea quedo metida, a nadie parece llamarle la atención de que se esté hablando no sólo de un “segundo piso”, sino que incluso, además de mantener los cargos con nombres nuevos, se agrega para Valenzuela un cargo que no existe.
Este creativo, despectivo e insolente, pareciera estar a cargo de muchas de las falsas noticias que se dio en el marco de la campaña. Y su discurso, repetido hasta el cansancio por Kast y los que fueron candidatos a diputados y senadores, habla de que parte de esto que se terminará es el tema de las “fundaciones”, que el Frente Amplio habría usado para lucrar indebidamente a costa del erario nacional. Y la prensa derechista habla de los juicios a los políticos que están activos, poniendo la foto sólo de personas cercanas al actual gobierno.
Olvida en eso el caso Hermosilla y sus vinculaciones con Chadwick y numerosos personeros del gobierno, del poder judicial, del Congreso y del aparato público en general. O a Calisto. O a Ojeda del Partido de Kast, que a propósito de fundaciones, él es el político de más alto rango vinculado a fraudes con esas instituciones sin fines de lucro. Cinco o seis instituciones cuestionadas de las más de 3.000 que existen.
Es como si mintiendo se generaran verdades. O con verdades a medias se aludiera a verdades más profundas. Se le atribuye a Guzmán Errázuriz, el mentor ideológico de la dictadura y líder espiritual de Kast, haber dicho que la peor mentira son las verdades a medias.
Y es lo que ellos mismos hacen.
Son símbolos de una época, de estilos, de la falta de claridad típica de una política que se ha ido desdibujando en nieblas de moralidad dudosa, donde todo parece dar lo mismo, olvidando a las personas que están detrás de cada una de las realidades.
La duda que me surge en este hora es si acaso cuando Kast asuma dejará ese discurso vago, para empezar a hacer cosas que muestren que la contundencia de sus palabras es más que eso y responde a políticas de verdad.
Y en esta hora en que hay tantas confusiones, en que muchos izquierdistas apoyan la intervención de Estados Unidos en Venezuela, que quizás la aplaudan cuando suceda en México o en Irán; una hora en que los derechistas cantan una victoria que puede ser la última, cuando se pruebe que no pueden conseguir ni dar lo que han prometido; en esta hora en que todavía no se despejan los símbolos, hay gestos simbólicos dignos de validar.
Me refiero al gesto de Huenchumilla, cuya conducta para hacerse de la presidencia del Partido Demócrata Cristiano he criticado y cuyas estrategias políticas parecían más orientadas a mantener su senaduría que a otra cosa, ha decidido renunciar a la presidencia de la DC.
El mismo día en que los militantes debían votar para elegir la nueva Junta Nacional y las directivas comunales y regionales, al anochecer, decide irse, quizás entendiendo que ésta es su última aventura y más vale prepararse para el retiro.
El tema de la “primera dama y su gabinete” será otro elemento simbólico del retorno a los momentos en que el pinochetismo campeaba.
La estructura de gabinete, creada por y para Lucía Hiriart, fue continuada con un perfil social por las esposas de los presidentes, el hijo de Bachelet y de Kenny Hirmas, amiga de la presidenta y dirigenta política del PPD: pero claramente todas esas tareas son propias de la estructura del estado y no de quien cumple funciones en el estado por ser “la esposa de”. Pero la reposición del cargo, de los equipos, de los guardias (aumentando funcionarios y gastos públicos) es una manifestación de conservadurismo que bien podría evitarse.
No ajeno al lenguaje simbólico, Boric ha iniciado una embestida comunicacional, tratando de hacer lucir no sólo los logros de su gobierno, sino el hecho de que la economía ha funcionado bajo su presidencia con mejores resultados que los que tuvo Piñera.
Además de eso, parece ser que quiere recuperar su liderazgo, confrontar a quienes no dicen la verdad y tal vez repostularse en un tiempo más, para mostrar lo que aprendió en este curso intensivo que ha vivido en cuatro años.
Claro que, pese a eso, no le ha parecido mal haber asumido el 11 de marzo teniendo en el recuerdo a Pinochet y entregar el poder ese mismo día a un Pinochetista orgulloso de serlo.
Cuestión de símbolos. Símbolos que pesan.
No está en discusión si Maduro ha sido o no un dictador y si el sistema imperante en Venezuela es o no una dictadura cívico militar (como lo fue la chilena). Lo que importa es si acaso para terminar con las dictaduras hay que recurrir al “matón del barrio”, para que imponga sus términos.
Lucía Hiriart exigió a su esposo que creara oficialmente el cargo de “Primera Dama de la Nación”, el que recaería en ella, con guardias y escolta, con recursos propios, gabinete, oficina, personal e instituciones de su dependencia. Un verdadero poder, que podría ser el origen de futuros grandes pasos políticos que ella daría.
El huracán arrasó con todo y sobre todo con la derecha, instalando sus ideas y actitudes. No es sólo que la “izquierda” perdió, sino que la ultraderecha de Kast ganó en todas las regiones y en todos los estratos socio económicos.
Ya han pasado algunos días desde la elección presidencial –balotaje– en el que Kast, candidato de la ultraderecha ganó por una mayoría aplastante. Mientras unos se lamentan y formulan algo parecido a autocríticas –que no son tales en realidad– Kast viaja, declara, hace visitas y genera noticia a cada instante del día.
Un huracán azota los medios de comunicación y ellos nos atiborran con la imagen del presidente “presuntivamente” electo (debe terminar el proceso electoral con la calificación de la elección) e incluso algunos, Radio Cooperativa por ejemplo, se refieren a él como “Presidente Kast”, sacando la palabra “electo”, con lo que se va generando la idea de que Chile tiene dos presidentes. Uno que se va y otro que ya llegó.
Cuando digo que Kast es de ultraderecha no lo estoy motejando indebidamente. Cuando Kast se retiró de la UDI dijo que lo hacía porque percibió que el Partido UDI, en el cual militó y le sirvió para hacer su carrera política, estaba abandonando sus posiciones de derecha al pactar con los partidos y gobiernos de la “izquierda”.
Es posible agregar que sintió que en su partido no le daban cabida a su carrera política, pues no pudo ser candidato a senador como él quería. Tampoco logró ganar la presidencia del partido, derrotado por los “viejos coroneles” que dirigía Coloma, pese a que él contó con el apoyo de Novoa, un gran pinochetista, más que Coloma.
Se fue más hacia la derecha, con la intención de organizar un nuevo partido que rescatara las ideas de Guzmán y la figura de Pinochet, teniendo como propuestas centrales la eficacia, el orden, la autoridad, la seguridad y la mantención y profundización del sistema económico que impulsaron la derecha empresarial y financiera a la sombra de la dictadura y sus equipos neoliberales.
Partió en su primera aventura presidencial con un 8%, que sorprendió a todos.
Luego, en la siguiente postulación, ganó en la primera vuelta, dejando atrás al candidato que había triunfado en las primarias, derrotando incluso a Joaquín Lavín. Claramente Sichel era un intento de acercarse desde el piñerismo al centro, por su pasado demócrata cristiano. Pero no logró conservar ese primer lugar, pues Boric lo derrotó, manteniendo Kast el porcentaje que Pinochet alcanzó en 1988.
Durante los tres primeros años de su verdugo electoral, concentró su participación política en crear y fortalecer los nexos internacionales, tanto en Europa como en América: y en atacar sin piedad a Boric. En su discurso, todos los problemas del país eran culpa del joven presidente y se solazó con sus errores y la derrota del plebiscito constitucional. Se opuso a que hubiera un nuevo proceso, pero como Boric logró el acuerdo suficiente para imponerlo, movió sus huestes y arrasó en la elección de los convencionales, hasta el punto que logró la mayoría suficiente para aprobarlo casi todo.
Con eso, en la violencia del temporal desatado, cometió el error de imponer su mirada integrista al generar un texto constitucional que la mayoría electoral rechazó al igual que el primero. Supo, entonces, guardar silencio, con lo que sus resultados municipales del año siguiente fueron exitosos, pero no logrando superar la alianza de UDI y RN. Matthei era candidata y ya creía que estaba lista para su triunfo. Se probaba bandas, sonrisas y tenidas, sin darse cuenta que se estaba gestando un huracán de dos focos que terminaría aplastándola a un cuarto logar.
Silenciosamente la campaña de Parisi, que parecía destruido porque todos los diputados del PDG abandonaron la tienda, comenzó a preparar la embestida que lo llevó a recoger descontento y obtener el 20% que lo ubicó en el tercer lugar. Pero, cuando se capitaliza con el descontento, el resultado es feble y sus votantes se traspasaron al otro descontento, que era el huracán mayor: Kast, que, llegando segundo detrás de Jara, pasó al balotaje.
Cuando Kaiser acechaba por la ultra-ultra, Kast comenzó su campaña. Aprovechando que alguien extremaba el discurso de un modo más radical incluso que lo que había sido el suyo en las dos campañas anteriores, mostró ciertas moderaciones temáticas, no respondiendo nunca las preguntas directas sobre lo que haría o no haría. Se mantuvo en el plano de las ideas generales y la crítica destemplada.
Según sus palabras, el país estaba en la ruina, la seguridad no existía, no había inversiones, la educación por el suelo, la salud era un fracaso, la vivienda, la corrupción, hasta el poder judicial, todo según él culpa de Boric y sus ministros que, además eran responsables de haber tenido un violador en ciernes en la Subsecretaría del Interior sin haberse percatado de ello. Todo culpa de Boric…pero al avanzar la campaña era también culpa de los últimos cuatro gobiernos, dos de Bachelet y dos de Piñera.
Con eso golpeaba a la candidata que quería vestirse con la ropa de Bachelet y a la que quería parecer sucesora de Sebastián Piñera, de quien Kast fue un duro opositor.
Y en la elección de noviembre empezó el huracán: enorme triunfo en la elección de diputados y senadores y segundo lugar.
Kast derrotó a esa derecha que quería ser llamada “centro derecha”, la destrozó electoralmente apropiándose (si es posible usar el término) de la mayoría de sus votantes, de sus consignas de siempre, de sus figuras emblemáticas, de sus estilos y del poder.
Hoy, UDI y Renovación Nacional trotan detrás de él, le ruegan espacios en el gobierno para no perder toda su relevancia, mientras Evópoli, con su discurso amplio y renovador que intentaba abrir estilos nuevos, ve cómo carece de espacios en el ámbito de quienes defienden a ultranza un sistema económico y social del cual Kast y Pinochet son las figuras señeras.
No es que Kast vaya a hacer lo mismo que Pinochet, en el sentido de que le sería muy difícil –si es que lo quisiera– aplicar medidas como las que llevaron adelante la DINA, CNI y los demás organismos. No será así, el país ha cambiado.
Ahora se trata de acercarse a esos principios fundamentales de orden seguridad, eficacia, eficiencia, disciplina, todo en el marco de una emergencia, usando como discurso la necesidad de reconstruir una patria dañada, un país que se cae a pedazos, una “realidad” en la que la corrupción se anida en el Estado y en la ineficiencia e ineficacia de quienes lo administran.
Se parece a los fundamentos invocados por los militares cuando se apoderaron del gobierno en 1973, con la diferencia que ahora él ha ganado una elección con casi el 60% de los votos.
El huracán arrasó con todo y sobre todo con la derecha, instalando sus ideas y actitudes. No es sólo que la “izquierda” perdió, sino que la ultraderecha de Kast ganó en todas las regiones y en todos los estratos socio económicos.
Porque lo primero que hizo fue recalcar el discurso de la polaridad, donde no es posible buscar –menos aún hallar– caminos diferentes que se salgan de esa visión unilineal de la política, donde o se está en un extremo o en el otro y donde hay un centro que –como en el chiste– “no es ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”. Y ese discurso ganó, porque la llamada izquierda no encontró nada mejor que llevar un candidato del Partido Comunista, cuya sola mención sigue sirviendo para asustar a mucha gente que prefiere los males conocidos que otros caminos.
“Necesitamos orden” es la consigna y para eso qué mejor que un hombre como Kast que, desde su ropa, su sonrisa, su peinado, sus esquemas repetitivos, su discurso tal vez elemental y sin muchas ideas, revela la disciplina de tipo militar que algunos creen que puede ser una solución para las necesidades del país (y del mundo).
Y la primera semana fue un nuevo huracán, pues quiere estar en todas partes y todos los días. Desde la Gloria, donde instaló sincrónicamente sus oficinas para este período, pareciera que necesita sentirse como una divinidad que no tiene límites de ningún tipo.
Seguirá viajando, seguirá haciendo discursos y dando opiniones, amenazando a Maduro y pidiendo consejos donde no corresponde. Tal vez se dé cuenta antes de asumir o después, que el país no se cae pedazos, que tiene inflación controlada, inversión extranjera y que, pese a los errores y vacilaciones de quienes un día se creyeron con superioridad moral, Chile no se ha paralizado.
Para eso se requiere calma. Mientras siga desatando vientos y temporales con sus palabras y sus acciones, no podrá percibir la realidad. Debe entender que la campaña terminó y que ahora otra cosa es con guitarra, como decimos en el campo, donde las ilusiones, las imágenes, la liviandad para opinar no bastan.
Si me permiten, lectores y lectoras, tal vez sea bueno recordarle que antes de asumir las pesadas tareas, todos quienes las han tenido, deben tomar un período de retiro. Jesús, a quien Kast dice considerar divino, necesitó 40 días en el desierto. Tal vez el presidente presuntivamente electo crea que él necesita menos, aunque difícilmente sea más que el iniciador del cristianismo.
Como diría don Fernando Riera, ponga la pelota al piso y mire lo que hay antes de pegarle a la pelota a “tontas y a locas”.
Se dará cuenta que debe bajar la velocidad y buscar entenderse con quienes participan de la conducción del país en distintos espacios y niveles. De lo contrario, un huracán, aunque lleve su nombre podrá ser siempre recordado como un desastre.
El desarrollo de la elección en forma impecable deja en evidencia la seriedad con que la institucionalidad y los chilenos tomamos los procesos electorales. Más importante que eso, sin embargo, han sido los discursos de ambos candidatos al conocerse los resultados. ¿Será la actitud de Kast un “caballo de Troya”, como plantea alguien o un sincero esfuerzo por lograr acuerdos para que el país avance? ¿Serán las fuerzas derrotadas capaces de articular propuestas concretas para conseguir mayor justicia social y bienestar de todos?
La elección presidencial terminó con un resultado previsible –el triunfo de Kast sobre Jara– pero con una diferencia porcentual que excedió todos los cálculos. Algunos deseábamos que esa diferencia fuese más estrecha, por el temor de tener a un ganador excesivamente empoderado, dispuesto a aplastar a los adversarios y hacer retroceder al país en cuanto a los derechos sociales.
Las cifras (casi 18% de diferencia) no se explican sólo por el comportamiento de la candidata derrotada y su comando (es la candidata de la “no-derecha” con menor porcentaje en las definiciones de balotaje), sino por un cúmulo de situaciones que el electorado –digamos una gran mayoría del pueblo– quiso castigar.
Kast, contra todo pronóstico, ganó en todas las regiones del país y derrotó a Jara en muchas comunas en las cuales se esperaba que ella triunfara. Y donde triunfó, la candidata derrotada lo hizo con porcentajes mucho más estrechos de lo que se podría haber esperado.
El pueblo se pronunció, como dijo Jara, “en forma clara y categórica”, no dejando dudas sobre la opción. Los factores que influyen son muchos y no siempre inmediatos.
¿Es que acaso el pueblo se ha “derechizado”? ¿O es que la ultraderecha se ha convertido en una alternativa victoriosa como resultado del desencanto, la decepción y la desconfianza en quienes han manejado el país?
Las estrategias políticas de los que se opusieron a Pinochet incluyeron una relativización ética en sus acciones, sus renuncias, sus adaptaciones y sus decisiones de gobierno.
Ello, sumado al incumplimiento de las grandes promesas hechas desde la campaña de 1988 (“La alegría ya viene”) por los gobiernos concertacionistas; la carencia evidente de vocación verdaderamente democrática al asumir la Constitución pinochetista y el modelo económico sin mayores reparos; la debilidad demostrada en temas que requerían reformas profundas; los errores de este gobierno y el “fracaso de la superioridad moral” que proclamaban Jackson y otros; la falta de conducción política, de propuestas reales y el exceso de retórica; a lo que deben agregarse los problemas profundos que ha vivido nuestra sociedad por décadas, en cuanto a delincuencia, precariedades judiciales, injusticias sociales, problemas de vivienda, estado de crisis prolongado en la educación pública y la salud, han incidido en este escenario. Ya habrá oportunidad de profundizar en esos temas.
Pero estas elecciones han dejado en evidencia varias realidades que, aunque probablemente nos parezcan obvias, no lo son en el contexto continental y quizás mundial.
Una elección de Presidente y Congreso, un balotaje posterior, sin que nadie reclame que ha habido fraude, es un verdadero orgullo.
El pueblo de Chile, en los escasos espacios de que dispone para incidir en las decisiones políticas, se expresa con serenidad, sentido republicano, valorización de su participación electoral. No sé si otro país del mundo puede exhibir con tanta claridad un proceso electoral con una votación limpia, un funcionamiento eficiente, escrutinios correctos y rápidos y la entrega de resultados definitivos en corto plazo.
Es verdad que la campaña fue muy ingrata para todos, con acusaciones, insultos, malos tratos y una agresividad descomedida de parte de todas las candidaturas (por lo menos 7 de las 8). De eso no cabe duda y muchos lamentamos que no hubiese surgido una fuerza capaz de poner otro tono.
Tal vez ese “tercer punto”, hubiera podido romper el esquema de “los dos grandes” representando posiciones extremas en el cuadro final, donde un alto porcentaje de votantes se encontraba sin más alternativa que elegir “por miedo al triunfo del otro”. Las caricaturas, en ese sentido, dieron más resultado a los que identificaban a Jara con Stalin que los que aluden a un eventual pasado hitleriano de los ancestros de Kast. Ni unas ni otras eran reales.
La actitud del presidente Boric, su llamado al respeto y a la reafirmación de las tradiciones de Chile, en el sentido de hablar al país reconociendo los resultados –que, quisiera o no, involucraban un juicio a su gestión– y llamar a los candidatos para manifestarles su agradecimiento por la limpieza del acto y felicitar al ganador, demuestran algo profundo que está arraigado en la historia democrática.
Lo que quiero decir es que todos los presidentes posteriores a la dictadura, siguiendo el camino de sus antecesores elegidos por el pueblo, han hecho probablemente lo mismo. Kast atacó con dureza a Boric en todos estos años, desde la campaña del balotaje de 2021 y hasta esta misma semana, pero recibió el llamado del presidente y tuvieron una conversación respetuosa, en la que ambos afirmaron su voluntad de colaboración por el bien de Chile. Ni en Boric se notaba rencor ni en Kast prepotencia en su diálogo frente al país entero.
Pese a todas las discrepancias de los dos candidatos y al trato duro que se dieron, ambos tuvieron actitudes destacables.
Lo primero: Jara llamó a Kast para reconocer su derrota y felicitarlo por el triunfo. No sólo eso: luego fue, acompañada de varios dirigentes, a saludar a Kast. Ya en 2000, en el balotaje, Lavín se apresuró en ir a saludar a Lagos que estaba en su comando. Esa tradición se mantiene.
Lo segundo es el discurso de Jara, llamando a renunciar a las tentaciones de hacer oposición cerrada, llamando a aprender de la derrota, teniendo una actitud vigilante para evitar retrocesos y de colaboración en los esfuerzos y proyectos en los que pueda haber coincidencias, rechazando desde ya toda forma de violencia en el ejercicio político democrático. Incluso Jara puso especial énfasis en reprender a sus partidarios para evitar el calificativo de “nazi” a Kast, para dejar de lado las caricaturas.
Tercero, el discurso de Kast –demasiado largo y retórico– en el que valoró el gesto y el discurso de Jara y llamó a sus partidarios a tener respeto por el adversario, prometiendo buscar diálogo, unidad y ser el presidente de todos los chilenos.
Lo valioso de estas palabras es que las dice cuando sus partidarios están enfervorizados y quizás querían oír un discurso más guerrero. Yo temía que en la euforia de la enorme victoria extremara su discurso, pero en lugar de eso lo moderó y tuvo una actitud en la que pareció más demócrata, más prudente, más sereno y más abierto que muchos de sus partidarios.
Si bien, como dije, el desarrollo de la elección fue impecable y deja en evidencia la seriedad con que la institucionalidad y los chilenos tomamos los procesos electorales, más importante que eso, sin embargo, han sido las reacciones de ambos candidatos al conocerse los resultados.
¿Será la actitud de Kast un “caballo de Troya”, como plantea alguien o un sincero esfuerzo por lograr acuerdos para que el país avance?
¿Serán las fuerzas derrotadas capaces de articular propuestas concretas para conseguir mayor justicia social y bienestar de todos?
Hasta el 13 de diciembre yo tenía una interpretación a partir de la campaña. Hoy percibo algo diferente. Tal vez no sean las cosas como las hemos temido, sino que desde que asuma intente buscar soluciones consensuadas a muchos de los problemas que vive el país. Pese a su amor y admiración por Pinochet y Jaime Guzmán y a sus deseos de libertad para los condenados por delitos graves de lesa humanidad, es probable que no otorgue indultos y que acepte que los avances que han existido en estos más de 30 años no sean revertidos.
No nos engañemos: su escala de valores es la del sistema vigente, que, bajo la inspiración de Guzmán y los economistas de Chicago, combina un integrismo religioso con un liberalismo económico exento de límite éticos.
Esa combinación es difícil llevarla adelante en un régimen democrático (a Pinochet con su dictadura no le costó nada y estableció el autoritarismo más brutal, con una mirada integrista cristianizada y el neoliberalismo que impera hasta hoy) y tal vez justamente Kast deberá entender que es necesario fortalecer políticas sociales para mantener el apoyo y buscar medidas económicas que revelen ciertos límites, aunque eso signifique postergar o reorientar a ciertos inversionistas. Su posición, reiterada en la noche del triunfo, en cuanto a proteger los cielos del norte aunque eso signifique poner frenos a algunas inversiones proyectadas, revela que algo de eso está pasando por su mente.
Amanece el lunes 15 de diciembre.
Comienza un período en el cual el gobierno de Boric intentará cumplir algunas de las metas pendientes, mientras inicia los traspasos al próximo equipo gobernante.
Será el momento en que las altisonantes palabras del ganador en esta contienda bajen a la realidad, mostrando que el país no está estancado ni derrumbado, que Chile no se cae a pedazos ni todo es tan malo como se ha dicho. Al recibir las informaciones podrá darse cuenta de que no es necesario restablecer la legalidad, porque ella no ha sido afectada por el gobierno, sino por los particulares cuando no respetamos las normas del tránsito, las exigencias tributarias, la propiedad privada, las disposiciones de las autoridades.
No vamos a desconocer que en Chile hay problemas con un incremento de la delincuencia en las últimas décadas. Pero eso no se termina por un acto de voluntad.
Tal vez el futuro gobernante pueda entender por qué la policía uniformada no ha actuado como debería y recién ahora, cuando se termina el gobierno, está haciendo cosas que eludió cumplir por años.
Tal vez descubra que los casos de corrupción de esa policía y otras instituciones no son casos aislados, sino mucho más frecuentes y generalizados de lo que se ha querido dar a entender. Esperemos que la delincuencia no baje sólo en los noticiarios, como me decía un amigo, sino que en la realidad.
Será éste un tiempo para develar lo que es el Estado y él y sus cercanos podrán descubrir que “otra cosa es con guitarra”. Fue Boric quien, a los pocos meses de iniciado su gobierno, dijo: “las cosas son más difíciles de lo que parecían desde fuera”.
Por cierto, las cosas hay que hacerlas mejor. Y ésta puede ser una buena oportunidad de buscar la forma de mejorar el funcionamiento del Estado que, sin dudar, debe ser poderoso, eficaz, eficiente, sólido.
Lo que viene en la política puede ser algo muy interesante: 30 meses sin elecciones, tiempo para reorganizar los grupos, recuperar ideas y propuestas, promover organización e iniciar debates sobre el mundo que viene. Es el tiempo de ponerse pie y agruparse, reagruparse, organizarse, para buscar las soluciones profundas, a largo plazo, que no se agoten en el “cosismo” ni las urgencias, sino en la construcción de una nueva forma de vivir en Chile.
Votar por Kast es estar dispuesto a reivindicar el oprobio de Pinochet al país, las desapariciones forzadas, los asesinatos, las prisiones arbitrarias, la persecución por las ideas, las limitaciones a la libertad de expresión en cualquiera de sus formas.
En esta hora no podemos quedarnos impávidos viendo los riesgos para nuestra democracia. Votar por Jara es al menos una medida para asegurar que no habrá mayores retrocesos. Votar por Kast es retroceder.
En la primera vuelta, desde el momento en que no había un candidato que coincidiera con mis ideas –mi partido decidió no llevar candidato y apoyar a la candidata de otros incondicionalmente– voté por Harold Mayne-Nicholls, quien más se acercaba a mis planteamientos.
Otros anularon su voto. El problema es que el voto nulo no tiene efectos en sí (ni siquiera se informan) y lo que hace es de cierta manera ayudar al que tiene más votos.
Prefiero elegir, aunque me cueste mucho.
¿Por qué me cuesta escoger en esta contienda?
Porque se ha producido la tensión que quería evitar con mi búsqueda de un candidato DC: NO a los extremos de un abanico gastado, decimonónico, inmediatista, que olvida los temas trascendentes y se centra en las soluciones concretas para temas que parecen urgentes. No es que no haya que ocuparse de eso, sino que las soluciones no deben ser sólo para hoy, sino mirando en perspectiva, con una idea de lo que se pretende construir.
Chile necesita una propuesta de sociedad, un cambio de paradigma que nos permita crear una sociedad más justa, solidaria, participativa, libre y que permita el bienestar de todos los habitantes del país.
A mí no me gustó la CODE de 1973 (alianza con la derecha) y no quise ser candidato de ese pacto, pero entendí su necesidad para evitar que una mañosa interpretación legal llevara a un sector a tener el predominio total del Congreso. Otro día revisaré más esa historia. Acepté que había que ceder cupos a partidos, como el comunista, que eran arbitraria e injustamente perjudicados por el sistema binominal que impuso la dictadura. Así lo hizo la DC y permitió la elección de diputados de otros grupos.
“Las alianzas electorales en democracia no son de nivel doctrinario”, nos recuerda Ricardo Hormazábal. En dictadura también es lícito hacer alianzas específicas para luchar por la democracia, siempre que no se acepten “todas las formas de lucha”. La tesis de la movilización social propuesta por la Democracia Cristiana en 1982, que no se agotaba en la “agitación callejera” apuntaba a avanzar hacia aquella sociedad más arriba caracterizada.
La coalición que encabeza Jara, tiene a un PC que no ha superado su porcentaje habitual, que tiene conflictos internos y es minoría en los planteamientos programáticos y lo será en el Congreso.
De ganar Jara, deberá ajustar su conducta a los límites que le impone el programa de más de 300 medidas concretas, que incluye la vigencia del sistema imperante en Chile, sin considerar cambios estructurales. No es el programa que llevó a las primarias y con el que ganó; si quiere ejecutar aquél, deberá quedarse sola con sus parlamentarios partidarios.
Por lo tanto, confío en que ella se atendrá a los términos a los que se ha comprometido de palabra y por escrito. La presencia de grupos políticos de un tono distinto, como la propia DC, ayudará a eso.
Kast, por otro lado, representa no sólo la mirada conservadora –que siempre es importante en la sociedad– sino sobre todo la añoranza de la dictadura de Pinochet y el riesgo de mantener los diques de contención al cambio profundo que la sociedad necesita.
Cuando dice que quiere “el cambio”, lo que propone es retroceder a ciertos parámetros de conducta política que apuntan en la línea de garantizar libertad económica a costa de la libertad política y de pensamiento.
Es evidente que en los 4 años de gobierno –en el caso de ganar– no podrá hacer todo lo que su discurso proclama ni tendrá facilidades para tomar medidas que requieren de respaldo legal. Pero podrá producir daños a la vida democrática impulsando los valores que hoy rigen el sistema neoliberal.
El mundo está avanzando en una nueva perspectiva de civilización, las ideas despiertan en distintos lugares, junto a la decepción de millones de personas que han debido soportar los fracasos durante tanto tiempo, siendo siempre los mismos los más perjudicados.
En Chile, los decepcionados no votaron por ninguno de los que pasó a segunda vuelta, que suman menos de la mitad del electorado total y de los que sufragaron.
Esos millones deben ser rescatados, para encantar a la vez, a los que siguen a los extremos. Las ideas están, propuestas existen, pero es necesario generar organización en torno a ellas y traducirlas en medidas que puedan ser entendidas por todos.
Frente a eso, hay una resistencia de los grupos dominantes, que no quieren perder sus posiciones. La candidatura de Kast, como la de Kaiser y la de Artés, son parte de la ola de reacción desesperada de aquellos sectores nostálgicos de un predominio sin contrapeso que, en algunos países desde la ultraderecha y en otros desde una izquierda no democrática, impulsan a sus pueblos a las dictaduras.
Lo que vemos en Venezuela (donde el Partido Comunista venezolano se opone a la dictadura de Maduro); en Nicaragua, en El Salvador, en Ecuador, en Estados Unidos de Norteamérica, por sólo mencionar parte de lo que sucede, son claros ejemplos de lo que digo.
El verdadero cambio vendrá lentamente, demorará más de lo que creyó Eduardo Frei Montalva (que propuso su Revolución en Libertad), por los sucesos de los 20 años siguientes. Pero, debemos aprovechar el tiempo inmediato, para despertar a la sociedad civil, fortalecer a las organizaciones sociales y proponer medidas que apunten hacia un cambio profundo de las estructuras.
Mientras, hay que resolver: Votar por Jara es al menos una medida de asegurar que no habrá mayores retrocesos. Votar por Kast es retroceder.
Votar por Kast está en las antípodas del pensamiento democrático, pues a lo que apunta no es a un gobierno en que los ciudadanos seamos protagonistas, sino que todo estará en manos de un líder que se cree capaz de todas las respuestas sin necesidad de decir exactamente qué piensa hacer y cómo piensa lograr lo que insinúa como logros posibles de alcanzar.
Lo que quiere es asegurar el poder para un sector dominante históricamente e impedir el avance de la democratización. He leído su programa: diagnóstico y consignas, pero no hay propuestas ni medidas concretas, aunque su postura es “gobierno de emergencia”.
Jara no representa el riesgo de una dictadura comunista. Pero la derecha que encabeza Kast es el riesgo de la pérdida paulatina de la democracia.
Retomo la carta que Hormazábal ha enviado a sus amigos y camaradas: “No me quedaré en el balcón de espectador, mientras la derecha antidemocrática se toma el gobierno.”
No me quedaré sentado esperando que pase lo que sea, no asumiré esa indolente “independencia crítica y activa” con la que Aylwin se lavaba las manos en 1973. Llevados a instancias como ésta, hay que decidir. Y yo decido votar por Jara.
Puede ser el comienzo de una nueva fuerza que se encarne en el pueblo chileno, para tener respuestas para el hoy, conociendo la historia y sin olvidarla, pero sin perder de vista el futuro.
Eso no lo hace un líder, lo hacen las organizaciones de la sociedad.
Esta tarea será posible en la medida que, más allá de las alianzas electorales, nos pongamos de acuerdo para reconstruir un tejido social dañado por muchos años en los cuales se perdió la perspectiva de la importancia de la persona y de la vida en comunidad.
Votaré por Jara, por conciencia.
Mi esperanza seguirá puesta en un pueblo que, si bien hoy está cansado y decepcionado, habrá de despertar con fuerza si vislumbra los caminos para instalar entre nosotros otra forma de vivir.
La falta de interés popular en las actuales elecciones presidenciales y parlamentarias son la mejor manifestación del agotamiento de la opción que se impuso en la “disputa” interna: la de los ocupantes de La Moneda en 1990, seguida al pie de la letra durante muchos años, en el sentido de no hacer modificaciones significativas al modelo instalado desde la dictadura.
¿Transición?
El desatacado intelectual chileno Carlos Huneeus escribió un libro titulado “La Democracia semi Soberana”, título que resume la realidad de la llamada transición chilena. Este proceso político, que pareció empezar con bríos en 1990, ha quedado inconcluso.
Por eso hay analistas –Juan Pablo Cárdenas entre ellos– que prefiere hablar de “post dictadura” en lugar de “período democrático”. Y estoy de acuerdo, aunque prefiero la fórmula de Huneeus, ya que efectivamente las cosas han cambiado desde los tiempos de la dictadura en el sentido de que las autoridades son elegidas por votación, las leyes se aprueban en el Congreso, las autoridades tienden a ajustarse a las normas constitucionales (cuando las conocen o hay algún abogado que se los sople al oído), las brutalidad policial ha amainado, no hay violaciones sistemáticas de los derechos humanos y han existido avances en materias sociales.
Ya en 1986, en un artículo que me publicó revista ANÁLISIS, yo anticipaba que el pacto –en ese momento en construcción– que llevaba a los políticos chilenos a aceptar el camino diseñado por la dictadura en su Constitución, iba a conducir a mediano plazo a una revuelta social que alteraría profundamente las relaciones políticas.
Lo definía como un estado de ánimo parecido a la rendición, concediendo al plebiscito de 1988 y a las eventuales elecciones de 1989 el poder de cambiarlo todo. No se daban cuenta (¿o se daban cuenta?) que eso, respaldado por el gobierno de Estados Unidos, apuntaba a consolidar un modelo económico, social y político que se perpetuara en el tiempo, como efectivamente ha sido.
Dos miradas para Chile
No fuimos pocos quienes alzamos la voz, especialmente al interior de la Democracia Cristiana y algunos otros partidos más tímidamente, pidiendo actitudes más drásticas que apuntaran al cambio de régimen político y a la sustitución, paulatina por cierto, del modelo económico.
Se nos acusó de “autoflagelantes” y hubo voces que respondieron sosteniendo que los otros serían “autocomplacientes”. Ni lo uno ni lo otro, sino simplemente dos miradas. Algunos se bastaban con que hubiese elecciones libres y otros queríamos una democracia sólida, sustentada en la participación, con un cambio que nos alejara del modelo impuesto por la derecha desde la dictadura.
Las actuales elecciones presidenciales son la más clara y evidente manifestación del agotamiento de la opción que se impuso en la “disputa” interna: la de los ocupantes de La Moneda en 1990, seguida al pie de la letra durante muchos años, en el sentido de no hacer modificaciones significativas al modelo instalado desde la dictadura.
El proceso de transición hacia un nuevo sistema político, social y económico quedó inconcluso. La transición se detuvo e incluso hemos tenido retrocesos (como el voto voluntario, por ejemplo y la permanencia de resabios de binominalismo) que han llevado al desencanto mayoritario con la tarea política.
Desapego democrático
No se trata de añorar las grandes gestas presidenciales que hubo hasta 1970, pero el bajo entusiasmo que despiertan las actuales elecciones de congresistas y presidente de la República evidencia el desapego hacia la política y la democracia.
Al parecer, según revelan ciertas encuestas, hay ya demasiada gente que considera que no necesariamente la democracia es el mejor sistema político, sobre todo entendiendo lo actual como tal.
Se ha perdido la confianza en que quienes se han autodenominado como una “clase política” sean capaces de representar verdaderamente un cambio en la forma de vivir de los habitantes del Chile de hoy.
Programas pobres, consignas superficiales, ideas repetidas como letanías de religiones sin adeptos, son la tónica de una contienda presidencial que se mueve entre dos extremos, posiciones polares que buscan el poder por el poder más que un camino de realización democrática. Y reina el desencanto en los que han sostenido posiciones proclives a la profundización democrática y a un cambio más radical, profundo, sustancial y rápido, que pueda mejorar la situación de las mayorías y la calidad de las decisiones que se toma en aras del bien común.
Preguntas inevitables
Hay candidatos a parlamentarios cuyos méritos son solamente haber escalado en posiciones de camarillas internas en los partidos, algunos cuyos actuales escaños los ocupan por designación y no por elección popular. Los diputados y senadores han pasado a ser sólo la expresión de poder de grupos internos de partidos que han olvidado sus proyectos y se acomodan a pactos sin sabor a nada.
¿Cómo entiende la ciudadanía que, por ejemplo, la candidata oficialista lleve el apoyo de quienes han sido oposición al actual gobierno y que otros que han sido parte de su sustento (integrando incluso el gabinete) hoy vayan en listas separadas?
¿Cómo percibe la ciudadanía que haya candidatos que han cambiado de partido solamente porque aquel en el que militaron por años no los quiso llevar a senadores y los proponían para prolongar su ya extendida diputación?
¿Cómo se puede entender que en una lista que apoya a la candidata Jara esté postulando a senador un acérrimo anticomunista, que salió de la Democracia Cristiana para instalarse en la derecha y al no ser aceptado en ese pacto, integra el del grupo que ha criticado duramente por tantos años?
Y así como esas preguntas, muchas otras surgen, algunas porque se olvidan de las disposiciones legales o los acuerdos, otras porque se toman decisiones sobre el carácter obligatorio del voto no pensando en lo mejor para el país sino en intereses electorales particulares.
¿Cómo votar?
Hay muchas cosas que cambiar, pero los dos modelos constitucionales que fueron propuestos a la ciudadanía experimentaron el mayoritario rechazo porque en lugar de contener disposiciones que de verdad fueran en beneficio de las mayorías, se convirtieron en expresiones de intereses de minorías sectoriales.
Esta elección no entusiasma más que a los candidatos y el pueblo chileno votará entre incumbentes que no le ofrecen sino disputas radicales y amenazas, sabiendo que las promesas no serán cumplidas y poniendo en riesgo la posibilidad de completar la transición postergada e inconclusa e incluso la continuidad del sistema democrático vigente.
Algunos piensan votar en blanco o nulo. El problema que ello reviste es que finalmente esos votos no se consideran para producir una presión sobre políticos que se solazan en la mirada al espejo, viendo una imagen deseada que no es la real.
Hemos llegado a un extremo.
El cambio en movimiento
Confío en que luego de esta elección comenzará un despertar de aquellos que verdaderamente creen en una democracia en la que el pueblo sea soberano, que existan partidos con ideas y propuestas.
¿Serán nuevos partidos?
¿Serán nuevos liderazgos?
¿Recuperarán los partidos que han demostrado tener ideas su capacidad de creer en ellas y compartirlas con la ciudadanía?
¿Tendremos propuestas de reformas serias que vayan en la línea de avanzar hacia una sociedad justa, democrática, participativa, libre, solidaria?
Todo esto pensando en que los esfuerzos de tantos en el siglo XX, cuando luchamos contra la dictadura, cuando propusimos caminos para Chile, hayan valido la pena en el devenir histórico y no tengamos que lamentar la repetición de ciclos negativos para el pueblo chileno.