Autor: jaime hales
Jaime Hales asegura que «la DC tomó la decisión de la historia» al apoyar a Jeannette Jara
Lo que falta en la campaña
Hoy no hay contenidos con visión de futuro y todo se queda en ciertas consignas que acomodan lo vigente, mejorando un poco las condiciones de “la gente”, así vagamente, olvidando a las personas que están tras cada rótulo.
La campaña presidencial se ha convertido en un compendio de lugares comunes, donde la discusión se hace insuficiente para los problemas reales de las personas. El ser humano no se agota en la satisfacción de las necesidades básicas, aunque sin satisfacerlas parece difícil avanzar hacia una meta de desarrollo integral. Pero sin una mirada y un proyecto que nos conduzcan hacia ese desarrollo, los discursos son sólo paliativos o vanas promesas.
Hablemos de felicidad
El periodista Juan Pablo Cárdenas, en un artículo reciente, echa de menos en los discursos de campaña la palabra felicidad.
Y así es: esta palabra parece estar prohibida en la política, sobre todo después de que, como él lo recuerda, se prometiera en 1988 que “la alegría ya viene”.
Esa vez estábamos alegres con la derrota del dictador, pero debimos aguantarlo un año y medio más, mientras la represión se mantenía en muchos niveles. En 1989 fueron derrotados los candidatos derechistas, pero quien fue dictador se mantuvo como comandante en jefe del Ejército primero y después como senador en virtud de haberse autodesignado “Presidente de la República”. Nunca fue elegido para ese cargo y la única vez que postuló lo hizo sin contendor, y como dijo el Fortín Mapocho, “Corrió solo y llegó segundo”.
Durante los primeros 16 años de la Concertación hubo momentos alegres e importantes avances cuantitativos (como la derrota de la extrema pobreza y otras importantes marcas macroeconómicas), pero ellos no se distribuyeron como la mayoría del país esperaba.
La disputa entre “auto flagelantes” y “autocomplacientes” de la Concertación, los que querían más y los que estaban satisfechos con ejercer el poder, terminó en un descontento que se fue acumulando hasta que explotó en 2019. En mi reflexión, cuando se optó por el camino de aceptar el plan de Pinochet en lugar de seguir presionando para su salida, anticipaba esa expresión de rebeldía, pero la imaginaba incluso antes.
La decepción creciente
Los que eran jóvenes en 1988 y los nacidos después, no lograban entender que no se consiguieran espacios democráticos profundos y que las personas se vieran sometidas a situaciones tan duras que les impedían desarrollarse.
La decepción se manifestó claramente en la campaña de 2006, luego de 16 años y tres presidentes, cuando a Michelle Bachelet le costó ganar (pero ganó); cuatro años después entregó el poder a Piñera, el candidato de la derecha. El desencanto con los políticos llevó a que Piñera, el derechista, devolviera el poder a Bachelet al terminar su mandato. Y como coronación, Bachelet le devolvió la banda presidencial al mismo líder de la derecha.
Y entonces vino la explosión de muchos sectores, con el sabido curso de los acontecimientos. Y Piñera le entregó el gobierno a Boric.
Se han perdido la esperanza, el entusiasmo, la alegría y la confianza. La decepción es continua, de unos y otros, simplemente porque el mundo de los políticos ha olvidado lo fundamental: las personas y su entorno. Y junto con eso se ha perdido de vista el derecho de las personas a ser felices, es decir, no sólo a satisfacer las necesidades básicas, sino sobre todo a ser capaces de expandir las propias posibilidades de realización, de sentirse con planes y proyectos, de vivir la experiencia de algo más que trabajar para poder comer.
No hay proyecto de sociedad
La alegría, el desarrollo de las personas de un modo integral, la expectativa de una sociedad más feliz, conlleva un proyecto de vida en sociedad que hoy todos han guardado en cajones o simplemente se han abierto paso los que carecen de una mirada más profunda de la realidad. Eso es lo que falta en esta campaña: proyectos de sociedad que involucren a las personas.
Hace unos días, en un debate de candidatos derechistas, uno de ellos, ya ni recuerdo cual, dijo: “Si en algo estamos de acuerdo los cuatro, es que hay que terminar con este gobierno fracasado”. Es decir, su objetivo no es mejorar sustantivamente la forma de vivir de los chilenos, sino simplemente terminar con un gobierno que ellos consideran que lo ha hecho mal. Su precario análisis no registra que el gobierno terminará de todos modos, porque se cumple el plazo.
Se presentan ante el país (“la gente”, se dice ahora, para no usar la palabra pueblo) ofreciendo soluciones para las urgencias y para los que sustentan sus campañas: menos impuestos, más asistencialismo, menos controles en el área económica, menos acción propositiva del Estado y más represión (para lo único que les sirve el Estado) fortaleciendo a las instituciones armadas, incluida la policía.
La sonrisa y el programa: algunas preguntas
Frente a ellos está Jeannette Jara, con su sonrisa y su amabilidad, tratando de generar una imagen positiva y suave, pese a que ganó su posición de candidata con un programa claramente radical, que respondía a las convicciones de los intelectuales del Partido Comunista.
Está claro que o no leyó su programa o no entendió lo que leía. Y ese “programa ganador”, hoy trata de ser acomodado por los demás integrantes del comando, aunque Carmona no le da tregua, culminando sus insistencias al decir que en el programa que se está presentando no hay más que lineamientos generales, pero que ellos no han renunciado a todo lo demás contenido en su propuesta original.
¿Cómo se condicen la reforma que fortaleció el sistema previsional pinochetista, que le dio a las AFP un 60% más de ingresos y más plazos, con la idea de eliminar las administradoras privadas? ¿Puede ser la candidata de continuidad del gobierno alguien que milita en un partido político que no cesa de oponerse a proyectos del actual mandatario y criticar a quienes han conducido la política económica? ¿Será su gobierno, si gana, algo parecido a la Concertación, a los gobiernos de Bachelet y lo aplicará sin ministros que respondan a lo que su partido propone?
La coalición electoral sin contenidos
La Democracia Cristiana y el autodenominado “socialismo democrático” (PPD, PS y radicales) han renunciado a proponer sus contenidos doctrinarios, a formular propuestas que tengan lo que ha sido propio de ellos en el pasado: una visión de sociedad.
Si no sabemos hacia dónde vamos como país, puede dar lo mismo a quien elijamos, porque en definitiva será alguien que tratará de aplicar paliativos ante los problemas sin enfrentar la solución desde la raíz. Y así, uno tras otro, podrán ir prometiendo eficiencia, eficacia, “hacer las cosas bien”, sin que nada de eso permita avanzar hacia una nueva realidad como sociedad.
Esta coalición nueva es una aproximación pragmática para obtener resultados electorales, tratando de ganar diputados y senadores, pero con la casi certeza de que su candidata a la presidencia difícilmente ganará. Pues si consigue pasar a segunda vuelta, lo que es muy probable, no tendrá de donde sacar apoyos para incrementar su votación.
En busca de un sueño que se haga realidad
Cuando propuse a la Democracia Cristiana ser su candidato presidencial en representación de un sector del partido, ubiqué a las personas y sus comunidades en el centro de la propuesta, entendiendo que desde allí se construye lo nuevo, lo justo, lo liberador, apuntando a una solidaridad activa que pueda permitir conseguir satisfacer necesidades básicas, reorientando recursos, para trabajar por la felicidad como meta.
Son las personas concretas las que requieren de una convocatoria a construir soluciones, en las cuales el resultado se consigue en acciones comunitarias. Eso para todo: desde la seguridad hasta la salud, desde la educación hasta el desarrollo productivo, desde el respeto a la ley hasta la expansión de la creatividad.
Hoy no hay contenidos con visión de futuro y todo se queda en ciertas consignas que acomodan lo vigente, mejorando un poco las condiciones de “la gente”, así vagamente, olvidando a las personas que están tras cada rótulo.
Hoy no hay contenidos con visión de futuro y todo se queda en ciertas consignas que acomodan lo vigente, mejorando un poco las condiciones de “la gente”, así vagamente, olvidando a las personas que están tras cada rótulo.
La campaña presidencial se ha convertido en un compendio de lugares comunes, donde la discusión se hace insuficiente para los problemas reales de las personas. El ser humano no se agota en la satisfacción de las necesidades básicas, aunque sin satisfacerlas parece difícil avanzar hacia una meta de desarrollo integral. Pero sin una mirada y un proyecto que nos conduzcan hacia ese desarrollo, los discursos son sólo paliativos o vanas promesas.
Hablemos de felicidad
El periodista Juan Pablo Cárdenas, en un artículo reciente, echa de menos en los discursos de campaña la palabra felicidad.
Y así es: esta palabra parece estar prohibida en la política, sobre todo después de que, como él lo recuerda, se prometiera en 1988 que “la alegría ya viene”.
Esa vez estábamos alegres con la derrota del dictador, pero debimos aguantarlo un año y medio más, mientras la represión se mantenía en muchos niveles. En 1989 fueron derrotados los candidatos derechistas, pero quien fue dictador se mantuvo como comandante en jefe del Ejército primero y después como senador en virtud de haberse autodesignado “Presidente de la República”. Nunca fue elegido para ese cargo y la única vez que postuló lo hizo sin contendor, y como dijo el Fortín Mapocho, “Corrió solo y llegó segundo”.
Durante los primeros 16 años de la Concertación hubo momentos alegres e importantes avances cuantitativos (como la derrota de la extrema pobreza y otras importantes marcas macroeconómicas), pero ellos no se distribuyeron como la mayoría del país esperaba.
La disputa entre “auto flagelantes” y “autocomplacientes” de la Concertación, los que querían más y los que estaban satisfechos con ejercer el poder, terminó en un descontento que se fue acumulando hasta que explotó en 2019. En mi reflexión, cuando se optó por el camino de aceptar el plan de Pinochet en lugar de seguir presionando para su salida, anticipaba esa expresión de rebeldía, pero la imaginaba incluso antes.
La decepción creciente
Los que eran jóvenes en 1988 y los nacidos después, no lograban entender que no se consiguieran espacios democráticos profundos y que las personas se vieran sometidas a situaciones tan duras que les impedían desarrollarse.
La decepción se manifestó claramente en la campaña de 2006, luego de 16 años y tres presidentes, cuando a Michelle Bachelet le costó ganar (pero ganó); cuatro años después entregó el poder a Piñera, el candidato de la derecha. El desencanto con los políticos llevó a que Piñera, el derechista, devolviera el poder a Bachelet al terminar su mandato. Y como coronación, Bachelet le devolvió la banda presidencial al mismo líder de la derecha.
Y entonces vino la explosión de muchos sectores, con el sabido curso de los acontecimientos. Y Piñera le entregó el gobierno a Boric.
Se han perdido la esperanza, el entusiasmo, la alegría y la confianza. La decepción es continua, de unos y otros, simplemente porque el mundo de los políticos ha olvidado lo fundamental: las personas y su entorno. Y junto con eso se ha perdido de vista el derecho de las personas a ser felices, es decir, no sólo a satisfacer las necesidades básicas, sino sobre todo a ser capaces de expandir las propias posibilidades de realización, de sentirse con planes y proyectos, de vivir la experiencia de algo más que trabajar para poder comer.
No hay proyecto de sociedad
La alegría, el desarrollo de las personas de un modo integral, la expectativa de una sociedad más feliz, conlleva un proyecto de vida en sociedad que hoy todos han guardado en cajones o simplemente se han abierto paso los que carecen de una mirada más profunda de la realidad. Eso es lo que falta en esta campaña: proyectos de sociedad que involucren a las personas.
Hace unos días, en un debate de candidatos derechistas, uno de ellos, ya ni recuerdo cual, dijo: “Si en algo estamos de acuerdo los cuatro, es que hay que terminar con este gobierno fracasado”. Es decir, su objetivo no es mejorar sustantivamente la forma de vivir de los chilenos, sino simplemente terminar con un gobierno que ellos consideran que lo ha hecho mal. Su precario análisis no registra que el gobierno terminará de todos modos, porque se cumple el plazo.
Se presentan ante el país (“la gente”, se dice ahora, para no usar la palabra pueblo) ofreciendo soluciones para las urgencias y para los que sustentan sus campañas: menos impuestos, más asistencialismo, menos controles en el área económica, menos acción propositiva del Estado y más represión (para lo único que les sirve el Estado) fortaleciendo a las instituciones armadas, incluida la policía.
La sonrisa y el programa: algunas preguntas
Frente a ellos está Jeannette Jara, con su sonrisa y su amabilidad, tratando de generar una imagen positiva y suave, pese a que ganó su posición de candidata con un programa claramente radical, que respondía a las convicciones de los intelectuales del Partido Comunista.
Está claro que o no leyó su programa o no entendió lo que leía. Y ese “programa ganador”, hoy trata de ser acomodado por los demás integrantes del comando, aunque Carmona no le da tregua, culminando sus insistencias al decir que en el programa que se está presentando no hay más que lineamientos generales, pero que ellos no han renunciado a todo lo demás contenido en su propuesta original.
¿Cómo se condicen la reforma que fortaleció el sistema previsional pinochetista, que le dio a las AFP un 60% más de ingresos y más plazos, con la idea de eliminar las administradoras privadas? ¿Puede ser la candidata de continuidad del gobierno alguien que milita en un partido político que no cesa de oponerse a proyectos del actual mandatario y criticar a quienes han conducido la política económica? ¿Será su gobierno, si gana, algo parecido a la Concertación, a los gobiernos de Bachelet y lo aplicará sin ministros que respondan a lo que su partido propone?
La coalición electoral sin contenidos
La Democracia Cristiana y el autodenominado “socialismo democrático” (PPD, PS y radicales) han renunciado a proponer sus contenidos doctrinarios, a formular propuestas que tengan lo que ha sido propio de ellos en el pasado: una visión de sociedad.
Si no sabemos hacia dónde vamos como país, puede dar lo mismo a quien elijamos, porque en definitiva será alguien que tratará de aplicar paliativos ante los problemas sin enfrentar la solución desde la raíz. Y así, uno tras otro, podrán ir prometiendo eficiencia, eficacia, “hacer las cosas bien”, sin que nada de eso permita avanzar hacia una nueva realidad como sociedad.
Esta coalición nueva es una aproximación pragmática para obtener resultados electorales, tratando de ganar diputados y senadores, pero con la casi certeza de que su candidata a la presidencia difícilmente ganará. Pues si consigue pasar a segunda vuelta, lo que es muy probable, no tendrá de donde sacar apoyos para incrementar su votación.
En busca de un sueño que se haga realidad
Cuando propuse a la Democracia Cristiana ser su candidato presidencial en representación de un sector del partido, ubiqué a las personas y sus comunidades en el centro de la propuesta, entendiendo que desde allí se construye lo nuevo, lo justo, lo liberador, apuntando a una solidaridad activa que pueda permitir conseguir satisfacer necesidades básicas, reorientando recursos, para trabajar por la felicidad como meta.
Son las personas concretas las que requieren de una convocatoria a construir soluciones, en las cuales el resultado se consigue en acciones comunitarias. Eso para todo: desde la seguridad hasta la salud, desde la educación hasta el desarrollo productivo, desde el respeto a la ley hasta la expansión de la creatividad.
Hoy no hay contenidos con visión de futuro y todo se queda en ciertas consignas que acomodan lo vigente, mejorando un poco las condiciones de “la gente”, así vagamente, olvidando a las personas que están tras cada rótulo.
Lo hermoso y lo terrible
Las guerras de Ucrania y de la Franja de Gaza, el resurgimiento electoral de los grupos que promueven activamente el belicismo, la segmentación étnica, la persecución de los inmigrantes, sumado todo eso a las situaciones difíciles derivadas del crimen organizado y el comercio de la droga, agudizan las tensiones al interior de las sociedades occidentales.
Por Jaime Hales Dib
Publicado el 6.9.2025
La comunidad Palestina de Chile y el Club Palestino han convocado a los poetas residentes en el país a un concurso temático: «Palestina: Paz y Justicia».
Yo sé que es una reiteración que puede parecer innecesaria, porque sin justicia no puede haber paz. Pero la idea de los convocantes es unir la expresión para que nos desliguemos de las versiones de la paz en las que uno domina a otro, lo que alguien llamó «la paz de los cementerios».
Se invita a poetas con libros publicados y también a los poetas que nunca han publicado, calificados en categorías distintas. Un jurado excepcional integrado por Diamela Eltit, Luis Zaror, Theodoro Elssaca, Faride Zerán, Isabel Baboun y Ana Harcha, tendrá la tarea de seleccionar a los ganadores, que serán publicados en un libro.
Esta iniciativa, que está teniendo buena respuesta, pretende fortalecer la conciencia de que la violencia instalada hace ya tantos años en la llamada Tierra Santa, en la Palestina histórica, debe detenerse y hacerse justicia. Por cierto, lo verdaderamente justo debiera ser la unidad del territorio palestino como era antes de la decisión de partirlo en dos.
Pero eso es casi imposible. Por ahora, los palestinos luchan por tres cosas: primero, recuperar el territorio asignado por Naciones Unidas; segundo, conseguir la paz con el vecino forzado; tercero, impulsar un proceso de desarrollo que permita al pueblo obtener su merecido bienestar.
La brutalidad de la violencia es tanta que cada vez más se extienden movimientos por el mundo pidiendo por la paz. Y en esa tarea, lo primero es que la guerra se detenga y luego buscar todos los entendimientos. Judíos del mundo entero claman en las calles de muchas ciudades: «En nuestro nombre no», para decir a los dirigentes de Israel que ellos actúan por sí mismos y no para defender a los judíos.
En el propio Israel y en muchos lugares, los manifestantes quieren el fin de la guerra y grandes intelectuales de la nación hebrea alzan sus voces contra el intento de exterminación de los palestinos promovido por el actual gobierno de Netanyahu.
Y en este contexto, artistas plásticos, cineastas, escritores del mundo entero se están expresando con su creatividad. Hay que detener la violencia cuanto antes. Lo piden en todo el mundo.
Los valores fundamentales de una sociedad armónica
Faltan, sin embargo, los gobiernos de los países más ricos, de mayor potencial bélico, de mayor poder en el planeta. Ninguno de ellos se está jugando por terminar esta situación. ¿Qué esperan? ¿Cuántos muertos más tendrá que haber? ¿O están esperando la eliminación completa de los palestinos?
Con todo, miro con pena y hasta angustia lo que sucede en el mundo. Las guerras y la violencia copan el escenario. En Estados Unidos se vive la irrupción de los sectores más conservadores, con el silencio ominoso de los que perdieron la elección y la estupefacción de los intelectuales que se ven incapaces de reaccionar.
Medidas brutales por temas muy variados sólo para demostrar el poder de un presidente que quiere recuperar el estilo imperialista que dominó en la primera mitad del siglo XX, en el estilo de esos conquistadores del oeste que a punta de pistola resolvían sus conflictos, ocupaban territorios en los que vivían comunidades antiguas, arrasaban con las culturas que no comprendían.
La guerra de Ucrania, el resurgimiento electoral de los grupos que promueven activamente el belicismo, la segmentación étnica, la persecución de los inmigrantes, sumado todo eso a las situaciones difíciles derivadas del crimen organizado y el comercio de la droga, agudizan las tensiones.
Son las resistencias de quienes quieren mantener un orden injusto, gobernar sin contrapesos, todo ello en una especie de desesperación a partir del creciente despertar de muchos sectores por la necesidad de la paz y la justicia.
Estamos en un punto crucial, en los años de las máximas tensiones. Por ello, es indispensable que quienes trabajamos con el arte, sobre todo los poetas, pongamos énfasis en nuestro trabajo respecto de los valores fundamentales de una sociedad armónica: paz, solidaridad, justicia, respeto por las personas.
Ante lo terrible que sucede, la construcción de lo hermoso parece ser indispensable.
Podríamos gritar por las calles: ¡Artistas de todas las artes, poetas de todas las formas, músicos y actores, unidos construiremos un mundo mejor!
Cuando se hacen concursos de poesía, como el que señalé, más allá de esa causa específica, lo que se está haciendo es llamar a las personas a tomar conciencia del papel propio que cada uno puede jugar en hacer el mundo, su mundo, un poco mejor cada día.
A lo terrible, opongamos lo hermoso. Ante la destrucción, propongamos creación. Ante el miedo, actuemos con amor.
POESÍA AMOR Y NUEVO MUNDO
El amor es el gran tema de la poesía del último milenio.
Como decía una joven poeta antes de leer sus textos hace
unos días, muchas veces tratan del desamor, del dolor del
amor, de la pérdida, del vacío. Y también los hay de alegría, de la
vivencia exitosa. O del recuerdo que se acaricia con esa nostalgia
hermosa que nace de los profundos sentimientos que han ido
anidando en el interior de cada uno.
En una época en que la violencia y el miedo se alzan como
argumentos de los que no quieren el cambio, la poesía ha ido
quedando postergada de los titulares. Por eso ha sido interesante
la iniciativa de la comunidad palestina de Chile de llamar a un
concurso de poesía en que el tema es la paz y la justicia en torno
a Palestina. Donde se enseñorean la guerra, el dolor, el hambre y
la injusticia, lo que se requiere es palabra de luz, de amor, de año-
ranza, de buenos deseos. Y la poesía puede aportar eso.
En medio de las convulsiones del mundo actual, nos pregun-
tamos con los poetas del amor: ¿Qué es el amor? ¿Cómo es el
amor? ¿Cuáles son las exigencias que nos plantea? Porque la
primera constatación acuariana es descubrir que ya no es obli-
gación amar a dios. Él no necesita que lo amemos, sino que lo
mágico es que él nos amó primero, poniendo en nuestra esen-
cia una semilla de su propia divinidad. Entonces nuestra tarea es
amar a nuestro entorno como él nos ha amado: poniendo ternu-
ra, creatividad, protección, nutrición, impulso, pasión.
El majestuoso poeta de la vida, Gonzalo Rojas, se pregunta:
“¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida o la
luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué es eso: amor?”
Silvio Rodríguez nos traduce la tarea del creador: “Debes amar la
arcilla que va en tus manos./ Debes amar su arena hasta la locura./
Y si no, no la emprendas que será en vano:/ sólo el amor alumbra lo
que perdura,/ sólo el amor convierte en milagro el barro.”
Busco en mi biblioteca y leo a Gioconda Belli, a la mexicana
Lina Zerón, entre mis apuntes reviso mis propios poemas, tantas
veces leídos en voz alta, y publicados en una quincena de libros
y muchas antologías.
El amor es una dimensión que acompaña al ser humano en su
proceso de desarrollo integral que cada vez adquiere más fuerza
e importancia. Pues ese amor que se da entre seres concretos y
no abstractos, en el entorno directo como son la pareja, los hijos,
los amigos, los parientes, los compañeros de jornada, aquellos
con quienes nos unen las emociones, el cuerpo, el pensamiento
y el espíritu, no es ni más ni menos que el más poderoso motor,
que se provee a sí mismo del combustible necesario, para mover
los deseos, las expectativas, las ideas, la transformación de las
personas y los cambios en la sociedad.
El amor es ni más ni menos que el mayor impulso al progreso
humano, en la medida que decimos “no al miedo y si al amor”. La
tarea que nos nace es sembrar amor para combatir el miedo y
de ese modo frenar el odio y la violencia de quienes quieren ser
dominadores. La valoración de mí y mi expresión hacia el exte-
rior se expresará como la forma suprema del amor y del enten-
dimiento, visto no desde la perspectiva individual sino personal,
es decir, de mi presencia en el mundo en relación activa y cons-
tante con los otros como yo. Sólo amo de verdad, cuando me
amo; sólo amo lo que ya he conocido.
Conozco al otro y me reconozco en el él y a él en mí.
En el mundo que estamos construyendo, en el Acuario que
nace, el amor se expresará en diversas dimensiones: como rea-
lidad social, y lo llamaremos solidaridad. Actos de amor por los
que no conozco, aunque conozca la realidad global de esas per-
sonas. Como realidad grupal, y lo llamaremos amistad o herman-
dad o amor filial. Como realidad de pareja. Y todo en un solo acto.
Repito entonces: en este proceso hermoso, la poesía juega
un rol fundamental. Parece que sutilmente se abre el tiempo
para que los poetas seamos leídos y escuchados.


