El cheque en blanco y el «negro de Harvard»

La ansiedad de mantener pequeñas cuotas de poder y seguir figurando, llevó a Huenchumilla, Aedo y otros, a renunciar a la posibilidad de generar algo distinto de las opciones polares que hoy se ofrecen, solo para satisfacer sus intereses y ambiciones.

Después de inscrita la candidatura de Jara, Francisco Huenchumilla declaró su inquietud porque aún no está listo el programa de gobierno de la candidata Jara, que él ha apoyado con gran entusiasmo tanto personalmente como por su calidad de presidente interino de la Democracia Cristiana. Dijo que no estaba dispuesto a firmar un “cheque en blanco”.

Candidata sin programa

Es probable que muchos jóvenes de este tiempo no sepan lo que es un “cheque en blanco”. El cheque es una forma de pago cada vez menos usada: se emite un papel con una orden para que el banco pague a determinada persona o al portador del documento una cierta cifra de dinero. Si en los espacios destinados a escribir la cifra no se dice nada, el que tiene el documento lo puede llenar por cualquier cifra.

Es parecido a firmar un contrato con espacios en blanco, confiando en que el último que firmará llenará correctamente lo pendiente. Los documentos en blanco son una prueba de confianza: “yo le doy lo que me pide sin más garantía que su palabra”, en la seguridad total de que el receptor hará lo que es correcto.

Jara aún no tiene programa concreto, salvo unas “líneas programáticas”. Sin embargo, él, junto a otros incumbentes, se la jugó porque la Democracia Cristiana apoyara a Jeanette Jara en un momento en que solo se conocía lo que ella había planteado en las primarias de la alianza gobiernista, que era el programa de su partido político.

Luego de ganar, ella dijo que ese programa sería rehecho con las ideas de los otros partidos y, sorprendentemente, para una militante comunista, se declaró “centro izquierdista” y la persona a quien ella encargó la redacción del programa le asignó el carácter de “socialdemócrata”.

Esas declaraciones – olvidando lo escrito y otras afirmaciones de la ganadora de esas primarias – bastó para que una mayoría de los delegados a la Junta demócrata cristiana la proclamara como su candidata, desechando la posibilidad de designar a una persona de sus filas.

Más que un cheque en blanco, el PDC le dio un apoyo irrestricto con la sola palabra de la candidata en cuanto a que se redactaría un programa considerando las ideas de los demás partidos.

La alternativa

¿Qué proponíamos los que estábamos por designar a un candidato de la DC?

Primero, formular un programa de gobierno basado en la visión doctrinaria, ideológica y política que la Democracia Cristiana tiene frente a los problemas del país, que fueran más allá de la urgencia, sin dejarla de lado, pero significara sembrar ideas para la construcción de una manera distinta de vivir en la sociedad chilena. Esa persona que tomara las ideas del partido, tendría por misión encabezar una propuesta que captara el interés de los votantes, aspirando entrar al balotaje.

Segundo, en el caso de no entrar a esa segunda vuelta electoral, tener capacidad de negociación con quienes sí lo hubiesen conseguido para, en ese momento y antes de dar el apoyo, generar un programa de gobierno con compromisos claros, ayudando a crear gobernabilidad para el país.

Había personas que podrían haber encabezado esa propuesta, alguien propuso al propio Huenchumilla. Como quienes querían seguir en el Congreso desecharon esa opción, un importante sector de militantes levantó mi nombre, a lo que accedí, convencido de la necesidad de fortalecer la propuesta de ideas que las malas directivas, los errores constantes y la acción de terceros habían dejado en el trastero. La Democracia Cristiana tiene muchos militantes y simpatizantes, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, capaces de estructurar programas y equipos para ponerlos al servicio de Chile.

Sin embargo, la ansiedad de mantener pequeñas cuotas de poder y seguir figurando, los hizo cambiar la posibilidad de generar algo distinto de las opciones polares que hoy se ofrecen, por sus intereses y ambiciones.

La oferta de Jara

Jara hizo muchas gestiones, personalmente y por intermediarios, para conseguir el apoyo de la Democracia Cristiana. Para lograrlo está dispuesta a declarar lo que le pidan, según el auditorio. ¿Por qué este interés tan grande en capturar a un partido con ideas diferentes y que nunca estuvo en la alianza gobernante?

Justamente por eso, porque la estrategia era generar una coalición que no se limitara a captar la adhesión de los partidarios del actual gobierno que, estando agrupados en ocho partidos más algunos independientes, necesitaban uno más para que se pudiera decir que su gobierno no sería continuista ni izquierdista en términos tradicionales.

Cuando a la Universidad de Harvard, al promediar el siglo XX, la criticaron por no tener en su cuerpo docente a personas de raza negra, designaron a un profesor para decir: “En Harvard hay negros”. La DC sería en este caso el equivalente a esa persona.

Pese a eso, la candidata Jara en las encuestas no llega siquiera al porcentaje de apoyo que ha tenido en promedio el gobierno de Boric y el entusiasmo de Huenchumilla, Aedo y otros, no ha modificado los porcentajes de adherentes.

La fe del carbonero

Con una confianza digna de mejor causa, la Junta Nacional de la Democracia Cristiana firmó ese cheque en blanco cuando descartó a su eventual candidato y apoyó a Jara. Ahora, cuando ya no es posible modificar la situación, se pone nervioso el senador DC, y pide programa cuanto antes.

La pregunta que me hago es: ¿Es creíble Jeannette Jara? Ella no conocía el programa con el que la presentó su partido y negó ser partidaria de proposiciones o juicios que estaban por escrito. Niega hoy el carácter democrático de Cuba que hasta hace un par de meses era parte de su credo.

No tiene claro lo que propone, pues se mueve entre opiniones personales, lo que aprendió en su militancia prolongada, lo que percibe que otros quieren escuchar, lo que le dicen sus consejeros.

Pese a todo ello, el cheque en blanco está allí sobre la mesa, firmado por todos quienes la han levantado como candidata, sin saber qué quiere hacer, qué es lo que de verdad piensa, cuáles son sus límites y propuestas. Con una fe digna de mejores causas, se le dio un apoyo del que tal vez podrían arrepentirse.

Hoy parecen dudar, cuando ya es tarde para volver las cosas al estado anterior en que se encontraban.

¿Será que los incumbentes temen no ganar los cargos para los que quieren ser reelegidos? Porque el 5% o 6% obtenido por la DC en elecciones previas, tal vez no se consiga con facilidad si se considera lo poco que este apoyo ha reportado a la beneficiaria de este.

Premio Nacional de Literatura: Perdió mi candidato

Ahora ganó Ramón Díaz Eterovic, hombre sencillo y a veces tímido, quien silenciosamente llegó a ser Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile y encabezando a los jóvenes narradores (junto a Diego Muñoz Valenzuela y otros) hizo grandes aportes con su trabajo artístico y organizativo.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 26.9.2025

Se eligió al Premio Nacional de Literatura 2025, rompiendo esa racha inconveniente de otorgarlo cada dos años.

La literatura y especialmente la poesía han sido las actividades más reconocidas de Chile a nivel mundial. Mistral y Neruda, seguidos de Gonzalo Rojas, Nicanor Parra y una enorme cantidad de poetas que van siendo premiados en distintos países de Europa y América, forman una pléyade que nos enorgullece.

Recuerdo, así a la ligera, los nombres de Ludwig Zeller, Luis Minzón, Sergio Macías, Jorge Teillier, Rosa Cruchaga, Estela Díaz Varín, Verónica Zondek, Hernán Lavín Cerda, Juan Eduardo Esquivel, Maritza Barreto y muchos más que en México, Uruguay, Estados Unidos, Italia, Francia, España, Inglaterra, Argentina, Cuba, son muy reconocidos.

Como dijeron algunos destacados escritores y comentaristas en aquella espectacular Conferencia Iberoamericana del Libro en Granada (1992), presidida por Julio María Sanguinetti, ser chileno en el mundo es casi sinónimo de ser poeta.

O como preguntó un niño de la escuela de un pueblo mexicano perdido en las montañas llamado Versolillo (porque lo fundó «un señor que escribía versos», me explicó el director de la Escuela) cuando llegamos con varias poetas chilenas a conversar con los alumnos: «¿Allá en Chile todos son poetas?». (Hasta ese día, esos niños pensaban que Gabriela Mistral era mexicana).

Y con los narradores ha pasado algo similar, unos más famosos que otros, unos que me gustan más que otros, pero con reconocimientos que llaman la atención.

De los antiguos Blest Gana, Manuel Rojas, Eduardo Barrios, Mariano Latorre y de los menos antiguos —y más vigentes— nombro en primer lugar a Isabel Allende Llona y sigo con Donoso, Edwards, Bolaño, Lucho Sepúlveda, Walter Garib (muy publicado en México especialmente).

La lista puede ser muy larga y en ella se insertan por supuesto muchos de quienes son reiteradamente postulados al Premio Nacional de Literatura con altísimos merecimientos.

Más estatuas y plazas con nombres de poetas

Porque la literatura en Chile, aunque se venda poco, es muy apreciada y el país tiene un sustrato de escritores que merece mejores y mayores reconocimientos, más difusión y más lectura. Un dato: no recuerdo con exactitud la cifra, pero al concurso de becas para escribir una obra literaria llegaron este año 2025, miles de proyectos de escritores nuevos y de los ya antes publicados.

Cientos de evaluadores deben trabajar en esa selección. Obras buenas y no buenas. (No me atrevo a decir malas, porque estoy seguro de que si Cien años de soledad se hubiese presentado al concurso, más de un evaluador la habría rechazado porque no usaba la puntuación adecuada del idioma castellano y su listado de personajes sería confuso).

Entonces, cuando yo postulé a Juan Mihovilovich fue en el convencimiento de que él merece ser premiado. Pero eso no significa que sea el único. He apoyado a otros, por la profusión de su obra, por la calidad de sus trabajos, por la originalidad de su estilo, por la variedad de temáticas y géneros que abordan. Presenté oficialmente en 1998 a Alfonso Calderón y ganó. Otros candidatos míos han perdido a veces para ganar después.

Ahora ganó Ramón Díaz Eterovic, hombre sencillo y a veces tímido, quien silenciosamente llegó a ser Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile y encabezando a los jóvenes narradores (junto a Diego Muñoz Valenzuela y otros) hizo grandes aportes con su trabajo literario y organizativo.

Compartimos tareas en épocas duras. Su aporte literario mayor, en mi opinión, es haber desarrollado lo que se llama «novela negra», aunque más bien es novela policial, creando un personaje que se ha hecho popular y haciéndolo en un nivel destacado. Es verdad que muchos lo antecedieron en ese género específico, pero él desarrolló sus obras con una calidad y perseverancia que lo hacen merecedor de reconocimiento.

Perdió mi candidato, pero celebro al premiado. ¡Salud por él!

Y salud por Juan Mihovilovich, Mario Toro, Ana María del Río y todos aquellos que han postulado y pueden volver a hacerlo hasta que algún día lo obtengan.

Salud también por nosotros, los demás escritores que quizás nunca ganaremos ese premio (ni otros, probablemente), pues no somos del gusto de críticos y académicos. Nos queda la alegría de celebrar con los premiados y saber que hay lectores a quienes nuestros textos los conmueven.

Mi biblioteca está llena de autores chilenos, sobre todo poetas, pero también narradores de calidad que tal vez nunca lleguen a ser suficientemente famosos. Pero su obra va quedando en la base de cultivo de una sociedad que algún día celebrará más a sus escritores y creadores que a sus militares, que tendrá más estatuas y plazas con nombres de poetas que de generales o caudillos.

Sueño con que un día en cada ciudad de Chile habrá una plaza de los escritores con placas recordatorios de los poetas, narradores y ensayistas locales. Sueño con que algún día el Premio Nacional, que seguirá siendo anual, se otorgará cada vez a un narrador, a un poeta, a un ensayista y a un dramaturgo.

Chile debe ese reconocimiento.

Muerte natural: El debate por la eutanasia

Ciertos moralistas católicos o de otras religiones, de los que se han hecho eco algunos políticos de distintos partidos, sostienen el argumento de que la persona tiene derecho a la vida hasta que se produzca el deceso o el fallecimiento de una forma normal o evidente en términos biológicos.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 19.9.2025

José Saramago escribió una gran novela que llamó Intermitencias de la muerte, que muchos entendimos que en la secuencia de sus novelas que titulaba como «ensayos», ésta debió haber sido el «Ensayo sobre la muerte».

A través de un relato imaginativo, el escritor deja caer sus ideas sobre la muerte, sus beneficios y problemas, sus consecuencias en la sociedad contemporánea, los negocios aledaños al acontecimiento, todo ello a partir de una propuesta: que la muerte decidió irse de la península ibérica. Ya no moriría más gente allí.

Eso hizo surgir nuevos negocios, tales como lugares para mantener personas que no morirían o agencias de tráfico de enfermos para que, cruzando la frontera, pudieran morir. El capitalismo, ante la quiebra de las funerarias, logró acomodarse.

No hay nada más notable, bello, conmovedor, maravilloso (mi mente me obliga a detener la sucesión de adjetivos) que la vida misma. Me encanta vivir, pese a las exigencias que ello conlleva y a ciertos dolores que me acompañan, algunos desde niño y otros que he ido obteniendo como condecoraciones por seguir viviendo (como las que le dan a los militares cada ciertos años por el hecho de mantenerse con vida).

Sin embargo veo con interés este debate que se ha suscitado a propósito del proyecto del gobierno de Chile sobre la llamada «eutanasia». Se la ha definido como «la intervención deliberada para poner fin a una vida sin perspectiva de cura», lo que se aplica a todo tipo de seres vivos, tanto animales como humanos.

La contrapartida es la cacotanasia o ensañamiento terapéutico empleando: «todos los medios posibles, sean proporcionados o no, para prolongar artificialmente la vida y por tanto retrasar el advenimiento de la muerte en pacientes con pronta extinción de la vida natural, a pesar de que no haya esperanza alguna de curación».

Todo esto, por cierto, se llena de argumentos de todo tipo, algunos de los cuales son éticos, otros prácticos y así se van desencadenando palabras, ideas, a veces expresadas con una vehemencia que nos gustaría ver en otras temáticas.

A veces se disfraza con palabras hermosas el negocio de la salud que, con su hotelería y cobros desmedidos para la mantención artificial de pacientes que lo único que desean es morir, tiende a incrementar sus utilidades.

 

Voto por la vida

La «eutanasia» es el buen morir, que lo entiendo como el derecho de una persona de decidir sobre su vida cuando padece de dolores o sufrimientos que no puede soportar, salvo al precio de ser sometido a sedaciones que le impiden llevar adelante su vida. Para ello, puede tomar caminos propios o simplemente pedir que cesen los cuidados paliativos que tienden a mantener con vida el cuerpo de un modo completamente artificial.

Si alguien quiere vivir así y lo puede solventar, ¡adelante, es su derecho! Pero si no lo quiere, ¿por qué no respetar su derecho a morir? De eso se trata el proyecto de ley: no de promover la muerte, sino de enfatizar la libertad personal frente a trances que nadie mejor que el propio sujeto puede definir.

Ciertos moralistas católicos o de otras religiones, de los que se han hecho eco algunos políticos de distintos partidos, sostienen el argumento de que la persona tiene derecho a la vida hasta que se produzca la muerte natural.

No me parece que sea un buen camino tomar iniciativas respecto de otros en cuanto a decir que la persona no debe seguir «sufriendo» y aplicar medidas para apurar o desencadenar la muerte. Pero sí soy partidario de la muerte natural, cuando la persona no puede vivir por sí misma y no quiere vivir con asistencias artificiales.

¿Qué es la muerte natural?

Es aquella que se produce por un proceso biológico, ya sea derivado de enfermedades u otras circunstancias que no sean factores externos violentos. Es decir, si soy partidario de ello en el sentido de que el propio enfermo no pueda decidir por sí mismo, tal vez, extremando el argumento, debiéramos oponernos a toda intervención externa, a veces incluso violenta, que esté destinada a la prolongación artificial de la vida.

Por ejemplo, una intervención quirúrgica (es decir el uso de armas blancas para herir el cuerpo y producir cambios en él) que permita poner un artefacto eléctrico para prolongar artificialmente la vida de una persona cuyo corazón «naturalmente» está dejando de funcionar. O, sustituir un órgano vital dañado por el que perteneció a otro ser que ya murió. Todo eso impide la muerte natural.

¿Nos gusta la muerte natural? ¿Ésa es la idea?

Entiendo la idea de impedir que un tercero, ya sea por amor u otra razón, tome la decisión de quitar la vida a otro ser humano, pues según su criterio —el del hechor— puede estar sufriendo. Eso se hace habitualmente en animales y se dice que se les hace «dormir», cuando en realidad se les mata.

Recuerdo el poema de Hernán Figueroa hecho canción, donde el patrón ordena al campesino que mate al caballo: «Hay que ayudarlo a que muera/ para que no sufra más». Y el campesino responde: «¿Cómo pretenden que yo/ que lo cuidé de potrillo/ clave en su pecho un cuchillo/ porque el patrón lo ordenó?/ Déjenlo no más pastar/ no rechacen mi consejo/ que yo lo voy a enterrar/ cuando se muera de viejo».

No matar, dejar vivir. Pero eso significa, como dice el campesino, dejarlo que se muera de viejo y no aplicar medidas artificiales para prolongar esa vida que la persona no quiere, que reducen su tranquilidad y dignidad a la nada.

Permitamos que las personas elijan morir, tanto de muerte natural (no más cuidados que no quiero) o pidiendo la ayuda adecuada (especialistas ayúdenme a morir para no sufrir.) ¡No obliguemos a quien no quiere a vivir en malas condiciones!

Muchos de los que se oponen a esta decisiones libres de una persona, argumentan «religiosamente», diciendo que Dios nos dio la vida. A ellos les diría que ese mismo Dios dio libertad a los humanos para decidir. Muchos de esos que se oponen a la eutanasia, desprecian la vida promoviendo la pena de muerte, las guerras, el uso de armas.

Les pregunto: ¿Y qué hay del argumento de la muerte natural cuando se ejecuta a un condenado al fusilamiento, la cámara de gas, la inyección letal o la silla eléctrica?

Voto por la vida, pero por la vida digna, justa, libre.

 

 

Premio Nacional a Delia Vergara: Más vale tarde que nunca

Si bien su liderazgo en la dirección de la revista «Paula», fue un gran aporte de la periodista chilena al desarrollo de las mujeres y a la valorización pública de sus contribuciones en variadas áreas, tal vez lo más importante de su trayectoria profesional haya sido la creación de «El Diario de Cooperativa».

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 14.9.2025

Un columnista decía hace unos días en un medio escrito que el Premio Nacional de Periodismo entregado a Delia Vergara Larraín (1940) es un premio tardío, porque ella ya tiene 84 años.

Delia, como ha sido muy destacado, es una periodista pionera en diversos campos, iniciativas y temáticas. Si bien la revista Paula fue un gran aporte al desarrollo de las mujeres y a la valorización pública de sus contribuciones en variadas áreas, tal vez lo más importante haya sido la creación de El Diario de Cooperativa.

Aquello tuvo varios méritos.

El primero fue crear un tipo de noticiario radial que no existía en Chile. Con el mismo formato de un «diario» impreso, organizó una difusión de noticias con diversas secciones, en una presentación ingeniosa, cuidando la calidad y veracidad de las informaciones entregadas.

Debo destacar que el equipo periodístico que ella organizó fue del más alto nivel, pese a la juventud de muchos de los periodistas que lo integraron. Guillermo Muñoz Melo, Patricio Vargas, Marianela Ventura, Manola Robles, Patricia Politzer, Felipe Pozo, Armando Castro, Ricardo Urzúa, Edgardo Reyes Saldías y muchos otros que fueron parte de esta tarea, recibieron de Delia una oportunidad valiosa, que requería de mucha valentía y minuciosidad en su labor.

El segundo, fue haberse atrevido a tratar con soltura, libertad, claridad y, sobre todo, veracidad los temas políticos y las situaciones de derechos humanos, cuando la única experiencia anterior en los inicios de la dictadura había sido Radio Balmaceda, emisora que fue clausurada justamente por atreverse a decir lo que otros callaban.

Muchos les debemos la vida a la gestión extraordinaria de esa radio, que se atrevía a denunciar los atropellos a los derechos humanos contradiciendo expresamente las órdenes de las autoridades civiles y militares.

Cuando Belisario Velasco e Ignacio González decidieron denunciar, por ejemplo, mi detención por parte de la DINA en presencia de testigos, contravenían una orden expresa de no informar situaciones de ese tipo.

Delia Vergara y el equipo que estaba a cargo de la parte administrativa y comercial de El Diario de Cooperativa decidieron correr el riesgo de seguir esa suerte y se la jugaron con singular valentía, audacia, conciencia de lo que hacían y respaldado en la calidad de un trabajo indesmentible.

 

Muchas veces lo pasaron mal, pero nunca claudicaron.

 

«Aquí tienes libertad»

Delia conducía con autoridad, criterio, ingenio y sentido de la aventura, al proponerse la introducción de conceptos periodísticos nuevos, como fueron las columnas de opinión en radio, mediante comentaristas que podían hablar con completa libertad. De eso doy testimonio.

Un día, al llegar a grabar mi columna, Delia me informó que la había llamado el ministro del Interior, Sergio Fernández Fernández, para decirle que si yo seguía atacando al gobierno la radio corría el riesgo de ser cerrada y yo sería expulsado del país.

La miré preguntando sin palabras sobre lo que me estaba proponiendo.

Ella me dijo:

—Tú sabes tus riesgos, yo sé los míos. Aquí tienes libertad.

En mi comentario denuncié la amenaza, sosteniendo que la verdad no podía ser silenciada, pues siempre había alguien para seguir proclamando la defensa de los derechos de las personas. No fui expulsado ni la radio sancionada.

¿Tardío el Premio Nacional? Si, tanto quizás como el de Gabriela Mistral en Literatura, a quien le fue otorgado seis años después de que había recibido el Premio Nobel.

Porque más vale tarde, que no hacerlo nunca.

Algo parecido hemos sentido muchos con el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales a José Bengoa. Cumplidos los 80 años, se reconoce el aporte intelectual, investigativo, reflexivo de este hombre osado y de pensamiento consistente, coherente y vigoroso, cuyos aportes en relación a los pueblos que habitaban América antes del arribo de los europeos y a la historia de Chile como nación han sido muy relevantes.

Con sus obras hemos sabido de las costumbres, los pensamientos, las tradiciones, la religiosidad, los valores y la tragedia de los habitantes de Chile al momento de la llegada de los españoles al territorio de lo que hoy es nuestro país.

Estoy de acuerdo que cuando los premios se entregan a muy avanzada edad del galardonado, puede parecer un reconocimiento tardío, en el sentido de que quizás esa persona yo no esté en plena producción de sus aportes a la sociedad y al mundo en general.

 

Pero, por otra parte, debemos coincidir con quienes entregan las distinciones que lo que se está premiando es una trayectoria y eso no se puede dar a alguien que está empezando la vida, a los que están comenzando a hacer aportes. Hay otros premios para ellos, tales como becas, financiamiento de proyectos, apoyo a actividades de diverso tipo.

No importa que sea tarde, peor es que nunca se reconozca.

Debiera haber un tipo de reconocimiento a esos cientos de intelectuales, escritores, creadores en general, profesores, en fin, que nunca recibirán el Premio Nacional, pero cuyos aportes deben quedar inscritos en la memoria chilena y cuyos aportes deben estar al alcance de los niños, los jóvenes y todos quienes quieran conocer a esa pléyade formada por personas que entregaron mucho a cambio de muy poco y que nunca buscaron el reconocimiento ni el agradecimiento de los demás.

Las enseñanzas de estos premiados han quedado grabadas en mi alma.

Recuerdo, como si fuera hoy, cuando dimos en 1995 a Delia una distinción por su contribución a la paz.

Ella nos dijo esa vez:

—Soy hija de la guerra. Por eso, estoy comprometida con la paz y me esfuerzo por hacerla real en mi vida y en el mundo.

Revivo aquella vez, en 1967, cuando Pepe Bengoa se acercó a mí para abrazarme, después de que alguien trató de justificar la invasión de las tropas de Israel a Palestina, y sin que mediaran palabras entendí que él sabía de mi dolor por la tierra de mis ancestros.

Si bien su liderazgo en la dirección de la revista «Paula», fue un gran aporte de la periodista chilena al desarrollo de las mujeres y a la valorización pública de sus contribuciones en variadas áreas, tal vez lo más importante de su trayectoria profesional haya sido la creación de «El Diario de Cooperativa».

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 14.9.2025

Un columnista decía hace unos días en un medio escrito que el Premio Nacional de Periodismo entregado a Delia Vergara Larraín (1940) es un premio tardío, porque ella ya tiene 84 años.

Delia, como ha sido muy destacado, es una periodista pionera en diversos campos, iniciativas y temáticas. Si bien la revista Paula fue un gran aporte al desarrollo de las mujeres y a la valorización pública de sus contribuciones en variadas áreas, tal vez lo más importante haya sido la creación de El Diario de Cooperativa.

Aquello tuvo varios méritos.

El primero fue crear un tipo de noticiario radial que no existía en Chile. Con el mismo formato de un «diario» impreso, organizó una difusión de noticias con diversas secciones, en una presentación ingeniosa, cuidando la calidad y veracidad de las informaciones entregadas.

Debo destacar que el equipo periodístico que ella organizó fue del más alto nivel, pese a la juventud de muchos de los periodistas que lo integraron. Guillermo Muñoz Melo, Patricio Vargas, Marianela Ventura, Manola Robles, Patricia Politzer, Felipe Pozo, Armando Castro, Ricardo Urzúa, Edgardo Reyes Saldías y muchos otros que fueron parte de esta tarea, recibieron de Delia una oportunidad valiosa, que requería de mucha valentía y minuciosidad en su labor.

El segundo, fue haberse atrevido a tratar con soltura, libertad, claridad y, sobre todo, veracidad los temas políticos y las situaciones de derechos humanos, cuando la única experiencia anterior en los inicios de la dictadura había sido Radio Balmaceda, emisora que fue clausurada justamente por atreverse a decir lo que otros callaban.

Muchos les debemos la vida a la gestión extraordinaria de esa radio, que se atrevía a denunciar los atropellos a los derechos humanos contradiciendo expresamente las órdenes de las autoridades civiles y militares.

Cuando Belisario Velasco e Ignacio González decidieron denunciar, por ejemplo, mi detención por parte de la DINA en presencia de testigos, contravenían una orden expresa de no informar situaciones de ese tipo.

Delia Vergara y el equipo que estaba a cargo de la parte administrativa y comercial de El Diario de Cooperativa decidieron correr el riesgo de seguir esa suerte y se la jugaron con singular valentía, audacia, conciencia de lo que hacían y respaldado en la calidad de un trabajo indesmentible.

 

Muchas veces lo pasaron mal, pero nunca claudicaron.

 

«Aquí tienes libertad»

Delia conducía con autoridad, criterio, ingenio y sentido de la aventura, al proponerse la introducción de conceptos periodísticos nuevos, como fueron las columnas de opinión en radio, mediante comentaristas que podían hablar con completa libertad. De eso doy testimonio.

Un día, al llegar a grabar mi columna, Delia me informó que la había llamado el ministro del Interior, Sergio Fernández Fernández, para decirle que si yo seguía atacando al gobierno la radio corría el riesgo de ser cerrada y yo sería expulsado del país.

La miré preguntando sin palabras sobre lo que me estaba proponiendo.

Ella me dijo:

—Tú sabes tus riesgos, yo sé los míos. Aquí tienes libertad.

En mi comentario denuncié la amenaza, sosteniendo que la verdad no podía ser silenciada, pues siempre había alguien para seguir proclamando la defensa de los derechos de las personas. No fui expulsado ni la radio sancionada.

¿Tardío el Premio Nacional? Si, tanto quizás como el de Gabriela Mistral en Literatura, a quien le fue otorgado seis años después de que había recibido el Premio Nobel.

Porque más vale tarde, que no hacerlo nunca.

Algo parecido hemos sentido muchos con el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales a José Bengoa. Cumplidos los 80 años, se reconoce el aporte intelectual, investigativo, reflexivo de este hombre osado y de pensamiento consistente, coherente y vigoroso, cuyos aportes en relación a los pueblos que habitaban América antes del arribo de los europeos y a la historia de Chile como nación han sido muy relevantes.

Con sus obras hemos sabido de las costumbres, los pensamientos, las tradiciones, la religiosidad, los valores y la tragedia de los habitantes de Chile al momento de la llegada de los españoles al territorio de lo que hoy es nuestro país.

Estoy de acuerdo que cuando los premios se entregan a muy avanzada edad del galardonado, puede parecer un reconocimiento tardío, en el sentido de que quizás esa persona yo no esté en plena producción de sus aportes a la sociedad y al mundo en general.

 

Pero, por otra parte, debemos coincidir con quienes entregan las distinciones que lo que se está premiando es una trayectoria y eso no se puede dar a alguien que está empezando la vida, a los que están comenzando a hacer aportes. Hay otros premios para ellos, tales como becas, financiamiento de proyectos, apoyo a actividades de diverso tipo.

No importa que sea tarde, peor es que nunca se reconozca.

Debiera haber un tipo de reconocimiento a esos cientos de intelectuales, escritores, creadores en general, profesores, en fin, que nunca recibirán el Premio Nacional, pero cuyos aportes deben quedar inscritos en la memoria chilena y cuyos aportes deben estar al alcance de los niños, los jóvenes y todos quienes quieran conocer a esa pléyade formada por personas que entregaron mucho a cambio de muy poco y que nunca buscaron el reconocimiento ni el agradecimiento de los demás.

Las enseñanzas de estos premiados han quedado grabadas en mi alma.

Recuerdo, como si fuera hoy, cuando dimos en 1995 a Delia una distinción por su contribución a la paz.

Ella nos dijo esa vez:

—Soy hija de la guerra. Por eso, estoy comprometida con la paz y me esfuerzo por hacerla real en mi vida y en el mundo.

Revivo aquella vez, en 1967, cuando Pepe Bengoa se acercó a mí para abrazarme, después de que alguien trató de justificar la invasión de las tropas de Israel a Palestina, y sin que mediaran palabras entendí que él sabía de mi dolor por la tierra de mis ancestros.