SEXTO TIEMPO: poesía de la diáspora

Se combinan el desapego, el desinterés de los poderosos, la estrechez del mercado y la escasez de los lectores de poesía, para impulsar a muchos poetas chilenos a diseminarse por el mundo. Esto fue pasando con insistencia desde los finales del siglo XIX y con más frecuencia en el siglo XX. Salvo contadísimas excepciones, los poetas chilenos salían por su propia cuenta y algunos de ellos, no pocos en todo caso, se fueron abriendo camino en espacios literarios de países de América y Europa. El exilio político al instalarse la dictadura acrecentó la diáspora y decenas de poetas se repartieron por el planeta.
Algunos regresaron, otros jamás. La obra de estos chilenos – se me vienen tantos nombres a la
memoria es de calidad y se inspiran en la tierra que los acoge tanto como en la de su origen.
Una tarde de septiembre de 1993, estando invitado por la comunidad de Illzach, un pequeño pueblo francés cerca de la frontera con Alemania, participé de una lectura poética con otros
cuatro poetas chilenos que vivían en Francia.
México ha sido una tierra de gran receptividad y tuve la suerte de conocer a muchos chilenos avecindados por esos lares, la mayoría de los cuales no ha regresado. Uno de ellos es Juan
Eduardo Esquivel, académico de vasta trayectoria que volvió a publicar al dejar sus tareas universitarias. Había publicado en Chile antes de su exilio, pero dejó de hacerlo para concentrarse
en lo académico, con la creencia errada de la incompatibilidad de las disciplinas. Pero, en fin, era joven. Viene a Chile cada vez que puede: años sabáticos; seminarios académicos; conferencias y… presentaciones de sus libros. Ahora ha venido a su país a presentar Sexto Tiempo, su más reciente poemario, editado en Chile por Marciano Editores. En Palacio Rioja de Viña del Mar y en la Sala Camilo Mori de la Feria Internacional del Libro de Santiago, fueron sus dos primeros encuentros para que lectores chilenos pudieran encontrarse con tan bella obra. No me cabe ninguna duda que este libro de Esquivel es la mejor de sus obras poéticas hasta ahora.
Desde que conozco su poesía la he admirado muchísimo y lo considero uno de los mejores poetas de este tiempo. Juan Eduardo Esquivel quedará registrado, con el transcurso de los años, como uno de los mejores de este siglo, aunque no sea hoy tan popular como otros. Pero así pasa con los poetas, muchos de los cuales consiguen fama y reconocimientos en Chile después de su muerte.
Éste libro de Esquivel es un libro de madurez. Su creación va en ascenso y se fusiona con la experiencia adquirida, con sus estudios de filosofía, con la certeza de que a cierta edad ya se ha
pasado la mitad de la vida y queda menos tiempo disponible, con la convicción de las muchas tareas cumplidas y la esperanza de llegar a término con las que restan. En sus obras descubrimos continuidad temática y lazos con el pasado. La experiencia del exilio (ha vivido en México más
tiempo que en Chile) lo lleva a buscar nexos permanentes con sus raíces ñuñoínas, con su paso por lo que hoy se llaman liceos emblemáticos, por la universidad (un ateo, agnóstico o por lo
menos poco creyente transitando en la pontificia universidad católica), y su militancia en la política.
Reconocido en la tierra de adopción, no ha renunciado a ser chileno y aun cuando muchos de sus giros lingüísticos y a veces las entonaciones mexicanas se le hayan contagiado, sigue gozando como un niño cuando vuelve a ver esta cordillera, este mar, estos campos y estos paisajes urbanos. Sobre todo, el paisaje humano, pues los rostros le resultan más cercanos.
Los primeros poemas del libro se encabezan con la palabra Arte, referido a distintas facetas de lo humano: existir, soñar, pensar, concebir, interpretar, preguntar (aparece con ese título en dos poemas), recordar. Y el arte de no morir, porque la muerte, lo misterioso, lo divino, dan vueltas por las líneas de este notable poemario. Pasado, presente y futuro están instalados en la memoria del poeta: “El pasado acompaña al imperdurable como un fantasma/ imperceptible y de naturaleza extraña” … para ter-
minar definiendo el recuerdo como un “arte mágico / que le vuelve a suceder al corazón”. El poeta dice, en el segundo arte de preguntar: “en todo caso fantasear con la muerte resulta inútil”. Y eso
es así, porque es de aquellos que creen que todos habremos de morir, acontecimiento del que no estoy del todo seguro como hecho futuro y cierto.
El poemario es provocador, despierta las ganas de leer y leer, de avanzar por esas páginas y buscar otros libros del autor. Provoca el deseo de escribir, de comentar, de reflexionar.
¿Es un libro filosófico? Sin duda. En estas páginas se combinan el profesor, el filósofo, el poeta, el homo ludens – según lo dice él mismo – y el creador con la palabra: “Pero cuando la voz se
atreve a ensayar el canto / halla los nombres del otro y de sí misma / para fundar en el decir de lo callado / el consistir de la existencia”.
Le inquieta el Nirvana: “Nada había llegado a inducirme / un estado de nirvana”. Y entonces aparece uno de los mejores versos de este magnífico libro: “¡Hasta que se hizo la poesía! / El silencio
de estar ausente en el cuerpo / aunque presente en la metáfora”.
Hay poemas reflexivos y poemas con humor, hay poemas largos y brevísimos, como aquel que titula” Vano Intento”: “El poeta
intenta ir al cielo de los poetas / pero escribe sobre los infiernos”.
Porque infiernos es lo que conoce el poeta: escribe sobre los dolores, sobre el desamor, sobre la muerte y el nacimiento inesperado, habla de las tragedias y los miedos, de los pesares. Y espe-
ra ser leído y escuchado, aunque en un momento de sinceridad
dramática el poeta Esquivel recuerda en su poema “La Tarea”: “Su tarea es escribir / escribir y reescribir / aunque sólo un amigo de la infancia / lea sus poemas”.
Por cierto, no es lo que le pasa a él, pero si a la mayoría de nosotros, los demás poetas.
Este libro de Juan Eduardo Esquivel es de aquellos que dan ganas de leer y releer. Es entretenido por la variedad de ideas, es profundo, pero también liviano. Se trata de una poesía inteligente y empática, en la que todos podemos gozar.
Todo revela que éste es un nuevo tiempo en su vida: el autor terminó la sexta etapa de su intensa existencia en el planeta. Ha iniciado la séptima etapa. Cuando la termine, tendremos un libro que se llame “Séptimo momento”.
Es un libro lleno de energía y entusiasmo, con el cual los jóvenes verán abrirse caminos en los que quizás no han pensado nunca y los que ya no somos muchachos podremos recuperar las ganas de experimentar el futuro en la vivencia de cada día, como si fuera el primero de otro instante y el último del anterior.

[Crónica] Los temas marginales

La educación (más bien la instrucción pública, que es lo que se intenta hacer) debe estar marcada por la inserción de los menores a la vida social sobre la base de valores, siendo el principal el respeto por sus semejantes y por el lugar geográfico en el cual habita.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 23.11.2025

Hace unos días leí a Alfredo Sfeir comentando sobre la campaña presidencial y, en términos más generales, sobre la política chilena. Lo que él plantea es que en los discursos y programas se pone énfasis en cuestiones en las que todos estamos de acuerdo que es necesario resolver: seguridad y bienestar económico.

No sorprende escuchar, con más palabras y pocos conceptos, la competencia desatada entre los dos finalistas de la contienda —orientada a captar a los electores que no votaron por ellos— afirmando que cada uno dará más seguridad o más crecimiento económico.

El problema de fondo es que se ha descuidado el fundamento y objetivo de todo ello: la persona humana que habita en los territorios y los territorios mismos. He aquí el meollo de las debilidades programáticas de todos los candidatos, pues se han olvidado que esos no pueden ser capítulos de un programa.

Me recuerda cuando, siendo decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Humanidades de la Universidad Andrés Bello, la junta directiva me preguntó la razón por la que no había en el plan de estudios un curso sobre los derechos humanos.

Les dije: «Si hay un curso, será una asignatura más que los alumnos tratarán de aprobar, un escollo en su carrera. Eso no sirve. Se equiparará al derecho Civil, Penal, Laboral o Tributario. Y eso no es así. En cada programa de asignatura intentamos que se trate con un enfoque de acuerdo con los derechos de las personas».

En resumen, cada rama del derecho debe contener la temática de los derechos humanos como sustento de todo el sistema de enseñanza.

La marcha más larga se inicia con el primer paso

Entonces, cuando se construyen los programas de las candidaturas, ese mismo tema, más la preocupación central por la persona humana como protagonista de la sociedad y la sustentabilidad del medio ambiente, deben estar presentes en el conjunto de las decisiones que toman los gobernantes, los legisladores y todo el aparato del Estado. El marco de trabajo de un país debe estar centrado en esta perspectiva: personas, territorio, medio ambiente.

La salud de las personas, entonces, no es un tema que pueda interesar principalmente a los «profesionales de la salud». Ellos deben atender personas. Siendo así, un médico a la cabeza de un Ministerio cumplirá sus deberes de sanador específico, pero su mirada estará marcada por la especialidad.

Sebastián Piñera nombró como su primer ministro de salud a un anestesista. No es necesario explicar más. Y ése ministro debe ser capaz de trabajar con los técnicos para que las medidas sean viables y eficaces, pero desde una orientación centrada en lo humano.

La educación (más bien instrucción pública, que es lo que se intenta hacer) debe estar marcada por la inserción de los menores a la vida social sobre la base de valores, siendo el principal el respeto por sus semejantes y por el lugar en que habita. Eso es formación cívica, que debe estar presente en cada asignatura y no en una específica para enseñar la Constitución.

Cuando hablamos de cultura, del desarrollo del arte, del deporte, no pueden ser compartimientos estancos, sino que deben estar integrados en forma eficiente y eficaz para lograr una formación completa y sólida de todos los miembros de la sociedad.

Lo que falta es mirada de conjunto.

Entonces, cuando vemos el presupuesto, la discusión se centra en si poner más dinero en los consultorios o en la cultura, en los policías o en los derechos humanos, en agregar o eliminar impuestos sin que importe para qué se usan.

Sin ir más lejos, toda la riqueza de Chile, que va desde sus creadores, sus profesionales, sus trabajadores de todos los ámbitos, sus bosques, sus ríos, sus tierras agrícolas, sus recursos mineros, debe ser cuidada con una visión integral y a partir de eso definir las pautas del crecimiento, el desarrollo, el bienestar.

Todas las personas, las que administran el Estado y las que están en el mundo privado, deben trabajar en esa consonancia. Hoy vemos que la ley puede ser violada por una persona hasta que la sorprendan y muchas veces es más barato pagar la multa que invertir correctamente.

Si seguimos así, en corto tiempo diremos, como parodia Sfeir: «Sorry, sorry», y la humanidad irá camino hacia su propia destrucción.

¿Podemos los chilenos cambiar el mundo?

Ya que está de moda China, digamos con su tradición: «La marcha más larga se inicia con el primer paso».

Si damos los primeros pasos, algo grande puede pasar para los siglos venideros.

Retorno a la poesía y al arte

Mientras algunos apagan incendios y otros simplemente pelean, los chilenos de todos los orígenes, jóvenes y mayores, podemos ir tejiendo esa arpillera, escribiendo ese verso, componiendo esa canción que relatará el pasado y el futuro, para recuperar la seguridad en nosotros mismos, la confianza en los demás, el amor por los cercanos y la expectativa de un país cada vez mejor y más contento.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 17.11.2025

Pasadas las elecciones del 16 de noviembre, muchos miramos con cierta sorpresa o desazón lo que ha sucedido. Que la derecha obtenga algo más que el 45 % que apoyó a Pinochet en 1988 o bien que alcance la votación que logró Sebastián Piñera en la elección de 2017, no nos puede sorprender.

Tampoco puede sorprender la votación de Matthei, pues ya Sichel había dado muestras de la decadencia de Chile Vamos hace cuatro años. La sorpresa es ese 20 por ciento que sacó Parisi, lo que sumado a los tres de escasa votación deja en claro que casi una cuarta parte del electorado no quiere nada con las formaciones tradicionales.

Y a eso puede añadirse que tanto Kast como Kaiser han roto con sus partidos de origen, es decir, lo que hoy es Chile Vamos, lo que nos indica que una enorme mayoría ha dicho basta a los esquemas políticos agotados. Jara no logra siquiera alcanzar el apoyo que tiene Boric.

Chile requiere un cambio de fondo y para eso este sacudón puede dejar en claro que los próximos cuatro años, difíciles gane quien gane, serán los últimos de una época del país en que seguiremos pegados a los conflictos de siempre, para luego abrirnos a nuevas expectativas en la forma de vivir.

Vi y escuché al Presidente Boric, acompañado por Camila Vallejos y Álvaro Elizalde, en la noche del domingo 16.
Este presidente, lector de poesía, escritor aficionado, hincha del fútbol y los deportes en general, ciclista, padre reciente, joven e inquieto, ha madurado como persona y como político.

 

Su discurso fue sereno, generoso, convocador hacia el futuro, evocador de la historia. Con sencillez reconoció la manifestación del pueblo y felicitó a los dos que pasan a segunda vuelta. Él sabe que lo más probable es que el ganador no sea Jara, quien ha hecho todo lo posible por mostrar que no será su continuadora. Bien, así podrá ser y quien llegue a La Moneda querrá hacer las cosas a su modo.

Este tiempo de Boric termina y, siendo tan joven, la vida le puede deparar muchos caminos, tanto en la política como en otros quehaceres.

 

Es hora de rescatar nuestras raíces

En estos casi cinco meses por delante el Presidente Boric deberá terminar sus tareas y preparar el traspaso para un gobierno que enfrentará muchas tareas complejas, siendo la mayor el cambio del estado de ánimo de un pueblo al que se le ha convencido de que vivimos en un ambiente horroroso, con el país quebrado económicamente y la violencia generalizada por las calles de las ciudades y los campos.

Hay problemas, serios y delicados, pero el país no está destruido ni tenemos las crisis de violencia, corrupción y debacles económicas que tienen otros países de este y otros continentes.

El pueblo chileno debe recuperar la confianza en sí mismo y no esperar que el trabajo sea hecho por líderes que dicen tener toda las respuestas. No olvidemos que los delincuentes violentos son parte del mismo pueblo, como los de «cuello y corbata» o «guante blanco» que estafan, lucran indebidamente y ayudan a que se extienda la corrupción. No perdamos de vista que los narco traficantes también son de acá y ellos existen porque hay muchos consumidores de drogas, como los hay de alcohol en exceso.

Pero, este pueblo también tiene música, cine, artes visuales, literatura, deportes. Es un país de muchos creadores —más creadores que lectores o visitantes de exposiciones— donde pasan muchísimas cosas interesantes e importantes.

El pueblo chileno —sus hombres y sus mujeres, de todas las edades— ha perdido de vista lo que es la política y ha aceptado los discursos desencantados de quienes sólo podrán enfrentar emergencias o cuestiones puntuales, pero que no han demostrado tener una mirada hacia adelante.

Con todo, es hora de rescatar nuestras raíces y de prepararnos para avanzar desde ya y sin perjuicio de quienes gobiernen, hacia una sociedad cuyo tejido social esté construido por el respeto, la libertad, la creatividad, la solidaridad.

En efecto, Chile no avanzará mirando sólo los hoyos del camino ni sólo con la vista en el futuro.

De esta forma, el país puede gestar, en los próximos cuatro años, un camino poético, con un relato nuevo: aquel en que nos encontramos varios que, unos mirando el camino para no caer y otros mirando el futuro para no empantanarnos en las urgencias solamente. Será una ruta en la que compartamos los valores fundamentales de los derechos humanos, los deberes cívicos, la honestidad, la libertad y la justicia.

Mientras algunos apagan incendios y otros simplemente pelean, los chilenos de todos los orígenes, jóvenes y mayores, podemos ir tejiendo esa arpillera, escribiendo ese poema, componiendo esa canción que relatará el pasado y el futuro, para recuperar la seguridad en nosotros mismos, la confianza en los demás, el amor por los cercanos y la expectativa de un país cada vez mejor y más contento.

Aunque nos demoremos un poco.

Por quién votar

Con un entusiasmo digno de mejores causas, el partido en el que milito decidió convertirse en hincha de una persona sin saber el rumbo que tomaría su proyecto.

El sociólogo Eduardo Reyes Saldías hace un interesante estudio –que él dirige principalmente a quienes somos militantes o han sido votantes históricos de la Democracia Cristiana– sobre las razones por las que alguien que cree doctrinaria y fácticamente en la democracia como sistema político, no puede votar por quienes han sido parte, partidarios, justificadores o promotores de las dictaduras como la que vivió Chile entre 1973 y 1990.

Me hace mucho sentido y reafirma mi decisión de no votar por ninguno de los tres que se vanaglorian de ello: Kast, Kaiser y Matthei.

Tampoco me es posible apoyar a Parisi, porque carece de contenidos y sus palabras son discursos de lemas y palabras altisonantes que intentan satisfacer angustias circunstanciales de ciertos sectores sociales, pero no dan ni siquiera para sustentar ideas de emergencia.

Marco Enríquez-Ominami, hábil, vivaz e inteligente, construye su discurso desde la mera descalificación de los otros y aunque muchas de sus afirmaciones pueden ser razonables, en la velocidad de sus palabras olvida contestar lo que se le pregunta y descuida la explicación acerca de cómo cree que puede conseguir aquello que estima que son las soluciones para Chile. No se ve detrás de él a personas y equipos capaces de seguir el ritmo de sus dichos ni solidez en sus propuestas.

 

Por otra parte, Eduardo Artés es un nostálgico de los discursos soviéticos cuando gobernaba Stalin, no por los métodos represivos, sino por esa esperanza de que el proletariado cambiaría la historia del mundo y mediante “planes quinquenales” (expresión de aquellos tiempos en la URSS) se podría lograr el desarrollo del país y la construcción de una sociedad justa. Votar por él es, como diría Joaquín Sabina, “añorar lo que nunca existió”.

 

Me quedan sólo dos candidatos. Yo quería que la Democracia Cristiana, partido con doctrina, trayectoria democrática, equipos profesionales, presencia sindical, discurso de cambio de modelo social y con una práctica política de contacto en la base social, recuperara sus propuestas y ofreciera al país una fórmula de encuentro de ideas y de emociones, de esperanzas y programas concretos, que pudiera alterar el pulso de la decadente, limitada y mediocre acción política chilena en una democracia cautiva y aparente, donde el pueblo organizado no tiene espacios para su protagonismo.

Pero en una Junta amañada, donde se negó el derecho a la palabra a quienes proponían este camino, en un estilo arbitrario, se impuso el mero afán electoralista de obtener espacio para sus incumbentes (el propio presidente del PDC que asume al ganar su tesis, entre ellos).

 

“Queremos cupos en la lista a cambio de nuestro apoyo”, fue la esencia del discurso. Y así se apoyó a una candidatura sin programa, que no tenía propuestas serias más allá de las consignas expuestas en las primarias del sector de apoyo al actual gobierno. Con un entusiasmo digno de mejores causas, el partido en el que milito decidió convertirse en hincha de una persona sin saber el rumbo que tomaría su proyecto.

Es decir, la Democracia Cristiana apoyó incondicionalmente a una candidata, tal como lo hizo en 2013, sin siquiera conocer el programa (esa vez el presidente del partido, Ignacio Walker, reconoció haberlo suscrito sin leerlo).

 

No voté por esa candidata en la primera vuelta porque temía que hiciera un gobierno como el que hizo: mediocre, opaco, sin rumbo claro, que borraba con el codo lo que escribía o recitaba en sus discursos y que terminaría como terminó: entregando el gobierno a la derecha por segunda vez. Ni siquiera tuvo la capacidad de autocrítica como para entender que las expresiones de rebeldía que surgieron en 2019 fueron incubadas por sus propias inconsistencias.

Si esa vez fui rebelde (apoyé a Alfredo Sfeir), no puedo serlo menos ahora, cuando veo que los acontecimientos me dieron la razón.

La candidata tiene varios aspectos que la hacen incluso inferior a “Bachelet 2013”. La ignorancia que ha demostrado respecto de las propuestas que la llevaron a ganar la primaria (más allá de los errores tácticos de sus contendores); las inconsistencias de sus dichos (un ejemplo basta: promotora de una “reforma previsional” que hace más fuertes a las AFP y que ahora insiste en que intentará eliminarlas); el “cosismo” al que reduce sus propuestas; las promesas livianas como si bastara con sus decisiones para conseguir resultados (el sueldo mínimo de 750 mil pesos), olvidando la existencia de un Congreso que debería aprobarlo.

Me han acusado, por otros artículos, de anticomunista. No lo soy, pero tampoco puedo hacerme el ciego o sordo cuando sabemos que el modelo que propone, en lo táctico y lo estratégico, en lo programático y en la acción política, dista con mucho de las propuestas de cambio y perfeccionamiento de la democracia chilena que buscamos los que creemos en la participación organizada del pueblo en la base social, la institucionalización de los mecanismos democráticos, la justicia, la libertad y la solidaridad como principios fundantes de una nueva manera de vivir en sociedad.

El “cosismo” de Jara permite sostener un discurso por un rato, pero no sirve para gobernar. Ya vemos lo que ha pasado con Frente Amplio y su alianza con el Partido Comunista y otros grupos que se autodenominan “socialismo democrático” (aceptando tácitamente que el socialismo de sus socios no es democrático).

A Boric no le ha ido bien no sólo por la oposición de la derecha, sino justamente por los errores de sus propios partidarios que lo han tratado con dureza, han votado en contra sus proyectos, han organizado acciones objetando sus decisiones. Incluso la propia candidata lo ha hecho en varias materias, a pesar de que haber sido parte del gobierno es lo que la impulsó a la posición que tiene.

Que la derecha se opusiera, era previsible. Pero que lo hicieran los suyos, podría haber sorprendido a los analistas más académicos. A mí no, porque conozco los libretos y a los actores del drama. Si a eso se añade los estilos de gobernar, no del presidente que se ha mostrado abierto a las correcciones, pero sí de muchos de los importantes funcionarios y dirigentes de los partidos, que han mostrado actos de soberbia; posiciones de desprecio por los demás; autoritarismo basado en una supuesta superioridad moral; y actos de corrupción, desorden e impericia, las expectativas resultan precarias.

No votaré por Jara.

¿Y Mayne-Nicholls? No lo conozco personalmente. Alguien me decía: “Es una buena persona, caballero, mesurado, eficiente en lo que ha hecho, pero eso no basta para ser un buen presidente”. Tiene toda la razón mi interlocutor, pero parece ser un buen punto de partida, sobre todo cuando es justamente lo que está ausente en otros que se han dedicado a construir propuestas sobre la base del “cosismo” y la descalificación de los adversarios.

 

Lo valioso de su propuesta está en el estilo. Ante la pregunta periodística de cómo piensa hacer las cosas que requerirán apoyo parlamentario sino tiene listas para el Congreso, su respuesta es simple: “Con todos los que quieran”. Lo primero que haré, dijo, será reunirme con todos los partidos. Desde ahí partimos, porque a él lo inspira otro espíritu.

Él no es un candidato hecho en maquillaje y escenografías: es un hombre directo, claro, sin pretensiones de perfección, que sabe que se equivoca, rectifica y se disculpa. Es una persona real, con ideas claras, pero que sabe conciliar. Como dice el proverbio árabe, es valiente sin ser temerario y es prudente sin ser cobarde. Sabe reír, sabe enojarse, no insulta, pero puede ser agudo en sus preguntas.

Creo que no será el gran presidente que conduzca a Chile al cambio que muchos esperamos, pero podría ser un presidente razonable, que ponga en marcha mecanismos de relación social en un país dañado por la agresividad, la violencia ambiente, la grosería, la vulgaridad.

Si es elegido presidente al menos detendrá esta caída ética que domina el ambiente de la política. Podría iniciar un proceso de concierto político que permita resolver los problemas (“cosismo”), pero también mirar con un poco de perspectiva lo que deberá venir en las próximas décadas.

Una presidencia así, en las que todos sientan que tienen espacio para contribuir, en la que el tono conciliador predomine, puede activar energías y espacios para la reorganización social, la revitalización de las instituciones y el avance en un cuadro de valores en que la justicia, la rectitud, el espíritu de colaboración, la libertad, el sentido del aporte del Estado, sean claves para las tareas por delante.

La educación requiere de miradas de mediano y largo plazo. La seguridad y la salud, de medidas urgentes. La economía de urgencias y proyección. Las relaciones internacionales de audacia, solidez y respeto. Todo hecho por personas que sepan, que tengan ideas nuevas y energías jóvenes que se combinen con la experiencia de tantas personas que pueden aportar.

Votaré por Harold Mayne-Nicholls.

¿Y en la segunda vuelta?

Eso es harina de otro costal.