El día después

El desarrollo de la elección en forma impecable deja en evidencia la seriedad con que la institucionalidad y los chilenos tomamos los procesos electorales. Más importante que eso, sin embargo, han sido los discursos de ambos candidatos al conocerse los resultados. ¿Será la actitud de Kast un “caballo de Troya”, como plantea alguien o un sincero esfuerzo por lograr acuerdos para que el país avance? ¿Serán las fuerzas derrotadas capaces de articular propuestas concretas para conseguir mayor justicia social y bienestar de todos?

La elección presidencial terminó con un resultado previsible –el triunfo de Kast sobre Jara– pero con una diferencia porcentual que excedió todos los cálculos. Algunos deseábamos que esa diferencia fuese más estrecha, por el temor de tener a un ganador excesivamente empoderado, dispuesto a aplastar a los adversarios y hacer retroceder al país en cuanto a los derechos sociales.

Las cifras (casi 18% de diferencia) no se explican sólo por el comportamiento de la candidata derrotada y su comando (es la candidata de la “no-derecha” con menor porcentaje en las definiciones de balotaje), sino por un cúmulo de situaciones que el electorado –digamos una gran mayoría del pueblo– quiso castigar.

Kast, contra todo pronóstico, ganó en todas las regiones del país y derrotó a Jara en muchas comunas en las cuales se esperaba que ella triunfara. Y donde triunfó, la candidata derrotada lo hizo con porcentajes mucho más estrechos de lo que se podría haber esperado.

El pueblo se pronunció, como dijo Jara, “en forma clara y categórica”, no dejando dudas sobre la opción. Los factores que influyen son muchos y no siempre inmediatos.

Buscando explicaciones

¿Es que acaso el pueblo se ha “derechizado”? ¿O es que la ultraderecha se ha convertido en una alternativa victoriosa como resultado del desencanto, la decepción y la desconfianza en quienes han manejado el país?

Las estrategias políticas de los que se opusieron a Pinochet incluyeron una relativización ética en sus acciones, sus renuncias, sus adaptaciones y sus decisiones de gobierno.

Ello, sumado al incumplimiento de las grandes promesas hechas desde la campaña de 1988 (“La alegría ya viene”) por los gobiernos concertacionistas; la carencia evidente de vocación verdaderamente democrática al asumir la Constitución pinochetista y el modelo económico sin mayores reparos; la debilidad demostrada en temas que requerían reformas profundas; los errores de este gobierno y el “fracaso de la superioridad moral” que proclamaban Jackson y otros; la falta de conducción política, de propuestas reales y el exceso de retórica; a lo que deben agregarse los problemas profundos que ha vivido nuestra sociedad por décadas, en cuanto a delincuencia, precariedades judiciales, injusticias sociales, problemas de vivienda, estado de crisis prolongado en la educación pública y la salud, han incidido en este escenario. Ya habrá oportunidad de profundizar en esos temas.

La fortaleza institucional y respeto político

Pero estas elecciones han dejado en evidencia varias realidades que, aunque probablemente nos parezcan obvias, no lo son en el contexto continental y quizás mundial.

Una elección de Presidente y Congreso, un balotaje posterior, sin que nadie reclame que ha habido fraude, es un verdadero orgullo.

El pueblo de Chile, en los escasos espacios de que dispone para incidir en las decisiones políticas, se expresa con serenidad, sentido republicano, valorización de su participación electoral. No sé si otro país del mundo puede exhibir con tanta claridad un proceso electoral con una votación limpia, un funcionamiento eficiente, escrutinios correctos y rápidos y la entrega de resultados definitivos en corto plazo.

 

Es verdad que la campaña fue muy ingrata para todos, con acusaciones, insultos, malos tratos y una agresividad descomedida de parte de todas las candidaturas (por lo menos 7 de las 8). De eso no cabe duda y muchos lamentamos que no hubiese surgido una fuerza capaz de poner otro tono.

Tal vez ese “tercer punto”, hubiera podido romper el esquema de “los dos grandes” representando posiciones extremas en el cuadro final, donde un alto porcentaje de votantes se encontraba sin más alternativa que elegir “por miedo al triunfo del otro”. Las caricaturas, en ese sentido, dieron más resultado a los que identificaban a Jara con Stalin que los que aluden a un eventual pasado hitleriano de los ancestros de Kast. Ni unas ni otras eran reales.

Boric y la tradición

La actitud del presidente Boric, su llamado al respeto y a la reafirmación de las tradiciones de Chile, en el sentido de hablar al país reconociendo los resultados –que, quisiera o no, involucraban un juicio a su gestión– y llamar a los candidatos para manifestarles su agradecimiento por la limpieza del acto y felicitar al ganador, demuestran algo profundo que está arraigado en la historia democrática.

Lo que quiero decir es que todos los presidentes posteriores a la dictadura, siguiendo el camino de sus antecesores elegidos por el pueblo, han hecho probablemente lo mismo. Kast atacó con dureza a Boric en todos estos años, desde la campaña del balotaje de 2021 y hasta esta misma semana, pero recibió el llamado del presidente y tuvieron una conversación respetuosa, en la que ambos afirmaron su voluntad de colaboración por el bien de Chile. Ni en Boric se notaba rencor ni en Kast prepotencia en su diálogo frente al país entero.

Los candidatos

Pese a todas las discrepancias de los dos candidatos y al trato duro que se dieron, ambos tuvieron actitudes destacables.

Lo primero: Jara llamó a Kast para reconocer su derrota y felicitarlo por el triunfo. No sólo eso: luego fue, acompañada de varios dirigentes, a saludar a Kast. Ya en 2000, en el balotaje, Lavín se apresuró en ir a saludar a Lagos que estaba en su comando. Esa tradición se mantiene.

Lo segundo es el discurso de Jara, llamando a renunciar a las tentaciones de hacer oposición cerrada, llamando a aprender de la derrota, teniendo una actitud vigilante para evitar retrocesos y de colaboración en los esfuerzos y proyectos en los que pueda haber coincidencias, rechazando desde ya toda forma de violencia en el ejercicio político democrático. Incluso Jara puso especial énfasis en reprender a sus partidarios para evitar el calificativo de “nazi” a Kast, para dejar de lado las caricaturas.

Tercero, el discurso de Kast –demasiado largo y retórico– en el que valoró el gesto y el discurso de Jara y llamó a sus partidarios a tener respeto por el adversario, prometiendo buscar diálogo, unidad y ser el presidente de todos los chilenos.

Lo valioso de estas palabras es que las dice cuando sus partidarios están enfervorizados y quizás querían oír un discurso más guerrero. Yo temía que en la euforia de la enorme victoria extremara su discurso, pero en lugar de eso lo moderó y tuvo una actitud en la que pareció más demócrata, más prudente, más sereno y más abierto que muchos de sus partidarios.

Lo que viene

Si bien, como dije, el desarrollo de la elección fue impecable y deja en evidencia la seriedad con que la institucionalidad y los chilenos tomamos los procesos electorales, más importante que eso, sin embargo, han sido las reacciones de ambos candidatos al conocerse los resultados.

¿Será la actitud de Kast un “caballo de Troya”, como plantea alguien o un sincero esfuerzo por lograr acuerdos para que el país avance?

¿Serán las fuerzas derrotadas capaces de articular propuestas concretas para conseguir mayor justicia social y bienestar de todos?

¿Cómo será el gobierno de Kast?

Hasta el 13 de diciembre yo tenía una interpretación a partir de la campaña. Hoy percibo algo diferente. Tal vez no sean las cosas como las hemos temido, sino que desde que asuma intente buscar soluciones consensuadas a muchos de los problemas que vive el país. Pese a su amor y admiración por Pinochet y Jaime Guzmán y a sus deseos de libertad para los condenados por delitos graves de lesa humanidad, es probable que no otorgue indultos y que acepte que los avances que han existido en estos más de 30 años no sean revertidos.

No nos engañemos: su escala de valores es la del sistema vigente, que, bajo la inspiración de Guzmán y los economistas de Chicago, combina un integrismo religioso con un liberalismo económico exento de límite éticos.

Esa combinación es difícil llevarla adelante en un régimen democrático (a Pinochet con su dictadura no le costó nada y estableció el autoritarismo más brutal, con una mirada integrista cristianizada y el neoliberalismo que impera hasta hoy) y tal vez justamente Kast deberá entender que es necesario fortalecer políticas sociales para mantener el apoyo y buscar medidas económicas que revelen ciertos límites, aunque eso signifique postergar o reorientar a ciertos inversionistas. Su posición, reiterada en la noche del triunfo, en cuanto a proteger los cielos del norte aunque eso signifique poner frenos a algunas inversiones proyectadas, revela que algo de eso está pasando por su mente.

Amanece el lunes 15 de diciembre.

Comienza un período en el cual el gobierno de Boric intentará cumplir algunas de las metas pendientes, mientras inicia los traspasos al próximo equipo gobernante.

 

Será el momento en que las altisonantes palabras del ganador en esta contienda bajen a la realidad, mostrando que el país no está estancado ni derrumbado, que Chile no se cae a pedazos ni todo es tan malo como se ha dicho. Al recibir las informaciones podrá darse cuenta de que no es necesario restablecer la legalidad, porque ella no ha sido afectada por el gobierno, sino por los particulares cuando no respetamos las normas del tránsito, las exigencias tributarias, la propiedad privada, las disposiciones de las autoridades.

No vamos a desconocer que en Chile hay problemas con un incremento de la delincuencia en las últimas décadas. Pero eso no se termina por un acto de voluntad.

Tal vez el futuro gobernante pueda entender por qué la policía uniformada no ha actuado como debería y recién ahora, cuando se termina el gobierno, está haciendo cosas que eludió cumplir por años.

Tal vez descubra que los casos de corrupción de esa policía y otras instituciones no son casos aislados, sino mucho más frecuentes y generalizados de lo que se ha querido dar a entender. Esperemos que la delincuencia no baje sólo en los noticiarios, como me decía un amigo, sino que en la realidad.

Será éste un tiempo para develar lo que es el Estado y él y sus cercanos podrán descubrir que “otra cosa es con guitarra”. Fue Boric quien, a los pocos meses de iniciado su gobierno, dijo: “las cosas son más difíciles de lo que parecían desde fuera”.

Por cierto, las cosas hay que hacerlas mejor. Y ésta puede ser una buena oportunidad de buscar la forma de mejorar el funcionamiento del Estado que, sin dudar, debe ser poderoso, eficaz, eficiente, sólido.

Lo que viene en la política puede ser algo muy interesante: 30 meses sin elecciones, tiempo para reorganizar los grupos, recuperar ideas y propuestas, promover organización e iniciar debates sobre el mundo que viene. Es el tiempo de ponerse pie y agruparse, reagruparse, organizarse, para buscar las soluciones profundas, a largo plazo, que no se agoten en el “cosismo” ni las urgencias, sino en la construcción de una nueva forma de vivir en Chile.

[Crónica] «La música de los domingos por la tarde»: En Concepción, ciudad húmeda y terremoteada

Esta nueva novela del autor chileno Gonzalo Garay Burnás es como la vida y por ende tiene de todo: hay humor, sarcasmo, violencia, viajes, trampas y alegrías, amor, sexo (con y sin amor), horrores profundos, decadencia moral, arte, entusiasmo, pasión y perversión.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 9.12.2025

Los medios de comunicación modernos están influyendo en la literatura, particularmente en la narrativa y en el ensayo. Mientras algunos autores defienden la novela más tradicional (los españoles Julia Navarro y Pérez Reverte, por ejemplo, o Isabel Allende, John Grisham, entre otros), los hay quienes dan rienda suelta a formas nuevas.

Desde el boom de 1967 parece que todo comienza a estar permitido. Rayuela y Cien años de soledad son dos obras maestras en las cuales todo se hace posible y la literatura inicia una revolución que no se ha detenido.

Hoy tenemos narradores que escriben guiones de películas. Capítulos de cuatro páginas para que el director pueda ir armando las escenas sin mayor dificultad (Código Da Vinci es el ejemplo más evidente).

La novela de Gonzalo Garay Burnás (Concepción, 1973), La música de los domingos por la tarde pareciera seguir el estilo más complejo de algunas series de Netflix. En lugar de ser un guion, recoge los relatos entremezclados que podemos ver en las pantallas, los que van dejando párrafos con huellas de un proceso que sólo termina de armarse al final.

Desde ese punto de vista la lectura a ratos se complejiza, pero va dejando lazos entre personajes y situaciones que no permiten al lector distraerse.

No conozco las otras novelas de Garay —que de haberlas, las hay— pero al menos ésta me ha interesado pues en las primeras páginas, al estilo de Crónica de una muerte anunciada, cuenta un elemento central de la trama, cuyos antecedentes se van develando poco a poco.

Varios relatores, personajes todos que se esclarecen en el proceso mismo.

Y más que el final, como debe suceder en las buenas novelas (a la inversa de los buenos cuentos), lo que importa es todo el desarrollo, donde los sujetos y los hechos se van dando a conocer tanto por sí mismos como por el relato que otros hacen de ellos.

 

Las galletas como parte central de la trama

El autor define su obra como un «ejercicio literario», aunque en realidad ya está listo para las competencias difíciles ante crípticos y lectores. Yo soy un colega suyo que oficia de lector con ánimos de comentar, en la idea de fomentar la lectura.

Una persona que leyó la novela antes que yo me dijo: «Es una obra provocadora y confesional sobre la locura, la moral y la redención». Sin duda, algo de eso hay.

El autor nos provoca con un lenguaje directo y largas disquisiciones éticas, descripciones de detalles, recuerdos, opiniones, dibujando un escenario múltiple, que se pasea por varios territorios, aunque será Concepción, ciudad terremoteada y húmeda, la sede central de los acontecimientos.

A ratos da la impresión de que el autor es parte activa de lo que cuenta, por cuanto el protagonista —uno de los protagonistas— es escritor y la primera persona del relator principal (hay otros relatores) así lo da a entender.

No puedo dejar de pensar en esa idea expresada por un estudiante de literatura que decía que los autores en verdad se describen a sí mismos y lo que cuentan es porque lo han hecho o al menos están dispuestos a hacerlo.

Lo que no me cabe duda es que este autor desafía a los lectores a imaginarse como si ellos fueran los verdaderos protagonistas y los sucesos de esta historia a veces oscura y tenebrosa, a veces atrevida y otras sorprendente y audaz, pudieran ser parte de su propia existencia, en cosas tan sencillas como comer galletas, ciertas galletas, adecuadas al clima lluvioso y tristón que toma la ciudad en ciertos períodos.

Con todo, la historia que cuenta la novela tiene a las galletas como parte central de la trama y al galletero como el eje de la moralidad cuestionada.

La novela de Garay es como la vida: tiene de todo. Hay humor, sarcasmo, violencia, viajes, trampas y alegrías, amor, sexo (con y sin amor), horrores profundos, decadencia moral. Es arte, entusiasmo y pasión, es la locura y la perversión, la maldad si como tal existe y la búsqueda incesante de una ternura que se escapa entre las líneas del texto y entre los dedos de los personajes.

El autor es un exjuez que sabe de crímenes y de horrores. Los que hemos sido abogados criminalistas sabemos lo terrible que son las realidades humanas que están tras la comisión de un delito.

Aunque el autor, este juez devenido en escritor (o a la inversa, no sé donde empezó el drama vital), goza con el relato de los crímenes (se nota que goza escribiendo), pero se introduce por los vericuetos de las culpas cuando el crimen no ha sido descubierto y entonces el propio criminal ni siquiera ha elaborado las necesarias teorías que podrían justificarlo.

Es un libro interesante, que con su título nos invita a esas tardes de domingo, sin partidos de fútbol ni cine, donde ponemos la radio para escuchar esas canciones que están a medio camino de las generaciones, casi siempre en inglés, que nos adormecen un poco.

Cuando yo era niño, era música orquestada. Ahora están Sinatra, Diamond, Dione, Stevens (musulmán y todo). Esa música impulsa la imaginación y la expectativa, a ratos la angustia de lo que se aparecerá el lunes por la mañana, emociones que se calman de las maneras más diversas, entre ellas leyendo novelas o perpetrando crímenes.

[Crónica] Más allá de toda duda razonable

¿Cómo no escribir unas líneas sobre la revelación de nuevas acusaciones infundadas en temas relativos a abusos sexuales al interior de los hogares o por parte de sacerdotes? Tan grave como hechos de tal envergadura, cuando son ciertos, es que se busque financiar organizaciones a través de denuncias falsas sólo para obtener la notoriedad que exigen quienes aportan ese dinero.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 4.12.2025

Cuando falta menos de una semana para la elección presidencial entre Jara y Kast, siento el deseo de escribir, pero el tema político llena mi mente invadiendo los otros temas que me interesan.

Me pregunto:

¿Cómo no escribir sobre la Feria del Libro? Acabamos de vivir esa experiencia e indudablemente saltan muchas ideas que me gustaría compartir con los interesados, partiendo por los organizadores. Cambiar elementos del modelo, buscar otro tipo de convocatorias, ver el papel que podemos jugar los escritores, acercarse a otros públicos.

Una de las ideas la escuché de un visitante: ¿Es necesaria una gran feria o podrían ser muchas ferias pequeñas a nivel comunal? Pero, mi experiencia muestra que no siempre son eventos tan concurridos.

¿Cómo no hablar, en los inicios de diciembre, cuando se recuerda la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sobre los temas de las guerras que afectan al mundo y los hechos de violencia delictual que constatamos en todos los países del planeta?

Porque lo que sucede en Palestina, la asolada tierra en la que nacen el inspirador del cristianismo y su grupo de seguidores iniciales, sigue siendo terrible aun cuando se hable de «cese al fuego».

Y los hechos de la invadida Ucrania no nos pueden dejar indiferentes, sin olvidar lo que sucede en Sudán y en otras regiones, donde dictaduras y seudo democracias construyen sus modelos aplastando a la población civil y a los que disienten políticamente de las autoridades.

¿Cómo no hablar de la corrupción en Chile, que se expresa no sólo en los casos de personas cercanas a lo público, en algunos funcionarios y otros particulares, sino en una especie de desprecio general por las normas.

Un exoficial de Carabineros se lamentaba de eso hace unos días en carta a un matutino: las leyes que no se cumplen, citando a las del tránsito (velocidad en calles y carreteras, uso de veredas por ciclistas, ocupación indebida de estacionamientos para discapacitados), a las que limitan la contratación de extranjeros, lo relativo a los impuestos, las ventas ilegales en las calles.

¿Cómo no escribir unas líneas sobre la revelación de nuevas acusaciones infundadas en temas relativos a abusos sexuales al interior de los hogares o por parte de sacerdotes?

Tan grave como hechos de tal envergadura, cuando son ciertos, es que se busque financiar organizaciones a través de denuncias falsas sólo para obtener la notoriedad que exigen quienes aportan ese dinero. Los casos abundan.

 

El siguiente empeño

¿De qué escribir, entonces?

Reviso mis artículos de los últimos 50 años y me doy cuenta que muchos temas que entonces denunciábamos siguen de cierto modo vigentes.

Es verdad que hoy no hay una violación masiva y sistemática de los derechos humanos por parte de agentes del Estado. Pero ese poder omnímodo que algunos sienten porque la ley los autoriza a usar armas y vestir uniforme sigue siendo notorio y el abuso de ese poder los lleva a gozar de ventajas que no tienen otros ciudadanos.

Y a eso podemos añadir que persistentemente vemos que policías o personal de Fuerzas Armadas, son sorprendidos en la comisión de delitos comunes. Eso está cada vez peor y nadie hace lo suficiente para poner fin a estas situaciones.

En esos viejos escritos, yo ponía la confianza en que cuando construyéramos una democracia de verdad, podríamos dar solución a los más graves problemas básicos, tales como salud, educación, vivienda, previsión; terminar con la corrupción a gran escala; disminuir el delito y trabajar por la reeducación de los delincuentes; proteger la infancia y la juventud del flagelo de las drogas; avanzar en el desarrollo de la cultura; lograr que las personas fueran más felices y la sociedad viviera con menos tensiones.

Hoy, que la democracia es «semi democracia», sin participación verdadera, sin compromiso, en que las decisiones quedan para cúpulas poco oxigenadas, con personajes encerrados sobre sí mismos, no hemos podido superar las lacras que dejó la dictadura, salvo quizás en cuanto a que ahora la corrupción puede conocerse y los dramas sociales no quedan ocultos. Pero los problemas verdaderos siguen sin resolverse.

Entonces, me pregunto: ¿Da lo mismo quien gane esta elección? No, porque Jara por lo menos asegura que habrá, tal vez con poco crecimiento, una valorización de lo conseguido y se mantendrán espacios para seguir avanzando en la democracia. Kast es todo lo contrario: seguir en el actual estado de cosas, donde la medida de la felicidad está en «tener más», con enriquecimiento de los ricos y sometimiento de los demás.

La duda mía hoy no es por quién votar —lo haré por Jara— sino como avanzar hacia una sociedad distinta, en que aniden la justicia, la fraternidad, la solidaridad, una nueva racionalidad y las necesidades básicas estén satisfechas con la mirada puesta en el pleno desarrollo de las personas.

En eso es el siguiente empeño.

 

 

 

 

 

No voto por Kast

Votar por Kast es estar dispuesto a reivindicar el oprobio de Pinochet al país, las desapariciones forzadas, los asesinatos, las prisiones arbitrarias, la persecución por las ideas, las limitaciones a la libertad de expresión en cualquiera de sus formas.

 
 
 
 
 
 

¿Por quién votar?

Kast representa con seriedad, con solidez, sin asomo de duda ni vacilación, la adhesión a lo que fue la dictadura derechista encabezada por Augusto Pinochet.

Él, como Kaiser, son la mejor expresión del pinochetismo, aunque hay que dejar claro que Kaiser es aún más directo y descarado.

Los que respaldaron o callaron en dictadura

Otra persona me hizo ver que yo había votado por Mayne-Nicholls quien confesó, tal cual, después de ser duramente interpelado, haber votado a favor de Pinochet en 1988.

Un 43% de los chilenos voto por el SI a Pinochet en esa ocasión, lo que no necesariamente los hace partidarios, especialmente si no son políticos. La mayoría no eran políticos, como el caso del propio Mayne-Nicholls y no cabe ninguna duda que el tenor de su discurso dista mucho de las posturas de quienes apoyaron o justificaron – algunos incluso colaboraron activamente – las atrocidades cometidas durante la dictadura en abierta violación de los derechos de las personas. Otros tantos se arrepintieron de su relación con el régimen y, unos pocos, incluso han pedido perdón.

 

Sin ir más lejos, la colaboración que algunos demócrata cristianos prestaron a las acciones conspirativas o manifestaron vacilaciones durante los dos primeros años del golpe, relativizando las acciones de violencia contra la población, fue perdonada por el pueblo y hasta por la izquierda más radical, llegando quien presidió la directiva del PDC en sus titubeos frente al tirano nada menos que a la presidencia de la República.

Los arrepentidos

Porque, en definitiva, quien se arrepiente puede ser perdonado.

Voté por Aylwin, ciertamente, no con agrado ni convencido de sus méritos, sino con la seguridad de que entre las opciones disponibles más valía un demócrata arrepentido de sus errores, que un continuador de la tiranía impuesta al país por la fuerza de las armas.

 

No podemos olvidar que en materia de arrepentimientos y actos de desagravio hemos tenido ejemplos notables, siendo uno de los más claros el simple hecho de que el vocero de la dictadura desde sus primeras horas fuera el que resultó ser el encargado de prensa del primer gobierno de la concertación.

O que los más feroces críticos del modelo económico implantado por De Castro y sus sucesores, se convirtieran desde sus cargos de gobierno en entusiastas partidarios del neoliberalismo imperante y que ninguno de los gobiernos desde 1990 hasta hoy haya hecho nada serio por terminar con el sistema previsional que ha lesionado a la mayoría de los chilenos, del cual están liberados solo los funcionarios públicos que tienen el uso exclusivo de las armas en forma legal, despreciando las propuestas de personas tan diferentes como Ximena Rincón y Ricardo Hormazábal, cuyas propuestas han sido de enorme seriedad.

Decido el voto

Pensando en eso y en el contenido de su programa, en su actitud y en su capacidad de enfrentar la corrupción en los lugares en que ha ocupado posiciones con grave daño para sí mismo, voté por Harold Mayne-Nicholls, a quien no conozco personalmente.

Pero no puedo votar por quien relativiza los derechos humanos, como lo ha hecho Kast en su trayectoria política y en su discurso permanente.

Votar por Kast es estar dispuesto a reivindicar el oprobio de Pinochet al país, las desapariciones forzadas, los asesinatos, las prisiones arbitrarias, la persecución por las ideas, las limitaciones a la libertad de expresión en cualquiera de sus formas.

Votar por Kast es aplicar un esquema moral, económico, social y político, que redujo a Chile en sus 17 años de dominación al más bajo crecimiento económico promedio, a la desafección ética; al predominio de la violencia contra quienes pensábamos diferente; al sometimiento y la instrumentalización del “poder judicial” para justificar todas sus acciones; a la generalización de formas de corrupción no sólo entre los funcionarios sino incluso en las Fuerzas Armadas y la policía uniformada; a la sumisión por terror de la Contraloría General, llegando a la abyección de nombrar como contralor a quien fue y luego volvió a ser su ministro del Interior.

Kast, apoyado por Kaiser y muchos de sus ex correligionarios de la UDI, visita a los condenados por violaciones a los derechos humanos no por el mandato cristiano de ir a ver a los presos y a los enfermos, sino porque empatiza con las razones y métodos de su actuar.

Krassnoff es sólo un símbolo. Kast mismo lo ha dicho: “no voy a ver a determinada persona, sino a todos”. ¿Estaba incluido en ese todos Manuel Contreras Sepúlveda, quien nunca se arrepintió de lo que hizo y dijo que si tuviera la oportunidad lo repetiría, pero “haciéndolo mejor”?

Kast miente en campaña

Kast basa su campaña en la frase de que el gobierno de Boric es un gobierno fracasado. Puede ser que haya fracasado en muchas cosas. Yo no he sido partidario del actual Presidente de la República y votaré por Jara sólo para atenuar las posibilidades del triunfo de Kast.

Pero no puedo permanecer en silencio cuando el candidato del Partido Republicano falta gravemente a la verdad para imputar a su contendora y al gobierno del cual ella formó parte el origen de todos los males.

Que este gobierno hizo que se desatara la delincuencia en Chile, como dice Kast, es falso. Ya Piñera en su primera campaña hablaba que los delincuentes tenían sus días contados y los resultados de sus planes están a la vista. Han pasado 15 años y las cosas están peor que entonces.

¿Culpa de Piñera, de Bachelet, de Boric, de los diputados y senadores? Sí y no, pero hay otros responsables y la culpa de los gobiernos ha sido no meter allí sus manos con fuerza, permitiendo que los mismos de siempre sigan dirigiendo las instituciones policiales. En fin, tema para otra columna de opinión, aunque sería mejor un ensayo.

Que la mala condición de la educación es responsabilidad de este gobierno es también una mentira. Juan Antonio Guzmán Molinari, último ministro de educación de Pinochet, declaró al terminar el periodo que ellos –los gobernantes por 17 años– habían cumplido sus metas de cobertura educacional en el país, pero quedaba pendiente la tarea de la calidad de la educación en lo que no habían avanzado. ¿Culpa de Boric?

Que el país está quebrado, que la pobreza y los déficits de vivienda se deben a las políticas de este gobierno. Falso. Las estadísticas reflejan que la bolsa de comercio alcanza niveles nunca logrados; que las utilidades de las empresas sobrepasan sus máximos históricos y siguen subiendo; que el crecimiento económico, que ha sido bajo, va subiendo en un marco de inflación controlada. Sobre el déficit de vivienda, es un tema histórico que no se ha podido solucionar.

Kast acusa a Jara de proteger a un abusador –Monsalve– tema en el cual ella no tuvo nada que ver ni para bien ni para mal. Pero no sólo eso, calla Kast que cuando un caso de abuso se presentó en su ministerio, ella no dudó un segundo es despedir a ese funcionario. En mi opinión ella se apresuró, pero no hay dato alguno que permita sostener que ella protege abusos de ninguna especie. El único abuso que habría protegido es el de las AFP, al encabezar una reforma que les regala un beneficio que las hace un 60% más ricas.

Kast ataca al gobierno por los casos de corrupción. Es verdad que hay mucha corrupción en el país, pero varios de los que lo apoyan a él están en situaciones en extremo delicadas desde el punto de vista procesal, con tantas acusaciones probadas como las de partidarios del gobierno.

Ningún candidato ha señalado las medidas que tomará para poner fin a esas situaciones y a muchas otras que, por su monto inferior o porque se refieren a instituciones con fueros especiales, no llegan a ser parte de las denuncias públicas y la acción de los tribunales.

Kast ha demostrado ignorancia –para ser benevolente no decir que huye de responder– cuando se le pregunta si acaso estaría dispuesto a indultar a los condenados de Punta Peuco y responde que le gusta la ley que promueven algunos senadores para que las condenas de ciertas personas en condiciones de deterioro se cumplan en su casa. Una cosa no tiene que ver con la otra.

La derecha

El tema no es que sea “derechista”, sino que a diferencia de Sebastián Piñera Echenique, él ha sido y es partidario del pinochetismo. Piñera fue opositor a la dictadura por las violaciones de los derechos humanos, como otros destacados derechistas (Jaramillo, Zepeda, Subercaseaux, Correa Letelier).

 

Kast fue opositor al gobierno de Piñera y se retiró de la UDI, pues la percibió como más cercana al centro, que fue la crítica que le formulo a Matthei en la campaña.

Él es más derechista: de aquellos que se sentirían cercanos a Jaime Guzmán y al sacerdote Osvaldo Lira, los que fueron partidarios del franquismo y dieron sustento ideológico a la dictadura. No olvidemos que el texto constitucional lo inspiró Guzmán, incluyendo el artículo 8º que permitía sancionar a las personas por sus ideas y el 24º transitorio que le daba poder represivo a la dictadura.

Lo que viene

Kast elude respuestas, los contenidos de su programa se diluyen en diagnósticos y en pautas de deseos, sin señalar medidas concretas (en las que Jara sobreabunda), pero prometiendo arreglarlo todo.

Tanto Jara como Kast tienen razón en cuanto a que hay que hacer modificaciones en la administración del Estado. Dificulto que alguno de ellos tenga posibilidad de hacer estas modificaciones si acaso lo que viviremos será nuevamente un amplio campo de improvisaciones.

Las mentiras reiteradas, la propaganda desatada, los errores del gobierno y sus aliados, están permitiendo que el pinochetismo vuelva por sus fueros, bajo el amparo de ese lema que Kast invoca y que está, lamentablemente todavía, en el escudo oficial de Chile: “por la razón o la fuerza”. Es decir, sino tengo la razón, aplico la fuerza, pero haré igual lo que quiero.

Chile merece mucho más que eso. Es necesario construir la paz, la armonía social, el desarrollo integral de las personas.

Y para eso, Kast no sirve.

La decisión electoral

En esta hora no podemos quedarnos impávidos viendo los riesgos para nuestra democracia. Votar por Jara es al menos una medida para asegurar que no habrá mayores retrocesos. Votar por Kast es retroceder.

En la primera vuelta, desde el momento en que no había un candidato que coincidiera con mis ideas –mi partido decidió no llevar candidato y apoyar a la candidata de otros incondicionalmente– voté por Harold Mayne-Nicholls, quien más se acercaba a mis planteamientos.

Otros anularon su voto. El problema es que el voto nulo no tiene efectos en sí (ni siquiera se informan) y lo que hace es de cierta manera ayudar al que tiene más votos.

Prefiero elegir, aunque me cueste mucho.

¿Por qué me cuesta escoger en esta contienda?

Porque se ha producido la tensión que quería evitar con mi búsqueda de un candidato DC: NO a los extremos de un abanico gastado, decimonónico, inmediatista, que olvida los temas trascendentes y se centra en las soluciones concretas para temas que parecen urgentes. No es que no haya que ocuparse de eso, sino que las soluciones no deben ser sólo para hoy, sino mirando en perspectiva, con una idea de lo que se pretende construir.

Chile necesita una propuesta de sociedad, un cambio de paradigma que nos permita crear una sociedad más justa, solidaria, participativa, libre y que permita el bienestar de todos los habitantes del país.

Las alianzas

A mí no me gustó la CODE de 1973 (alianza con la derecha) y no quise ser candidato de ese pacto, pero entendí su necesidad para evitar que una mañosa interpretación legal llevara a un sector a tener el predominio total del Congreso. Otro día revisaré más esa historia. Acepté que había que ceder cupos a partidos, como el comunista, que eran arbitraria e injustamente perjudicados por el sistema binominal que impuso la dictadura. Así lo hizo la DC y permitió la elección de diputados de otros grupos.

“Las alianzas electorales en democracia no son de nivel doctrinario”, nos recuerda Ricardo Hormazábal. En dictadura también es lícito hacer alianzas específicas para luchar por la democracia, siempre que no se acepten “todas las formas de lucha”. La tesis de la movilización social propuesta por la Democracia Cristiana en 1982, que no se agotaba en la “agitación callejera” apuntaba a avanzar hacia aquella sociedad más arriba caracterizada.

Las opciones

La coalición que encabeza Jara, tiene a un PC que no ha superado su porcentaje habitual, que tiene conflictos internos y es minoría en los planteamientos programáticos y lo será en el Congreso.

De ganar Jara, deberá ajustar su conducta a los límites que le impone el programa de más de 300 medidas concretas, que incluye la vigencia del sistema imperante en Chile, sin considerar cambios estructurales. No es el programa que llevó a las primarias y con el que ganó; si quiere ejecutar aquél, deberá quedarse sola con sus parlamentarios partidarios.

Por lo tanto, confío en que ella se atendrá a los términos a los que se ha comprometido de palabra y por escrito. La presencia de grupos políticos de un tono distinto, como la propia DC, ayudará a eso.

Kast, por otro lado, representa no sólo la mirada conservadora –que siempre es importante en la sociedad– sino sobre todo la añoranza de la dictadura de Pinochet y el riesgo de mantener los diques de contención al cambio profundo que la sociedad necesita.

Cuando dice que quiere “el cambio”, lo que propone es retroceder a ciertos parámetros de conducta política que apuntan en la línea de garantizar libertad económica a costa de la libertad política y de pensamiento.

Es evidente que en los 4 años de gobierno –en el caso de ganar– no podrá hacer todo lo que su discurso proclama ni tendrá facilidades para tomar medidas que requieren de respaldo legal. Pero podrá producir daños a la vida democrática impulsando los valores que hoy rigen el sistema neoliberal.

El avance de una nueva conciencia

El mundo está avanzando en una nueva perspectiva de civilización, las ideas despiertan en distintos lugares, junto a la decepción de millones de personas que han debido soportar los fracasos durante tanto tiempo, siendo siempre los mismos los más perjudicados.

En Chile, los decepcionados no votaron por ninguno de los que pasó a segunda vuelta, que suman menos de la mitad del electorado total y de los que sufragaron.

Esos millones deben ser rescatados, para encantar a la vez, a los que siguen a los extremos. Las ideas están, propuestas existen, pero es necesario generar organización en torno a ellas y traducirlas en medidas que puedan ser entendidas por todos.

Frente a eso, hay una resistencia de los grupos dominantes, que no quieren perder sus posiciones. La candidatura de Kast, como la de Kaiser y la de Artés, son parte de la ola de reacción desesperada de aquellos sectores nostálgicos de un predominio sin contrapeso que, en algunos países desde la ultraderecha y en otros desde una izquierda no democrática, impulsan a sus pueblos a las dictaduras.

Lo que vemos en Venezuela (donde el Partido Comunista venezolano se opone a la dictadura de Maduro); en Nicaragua, en El Salvador, en Ecuador, en Estados Unidos de Norteamérica, por sólo mencionar parte de lo que sucede, son claros ejemplos de lo que digo.

El cambio y la decisión

El verdadero cambio vendrá lentamente, demorará más de lo que creyó Eduardo Frei Montalva (que propuso su Revolución en Libertad), por los sucesos de los 20 años siguientes. Pero, debemos aprovechar el tiempo inmediato, para despertar a la sociedad civil, fortalecer a las organizaciones sociales y proponer medidas que apunten hacia un cambio profundo de las estructuras.

Mientras, hay que resolver: Votar por Jara es al menos una medida de asegurar que no habrá mayores retrocesos. Votar por Kast es retroceder.

 

Votar por Kast está en las antípodas del pensamiento democrático, pues a lo que apunta no es a un gobierno en que los ciudadanos seamos protagonistas, sino que todo estará en manos de un líder que se cree capaz de todas las respuestas sin necesidad de decir exactamente qué piensa hacer y cómo piensa lograr lo que insinúa como logros posibles de alcanzar.

Lo que quiere es asegurar el poder para un sector dominante históricamente e impedir el avance de la democratización. He leído su programa: diagnóstico y consignas, pero no hay propuestas ni medidas concretas, aunque su postura es “gobierno de emergencia”.

Jara no representa el riesgo de una dictadura comunista. Pero la derecha que encabeza Kast es el riesgo de la pérdida paulatina de la democracia.

Retomo la carta que Hormazábal ha enviado a sus amigos y camaradas: “No me quedaré en el balcón de espectador, mientras la derecha antidemocrática se toma el gobierno.”

No me quedaré sentado esperando que pase lo que sea, no asumiré esa indolente “independencia crítica y activa” con la que Aylwin se lavaba las manos en 1973. Llevados a instancias como ésta, hay que decidir. Y yo decido votar por Jara.

La esperanza

Puede ser el comienzo de una nueva fuerza que se encarne en el pueblo chileno, para tener respuestas para el hoy, conociendo la historia y sin olvidarla, pero sin perder de vista el futuro.

Eso no lo hace un líder, lo hacen las organizaciones de la sociedad.

Esta tarea será posible en la medida que, más allá de las alianzas electorales, nos pongamos de acuerdo para reconstruir un tejido social dañado por muchos años en los cuales se perdió la perspectiva de la importancia de la persona y de la vida en comunidad.

Votaré por Jara, por conciencia.

Mi esperanza seguirá puesta en un pueblo que, si bien hoy está cansado y decepcionado, habrá de despertar con fuerza si vislumbra los caminos para instalar entre nosotros otra forma de vivir.