No nos engañemos: la cruda verdad sobre izquierda y derecha

Los discursos de comentaristas y periodistas tienden a confundirnos al hablar de “izquierdas” y “derechas”, como si se tratara de muchos grupos distintos. Otros hablan de “centro izquierda” y de “centro derecha”. Ello no es más que una nomenclatura anticuada que no da cuenta de la realidad política ni abre perspectivas hacia el futuro.

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«En las cenizas»: Renacer para vivir el tercer ciclo de Saturno

La obra del abogado y escritor chileno Luis Alberto Soto es un libro conmovedor, importante, útil, hermoso, que nos devuelve la esperanza, la fe en la trascendencia (más allá de las creencias de cada uno), la confianza en el ser humano y destaca la importancia de dar una mirada holística del hombre, que integra lo emocional, lo intelectual, lo espiritual y lo corporal.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 30.1.2026

Mirando desde mi oficio de escritor y siendo inevitablemente un ariano con ascendente virgo, no puedo dejar de pensar (y decir) que el título de este libro (En las cenizas, de Luis Alberto Soto (Santiago, 1966), editorial Hueders) debió haber sido Desde las cenizas.

Porque da cuenta de la historia de un hombre que dos veces se hunde en el camino de la muerte lenta de una «larga y penosa enfermedad» —sutileza conservadora y un poco cobarde a fin de denominar al cáncer— para salir de ambas, desde las cenizas, tal como el Fénix mítico.

Es un libro entretenido, que se lee rápido, que cuesta dejarlo y nos convoca a una segunda y tercera lectura con lápiz en mano para marcar (o escribir en un cuaderno si el libro es prestado) todos aquellos detalles que revelan el sentir de una persona que pasa por estos trances difíciles y debe, además de vivir su enfermedad, soportar a muchos de los que lo rodean y que se duelen porque no entienden, por ejemplo, «lo doloroso que es tener un hijo enfermo» o lo insoportable que puede ser el egoísta «padeciente», quien desea tomar decisiones desde su propio ser.

Con todo, se trata de un libro descarnado y veraz, donde todo es cierto, desde los sentimientos, emociones e ideas que vive el autor, hasta los nombres de las otras personas que aparecen (esposa, hijos, amigos, parientes, menos los médicos).

Una especie de «diario de vida» o más bien una autobiografía limitada a un tiempo y a un tema central: dos procesos de cáncer que se viven en un recorrido de diez años.

Un libro de autoayuda excelente

El autor lo dijo en la presentación: que este libro lo escribió para él y no había pensado en publicarlo. Distintas situaciones lo llevaron a decir: «si escribí, tal vez el texto deba ser conocido». No lo dice, pero podría haber pensado que quizás su lectura le sirva alguien: a una persona que tiene un hijo o un padre enfermo, a otro enfermo, a un médico o profesional de salud que puede repensar su forma de relacionarse con el enfermo.

Me recuerda a El padeciente, escrito por el médico Miguel Kottow y que fue base para una película chilena del mismo nombre, en el cual relata los padecimientos sufridos por él a manos de sus colegas (y clínicas, con su personal) cuando estuvo enfermo.

Bien escrito, sin abundar en detalles innecesarios, pero sin ocultar nada. Los sentimientos del lector —que tenderá a identificarse con el escritor— van cambiando en el ritmo del relato y, aunque al escribir no lo piensa así, Luis Alberto Soto nos conduce por un camino de aprendizaje hermoso y útil.

Riendo, Luis Alberto nos dijo en el lanzamiento: «No es un libro de autoayuda, pero me gustaría que se vendiera como si lo fuera». Discrepo: es exactamente un libro de autoayuda, excelente. Mucho mejor que muchos de esos textos que están escritos con esa calificación y que tienen un 80 por ciento de páginas de relleno que se podrían obviar.

A la imaginación del lector

En este libro, que ayudará a cualquier lector (a mí mismo, en particular), no sobra ni una línea y sólo faltan algunos desenlaces que el autor deja abiertos a la imaginación del lector.

Así, el autor, avalado por la editorial, nos dice que es una novela. Nada de este libro lo hace ser una novela. ¿Le teme a la expresión «libro de autoayuda»? Bien, entonces diga que es una biografía, pues el gran mérito del texto, además de la fluidez de la escritura, está en que es verdadero.

Espero que en un próximo libro Luis Alberto Soto nos cuente cómo siguió su vida, cómo fue este renacer para vivir el tercer ciclo de Saturno (el Cronos griego, maestro duro y exigente), que cada veintiocho años nos pide cuentas de lo que hemos hecho. Porque en el inicio de la nueva vida se siembra lo que luego se habrá de cosechar.

Concluyo: es un libro conmovedor, importante, útil, hermoso, que nos devuelve la esperanza, la fe en la trascendencia (más allá de las creencias de cada uno), la confianza en el ser humano y destaca la importancia de dar una mirada holística del ser humano, que integra lo emocional, lo intelectual, lo espiritual y lo corporal.

UN APORTE PARA LA CULTURA

Cuando aparecía en el horizonte el signo de Acuario y un poderoso grupo de astros se reunía con el Sol (Plutón, Marte, Venus y Mercurio en Acuario), en nuestro Santiago de Chile, en el Campus Oriente de la Universidad Católica sucedía un evento que anticipa buenas noticias.
Ediciones UC publicó –como ratificación de su compromiso con Violeta Parra, el museo, la Fundación y el arte chileno– un libro que es ni más ni menos que el facsímil de los cuadernos que la propia Violeta escribió y que ella llamó “Libro I” y Libro II”.
Violeta Parra, en algún momento decidió empezar a dejar por escrito sus décimas y lo hacía con lápiz de grafito o, excepcionalmente, con lápiz de pasta azul. Esos cuadernos no eran un diario de vida, sino el registro de sus creaciones. Pero, al revisarlos en detalle podemos descubrir que en verdad además escribía en medio de páginas y décimas algunos recordatorios para su memoria inmediata: números de teléfonos, contactos y nombres de personas, listas de cosas por hacer o por comprar para que la carpa funcionara como es debido.
Lo que más llama la atención es que “la Violeta” como la mencionaba Isabel en su participación en el acto, escribió en el cuaderno los números de las páginas y los títulos de las décimas, antes de escribir los textos propiamente tales. Cuento esto, porque hay algunas páginas que solo tienen el título y no sabemos ni sabremos jamás si esas décimas escribió alguna vez. Dos títulos en blanco fueron “la Locura” y “La razón”. ¿Notable? ¿Sorprendente? ¿Conflicto no resuelto?
El libro es una verdadera joya estética y un valioso material histórico. Introducen Isabel Parra y Soledad Falabella, presentando el cómo y el porqué de este trabajo enorme. Luego de todo el material facsimilado, vienen las transcripciones en letras corrientes, donde la editora se ocupó especialmente de mantener las formas e incluso las inclinaciones en que están escritas las palabras en el original. Porque claro, en las fotografías del libro original, el lápiz suave y la letra a veces intrincada de Violeta Parra, no se lee bien. Pero el lector llegará a todos los detalles con ese trabajo adicional.
Los discursos de presentación fueron muy bien hechos; el acto cuidado, delicado, pensado y ejecutado con esmero. Inició los discursos el rector Juan Carlos de la Llera –asumido hace poco tiempo– quien enfatizó su compromiso personal con el arte y la cultura. Eso nos hace abrigar expectativas de los rumbos que puede marcar más decididamente la actividad de ese centro de estudios superiores.
Luego habló la Directora de Ediciones UC, quien relató muchos detalles de este trabajo y de la relación permanente que están teniendo con la Fundación Violeta Parra. Agregó, al finalizar su discurso, que ella creía interpretar correctamente a la Universidad al sostener que el dinero y los esfuerzos personales destinados a la cultura y el arte no constituyen gastos, sino inversiones en un sentido profundo. Porque la idea de este proyecto universitario, ya inmerso en la historia de Chile no es lograr rendimientos pecuniarios, sino contribuir de modo potente y positivo en el desarrollo integral de la sociedad chilena.

[Crónica] Tiempo de leer

El profesor Jaime Blume, cuando yo estaba en el colegio, nos enseñaba la diferencia entre el cuento y la novela: el primero de los géneros es como un texto, breve o largo, pero con un hilo conductor, y el segundo de los formatos —sin importar su extensión—, tiene varios hilos que se entrecruzan, con distintas tramas que dan cuenta de lo que pasa en la vida, donde nada es como una sola línea.

El verano, sobre todo febrero, parece ser tiempo de leer. Porque estamos de vacaciones, porque los que siguen trabajando pueden observar que baja el movimiento. El Metro —donde hay— y la locomoción colectiva van más vacíos y gracias a eso es posible ir leyendo con cierta comodidad.

Buen momento para detenerse y entrar en esas realidades distintas que nos cuentan los libros, novelas, cuentos, poesía. Digo «realidades distintas», para lo que hoy algunos llaman «ficción» (siguiendo, una vez más, las tendencias que impone el imperio del idioma inglés) y antes se decía simplemente «narrativa», que define mejor el género.

Narrar es un arte difícil, porque se requiere dar buena cuenta de lo que el escritor quiere decir y hacerlo de modo entretenido, es decir, con capacidad de retener la atención del lector.

El profesor Jaime Blume, cuando yo estaba en el colegio, nos enseñaba la diferencia entre el cuento y la novela. El cuento es como un texto, breve o largo, pero con un hilo conductor. La novela sin importar su extensión, tiene varios hilos que se entrecruzan, con distintas tramas que dan cuenta de lo que pasa en la vida, donde nada es como una sola línea.

Los mundos que se topan, las historias de unos y otros en las cuales hay relaciones diferentes, a veces contrapuestas a veces complementarias, pero que permiten al lector darse cuenta de lo que pasa con los personajes y de cómo las relaciones humanas son mucho más cercanas y con influencias recíprocas de lo que comúnmente se supone.

Con todo, la novela tendrá muchos desenlaces, algunos intermedios en el texto y otros que nos llevan a un momento en que como en un ballet nos presentan una concurrencia de personajes que se develan en la mayor intensidad.

Los límites del misterio de la vida

En mi opinión, que no soy experto literario ni crítico, sino sólo un escritor, la diferencia ente novela o cuento y relato radica en que el relato no requiere de un desenlace, en cambio en las otras dos formas narrativas sí. Por eso en mi libro Relatos de tanto tiempo hago concurrir cuentos y simplemente relatos, donde lo que más importa es el tránsito, que, muchas veces, es completamente previsible.

Por ejemplo cuando García Márquez en Crónica de una muerte anunciada nos relata los acontecimientos sucedidos en el pueblo en torno al asesinato de Santiago Nasar por parte de los gemelos Vicario. Es decir, se conoce al muerto y al asesino desde la primera página. Lo que importa no es eso, sino el contexto en que se desarrolla la vida que culmina con la primera página.

Esa «novela» es un relato maravilloso, que ha hecho escuela y que se sitúa en las antípodas de las obras policiales, particularmente de las de Agatha Cristhie y de Conan Doyle.

Leamos cuentos y novelas de tantos excelentes autores chilenos, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, con temáticas de todos los estilos posibles. No sólo busquemos a esos famosos, sino también a esa enorme pléyade de autores que no tratamos de ser candidatos a nada, pero cuyas obras están dando testimonio de una sociedad en movimiento.

No quiero herir susceptibilidades, pero sería absurdo no recomendar a algunos, y si no nombro a otros no es para zaherirlos ni desconocerlos, sino para incitar a los lectores de este medio a buscarlos en Internet, en las páginas de la SECH, del PEN Club, de las editoriales grandes y de las independientes.

Busquen a maestros y maestras de la narrativa como Walter Garib, Juan Mihovilovich, Virginia Vidal, Darío Osses, Pía Barros, Alejandra Basoalto, Teresa Calderón, Antonio Ostornol, Mónica Gómez, Reinaldo Marchant, Mario Toro Vicencio, Carmen Pérez Meyer.

También aprovecho de recomendar a algunas novelas y cuentos de autores nuevos que son publicados por esas decenas de editoras independientes, que raramente tienen cabida en las librerías formales pero que venden mucho por internet (yo mismo como editor, para no pecar de falsa modestia), que han presentado a jóvenes y mayores, hombres y mujeres, con textos que no deben ser ignorados, pues nos dan un panorama real de nuestro país. Es cosa de buscar un poco a través de la web.

Hay mucho que leer y recomiendo, de verdad, para salirnos de las series de TV y sacar la mente del trabajo, leer la narrativa chilena que es muy buena. Tal vez como lo argentina y la peruana.

Pero una palabra más sobre realidad y ficción. Cuando escribimos cuentos o novelas, salvo que sean autobiografías en que todo debe ser verdad, en cada párrafo de la historia hay mucho de cruda realidad y mucho de ficción.

Todo es verdad: porque lo que no ha sucedido —y tal vez no suceda en el mundo exterior conocido por el autor— es fruto de su inconsciente que, conectado al inconsciente colectivo nos cuenta cosas de otros mundos, de otras tierras, de otras épocas, que lo más probable es que sean reales y concretas en un tiempo y un espacio desconocidos para el autor.

El escritor traspasa misteriosamente los límites del misterio de la vida y penetra en los sentimientos de personajes que van adquiriendo vida hasta que pueden tomar rebeldías propias, como le sucedió a Miguel de Unamuno con Augusto Pérez (los Augusto siempre dan que hablar) en la «nivola» Niebla.

Ahora, si usted quiere gozar de los buenos relatos de los autores chilenos, le aconsejo que se relaje y entre cuento y cuento o entre capítulo y capítulo, lea un par de poemas de Juan Esquivel, Astrid Fugellie, Paola Tirapegui, Theodoro Elssaca, Carmen Gloria Berríos o, por qué no, de Jaime Hales.

Es un gran tiempo para leer.