Artículo octavo: una tenebrosa coincidencia

Después de haber avanzado durante los gobiernos democráticos del pasado reciente en la protección de los derechos de autor de los creadores de arte en sus diversas manifestaciones, en el Proyecto de Ley Miscelánea del gobierno de Kast, se entra en una fase de retroceso, que parece ser parte de una manera de entender la vida, donde lo único importante es lograr beneficios para los poderosos de la sociedad.

Aquel artículo octavo

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En 1980 la dictadura consiguió, mediante un plebiscito fraudulento, aprobar un texto constitucional. Era el diseño de Jaime Guzmán, apoyado en su redacción por Jaime del Valle, Sergio Fernández y Enrique Ortúzar. Se trataba de prolongar una situación compleja: con apariencias democráticas mantener el diseño de la dictadura, donde en definitiva todo fuera manejado por los que entonces mandaban políticamente y con apoyo militar, aunque fuesen minoría.

Parte sustancial del texto era el artículo octavo, que decía: “Todo acto de persona o grupo destinado a propagar doctrinas que atenten contra la familia, propugnen la violencia o una concepción de la sociedad, del Estado o del orden jurídico, de carácter totalitario o fundada en la lucha de clases, es ilícito y contrario al ordenamiento institucional de la República”.

Y agregaba en el inciso siguiente que: “Las organizaciones y los movimientos o partidos políticos que por sus fines o por la actividad de sus adherentes tiendan a esos objetivos, son inconstitucionales”.

¿A dónde se iba?

¿Qué es “atentar contra la familia” o sostener una concepción de la sociedad, del Estado o del orden jurídico, de carácter totalitario o fundada en la lucha de clases? Claramente se refería este texto en forma directa a la ideología marxista y, como lo habían sostenido los voceros de la dictadura y muchos jueces, son responsables de lo mismo quienes apoyaban, justificaban, permitían o se aliaban con los partidos de inspiración marxista.

En esos años se hablaba sin ambages sobre que esas doctrinas y las conductas derivadas eran terrorismo por el solo hecho de sostenerlas, aunque no hubiera actos de esa naturaleza.

El texto añadía que sería el Tribunal Constitucional quien establecería si las personas estaban en esa situación, probablemente a requerimiento de cualquier ciudadano, pues no se dice en el artículo. Luego venía la marginación completa por diez años de toda actividad política, agregándose que tampoco podían dirigir establecimientos de educación, ni enseñar.

En la misma línea se les prohibía desempeñarse en funciones relacionadas con medios de comunicación ni ser dirigentes de organizaciones “relacionadas con la educación o de carácter vecinal, profesional, empresarial, sindical, estudiantil o gremial en general, durante dicho plazo”. La reincidencia sería castigada con una pena correspondiente al doble: 20 años más.

Siguiendo la línea

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Como una tenebrosa coincidencia, el actual gobierno sigue con entusiasmo las aguas del pinochetismo, al que desde el propio presidente José Antonio Kast hasta muchos de los dirigentes y autoridades recién asumidas adhirieron sin límite. Estas personas no han dudado en justificar las más atroces violaciones de los derechos humanos.

Claramente temen –como Pinochet y Guzmán– todo aquello que guarde relación con el desarrollo de las artes, especialmente la música y la literatura, pues suponen que sus textos contienen elementos peligrosos para “la familia”, para la “moralidad” y, en definitiva, para la seguridad de la sociedad.

Pues los escritores y autores de letras de canciones –y por cierto también los pintores y dramaturgos– tienden a expresar contenidos en los que se expresa la libertad de pensamiento y una emocionalidad que cuestiona muchos aspectos de como vivimos, en la sociedad actual.

Lo mismo sucede con los que quieren estudiar en el extranjero para perfeccionarse, ya que se corre el riesgo de que reciban influencias o adoctrinamientos que tiendan a sostener ideas contrarias a la mirada oficial de hoy.

Esa mirada o enfoque de la vida social es el que sostienen los sectores más poderosos económicamente y que con sus recursos manejan muchísimas instituciones de educación (colegios y universidades) y casi todos los medios de comunicación.

Por eso, se han sugerido, orientado y decretado suspensiones de becas. Todo intelectual es sospechoso, no sólo los de las disciplinas sociales, pues no olvidan a personajes como Humberto Maturana que, siendo un gran científico, levantó su voz contra la dictadura.

Coincidencia, no casualidad

Estamos ante un nuevo artículo octavo, sobre el que quiero llamar la atención.

Para el caso de los escritores, músicos, cineastas, medios de comunicación escritos o no, se propone ahora en aquel proyecto misceláneo una norma que, coincidentemente, está en el artículo octavo.

No está de más decir que este tipo de proyectos que contienen materias diversas fue calificado por los dirigentes de la derecha como “cajón de sastre” y prácticamente fueron limitados. Sin embargo, en medio de medidas económicas y tributarias, se encaja una norma que agrega un artículo a la Ley de Propiedad Intelectual.

Allí se dice: “Es lícito, sin remunerar ni obtener autorización del titular, todo acto de reproducción, adaptación, distribución o comunicación al público, de una obra lícitamente publicada, cuando dicho acto se realice exclusivamente para la extracción, comparación, clasificación o cualquier otro análisis estadístico de datos de lenguaje, sonido o imagen, o de otros elementos de los que se componen un gran número de obras o un gran volumen de datos, siempre que dicha utilización no constituya una explotación encubierta de la obra o de las obras protegidas”.

El retroceso y el miedo

Es decir, después de haber avanzado durante los gobiernos democráticos del pasado reciente en la protección de los derechos de autor de los creadores de arte en sus diversas manifestaciones, como una manera de asegurar su libertad, la justa retribución por sus obras y, por lo tanto, la posibilidad de seguir creando, se entra en una fase de retroceso.

Porque piensan que los creadores pueden resultar peligrosos y que todos los escritores somos comunistas, izquierdistas o cualquier calificativo cercano. Eso a ellos, los que hoy gobiernan, les parece peligroso, de alto riesgo para sus intereses y sus propósitos no siempre reconocidos de resucitar el pinochetismo y las propuestas de Jaime Guzmán. Tienen miedo. Es cierto que, por ahora al menos, les faltará un “Contreras Sepúlveda” como lo tuvo Pinochet.

Alzando la voz

A este proyecto se han opuesto o al menos expresado dudas, incluso dirigentes de la derecha con convicciones democráticas, como el senador Cruz-Coke y muchos empresarios de medios de comunicación.

Otros prefieren callar y aún los hay que justifican y promueven este tipo de materias. Pues así van marginando a los creadores y comunicadores que no estamos de acuerdo con ese enfoque y sus obras pasarán quizás a una lista sospechosa, como sucede ahora en Estados Unidos en una especie de repetición sutil de lo que fue el descarado macartismo de la década iniciada en 1950. Se trataba de una persecución política a comunistas (ahora serían terroristas u otros enemigos), caracterizada por acusaciones sin pruebas, listas negras y audiencias televisadas, difamando a funcionarios, artistas e intelectuales, durante una etapa oscura liderada por el senador Joseph McCarthy.

Si a esto agregamos la disminución de presupuestos de proyectos, basada en simples prejuicios o en opiniones contrarias a su ideología que se ha ordenado y aplicado en el Ministerio de las Culturas, el Arte y el Patrimonio, podemos refrendar que estamos frente a una operación más global y dirigida a los peores objetivos.

Una mirada parcial

Artículos octavos que se orientan hacia la imposición de una sola mirada de la realidad.

Es una coincidencia el número –que en la tradición holística habla de la creación de nuevos órdenes– pero los textos reflejan claramente la intención.

Son quizás formas de expropiación encubierta de los derechos intelectuales, pero a diferencia de las expropiaciones de bienes raíces, esto se hace sin siquiera informar al expropiado.

Esta es una grave amenaza para el patrimonio cultural y la sostenibilidad económica de los creadores nacionales y constituye una falta de respeto a las personas que verán perjudicado su patrimonio cultural y, por qué no decirlo, económico.

Protesto enérgicamente y miro con inquietud todas las medidas que el gobierno está tomando o insinuando tomar: finalmente se favorece a los poderosos –a los que pertenecen a la elite– y se deteriora la vida en todos los planos a los sectores medios.

Es hora de que pongamos atención, pues el plan que se lleva adelante puede ser muy peligroso y nefasto.

Artículo octavo: una tenebrosa coincidencia

Después de haber avanzado durante los gobiernos democráticos del pasado reciente en la protección de los derechos de autor de los creadores de arte en sus diversas manifestaciones, en el Proyecto de Ley Miscelánea del gobierno de Kast, se entra en una fase de retroceso, que parece ser parte de una manera de entender la vida, donde lo único importante es lograr beneficios para los poderosos de la sociedad.

Aquel artículo octavo

En 1980 la dictadura consiguió, mediante un plebiscito fraudulento, aprobar un texto constitucional. Era el diseño de Jaime Guzmán, apoyado en su redacción por Jaime del Valle, Sergio Fernández y Enrique Ortúzar. Se trataba de prolongar una situación compleja: con apariencias democráticas mantener el diseño de la dictadura, donde en definitiva todo fuera manejado por los que entonces mandaban políticamente y con apoyo militar, aunque fuesen minoría.

Parte sustancial del texto era el artículo octavo, que decía: “Todo acto de persona o grupo destinado a propagar doctrinas que atenten contra la familia, propugnen la violencia o una concepción de la sociedad, del Estado o del orden jurídico, de carácter totalitario o fundada en la lucha de clases, es ilícito y contrario al ordenamiento institucional de la República”.

Y agregaba en el inciso siguiente que: “Las organizaciones y los movimientos o partidos políticos que por sus fines o por la actividad de sus adherentes tiendan a esos objetivos, son inconstitucionales”.

¿A dónde se iba?

¿Qué es “atentar contra la familia” o sostener una concepción de la sociedad, del Estado o del orden jurídico, de carácter totalitario o fundada en la lucha de clases? Claramente se refería este texto en forma directa a la ideología marxista y, como lo habían sostenido los voceros de la dictadura y muchos jueces, son responsables de lo mismo quienes apoyaban, justificaban, permitían o se aliaban con los partidos de inspiración marxista.

En esos años se hablaba sin ambages sobre que esas doctrinas y las conductas derivadas eran terrorismo por el solo hecho de sostenerlas, aunque no hubiera actos de esa naturaleza.

El texto añadía que sería el Tribunal Constitucional quien establecería si las personas estaban en esa situación, probablemente a requerimiento de cualquier ciudadano, pues no se dice en el artículo. Luego venía la marginación completa por diez años de toda actividad política, agregándose que tampoco podían dirigir establecimientos de educación, ni enseñar.

En la misma línea se les prohibía desempeñarse en funciones relacionadas con medios de comunicación ni ser dirigentes de organizaciones “relacionadas con la educación o de carácter vecinal, profesional, empresarial, sindical, estudiantil o gremial en general, durante dicho plazo”. La reincidencia sería castigada con una pena correspondiente al doble: 20 años más.

Siguiendo la línea

Como una tenebrosa coincidencia, el actual gobierno sigue con entusiasmo las aguas del pinochetismo, al que desde el propio presidente José Antonio Kast hasta muchos de los dirigentes y autoridades recién asumidas adhirieron sin límite. Estas personas no han dudado en justificar las más atroces violaciones de los derechos humanos.

Claramente temen –como Pinochet y Guzmán– todo aquello que guarde relación con el desarrollo de las artes, especialmente la música y la literatura, pues suponen que sus textos contienen elementos peligrosos para “la familia”, para la “moralidad” y, en definitiva, para la seguridad de la sociedad.

Pues los escritores y autores de letras de canciones –y por cierto también los pintores y dramaturgos– tienden a expresar contenidos en los que se expresa la libertad de pensamiento y una emocionalidad que cuestiona muchos aspectos de como vivimos, en la sociedad actual.

Lo mismo sucede con los que quieren estudiar en el extranjero para perfeccionarse, ya que se corre el riesgo de que reciban influencias o adoctrinamientos que tiendan a sostener ideas contrarias a la mirada oficial de hoy.

Esa mirada o enfoque de la vida social es el que sostienen los sectores más poderosos económicamente y que con sus recursos manejan muchísimas instituciones de educación (colegios y universidades) y casi todos los medios de comunicación.

Por eso, se han sugerido, orientado y decretado suspensiones de becas. Todo intelectual es sospechoso, no sólo los de las disciplinas sociales, pues no olvidan a personajes como Humberto Maturana que, siendo un gran científico, levantó su voz contra la dictadura.

Coincidencia, no casualidad

Estamos ante un nuevo artículo octavo, sobre el que quiero llamar la atención.

Para el caso de los escritores, músicos, cineastas, medios de comunicación escritos o no, se propone ahora en aquel proyecto misceláneo una norma que, coincidentemente, está en el artículo octavo.

No está de más decir que este tipo de proyectos que contienen materias diversas fue calificado por los dirigentes de la derecha como “cajón de sastre” y prácticamente fueron limitados. Sin embargo, en medio de medidas económicas y tributarias, se encaja una norma que agrega un artículo a la Ley de Propiedad Intelectual.

Allí se dice: “Es lícito, sin remunerar ni obtener autorización del titular, todo acto de reproducción, adaptación, distribución o comunicación al público, de una obra lícitamente publicada, cuando dicho acto se realice exclusivamente para la extracción, comparación, clasificación o cualquier otro análisis estadístico de datos de lenguaje, sonido o imagen, o de otros elementos de los que se componen un gran número de obras o un gran volumen de datos, siempre que dicha utilización no constituya una explotación encubierta de la obra o de las obras protegidas”.

El retroceso y el miedo

Es decir, después de haber avanzado durante los gobiernos democráticos del pasado reciente en la protección de los derechos de autor de los creadores de arte en sus diversas manifestaciones, como una manera de asegurar su libertad, la justa retribución por sus obras y, por lo tanto, la posibilidad de seguir creando, se entra en una fase de retroceso.

Porque piensan que los creadores pueden resultar peligrosos y que todos los escritores somos comunistas, izquierdistas o cualquier calificativo cercano. Eso a ellos, los que hoy gobiernan, les parece peligroso, de alto riesgo para sus intereses y sus propósitos no siempre reconocidos de resucitar el pinochetismo y las propuestas de Jaime Guzmán. Tienen miedo. Es cierto que, por ahora al menos, les faltará un “Contreras Sepúlveda” como lo tuvo Pinochet.

Alzando la voz

A este proyecto se han opuesto o al menos expresado dudas, incluso dirigentes de la derecha con convicciones democráticas, como el senador Cruz-Coke y muchos empresarios de medios de comunicación.

Otros prefieren callar y aún los hay que justifican y promueven este tipo de materias. Pues así van marginando a los creadores y comunicadores que no estamos de acuerdo con ese enfoque y sus obras pasarán quizás a una lista sospechosa, como sucede ahora en Estados Unidos en una especie de repetición sutil de lo que fue el descarado macartismo de la década iniciada en 1950. Se trataba de una persecución política a comunistas (ahora serían terroristas u otros enemigos), caracterizada por acusaciones sin pruebas, listas negras y audiencias televisadas, difamando a funcionarios, artistas e intelectuales, durante una etapa oscura liderada por el senador Joseph McCarthy.

Si a esto agregamos la disminución de presupuestos de proyectos, basada en simples prejuicios o en opiniones contrarias a su ideología que se ha ordenado y aplicado en el Ministerio de las Culturas, el Arte y el Patrimonio, podemos refrendar que estamos frente a una operación más global y dirigida a los peores objetivos.

Una mirada parcial

Artículos octavos que se orientan hacia la imposición de una sola mirada de la realidad.

Es una coincidencia el número –que en la tradición holística habla de la creación de nuevos órdenes– pero los textos reflejan claramente la intención.

Son quizás formas de expropiación encubierta de los derechos intelectuales, pero a diferencia de las expropiaciones de bienes raíces, esto se hace sin siquiera informar al expropiado.

Esta es una grave amenaza para el patrimonio cultural y la sostenibilidad económica de los creadores nacionales y constituye una falta de respeto a las personas que verán perjudicado su patrimonio cultural y, por qué no decirlo, económico.

Protesto enérgicamente y miro con inquietud todas las medidas que el gobierno está tomando o insinuando tomar: finalmente se favorece a los poderosos –a los que pertenecen a la elite– y se deteriora la vida en todos los planos a los sectores medios.

Es hora de que pongamos atención, pues el plan que se lleva adelante puede ser muy peligroso y nefasto.

Un Premio Nobel y 600 académicos israelíes rompen silencio: la violencia de colonos israelíes en Cisjordania es terrorismo de Estado

blecida como obligación por la Convención de Ginebra y reafirmada por la CIJ; embargo sobre el comercio con los asentamientos israelíes ilegales; suspensión de acuerdos de asociación preferencial con la Unión Europea; reparaciones integrales a la población palestina, incluyendo restitución de tierras y propiedades desde 1967, compensación económica y retorno de los desplazados; y cooperación obligatoria con las investigaciones de la CPI y los mecanismos de la ONU.

Y los Estados que continúen prestando apoyo a la ocupación israelí —vendiéndole armas, bloqueando resoluciones en el Consejo de Seguridad, manteniendo comercio preferencial con asentamientos israelíes— estarían, según la propia CIJ, en riesgo de convertirse en cómplices de actos internacionalmente ilícitos.

Lo que los académicos israelíes pusieron en palabras

Hay algo en esta carta que va más allá del catálogo de violaciones. Es el reconocimiento, desde adentro de Israel, de que la violencia de colonos israelíes no es un problema de «manzanas podridas». Es política de Estado.

Los expertos en derecho internacional son precisos en este punto. La académica Mais Qandeel, de la Universidad de Örebro, argumenta que sancionar a colonos israelíes individuales mientras el Estado continúa operando es un error de atribución jurídica: la responsabilidad es estatal, no individual. El Instituto Lieber de West Point recuerda que el artículo 43 del Reglamento de La Haya obliga a Israel, como potencia ocupante, no solo a abstenerse de la violencia sino a proteger activamente a la población ocupada y a no tolerar tal violencia por parte de ningún tercero.

Los expertos independientes de derechos humanos de la ONU lo expresaron con una claridad que pocas veces se escucha en el lenguaje diplomático: «La violencia masiva y los brutales ataques de colonos israelíes armados no pueden ser descartados como acciones de unos pocos funcionarios descarriados. Están siendo auxiliados y avalados por el Estado en todos sus niveles. Cada rama del Estado israelí —el Ejecutivo, el Parlamento y los Tribunales— ha fallado en restringir o remediar este abuso de poder.»

¿Qué significa eso en términos prácticos? Significa que cuando un colono israelí dispara contra un agricultor palestino en Cisjordania, el Estado de Israel tiene responsabilidad jurídica directa. Cuando ese colono no es procesado, la responsabilidad se profundiza. Cuando un ministro del gobierno celebra esa impunidad, la responsabilidad alcanza el nivel de complicidad activa. Y cuando el aparato legislativo construye el marco normativo que hace posible todo lo anterior —la ley que autorizó cortar el agua a UNRWA, la que amplió la pena de muerte para prisioneros palestinos, la que expulsa a las ONG humanitarias— estamos ante la definición operativa de terrorismo de Estado.

El mundo observa. La humanidad toma nota.

Hay un momento en la historia de todos los grandes crímenes del siglo XX en que el registro documental existía, los testigos habían hablado, los juristas habían tipificado los hechos, y sin embargo el mundo no actuó. Ese momento —el momento en que la impunidad se convirtió en norma— es el que las generaciones siguientes no han podido perdonarse.

Estamos, ahora mismo, en ese momento.

Seiscientos académicos israelíes, un Premio Nobel entre ellos, lo saben. Y por eso firmaron. Porque conocen el peso de esa firma. Porque saben que el silencio tiene un costo que la historia siempre cobra.

La pregunta que nos devuelven a todos —a los gobiernos, a las instituciones internacionales, a la prensa, a los ciudadanos del mundo que observamos— es simple y demoledora: si ni siquiera los intelectuales del propio Estado agresor pueden seguir callando, ¿qué estamos esperando los demás?

VEJEZ Y JUVENTUD

Cuando este artículo vea la luz a través de estas páginas, ya habré cumplido mis 78 años de edad. Lo estoy escribiendo un par de días antes de ello. ¿Qué importancia tiene eso? Pues algo muy simple: el valor simbólico de haber cumplido la edad que mi padre no alcanzó a cumplir, pues murió unos pocos días antes. Es decir, tal como mi hermano mayor lo ha experimentado, nosotros hemos seguido más allá de lo que vivió nuestro progenitor y podríamos decir, entonces, que ya no tenemos modelo.

¿Hubo modelo? Por supuesto que sí, siempre lo hay, aunque a veces opere como “anti modelo”. Es decir, miramos al padre para aprender qué hacer y qué no hacer. El problema es que lo miramos como hijos y no pensando en que ese es el camino que deberemos seguir o evitar, sino solo reclamando o tratando de imitar. Los demás nos miran e inevitablemente nos comparan. Y la figura del muerto se engrandece, poniendo cada vez más lejana la comparación, porque lo que se confronta es una persona en plena vida —es decir con aciertos y errores constantes— con lo mejor de aquel que ya falleció y que no podrá equivocarse nunca más.

Ser padre es una tarea difícil, porque por mucho que leamos libros u observemos el comportamiento de nuestros padres y de los padres de nuestros amigos (y primos), no estamos en un proceso de aprendizaje. Entre otras razones, porque ellos no nos están enseñando a ser padres, sino que están padeciendo su paternidad y quieren que “nos portemos bien”, es decir, que sigamos sus criterios, parámetros, normas, lineamientos y nos adaptemos a la vida social. El padre se enoja cuando el hijo rompe las normas, sin entender las razones de ello y muchas veces sin importarle cuáles son. Entonces es difícil la relación porque ser hijo es una cosa y ser padre algo completamente diferente. Todos hemos sido hijos antes de ser padres e incluso aquellos que experimentaron la pérdida del padre siendo muy jóvenes, saben de lo que han carecido.

Dicen algunas doctrinas y creencias que el cuerpo empieza su proceso de muerte siete años antes del hecho mismo. De ser así, mi padre comenzó a morir cuando transitaba por el año 71 de vida, su último momento como Ministro de Estado. Cuando dejó de serlo, un mes antes de cerrar el año 71 y empezar a vivir el 72, comenzó a sentir el vacío que queda cuando se dejan las posiciones de poder y se convierte en un “ex”. El deterioro en la salud era creciente y su ánimo a ratos se veía afectado, aun cuando me preguntaba: “¿Cuándo crees que podré volver a manejar?”. Yo sabía que nunca y así se lo decía, pero él me respondía: “Exageras”. “Haga ejercicio para fortalecer sus piernas”, le decía yo y su respuesta era: “Es que ya no puedo caminar como antes”. Y era verdad, hacía poco tiempo que él subía el Cerro San Cristóbal una vez por semana. Dejó de hacerlo.

Estaba viejo. A los 77 años cumplidos, es decir, transitando por el año 78 que no alcanzó a terminar. Cansado, cierta sensación de soledad, tuvo un último acto de reconocimiento social cuando las organizaciones de descendientes de árabes de América le dieron un premio por su trayectoria en la difusión de la “Causa Árabe”, en diciembre de 2000. Estaba muy viejito. La ceremonia fue en Buenos Aires y lo acompañamos mi hermano y yo. Trató de caminar por las callecitas de Buenos Aires, pero avanzó dos o tres cuadras. “Buenos Aires ya no es el mismo”, me dijo. Yo pensé: “Usted, papá, ya no es el mismo”, pero callé y nos sentamos a tomar otro café. Pidió un dulce. Era diabético, pero yo sabía que no había que seguir peleando por eso. Tres meses después murió.

Yo tengo 78 y me siento joven. No soy joven: objetivamente hay cosas que no puedo hacer y lo más probable es que ni siquiera me interesen. Pero me levanto cada mañana, como hoy, con las ganas de hacer algo nuevo, de terminar la novela que estoy trabajando, escribir mis artículos, hacer el índice de mi próximo libro de Tarot, tratar de organizar mis artículos políticos de tantos años (en eso me ayuda Maru, mi pareja, joven y entusiasta, 24 meses menor que yo), escribir más poemas, llamar a mi hijo y mis hijas por teléfono, comentar con mis amigos la victoria de Las Diablas del hockey césped. Ganas de todo: de seguir atendiendo personas en lecturas de Tarot y Vida Pasada, conversar con esos tantos que me dicen que quieren tomarse un café conmigo.

Tengo 78 y siento que me queda mucho, aunque me preparo para las sorpresas, nunca se sabe. Alguien tratará de descifrar, el día que muera, los siete años anteriores.

Y estoy reuniendo mis escritos sobre la muerte, sabiendo que tengo una vitalidad enorme. Algún día eso terminará. Por ahora, siento que soy un viejo muy joven, lleno de planes y de entusiasmo.

Miro a mis compañeros de colegio y de universidad. Algunos de ellos están enfermos, pero todos se ven muy entusiastas, algunos siguen haciendo deportes. De pronto alguno se muere. Nos da pena, porque sentimos que murió demasiado joven.

Porque somos viejos y jóvenes al mismo tiempo, viviendo con intensidad, gozando hasta el último instante, haciéndonos cargo de nuestra vida, sin añorar, pero recordando mucho y aprendiendo a callar.


 

 

UN APORTE PARA LA CULTURA

Cuando aparecía en el horizonte el signo de Acuario y un poderoso grupo de astros se reunía con el Sol (Plutón, Marte, Venus y Mercurio en Acuario), en nuestro Santiago de Chile, en el Campus Oriente de la Universidad Católica sucedía un evento que anticipa buenas noticias.
Ediciones UC publicó –como ratificación de su compromiso con Violeta Parra, el museo, la Fundación y el arte chileno– un libro que es ni más ni menos que el facsímil de los cuadernos que la propia Violeta escribió y que ella llamó “Libro I” y Libro II”.
Violeta Parra, en algún momento decidió empezar a dejar por escrito sus décimas y lo hacía con lápiz de grafito o, excepcionalmente, con lápiz de pasta azul. Esos cuadernos no eran un diario de vida, sino el registro de sus creaciones. Pero, al revisarlos en detalle podemos descubrir que en verdad además escribía en medio de páginas y décimas algunos recordatorios para su memoria inmediata: números de teléfonos, contactos y nombres de personas, listas de cosas por hacer o por comprar para que la carpa funcionara como es debido.
Lo que más llama la atención es que “la Violeta” como la mencionaba Isabel en su participación en el acto, escribió en el cuaderno los números de las páginas y los títulos de las décimas, antes de escribir los textos propiamente tales. Cuento esto, porque hay algunas páginas que solo tienen el título y no sabemos ni sabremos jamás si esas décimas escribió alguna vez. Dos títulos en blanco fueron “la Locura” y “La razón”. ¿Notable? ¿Sorprendente? ¿Conflicto no resuelto?
El libro es una verdadera joya estética y un valioso material histórico. Introducen Isabel Parra y Soledad Falabella, presentando el cómo y el porqué de este trabajo enorme. Luego de todo el material facsimilado, vienen las transcripciones en letras corrientes, donde la editora se ocupó especialmente de mantener las formas e incluso las inclinaciones en que están escritas las palabras en el original. Porque claro, en las fotografías del libro original, el lápiz suave y la letra a veces intrincada de Violeta Parra, no se lee bien. Pero el lector llegará a todos los detalles con ese trabajo adicional.
Los discursos de presentación fueron muy bien hechos; el acto cuidado, delicado, pensado y ejecutado con esmero. Inició los discursos el rector Juan Carlos de la Llera –asumido hace poco tiempo– quien enfatizó su compromiso personal con el arte y la cultura. Eso nos hace abrigar expectativas de los rumbos que puede marcar más decididamente la actividad de ese centro de estudios superiores.
Luego habló la Directora de Ediciones UC, quien relató muchos detalles de este trabajo y de la relación permanente que están teniendo con la Fundación Violeta Parra. Agregó, al finalizar su discurso, que ella creía interpretar correctamente a la Universidad al sostener que el dinero y los esfuerzos personales destinados a la cultura y el arte no constituyen gastos, sino inversiones en un sentido profundo. Porque la idea de este proyecto universitario, ya inmerso en la historia de Chile no es lograr rendimientos pecuniarios, sino contribuir de modo potente y positivo en el desarrollo integral de la sociedad chilena.

SEXTO TIEMPO: poesía de la diáspora

Se combinan el desapego, el desinterés de los poderosos, la estrechez del mercado y la escasez de los lectores de poesía, para impulsar a muchos poetas chilenos a diseminarse por el mundo. Esto fue pasando con insistencia desde los finales del siglo XIX y con más frecuencia en el siglo XX. Salvo contadísimas excepciones, los poetas chilenos salían por su propia cuenta y algunos de ellos, no pocos en todo caso, se fueron abriendo camino en espacios literarios de países de América y Europa. El exilio político al instalarse la dictadura acrecentó la diáspora y decenas de poetas se repartieron por el planeta.
Algunos regresaron, otros jamás. La obra de estos chilenos – se me vienen tantos nombres a la
memoria es de calidad y se inspiran en la tierra que los acoge tanto como en la de su origen.
Una tarde de septiembre de 1993, estando invitado por la comunidad de Illzach, un pequeño pueblo francés cerca de la frontera con Alemania, participé de una lectura poética con otros
cuatro poetas chilenos que vivían en Francia.
México ha sido una tierra de gran receptividad y tuve la suerte de conocer a muchos chilenos avecindados por esos lares, la mayoría de los cuales no ha regresado. Uno de ellos es Juan
Eduardo Esquivel, académico de vasta trayectoria que volvió a publicar al dejar sus tareas universitarias. Había publicado en Chile antes de su exilio, pero dejó de hacerlo para concentrarse
en lo académico, con la creencia errada de la incompatibilidad de las disciplinas. Pero, en fin, era joven. Viene a Chile cada vez que puede: años sabáticos; seminarios académicos; conferencias y… presentaciones de sus libros. Ahora ha venido a su país a presentar Sexto Tiempo, su más reciente poemario, editado en Chile por Marciano Editores. En Palacio Rioja de Viña del Mar y en la Sala Camilo Mori de la Feria Internacional del Libro de Santiago, fueron sus dos primeros encuentros para que lectores chilenos pudieran encontrarse con tan bella obra. No me cabe ninguna duda que este libro de Esquivel es la mejor de sus obras poéticas hasta ahora.
Desde que conozco su poesía la he admirado muchísimo y lo considero uno de los mejores poetas de este tiempo. Juan Eduardo Esquivel quedará registrado, con el transcurso de los años, como uno de los mejores de este siglo, aunque no sea hoy tan popular como otros. Pero así pasa con los poetas, muchos de los cuales consiguen fama y reconocimientos en Chile después de su muerte.
Éste libro de Esquivel es un libro de madurez. Su creación va en ascenso y se fusiona con la experiencia adquirida, con sus estudios de filosofía, con la certeza de que a cierta edad ya se ha
pasado la mitad de la vida y queda menos tiempo disponible, con la convicción de las muchas tareas cumplidas y la esperanza de llegar a término con las que restan. En sus obras descubrimos continuidad temática y lazos con el pasado. La experiencia del exilio (ha vivido en México más
tiempo que en Chile) lo lleva a buscar nexos permanentes con sus raíces ñuñoínas, con su paso por lo que hoy se llaman liceos emblemáticos, por la universidad (un ateo, agnóstico o por lo
menos poco creyente transitando en la pontificia universidad católica), y su militancia en la política.
Reconocido en la tierra de adopción, no ha renunciado a ser chileno y aun cuando muchos de sus giros lingüísticos y a veces las entonaciones mexicanas se le hayan contagiado, sigue gozando como un niño cuando vuelve a ver esta cordillera, este mar, estos campos y estos paisajes urbanos. Sobre todo, el paisaje humano, pues los rostros le resultan más cercanos.
Los primeros poemas del libro se encabezan con la palabra Arte, referido a distintas facetas de lo humano: existir, soñar, pensar, concebir, interpretar, preguntar (aparece con ese título en dos poemas), recordar. Y el arte de no morir, porque la muerte, lo misterioso, lo divino, dan vueltas por las líneas de este notable poemario. Pasado, presente y futuro están instalados en la memoria del poeta: “El pasado acompaña al imperdurable como un fantasma/ imperceptible y de naturaleza extraña” … para ter-
minar definiendo el recuerdo como un “arte mágico / que le vuelve a suceder al corazón”. El poeta dice, en el segundo arte de preguntar: “en todo caso fantasear con la muerte resulta inútil”. Y eso
es así, porque es de aquellos que creen que todos habremos de morir, acontecimiento del que no estoy del todo seguro como hecho futuro y cierto.
El poemario es provocador, despierta las ganas de leer y leer, de avanzar por esas páginas y buscar otros libros del autor. Provoca el deseo de escribir, de comentar, de reflexionar.
¿Es un libro filosófico? Sin duda. En estas páginas se combinan el profesor, el filósofo, el poeta, el homo ludens – según lo dice él mismo – y el creador con la palabra: “Pero cuando la voz se
atreve a ensayar el canto / halla los nombres del otro y de sí misma / para fundar en el decir de lo callado / el consistir de la existencia”.
Le inquieta el Nirvana: “Nada había llegado a inducirme / un estado de nirvana”. Y entonces aparece uno de los mejores versos de este magnífico libro: “¡Hasta que se hizo la poesía! / El silencio
de estar ausente en el cuerpo / aunque presente en la metáfora”.
Hay poemas reflexivos y poemas con humor, hay poemas largos y brevísimos, como aquel que titula” Vano Intento”: “El poeta
intenta ir al cielo de los poetas / pero escribe sobre los infiernos”.
Porque infiernos es lo que conoce el poeta: escribe sobre los dolores, sobre el desamor, sobre la muerte y el nacimiento inesperado, habla de las tragedias y los miedos, de los pesares. Y espe-
ra ser leído y escuchado, aunque en un momento de sinceridad
dramática el poeta Esquivel recuerda en su poema “La Tarea”: “Su tarea es escribir / escribir y reescribir / aunque sólo un amigo de la infancia / lea sus poemas”.
Por cierto, no es lo que le pasa a él, pero si a la mayoría de nosotros, los demás poetas.
Este libro de Juan Eduardo Esquivel es de aquellos que dan ganas de leer y releer. Es entretenido por la variedad de ideas, es profundo, pero también liviano. Se trata de una poesía inteligente y empática, en la que todos podemos gozar.
Todo revela que éste es un nuevo tiempo en su vida: el autor terminó la sexta etapa de su intensa existencia en el planeta. Ha iniciado la séptima etapa. Cuando la termine, tendremos un libro que se llame “Séptimo momento”.
Es un libro lleno de energía y entusiasmo, con el cual los jóvenes verán abrirse caminos en los que quizás no han pensado nunca y los que ya no somos muchachos podremos recuperar las ganas de experimentar el futuro en la vivencia de cada día, como si fuera el primero de otro instante y el último del anterior.

POESÍA AMOR Y NUEVO MUNDO

El amor es el gran tema de la poesía del último milenio.
Como decía una joven poeta antes de leer sus textos hace
unos días, muchas veces tratan del desamor, del dolor del
amor, de la pérdida, del vacío. Y también los hay de alegría, de la
vivencia exitosa. O del recuerdo que se acaricia con esa nostalgia
hermosa que nace de los profundos sentimientos que han ido
anidando en el interior de cada uno.
En una época en que la violencia y el miedo se alzan como
argumentos de los que no quieren el cambio, la poesía ha ido
quedando postergada de los titulares. Por eso ha sido interesante
la iniciativa de la comunidad palestina de Chile de llamar a un
concurso de poesía en que el tema es la paz y la justicia en torno
a Palestina. Donde se enseñorean la guerra, el dolor, el hambre y
la injusticia, lo que se requiere es palabra de luz, de amor, de año-
ranza, de buenos deseos. Y la poesía puede aportar eso.
En medio de las convulsiones del mundo actual, nos pregun-
tamos con los poetas del amor: ¿Qué es el amor? ¿Cómo es el
amor? ¿Cuáles son las exigencias que nos plantea? Porque la
primera constatación acuariana es descubrir que ya no es obli-
gación amar a dios. Él no necesita que lo amemos, sino que lo
mágico es que él nos amó primero, poniendo en nuestra esen-
cia una semilla de su propia divinidad. Entonces nuestra tarea es
amar a nuestro entorno como él nos ha amado: poniendo ternu-
ra, creatividad, protección, nutrición, impulso, pasión.
El majestuoso poeta de la vida, Gonzalo Rojas, se pregunta:
“¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida o la
luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué es eso: amor?”
Silvio Rodríguez nos traduce la tarea del creador: “Debes amar la
arcilla que va en tus manos./ Debes amar su arena hasta la locura./
Y si no, no la emprendas que será en vano:/ sólo el amor alumbra lo
que perdura,/ sólo el amor convierte en milagro el barro.”
Busco en mi biblioteca y leo a Gioconda Belli, a la mexicana
Lina Zerón, entre mis apuntes reviso mis propios poemas, tantas
veces leídos en voz alta, y publicados en una quincena de libros
y muchas antologías.

El amor es una dimensión que acompaña al ser humano en su
proceso de desarrollo integral que cada vez adquiere más fuerza
e importancia. Pues ese amor que se da entre seres concretos y
no abstractos, en el entorno directo como son la pareja, los hijos,
los amigos, los parientes, los compañeros de jornada, aquellos
con quienes nos unen las emociones, el cuerpo, el pensamiento
y el espíritu, no es ni más ni menos que el más poderoso motor,
que se provee a sí mismo del combustible necesario, para mover
los deseos, las expectativas, las ideas, la transformación de las
personas y los cambios en la sociedad.
El amor es ni más ni menos que el mayor impulso al progreso
humano, en la medida que decimos “no al miedo y si al amor”. La
tarea que nos nace es sembrar amor para combatir el miedo y
de ese modo frenar el odio y la violencia de quienes quieren ser
dominadores. La valoración de mí y mi expresión hacia el exte-
rior se expresará como la forma suprema del amor y del enten-
dimiento, visto no desde la perspectiva individual sino personal,
es decir, de mi presencia en el mundo en relación activa y cons-
tante con los otros como yo. Sólo amo de verdad, cuando me
amo; sólo amo lo que ya he conocido.
Conozco al otro y me reconozco en el él y a él en mí.
En el mundo que estamos construyendo, en el Acuario que
nace, el amor se expresará en diversas dimensiones: como rea-
lidad social, y lo llamaremos solidaridad. Actos de amor por los
que no conozco, aunque conozca la realidad global de esas per-
sonas. Como realidad grupal, y lo llamaremos amistad o herman-
dad o amor filial. Como realidad de pareja. Y todo en un solo acto.
Repito entonces: en este proceso hermoso, la poesía juega
un rol fundamental. Parece que sutilmente se abre el tiempo
para que los poetas seamos leídos y escuchados.

Política sin ideas

Los partidos ya no responden a un cuerpo de ideas, sino a alianzas de conveniencia.

La dictadura, con la instalación de su modelo político y social, causó un daño profundo a la actividad política chilena. No podemos olvidar los permanentes discursos altisonantes de los gobernantes de entonces contra “los señores políticos” y los intentos de desacreditarlos como alternativas válidas en el ejercicio del poder.


Una herencia de desprestigio

La ultraderecha chilena —una especie de fusión entre nacionalistas, liberales económicos y conservadores valóricos— hizo caso omiso de la aplastante realidad que se cernía sobre el país en el mediano y largo plazo. Las violaciones de los derechos humanos, las injusticias sociales y económicas, la aguda falta de participación de la ciudadanía en las decisiones sobre su destino, el poder incontrarrestable y los beneficios especiales para quienes lo detentaban, sumados a un diseño institucional cupular y restrictivo, fueron generando, por un lado, un marco propicio para la corrupción en las esferas superiores en todas las escalas y, por otro, un desapego creciente de los chilenos hacia sus dirigentes.

Tras estos modelos no hay ideas, sino intereses. Lo que se construyó fue una forma de hacer más ricos a los ricos y, además, incorporar nuevos sujetos enriquecidos sin controles ni contrapeso.

Hoy, que se tiende a celebrar con tanto entusiasmo las acciones de la Contraloría General de la República, debemos recordar que, cuando el Contralor Héctor Humeres objetó el decreto de Pinochet por el cual se llamaba a consulta nacional para respaldarlo en su lucha contra las Naciones Unidas – objeción apoyada por Merino y Leigh, integrantes de la Junta de Gobierno –, el gobierno en lugar de recurrir al “decreto de insistencia” destituyó al Contralor e instaló allí a uno que había sido su Ministro, Sergio Fernández Fernández, allendista en su juventud y puntal de la dictadura en toda su vigencia. Un “Contralor de insistencia”.

Sin controles de ninguna especie – ni Congreso ni medios de comunicación masivos ni Contraloría General – era imposible detener la corrupción que terminó entregando a manos privadas todo lo que el Estado de Chile había construido con el esfuerzo de todo el país y que daba agua, electricidad y numerosos otros bienes y servicios a la población.

La modernización de los agentes económicos podía hacerse perfectamente en la alianza público privada que todos – o casi todos – aceptamos como válida hoy en día.

La derrota de Pinochet – que fue así, más que una victoria opositora – para prolongarse en el gobierno por 8 años más, le permitió no dejar sus espacios de poder (Comandancia en Jefe primero y senador vitalicio después) y lograr un pacto de mantención de su modelo político, económico y social.

Una política diseñada desde arriba

El modelo político ideado por Jaime Guzmán y sus colaboradores más cercanos se plasmó en un texto cuya redacción y corrección final correspondió a un equipo encabezado por el mentado Sergio Fernández, Jaime del Valle, Mónica Madariaga y Enrique Ortúzar.

Se trataba de una política cupular, con distritos electorales diseñados mirando los intereses de la derecha, con pocos parlamentarios, en un esquema de perpetuación en los cargos y de restricciones a las mayorías por el efecto del sistema binominal. Paralelamente un Presidente de la República con muchos poderes que, si tuviera los medios a su favor, podría casi gobernar por decreto.

El pacto entre Aylwin y Pinochet (vía Carlos Cáceres) para que se modificara la Constitución, salvo una disposición importante (artículo 8º que permitía la proscripción por ideas) dejó igual lo sustancial.

Muchas son las consecuencias de este diseño, pero la peor de todas es que los políticos se autoconvirtieron en una clase superior y creyeron que podían tener espacios de poder para siempre, sin contrapeso ni control. Lo importante para ellos fue conservar sus posiciones y cuando la presión fue muy fuerte (por parte de los propios militantes de los partidos, cansados de ver las mismas caras y pocos progresos), se aprobó la posibilidad de limitar la duración de los cargos, terminar con el binominal y hacer nuevos distritos.

 

La dictadura, con la instalación de su modelo político y social, causó un daño profundo a la actividad política chilena. No podemos olvidar los permanentes discursos altisonantes de los gobernantes de entonces contra “los señores políticos” y los intentos de desacreditarlos como alternativas válidas en el ejercicio del poder.

No hay ideas en la política chilena

¿Por qué la Democracia Cristiana está en una situación crítica? Pues simplemente porque hace unos años se le perdieron las ideas y dejaron de existir los sistemas de capacitación y la premilitancia. El partido podía ser una manera de conseguir un empleo. Y eso que pasa en el partido en el que milito desde hace 52 años, pasa en todos.

Las candidaturas tienen más que ver con la simpatía, con los ecos en la prensa, con las formas publicitarias, que con los proyectos sustantivos.

No hay ideas en la política. Hay programas inmediatistas, que revelan la mediocridad ambiente y la corrupción que se expresa en todas las líneas: desde la desidia hasta la comisión de delitos.

Hay que salvar la política chilena y para eso, rescatar las ideas y empezar a conversar entre todos. Soy amigo de los acuerdos, pero no de las componendas de intereses. Lleguemos a soluciones sobre la base de ideas y no de “cuanto para ti y cuanto para mí”.

El pueblo merece más.

DE FALSEDADESPOÉTICAS Y BELLEZA

Hace unos años, caminando por Florida y Corrientes, vi un
vendedor de cuneta que ofrecía pergaminos con textos
poéticos. Eso ya era usado en Chile en el Paseo Ahuma-
da, lugar donde por primera vez vi un pergamino con mi rostro y
un poema de mi autoría, pero en el que no figuraba mi nombre.
Esta vez, en Buenos Aires, el poema llevaba una destacada
firma: Jorge Luis Borges y tenía por título “Instantes”. El texto sos-
tenía que el autor se arrepentía de lo hecho y lo no hecho en su
vida, porque si pudiera vivir de nuevo haría otras cosas, básica-
mente destacando más los aspectos sentimentales.
Lo compré para leerlo detenidamente en un café de calle San-
ta Fe, con masitas dulces, años antes de que se me declarara la
diabetes. Tres veces lo leí, pues algo no me parecía bien. No soy
experto en Borges, pero sí lo había leído lo suficiente para saber
que él era de aquellos que no se arrepienten de nada, menos
aun públicamente, que no ponía tanto énfasis en lo sentimental,
por lo que me pareció imposible que él lo hubiese escrito.
Lo hablé con expertos borgianos (así se dirá de sus hinchas
académicos), incluyendo a Eduardo Saffirio. minucioso lector del
argentino y ellos tuvieron una impresión parecida. Pero mien-
tras más se creían expertos, eran menos categóricos. De pronto,
en una conversación de sobremesa con Tatiana Vega, periodista
y directora de la revista UNO MISMO, supe la verdad.
En esos mismos días, probablemente al promediar la década
de los años 90, María Kodama, la viuda, dijo “Jamás Borges ha-
bría escrito eso”. Asunto cerrado.
¿Qué había sucedido? El hermosísimo texto fue escrito por
Nadine Stair, escritora canadiense poco antes de morir y la Revista
UNO MISMO de Argentina lo quiso publicar. Pero el diagramador
confundió papeles y en lugar de poner el nombre de la escritora
norteamericana, instaló el del argentino que correspondía a otro
artículo de un número anterior. Así fue publicado por primera
vez este garrafal fallo. Algunos números después, la editorial de
UNO MISMO, bajo el título “Nuestro peor error”, puso las cosas en
su lugar. Pese a eso, en el mundo entero se sigue difundiendo el
texto como si fuera del escritor bonaerense y no de la magnífica
y sencilla poeta del Canadá. Esta es la verdad, pura y simple, aun-
que al consultar en Internet la famosa IA, ésta diga otras cosas y
se inventen diversas fuentes o circunstancias para el error.
Peor fue cuando en el año 2000 comenzó a circular bajo
el título de “García Márquez se despide” un texto de tenor pa-
recido, en el que el autor –que tendría un cáncer terminal–
dice todo lo que habría podido hacer si tuviera más vida por
delante.
Una revista mexicana llamada “Universitarios”, dedicada al
arte en sus más diversas manifestaciones, investigó el origen
del texto y en el año 2002 publicó la historia real. Un titiritero
mexicano, hombre joven y gran artista, ventrílocuo, además,
realizaba a fines del siglo anterior un espectáculo con un mu-
ñeco, entretenido, sentimental, divertido, con presentaciones

en teatros de distintas ciudades de México. Siendo yo agrega-
do cultural de Chile en ese país, recibía habitualmente medios
de comunicación sobre la cultura y el arte mexicano. Así llegó
a mis manos el ejemplar en que Gabriel García Márquez qui-
so encontrarse con quien había escrito esto que parecía ser su
despedida. El escritor no tenía todavía el cáncer que lo llevaría
a la muerte 13 años después.
Se produjo el encuentro y tras una larga conversación donde
el periodista García Márquez hizo hablar al titiritero, pudo darse
cuenta de que la despedida en cuestión no era más que el últi-
mo discurso del muñeco en el espectáculo. Bello texto en el que
dialogan estos dos personajes.
Borges y García Márquez aparecen unidos por la mentira,
por el error y por quienes gustan de repetir constantemente
noticias falsas para justificar quizás qué otras situaciones o
para destacar e instalar en el mundo asuntos que nadie se ocu-
pa en desmentir.
La falsedad poética, literaria o artística nos lleva a repetir “no
verdades” como si fueran ciertas. Es cierto que hay artistas como
Picasso, por ejemplo, que gozaba confundiendo a los especialis-
tas al firmar como propios cuadros hechos por sus imitadores y
copistas no autorizados en la Riviera francesa.
Ni García Márquez ni Borges jamás hubiesen escrito lo que se
publicó como algo de ellos. Por eso algunos nos rebelamos con-
tra esos textos y fue posible ir destapando la verdad. Ahora bien,
esos escritos son valiosos por sí mismos, más allá de quien sea
su autor. ¡Vivan la poeta canadiense y el ventrílocuo mexicano!
Las cosas bellas no son patrimonio de los famosos.