UN APORTE PARA LA CULTURA

Cuando aparecía en el horizonte el signo de Acuario y un poderoso grupo de astros se reunía con el Sol (Plutón, Marte, Venus y Mercurio en Acuario), en nuestro Santiago de Chile, en el Campus Oriente de la Universidad Católica sucedía un evento que anticipa buenas noticias.
Ediciones UC publicó –como ratificación de su compromiso con Violeta Parra, el museo, la Fundación y el arte chileno– un libro que es ni más ni menos que el facsímil de los cuadernos que la propia Violeta escribió y que ella llamó “Libro I” y Libro II”.
Violeta Parra, en algún momento decidió empezar a dejar por escrito sus décimas y lo hacía con lápiz de grafito o, excepcionalmente, con lápiz de pasta azul. Esos cuadernos no eran un diario de vida, sino el registro de sus creaciones. Pero, al revisarlos en detalle podemos descubrir que en verdad además escribía en medio de páginas y décimas algunos recordatorios para su memoria inmediata: números de teléfonos, contactos y nombres de personas, listas de cosas por hacer o por comprar para que la carpa funcionara como es debido.
Lo que más llama la atención es que “la Violeta” como la mencionaba Isabel en su participación en el acto, escribió en el cuaderno los números de las páginas y los títulos de las décimas, antes de escribir los textos propiamente tales. Cuento esto, porque hay algunas páginas que solo tienen el título y no sabemos ni sabremos jamás si esas décimas escribió alguna vez. Dos títulos en blanco fueron “la Locura” y “La razón”. ¿Notable? ¿Sorprendente? ¿Conflicto no resuelto?
El libro es una verdadera joya estética y un valioso material histórico. Introducen Isabel Parra y Soledad Falabella, presentando el cómo y el porqué de este trabajo enorme. Luego de todo el material facsimilado, vienen las transcripciones en letras corrientes, donde la editora se ocupó especialmente de mantener las formas e incluso las inclinaciones en que están escritas las palabras en el original. Porque claro, en las fotografías del libro original, el lápiz suave y la letra a veces intrincada de Violeta Parra, no se lee bien. Pero el lector llegará a todos los detalles con ese trabajo adicional.
Los discursos de presentación fueron muy bien hechos; el acto cuidado, delicado, pensado y ejecutado con esmero. Inició los discursos el rector Juan Carlos de la Llera –asumido hace poco tiempo– quien enfatizó su compromiso personal con el arte y la cultura. Eso nos hace abrigar expectativas de los rumbos que puede marcar más decididamente la actividad de ese centro de estudios superiores.
Luego habló la Directora de Ediciones UC, quien relató muchos detalles de este trabajo y de la relación permanente que están teniendo con la Fundación Violeta Parra. Agregó, al finalizar su discurso, que ella creía interpretar correctamente a la Universidad al sostener que el dinero y los esfuerzos personales destinados a la cultura y el arte no constituyen gastos, sino inversiones en un sentido profundo. Porque la idea de este proyecto universitario, ya inmerso en la historia de Chile no es lograr rendimientos pecuniarios, sino contribuir de modo potente y positivo en el desarrollo integral de la sociedad chilena.

SEXTO TIEMPO: poesía de la diáspora

Se combinan el desapego, el desinterés de los poderosos, la estrechez del mercado y la escasez de los lectores de poesía, para impulsar a muchos poetas chilenos a diseminarse por el mundo. Esto fue pasando con insistencia desde los finales del siglo XIX y con más frecuencia en el siglo XX. Salvo contadísimas excepciones, los poetas chilenos salían por su propia cuenta y algunos de ellos, no pocos en todo caso, se fueron abriendo camino en espacios literarios de países de América y Europa. El exilio político al instalarse la dictadura acrecentó la diáspora y decenas de poetas se repartieron por el planeta.
Algunos regresaron, otros jamás. La obra de estos chilenos – se me vienen tantos nombres a la
memoria es de calidad y se inspiran en la tierra que los acoge tanto como en la de su origen.
Una tarde de septiembre de 1993, estando invitado por la comunidad de Illzach, un pequeño pueblo francés cerca de la frontera con Alemania, participé de una lectura poética con otros
cuatro poetas chilenos que vivían en Francia.
México ha sido una tierra de gran receptividad y tuve la suerte de conocer a muchos chilenos avecindados por esos lares, la mayoría de los cuales no ha regresado. Uno de ellos es Juan
Eduardo Esquivel, académico de vasta trayectoria que volvió a publicar al dejar sus tareas universitarias. Había publicado en Chile antes de su exilio, pero dejó de hacerlo para concentrarse
en lo académico, con la creencia errada de la incompatibilidad de las disciplinas. Pero, en fin, era joven. Viene a Chile cada vez que puede: años sabáticos; seminarios académicos; conferencias y… presentaciones de sus libros. Ahora ha venido a su país a presentar Sexto Tiempo, su más reciente poemario, editado en Chile por Marciano Editores. En Palacio Rioja de Viña del Mar y en la Sala Camilo Mori de la Feria Internacional del Libro de Santiago, fueron sus dos primeros encuentros para que lectores chilenos pudieran encontrarse con tan bella obra. No me cabe ninguna duda que este libro de Esquivel es la mejor de sus obras poéticas hasta ahora.
Desde que conozco su poesía la he admirado muchísimo y lo considero uno de los mejores poetas de este tiempo. Juan Eduardo Esquivel quedará registrado, con el transcurso de los años, como uno de los mejores de este siglo, aunque no sea hoy tan popular como otros. Pero así pasa con los poetas, muchos de los cuales consiguen fama y reconocimientos en Chile después de su muerte.
Éste libro de Esquivel es un libro de madurez. Su creación va en ascenso y se fusiona con la experiencia adquirida, con sus estudios de filosofía, con la certeza de que a cierta edad ya se ha
pasado la mitad de la vida y queda menos tiempo disponible, con la convicción de las muchas tareas cumplidas y la esperanza de llegar a término con las que restan. En sus obras descubrimos continuidad temática y lazos con el pasado. La experiencia del exilio (ha vivido en México más
tiempo que en Chile) lo lleva a buscar nexos permanentes con sus raíces ñuñoínas, con su paso por lo que hoy se llaman liceos emblemáticos, por la universidad (un ateo, agnóstico o por lo
menos poco creyente transitando en la pontificia universidad católica), y su militancia en la política.
Reconocido en la tierra de adopción, no ha renunciado a ser chileno y aun cuando muchos de sus giros lingüísticos y a veces las entonaciones mexicanas se le hayan contagiado, sigue gozando como un niño cuando vuelve a ver esta cordillera, este mar, estos campos y estos paisajes urbanos. Sobre todo, el paisaje humano, pues los rostros le resultan más cercanos.
Los primeros poemas del libro se encabezan con la palabra Arte, referido a distintas facetas de lo humano: existir, soñar, pensar, concebir, interpretar, preguntar (aparece con ese título en dos poemas), recordar. Y el arte de no morir, porque la muerte, lo misterioso, lo divino, dan vueltas por las líneas de este notable poemario. Pasado, presente y futuro están instalados en la memoria del poeta: “El pasado acompaña al imperdurable como un fantasma/ imperceptible y de naturaleza extraña” … para ter-
minar definiendo el recuerdo como un “arte mágico / que le vuelve a suceder al corazón”. El poeta dice, en el segundo arte de preguntar: “en todo caso fantasear con la muerte resulta inútil”. Y eso
es así, porque es de aquellos que creen que todos habremos de morir, acontecimiento del que no estoy del todo seguro como hecho futuro y cierto.
El poemario es provocador, despierta las ganas de leer y leer, de avanzar por esas páginas y buscar otros libros del autor. Provoca el deseo de escribir, de comentar, de reflexionar.
¿Es un libro filosófico? Sin duda. En estas páginas se combinan el profesor, el filósofo, el poeta, el homo ludens – según lo dice él mismo – y el creador con la palabra: “Pero cuando la voz se
atreve a ensayar el canto / halla los nombres del otro y de sí misma / para fundar en el decir de lo callado / el consistir de la existencia”.
Le inquieta el Nirvana: “Nada había llegado a inducirme / un estado de nirvana”. Y entonces aparece uno de los mejores versos de este magnífico libro: “¡Hasta que se hizo la poesía! / El silencio
de estar ausente en el cuerpo / aunque presente en la metáfora”.
Hay poemas reflexivos y poemas con humor, hay poemas largos y brevísimos, como aquel que titula” Vano Intento”: “El poeta
intenta ir al cielo de los poetas / pero escribe sobre los infiernos”.
Porque infiernos es lo que conoce el poeta: escribe sobre los dolores, sobre el desamor, sobre la muerte y el nacimiento inesperado, habla de las tragedias y los miedos, de los pesares. Y espe-
ra ser leído y escuchado, aunque en un momento de sinceridad
dramática el poeta Esquivel recuerda en su poema “La Tarea”: “Su tarea es escribir / escribir y reescribir / aunque sólo un amigo de la infancia / lea sus poemas”.
Por cierto, no es lo que le pasa a él, pero si a la mayoría de nosotros, los demás poetas.
Este libro de Juan Eduardo Esquivel es de aquellos que dan ganas de leer y releer. Es entretenido por la variedad de ideas, es profundo, pero también liviano. Se trata de una poesía inteligente y empática, en la que todos podemos gozar.
Todo revela que éste es un nuevo tiempo en su vida: el autor terminó la sexta etapa de su intensa existencia en el planeta. Ha iniciado la séptima etapa. Cuando la termine, tendremos un libro que se llame “Séptimo momento”.
Es un libro lleno de energía y entusiasmo, con el cual los jóvenes verán abrirse caminos en los que quizás no han pensado nunca y los que ya no somos muchachos podremos recuperar las ganas de experimentar el futuro en la vivencia de cada día, como si fuera el primero de otro instante y el último del anterior.

POESÍA AMOR Y NUEVO MUNDO

El amor es el gran tema de la poesía del último milenio.
Como decía una joven poeta antes de leer sus textos hace
unos días, muchas veces tratan del desamor, del dolor del
amor, de la pérdida, del vacío. Y también los hay de alegría, de la
vivencia exitosa. O del recuerdo que se acaricia con esa nostalgia
hermosa que nace de los profundos sentimientos que han ido
anidando en el interior de cada uno.
En una época en que la violencia y el miedo se alzan como
argumentos de los que no quieren el cambio, la poesía ha ido
quedando postergada de los titulares. Por eso ha sido interesante
la iniciativa de la comunidad palestina de Chile de llamar a un
concurso de poesía en que el tema es la paz y la justicia en torno
a Palestina. Donde se enseñorean la guerra, el dolor, el hambre y
la injusticia, lo que se requiere es palabra de luz, de amor, de año-
ranza, de buenos deseos. Y la poesía puede aportar eso.
En medio de las convulsiones del mundo actual, nos pregun-
tamos con los poetas del amor: ¿Qué es el amor? ¿Cómo es el
amor? ¿Cuáles son las exigencias que nos plantea? Porque la
primera constatación acuariana es descubrir que ya no es obli-
gación amar a dios. Él no necesita que lo amemos, sino que lo
mágico es que él nos amó primero, poniendo en nuestra esen-
cia una semilla de su propia divinidad. Entonces nuestra tarea es
amar a nuestro entorno como él nos ha amado: poniendo ternu-
ra, creatividad, protección, nutrición, impulso, pasión.
El majestuoso poeta de la vida, Gonzalo Rojas, se pregunta:
“¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida o la
luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué es eso: amor?”
Silvio Rodríguez nos traduce la tarea del creador: “Debes amar la
arcilla que va en tus manos./ Debes amar su arena hasta la locura./
Y si no, no la emprendas que será en vano:/ sólo el amor alumbra lo
que perdura,/ sólo el amor convierte en milagro el barro.”
Busco en mi biblioteca y leo a Gioconda Belli, a la mexicana
Lina Zerón, entre mis apuntes reviso mis propios poemas, tantas
veces leídos en voz alta, y publicados en una quincena de libros
y muchas antologías.

El amor es una dimensión que acompaña al ser humano en su
proceso de desarrollo integral que cada vez adquiere más fuerza
e importancia. Pues ese amor que se da entre seres concretos y
no abstractos, en el entorno directo como son la pareja, los hijos,
los amigos, los parientes, los compañeros de jornada, aquellos
con quienes nos unen las emociones, el cuerpo, el pensamiento
y el espíritu, no es ni más ni menos que el más poderoso motor,
que se provee a sí mismo del combustible necesario, para mover
los deseos, las expectativas, las ideas, la transformación de las
personas y los cambios en la sociedad.
El amor es ni más ni menos que el mayor impulso al progreso
humano, en la medida que decimos “no al miedo y si al amor”. La
tarea que nos nace es sembrar amor para combatir el miedo y
de ese modo frenar el odio y la violencia de quienes quieren ser
dominadores. La valoración de mí y mi expresión hacia el exte-
rior se expresará como la forma suprema del amor y del enten-
dimiento, visto no desde la perspectiva individual sino personal,
es decir, de mi presencia en el mundo en relación activa y cons-
tante con los otros como yo. Sólo amo de verdad, cuando me
amo; sólo amo lo que ya he conocido.
Conozco al otro y me reconozco en el él y a él en mí.
En el mundo que estamos construyendo, en el Acuario que
nace, el amor se expresará en diversas dimensiones: como rea-
lidad social, y lo llamaremos solidaridad. Actos de amor por los
que no conozco, aunque conozca la realidad global de esas per-
sonas. Como realidad grupal, y lo llamaremos amistad o herman-
dad o amor filial. Como realidad de pareja. Y todo en un solo acto.
Repito entonces: en este proceso hermoso, la poesía juega
un rol fundamental. Parece que sutilmente se abre el tiempo
para que los poetas seamos leídos y escuchados.

Política sin ideas

Los partidos ya no responden a un cuerpo de ideas, sino a alianzas de conveniencia.

La dictadura, con la instalación de su modelo político y social, causó un daño profundo a la actividad política chilena. No podemos olvidar los permanentes discursos altisonantes de los gobernantes de entonces contra “los señores políticos” y los intentos de desacreditarlos como alternativas válidas en el ejercicio del poder.


Una herencia de desprestigio

La ultraderecha chilena —una especie de fusión entre nacionalistas, liberales económicos y conservadores valóricos— hizo caso omiso de la aplastante realidad que se cernía sobre el país en el mediano y largo plazo. Las violaciones de los derechos humanos, las injusticias sociales y económicas, la aguda falta de participación de la ciudadanía en las decisiones sobre su destino, el poder incontrarrestable y los beneficios especiales para quienes lo detentaban, sumados a un diseño institucional cupular y restrictivo, fueron generando, por un lado, un marco propicio para la corrupción en las esferas superiores en todas las escalas y, por otro, un desapego creciente de los chilenos hacia sus dirigentes.

Tras estos modelos no hay ideas, sino intereses. Lo que se construyó fue una forma de hacer más ricos a los ricos y, además, incorporar nuevos sujetos enriquecidos sin controles ni contrapeso.

Hoy, que se tiende a celebrar con tanto entusiasmo las acciones de la Contraloría General de la República, debemos recordar que, cuando el Contralor Héctor Humeres objetó el decreto de Pinochet por el cual se llamaba a consulta nacional para respaldarlo en su lucha contra las Naciones Unidas – objeción apoyada por Merino y Leigh, integrantes de la Junta de Gobierno –, el gobierno en lugar de recurrir al “decreto de insistencia” destituyó al Contralor e instaló allí a uno que había sido su Ministro, Sergio Fernández Fernández, allendista en su juventud y puntal de la dictadura en toda su vigencia. Un “Contralor de insistencia”.

Sin controles de ninguna especie – ni Congreso ni medios de comunicación masivos ni Contraloría General – era imposible detener la corrupción que terminó entregando a manos privadas todo lo que el Estado de Chile había construido con el esfuerzo de todo el país y que daba agua, electricidad y numerosos otros bienes y servicios a la población.

La modernización de los agentes económicos podía hacerse perfectamente en la alianza público privada que todos – o casi todos – aceptamos como válida hoy en día.

La derrota de Pinochet – que fue así, más que una victoria opositora – para prolongarse en el gobierno por 8 años más, le permitió no dejar sus espacios de poder (Comandancia en Jefe primero y senador vitalicio después) y lograr un pacto de mantención de su modelo político, económico y social.

Una política diseñada desde arriba

El modelo político ideado por Jaime Guzmán y sus colaboradores más cercanos se plasmó en un texto cuya redacción y corrección final correspondió a un equipo encabezado por el mentado Sergio Fernández, Jaime del Valle, Mónica Madariaga y Enrique Ortúzar.

Se trataba de una política cupular, con distritos electorales diseñados mirando los intereses de la derecha, con pocos parlamentarios, en un esquema de perpetuación en los cargos y de restricciones a las mayorías por el efecto del sistema binominal. Paralelamente un Presidente de la República con muchos poderes que, si tuviera los medios a su favor, podría casi gobernar por decreto.

El pacto entre Aylwin y Pinochet (vía Carlos Cáceres) para que se modificara la Constitución, salvo una disposición importante (artículo 8º que permitía la proscripción por ideas) dejó igual lo sustancial.

Muchas son las consecuencias de este diseño, pero la peor de todas es que los políticos se autoconvirtieron en una clase superior y creyeron que podían tener espacios de poder para siempre, sin contrapeso ni control. Lo importante para ellos fue conservar sus posiciones y cuando la presión fue muy fuerte (por parte de los propios militantes de los partidos, cansados de ver las mismas caras y pocos progresos), se aprobó la posibilidad de limitar la duración de los cargos, terminar con el binominal y hacer nuevos distritos.

 

La dictadura, con la instalación de su modelo político y social, causó un daño profundo a la actividad política chilena. No podemos olvidar los permanentes discursos altisonantes de los gobernantes de entonces contra “los señores políticos” y los intentos de desacreditarlos como alternativas válidas en el ejercicio del poder.

No hay ideas en la política chilena

¿Por qué la Democracia Cristiana está en una situación crítica? Pues simplemente porque hace unos años se le perdieron las ideas y dejaron de existir los sistemas de capacitación y la premilitancia. El partido podía ser una manera de conseguir un empleo. Y eso que pasa en el partido en el que milito desde hace 52 años, pasa en todos.

Las candidaturas tienen más que ver con la simpatía, con los ecos en la prensa, con las formas publicitarias, que con los proyectos sustantivos.

No hay ideas en la política. Hay programas inmediatistas, que revelan la mediocridad ambiente y la corrupción que se expresa en todas las líneas: desde la desidia hasta la comisión de delitos.

Hay que salvar la política chilena y para eso, rescatar las ideas y empezar a conversar entre todos. Soy amigo de los acuerdos, pero no de las componendas de intereses. Lleguemos a soluciones sobre la base de ideas y no de “cuanto para ti y cuanto para mí”.

El pueblo merece más.

DE FALSEDADESPOÉTICAS Y BELLEZA

Hace unos años, caminando por Florida y Corrientes, vi un
vendedor de cuneta que ofrecía pergaminos con textos
poéticos. Eso ya era usado en Chile en el Paseo Ahuma-
da, lugar donde por primera vez vi un pergamino con mi rostro y
un poema de mi autoría, pero en el que no figuraba mi nombre.
Esta vez, en Buenos Aires, el poema llevaba una destacada
firma: Jorge Luis Borges y tenía por título “Instantes”. El texto sos-
tenía que el autor se arrepentía de lo hecho y lo no hecho en su
vida, porque si pudiera vivir de nuevo haría otras cosas, básica-
mente destacando más los aspectos sentimentales.
Lo compré para leerlo detenidamente en un café de calle San-
ta Fe, con masitas dulces, años antes de que se me declarara la
diabetes. Tres veces lo leí, pues algo no me parecía bien. No soy
experto en Borges, pero sí lo había leído lo suficiente para saber
que él era de aquellos que no se arrepienten de nada, menos
aun públicamente, que no ponía tanto énfasis en lo sentimental,
por lo que me pareció imposible que él lo hubiese escrito.
Lo hablé con expertos borgianos (así se dirá de sus hinchas
académicos), incluyendo a Eduardo Saffirio. minucioso lector del
argentino y ellos tuvieron una impresión parecida. Pero mien-
tras más se creían expertos, eran menos categóricos. De pronto,
en una conversación de sobremesa con Tatiana Vega, periodista
y directora de la revista UNO MISMO, supe la verdad.
En esos mismos días, probablemente al promediar la década
de los años 90, María Kodama, la viuda, dijo “Jamás Borges ha-
bría escrito eso”. Asunto cerrado.
¿Qué había sucedido? El hermosísimo texto fue escrito por
Nadine Stair, escritora canadiense poco antes de morir y la Revista
UNO MISMO de Argentina lo quiso publicar. Pero el diagramador
confundió papeles y en lugar de poner el nombre de la escritora
norteamericana, instaló el del argentino que correspondía a otro
artículo de un número anterior. Así fue publicado por primera
vez este garrafal fallo. Algunos números después, la editorial de
UNO MISMO, bajo el título “Nuestro peor error”, puso las cosas en
su lugar. Pese a eso, en el mundo entero se sigue difundiendo el
texto como si fuera del escritor bonaerense y no de la magnífica
y sencilla poeta del Canadá. Esta es la verdad, pura y simple, aun-
que al consultar en Internet la famosa IA, ésta diga otras cosas y
se inventen diversas fuentes o circunstancias para el error.
Peor fue cuando en el año 2000 comenzó a circular bajo
el título de “García Márquez se despide” un texto de tenor pa-
recido, en el que el autor –que tendría un cáncer terminal–
dice todo lo que habría podido hacer si tuviera más vida por
delante.
Una revista mexicana llamada “Universitarios”, dedicada al
arte en sus más diversas manifestaciones, investigó el origen
del texto y en el año 2002 publicó la historia real. Un titiritero
mexicano, hombre joven y gran artista, ventrílocuo, además,
realizaba a fines del siglo anterior un espectáculo con un mu-
ñeco, entretenido, sentimental, divertido, con presentaciones

en teatros de distintas ciudades de México. Siendo yo agrega-
do cultural de Chile en ese país, recibía habitualmente medios
de comunicación sobre la cultura y el arte mexicano. Así llegó
a mis manos el ejemplar en que Gabriel García Márquez qui-
so encontrarse con quien había escrito esto que parecía ser su
despedida. El escritor no tenía todavía el cáncer que lo llevaría
a la muerte 13 años después.
Se produjo el encuentro y tras una larga conversación donde
el periodista García Márquez hizo hablar al titiritero, pudo darse
cuenta de que la despedida en cuestión no era más que el últi-
mo discurso del muñeco en el espectáculo. Bello texto en el que
dialogan estos dos personajes.
Borges y García Márquez aparecen unidos por la mentira,
por el error y por quienes gustan de repetir constantemente
noticias falsas para justificar quizás qué otras situaciones o
para destacar e instalar en el mundo asuntos que nadie se ocu-
pa en desmentir.
La falsedad poética, literaria o artística nos lleva a repetir “no
verdades” como si fueran ciertas. Es cierto que hay artistas como
Picasso, por ejemplo, que gozaba confundiendo a los especialis-
tas al firmar como propios cuadros hechos por sus imitadores y
copistas no autorizados en la Riviera francesa.
Ni García Márquez ni Borges jamás hubiesen escrito lo que se
publicó como algo de ellos. Por eso algunos nos rebelamos con-
tra esos textos y fue posible ir destapando la verdad. Ahora bien,
esos escritos son valiosos por sí mismos, más allá de quien sea
su autor. ¡Vivan la poeta canadiense y el ventrílocuo mexicano!
Las cosas bellas no son patrimonio de los famosos.

[Ensayo] «Destinos entrecruzados»: La esperanza que hace revivir

Todos nos vamos encontrando a lo largo de la vida terrenal, esa es la sincronía de la cual nos habla Carl Gustav Jung y la que se encuentra en los libros sobre espiritualidad y pensamiento holístico: los acontecimientos que, a veces son causales, suceden simultáneamente y establecen conexiones, para que sus consecuencias se multipliquen.

 

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 12.5.2025

Hace algunos años fui invitado por Iván Bravo a presentar una novela suya. He conocido, además, su primera novela, sus poemas y otros escritos en prosa que constantemente difunde a través de algunas redes sociales.

Repetiré ante ustedes lo que dije en esa oportunidad: Yo soy sólo un escritor y no sé oficiar de crítico literario y mucho menos de profesor de literatura.

Hablo como colega de Iván y como lector empedernido. Hace unos días en una entrevista, la periodista me preguntaba por mi libro favorito. Mi respuesta fue: «son dos, el que estoy leyendo ahora y el que estoy escribiendo».

Sin duda, Iván Bravo ya es un escritor en toda la línea y viéndolo como lo veo, con esa vitalidad impresionante, con su entusiasmo que desborda todos los límites, su capacidad de imaginar, de crear, de hacer, no me cabe duda de que tendremos más libros muy pronto.

Conozco hace ya un buen tiempo la novela Destinos entrecruzados, porque Iván me pidió que opinara sobre ella, cuando recién tenía terminado su primer borrador. No sé si entonces tenía este mismo título, pero es probable que sí.

Si, porque el título es quizás una expresión muy obvia. Todas la vidas humanas se entrecruzan, se atraviesan, se conectan maravillosamente, como si los humanos no fuéramos más que parte de una sola y misma realidad. Y lo somos, de cierta manera.

Por ejemplo, una novela que terminé hace un tiempo y que aún espera respuesta editorial, la iba a titular Vidas cruzadas. O Encrucijada. Pero entonces recordé esta novela de Iván, él me había contado el título que iba a tener cuando la terminó de corregir. Le pregunté si la iba a publicar. «Estoy en eso», me dijo. Caramba, entonces yo debía buscar otro título.

Y no es raro, porque en definitiva todas las vidas de nosotros están cruzadas.

Algunos porque sus almas se pusieron de acuerdo para que así fuera desde el Bardo, esa dimensión espiritual en que las almas planifican su vida como humanos antes de encarnar.

Otros se cruzan porque los espacios son pequeños («El mundo es un pañuelo», dicen las voces populares).

Todos nos vamos encontrando a lo largo de la vida terrenal. Esa es la sincronía de la que nos habla Jung y la que se encuentra en los libros sobre espiritualidad y pensamiento holístico. Los acontecimientos que, a veces son causales, en su mayor parte son sincrónicos: es decir, van sucediendo simultáneamente y estableciendo conexiones, para que las consecuencias se vayan multiplicando.

Hablemos de este obra.

 

En el Chile bien retratado de ese tiempo

Quedé impactado por la historia que cuenta y, como corresponde a una novela que se merece, tiene un relato que va cautivando al lector que, en lugar de ansiar que llegue pronto un desenlace, lo que espera es que la historia siga.

La pregunta de las grandes novelas es siempre: ¿Y qué sigue después de la última página? Las series de Netflix han creado varias temporadas para satisfacer esas ansiedades. Las que se basan en textos ya publicados, impulsan a los escritores a escribir esas segundas o terceras partes, siendo primero el guion y luego la obra literaria.

En estos Destinos entrecruzados, cuando quedan 50 páginas, a los lectores nos surge el deseo vehemente de que súbitamente la novela tenga 150 páginas más.

Con todo, el texto no tiene discursos de relleno, como esos que aparecen en aquellas historias en las que el escritor no sabe cómo seguir avanzando y necesita completar una suma de páginas, con tal de que parezca un libro importante. No sobra nada.

En esta novela, Destinos entrecruzados, con un diálogo muy natural, con descripciones sencillas pero completas, Bravo va desatando un curso de acción en el cual los personajes adquieren vida. Son reales —en la novela por cierto— creíbles, como si se tratara de seres que en lugar de salir de la imaginación del artista, han tenido existencia en las calles del mundo.

Me recuerda eso que decía un escultor, cuando le preguntaron sobre esta capacidad de convertir una piedra cuadrada en una obra de arte. «Mire —dijo al periodista señalando una escultura que tenía en su taller—, ese caballo que ve usted ahí estaba adentro del bloque de piedra y yo lo único que hice fue liberarlo». Él ya existía.

Ahora bien, esta no es una obra como algunas novelas que hemos visto en los últimos años, hecha para jóvenes apurados —o apurados que se creen jóvenes— ni para personas que sólo les gusta el cuento, donde hay inicio, nudo y final, en pocas páginas. O pocas líneas. O 100 palabras.

Porque hoy existe cierta narrativa en que lo central es la brevedad. No es la síntesis, como en la poesía. Simplemente brevedad.

Decir en 100 palabras toda una historia.

Por supuesto que esa literatura es difícil de escribir y también tiene su valor.

Iván Bravo no se interesa por lo breve.

Él quiere decirlo todo, sin alargar nada artificialmente, pero sin dejar nada en el tintero. La imaginación del lector es apoyada por un relato muy bien estructurado, con descripciones claras y precisas, con un diálogo verdadero, realista, verosímil.

La obra de Bravo, entonces, es una novela donde todo lo que sucede en sus páginas pudo haber acontecido en la realidad. Destinos entrecruzados transcurre en los años 1959 y 1960 y de ahí adelante, en el Chile muy bien retratado de ese tiempo.

Así, los diálogos son de personas de esa época, con temas y formas que hoy tienen poca importancia, como la caballerosidad, ciertos respetos delicados, cortesías de lenguaje, algo de modestia institucional, las timideces de algunas personas, la dificultades de algunas relaciones de pareja, las actitudes de padres y madres, las rencillas de hermanos, las expectativas de vida.

Es el Chile de los años 60, con sus establecimientos hospitalarios, con sus profesionales, con sus obreros, con las personas sencillas de una época sin la vorágine de la selva contemporánea.

Fue un tiempo en que sucedieron muchas cosas en el país. Entre ellas, dos terremotos terribles, con poco más de 24 horas entre ellos, uno en Concepción y otro en Valdivia.

 

Hechos muy reales y dramáticos

Los personajes se mueven en Santiago y en otras ciudades. Me llamó poderosamente la atención como logró Iván mostrar con tanta rigurosidad el ambiente de cada uno de esos lugares, describiendo parajes y estilos de vida de las personas.

Un estudiante de música, un grupo de médicos, un boxeador, una joven enamorada, funcionarios corruptos, burócratas sin remedio, un vagabundo, una mujer comerciante, militares.

Todos ellos y otros, con sus parientes, amigos y conocidos, se van enlazando con hechos efectivamente acontecidos en esos tiempos, con situaciones que pudimos leer en la prensa de esos años, hechos muy reales y dramáticos.

El mundo, 65 años después, ha cambiado, las personas se comportan de modos diferentes, pero en esencia, la naturaleza humana es la misma y por ello podremos reconocer emociones, realidades y acontecimientos que pueden seguir sucediendo.

Las envidias, la lenidad, la corrupción en sus diversas formas, la brutalidad, los abusos, las ilusiones, la generosidad de los que menos tienen y la avaricia de los poderosos, son improntas que aparecen.

Y sobre todo el amor. El amor de los amigos, el amor de los que sufren por las mismas causas, la solidaridad en todas las escalas, los amores entre personas que arman parejas, el amor con los animales.

También la esperanza que hace revivir a los que ya parecían haber abandonado la existencia.

La novela entretiene, nos revive las añoranzas de un pasado que vivimos los más viejos, enseña a los jóvenes sobre una etapa interesante en la que hasta llegó a haber un Mundial de Fútbol en las ciudades de Chile; nos convocará, a todos los lectores, a vivir la intensidad de los acontecimientos que relata, de las emociones, de acontecimientos que van entretejiendo una maravillosa arpillera donde todos los seres viven y mueren con intensidad particular.

Compren el libro, léanlo, coméntenlo, regálenlo.

Para eso escribimos los escritores: para que otros nos lean.

 

 

 

***

Jaime Hales Dib (1948) es abogado de la Universidad de Chile, poeta, narrador y profesor.

En 1995 fundó la Academia de Estudios Holísticos SYNCRONIA, luego fue agregado cultural en México, y también formó parte del directorio y fue secretario general de la Sociedad de Escritores de Chile.

Además, integró el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile, participó en la comisión redactora de la Ley del Libro, fundó la Editorial Casa Doce, ha publicado varios textos de su autoría y ha dado recitales poéticos en diversas ciudades de Chile y en el extranjero (Francia, España, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Panamá, Uruguay, Argentina y México).

Poemas para compartir 3

Poema publicado en Dulce Mía, 1993 y musicalizado por Tita Munita. El cuadro de la portada es de Benito Rojo.

 
¿Futuro?


Te amé desde el origen de la luna

te amé desde el primer momento y el final

te amé para siempre y hoy, te amo.

 

Preguntaré por todos los portales

buscaré una respuesta y un saludo

una bandera de colores enemigos

un nombre carente de sentido

reclamaré pañuelos y tus manos

¡ qué tarde llegaron a mis manos!

 

Tal vez, tal vez, muchos tal vez

dijiste Dulce cuando ya era tarde

y ansiedades y caricias postergadas

reclamos en silencio y soledad

no hay tiempo ya para el futuro

he muerto temprano esta mañana.

«Luz de amor»: En busca del destino y de su nombre

El escritor chileno Jaime Hales Dib define a la pasión como una urgencia transversal y le habla a otra independiente, etérea y sin embargo efervescente en la potencia sexual de la carne —que va y viene intermitente— como rayo en noche de tormenta durante el breve suspiro de la vida.

Por Eva Debia Oyarzún

Publicado el 10.4.2025

A medio camino entre los 30 y los 40, Jaime Hales Dib (1948), hombre versátil que nos convoca hoy desde su pluma y su memoria, afirmaba que, si bien no es leñador ni superhombre, «corre tras las cumbres inmutables en medio de los bosques ancestrales», en busca del destino y de su nombre.

Cabe reflexionar sobre los propósitos del recorrido que, con más y menos montes y hondonadas, cada persona va forjando en su presencia por este suspiro increíblemente breve que llamamos vida.

Pareciera que Hales Dib lleva toda la vida corriendo: aprendió a escribir y sobre el mismo pulso articuló su primer cuento con apenas seis años, hilvanando a los nueve su primer poema y a los diez ya era un consagrado escritor que inauguraba su primer decenio con la fundación de una revista y la publicación semanal de crónicas en el diario mural del colegio.

Este caleidoscópico ser humano se caracteriza por su luz. Desde el magma volcánico de su temperamento (a veces), hasta la llamita hogareña de una vela intencionada: ha vivido muchas vidas en una sola o, mejor aún, le ha sacado el jugo al reloj de esta pasada: abogado, político, filósofo, escritor, agregado cultural, fundador de centros de educación superior y de su academia de Estudios Holísticos Syncronía, tarotista, tallerista, columnista, articulista, comunicador por esencia y organizador articulante de cuánta iniciativa transite entre la defensa de los derechos humanos y la apertura de conciencias para la era de Acuario.

Los años agotan el cuerpo, a veces. Pero en este hombre el cansancio jamás permea el alma: mira desafiante hacia las ocho décadas y publica, y publica, y siente y no deja de sentir. Ya no corre desbordado como un potrillo adolescente, claro.

Por eso le hace caso a Gonzalo Rojas, quien alguna vez le dijo que los poemas debían actualizarse.

De luces y de sombras se arma la existencia: todo lo que habite entre medio es una suma de anécdotas, de experiencias, de emociones. Y el palpitar más universal, el sentimiento más tomado por el arte es, sin duda, el amor.

 

Rescatar, intervenir y elegir con pinzas

Luz de amor es un compendio mas no una antología (que antologar la frondosa literatura del escritor que hoy nos convoca será trabajo titánico de algún editor futuro a quien desde ya admiro profundamente por tamaña odisea); es el mismo autor quien explica que, al alero de los años, cumplidos ya tres cuartos de siglo, decidió releer su poesía y a raíz de eso nace una nueva urgencia: la de rescatar, intervenir y elegir con pinzas las poesías tejidas en el recorrido previo.

Muchos pueden creer que de amor se ha escrito ya demasiado; sin embargo, este siglo XXI en el que la inteligencia artificial nos respira en la nuca de modo implacable, es precisamente el momento preciso de traer al ruedo aquello que nos recuerda la diferencia entre lo verídico y lo artificioso: el humano en cuanto siente, está vivo.

Y no existe sentimiento más profundo que el amor, entendiendo ese rellano como una sumatoria entre la pulsión ancestral que nos convoca hormonalmente para preservar la especie y la sublimación sensitiva de cuidado, intimidad y armonía cómplice de lo cotidiano.

Este libro trabaja con el amor romántico y todo su esplendor, pero aborda en contrapunto los trasluces de la ausencia, con especial apego a ese libro publicado en 2006 y que cada tanto me guiña el ojo en el estante de las obras más visitadas por su palpitar absoluto y voraz.

Con todo, en la primera parte del libro que hoy nos llama, el autor define al amor como una urgencia transversal y le habla a otra independiente, etérea y sin embargo efervescente en la potencia sexual de la carne, que va y viene intermitente como rayo en noche de tormenta durante el breve suspiro de la vida.

Jaime Hales rescata en este segmento la certeza de un amor al otro como y en cuanto a otro, libre en erotismo y temporalidades, en secreto o a voz viva. La confianza íntegra que trasciende rutinas y clandestinidades, el amor liviano y a la vez tan profundo como las Marianas, una forma de amar como una dádiva constante, desbordando en una honesta gratitud muy cómplice.

«Érase una vez», poema inédito hasta hoy, estremece de cabo a rabo ya que da cuenta de esta retrospectiva que es amar mientras se vive, como una historia enriquecida en visos universales y a la vez únicos.

 

En la profundidad escondida de una noche eterna

En la segunda parte de este libro, el poeta nos recuerda que el amor tiene contraluces y que para dimensionar el fulgor es necesario atravesar las sombras. Una sabiduría agarrada tal vez en otras vidas, ya que existía consciencia del contraste ya en sus poemas de adolescencia, donde habla de luces negras, del camino de la vida y del paso del anciano.

De esta manera, el autor nos evidencia esa pluralidad compleja de amar con reglas y sin ellas, aborda de soslayo ese sentido social de propiedad que tantas llagas le ha hecho al amor en tantas vidas: «Pero sí te pido que no tengas culpas cuando hagas el amor conmigo. Y no pienses en mí cuando hagas el amor con él».

Habla de culpa, dolor y miedo, todo junto en la profundidad escondida de una noche eterna.

El epílogo no es sino una danza de humor a un reconocerse descarnado, cuando cada vez tenemos menos colágeno y más recuerdos. Y me sopla la memoria lo que mi abuelo solía decir en su sempiterna ironía y humor negro: «el amor, además de ciego, a veces es soberanamente estúpido».

Tras la lectura de este trabajo donde Hales Dib desnuda su amor por esa otra que va y viene como las mareas a su vida y a sus brazos, cabe preguntarse si existe un único gran amor más allá de los amores vividos en cada etapa de la existencia.

Quisiera creer que podemos permitirnos vivir cada amor en su dimensión propia, sin los ecos de esas ausencias que terminan escondidas siempre en las almas de quienes hemos tenido la fortuna de a lo menos un amar entero.

No es secreta mi admiración y gratitud por este ser humano: a Jaime Hales lo conocí hace algunas décadas ya, y entre giro y giro, a él le debo y le deberé siempre atizar la inquietud de la literatura para que me definiera hoy como escritora.

Vaya a saber una qué otros recorridos hubiera transitado sin su generosidad. Gracias por permitirme compartir estas reflexiones cargadas de profundo cariño.

 

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