[Crónica] Porque puedo hacerlo

La voluntad sin límites es la tónica del tiempo presente, la decisión del más fuerte se hace del poder, derrota a los débiles, a quienes además desprecia, vence al propio dios que se dejó asesinar por los romanos a instancias de los judíos y con eso puede llegar a la victoria.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 12.4.2026

La fuerza de la decisión

Así, la ministra de Seguridad respondió la pregunta del periodista:

— Ministra, ¿por qué usted envió ese oficio a la PDI?

— Porque puedo hacerlo.

Y ése es el estilo, la tónica del tiempo presente. De lo que se trata es de avanzar hacia las propias metas con voluntad. Por cierto, se me viene a la memoria Nietzsche, el gran filósofo alemán. Él decía que era psicólogo y no filósofo, porque lo que hacía era desnudar el ser íntimo de las personas («el hombre», en sus palabras). Mostrando que con su voluntad podía conseguirlo todo.

En definitiva, la voluntad más fuerte se hace del poder, derrota a los débiles, a quienes además desprecia, derrota al propio dios que se dejó asesinar por los romanos a instancias de los judíos y con eso puede llegar a la victoria.

Lo que acabo de decir es una simplificación de un pensamiento más complejo, pero es la forma precaria en que lo han entendido sus entusiastas seguidores que miraron a los líderes del nazismo y del fascismo, con la misma fascinación que hoy siguen a Putin y a Trump.

«Vamos hacia adelante», dicen Milei, Bukele y ahora Kast, haciendo todo lo que se pueda, con la sonrisa presta, la frialdad total ante los pesares de los pobres.

Son pobres porque son débiles, nos dirá la doctrina de la voluntad, incapaces de cambiar la historia y de modificar sus propias condiciones. El que no es capaz de salir de la pobreza con sus propias energías, tendrá que aceptar la realidad y someterse a la voluntad de los poderosos.

La autosuficiencia

Los que pueden, los que tienen voluntad y le «dan con todo», serán quienes manden. El discurso es: «sabemos lo que hay que hacer y somos los únicos que lo hacemos bien». Para ellos no hay límites y serán capaces de llevar la potestad reglamentaria del Ejecutivo hasta el límite, sin importar los intentos de los otros que quieren poner frenos o suavizar los procesos.

Estamos aquí, dirán, para llevar adelante nuestros planes y no para escuchar lamentos. Es la mirada de esa especie curiosa del cristianismo clasista: ser bien cristiano es seguir la voluntad del señor, que si te hizo nacer en esa realidad, sería pecado querer cambiarla.

Debes ser el mejor entre los tuyos, pero no tratar de salir de allí. Y si alguien lo logra se le admitirá arriscando un poco la nariz, al menos en las primeras generaciones, pero luego se le permitirá asociarse a los clubes de golf o comprar acciones de ciertos bancos o del Colo-Colo.

Con el poder todo se puede

Están acostumbrados a tener el poder, porque tienen el control de la economía. Cuando pierden el gobierno, harán lo posible porque los advenedizos fracasen. Su palabra será: «que es un gobierno fracasado, que nos ha llevado a la ruina».

Alguna vez fue la Reforma Agraria y el desabastecimiento provocado, ahora simplemente es la palabra, la creación de imagen y el desprecio por provinciano joven que llega a las alturas sin haber pasado por los colegios de élite.

Entonces se hacen elegir por un pueblo cansado de que gobiernen los que no pueden conseguirlo todo, llegando a consolidar sus poderes con el control de gobierno.

Porque pueden.

Porque es, en definitiva, una cuestión de poder.

«Si yo tengo un auto potente, que corre a altas velocidades, ¿por qué debo ajustarme a límites que están hechos para los débiles y los mediocres?», parecen decir cuando andan por calles y carreteras. Voy a Viña del Mar y regreso por un asunto de trabajo.

En el túnel de la Costanera Norte voy a 80 kilómetros por hora, velocidad máxima permitida; salgo del túnel y puedo andar a 100 y en gran parte de la carretera puedo viajar a 120. Entonces, se me instalan detrás de cada tramo uno o más vehículos que quieren que corra, que sobrepase la velocidad que anuncian los letreros: se acercan a límites prohibidos para los demás, no para ellos, prenden luces y hasta tocan bocina.

Y cuando me sobre pasan lanzan todo tipo de groserías —que no escucho— pero las entiendo porque se acompañan de gestos. Es que ellos pueden: saben que es difícil que les cursen la infracción. Y si acaso eso se produce pueden eludirla. Y si no la eluden, pagarla no es problema.

Las noticias nos muestran a decenas de funcionarios de Carabineros juzgados por sus delitos que van desde apropiaciones de dineros institucionales hasta violaciones; funcionarios de PDI formando parte de bandas criminales; gendarmes involucrados en delitos con presos en las cárceles; funcionarios de las Fuerzas Armadas como participantes y ejecutores de diversos delitos.

Porque pueden. Pero, claro, a esos los han detenido. ¿Hay otros que pueden y no han sido sorprendidos aún? Es posible, porque pueden e incluso podrían quedar impunes para siempre, en una especie de «crimen perfecto». Tienen el poder y los recursos para violar una ley que los ciudadanos debemos respetar.

Como aquellos que usan información privilegiada violentando las normas que regulan la llamada «libre competencia» (no es necesario pensar en quien haya ejercido la Presidencia de la República, son muchos más), obteniendo enormes ganancias y están dispuestos a pagar una multa que no alcanza el 1 % de lo que están ganando.

Y no sólo ganan dinero: se ufanan, porque lo hicieron simplemente porque tenían voluntad para ello y las leyes existen para los demás. Y ganan prestigio entre los suyos, se muestran poderosos ante el pueblo, se sienten triunfadores.

El egocentrismo como instrumento de acción

YO puedo, YO, con mayúsculas, con la sonrisa, la mano al volante, la seguridad de que soy de los que están llamados a mandar.

Puedo promover leyes que beneficien a los amigos y los aliados. Lo hago porque puedo. Puedo hacer cualquier cosa, aunque luego condenen a mis amigos a clases de ética o les digan que no se les puede condenar porque el proceso legal ha durado mucho.

Esto nos recuerda a ese general que se apropió de mucho dinero público y lucró en el poder sin contrapeso por casi 17 años.

Mientras ejercía el mando, la Corte dijo que no había norma que permitiera procesarlo. Cuando dejó de existir esa protección, consiguió, siempre sonriendo y con la misma frialdad en sus ojos azules, que se le declarara demente y así eludiría hasta el día de su muerte aquella ley que se hizo para los débiles, pero no para ellos.

La voluntad sin límites es la tónica del tiempo presente, la decisión del más fuerte se hace del poder, derrota a los débiles, a quienes además desprecia, vence al propio dios que se dejó asesinar por los romanos a instancias de los judíos y con eso puede llegar a la victoria.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 12.4.2026

La fuerza de la decisión

Así, la ministra de Seguridad respondió la pregunta del periodista:

— Ministra, ¿por qué usted envió ese oficio a la PDI?

— Porque puedo hacerlo.

Y ése es el estilo, la tónica del tiempo presente. De lo que se trata es de avanzar hacia las propias metas con voluntad. Por cierto, se me viene a la memoria Nietzsche, el gran filósofo alemán. Él decía que era psicólogo y no filósofo, porque lo que hacía era desnudar el ser íntimo de las personas («el hombre», en sus palabras). Mostrando que con su voluntad podía conseguirlo todo.

En definitiva, la voluntad más fuerte se hace del poder, derrota a los débiles, a quienes además desprecia, derrota al propio dios que se dejó asesinar por los romanos a instancias de los judíos y con eso puede llegar a la victoria.

Lo que acabo de decir es una simplificación de un pensamiento más complejo, pero es la forma precaria en que lo han entendido sus entusiastas seguidores que miraron a los líderes del nazismo y del fascismo, con la misma fascinación que hoy siguen a Putin y a Trump.

«Vamos hacia adelante», dicen Milei, Bukele y ahora Kast, haciendo todo lo que se pueda, con la sonrisa presta, la frialdad total ante los pesares de los pobres.

Son pobres porque son débiles, nos dirá la doctrina de la voluntad, incapaces de cambiar la historia y de modificar sus propias condiciones. El que no es capaz de salir de la pobreza con sus propias energías, tendrá que aceptar la realidad y someterse a la voluntad de los poderosos.

La autosuficiencia

Los que pueden, los que tienen voluntad y le «dan con todo», serán quienes manden. El discurso es: «sabemos lo que hay que hacer y somos los únicos que lo hacemos bien». Para ellos no hay límites y serán capaces de llevar la potestad reglamentaria del Ejecutivo hasta el límite, sin importar los intentos de los otros que quieren poner frenos o suavizar los procesos.

Estamos aquí, dirán, para llevar adelante nuestros planes y no para escuchar lamentos. Es la mirada de esa especie curiosa del cristianismo clasista: ser bien cristiano es seguir la voluntad del señor, que si te hizo nacer en esa realidad, sería pecado querer cambiarla.

Debes ser el mejor entre los tuyos, pero no tratar de salir de allí. Y si alguien lo logra se le admitirá arriscando un poco la nariz, al menos en las primeras generaciones, pero luego se le permitirá asociarse a los clubes de golf o comprar acciones de ciertos bancos o del Colo-Colo.

Con el poder todo se puede

Están acostumbrados a tener el poder, porque tienen el control de la economía. Cuando pierden el gobierno, harán lo posible porque los advenedizos fracasen. Su palabra será: «que es un gobierno fracasado, que nos ha llevado a la ruina».

Alguna vez fue la Reforma Agraria y el desabastecimiento provocado, ahora simplemente es la palabra, la creación de imagen y el desprecio por provinciano joven que llega a las alturas sin haber pasado por los colegios de élite.

Entonces se hacen elegir por un pueblo cansado de que gobiernen los que no pueden conseguirlo todo, llegando a consolidar sus poderes con el control de gobierno.

Porque pueden.

Porque es, en definitiva, una cuestión de poder.

«Si yo tengo un auto potente, que corre a altas velocidades, ¿por qué debo ajustarme a límites que están hechos para los débiles y los mediocres?», parecen decir cuando andan por calles y carreteras. Voy a Viña del Mar y regreso por un asunto de trabajo.

En el túnel de la Costanera Norte voy a 80 kilómetros por hora, velocidad máxima permitida; salgo del túnel y puedo andar a 100 y en gran parte de la carretera puedo viajar a 120. Entonces, se me instalan detrás de cada tramo uno o más vehículos que quieren que corra, que sobrepase la velocidad que anuncian los letreros: se acercan a límites prohibidos para los demás, no para ellos, prenden luces y hasta tocan bocina.

Y cuando me sobre pasan lanzan todo tipo de groserías —que no escucho— pero las entiendo porque se acompañan de gestos. Es que ellos pueden: saben que es difícil que les cursen la infracción. Y si acaso eso se produce pueden eludirla. Y si no la eluden, pagarla no es problema.

Las noticias nos muestran a decenas de funcionarios de Carabineros juzgados por sus delitos que van desde apropiaciones de dineros institucionales hasta violaciones; funcionarios de PDI formando parte de bandas criminales; gendarmes involucrados en delitos con presos en las cárceles; funcionarios de las Fuerzas Armadas como participantes y ejecutores de diversos delitos.

Porque pueden. Pero, claro, a esos los han detenido. ¿Hay otros que pueden y no han sido sorprendidos aún? Es posible, porque pueden e incluso podrían quedar impunes para siempre, en una especie de «crimen perfecto». Tienen el poder y los recursos para violar una ley que los ciudadanos debemos respetar.

Como aquellos que usan información privilegiada violentando las normas que regulan la llamada «libre competencia» (no es necesario pensar en quien haya ejercido la Presidencia de la República, son muchos más), obteniendo enormes ganancias y están dispuestos a pagar una multa que no alcanza el 1 % de lo que están ganando.

Y no sólo ganan dinero: se ufanan, porque lo hicieron simplemente porque tenían voluntad para ello y las leyes existen para los demás. Y ganan prestigio entre los suyos, se muestran poderosos ante el pueblo, se sienten triunfadores.

El egocentrismo como instrumento de acción

YO puedo, YO, con mayúsculas, con la sonrisa, la mano al volante, la seguridad de que soy de los que están llamados a mandar.

Puedo promover leyes que beneficien a los amigos y los aliados. Lo hago porque puedo. Puedo hacer cualquier cosa, aunque luego condenen a mis amigos a clases de ética o les digan que no se les puede condenar porque el proceso legal ha durado mucho.

Esto nos recuerda a ese general que se apropió de mucho dinero público y lucró en el poder sin contrapeso por casi 17 años.

Mientras ejercía el mando, la Corte dijo que no había norma que permitiera procesarlo. Cuando dejó de existir esa protección, consiguió, siempre sonriendo y con la misma frialdad en sus ojos azules, que se le declarara demente y así eludiría hasta el día de su muerte aquella ley que se hizo para los débiles, pero no para ellos.

El día después

El desarrollo de la elección en forma impecable deja en evidencia la seriedad con que la institucionalidad y los chilenos tomamos los procesos electorales. Más importante que eso, sin embargo, han sido los discursos de ambos candidatos al conocerse los resultados. ¿Será la actitud de Kast un “caballo de Troya”, como plantea alguien o un sincero esfuerzo por lograr acuerdos para que el país avance? ¿Serán las fuerzas derrotadas capaces de articular propuestas concretas para conseguir mayor justicia social y bienestar de todos?

La elección presidencial terminó con un resultado previsible –el triunfo de Kast sobre Jara– pero con una diferencia porcentual que excedió todos los cálculos. Algunos deseábamos que esa diferencia fuese más estrecha, por el temor de tener a un ganador excesivamente empoderado, dispuesto a aplastar a los adversarios y hacer retroceder al país en cuanto a los derechos sociales.

Las cifras (casi 18% de diferencia) no se explican sólo por el comportamiento de la candidata derrotada y su comando (es la candidata de la “no-derecha” con menor porcentaje en las definiciones de balotaje), sino por un cúmulo de situaciones que el electorado –digamos una gran mayoría del pueblo– quiso castigar.

Kast, contra todo pronóstico, ganó en todas las regiones del país y derrotó a Jara en muchas comunas en las cuales se esperaba que ella triunfara. Y donde triunfó, la candidata derrotada lo hizo con porcentajes mucho más estrechos de lo que se podría haber esperado.

El pueblo se pronunció, como dijo Jara, “en forma clara y categórica”, no dejando dudas sobre la opción. Los factores que influyen son muchos y no siempre inmediatos.

Buscando explicaciones

¿Es que acaso el pueblo se ha “derechizado”? ¿O es que la ultraderecha se ha convertido en una alternativa victoriosa como resultado del desencanto, la decepción y la desconfianza en quienes han manejado el país?

Las estrategias políticas de los que se opusieron a Pinochet incluyeron una relativización ética en sus acciones, sus renuncias, sus adaptaciones y sus decisiones de gobierno.

Ello, sumado al incumplimiento de las grandes promesas hechas desde la campaña de 1988 (“La alegría ya viene”) por los gobiernos concertacionistas; la carencia evidente de vocación verdaderamente democrática al asumir la Constitución pinochetista y el modelo económico sin mayores reparos; la debilidad demostrada en temas que requerían reformas profundas; los errores de este gobierno y el “fracaso de la superioridad moral” que proclamaban Jackson y otros; la falta de conducción política, de propuestas reales y el exceso de retórica; a lo que deben agregarse los problemas profundos que ha vivido nuestra sociedad por décadas, en cuanto a delincuencia, precariedades judiciales, injusticias sociales, problemas de vivienda, estado de crisis prolongado en la educación pública y la salud, han incidido en este escenario. Ya habrá oportunidad de profundizar en esos temas.

La fortaleza institucional y respeto político

Pero estas elecciones han dejado en evidencia varias realidades que, aunque probablemente nos parezcan obvias, no lo son en el contexto continental y quizás mundial.

Una elección de Presidente y Congreso, un balotaje posterior, sin que nadie reclame que ha habido fraude, es un verdadero orgullo.

El pueblo de Chile, en los escasos espacios de que dispone para incidir en las decisiones políticas, se expresa con serenidad, sentido republicano, valorización de su participación electoral. No sé si otro país del mundo puede exhibir con tanta claridad un proceso electoral con una votación limpia, un funcionamiento eficiente, escrutinios correctos y rápidos y la entrega de resultados definitivos en corto plazo.

 

Es verdad que la campaña fue muy ingrata para todos, con acusaciones, insultos, malos tratos y una agresividad descomedida de parte de todas las candidaturas (por lo menos 7 de las 8). De eso no cabe duda y muchos lamentamos que no hubiese surgido una fuerza capaz de poner otro tono.

Tal vez ese “tercer punto”, hubiera podido romper el esquema de “los dos grandes” representando posiciones extremas en el cuadro final, donde un alto porcentaje de votantes se encontraba sin más alternativa que elegir “por miedo al triunfo del otro”. Las caricaturas, en ese sentido, dieron más resultado a los que identificaban a Jara con Stalin que los que aluden a un eventual pasado hitleriano de los ancestros de Kast. Ni unas ni otras eran reales.

Boric y la tradición

La actitud del presidente Boric, su llamado al respeto y a la reafirmación de las tradiciones de Chile, en el sentido de hablar al país reconociendo los resultados –que, quisiera o no, involucraban un juicio a su gestión– y llamar a los candidatos para manifestarles su agradecimiento por la limpieza del acto y felicitar al ganador, demuestran algo profundo que está arraigado en la historia democrática.

Lo que quiero decir es que todos los presidentes posteriores a la dictadura, siguiendo el camino de sus antecesores elegidos por el pueblo, han hecho probablemente lo mismo. Kast atacó con dureza a Boric en todos estos años, desde la campaña del balotaje de 2021 y hasta esta misma semana, pero recibió el llamado del presidente y tuvieron una conversación respetuosa, en la que ambos afirmaron su voluntad de colaboración por el bien de Chile. Ni en Boric se notaba rencor ni en Kast prepotencia en su diálogo frente al país entero.

Los candidatos

Pese a todas las discrepancias de los dos candidatos y al trato duro que se dieron, ambos tuvieron actitudes destacables.

Lo primero: Jara llamó a Kast para reconocer su derrota y felicitarlo por el triunfo. No sólo eso: luego fue, acompañada de varios dirigentes, a saludar a Kast. Ya en 2000, en el balotaje, Lavín se apresuró en ir a saludar a Lagos que estaba en su comando. Esa tradición se mantiene.

Lo segundo es el discurso de Jara, llamando a renunciar a las tentaciones de hacer oposición cerrada, llamando a aprender de la derrota, teniendo una actitud vigilante para evitar retrocesos y de colaboración en los esfuerzos y proyectos en los que pueda haber coincidencias, rechazando desde ya toda forma de violencia en el ejercicio político democrático. Incluso Jara puso especial énfasis en reprender a sus partidarios para evitar el calificativo de “nazi” a Kast, para dejar de lado las caricaturas.

Tercero, el discurso de Kast –demasiado largo y retórico– en el que valoró el gesto y el discurso de Jara y llamó a sus partidarios a tener respeto por el adversario, prometiendo buscar diálogo, unidad y ser el presidente de todos los chilenos.

Lo valioso de estas palabras es que las dice cuando sus partidarios están enfervorizados y quizás querían oír un discurso más guerrero. Yo temía que en la euforia de la enorme victoria extremara su discurso, pero en lugar de eso lo moderó y tuvo una actitud en la que pareció más demócrata, más prudente, más sereno y más abierto que muchos de sus partidarios.

Lo que viene

Si bien, como dije, el desarrollo de la elección fue impecable y deja en evidencia la seriedad con que la institucionalidad y los chilenos tomamos los procesos electorales, más importante que eso, sin embargo, han sido las reacciones de ambos candidatos al conocerse los resultados.

¿Será la actitud de Kast un “caballo de Troya”, como plantea alguien o un sincero esfuerzo por lograr acuerdos para que el país avance?

¿Serán las fuerzas derrotadas capaces de articular propuestas concretas para conseguir mayor justicia social y bienestar de todos?

¿Cómo será el gobierno de Kast?

Hasta el 13 de diciembre yo tenía una interpretación a partir de la campaña. Hoy percibo algo diferente. Tal vez no sean las cosas como las hemos temido, sino que desde que asuma intente buscar soluciones consensuadas a muchos de los problemas que vive el país. Pese a su amor y admiración por Pinochet y Jaime Guzmán y a sus deseos de libertad para los condenados por delitos graves de lesa humanidad, es probable que no otorgue indultos y que acepte que los avances que han existido en estos más de 30 años no sean revertidos.

No nos engañemos: su escala de valores es la del sistema vigente, que, bajo la inspiración de Guzmán y los economistas de Chicago, combina un integrismo religioso con un liberalismo económico exento de límite éticos.

Esa combinación es difícil llevarla adelante en un régimen democrático (a Pinochet con su dictadura no le costó nada y estableció el autoritarismo más brutal, con una mirada integrista cristianizada y el neoliberalismo que impera hasta hoy) y tal vez justamente Kast deberá entender que es necesario fortalecer políticas sociales para mantener el apoyo y buscar medidas económicas que revelen ciertos límites, aunque eso signifique postergar o reorientar a ciertos inversionistas. Su posición, reiterada en la noche del triunfo, en cuanto a proteger los cielos del norte aunque eso signifique poner frenos a algunas inversiones proyectadas, revela que algo de eso está pasando por su mente.

Amanece el lunes 15 de diciembre.

Comienza un período en el cual el gobierno de Boric intentará cumplir algunas de las metas pendientes, mientras inicia los traspasos al próximo equipo gobernante.

 

Será el momento en que las altisonantes palabras del ganador en esta contienda bajen a la realidad, mostrando que el país no está estancado ni derrumbado, que Chile no se cae a pedazos ni todo es tan malo como se ha dicho. Al recibir las informaciones podrá darse cuenta de que no es necesario restablecer la legalidad, porque ella no ha sido afectada por el gobierno, sino por los particulares cuando no respetamos las normas del tránsito, las exigencias tributarias, la propiedad privada, las disposiciones de las autoridades.

No vamos a desconocer que en Chile hay problemas con un incremento de la delincuencia en las últimas décadas. Pero eso no se termina por un acto de voluntad.

Tal vez el futuro gobernante pueda entender por qué la policía uniformada no ha actuado como debería y recién ahora, cuando se termina el gobierno, está haciendo cosas que eludió cumplir por años.

Tal vez descubra que los casos de corrupción de esa policía y otras instituciones no son casos aislados, sino mucho más frecuentes y generalizados de lo que se ha querido dar a entender. Esperemos que la delincuencia no baje sólo en los noticiarios, como me decía un amigo, sino que en la realidad.

Será éste un tiempo para develar lo que es el Estado y él y sus cercanos podrán descubrir que “otra cosa es con guitarra”. Fue Boric quien, a los pocos meses de iniciado su gobierno, dijo: “las cosas son más difíciles de lo que parecían desde fuera”.

Por cierto, las cosas hay que hacerlas mejor. Y ésta puede ser una buena oportunidad de buscar la forma de mejorar el funcionamiento del Estado que, sin dudar, debe ser poderoso, eficaz, eficiente, sólido.

Lo que viene en la política puede ser algo muy interesante: 30 meses sin elecciones, tiempo para reorganizar los grupos, recuperar ideas y propuestas, promover organización e iniciar debates sobre el mundo que viene. Es el tiempo de ponerse pie y agruparse, reagruparse, organizarse, para buscar las soluciones profundas, a largo plazo, que no se agoten en el “cosismo” ni las urgencias, sino en la construcción de una nueva forma de vivir en Chile.

No voto por Kast

Votar por Kast es estar dispuesto a reivindicar el oprobio de Pinochet al país, las desapariciones forzadas, los asesinatos, las prisiones arbitrarias, la persecución por las ideas, las limitaciones a la libertad de expresión en cualquiera de sus formas.

 
 
 
 
 
 

¿Por quién votar?

Kast representa con seriedad, con solidez, sin asomo de duda ni vacilación, la adhesión a lo que fue la dictadura derechista encabezada por Augusto Pinochet.

Él, como Kaiser, son la mejor expresión del pinochetismo, aunque hay que dejar claro que Kaiser es aún más directo y descarado.

Los que respaldaron o callaron en dictadura

Otra persona me hizo ver que yo había votado por Mayne-Nicholls quien confesó, tal cual, después de ser duramente interpelado, haber votado a favor de Pinochet en 1988.

Un 43% de los chilenos voto por el SI a Pinochet en esa ocasión, lo que no necesariamente los hace partidarios, especialmente si no son políticos. La mayoría no eran políticos, como el caso del propio Mayne-Nicholls y no cabe ninguna duda que el tenor de su discurso dista mucho de las posturas de quienes apoyaron o justificaron – algunos incluso colaboraron activamente – las atrocidades cometidas durante la dictadura en abierta violación de los derechos de las personas. Otros tantos se arrepintieron de su relación con el régimen y, unos pocos, incluso han pedido perdón.

 

Sin ir más lejos, la colaboración que algunos demócrata cristianos prestaron a las acciones conspirativas o manifestaron vacilaciones durante los dos primeros años del golpe, relativizando las acciones de violencia contra la población, fue perdonada por el pueblo y hasta por la izquierda más radical, llegando quien presidió la directiva del PDC en sus titubeos frente al tirano nada menos que a la presidencia de la República.

Los arrepentidos

Porque, en definitiva, quien se arrepiente puede ser perdonado.

Voté por Aylwin, ciertamente, no con agrado ni convencido de sus méritos, sino con la seguridad de que entre las opciones disponibles más valía un demócrata arrepentido de sus errores, que un continuador de la tiranía impuesta al país por la fuerza de las armas.

 

No podemos olvidar que en materia de arrepentimientos y actos de desagravio hemos tenido ejemplos notables, siendo uno de los más claros el simple hecho de que el vocero de la dictadura desde sus primeras horas fuera el que resultó ser el encargado de prensa del primer gobierno de la concertación.

O que los más feroces críticos del modelo económico implantado por De Castro y sus sucesores, se convirtieran desde sus cargos de gobierno en entusiastas partidarios del neoliberalismo imperante y que ninguno de los gobiernos desde 1990 hasta hoy haya hecho nada serio por terminar con el sistema previsional que ha lesionado a la mayoría de los chilenos, del cual están liberados solo los funcionarios públicos que tienen el uso exclusivo de las armas en forma legal, despreciando las propuestas de personas tan diferentes como Ximena Rincón y Ricardo Hormazábal, cuyas propuestas han sido de enorme seriedad.

Decido el voto

Pensando en eso y en el contenido de su programa, en su actitud y en su capacidad de enfrentar la corrupción en los lugares en que ha ocupado posiciones con grave daño para sí mismo, voté por Harold Mayne-Nicholls, a quien no conozco personalmente.

Pero no puedo votar por quien relativiza los derechos humanos, como lo ha hecho Kast en su trayectoria política y en su discurso permanente.

Votar por Kast es estar dispuesto a reivindicar el oprobio de Pinochet al país, las desapariciones forzadas, los asesinatos, las prisiones arbitrarias, la persecución por las ideas, las limitaciones a la libertad de expresión en cualquiera de sus formas.

Votar por Kast es aplicar un esquema moral, económico, social y político, que redujo a Chile en sus 17 años de dominación al más bajo crecimiento económico promedio, a la desafección ética; al predominio de la violencia contra quienes pensábamos diferente; al sometimiento y la instrumentalización del “poder judicial” para justificar todas sus acciones; a la generalización de formas de corrupción no sólo entre los funcionarios sino incluso en las Fuerzas Armadas y la policía uniformada; a la sumisión por terror de la Contraloría General, llegando a la abyección de nombrar como contralor a quien fue y luego volvió a ser su ministro del Interior.

Kast, apoyado por Kaiser y muchos de sus ex correligionarios de la UDI, visita a los condenados por violaciones a los derechos humanos no por el mandato cristiano de ir a ver a los presos y a los enfermos, sino porque empatiza con las razones y métodos de su actuar.

Krassnoff es sólo un símbolo. Kast mismo lo ha dicho: “no voy a ver a determinada persona, sino a todos”. ¿Estaba incluido en ese todos Manuel Contreras Sepúlveda, quien nunca se arrepintió de lo que hizo y dijo que si tuviera la oportunidad lo repetiría, pero “haciéndolo mejor”?

Kast miente en campaña

Kast basa su campaña en la frase de que el gobierno de Boric es un gobierno fracasado. Puede ser que haya fracasado en muchas cosas. Yo no he sido partidario del actual Presidente de la República y votaré por Jara sólo para atenuar las posibilidades del triunfo de Kast.

Pero no puedo permanecer en silencio cuando el candidato del Partido Republicano falta gravemente a la verdad para imputar a su contendora y al gobierno del cual ella formó parte el origen de todos los males.

Que este gobierno hizo que se desatara la delincuencia en Chile, como dice Kast, es falso. Ya Piñera en su primera campaña hablaba que los delincuentes tenían sus días contados y los resultados de sus planes están a la vista. Han pasado 15 años y las cosas están peor que entonces.

¿Culpa de Piñera, de Bachelet, de Boric, de los diputados y senadores? Sí y no, pero hay otros responsables y la culpa de los gobiernos ha sido no meter allí sus manos con fuerza, permitiendo que los mismos de siempre sigan dirigiendo las instituciones policiales. En fin, tema para otra columna de opinión, aunque sería mejor un ensayo.

Que la mala condición de la educación es responsabilidad de este gobierno es también una mentira. Juan Antonio Guzmán Molinari, último ministro de educación de Pinochet, declaró al terminar el periodo que ellos –los gobernantes por 17 años– habían cumplido sus metas de cobertura educacional en el país, pero quedaba pendiente la tarea de la calidad de la educación en lo que no habían avanzado. ¿Culpa de Boric?

Que el país está quebrado, que la pobreza y los déficits de vivienda se deben a las políticas de este gobierno. Falso. Las estadísticas reflejan que la bolsa de comercio alcanza niveles nunca logrados; que las utilidades de las empresas sobrepasan sus máximos históricos y siguen subiendo; que el crecimiento económico, que ha sido bajo, va subiendo en un marco de inflación controlada. Sobre el déficit de vivienda, es un tema histórico que no se ha podido solucionar.

Kast acusa a Jara de proteger a un abusador –Monsalve– tema en el cual ella no tuvo nada que ver ni para bien ni para mal. Pero no sólo eso, calla Kast que cuando un caso de abuso se presentó en su ministerio, ella no dudó un segundo es despedir a ese funcionario. En mi opinión ella se apresuró, pero no hay dato alguno que permita sostener que ella protege abusos de ninguna especie. El único abuso que habría protegido es el de las AFP, al encabezar una reforma que les regala un beneficio que las hace un 60% más ricas.

Kast ataca al gobierno por los casos de corrupción. Es verdad que hay mucha corrupción en el país, pero varios de los que lo apoyan a él están en situaciones en extremo delicadas desde el punto de vista procesal, con tantas acusaciones probadas como las de partidarios del gobierno.

Ningún candidato ha señalado las medidas que tomará para poner fin a esas situaciones y a muchas otras que, por su monto inferior o porque se refieren a instituciones con fueros especiales, no llegan a ser parte de las denuncias públicas y la acción de los tribunales.

Kast ha demostrado ignorancia –para ser benevolente no decir que huye de responder– cuando se le pregunta si acaso estaría dispuesto a indultar a los condenados de Punta Peuco y responde que le gusta la ley que promueven algunos senadores para que las condenas de ciertas personas en condiciones de deterioro se cumplan en su casa. Una cosa no tiene que ver con la otra.

La derecha

El tema no es que sea “derechista”, sino que a diferencia de Sebastián Piñera Echenique, él ha sido y es partidario del pinochetismo. Piñera fue opositor a la dictadura por las violaciones de los derechos humanos, como otros destacados derechistas (Jaramillo, Zepeda, Subercaseaux, Correa Letelier).

 

Kast fue opositor al gobierno de Piñera y se retiró de la UDI, pues la percibió como más cercana al centro, que fue la crítica que le formulo a Matthei en la campaña.

Él es más derechista: de aquellos que se sentirían cercanos a Jaime Guzmán y al sacerdote Osvaldo Lira, los que fueron partidarios del franquismo y dieron sustento ideológico a la dictadura. No olvidemos que el texto constitucional lo inspiró Guzmán, incluyendo el artículo 8º que permitía sancionar a las personas por sus ideas y el 24º transitorio que le daba poder represivo a la dictadura.

Lo que viene

Kast elude respuestas, los contenidos de su programa se diluyen en diagnósticos y en pautas de deseos, sin señalar medidas concretas (en las que Jara sobreabunda), pero prometiendo arreglarlo todo.

Tanto Jara como Kast tienen razón en cuanto a que hay que hacer modificaciones en la administración del Estado. Dificulto que alguno de ellos tenga posibilidad de hacer estas modificaciones si acaso lo que viviremos será nuevamente un amplio campo de improvisaciones.

Las mentiras reiteradas, la propaganda desatada, los errores del gobierno y sus aliados, están permitiendo que el pinochetismo vuelva por sus fueros, bajo el amparo de ese lema que Kast invoca y que está, lamentablemente todavía, en el escudo oficial de Chile: “por la razón o la fuerza”. Es decir, sino tengo la razón, aplico la fuerza, pero haré igual lo que quiero.

Chile merece mucho más que eso. Es necesario construir la paz, la armonía social, el desarrollo integral de las personas.

Y para eso, Kast no sirve.

Por quién votar

Con un entusiasmo digno de mejores causas, el partido en el que milito decidió convertirse en hincha de una persona sin saber el rumbo que tomaría su proyecto.

El sociólogo Eduardo Reyes Saldías hace un interesante estudio –que él dirige principalmente a quienes somos militantes o han sido votantes históricos de la Democracia Cristiana– sobre las razones por las que alguien que cree doctrinaria y fácticamente en la democracia como sistema político, no puede votar por quienes han sido parte, partidarios, justificadores o promotores de las dictaduras como la que vivió Chile entre 1973 y 1990.

Me hace mucho sentido y reafirma mi decisión de no votar por ninguno de los tres que se vanaglorian de ello: Kast, Kaiser y Matthei.

Tampoco me es posible apoyar a Parisi, porque carece de contenidos y sus palabras son discursos de lemas y palabras altisonantes que intentan satisfacer angustias circunstanciales de ciertos sectores sociales, pero no dan ni siquiera para sustentar ideas de emergencia.

Marco Enríquez-Ominami, hábil, vivaz e inteligente, construye su discurso desde la mera descalificación de los otros y aunque muchas de sus afirmaciones pueden ser razonables, en la velocidad de sus palabras olvida contestar lo que se le pregunta y descuida la explicación acerca de cómo cree que puede conseguir aquello que estima que son las soluciones para Chile. No se ve detrás de él a personas y equipos capaces de seguir el ritmo de sus dichos ni solidez en sus propuestas.

 

Por otra parte, Eduardo Artés es un nostálgico de los discursos soviéticos cuando gobernaba Stalin, no por los métodos represivos, sino por esa esperanza de que el proletariado cambiaría la historia del mundo y mediante “planes quinquenales” (expresión de aquellos tiempos en la URSS) se podría lograr el desarrollo del país y la construcción de una sociedad justa. Votar por él es, como diría Joaquín Sabina, “añorar lo que nunca existió”.

 

Me quedan sólo dos candidatos. Yo quería que la Democracia Cristiana, partido con doctrina, trayectoria democrática, equipos profesionales, presencia sindical, discurso de cambio de modelo social y con una práctica política de contacto en la base social, recuperara sus propuestas y ofreciera al país una fórmula de encuentro de ideas y de emociones, de esperanzas y programas concretos, que pudiera alterar el pulso de la decadente, limitada y mediocre acción política chilena en una democracia cautiva y aparente, donde el pueblo organizado no tiene espacios para su protagonismo.

Pero en una Junta amañada, donde se negó el derecho a la palabra a quienes proponían este camino, en un estilo arbitrario, se impuso el mero afán electoralista de obtener espacio para sus incumbentes (el propio presidente del PDC que asume al ganar su tesis, entre ellos).

 

“Queremos cupos en la lista a cambio de nuestro apoyo”, fue la esencia del discurso. Y así se apoyó a una candidatura sin programa, que no tenía propuestas serias más allá de las consignas expuestas en las primarias del sector de apoyo al actual gobierno. Con un entusiasmo digno de mejores causas, el partido en el que milito decidió convertirse en hincha de una persona sin saber el rumbo que tomaría su proyecto.

Es decir, la Democracia Cristiana apoyó incondicionalmente a una candidata, tal como lo hizo en 2013, sin siquiera conocer el programa (esa vez el presidente del partido, Ignacio Walker, reconoció haberlo suscrito sin leerlo).

 

No voté por esa candidata en la primera vuelta porque temía que hiciera un gobierno como el que hizo: mediocre, opaco, sin rumbo claro, que borraba con el codo lo que escribía o recitaba en sus discursos y que terminaría como terminó: entregando el gobierno a la derecha por segunda vez. Ni siquiera tuvo la capacidad de autocrítica como para entender que las expresiones de rebeldía que surgieron en 2019 fueron incubadas por sus propias inconsistencias.

Si esa vez fui rebelde (apoyé a Alfredo Sfeir), no puedo serlo menos ahora, cuando veo que los acontecimientos me dieron la razón.

La candidata tiene varios aspectos que la hacen incluso inferior a “Bachelet 2013”. La ignorancia que ha demostrado respecto de las propuestas que la llevaron a ganar la primaria (más allá de los errores tácticos de sus contendores); las inconsistencias de sus dichos (un ejemplo basta: promotora de una “reforma previsional” que hace más fuertes a las AFP y que ahora insiste en que intentará eliminarlas); el “cosismo” al que reduce sus propuestas; las promesas livianas como si bastara con sus decisiones para conseguir resultados (el sueldo mínimo de 750 mil pesos), olvidando la existencia de un Congreso que debería aprobarlo.

Me han acusado, por otros artículos, de anticomunista. No lo soy, pero tampoco puedo hacerme el ciego o sordo cuando sabemos que el modelo que propone, en lo táctico y lo estratégico, en lo programático y en la acción política, dista con mucho de las propuestas de cambio y perfeccionamiento de la democracia chilena que buscamos los que creemos en la participación organizada del pueblo en la base social, la institucionalización de los mecanismos democráticos, la justicia, la libertad y la solidaridad como principios fundantes de una nueva manera de vivir en sociedad.

El “cosismo” de Jara permite sostener un discurso por un rato, pero no sirve para gobernar. Ya vemos lo que ha pasado con Frente Amplio y su alianza con el Partido Comunista y otros grupos que se autodenominan “socialismo democrático” (aceptando tácitamente que el socialismo de sus socios no es democrático).

A Boric no le ha ido bien no sólo por la oposición de la derecha, sino justamente por los errores de sus propios partidarios que lo han tratado con dureza, han votado en contra sus proyectos, han organizado acciones objetando sus decisiones. Incluso la propia candidata lo ha hecho en varias materias, a pesar de que haber sido parte del gobierno es lo que la impulsó a la posición que tiene.

Que la derecha se opusiera, era previsible. Pero que lo hicieran los suyos, podría haber sorprendido a los analistas más académicos. A mí no, porque conozco los libretos y a los actores del drama. Si a eso se añade los estilos de gobernar, no del presidente que se ha mostrado abierto a las correcciones, pero sí de muchos de los importantes funcionarios y dirigentes de los partidos, que han mostrado actos de soberbia; posiciones de desprecio por los demás; autoritarismo basado en una supuesta superioridad moral; y actos de corrupción, desorden e impericia, las expectativas resultan precarias.

No votaré por Jara.

¿Y Mayne-Nicholls? No lo conozco personalmente. Alguien me decía: “Es una buena persona, caballero, mesurado, eficiente en lo que ha hecho, pero eso no basta para ser un buen presidente”. Tiene toda la razón mi interlocutor, pero parece ser un buen punto de partida, sobre todo cuando es justamente lo que está ausente en otros que se han dedicado a construir propuestas sobre la base del “cosismo” y la descalificación de los adversarios.

 

Lo valioso de su propuesta está en el estilo. Ante la pregunta periodística de cómo piensa hacer las cosas que requerirán apoyo parlamentario sino tiene listas para el Congreso, su respuesta es simple: “Con todos los que quieran”. Lo primero que haré, dijo, será reunirme con todos los partidos. Desde ahí partimos, porque a él lo inspira otro espíritu.

Él no es un candidato hecho en maquillaje y escenografías: es un hombre directo, claro, sin pretensiones de perfección, que sabe que se equivoca, rectifica y se disculpa. Es una persona real, con ideas claras, pero que sabe conciliar. Como dice el proverbio árabe, es valiente sin ser temerario y es prudente sin ser cobarde. Sabe reír, sabe enojarse, no insulta, pero puede ser agudo en sus preguntas.

Creo que no será el gran presidente que conduzca a Chile al cambio que muchos esperamos, pero podría ser un presidente razonable, que ponga en marcha mecanismos de relación social en un país dañado por la agresividad, la violencia ambiente, la grosería, la vulgaridad.

Si es elegido presidente al menos detendrá esta caída ética que domina el ambiente de la política. Podría iniciar un proceso de concierto político que permita resolver los problemas (“cosismo”), pero también mirar con un poco de perspectiva lo que deberá venir en las próximas décadas.

Una presidencia así, en las que todos sientan que tienen espacio para contribuir, en la que el tono conciliador predomine, puede activar energías y espacios para la reorganización social, la revitalización de las instituciones y el avance en un cuadro de valores en que la justicia, la rectitud, el espíritu de colaboración, la libertad, el sentido del aporte del Estado, sean claves para las tareas por delante.

La educación requiere de miradas de mediano y largo plazo. La seguridad y la salud, de medidas urgentes. La economía de urgencias y proyección. Las relaciones internacionales de audacia, solidez y respeto. Todo hecho por personas que sepan, que tengan ideas nuevas y energías jóvenes que se combinen con la experiencia de tantas personas que pueden aportar.

Votaré por Harold Mayne-Nicholls.

¿Y en la segunda vuelta?

Eso es harina de otro costal.