Premio Nacional a Delia Vergara: Más vale tarde que nunca

Si bien su liderazgo en la dirección de la revista «Paula», fue un gran aporte de la periodista chilena al desarrollo de las mujeres y a la valorización pública de sus contribuciones en variadas áreas, tal vez lo más importante de su trayectoria profesional haya sido la creación de «El Diario de Cooperativa».

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 14.9.2025

Un columnista decía hace unos días en un medio escrito que el Premio Nacional de Periodismo entregado a Delia Vergara Larraín (1940) es un premio tardío, porque ella ya tiene 84 años.

Delia, como ha sido muy destacado, es una periodista pionera en diversos campos, iniciativas y temáticas. Si bien la revista Paula fue un gran aporte al desarrollo de las mujeres y a la valorización pública de sus contribuciones en variadas áreas, tal vez lo más importante haya sido la creación de El Diario de Cooperativa.

Aquello tuvo varios méritos.

El primero fue crear un tipo de noticiario radial que no existía en Chile. Con el mismo formato de un «diario» impreso, organizó una difusión de noticias con diversas secciones, en una presentación ingeniosa, cuidando la calidad y veracidad de las informaciones entregadas.

Debo destacar que el equipo periodístico que ella organizó fue del más alto nivel, pese a la juventud de muchos de los periodistas que lo integraron. Guillermo Muñoz Melo, Patricio Vargas, Marianela Ventura, Manola Robles, Patricia Politzer, Felipe Pozo, Armando Castro, Ricardo Urzúa, Edgardo Reyes Saldías y muchos otros que fueron parte de esta tarea, recibieron de Delia una oportunidad valiosa, que requería de mucha valentía y minuciosidad en su labor.

El segundo, fue haberse atrevido a tratar con soltura, libertad, claridad y, sobre todo, veracidad los temas políticos y las situaciones de derechos humanos, cuando la única experiencia anterior en los inicios de la dictadura había sido Radio Balmaceda, emisora que fue clausurada justamente por atreverse a decir lo que otros callaban.

Muchos les debemos la vida a la gestión extraordinaria de esa radio, que se atrevía a denunciar los atropellos a los derechos humanos contradiciendo expresamente las órdenes de las autoridades civiles y militares.

Cuando Belisario Velasco e Ignacio González decidieron denunciar, por ejemplo, mi detención por parte de la DINA en presencia de testigos, contravenían una orden expresa de no informar situaciones de ese tipo.

Delia Vergara y el equipo que estaba a cargo de la parte administrativa y comercial de El Diario de Cooperativa decidieron correr el riesgo de seguir esa suerte y se la jugaron con singular valentía, audacia, conciencia de lo que hacían y respaldado en la calidad de un trabajo indesmentible.

 

Muchas veces lo pasaron mal, pero nunca claudicaron.

 

«Aquí tienes libertad»

Delia conducía con autoridad, criterio, ingenio y sentido de la aventura, al proponerse la introducción de conceptos periodísticos nuevos, como fueron las columnas de opinión en radio, mediante comentaristas que podían hablar con completa libertad. De eso doy testimonio.

Un día, al llegar a grabar mi columna, Delia me informó que la había llamado el ministro del Interior, Sergio Fernández Fernández, para decirle que si yo seguía atacando al gobierno la radio corría el riesgo de ser cerrada y yo sería expulsado del país.

La miré preguntando sin palabras sobre lo que me estaba proponiendo.

Ella me dijo:

—Tú sabes tus riesgos, yo sé los míos. Aquí tienes libertad.

En mi comentario denuncié la amenaza, sosteniendo que la verdad no podía ser silenciada, pues siempre había alguien para seguir proclamando la defensa de los derechos de las personas. No fui expulsado ni la radio sancionada.

¿Tardío el Premio Nacional? Si, tanto quizás como el de Gabriela Mistral en Literatura, a quien le fue otorgado seis años después de que había recibido el Premio Nobel.

Porque más vale tarde, que no hacerlo nunca.

Algo parecido hemos sentido muchos con el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales a José Bengoa. Cumplidos los 80 años, se reconoce el aporte intelectual, investigativo, reflexivo de este hombre osado y de pensamiento consistente, coherente y vigoroso, cuyos aportes en relación a los pueblos que habitaban América antes del arribo de los europeos y a la historia de Chile como nación han sido muy relevantes.

Con sus obras hemos sabido de las costumbres, los pensamientos, las tradiciones, la religiosidad, los valores y la tragedia de los habitantes de Chile al momento de la llegada de los españoles al territorio de lo que hoy es nuestro país.

Estoy de acuerdo que cuando los premios se entregan a muy avanzada edad del galardonado, puede parecer un reconocimiento tardío, en el sentido de que quizás esa persona yo no esté en plena producción de sus aportes a la sociedad y al mundo en general.

 

Pero, por otra parte, debemos coincidir con quienes entregan las distinciones que lo que se está premiando es una trayectoria y eso no se puede dar a alguien que está empezando la vida, a los que están comenzando a hacer aportes. Hay otros premios para ellos, tales como becas, financiamiento de proyectos, apoyo a actividades de diverso tipo.

No importa que sea tarde, peor es que nunca se reconozca.

Debiera haber un tipo de reconocimiento a esos cientos de intelectuales, escritores, creadores en general, profesores, en fin, que nunca recibirán el Premio Nacional, pero cuyos aportes deben quedar inscritos en la memoria chilena y cuyos aportes deben estar al alcance de los niños, los jóvenes y todos quienes quieran conocer a esa pléyade formada por personas que entregaron mucho a cambio de muy poco y que nunca buscaron el reconocimiento ni el agradecimiento de los demás.

Las enseñanzas de estos premiados han quedado grabadas en mi alma.

Recuerdo, como si fuera hoy, cuando dimos en 1995 a Delia una distinción por su contribución a la paz.

Ella nos dijo esa vez:

—Soy hija de la guerra. Por eso, estoy comprometida con la paz y me esfuerzo por hacerla real en mi vida y en el mundo.

Revivo aquella vez, en 1967, cuando Pepe Bengoa se acercó a mí para abrazarme, después de que alguien trató de justificar la invasión de las tropas de Israel a Palestina, y sin que mediaran palabras entendí que él sabía de mi dolor por la tierra de mis ancestros.

Si bien su liderazgo en la dirección de la revista «Paula», fue un gran aporte de la periodista chilena al desarrollo de las mujeres y a la valorización pública de sus contribuciones en variadas áreas, tal vez lo más importante de su trayectoria profesional haya sido la creación de «El Diario de Cooperativa».

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 14.9.2025

Un columnista decía hace unos días en un medio escrito que el Premio Nacional de Periodismo entregado a Delia Vergara Larraín (1940) es un premio tardío, porque ella ya tiene 84 años.

Delia, como ha sido muy destacado, es una periodista pionera en diversos campos, iniciativas y temáticas. Si bien la revista Paula fue un gran aporte al desarrollo de las mujeres y a la valorización pública de sus contribuciones en variadas áreas, tal vez lo más importante haya sido la creación de El Diario de Cooperativa.

Aquello tuvo varios méritos.

El primero fue crear un tipo de noticiario radial que no existía en Chile. Con el mismo formato de un «diario» impreso, organizó una difusión de noticias con diversas secciones, en una presentación ingeniosa, cuidando la calidad y veracidad de las informaciones entregadas.

Debo destacar que el equipo periodístico que ella organizó fue del más alto nivel, pese a la juventud de muchos de los periodistas que lo integraron. Guillermo Muñoz Melo, Patricio Vargas, Marianela Ventura, Manola Robles, Patricia Politzer, Felipe Pozo, Armando Castro, Ricardo Urzúa, Edgardo Reyes Saldías y muchos otros que fueron parte de esta tarea, recibieron de Delia una oportunidad valiosa, que requería de mucha valentía y minuciosidad en su labor.

El segundo, fue haberse atrevido a tratar con soltura, libertad, claridad y, sobre todo, veracidad los temas políticos y las situaciones de derechos humanos, cuando la única experiencia anterior en los inicios de la dictadura había sido Radio Balmaceda, emisora que fue clausurada justamente por atreverse a decir lo que otros callaban.

Muchos les debemos la vida a la gestión extraordinaria de esa radio, que se atrevía a denunciar los atropellos a los derechos humanos contradiciendo expresamente las órdenes de las autoridades civiles y militares.

Cuando Belisario Velasco e Ignacio González decidieron denunciar, por ejemplo, mi detención por parte de la DINA en presencia de testigos, contravenían una orden expresa de no informar situaciones de ese tipo.

Delia Vergara y el equipo que estaba a cargo de la parte administrativa y comercial de El Diario de Cooperativa decidieron correr el riesgo de seguir esa suerte y se la jugaron con singular valentía, audacia, conciencia de lo que hacían y respaldado en la calidad de un trabajo indesmentible.

 

Muchas veces lo pasaron mal, pero nunca claudicaron.

 

«Aquí tienes libertad»

Delia conducía con autoridad, criterio, ingenio y sentido de la aventura, al proponerse la introducción de conceptos periodísticos nuevos, como fueron las columnas de opinión en radio, mediante comentaristas que podían hablar con completa libertad. De eso doy testimonio.

Un día, al llegar a grabar mi columna, Delia me informó que la había llamado el ministro del Interior, Sergio Fernández Fernández, para decirle que si yo seguía atacando al gobierno la radio corría el riesgo de ser cerrada y yo sería expulsado del país.

La miré preguntando sin palabras sobre lo que me estaba proponiendo.

Ella me dijo:

—Tú sabes tus riesgos, yo sé los míos. Aquí tienes libertad.

En mi comentario denuncié la amenaza, sosteniendo que la verdad no podía ser silenciada, pues siempre había alguien para seguir proclamando la defensa de los derechos de las personas. No fui expulsado ni la radio sancionada.

¿Tardío el Premio Nacional? Si, tanto quizás como el de Gabriela Mistral en Literatura, a quien le fue otorgado seis años después de que había recibido el Premio Nobel.

Porque más vale tarde, que no hacerlo nunca.

Algo parecido hemos sentido muchos con el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales a José Bengoa. Cumplidos los 80 años, se reconoce el aporte intelectual, investigativo, reflexivo de este hombre osado y de pensamiento consistente, coherente y vigoroso, cuyos aportes en relación a los pueblos que habitaban América antes del arribo de los europeos y a la historia de Chile como nación han sido muy relevantes.

Con sus obras hemos sabido de las costumbres, los pensamientos, las tradiciones, la religiosidad, los valores y la tragedia de los habitantes de Chile al momento de la llegada de los españoles al territorio de lo que hoy es nuestro país.

Estoy de acuerdo que cuando los premios se entregan a muy avanzada edad del galardonado, puede parecer un reconocimiento tardío, en el sentido de que quizás esa persona yo no esté en plena producción de sus aportes a la sociedad y al mundo en general.

 

Pero, por otra parte, debemos coincidir con quienes entregan las distinciones que lo que se está premiando es una trayectoria y eso no se puede dar a alguien que está empezando la vida, a los que están comenzando a hacer aportes. Hay otros premios para ellos, tales como becas, financiamiento de proyectos, apoyo a actividades de diverso tipo.

No importa que sea tarde, peor es que nunca se reconozca.

Debiera haber un tipo de reconocimiento a esos cientos de intelectuales, escritores, creadores en general, profesores, en fin, que nunca recibirán el Premio Nacional, pero cuyos aportes deben quedar inscritos en la memoria chilena y cuyos aportes deben estar al alcance de los niños, los jóvenes y todos quienes quieran conocer a esa pléyade formada por personas que entregaron mucho a cambio de muy poco y que nunca buscaron el reconocimiento ni el agradecimiento de los demás.

Las enseñanzas de estos premiados han quedado grabadas en mi alma.

Recuerdo, como si fuera hoy, cuando dimos en 1995 a Delia una distinción por su contribución a la paz.

Ella nos dijo esa vez:

—Soy hija de la guerra. Por eso, estoy comprometida con la paz y me esfuerzo por hacerla real en mi vida y en el mundo.

Revivo aquella vez, en 1967, cuando Pepe Bengoa se acercó a mí para abrazarme, después de que alguien trató de justificar la invasión de las tropas de Israel a Palestina, y sin que mediaran palabras entendí que él sabía de mi dolor por la tierra de mis ancestros.

Lo que falta en la campaña

Hoy no hay contenidos con visión de futuro y todo se queda en ciertas consignas que acomodan lo vigente, mejorando un poco las condiciones de “la gente”, así vagamente, olvidando a las personas que están tras cada rótulo.

La campaña presidencial se ha convertido en un compendio de lugares comunes, donde la discusión se hace insuficiente para los problemas reales de las personas. El ser humano no se agota en la satisfacción de las necesidades básicas, aunque sin satisfacerlas parece difícil avanzar hacia una meta de desarrollo integral. Pero sin una mirada y un proyecto que nos conduzcan hacia ese desarrollo, los discursos son sólo paliativos o vanas promesas.

Hablemos de felicidad

El periodista Juan Pablo Cárdenas, en un artículo reciente, echa de menos en los discursos de campaña la palabra felicidad.

Y así es: esta palabra parece estar prohibida en la política, sobre todo después de que, como él lo recuerda, se prometiera en 1988 que “la alegría ya viene”.

Esa vez estábamos alegres con la derrota del dictador, pero debimos aguantarlo un año y medio más, mientras la represión se mantenía en muchos niveles. En 1989 fueron derrotados los candidatos derechistas, pero quien fue dictador se mantuvo como comandante en jefe del Ejército primero y después como senador en virtud de haberse autodesignado “Presidente de la República”. Nunca fue elegido para ese cargo y la única vez que postuló lo hizo sin contendor, y como dijo el Fortín Mapocho, “Corrió solo y llegó segundo”.

Durante los primeros 16 años de la Concertación hubo momentos alegres e importantes avances cuantitativos (como la derrota de la extrema pobreza y otras importantes marcas macroeconómicas), pero ellos no se distribuyeron como la mayoría del país esperaba.

La disputa entre “auto flagelantes” y “autocomplacientes” de la Concertación, los que querían más y los que estaban satisfechos con ejercer el poder, terminó en un descontento que se fue acumulando hasta que explotó en 2019. En mi reflexión, cuando se optó por el camino de aceptar el plan de Pinochet en lugar de seguir presionando para su salida, anticipaba esa expresión de rebeldía, pero la imaginaba incluso antes.

La decepción creciente

Los que eran jóvenes en 1988 y los nacidos después, no lograban entender que no se consiguieran espacios democráticos profundos y que las personas se vieran sometidas a situaciones tan duras que les impedían desarrollarse.

 

 

Hoy no hay contenidos con visión de futuro y todo se queda en ciertas consignas que acomodan lo vigente, mejorando un poco las condiciones de “la gente”, así vagamente, olvidando a las personas que están tras cada rótulo.

La campaña presidencial se ha convertido en un compendio de lugares comunes, donde la discusión se hace insuficiente para los problemas reales de las personas. El ser humano no se agota en la satisfacción de las necesidades básicas, aunque sin satisfacerlas parece difícil avanzar hacia una meta de desarrollo integral. Pero sin una mirada y un proyecto que nos conduzcan hacia ese desarrollo, los discursos son sólo paliativos o vanas promesas.

Hablemos de felicidad

El periodista Juan Pablo Cárdenas, en un artículo reciente, echa de menos en los discursos de campaña la palabra felicidad.

Y así es: esta palabra parece estar prohibida en la política, sobre todo después de que, como él lo recuerda, se prometiera en 1988 que “la alegría ya viene”.

Esa vez estábamos alegres con la derrota del dictador, pero debimos aguantarlo un año y medio más, mientras la represión se mantenía en muchos niveles. En 1989 fueron derrotados los candidatos derechistas, pero quien fue dictador se mantuvo como comandante en jefe del Ejército primero y después como senador en virtud de haberse autodesignado “Presidente de la República”. Nunca fue elegido para ese cargo y la única vez que postuló lo hizo sin contendor, y como dijo el Fortín Mapocho, “Corrió solo y llegó segundo”.

Durante los primeros 16 años de la Concertación hubo momentos alegres e importantes avances cuantitativos (como la derrota de la extrema pobreza y otras importantes marcas macroeconómicas), pero ellos no se distribuyeron como la mayoría del país esperaba.

La disputa entre “auto flagelantes” y “autocomplacientes” de la Concertación, los que querían más y los que estaban satisfechos con ejercer el poder, terminó en un descontento que se fue acumulando hasta que explotó en 2019. En mi reflexión, cuando se optó por el camino de aceptar el plan de Pinochet en lugar de seguir presionando para su salida, anticipaba esa expresión de rebeldía, pero la imaginaba incluso antes.

La decepción creciente

Los que eran jóvenes en 1988 y los nacidos después, no lograban entender que no se consiguieran espacios democráticos profundos y que las personas se vieran sometidas a situaciones tan duras que les impedían desarrollarse.

 

 

Lo hermoso y lo terrible

Las guerras de Ucrania y de la Franja de Gaza, el resurgimiento electoral de los grupos que promueven activamente el belicismo, la segmentación étnica, la persecución de los inmigrantes, sumado todo eso a las situaciones difíciles derivadas del crimen organizado y el comercio de la droga, agudizan las tensiones al interior de las sociedades occidentales.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 6.9.2025

La comunidad Palestina de Chile y el Club Palestino han convocado a los poetas residentes en el país a un concurso temático: «Palestina: Paz y Justicia».

Yo sé que es una reiteración que puede parecer innecesaria, porque sin justicia no puede haber paz. Pero la idea de los convocantes es unir la expresión para que nos desliguemos de las versiones de la paz en las que uno domina a otro, lo que alguien llamó «la paz de los cementerios».

Se invita a poetas con libros publicados y también a los poetas que nunca han publicado, calificados en categorías distintas. Un jurado excepcional integrado por Diamela Eltit, Luis Zaror, Theodoro Elssaca, Faride Zerán, Isabel Baboun y Ana Harcha, tendrá la tarea de seleccionar a los ganadores, que serán publicados en un libro.

Esta iniciativa, que está teniendo buena respuesta, pretende fortalecer la conciencia de que la violencia instalada hace ya tantos años en la llamada Tierra Santa, en la Palestina histórica, debe detenerse y hacerse justicia. Por cierto, lo verdaderamente justo debiera ser la unidad del territorio palestino como era antes de la decisión de partirlo en dos.

Pero eso es casi imposible. Por ahora, los palestinos luchan por tres cosas: primero, recuperar el territorio asignado por Naciones Unidas; segundo, conseguir la paz con el vecino forzado; tercero, impulsar un proceso de desarrollo que permita al pueblo obtener su merecido bienestar.

La brutalidad de la violencia es tanta que cada vez más se extienden movimientos por el mundo pidiendo por la paz. Y en esa tarea, lo primero es que la guerra se detenga y luego buscar todos los entendimientos. Judíos del mundo entero claman en las calles de muchas ciudades: «En nuestro nombre no», para decir a los dirigentes de Israel que ellos actúan por sí mismos y no para defender a los judíos.

En el propio Israel y en muchos lugares, los manifestantes quieren el fin de la guerra y grandes intelectuales de la nación hebrea alzan sus voces contra el intento de exterminación de los palestinos promovido por el actual gobierno de Netanyahu.

Y en este contexto, artistas plásticos, cineastas, escritores del mundo entero se están expresando con su creatividad. Hay que detener la violencia cuanto antes. Lo piden en todo el mundo.

 

Los valores fundamentales de una sociedad armónica

Faltan, sin embargo, los gobiernos de los países más ricos, de mayor potencial bélico, de mayor poder en el planeta. Ninguno de ellos se está jugando por terminar esta situación. ¿Qué esperan? ¿Cuántos muertos más tendrá que haber? ¿O están esperando la eliminación completa de los palestinos?

Con todo, miro con pena y hasta angustia lo que sucede en el mundo. Las guerras y la violencia copan el escenario. En Estados Unidos se vive la irrupción de los sectores más conservadores, con el silencio ominoso de los que perdieron la elección y la estupefacción de los intelectuales que se ven incapaces de reaccionar.

Medidas brutales por temas muy variados sólo para demostrar el poder de un presidente que quiere recuperar el estilo imperialista que dominó en la primera mitad del siglo XX, en el estilo de esos conquistadores del oeste que a punta de pistola resolvían sus conflictos, ocupaban territorios en los que vivían comunidades antiguas, arrasaban con las culturas que no comprendían.

La guerra de Ucrania, el resurgimiento electoral de los grupos que promueven activamente el belicismo, la segmentación étnica, la persecución de los inmigrantes, sumado todo eso a las situaciones difíciles derivadas del crimen organizado y el comercio de la droga, agudizan las tensiones.

Son las resistencias de quienes quieren mantener un orden injusto, gobernar sin contrapesos, todo ello en una especie de desesperación a partir del creciente despertar de muchos sectores por la necesidad de la paz y la justicia.

Estamos en un punto crucial, en los años de las máximas tensiones. Por ello, es indispensable que quienes trabajamos con el arte, sobre todo los poetas, pongamos énfasis en nuestro trabajo respecto de los valores fundamentales de una sociedad armónica: paz, solidaridad, justicia, respeto por las personas.

Ante lo terrible que sucede, la construcción de lo hermoso parece ser indispensable.

Podríamos gritar por las calles: ¡Artistas de todas las artes, poetas de todas las formas, músicos y actores, unidos construiremos un mundo mejor!

Cuando se hacen concursos de poesía, como el que señalé, más allá de esa causa específica, lo que se está haciendo es llamar a las personas a tomar conciencia del papel propio que cada uno puede jugar en hacer el mundo, su mundo, un poco mejor cada día.

A lo terrible, opongamos lo hermoso. Ante la destrucción, propongamos creación. Ante el miedo, actuemos con amor.