NO PODRÁNIMPEDIR LA PRIMAVERA

Los artistas –entendiendo por tales a escritores, pintores, cineastas, músicos, actores y los cultores de todas las disciplinas creativas–, gestores culturales, empresarios vinculados a las actividades del arte, en fin, todo lo que gira en torno al mundo del arte y de la cultura, se han puesto en estado de alerta.

Los científicos, en general del ámbito universitario, además de los empresarios relacionados con la ciencia y la tecnología, han comenzado a levantar sus voces con cierta alarma.

¿Qué pasa?

Durante décadas, los investigadores de la ciencia en Chile y los que ejercemos los oficios relacionados con la creación artística, hemos sido considerados por el mundo del poder político y económico como el último carro del tren. En las universidades, incluso en las más tradicionales, el centro ha radicado en la docencia y sus hermanas menores han sido, en ese orden, la extensión (ahora le llaman “vinculación con el medio”) y la investigación. Hubo Facultades y Escuelas universitarias en las cuales la investigación era vista como una pérdida de tiempo durante la primera mitad del siglo XX.

Los movimientos de la década de los años 60, impulsada por una minoría de académicos y una mayoría de estudiantes, logró presionar sobre las altas esferas. Una decisión académica ideada desde la Rectoría de la Universidad de Chile llevó a la creación de la Facultad de Ciencias, logrando superar las resistencias de las escuelas profesionales que se tocaban con la ciencia, se nutrían de ella, pero eran reacios a investigar. Los gobiernos de Frei Montalva y Allende fueron determinantes en la apertura de la mirada hacia la investigación en todos los planos.

Paralelamente, tal vez incluso desde algo antes, los agentes del arte y la cultura fueron siendo dejados de lado en importancia para las decisiones. Si en algún momento, en el primer tercio del siglo XX pudo haber recursos para la cultura, eso fue desapareciendo sistemáticamente a partir del segundo gobierno de Arturo Alessandri. Tal circunstancia motivó movimientos importantes, de escritores fundamentalmente, que han ido (hemos ido) luchando en todas las esferas por lograr la validación de su trabajo y la necesidad de un compromiso de la sociedad y del Estado con actividades que si bien no producen grandes fuentes de empleos, permiten subir el nivel cultural del país. Los gobiernos nombrados en el párrafo anterior fueron importantes al acoger muchos de las demandas sobre el tema.

Pero cuando se dejó caer la dictadura todo volvió a los oscuros momentos anteriores. Es inolvidable aquella presión de ciertos economistas –particularmente debo mencionar a Álvaro Bardón– para frenar la inversión en investigación universitaria, sosteniendo que se trataba de dinero mal gastado, por cuanto podíamos aprovechar lo que se investigaba en otras partes y comprar los resultados. Y respecto del arte, salvo algunos regalones del régimen que recibieron pagos por su obsecuencia, el resto era visto como peligroso, subversivo, izquierdista (zurdos dirían algunos diputados de hoy). No solo no había dinero para planes de apoyo a la creación, sino que se sometió al vejamen de la censura previa a los escritores que para publicar requeríamos de un permiso del Ministerio del Interior. Una oficina especial del gobierno, por su parte, dirigida por Benjamín Mackenna en sus comienzos, hacía las listas de músicos y otros artistas a quienes les iban cerrando puertas.

Muchos científicos y creadores o cultores del arte se fueron al extranjero, unos forzados por la persecución política manifiesta y otros simplemente porque las puertas se cerraban para ellos. Pero en Chile muchos, los que no nos fuimos, seguimos creando en las más diversas disciplinas. Incluso, hubo algunos empresarios que se atrevieron a invertir, siendo quizás el más potente Ricardo García, creador del sello Alerce. Grupos de música, movimientos de poetas y narradores, pintores y escultores fuimos manteniendo viva la llama. En esto fue vital el Teatro con sus dramaturgos y las compañías de actores que, pese a que el público era escaso, generaban una energía poderosa que se extendía más allá de las salas.

Por eso en algún momento fueron amenazados de muerte, lo que provocó una reacción mundial de apoyo y un respaldo potente.

En el “postpinochetismo”, habiendo cesado la persecución y muchas desconfianzas del mundo oficial, las cosas han andado mejor, pese a que muchas promesas de las campañas han quedado como letra muerta. Se estaba avanzando, poco a poco, pero al menos no se retrocedía. Hasta hoy, cuando el gobierno de Kast ha comenzado la ofensiva con las primeras medidas, los discursos oficiales, las frase metafóricas del presidente sobre la escasa riqueza que producen las investigaciones, las declaraciones y actitudes de la ministra de Ciencias, los proyectos que hacen peligrar la propiedad intelectual, la reducción de presupuestos y las descalificaciones de todos los que giran en torno a estas temáticas llamándolos izquierdistas, comunistas, subversivos.

La noche empieza a caer. Hoy el mundo de la ciencia y la cultura está en estado de alerta. Hay que frenar esos intentos reduccionistas y seguir creando: ferias, Furias, congresos, encuentros, lecturas de poesía, muchos libros, artes visuales, cine, música, para recuperar terreno y no ceder ante la ofensiva del “neopinochetismo”.

Lo bueno es que la noche tiene límite y cuando se hace más oscura es el momento previo al amanecer. Recuerdo cuando en plena dictadura, alguien repitió esa hermosa frase:

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