El cheque en blanco y el «negro de Harvard»

La ansiedad de mantener pequeñas cuotas de poder y seguir figurando, llevó a Huenchumilla, Aedo y otros, a renunciar a la posibilidad de generar algo distinto de las opciones polares que hoy se ofrecen, solo para satisfacer sus intereses y ambiciones.

Después de inscrita la candidatura de Jara, Francisco Huenchumilla declaró su inquietud porque aún no está listo el programa de gobierno de la candidata Jara, que él ha apoyado con gran entusiasmo tanto personalmente como por su calidad de presidente interino de la Democracia Cristiana. Dijo que no estaba dispuesto a firmar un “cheque en blanco”.

Candidata sin programa

Es probable que muchos jóvenes de este tiempo no sepan lo que es un “cheque en blanco”. El cheque es una forma de pago cada vez menos usada: se emite un papel con una orden para que el banco pague a determinada persona o al portador del documento una cierta cifra de dinero. Si en los espacios destinados a escribir la cifra no se dice nada, el que tiene el documento lo puede llenar por cualquier cifra.

Es parecido a firmar un contrato con espacios en blanco, confiando en que el último que firmará llenará correctamente lo pendiente. Los documentos en blanco son una prueba de confianza: “yo le doy lo que me pide sin más garantía que su palabra”, en la seguridad total de que el receptor hará lo que es correcto.

Jara aún no tiene programa concreto, salvo unas “líneas programáticas”. Sin embargo, él, junto a otros incumbentes, se la jugó porque la Democracia Cristiana apoyara a Jeanette Jara en un momento en que solo se conocía lo que ella había planteado en las primarias de la alianza gobiernista, que era el programa de su partido político.

Luego de ganar, ella dijo que ese programa sería rehecho con las ideas de los otros partidos y, sorprendentemente, para una militante comunista, se declaró “centro izquierdista” y la persona a quien ella encargó la redacción del programa le asignó el carácter de “socialdemócrata”.

Esas declaraciones – olvidando lo escrito y otras afirmaciones de la ganadora de esas primarias – bastó para que una mayoría de los delegados a la Junta demócrata cristiana la proclamara como su candidata, desechando la posibilidad de designar a una persona de sus filas.

Más que un cheque en blanco, el PDC le dio un apoyo irrestricto con la sola palabra de la candidata en cuanto a que se redactaría un programa considerando las ideas de los demás partidos.

La alternativa

¿Qué proponíamos los que estábamos por designar a un candidato de la DC?

Primero, formular un programa de gobierno basado en la visión doctrinaria, ideológica y política que la Democracia Cristiana tiene frente a los problemas del país, que fueran más allá de la urgencia, sin dejarla de lado, pero significara sembrar ideas para la construcción de una manera distinta de vivir en la sociedad chilena. Esa persona que tomara las ideas del partido, tendría por misión encabezar una propuesta que captara el interés de los votantes, aspirando entrar al balotaje.

Segundo, en el caso de no entrar a esa segunda vuelta electoral, tener capacidad de negociación con quienes sí lo hubiesen conseguido para, en ese momento y antes de dar el apoyo, generar un programa de gobierno con compromisos claros, ayudando a crear gobernabilidad para el país.

Había personas que podrían haber encabezado esa propuesta, alguien propuso al propio Huenchumilla. Como quienes querían seguir en el Congreso desecharon esa opción, un importante sector de militantes levantó mi nombre, a lo que accedí, convencido de la necesidad de fortalecer la propuesta de ideas que las malas directivas, los errores constantes y la acción de terceros habían dejado en el trastero. La Democracia Cristiana tiene muchos militantes y simpatizantes, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, capaces de estructurar programas y equipos para ponerlos al servicio de Chile.

Sin embargo, la ansiedad de mantener pequeñas cuotas de poder y seguir figurando, los hizo cambiar la posibilidad de generar algo distinto de las opciones polares que hoy se ofrecen, por sus intereses y ambiciones.

La oferta de Jara

Jara hizo muchas gestiones, personalmente y por intermediarios, para conseguir el apoyo de la Democracia Cristiana. Para lograrlo está dispuesta a declarar lo que le pidan, según el auditorio. ¿Por qué este interés tan grande en capturar a un partido con ideas diferentes y que nunca estuvo en la alianza gobernante?

Justamente por eso, porque la estrategia era generar una coalición que no se limitara a captar la adhesión de los partidarios del actual gobierno que, estando agrupados en ocho partidos más algunos independientes, necesitaban uno más para que se pudiera decir que su gobierno no sería continuista ni izquierdista en términos tradicionales.

Cuando a la Universidad de Harvard, al promediar el siglo XX, la criticaron por no tener en su cuerpo docente a personas de raza negra, designaron a un profesor para decir: “En Harvard hay negros”. La DC sería en este caso el equivalente a esa persona.

Pese a eso, la candidata Jara en las encuestas no llega siquiera al porcentaje de apoyo que ha tenido en promedio el gobierno de Boric y el entusiasmo de Huenchumilla, Aedo y otros, no ha modificado los porcentajes de adherentes.

La fe del carbonero

Con una confianza digna de mejor causa, la Junta Nacional de la Democracia Cristiana firmó ese cheque en blanco cuando descartó a su eventual candidato y apoyó a Jara. Ahora, cuando ya no es posible modificar la situación, se pone nervioso el senador DC, y pide programa cuanto antes.

La pregunta que me hago es: ¿Es creíble Jeannette Jara? Ella no conocía el programa con el que la presentó su partido y negó ser partidaria de proposiciones o juicios que estaban por escrito. Niega hoy el carácter democrático de Cuba que hasta hace un par de meses era parte de su credo.

No tiene claro lo que propone, pues se mueve entre opiniones personales, lo que aprendió en su militancia prolongada, lo que percibe que otros quieren escuchar, lo que le dicen sus consejeros.

Pese a todo ello, el cheque en blanco está allí sobre la mesa, firmado por todos quienes la han levantado como candidata, sin saber qué quiere hacer, qué es lo que de verdad piensa, cuáles son sus límites y propuestas. Con una fe digna de mejores causas, se le dio un apoyo del que tal vez podrían arrepentirse.

Hoy parecen dudar, cuando ya es tarde para volver las cosas al estado anterior en que se encontraban.

¿Será que los incumbentes temen no ganar los cargos para los que quieren ser reelegidos? Porque el 5% o 6% obtenido por la DC en elecciones previas, tal vez no se consiga con facilidad si se considera lo poco que este apoyo ha reportado a la beneficiaria de este.

Premio Nacional de Literatura: Perdió mi candidato

Ahora ganó Ramón Díaz Eterovic, hombre sencillo y a veces tímido, quien silenciosamente llegó a ser Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile y encabezando a los jóvenes narradores (junto a Diego Muñoz Valenzuela y otros) hizo grandes aportes con su trabajo artístico y organizativo.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 26.9.2025

Se eligió al Premio Nacional de Literatura 2025, rompiendo esa racha inconveniente de otorgarlo cada dos años.

La literatura y especialmente la poesía han sido las actividades más reconocidas de Chile a nivel mundial. Mistral y Neruda, seguidos de Gonzalo Rojas, Nicanor Parra y una enorme cantidad de poetas que van siendo premiados en distintos países de Europa y América, forman una pléyade que nos enorgullece.

Recuerdo, así a la ligera, los nombres de Ludwig Zeller, Luis Minzón, Sergio Macías, Jorge Teillier, Rosa Cruchaga, Estela Díaz Varín, Verónica Zondek, Hernán Lavín Cerda, Juan Eduardo Esquivel, Maritza Barreto y muchos más que en México, Uruguay, Estados Unidos, Italia, Francia, España, Inglaterra, Argentina, Cuba, son muy reconocidos.

Como dijeron algunos destacados escritores y comentaristas en aquella espectacular Conferencia Iberoamericana del Libro en Granada (1992), presidida por Julio María Sanguinetti, ser chileno en el mundo es casi sinónimo de ser poeta.

O como preguntó un niño de la escuela de un pueblo mexicano perdido en las montañas llamado Versolillo (porque lo fundó «un señor que escribía versos», me explicó el director de la Escuela) cuando llegamos con varias poetas chilenas a conversar con los alumnos: «¿Allá en Chile todos son poetas?». (Hasta ese día, esos niños pensaban que Gabriela Mistral era mexicana).

Y con los narradores ha pasado algo similar, unos más famosos que otros, unos que me gustan más que otros, pero con reconocimientos que llaman la atención.

De los antiguos Blest Gana, Manuel Rojas, Eduardo Barrios, Mariano Latorre y de los menos antiguos —y más vigentes— nombro en primer lugar a Isabel Allende Llona y sigo con Donoso, Edwards, Bolaño, Lucho Sepúlveda, Walter Garib (muy publicado en México especialmente).

La lista puede ser muy larga y en ella se insertan por supuesto muchos de quienes son reiteradamente postulados al Premio Nacional de Literatura con altísimos merecimientos.

Más estatuas y plazas con nombres de poetas

Porque la literatura en Chile, aunque se venda poco, es muy apreciada y el país tiene un sustrato de escritores que merece mejores y mayores reconocimientos, más difusión y más lectura. Un dato: no recuerdo con exactitud la cifra, pero al concurso de becas para escribir una obra literaria llegaron este año 2025, miles de proyectos de escritores nuevos y de los ya antes publicados.

Cientos de evaluadores deben trabajar en esa selección. Obras buenas y no buenas. (No me atrevo a decir malas, porque estoy seguro de que si Cien años de soledad se hubiese presentado al concurso, más de un evaluador la habría rechazado porque no usaba la puntuación adecuada del idioma castellano y su listado de personajes sería confuso).

Entonces, cuando yo postulé a Juan Mihovilovich fue en el convencimiento de que él merece ser premiado. Pero eso no significa que sea el único. He apoyado a otros, por la profusión de su obra, por la calidad de sus trabajos, por la originalidad de su estilo, por la variedad de temáticas y géneros que abordan. Presenté oficialmente en 1998 a Alfonso Calderón y ganó. Otros candidatos míos han perdido a veces para ganar después.

Ahora ganó Ramón Díaz Eterovic, hombre sencillo y a veces tímido, quien silenciosamente llegó a ser Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile y encabezando a los jóvenes narradores (junto a Diego Muñoz Valenzuela y otros) hizo grandes aportes con su trabajo literario y organizativo.

Compartimos tareas en épocas duras. Su aporte literario mayor, en mi opinión, es haber desarrollado lo que se llama «novela negra», aunque más bien es novela policial, creando un personaje que se ha hecho popular y haciéndolo en un nivel destacado. Es verdad que muchos lo antecedieron en ese género específico, pero él desarrolló sus obras con una calidad y perseverancia que lo hacen merecedor de reconocimiento.

Perdió mi candidato, pero celebro al premiado. ¡Salud por él!

Y salud por Juan Mihovilovich, Mario Toro, Ana María del Río y todos aquellos que han postulado y pueden volver a hacerlo hasta que algún día lo obtengan.

Salud también por nosotros, los demás escritores que quizás nunca ganaremos ese premio (ni otros, probablemente), pues no somos del gusto de críticos y académicos. Nos queda la alegría de celebrar con los premiados y saber que hay lectores a quienes nuestros textos los conmueven.

Mi biblioteca está llena de autores chilenos, sobre todo poetas, pero también narradores de calidad que tal vez nunca lleguen a ser suficientemente famosos. Pero su obra va quedando en la base de cultivo de una sociedad que algún día celebrará más a sus escritores y creadores que a sus militares, que tendrá más estatuas y plazas con nombres de poetas que de generales o caudillos.

Sueño con que un día en cada ciudad de Chile habrá una plaza de los escritores con placas recordatorios de los poetas, narradores y ensayistas locales. Sueño con que algún día el Premio Nacional, que seguirá siendo anual, se otorgará cada vez a un narrador, a un poeta, a un ensayista y a un dramaturgo.

Chile debe ese reconocimiento.

Muerte natural: El debate por la eutanasia

Ciertos moralistas católicos o de otras religiones, de los que se han hecho eco algunos políticos de distintos partidos, sostienen el argumento de que la persona tiene derecho a la vida hasta que se produzca el deceso o el fallecimiento de una forma normal o evidente en términos biológicos.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 19.9.2025

José Saramago escribió una gran novela que llamó Intermitencias de la muerte, que muchos entendimos que en la secuencia de sus novelas que titulaba como «ensayos», ésta debió haber sido el «Ensayo sobre la muerte».

A través de un relato imaginativo, el escritor deja caer sus ideas sobre la muerte, sus beneficios y problemas, sus consecuencias en la sociedad contemporánea, los negocios aledaños al acontecimiento, todo ello a partir de una propuesta: que la muerte decidió irse de la península ibérica. Ya no moriría más gente allí.

Eso hizo surgir nuevos negocios, tales como lugares para mantener personas que no morirían o agencias de tráfico de enfermos para que, cruzando la frontera, pudieran morir. El capitalismo, ante la quiebra de las funerarias, logró acomodarse.

No hay nada más notable, bello, conmovedor, maravilloso (mi mente me obliga a detener la sucesión de adjetivos) que la vida misma. Me encanta vivir, pese a las exigencias que ello conlleva y a ciertos dolores que me acompañan, algunos desde niño y otros que he ido obteniendo como condecoraciones por seguir viviendo (como las que le dan a los militares cada ciertos años por el hecho de mantenerse con vida).

Sin embargo veo con interés este debate que se ha suscitado a propósito del proyecto del gobierno de Chile sobre la llamada «eutanasia». Se la ha definido como «la intervención deliberada para poner fin a una vida sin perspectiva de cura», lo que se aplica a todo tipo de seres vivos, tanto animales como humanos.

La contrapartida es la cacotanasia o ensañamiento terapéutico empleando: «todos los medios posibles, sean proporcionados o no, para prolongar artificialmente la vida y por tanto retrasar el advenimiento de la muerte en pacientes con pronta extinción de la vida natural, a pesar de que no haya esperanza alguna de curación».

Todo esto, por cierto, se llena de argumentos de todo tipo, algunos de los cuales son éticos, otros prácticos y así se van desencadenando palabras, ideas, a veces expresadas con una vehemencia que nos gustaría ver en otras temáticas.

A veces se disfraza con palabras hermosas el negocio de la salud que, con su hotelería y cobros desmedidos para la mantención artificial de pacientes que lo único que desean es morir, tiende a incrementar sus utilidades.

 

Voto por la vida

La «eutanasia» es el buen morir, que lo entiendo como el derecho de una persona de decidir sobre su vida cuando padece de dolores o sufrimientos que no puede soportar, salvo al precio de ser sometido a sedaciones que le impiden llevar adelante su vida. Para ello, puede tomar caminos propios o simplemente pedir que cesen los cuidados paliativos que tienden a mantener con vida el cuerpo de un modo completamente artificial.

Si alguien quiere vivir así y lo puede solventar, ¡adelante, es su derecho! Pero si no lo quiere, ¿por qué no respetar su derecho a morir? De eso se trata el proyecto de ley: no de promover la muerte, sino de enfatizar la libertad personal frente a trances que nadie mejor que el propio sujeto puede definir.

Ciertos moralistas católicos o de otras religiones, de los que se han hecho eco algunos políticos de distintos partidos, sostienen el argumento de que la persona tiene derecho a la vida hasta que se produzca la muerte natural.

No me parece que sea un buen camino tomar iniciativas respecto de otros en cuanto a decir que la persona no debe seguir «sufriendo» y aplicar medidas para apurar o desencadenar la muerte. Pero sí soy partidario de la muerte natural, cuando la persona no puede vivir por sí misma y no quiere vivir con asistencias artificiales.

¿Qué es la muerte natural?

Es aquella que se produce por un proceso biológico, ya sea derivado de enfermedades u otras circunstancias que no sean factores externos violentos. Es decir, si soy partidario de ello en el sentido de que el propio enfermo no pueda decidir por sí mismo, tal vez, extremando el argumento, debiéramos oponernos a toda intervención externa, a veces incluso violenta, que esté destinada a la prolongación artificial de la vida.

Por ejemplo, una intervención quirúrgica (es decir el uso de armas blancas para herir el cuerpo y producir cambios en él) que permita poner un artefacto eléctrico para prolongar artificialmente la vida de una persona cuyo corazón «naturalmente» está dejando de funcionar. O, sustituir un órgano vital dañado por el que perteneció a otro ser que ya murió. Todo eso impide la muerte natural.

¿Nos gusta la muerte natural? ¿Ésa es la idea?

Entiendo la idea de impedir que un tercero, ya sea por amor u otra razón, tome la decisión de quitar la vida a otro ser humano, pues según su criterio —el del hechor— puede estar sufriendo. Eso se hace habitualmente en animales y se dice que se les hace «dormir», cuando en realidad se les mata.

Recuerdo el poema de Hernán Figueroa hecho canción, donde el patrón ordena al campesino que mate al caballo: «Hay que ayudarlo a que muera/ para que no sufra más». Y el campesino responde: «¿Cómo pretenden que yo/ que lo cuidé de potrillo/ clave en su pecho un cuchillo/ porque el patrón lo ordenó?/ Déjenlo no más pastar/ no rechacen mi consejo/ que yo lo voy a enterrar/ cuando se muera de viejo».

No matar, dejar vivir. Pero eso significa, como dice el campesino, dejarlo que se muera de viejo y no aplicar medidas artificiales para prolongar esa vida que la persona no quiere, que reducen su tranquilidad y dignidad a la nada.

Permitamos que las personas elijan morir, tanto de muerte natural (no más cuidados que no quiero) o pidiendo la ayuda adecuada (especialistas ayúdenme a morir para no sufrir.) ¡No obliguemos a quien no quiere a vivir en malas condiciones!

Muchos de los que se oponen a esta decisiones libres de una persona, argumentan «religiosamente», diciendo que Dios nos dio la vida. A ellos les diría que ese mismo Dios dio libertad a los humanos para decidir. Muchos de esos que se oponen a la eutanasia, desprecian la vida promoviendo la pena de muerte, las guerras, el uso de armas.

Les pregunto: ¿Y qué hay del argumento de la muerte natural cuando se ejecuta a un condenado al fusilamiento, la cámara de gas, la inyección letal o la silla eléctrica?

Voto por la vida, pero por la vida digna, justa, libre.

 

 

Premio Nacional a Delia Vergara: Más vale tarde que nunca

Si bien su liderazgo en la dirección de la revista «Paula», fue un gran aporte de la periodista chilena al desarrollo de las mujeres y a la valorización pública de sus contribuciones en variadas áreas, tal vez lo más importante de su trayectoria profesional haya sido la creación de «El Diario de Cooperativa».

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 14.9.2025

Un columnista decía hace unos días en un medio escrito que el Premio Nacional de Periodismo entregado a Delia Vergara Larraín (1940) es un premio tardío, porque ella ya tiene 84 años.

Delia, como ha sido muy destacado, es una periodista pionera en diversos campos, iniciativas y temáticas. Si bien la revista Paula fue un gran aporte al desarrollo de las mujeres y a la valorización pública de sus contribuciones en variadas áreas, tal vez lo más importante haya sido la creación de El Diario de Cooperativa.

Aquello tuvo varios méritos.

El primero fue crear un tipo de noticiario radial que no existía en Chile. Con el mismo formato de un «diario» impreso, organizó una difusión de noticias con diversas secciones, en una presentación ingeniosa, cuidando la calidad y veracidad de las informaciones entregadas.

Debo destacar que el equipo periodístico que ella organizó fue del más alto nivel, pese a la juventud de muchos de los periodistas que lo integraron. Guillermo Muñoz Melo, Patricio Vargas, Marianela Ventura, Manola Robles, Patricia Politzer, Felipe Pozo, Armando Castro, Ricardo Urzúa, Edgardo Reyes Saldías y muchos otros que fueron parte de esta tarea, recibieron de Delia una oportunidad valiosa, que requería de mucha valentía y minuciosidad en su labor.

El segundo, fue haberse atrevido a tratar con soltura, libertad, claridad y, sobre todo, veracidad los temas políticos y las situaciones de derechos humanos, cuando la única experiencia anterior en los inicios de la dictadura había sido Radio Balmaceda, emisora que fue clausurada justamente por atreverse a decir lo que otros callaban.

Muchos les debemos la vida a la gestión extraordinaria de esa radio, que se atrevía a denunciar los atropellos a los derechos humanos contradiciendo expresamente las órdenes de las autoridades civiles y militares.

Cuando Belisario Velasco e Ignacio González decidieron denunciar, por ejemplo, mi detención por parte de la DINA en presencia de testigos, contravenían una orden expresa de no informar situaciones de ese tipo.

Delia Vergara y el equipo que estaba a cargo de la parte administrativa y comercial de El Diario de Cooperativa decidieron correr el riesgo de seguir esa suerte y se la jugaron con singular valentía, audacia, conciencia de lo que hacían y respaldado en la calidad de un trabajo indesmentible.

 

Muchas veces lo pasaron mal, pero nunca claudicaron.

 

«Aquí tienes libertad»

Delia conducía con autoridad, criterio, ingenio y sentido de la aventura, al proponerse la introducción de conceptos periodísticos nuevos, como fueron las columnas de opinión en radio, mediante comentaristas que podían hablar con completa libertad. De eso doy testimonio.

Un día, al llegar a grabar mi columna, Delia me informó que la había llamado el ministro del Interior, Sergio Fernández Fernández, para decirle que si yo seguía atacando al gobierno la radio corría el riesgo de ser cerrada y yo sería expulsado del país.

La miré preguntando sin palabras sobre lo que me estaba proponiendo.

Ella me dijo:

—Tú sabes tus riesgos, yo sé los míos. Aquí tienes libertad.

En mi comentario denuncié la amenaza, sosteniendo que la verdad no podía ser silenciada, pues siempre había alguien para seguir proclamando la defensa de los derechos de las personas. No fui expulsado ni la radio sancionada.

¿Tardío el Premio Nacional? Si, tanto quizás como el de Gabriela Mistral en Literatura, a quien le fue otorgado seis años después de que había recibido el Premio Nobel.

Porque más vale tarde, que no hacerlo nunca.

Algo parecido hemos sentido muchos con el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales a José Bengoa. Cumplidos los 80 años, se reconoce el aporte intelectual, investigativo, reflexivo de este hombre osado y de pensamiento consistente, coherente y vigoroso, cuyos aportes en relación a los pueblos que habitaban América antes del arribo de los europeos y a la historia de Chile como nación han sido muy relevantes.

Con sus obras hemos sabido de las costumbres, los pensamientos, las tradiciones, la religiosidad, los valores y la tragedia de los habitantes de Chile al momento de la llegada de los españoles al territorio de lo que hoy es nuestro país.

Estoy de acuerdo que cuando los premios se entregan a muy avanzada edad del galardonado, puede parecer un reconocimiento tardío, en el sentido de que quizás esa persona yo no esté en plena producción de sus aportes a la sociedad y al mundo en general.

 

Pero, por otra parte, debemos coincidir con quienes entregan las distinciones que lo que se está premiando es una trayectoria y eso no se puede dar a alguien que está empezando la vida, a los que están comenzando a hacer aportes. Hay otros premios para ellos, tales como becas, financiamiento de proyectos, apoyo a actividades de diverso tipo.

No importa que sea tarde, peor es que nunca se reconozca.

Debiera haber un tipo de reconocimiento a esos cientos de intelectuales, escritores, creadores en general, profesores, en fin, que nunca recibirán el Premio Nacional, pero cuyos aportes deben quedar inscritos en la memoria chilena y cuyos aportes deben estar al alcance de los niños, los jóvenes y todos quienes quieran conocer a esa pléyade formada por personas que entregaron mucho a cambio de muy poco y que nunca buscaron el reconocimiento ni el agradecimiento de los demás.

Las enseñanzas de estos premiados han quedado grabadas en mi alma.

Recuerdo, como si fuera hoy, cuando dimos en 1995 a Delia una distinción por su contribución a la paz.

Ella nos dijo esa vez:

—Soy hija de la guerra. Por eso, estoy comprometida con la paz y me esfuerzo por hacerla real en mi vida y en el mundo.

Revivo aquella vez, en 1967, cuando Pepe Bengoa se acercó a mí para abrazarme, después de que alguien trató de justificar la invasión de las tropas de Israel a Palestina, y sin que mediaran palabras entendí que él sabía de mi dolor por la tierra de mis ancestros.

Si bien su liderazgo en la dirección de la revista «Paula», fue un gran aporte de la periodista chilena al desarrollo de las mujeres y a la valorización pública de sus contribuciones en variadas áreas, tal vez lo más importante de su trayectoria profesional haya sido la creación de «El Diario de Cooperativa».

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 14.9.2025

Un columnista decía hace unos días en un medio escrito que el Premio Nacional de Periodismo entregado a Delia Vergara Larraín (1940) es un premio tardío, porque ella ya tiene 84 años.

Delia, como ha sido muy destacado, es una periodista pionera en diversos campos, iniciativas y temáticas. Si bien la revista Paula fue un gran aporte al desarrollo de las mujeres y a la valorización pública de sus contribuciones en variadas áreas, tal vez lo más importante haya sido la creación de El Diario de Cooperativa.

Aquello tuvo varios méritos.

El primero fue crear un tipo de noticiario radial que no existía en Chile. Con el mismo formato de un «diario» impreso, organizó una difusión de noticias con diversas secciones, en una presentación ingeniosa, cuidando la calidad y veracidad de las informaciones entregadas.

Debo destacar que el equipo periodístico que ella organizó fue del más alto nivel, pese a la juventud de muchos de los periodistas que lo integraron. Guillermo Muñoz Melo, Patricio Vargas, Marianela Ventura, Manola Robles, Patricia Politzer, Felipe Pozo, Armando Castro, Ricardo Urzúa, Edgardo Reyes Saldías y muchos otros que fueron parte de esta tarea, recibieron de Delia una oportunidad valiosa, que requería de mucha valentía y minuciosidad en su labor.

El segundo, fue haberse atrevido a tratar con soltura, libertad, claridad y, sobre todo, veracidad los temas políticos y las situaciones de derechos humanos, cuando la única experiencia anterior en los inicios de la dictadura había sido Radio Balmaceda, emisora que fue clausurada justamente por atreverse a decir lo que otros callaban.

Muchos les debemos la vida a la gestión extraordinaria de esa radio, que se atrevía a denunciar los atropellos a los derechos humanos contradiciendo expresamente las órdenes de las autoridades civiles y militares.

Cuando Belisario Velasco e Ignacio González decidieron denunciar, por ejemplo, mi detención por parte de la DINA en presencia de testigos, contravenían una orden expresa de no informar situaciones de ese tipo.

Delia Vergara y el equipo que estaba a cargo de la parte administrativa y comercial de El Diario de Cooperativa decidieron correr el riesgo de seguir esa suerte y se la jugaron con singular valentía, audacia, conciencia de lo que hacían y respaldado en la calidad de un trabajo indesmentible.

 

Muchas veces lo pasaron mal, pero nunca claudicaron.

 

«Aquí tienes libertad»

Delia conducía con autoridad, criterio, ingenio y sentido de la aventura, al proponerse la introducción de conceptos periodísticos nuevos, como fueron las columnas de opinión en radio, mediante comentaristas que podían hablar con completa libertad. De eso doy testimonio.

Un día, al llegar a grabar mi columna, Delia me informó que la había llamado el ministro del Interior, Sergio Fernández Fernández, para decirle que si yo seguía atacando al gobierno la radio corría el riesgo de ser cerrada y yo sería expulsado del país.

La miré preguntando sin palabras sobre lo que me estaba proponiendo.

Ella me dijo:

—Tú sabes tus riesgos, yo sé los míos. Aquí tienes libertad.

En mi comentario denuncié la amenaza, sosteniendo que la verdad no podía ser silenciada, pues siempre había alguien para seguir proclamando la defensa de los derechos de las personas. No fui expulsado ni la radio sancionada.

¿Tardío el Premio Nacional? Si, tanto quizás como el de Gabriela Mistral en Literatura, a quien le fue otorgado seis años después de que había recibido el Premio Nobel.

Porque más vale tarde, que no hacerlo nunca.

Algo parecido hemos sentido muchos con el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales a José Bengoa. Cumplidos los 80 años, se reconoce el aporte intelectual, investigativo, reflexivo de este hombre osado y de pensamiento consistente, coherente y vigoroso, cuyos aportes en relación a los pueblos que habitaban América antes del arribo de los europeos y a la historia de Chile como nación han sido muy relevantes.

Con sus obras hemos sabido de las costumbres, los pensamientos, las tradiciones, la religiosidad, los valores y la tragedia de los habitantes de Chile al momento de la llegada de los españoles al territorio de lo que hoy es nuestro país.

Estoy de acuerdo que cuando los premios se entregan a muy avanzada edad del galardonado, puede parecer un reconocimiento tardío, en el sentido de que quizás esa persona yo no esté en plena producción de sus aportes a la sociedad y al mundo en general.

 

Pero, por otra parte, debemos coincidir con quienes entregan las distinciones que lo que se está premiando es una trayectoria y eso no se puede dar a alguien que está empezando la vida, a los que están comenzando a hacer aportes. Hay otros premios para ellos, tales como becas, financiamiento de proyectos, apoyo a actividades de diverso tipo.

No importa que sea tarde, peor es que nunca se reconozca.

Debiera haber un tipo de reconocimiento a esos cientos de intelectuales, escritores, creadores en general, profesores, en fin, que nunca recibirán el Premio Nacional, pero cuyos aportes deben quedar inscritos en la memoria chilena y cuyos aportes deben estar al alcance de los niños, los jóvenes y todos quienes quieran conocer a esa pléyade formada por personas que entregaron mucho a cambio de muy poco y que nunca buscaron el reconocimiento ni el agradecimiento de los demás.

Las enseñanzas de estos premiados han quedado grabadas en mi alma.

Recuerdo, como si fuera hoy, cuando dimos en 1995 a Delia una distinción por su contribución a la paz.

Ella nos dijo esa vez:

—Soy hija de la guerra. Por eso, estoy comprometida con la paz y me esfuerzo por hacerla real en mi vida y en el mundo.

Revivo aquella vez, en 1967, cuando Pepe Bengoa se acercó a mí para abrazarme, después de que alguien trató de justificar la invasión de las tropas de Israel a Palestina, y sin que mediaran palabras entendí que él sabía de mi dolor por la tierra de mis ancestros.

Lo que falta en la campaña

Hoy no hay contenidos con visión de futuro y todo se queda en ciertas consignas que acomodan lo vigente, mejorando un poco las condiciones de “la gente”, así vagamente, olvidando a las personas que están tras cada rótulo.

La campaña presidencial se ha convertido en un compendio de lugares comunes, donde la discusión se hace insuficiente para los problemas reales de las personas. El ser humano no se agota en la satisfacción de las necesidades básicas, aunque sin satisfacerlas parece difícil avanzar hacia una meta de desarrollo integral. Pero sin una mirada y un proyecto que nos conduzcan hacia ese desarrollo, los discursos son sólo paliativos o vanas promesas.

Hablemos de felicidad

El periodista Juan Pablo Cárdenas, en un artículo reciente, echa de menos en los discursos de campaña la palabra felicidad.

Y así es: esta palabra parece estar prohibida en la política, sobre todo después de que, como él lo recuerda, se prometiera en 1988 que “la alegría ya viene”.

Esa vez estábamos alegres con la derrota del dictador, pero debimos aguantarlo un año y medio más, mientras la represión se mantenía en muchos niveles. En 1989 fueron derrotados los candidatos derechistas, pero quien fue dictador se mantuvo como comandante en jefe del Ejército primero y después como senador en virtud de haberse autodesignado “Presidente de la República”. Nunca fue elegido para ese cargo y la única vez que postuló lo hizo sin contendor, y como dijo el Fortín Mapocho, “Corrió solo y llegó segundo”.

Durante los primeros 16 años de la Concertación hubo momentos alegres e importantes avances cuantitativos (como la derrota de la extrema pobreza y otras importantes marcas macroeconómicas), pero ellos no se distribuyeron como la mayoría del país esperaba.

La disputa entre “auto flagelantes” y “autocomplacientes” de la Concertación, los que querían más y los que estaban satisfechos con ejercer el poder, terminó en un descontento que se fue acumulando hasta que explotó en 2019. En mi reflexión, cuando se optó por el camino de aceptar el plan de Pinochet en lugar de seguir presionando para su salida, anticipaba esa expresión de rebeldía, pero la imaginaba incluso antes.

La decepción creciente

Los que eran jóvenes en 1988 y los nacidos después, no lograban entender que no se consiguieran espacios democráticos profundos y que las personas se vieran sometidas a situaciones tan duras que les impedían desarrollarse.

 

 

Hoy no hay contenidos con visión de futuro y todo se queda en ciertas consignas que acomodan lo vigente, mejorando un poco las condiciones de “la gente”, así vagamente, olvidando a las personas que están tras cada rótulo.

La campaña presidencial se ha convertido en un compendio de lugares comunes, donde la discusión se hace insuficiente para los problemas reales de las personas. El ser humano no se agota en la satisfacción de las necesidades básicas, aunque sin satisfacerlas parece difícil avanzar hacia una meta de desarrollo integral. Pero sin una mirada y un proyecto que nos conduzcan hacia ese desarrollo, los discursos son sólo paliativos o vanas promesas.

Hablemos de felicidad

El periodista Juan Pablo Cárdenas, en un artículo reciente, echa de menos en los discursos de campaña la palabra felicidad.

Y así es: esta palabra parece estar prohibida en la política, sobre todo después de que, como él lo recuerda, se prometiera en 1988 que “la alegría ya viene”.

Esa vez estábamos alegres con la derrota del dictador, pero debimos aguantarlo un año y medio más, mientras la represión se mantenía en muchos niveles. En 1989 fueron derrotados los candidatos derechistas, pero quien fue dictador se mantuvo como comandante en jefe del Ejército primero y después como senador en virtud de haberse autodesignado “Presidente de la República”. Nunca fue elegido para ese cargo y la única vez que postuló lo hizo sin contendor, y como dijo el Fortín Mapocho, “Corrió solo y llegó segundo”.

Durante los primeros 16 años de la Concertación hubo momentos alegres e importantes avances cuantitativos (como la derrota de la extrema pobreza y otras importantes marcas macroeconómicas), pero ellos no se distribuyeron como la mayoría del país esperaba.

La disputa entre “auto flagelantes” y “autocomplacientes” de la Concertación, los que querían más y los que estaban satisfechos con ejercer el poder, terminó en un descontento que se fue acumulando hasta que explotó en 2019. En mi reflexión, cuando se optó por el camino de aceptar el plan de Pinochet en lugar de seguir presionando para su salida, anticipaba esa expresión de rebeldía, pero la imaginaba incluso antes.

La decepción creciente

Los que eran jóvenes en 1988 y los nacidos después, no lograban entender que no se consiguieran espacios democráticos profundos y que las personas se vieran sometidas a situaciones tan duras que les impedían desarrollarse.

 

 

Lo hermoso y lo terrible

Las guerras de Ucrania y de la Franja de Gaza, el resurgimiento electoral de los grupos que promueven activamente el belicismo, la segmentación étnica, la persecución de los inmigrantes, sumado todo eso a las situaciones difíciles derivadas del crimen organizado y el comercio de la droga, agudizan las tensiones al interior de las sociedades occidentales.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 6.9.2025

La comunidad Palestina de Chile y el Club Palestino han convocado a los poetas residentes en el país a un concurso temático: «Palestina: Paz y Justicia».

Yo sé que es una reiteración que puede parecer innecesaria, porque sin justicia no puede haber paz. Pero la idea de los convocantes es unir la expresión para que nos desliguemos de las versiones de la paz en las que uno domina a otro, lo que alguien llamó «la paz de los cementerios».

Se invita a poetas con libros publicados y también a los poetas que nunca han publicado, calificados en categorías distintas. Un jurado excepcional integrado por Diamela Eltit, Luis Zaror, Theodoro Elssaca, Faride Zerán, Isabel Baboun y Ana Harcha, tendrá la tarea de seleccionar a los ganadores, que serán publicados en un libro.

Esta iniciativa, que está teniendo buena respuesta, pretende fortalecer la conciencia de que la violencia instalada hace ya tantos años en la llamada Tierra Santa, en la Palestina histórica, debe detenerse y hacerse justicia. Por cierto, lo verdaderamente justo debiera ser la unidad del territorio palestino como era antes de la decisión de partirlo en dos.

Pero eso es casi imposible. Por ahora, los palestinos luchan por tres cosas: primero, recuperar el territorio asignado por Naciones Unidas; segundo, conseguir la paz con el vecino forzado; tercero, impulsar un proceso de desarrollo que permita al pueblo obtener su merecido bienestar.

La brutalidad de la violencia es tanta que cada vez más se extienden movimientos por el mundo pidiendo por la paz. Y en esa tarea, lo primero es que la guerra se detenga y luego buscar todos los entendimientos. Judíos del mundo entero claman en las calles de muchas ciudades: «En nuestro nombre no», para decir a los dirigentes de Israel que ellos actúan por sí mismos y no para defender a los judíos.

En el propio Israel y en muchos lugares, los manifestantes quieren el fin de la guerra y grandes intelectuales de la nación hebrea alzan sus voces contra el intento de exterminación de los palestinos promovido por el actual gobierno de Netanyahu.

Y en este contexto, artistas plásticos, cineastas, escritores del mundo entero se están expresando con su creatividad. Hay que detener la violencia cuanto antes. Lo piden en todo el mundo.

 

Los valores fundamentales de una sociedad armónica

Faltan, sin embargo, los gobiernos de los países más ricos, de mayor potencial bélico, de mayor poder en el planeta. Ninguno de ellos se está jugando por terminar esta situación. ¿Qué esperan? ¿Cuántos muertos más tendrá que haber? ¿O están esperando la eliminación completa de los palestinos?

Con todo, miro con pena y hasta angustia lo que sucede en el mundo. Las guerras y la violencia copan el escenario. En Estados Unidos se vive la irrupción de los sectores más conservadores, con el silencio ominoso de los que perdieron la elección y la estupefacción de los intelectuales que se ven incapaces de reaccionar.

Medidas brutales por temas muy variados sólo para demostrar el poder de un presidente que quiere recuperar el estilo imperialista que dominó en la primera mitad del siglo XX, en el estilo de esos conquistadores del oeste que a punta de pistola resolvían sus conflictos, ocupaban territorios en los que vivían comunidades antiguas, arrasaban con las culturas que no comprendían.

La guerra de Ucrania, el resurgimiento electoral de los grupos que promueven activamente el belicismo, la segmentación étnica, la persecución de los inmigrantes, sumado todo eso a las situaciones difíciles derivadas del crimen organizado y el comercio de la droga, agudizan las tensiones.

Son las resistencias de quienes quieren mantener un orden injusto, gobernar sin contrapesos, todo ello en una especie de desesperación a partir del creciente despertar de muchos sectores por la necesidad de la paz y la justicia.

Estamos en un punto crucial, en los años de las máximas tensiones. Por ello, es indispensable que quienes trabajamos con el arte, sobre todo los poetas, pongamos énfasis en nuestro trabajo respecto de los valores fundamentales de una sociedad armónica: paz, solidaridad, justicia, respeto por las personas.

Ante lo terrible que sucede, la construcción de lo hermoso parece ser indispensable.

Podríamos gritar por las calles: ¡Artistas de todas las artes, poetas de todas las formas, músicos y actores, unidos construiremos un mundo mejor!

Cuando se hacen concursos de poesía, como el que señalé, más allá de esa causa específica, lo que se está haciendo es llamar a las personas a tomar conciencia del papel propio que cada uno puede jugar en hacer el mundo, su mundo, un poco mejor cada día.

A lo terrible, opongamos lo hermoso. Ante la destrucción, propongamos creación. Ante el miedo, actuemos con amor.


Mi camino
Jaime Hales
Texto para ser leído en el
Festival Mente, Cuerpo y Alma (MCA),
el 22 de agosto de 2005,
con ocasión del “Homenaje a la trayectoria”
para Pedro Engel, Jaime Hales y Gonzalo Pérez.


Cuando Edgardo y Joyce me escribieron para contarme que harían este reconocimiento a la
trayectoria de los que ellos llaman “los tres magos”, me costó creerlo.
Descubrí hace muchos años que parte de mi tarea es trabajar, colaborar con otros, sin buscar
reconocimiento ni premios. Lo conversé con Maru, la mujer que amo y con quien comparto las
aventuras, desvelos y esperanzas en la recta final. Ella me dijo: “está bien, si eres humilde, debes
aceptarlo. Y si no lo eres, te pondrás contento de que te reconozcan”. Quizás no lo dijo
exactamente así, pero me di cuenta que ese pensamiento representaba lo que sentía: sin hacer
las cosas para ser reconocido, me siento contento cuando eso sucede.
Agradezco a Edgardo y Joyce y al equipo de MCA por organizar este acto. Y a todos los presentes
por estar aquí. Agradezco a mis compañeros de ruta, a quienes amo y a todos quienes, queriendo
o no, sabiendo o no, han ido contribuyendo a que se forjara en mí la persona que soy. Soy quien
soy, con todos mis defectos y con todos mis atributos, con mi fuerza y mi alegría, con mis torpezas,
con mis éxitos y derrotas, con mis contradicciones y mi compromiso intransable con la vida
humana y las personas que me rodean. Pude haber sido distinto, tal vez mejor, tal vez peor.
Pero los vaivenes, las dudas, las confianzas, los errores y los aciertos de mis decisiones, me han
llevado a esta tarde emocionante, en la que – mientras el Sol transita de Leo a Virgo, mi
ascendente, acompañado de la Luna – debo reconocer que espero aún seguir haciendo muchas
cosas y estoy lejos de querer terminar mi recorrido por la vida actual.
Nací en la primera mitad del siglo pasado, el primer día del año astrológico, el mismo año en que
por primera vez el sol despuntaba teniendo como fondo la constelación de Acuario.
Miro hacia atrás mi vida y me detengo en mi presente. Debo reconocer que es altamente probable
que lo que me queda por vivir sea menos de lo ya vivido en esta encarnación. Al observar mi vida
actual, me doy cuenta que las tareas pactadas por mi alma al resolver encarnar, están casi todas
ya cumplidas.

  • He logrado rescatar muchos de los conocimientos que mi alma había previsto traer para
    esta vida;
  • he logrado trasmitir, a quienes necesitaban aprender, los conocimientos necesarios;
  • he logrado dar las luchas que las circunstancias me pusieron por delante;
  • he conseguido disminuir el grado de control que me sentía tentado a ejercer.
  • Supe reconocer cuándo renunciar a las ambiciones de dinero y poder.
  • He escrito la mitad de lo que debo escribir, así es que me estoy apurando.
  • Aprendí a distinguir los cambios, a impulsar los que me correspondía y a aceptar los que
    no podía evitar.
  • Reconocí las señales que mi alma dejó y las que los demás me fueron dando.
  • Permití que la rueda girara libremente y asumí la tarea de la magia con toda la
    responsabilidad que me ha sido posible.
  • Entendí, ya muy avanzada la edad, la diferencia entre los brujos y los magos.
    o Los brujos nacen con dones y simplemente deben ejercerlos.
    o Los magos deben preparare para despertar las energías interiores, estudiar,
    observar, trabajar en sí mismos, orar y escuchar a los demás.
    o Para un mago todos sus interlocutores son maestros en alguna medida, porque de
    cada persona algo deben aprender.
    o Y me he preparado para ser mago, debiendo hacer el esfuerzo de conocerme a mí
    mismo, intentar asumir y corregir mis dificultades, asumir mis habilidades y
    virtudes, rectificar lo necesario, aceptar lo que no puedo cambiar y cambiar en
    todo lo que es necesario.
    Siendo muy niño conocí a los ángeles. Eran energías maravillosas que se me presentaban como
    amigos, seres luminosos que me iban guiando por caminos difíciles. Las tareas a las que me
    comprometí necesitan de ayuda de los ángeles: me enseñaron a ver, a distinguir, a recordar, a
    confiar. Al comienzo, los ángeles me parecían ser compañeros de juego o tomaban la forma de mi
    tía Alia y entonces le contaba a mi mamá que ella había venido a verme, lo que no era así.
    Recuerdo, con una claridad asombrosa, cuando me di cuenta, por primera vez, a los tres años más
    o menos, de la presencia de mi ángel protector, no confundiéndolo con nadie: Yo estaba en la casa
    de mis abuelos en Traiguén. Mi abuelo jugaba al ajedrez y yo miraba. Mi abuela encendió las luces
    de la galería y entonces vi en el pasillo una luz preciosa que rodeaba a una figura humana. Ninguno
    de los adultos lo veía. Él se comunicó conmigo sin emitir sonidos. Sus mensajes entraban en mi
    mente directamente y supe que este hecho debería callarlo, pues nadie lo creería. Después me
    dijo su nombre: Leliel. Hoy, tantos años después, me atrevo a contarlo ante ustedes, que pueden
    creerme o no, pero a mi edad tengo el deber de contarlo todo.
    Desde aquella vez he aprendido a invocar a los ángeles y a tener respuestas para muchas cosas
    que en mi vida parecían inexplicables. Supe que todos los humanos tenemos, al menos, un ángel
    protector y junto a él muchos otros que nos pueden auxiliar en tareas concretas. Pero que para
    eso debemos invocarlos, pedir, asumir con fe que ellos pueden llegar hasta nosotros.
    Leliel me ha hablado de muchas cosas que supe sin haber estudiado y que al correr del tiempo he
    ido confirmando. Siendo pequeño me habló de Metatrón, el arcángel que alguna vez fue humano
    y llegó a ser de los más importantes. Con su luz de tonos azulados pude reconocerlo cuando
    exploré, bajo la dirección de Ronald Schulz, algunas de mis primeras regresiones. Supe luego de
    otro maestro, Enael, que es el que me guía por terrenos más intelectuales. Cuando hablo de esto
    en otros lugares, me refiero meramente a la intuición. Pero yo sé que esa intuición no es más que
    la disposición a escuchar lo que las voces de estos emisarios protectores nos quieren decir.

    A ellos me consagro con cada lectura de Tarot o terapia de Vida Pasada. Sin ellos, mi trabajo sería
    como una campana que no suena, un río sin agua, un árbol sin raíces.
    En el mundo de hoy, ante la inmensidad del universo y la magnitud del tiempo, cada uno de
    nosotros es pequeño y aparentemente insignificante. Nuestra sola existencia humana acrecienta
    mi fe en la divinidad y me hace asumir que si uno de nosotros no existiera, el mundo no sería el
    mismo.
    Supe del alma y la reencarnación, sin ser capaz de poner nombre a cada cosa.
    Siendo muy niño, alrededor de los siete años, ya sabía que las personas con las que me estaba
    relacionando eran muy relevantes para mí.
    Sentía a mi madre como alguien a quien conociera desde hacía mucho tiempo y yo la miraba con
    admiración. Ella me parecía una especie de reina misteriosa cuya sonrisa albergaba muchas
    emociones que sentía contradictorias. A ratos percibía que ella tenía una preocupación exagerada
    por mí, como si yo fuera su preferido, pero en cualquier momento aparecía una sensación curiosa,
    como si le provocara cierto temor
    Muchos años después, a pedido de mi madre, un joven astrólogo y psicólogo leyó mi carta astral
    y le hizo un informe que encontré entre sus papeles al morir ella. En él, el astrólogo, de nombre
    Gonzalo Pérez, que no me conocía entonces, le advertía que yo pasaría muchos pesares, pero que
    ya había soportado las pruebas más difíciles y había elegido el camino correcto. La violencia estaba
    situada en las antípodas, pero faltaban algunos acontecimientos para empujarme al cumplimiento
    de las tareas más importantes, que tendrían que ver con la trascendencia.
    Cuando leí el informe recordé algo que una astróloga que vivía en Puerto Cisnes, muy al sur de
    Chile, le había dicho a mi madre cuando yo aún no cumplía un año: “este niño no morirá sin
    cumplir con lo que tiene que hacer y puede ser un mago si decide prepararse y si tú Adela, como
    su mamá, decides ayudarlo”. Ella escribió eso en una carta para mí mientras me debatía entre la
    vida y la muerte a los 9 años; nunca me la entregó, sólo la conocí al empezar la adolescencia
    cuando la encontré en las páginas del libro “La Astrología como ciencia Oculta”, del músico Oskar
    Adler.
    Desde pequeño supe que había vivido otras vidas.
    Cuando leía historias en libros para niños mayores que yo, cuando veía películas que trataban de
    la edad media o antes, cuando estudiaba sobre la historia del mundo y tiempos inmemoriales,
    cuando leía los evangelios a los seis o siete años, yo sabía que había muchas cosas que conocía de
    antes, que mi alma sabía, que mi cerebro recordaba o reconocía, que lo más probable era que
    hubiera vivido otras vidas.
    Un compañero de colegio, como a los 12 años, me dijo: “eso se llama reencarnación y está
    prohibido por la Iglesia”. Y poco tiempo después el padre Daniel, a quien le decíamos “corchito”,
    dijo en un retiro algo que para mí fue clave: “Hay veces que prohibimos cosas, porque no sabemos
    su alcance, porque les tenemos miedo y porque no sabemos que harán las personas con esas
    ideas”.

    ¡Así supe que era verdad la reencarnación!
    ¿Cuáles fueron las influencias iniciales y las más relevantes?
    Estaba en Traiguén. Hubo noches inolvidables: Sólo tenía cinco años cuando desde la pieza en que
    dormía junto a mi hermano escuchaba a mi madre, Adela Dib, a mi tía Alia y a mi tío Omar, leer
    en voz alta un libro y luego comentarlo. Un día le pregunté a mi mamá por el título del libro: “En
    busca de lo milagroso”, me dijo. “¿Y qué es lo milagroso?”, insistí. No tuve respuesta.
    El accidente de los 9 años – al que sobreviví como es evidente – marcó para siempre mi vida, no
    sólo por un dolor persistente en la pierna izquierda, que me acompaña hasta el día de hoy, un
    dolor que me hace recordar la historia de Quirón, sino porque empecé a ver realidades nuevas e
    incursioné en los libros que poblaban la biblioteca de mis padres.
    A los 9 años accedí al libro de Quirología de Joseph Ranald y luego comencé a hurgar en otros
    libros y autores: la autobiografía de Paramahansa Yogananda, los libros de Herman Hesse, Gustav
    Meynrick, Jung y Lobsang Rampa, que me desafiaron a lecturas que, por cierto, no entendía en
    toda su dimensión, pero que agitaban mi alma a extremos de que más de alguna vez sentí que me
    volvía loco con tanta información, con tantas inquietudes y emociones que me sacudían. Éste era
    el terreno de mi madre.
    Esas lecturas las alternaba con los libros de historia, los diarios, las revistas que hablaban de
    política y de fútbol. Éste era el terreno de mi padre, con quien me sentía muy lejano de niño, pero
    a quien fui conociendo con el paso de los años, hasta llegar a valorarlo en toda su integridad, poco
    antes de que él muriera, mientras yo estaba a 9.000 kilómetros.
    Miro desde la altura del tiempo mi trayectoria y busco los nombres de las personas que más
    influyeron en mí. Fueron muchas, de quienes fui bebiendo la savia de la vida, unos para insertarme
    en lo concreto de las urgencias vitales y otros para conducirme sutilmente hacia la espiritualidad,
    la creación, ciertas formas de religiosidad, la experiencia de las emociones, a todo lo que oliera a
    misterio. En casa de mis padres conocí a mucha gente interesante, como Oscar Ichazo, Miguel
    Serrano y grandes dirigentes políticos de Chile y de otros países. Recuerdo haber estado presente
    en una conversación acerca de Jung en los días posteriores a su muerte. Participaban, además de
    mi madre, Miguel Serrano y otras personas cuyos nombres no recuerdo. Me parece que estaba
    Lola Hoffman. Yo tenía 15 años y estaba pasando por un momento muy intenso, a partir del cual
    Jung, junto a Nietszche y Kafka, se convirtieron en referentes muy importantes.
    Gurdjieff y Ouspensky estaban siempre como una sombra rondando. Rescataba todo lo valioso
    del pensamiento de esos dos hombres y sus seguidores, pero en definitiva sentí que
    representaban el último grito de defensa de Piscis, la Era que estaba muriendo.
    Recuerdo a aquellos profesores de historia – don Octavio Montero, don Roberto Hernández, doña
    Julia Peñaloza – que me conectaron con todo el desarrollo de la humanidad; a Gastón Soublette,
    mi profesor de música en primero de humanidades; y a Ricardo Contreras ese profesor de
    Castellano que me incitó a escribir, cuando se dio cuenta de que me gustaban la poesía, los
    cuentos de autores chilenos y las novelas policiales.

    Siempre en el colegio – varios colegios, porque más de una vez fui expulsado – rindo tributo a
    Jaime Blume Sánchez, Gerardo Joannon y Pablo Fontaine y a través de ellos a todos, sí, bien digo,
    a todos los profesores de los últimos tres años escolares y a la gran mayoría de mis compañeros.
    Aunque yo era distinto de todos, con otras ideas, muy rebelde, agrandado tal vez, ariano en cierta
    vocación de liderazgo, con mi Piscis en la casa seis dando sentido de sacrificio a todo cuanto hacía,
    con un stelllium de gran intensidad en la casa doce y Urano en el medio cielo, me sentí querido
    por mis compañeros, pese a todo ello, respetado y valorado por mis profesores.
    Fue en esos años cuando tuve por primera vez cierta conciencia de la trascendencia, de la
    expansión de mi espiritualidad y de la exigencia profunda de inserción en la sociedad en la que
    debería cumplir mis tareas de aprender, enseñar, luchar y servir y, sobre todo, amar. A los 18 años
    logré saber eso de mí. Por eso entré al seminario de los sagrados corazones. Y por esas mismas
    razones, un año después me retiré.
    Después fueron apareciendo otros personajes: Claudio Naranjo, de quien fui su paciente en plena
    adolescencia y con quien trabé en los años siguientes una relación muy bonita de conversación
    fácil y contactos esporádicos. Cuando Claudio se fue a vivir al extranjero me derivó con Lola
    Hoffman. Otros dos terapeutas, tal vez sin quererlo, me abrieron puertas al conocimiento
    misterioso: la doctora Erika Guzmán (no sé su apellido, porque ella, alemana de nacimiento,
    adoptó el de su marido) y Alex Kalawski. Ellos, en diferentes momentos, me hicieron ver que el
    desarrollo personal es la expansión de la energía de la trascendencia en el mundo real.
    Menciono a cuatro personas a quienes considero muy claves en mi formación y mis
    reconocimientos vocacionales: Gustavo Lagos Matus, Jaime Castillo Velasco, la educadora Mary
    Marshal, la poeta Rosa Cruchaga.
    Al salir de la universidad vino la tragedia del golpe de Estado y los derechos humanos surgieron
    delante de mí como una exigencia de supervivencia moral. Fue entonces que figuras como
    Roberto Garretón, Patricia Verdugo, Sergio Valech, Enrique Alvear, terminaron de enlazar la
    trascendencia con el compromiso real y efectivo en el mundo que estaba viviendo
    Podría (o quizás debería) nombrar a tanta gente con la que compartí, con la que trabajé, a la que
    defendí en los tribunales, a los que acompañé en el dolor. Podría nombrar incluso a quienes me
    interrogaron cuando estuve detenido en la Villa Grimaldi, pues de ellos aprendí lo que no se debe
    hacer; podría mencionar a aquel amigo que para salvar la vida de otros me traicionó, pues gracias
    a él aprendí a perdonar de verdad. Me refiero a las personas que amé y me amaron; a mis hijos y
    hermanos por el solo hecho de existir y estar presentes; a mis camaradas de partido; a los libreros
    de San Diego que me proveyeron de materiales cuando lo esotérico era visto con desdén y
    sospecha; a mis amigos que he ido acumulando en el tiempo, algunos desde las épocas escolares
    y universitarias, más allá de diferencias políticas, ideológicas, profesionales, religiosas y de
    cualquier otro tipo. Y a la mujer que me amo, me acompaña y me ayuda con mis escritos.
    Todos ellos fueron guiando mis pasos hacia aquel momento en que dejaría la profesión de
    abogado para fundar universidades; y luego me alejaría de las universidades para fundar

    Syncronía, esa Academia de Estudios Holísticos a la que consagré 25 años, enseñando y
    atendiendo personas, abriendo las puertas para que muchos pudieran estudiar.
    Algo de lo hecho y de mis convicciones.
    Libros de astrología, de poesía, de psicología, sexualidad, religiones, política e historia, todo se iba
    agolpando en mí, leía incansablemente y escribía todo lo que podía: cuentos, relatos, anécdotas,
    poemas. Hasta dos novelas que quedaron por allí.
    Mi vida ha sido de una rebeldía persistente y de una búsqueda incansable. Mi compromiso con
    los derechos humanos es una convicción profunda, más allá de las ideas políticas o las alianzas
    circunstanciales. Es parte de lo mismo: mi profundo amor por la persona humana, porque entendí
    que no debía desgastar energías en “amar a dios”, sino que debía concentrarlas en imitarlo: es
    decir, amar a los seres humanos sin distinciones, denunciar lo que atenta contra la vida y defender
    a quienes son perseguidos. Con la práctica del derecho, con las banderas políticas, con mis
    escritos, con la poesía, con la acogida que puedo prestar a los demás. Mi participación en la
    política no fue para tener cargos ni ser candidato a nada. Lo fui, transitoriamente, pero siempre
    lo que quería era servir y ayudar.
    En la adolescencia comencé a estudiar el tarot, por mi cuenta, leyendo libros, pero sobre todo
    mirando las cartas y adentrándome en las reflexiones que ellas me motivaban. Recién a los 40
    años, después de estar 25 años en preparación, me atreví a leer el tarot a un consultante. Y no he
    dejado de hacerlo hasta hoy.
    Después de un breve paso por los grupos inspirados en Gurdjieff y gracias a ellos, me di cuenta
    que ése no era mi camino. Intensamente religioso, sentía que todos mis estudios holísticos eran
    coincidentes con ser católico, pero los sacerdotes que conocía no lo pensaban así. Por eso
    comencé a llevar todo eso en secreto. La excepción fue cuando en cuarto año de humanidades, a
    los 16 años, hice en el colegio una exposición sobre la Era de Acuario, invitado por el sacerdote
    rector Pablo Fontaine Aldunate. Fui seminarista por poco tiempo y en la biblioteca encontré libros
    de “autores prohibidos”, cuando ya el listado de prohibiciones parecía terminar. Supe allí de
    autores como Blavatsky, Steiner, Besant, Papus.
    Manteniendo los secretos de todos estos intereses, comencé a explorar los temas de mis
    encarnaciones previas y a través de libros y conversaciones, me fui aproximando y tuve las
    primeras regresiones. El trabajo más importante fue con el doctor Ronald Schulz, con quien
    terminamos siendo grandes amigos hasta el momento de su muerte. Trabajamos meses en mis
    regresiones y él se las sabía de memoria y recordaba detalles que a veces yo había olvidado.
    Luego comencé a acompañarlo en sus investigaciones, semanalmente por un tiempo y luego nos
    reuníamos cada quince días al menos, con un temario fijado por él para conversar distintos temas
    y formular más y más hipótesis de trabajo. A veces se nos sumaba Sergio Melnick y otras nos
    reuníamos con Marta Hermosilla y otras psicólogas. Él no quería discípulos, quería amigos. A su
    muerte, pese a que yo había resuelto no estudiar ningún tema nuevo, me di cuenta que podía
    contribuir a prolongar su legado.

    Fue así que me inscribí en los cursos de Viviana Zenteno, a quien ya conocía por años. Allí aprendí
    mucho y sistematicé lo que ya sabía, pudiendo dedicar, desde entonces, parte de mi vida
    profesional y laboral a la Terapia de Vida Pasada.
    Creo firmemente en la divinidad y en el destino divino que tenemos los humanos. Hemos sido
    creados con una semilla divina y nuestra alma trabaja encarnación tras encarnación para llegar
    algún día a ser parte consciente de la divinidad misma. Los humanos, seres limitados por el tiempo
    y el espacio, estamos llamados a ser los privilegiados en un planeta que ni siquiera conocemos
    suficientemente. No siempre podemos hacer todo lo que queremos ni saber todo lo que
    ansiamos.
    Nuestro mundo es la imagen de quienes somos y, por eso, si queremos un mundo de paz, amor y
    felicidad, debemos nosotros ser así y trabajar por eso en nuestro interior. Somos parte de los
    privilegiados en la historia de la actual humanidad: los únicos que estamos viviendo con un cierto
    grado de conciencia el paso de una Era (Piscis) a la siguiente (Acuario). El cambio es resistido por
    los que tienen miedo de perder sus posiciones y quienes los siguen, sometidos a una tiranía de
    ideas e intereses. Lograremos sentar las bases sólidas de Acuario, cuando, con la nueva
    humanidad que está naciendo y la transformación de la conciencia de quienes hoy vivimos, se
    logre reunir la masa crítica suficiente para ello. Ante eso tenemos responsabilidades concretas.
    Queridos amigos y amigas presentes en esta sala, amanece un tiempo nuevo.
    Y aquí estamos, ustedes, nosotros todos, cada uno, con muchas preguntas, sabiendo que
    finalmente todo está en el interior: el alma, el cuerpo, la emoción, la mente, tienen las respuestas
    que necesitamos. Estoy convencido, como nos lo enseñó William Blake, de que ningún pájaro
    vuela suficientemente alto si lo hace solo con sus propias alas. Por eso me propuse colaborar con
    todos los que estaban en mi entorno, con los que llegaban, en este proceso de conocernos cada
    uno a sí mismo, compartiendo reflexiones y aprendizajes plasmados en décadas de recorrer
    caminos diversos, ejercicios, talleres. Nos hemos encontrado para abrir nuevas puertas y ventanas
    hacia el paisaje interior, porque los cambios que el mundo requiere son los cambios de cada uno.
    Cada día podemos dar un paso más hacia una nueva manera de vivir, en la que ser feliz no sea una
    quimera sino una experiencia conmovedora. Haremos – estamos haciendo – un mundo mejor
    desde la armonía de cada uno de nosotros. Porque los avances logrados en nuestro conocimiento
    interior se reflejan en la calidad de nuestra contribución a la sociedad. El viejo debate acerca de
    la primacía del cambio social o del cambio personal ha perdido vigencia: es el momento de ser
    protagonistas.
    Los invito a mirarse con amor, con respeto, valorando la trayectoria del alma y la inserción en el
    mundo.
    Los invito, te invito, a respetar el mundo de cada cual, las personas, las cosas, las plantas, los
    animales, cada uno en lo suyo. A tener fe en la trascendencia y en el sentido de la tarea que cada
    uno ha venido a cumplir, en alianza tácita y a veces silenciosa con las otras almas con las que
    estamos viajando. Los grandes viajes, como nos ha dicho Gonzalo Pérez, no se hacen en solitario.

    Despertemos a estos instantes que aparecen constantemente: el despertar no es uno solo, sino
    que cada día amanece de nuevo y nos acercamos a una nueva realidad. Ningún día es igual al
    siguiente ni al anterior.
    Despertemos a este tiempo nuevo en el cual compartimos esperanzas y alegrías, tragedias y
    dolores, pero sobre todo la certeza de una felicidad posible para los humanos.
    Despertemos en este nuevo amanecer para alzar la voz con entusiasmo por todo lo vivido y por
    lo que habremos de vivir.
    Con mucho amor.

    Santiago, 22 de agosto de 2025