El día después

El desarrollo de la elección en forma impecable deja en evidencia la seriedad con que la institucionalidad y los chilenos tomamos los procesos electorales. Más importante que eso, sin embargo, han sido los discursos de ambos candidatos al conocerse los resultados. ¿Será la actitud de Kast un “caballo de Troya”, como plantea alguien o un sincero esfuerzo por lograr acuerdos para que el país avance? ¿Serán las fuerzas derrotadas capaces de articular propuestas concretas para conseguir mayor justicia social y bienestar de todos?

La elección presidencial terminó con un resultado previsible –el triunfo de Kast sobre Jara– pero con una diferencia porcentual que excedió todos los cálculos. Algunos deseábamos que esa diferencia fuese más estrecha, por el temor de tener a un ganador excesivamente empoderado, dispuesto a aplastar a los adversarios y hacer retroceder al país en cuanto a los derechos sociales.

Las cifras (casi 18% de diferencia) no se explican sólo por el comportamiento de la candidata derrotada y su comando (es la candidata de la “no-derecha” con menor porcentaje en las definiciones de balotaje), sino por un cúmulo de situaciones que el electorado –digamos una gran mayoría del pueblo– quiso castigar.

Kast, contra todo pronóstico, ganó en todas las regiones del país y derrotó a Jara en muchas comunas en las cuales se esperaba que ella triunfara. Y donde triunfó, la candidata derrotada lo hizo con porcentajes mucho más estrechos de lo que se podría haber esperado.

El pueblo se pronunció, como dijo Jara, “en forma clara y categórica”, no dejando dudas sobre la opción. Los factores que influyen son muchos y no siempre inmediatos.

Buscando explicaciones

¿Es que acaso el pueblo se ha “derechizado”? ¿O es que la ultraderecha se ha convertido en una alternativa victoriosa como resultado del desencanto, la decepción y la desconfianza en quienes han manejado el país?

Las estrategias políticas de los que se opusieron a Pinochet incluyeron una relativización ética en sus acciones, sus renuncias, sus adaptaciones y sus decisiones de gobierno.

Ello, sumado al incumplimiento de las grandes promesas hechas desde la campaña de 1988 (“La alegría ya viene”) por los gobiernos concertacionistas; la carencia evidente de vocación verdaderamente democrática al asumir la Constitución pinochetista y el modelo económico sin mayores reparos; la debilidad demostrada en temas que requerían reformas profundas; los errores de este gobierno y el “fracaso de la superioridad moral” que proclamaban Jackson y otros; la falta de conducción política, de propuestas reales y el exceso de retórica; a lo que deben agregarse los problemas profundos que ha vivido nuestra sociedad por décadas, en cuanto a delincuencia, precariedades judiciales, injusticias sociales, problemas de vivienda, estado de crisis prolongado en la educación pública y la salud, han incidido en este escenario. Ya habrá oportunidad de profundizar en esos temas.

La fortaleza institucional y respeto político

Pero estas elecciones han dejado en evidencia varias realidades que, aunque probablemente nos parezcan obvias, no lo son en el contexto continental y quizás mundial.

Una elección de Presidente y Congreso, un balotaje posterior, sin que nadie reclame que ha habido fraude, es un verdadero orgullo.

El pueblo de Chile, en los escasos espacios de que dispone para incidir en las decisiones políticas, se expresa con serenidad, sentido republicano, valorización de su participación electoral. No sé si otro país del mundo puede exhibir con tanta claridad un proceso electoral con una votación limpia, un funcionamiento eficiente, escrutinios correctos y rápidos y la entrega de resultados definitivos en corto plazo.

 

Es verdad que la campaña fue muy ingrata para todos, con acusaciones, insultos, malos tratos y una agresividad descomedida de parte de todas las candidaturas (por lo menos 7 de las 8). De eso no cabe duda y muchos lamentamos que no hubiese surgido una fuerza capaz de poner otro tono.

Tal vez ese “tercer punto”, hubiera podido romper el esquema de “los dos grandes” representando posiciones extremas en el cuadro final, donde un alto porcentaje de votantes se encontraba sin más alternativa que elegir “por miedo al triunfo del otro”. Las caricaturas, en ese sentido, dieron más resultado a los que identificaban a Jara con Stalin que los que aluden a un eventual pasado hitleriano de los ancestros de Kast. Ni unas ni otras eran reales.

Boric y la tradición

La actitud del presidente Boric, su llamado al respeto y a la reafirmación de las tradiciones de Chile, en el sentido de hablar al país reconociendo los resultados –que, quisiera o no, involucraban un juicio a su gestión– y llamar a los candidatos para manifestarles su agradecimiento por la limpieza del acto y felicitar al ganador, demuestran algo profundo que está arraigado en la historia democrática.

Lo que quiero decir es que todos los presidentes posteriores a la dictadura, siguiendo el camino de sus antecesores elegidos por el pueblo, han hecho probablemente lo mismo. Kast atacó con dureza a Boric en todos estos años, desde la campaña del balotaje de 2021 y hasta esta misma semana, pero recibió el llamado del presidente y tuvieron una conversación respetuosa, en la que ambos afirmaron su voluntad de colaboración por el bien de Chile. Ni en Boric se notaba rencor ni en Kast prepotencia en su diálogo frente al país entero.

Los candidatos

Pese a todas las discrepancias de los dos candidatos y al trato duro que se dieron, ambos tuvieron actitudes destacables.

Lo primero: Jara llamó a Kast para reconocer su derrota y felicitarlo por el triunfo. No sólo eso: luego fue, acompañada de varios dirigentes, a saludar a Kast. Ya en 2000, en el balotaje, Lavín se apresuró en ir a saludar a Lagos que estaba en su comando. Esa tradición se mantiene.

Lo segundo es el discurso de Jara, llamando a renunciar a las tentaciones de hacer oposición cerrada, llamando a aprender de la derrota, teniendo una actitud vigilante para evitar retrocesos y de colaboración en los esfuerzos y proyectos en los que pueda haber coincidencias, rechazando desde ya toda forma de violencia en el ejercicio político democrático. Incluso Jara puso especial énfasis en reprender a sus partidarios para evitar el calificativo de “nazi” a Kast, para dejar de lado las caricaturas.

Tercero, el discurso de Kast –demasiado largo y retórico– en el que valoró el gesto y el discurso de Jara y llamó a sus partidarios a tener respeto por el adversario, prometiendo buscar diálogo, unidad y ser el presidente de todos los chilenos.

Lo valioso de estas palabras es que las dice cuando sus partidarios están enfervorizados y quizás querían oír un discurso más guerrero. Yo temía que en la euforia de la enorme victoria extremara su discurso, pero en lugar de eso lo moderó y tuvo una actitud en la que pareció más demócrata, más prudente, más sereno y más abierto que muchos de sus partidarios.

Lo que viene

Si bien, como dije, el desarrollo de la elección fue impecable y deja en evidencia la seriedad con que la institucionalidad y los chilenos tomamos los procesos electorales, más importante que eso, sin embargo, han sido las reacciones de ambos candidatos al conocerse los resultados.

¿Será la actitud de Kast un “caballo de Troya”, como plantea alguien o un sincero esfuerzo por lograr acuerdos para que el país avance?

¿Serán las fuerzas derrotadas capaces de articular propuestas concretas para conseguir mayor justicia social y bienestar de todos?

¿Cómo será el gobierno de Kast?

Hasta el 13 de diciembre yo tenía una interpretación a partir de la campaña. Hoy percibo algo diferente. Tal vez no sean las cosas como las hemos temido, sino que desde que asuma intente buscar soluciones consensuadas a muchos de los problemas que vive el país. Pese a su amor y admiración por Pinochet y Jaime Guzmán y a sus deseos de libertad para los condenados por delitos graves de lesa humanidad, es probable que no otorgue indultos y que acepte que los avances que han existido en estos más de 30 años no sean revertidos.

No nos engañemos: su escala de valores es la del sistema vigente, que, bajo la inspiración de Guzmán y los economistas de Chicago, combina un integrismo religioso con un liberalismo económico exento de límite éticos.

Esa combinación es difícil llevarla adelante en un régimen democrático (a Pinochet con su dictadura no le costó nada y estableció el autoritarismo más brutal, con una mirada integrista cristianizada y el neoliberalismo que impera hasta hoy) y tal vez justamente Kast deberá entender que es necesario fortalecer políticas sociales para mantener el apoyo y buscar medidas económicas que revelen ciertos límites, aunque eso signifique postergar o reorientar a ciertos inversionistas. Su posición, reiterada en la noche del triunfo, en cuanto a proteger los cielos del norte aunque eso signifique poner frenos a algunas inversiones proyectadas, revela que algo de eso está pasando por su mente.

Amanece el lunes 15 de diciembre.

Comienza un período en el cual el gobierno de Boric intentará cumplir algunas de las metas pendientes, mientras inicia los traspasos al próximo equipo gobernante.

 

Será el momento en que las altisonantes palabras del ganador en esta contienda bajen a la realidad, mostrando que el país no está estancado ni derrumbado, que Chile no se cae a pedazos ni todo es tan malo como se ha dicho. Al recibir las informaciones podrá darse cuenta de que no es necesario restablecer la legalidad, porque ella no ha sido afectada por el gobierno, sino por los particulares cuando no respetamos las normas del tránsito, las exigencias tributarias, la propiedad privada, las disposiciones de las autoridades.

No vamos a desconocer que en Chile hay problemas con un incremento de la delincuencia en las últimas décadas. Pero eso no se termina por un acto de voluntad.

Tal vez el futuro gobernante pueda entender por qué la policía uniformada no ha actuado como debería y recién ahora, cuando se termina el gobierno, está haciendo cosas que eludió cumplir por años.

Tal vez descubra que los casos de corrupción de esa policía y otras instituciones no son casos aislados, sino mucho más frecuentes y generalizados de lo que se ha querido dar a entender. Esperemos que la delincuencia no baje sólo en los noticiarios, como me decía un amigo, sino que en la realidad.

Será éste un tiempo para develar lo que es el Estado y él y sus cercanos podrán descubrir que “otra cosa es con guitarra”. Fue Boric quien, a los pocos meses de iniciado su gobierno, dijo: “las cosas son más difíciles de lo que parecían desde fuera”.

Por cierto, las cosas hay que hacerlas mejor. Y ésta puede ser una buena oportunidad de buscar la forma de mejorar el funcionamiento del Estado que, sin dudar, debe ser poderoso, eficaz, eficiente, sólido.

Lo que viene en la política puede ser algo muy interesante: 30 meses sin elecciones, tiempo para reorganizar los grupos, recuperar ideas y propuestas, promover organización e iniciar debates sobre el mundo que viene. Es el tiempo de ponerse pie y agruparse, reagruparse, organizarse, para buscar las soluciones profundas, a largo plazo, que no se agoten en el “cosismo” ni las urgencias, sino en la construcción de una nueva forma de vivir en Chile.

No voto por Kast

Votar por Kast es estar dispuesto a reivindicar el oprobio de Pinochet al país, las desapariciones forzadas, los asesinatos, las prisiones arbitrarias, la persecución por las ideas, las limitaciones a la libertad de expresión en cualquiera de sus formas.

 
 
 
 
 
 

¿Por quién votar?

Kast representa con seriedad, con solidez, sin asomo de duda ni vacilación, la adhesión a lo que fue la dictadura derechista encabezada por Augusto Pinochet.

Él, como Kaiser, son la mejor expresión del pinochetismo, aunque hay que dejar claro que Kaiser es aún más directo y descarado.

Los que respaldaron o callaron en dictadura

Otra persona me hizo ver que yo había votado por Mayne-Nicholls quien confesó, tal cual, después de ser duramente interpelado, haber votado a favor de Pinochet en 1988.

Un 43% de los chilenos voto por el SI a Pinochet en esa ocasión, lo que no necesariamente los hace partidarios, especialmente si no son políticos. La mayoría no eran políticos, como el caso del propio Mayne-Nicholls y no cabe ninguna duda que el tenor de su discurso dista mucho de las posturas de quienes apoyaron o justificaron – algunos incluso colaboraron activamente – las atrocidades cometidas durante la dictadura en abierta violación de los derechos de las personas. Otros tantos se arrepintieron de su relación con el régimen y, unos pocos, incluso han pedido perdón.

 

Sin ir más lejos, la colaboración que algunos demócrata cristianos prestaron a las acciones conspirativas o manifestaron vacilaciones durante los dos primeros años del golpe, relativizando las acciones de violencia contra la población, fue perdonada por el pueblo y hasta por la izquierda más radical, llegando quien presidió la directiva del PDC en sus titubeos frente al tirano nada menos que a la presidencia de la República.

Los arrepentidos

Porque, en definitiva, quien se arrepiente puede ser perdonado.

Voté por Aylwin, ciertamente, no con agrado ni convencido de sus méritos, sino con la seguridad de que entre las opciones disponibles más valía un demócrata arrepentido de sus errores, que un continuador de la tiranía impuesta al país por la fuerza de las armas.

 

No podemos olvidar que en materia de arrepentimientos y actos de desagravio hemos tenido ejemplos notables, siendo uno de los más claros el simple hecho de que el vocero de la dictadura desde sus primeras horas fuera el que resultó ser el encargado de prensa del primer gobierno de la concertación.

O que los más feroces críticos del modelo económico implantado por De Castro y sus sucesores, se convirtieran desde sus cargos de gobierno en entusiastas partidarios del neoliberalismo imperante y que ninguno de los gobiernos desde 1990 hasta hoy haya hecho nada serio por terminar con el sistema previsional que ha lesionado a la mayoría de los chilenos, del cual están liberados solo los funcionarios públicos que tienen el uso exclusivo de las armas en forma legal, despreciando las propuestas de personas tan diferentes como Ximena Rincón y Ricardo Hormazábal, cuyas propuestas han sido de enorme seriedad.

Decido el voto

Pensando en eso y en el contenido de su programa, en su actitud y en su capacidad de enfrentar la corrupción en los lugares en que ha ocupado posiciones con grave daño para sí mismo, voté por Harold Mayne-Nicholls, a quien no conozco personalmente.

Pero no puedo votar por quien relativiza los derechos humanos, como lo ha hecho Kast en su trayectoria política y en su discurso permanente.

Votar por Kast es estar dispuesto a reivindicar el oprobio de Pinochet al país, las desapariciones forzadas, los asesinatos, las prisiones arbitrarias, la persecución por las ideas, las limitaciones a la libertad de expresión en cualquiera de sus formas.

Votar por Kast es aplicar un esquema moral, económico, social y político, que redujo a Chile en sus 17 años de dominación al más bajo crecimiento económico promedio, a la desafección ética; al predominio de la violencia contra quienes pensábamos diferente; al sometimiento y la instrumentalización del “poder judicial” para justificar todas sus acciones; a la generalización de formas de corrupción no sólo entre los funcionarios sino incluso en las Fuerzas Armadas y la policía uniformada; a la sumisión por terror de la Contraloría General, llegando a la abyección de nombrar como contralor a quien fue y luego volvió a ser su ministro del Interior.

Kast, apoyado por Kaiser y muchos de sus ex correligionarios de la UDI, visita a los condenados por violaciones a los derechos humanos no por el mandato cristiano de ir a ver a los presos y a los enfermos, sino porque empatiza con las razones y métodos de su actuar.

Krassnoff es sólo un símbolo. Kast mismo lo ha dicho: “no voy a ver a determinada persona, sino a todos”. ¿Estaba incluido en ese todos Manuel Contreras Sepúlveda, quien nunca se arrepintió de lo que hizo y dijo que si tuviera la oportunidad lo repetiría, pero “haciéndolo mejor”?

Kast miente en campaña

Kast basa su campaña en la frase de que el gobierno de Boric es un gobierno fracasado. Puede ser que haya fracasado en muchas cosas. Yo no he sido partidario del actual Presidente de la República y votaré por Jara sólo para atenuar las posibilidades del triunfo de Kast.

Pero no puedo permanecer en silencio cuando el candidato del Partido Republicano falta gravemente a la verdad para imputar a su contendora y al gobierno del cual ella formó parte el origen de todos los males.

Que este gobierno hizo que se desatara la delincuencia en Chile, como dice Kast, es falso. Ya Piñera en su primera campaña hablaba que los delincuentes tenían sus días contados y los resultados de sus planes están a la vista. Han pasado 15 años y las cosas están peor que entonces.

¿Culpa de Piñera, de Bachelet, de Boric, de los diputados y senadores? Sí y no, pero hay otros responsables y la culpa de los gobiernos ha sido no meter allí sus manos con fuerza, permitiendo que los mismos de siempre sigan dirigiendo las instituciones policiales. En fin, tema para otra columna de opinión, aunque sería mejor un ensayo.

Que la mala condición de la educación es responsabilidad de este gobierno es también una mentira. Juan Antonio Guzmán Molinari, último ministro de educación de Pinochet, declaró al terminar el periodo que ellos –los gobernantes por 17 años– habían cumplido sus metas de cobertura educacional en el país, pero quedaba pendiente la tarea de la calidad de la educación en lo que no habían avanzado. ¿Culpa de Boric?

Que el país está quebrado, que la pobreza y los déficits de vivienda se deben a las políticas de este gobierno. Falso. Las estadísticas reflejan que la bolsa de comercio alcanza niveles nunca logrados; que las utilidades de las empresas sobrepasan sus máximos históricos y siguen subiendo; que el crecimiento económico, que ha sido bajo, va subiendo en un marco de inflación controlada. Sobre el déficit de vivienda, es un tema histórico que no se ha podido solucionar.

Kast acusa a Jara de proteger a un abusador –Monsalve– tema en el cual ella no tuvo nada que ver ni para bien ni para mal. Pero no sólo eso, calla Kast que cuando un caso de abuso se presentó en su ministerio, ella no dudó un segundo es despedir a ese funcionario. En mi opinión ella se apresuró, pero no hay dato alguno que permita sostener que ella protege abusos de ninguna especie. El único abuso que habría protegido es el de las AFP, al encabezar una reforma que les regala un beneficio que las hace un 60% más ricas.

Kast ataca al gobierno por los casos de corrupción. Es verdad que hay mucha corrupción en el país, pero varios de los que lo apoyan a él están en situaciones en extremo delicadas desde el punto de vista procesal, con tantas acusaciones probadas como las de partidarios del gobierno.

Ningún candidato ha señalado las medidas que tomará para poner fin a esas situaciones y a muchas otras que, por su monto inferior o porque se refieren a instituciones con fueros especiales, no llegan a ser parte de las denuncias públicas y la acción de los tribunales.

Kast ha demostrado ignorancia –para ser benevolente no decir que huye de responder– cuando se le pregunta si acaso estaría dispuesto a indultar a los condenados de Punta Peuco y responde que le gusta la ley que promueven algunos senadores para que las condenas de ciertas personas en condiciones de deterioro se cumplan en su casa. Una cosa no tiene que ver con la otra.

La derecha

El tema no es que sea “derechista”, sino que a diferencia de Sebastián Piñera Echenique, él ha sido y es partidario del pinochetismo. Piñera fue opositor a la dictadura por las violaciones de los derechos humanos, como otros destacados derechistas (Jaramillo, Zepeda, Subercaseaux, Correa Letelier).

 

Kast fue opositor al gobierno de Piñera y se retiró de la UDI, pues la percibió como más cercana al centro, que fue la crítica que le formulo a Matthei en la campaña.

Él es más derechista: de aquellos que se sentirían cercanos a Jaime Guzmán y al sacerdote Osvaldo Lira, los que fueron partidarios del franquismo y dieron sustento ideológico a la dictadura. No olvidemos que el texto constitucional lo inspiró Guzmán, incluyendo el artículo 8º que permitía sancionar a las personas por sus ideas y el 24º transitorio que le daba poder represivo a la dictadura.

Lo que viene

Kast elude respuestas, los contenidos de su programa se diluyen en diagnósticos y en pautas de deseos, sin señalar medidas concretas (en las que Jara sobreabunda), pero prometiendo arreglarlo todo.

Tanto Jara como Kast tienen razón en cuanto a que hay que hacer modificaciones en la administración del Estado. Dificulto que alguno de ellos tenga posibilidad de hacer estas modificaciones si acaso lo que viviremos será nuevamente un amplio campo de improvisaciones.

Las mentiras reiteradas, la propaganda desatada, los errores del gobierno y sus aliados, están permitiendo que el pinochetismo vuelva por sus fueros, bajo el amparo de ese lema que Kast invoca y que está, lamentablemente todavía, en el escudo oficial de Chile: “por la razón o la fuerza”. Es decir, sino tengo la razón, aplico la fuerza, pero haré igual lo que quiero.

Chile merece mucho más que eso. Es necesario construir la paz, la armonía social, el desarrollo integral de las personas.

Y para eso, Kast no sirve.

Por quién votar

Con un entusiasmo digno de mejores causas, el partido en el que milito decidió convertirse en hincha de una persona sin saber el rumbo que tomaría su proyecto.

El sociólogo Eduardo Reyes Saldías hace un interesante estudio –que él dirige principalmente a quienes somos militantes o han sido votantes históricos de la Democracia Cristiana– sobre las razones por las que alguien que cree doctrinaria y fácticamente en la democracia como sistema político, no puede votar por quienes han sido parte, partidarios, justificadores o promotores de las dictaduras como la que vivió Chile entre 1973 y 1990.

Me hace mucho sentido y reafirma mi decisión de no votar por ninguno de los tres que se vanaglorian de ello: Kast, Kaiser y Matthei.

Tampoco me es posible apoyar a Parisi, porque carece de contenidos y sus palabras son discursos de lemas y palabras altisonantes que intentan satisfacer angustias circunstanciales de ciertos sectores sociales, pero no dan ni siquiera para sustentar ideas de emergencia.

Marco Enríquez-Ominami, hábil, vivaz e inteligente, construye su discurso desde la mera descalificación de los otros y aunque muchas de sus afirmaciones pueden ser razonables, en la velocidad de sus palabras olvida contestar lo que se le pregunta y descuida la explicación acerca de cómo cree que puede conseguir aquello que estima que son las soluciones para Chile. No se ve detrás de él a personas y equipos capaces de seguir el ritmo de sus dichos ni solidez en sus propuestas.

 

Por otra parte, Eduardo Artés es un nostálgico de los discursos soviéticos cuando gobernaba Stalin, no por los métodos represivos, sino por esa esperanza de que el proletariado cambiaría la historia del mundo y mediante “planes quinquenales” (expresión de aquellos tiempos en la URSS) se podría lograr el desarrollo del país y la construcción de una sociedad justa. Votar por él es, como diría Joaquín Sabina, “añorar lo que nunca existió”.

 

Me quedan sólo dos candidatos. Yo quería que la Democracia Cristiana, partido con doctrina, trayectoria democrática, equipos profesionales, presencia sindical, discurso de cambio de modelo social y con una práctica política de contacto en la base social, recuperara sus propuestas y ofreciera al país una fórmula de encuentro de ideas y de emociones, de esperanzas y programas concretos, que pudiera alterar el pulso de la decadente, limitada y mediocre acción política chilena en una democracia cautiva y aparente, donde el pueblo organizado no tiene espacios para su protagonismo.

Pero en una Junta amañada, donde se negó el derecho a la palabra a quienes proponían este camino, en un estilo arbitrario, se impuso el mero afán electoralista de obtener espacio para sus incumbentes (el propio presidente del PDC que asume al ganar su tesis, entre ellos).

 

“Queremos cupos en la lista a cambio de nuestro apoyo”, fue la esencia del discurso. Y así se apoyó a una candidatura sin programa, que no tenía propuestas serias más allá de las consignas expuestas en las primarias del sector de apoyo al actual gobierno. Con un entusiasmo digno de mejores causas, el partido en el que milito decidió convertirse en hincha de una persona sin saber el rumbo que tomaría su proyecto.

Es decir, la Democracia Cristiana apoyó incondicionalmente a una candidata, tal como lo hizo en 2013, sin siquiera conocer el programa (esa vez el presidente del partido, Ignacio Walker, reconoció haberlo suscrito sin leerlo).

 

No voté por esa candidata en la primera vuelta porque temía que hiciera un gobierno como el que hizo: mediocre, opaco, sin rumbo claro, que borraba con el codo lo que escribía o recitaba en sus discursos y que terminaría como terminó: entregando el gobierno a la derecha por segunda vez. Ni siquiera tuvo la capacidad de autocrítica como para entender que las expresiones de rebeldía que surgieron en 2019 fueron incubadas por sus propias inconsistencias.

Si esa vez fui rebelde (apoyé a Alfredo Sfeir), no puedo serlo menos ahora, cuando veo que los acontecimientos me dieron la razón.

La candidata tiene varios aspectos que la hacen incluso inferior a “Bachelet 2013”. La ignorancia que ha demostrado respecto de las propuestas que la llevaron a ganar la primaria (más allá de los errores tácticos de sus contendores); las inconsistencias de sus dichos (un ejemplo basta: promotora de una “reforma previsional” que hace más fuertes a las AFP y que ahora insiste en que intentará eliminarlas); el “cosismo” al que reduce sus propuestas; las promesas livianas como si bastara con sus decisiones para conseguir resultados (el sueldo mínimo de 750 mil pesos), olvidando la existencia de un Congreso que debería aprobarlo.

Me han acusado, por otros artículos, de anticomunista. No lo soy, pero tampoco puedo hacerme el ciego o sordo cuando sabemos que el modelo que propone, en lo táctico y lo estratégico, en lo programático y en la acción política, dista con mucho de las propuestas de cambio y perfeccionamiento de la democracia chilena que buscamos los que creemos en la participación organizada del pueblo en la base social, la institucionalización de los mecanismos democráticos, la justicia, la libertad y la solidaridad como principios fundantes de una nueva manera de vivir en sociedad.

El “cosismo” de Jara permite sostener un discurso por un rato, pero no sirve para gobernar. Ya vemos lo que ha pasado con Frente Amplio y su alianza con el Partido Comunista y otros grupos que se autodenominan “socialismo democrático” (aceptando tácitamente que el socialismo de sus socios no es democrático).

A Boric no le ha ido bien no sólo por la oposición de la derecha, sino justamente por los errores de sus propios partidarios que lo han tratado con dureza, han votado en contra sus proyectos, han organizado acciones objetando sus decisiones. Incluso la propia candidata lo ha hecho en varias materias, a pesar de que haber sido parte del gobierno es lo que la impulsó a la posición que tiene.

Que la derecha se opusiera, era previsible. Pero que lo hicieran los suyos, podría haber sorprendido a los analistas más académicos. A mí no, porque conozco los libretos y a los actores del drama. Si a eso se añade los estilos de gobernar, no del presidente que se ha mostrado abierto a las correcciones, pero sí de muchos de los importantes funcionarios y dirigentes de los partidos, que han mostrado actos de soberbia; posiciones de desprecio por los demás; autoritarismo basado en una supuesta superioridad moral; y actos de corrupción, desorden e impericia, las expectativas resultan precarias.

No votaré por Jara.

¿Y Mayne-Nicholls? No lo conozco personalmente. Alguien me decía: “Es una buena persona, caballero, mesurado, eficiente en lo que ha hecho, pero eso no basta para ser un buen presidente”. Tiene toda la razón mi interlocutor, pero parece ser un buen punto de partida, sobre todo cuando es justamente lo que está ausente en otros que se han dedicado a construir propuestas sobre la base del “cosismo” y la descalificación de los adversarios.

 

Lo valioso de su propuesta está en el estilo. Ante la pregunta periodística de cómo piensa hacer las cosas que requerirán apoyo parlamentario sino tiene listas para el Congreso, su respuesta es simple: “Con todos los que quieran”. Lo primero que haré, dijo, será reunirme con todos los partidos. Desde ahí partimos, porque a él lo inspira otro espíritu.

Él no es un candidato hecho en maquillaje y escenografías: es un hombre directo, claro, sin pretensiones de perfección, que sabe que se equivoca, rectifica y se disculpa. Es una persona real, con ideas claras, pero que sabe conciliar. Como dice el proverbio árabe, es valiente sin ser temerario y es prudente sin ser cobarde. Sabe reír, sabe enojarse, no insulta, pero puede ser agudo en sus preguntas.

Creo que no será el gran presidente que conduzca a Chile al cambio que muchos esperamos, pero podría ser un presidente razonable, que ponga en marcha mecanismos de relación social en un país dañado por la agresividad, la violencia ambiente, la grosería, la vulgaridad.

Si es elegido presidente al menos detendrá esta caída ética que domina el ambiente de la política. Podría iniciar un proceso de concierto político que permita resolver los problemas (“cosismo”), pero también mirar con un poco de perspectiva lo que deberá venir en las próximas décadas.

Una presidencia así, en las que todos sientan que tienen espacio para contribuir, en la que el tono conciliador predomine, puede activar energías y espacios para la reorganización social, la revitalización de las instituciones y el avance en un cuadro de valores en que la justicia, la rectitud, el espíritu de colaboración, la libertad, el sentido del aporte del Estado, sean claves para las tareas por delante.

La educación requiere de miradas de mediano y largo plazo. La seguridad y la salud, de medidas urgentes. La economía de urgencias y proyección. Las relaciones internacionales de audacia, solidez y respeto. Todo hecho por personas que sepan, que tengan ideas nuevas y energías jóvenes que se combinen con la experiencia de tantas personas que pueden aportar.

Votaré por Harold Mayne-Nicholls.

¿Y en la segunda vuelta?

Eso es harina de otro costal.

RESISTIR:La lucha poética

En el año 2019, la poeta ecuatoriana – además de aboga-
do, profesora universitaria, embajadora ante la UNESCO
– Rocío Durán-Barba inició una hermosa campaña llama-
da “Resistir”. En torno al lema “Resistir, la luz de la poesía contra el
caos del mundo”, comenzó a convocar a poetas para que escri-
bieran sobre el tema.
Los poetas invitados son personas integradas a PEN CLUB
INTERNACIONAL, una organización que agrupa a personas vin-
culadas a las letras (“Pen” es pluma para escribir en inglés) es-
critores, periodistas, historiadores, traductores y ahora cronistas
por internet, dispuestos a luchar por la defensa de la libertad,
los derechos de quienes escriben y la promoción de la amistad y
la colaboración entre ellos. Con más de cien años de existencia,
PEN nace en una época difícil, cuando ya estaba en marcha el
nuevo gobierno de Rusia – que luego sería la Unión Soviética

  • y se gestaban los movimientos fascistas y nacional socialistas
    en Europa, como herederos de las visiones autoritarias de las
    antiguas monarquías. PEN Internacional es la más antigua or-
    ganización de defensa de los derechos humanos y organización
    literaria internacional.

Los invito a buscarlo en: https://rocioduranbarba.com/resistir-manifiesto-poetico-resister-manifeste-poetique/
En otro artículo les transcribiré parte de los poemas de los
chilenos que hemos participado en esta gran cruzada encabeza-
da por Rocío Durán-Barba.

El proceso inconcluso

La falta de interés popular en las actuales elecciones presidenciales y parlamentarias son la mejor manifestación del agotamiento de la opción que se impuso en la “disputa” interna: la de los ocupantes de La Moneda en 1990, seguida al pie de la letra durante muchos años, en el sentido de no hacer modificaciones significativas al modelo instalado desde la dictadura.

¿Transición?

El desatacado intelectual chileno Carlos Huneeus escribió un libro titulado “La Democracia semi Soberana”, título que resume la realidad de la llamada transición chilena. Este proceso político, que pareció empezar con bríos en 1990, ha quedado inconcluso.

Por eso hay analistas –Juan Pablo Cárdenas entre ellos– que prefiere hablar de “post dictadura” en lugar de “período democrático”. Y estoy de acuerdo, aunque prefiero la fórmula de Huneeus, ya que efectivamente las cosas han cambiado desde los tiempos de la dictadura en el sentido de que las autoridades son elegidas por votación, las leyes se aprueban en el Congreso, las autoridades tienden a ajustarse a las normas constitucionales (cuando las conocen o hay algún abogado que se los sople al oído), las brutalidad policial ha amainado, no hay violaciones sistemáticas de los derechos humanos y han existido avances en materias sociales.

Ya en 1986, en un artículo que me publicó revista ANÁLISIS, yo anticipaba que el pacto –en ese momento en construcción– que llevaba a los políticos chilenos a aceptar el camino diseñado por la dictadura en su Constitución, iba a conducir a mediano plazo a una revuelta social que alteraría profundamente las relaciones políticas.

Lo definía como un estado de ánimo parecido a la rendición, concediendo al plebiscito de 1988 y a las eventuales elecciones de 1989 el poder de cambiarlo todo. No se daban cuenta (¿o se daban cuenta?) que eso, respaldado por el gobierno de Estados Unidos, apuntaba a consolidar un modelo económico, social y político que se perpetuara en el tiempo, como efectivamente ha sido.

Dos miradas para Chile

No fuimos pocos quienes alzamos la voz, especialmente al interior de la Democracia Cristiana y algunos otros partidos más tímidamente, pidiendo actitudes más drásticas que apuntaran al cambio de régimen político y a la sustitución, paulatina por cierto, del modelo económico.

Se nos acusó de “autoflagelantes” y hubo voces que respondieron sosteniendo que los otros serían “autocomplacientes”. Ni lo uno ni lo otro, sino simplemente dos miradas. Algunos se bastaban con que hubiese elecciones libres y otros queríamos una democracia sólida, sustentada en la participación, con un cambio que nos alejara del modelo impuesto por la derecha desde la dictadura.

Las actuales elecciones presidenciales son la más clara y evidente manifestación del agotamiento de la opción que se impuso en la “disputa” interna: la de los ocupantes de La Moneda en 1990, seguida al pie de la letra durante muchos años, en el sentido de no hacer modificaciones significativas al modelo instalado desde la dictadura.

El proceso de transición hacia un nuevo sistema político, social y económico quedó inconcluso. La transición se detuvo e incluso hemos tenido retrocesos (como el voto voluntario, por ejemplo y la permanencia de resabios de binominalismo) que han llevado al desencanto mayoritario con la tarea política.

Desapego democrático

No se trata de añorar las grandes gestas presidenciales que hubo hasta 1970, pero el bajo entusiasmo que despiertan las actuales elecciones de congresistas y presidente de la República evidencia el desapego hacia la política y la democracia.

Al parecer, según revelan ciertas encuestas, hay ya demasiada gente que considera que no necesariamente la democracia es el mejor sistema político, sobre todo entendiendo lo actual como tal.

Se ha perdido la confianza en que quienes se han autodenominado como una “clase política” sean capaces de representar verdaderamente un cambio en la forma de vivir de los habitantes del Chile de hoy.

Programas pobres, consignas superficiales, ideas repetidas como letanías de religiones sin adeptos, son la tónica de una contienda presidencial que se mueve entre dos extremos, posiciones polares que buscan el poder por el poder más que un camino de realización democrática. Y reina el desencanto en los que han sostenido posiciones proclives a la profundización democrática y a un cambio más radical, profundo, sustancial y rápido, que pueda mejorar la situación de las mayorías y la calidad de las decisiones que se toma en aras del bien común.

Preguntas inevitables

Hay candidatos a parlamentarios cuyos méritos son solamente haber escalado en posiciones de camarillas internas en los partidos, algunos cuyos actuales escaños los ocupan por designación y no por elección popular. Los diputados y senadores han pasado a ser sólo la expresión de poder de grupos internos de partidos que han olvidado sus proyectos y se acomodan a pactos sin sabor a nada.

¿Cómo entiende la ciudadanía que, por ejemplo, la candidata oficialista lleve el apoyo de quienes han sido oposición al actual gobierno y que otros que han sido parte de su sustento (integrando incluso el gabinete) hoy vayan en listas separadas?

¿Cómo percibe la ciudadanía que haya candidatos que han cambiado de partido solamente porque aquel en el que militaron por años no los quiso llevar a senadores y los proponían para prolongar su ya extendida diputación?
¿Cómo se puede entender que en una lista que apoya a la candidata Jara esté postulando a senador un acérrimo anticomunista, que salió de la Democracia Cristiana para instalarse en la derecha y al no ser aceptado en ese pacto, integra el del grupo que ha criticado duramente por tantos años?

Y así como esas preguntas, muchas otras surgen, algunas porque se olvidan de las disposiciones legales o los acuerdos, otras porque se toman decisiones sobre el carácter obligatorio del voto no pensando en lo mejor para el país sino en intereses electorales particulares.

¿Cómo votar?

Hay muchas cosas que cambiar, pero los dos modelos constitucionales que fueron propuestos a la ciudadanía experimentaron el mayoritario rechazo porque en lugar de contener disposiciones que de verdad fueran en beneficio de las mayorías, se convirtieron en expresiones de intereses de minorías sectoriales.

Esta elección no entusiasma más que a los candidatos y el pueblo chileno votará entre incumbentes que no le ofrecen sino disputas radicales y amenazas, sabiendo que las promesas no serán cumplidas y poniendo en riesgo la posibilidad de completar la transición postergada e inconclusa e incluso la continuidad del sistema democrático vigente.

Algunos piensan votar en blanco o nulo. El problema que ello reviste es que finalmente esos votos no se consideran para producir una presión sobre políticos que se solazan en la mirada al espejo, viendo una imagen deseada que no es la real.

Hemos llegado a un extremo.

El cambio en movimiento

Confío en que luego de esta elección comenzará un despertar de aquellos que verdaderamente creen en una democracia en la que el pueblo sea soberano, que existan partidos con ideas y propuestas.

¿Serán nuevos partidos?

¿Serán nuevos liderazgos?

¿Recuperarán los partidos que han demostrado tener ideas su capacidad de creer en ellas y compartirlas con la ciudadanía?

¿Tendremos propuestas de reformas serias que vayan en la línea de avanzar hacia una sociedad justa, democrática, participativa, libre, solidaria?

Todo esto pensando en que los esfuerzos de tantos en el siglo XX, cuando luchamos contra la dictadura, cuando propusimos caminos para Chile, hayan valido la pena en el devenir histórico y no tengamos que lamentar la repetición de ciclos negativos para el pueblo chileno.

«Entre la voz y el miedo»: La hermosa costura de un relato

Este es un libro necesario, beneficioso, que puede ser extraordinariamente útil para que los muchachos de hoy vayan conociendo una historia de nuestro país que se desdibuja en la maraña de consumo, competencia, liviandad, frivolidad que caracteriza a muchos de los espacios comunicacionales de este tiempo.

Saber lo que sucedió, conocer de referencia aquella sucesión de acontecimientos tremendos que soportamos los chilenos, puede ayudar a apreciar valores tan queridos como la democracia, la verdad, la tolerancia, el respeto, la sobriedad, el rigor en el trabajo y en diferentes esferas de la vida.

Conocer lo que sufrió Chile en esos años, historia descrita por un protagonista, nos puede ayudar a tomar decisiones en la construcción del futuro y no seguir arriesgando, con discursos que confrontan y polarizan más de lo necesario sin ofrecer caminos, una vida democrática que aún no termina de reconstruirse.

Así, Entre la voz y el miedo es una obra escrita con la mano ágil de un periodista, la mente despierta y la capacidad literaria de alguien con «buen oficio» y «buena pluma», de poeta, de narrador, de cronista.

Entretenido, es un libro que permite al lector dejarse llevar a través de las páginas, transitando suavemente por las intensas emociones de la vida, con un panorama del Chile de hace tantas décadas. Los estudios escolares, la universidad, la política, las ideas, la fe, el amor, van dejando huellas sensibles que, sin grandes aspavientos, conmueven al lector.

Con todo, el libro cuenta la historia de este muchacho, huérfano siendo muy niño, que recorre hogares en los que va construyendo relaciones de cuya duración no puede anticiparse nada. Inquietudes, dolores, miedos, amores, cariños de quienes lo acogieron, son pinceladas de una vida que se va nutriendo de esperanzas.

Sin dejarse arrastrar por tentaciones que se ofrecen a jóvenes que han vivido situaciones de intenso dolor, se levanta una estructura de vida sana, entre alegre y melancólica, con valores sólidos.

 

Un relato que vale la pena conocer

A poco de haberse recibido, casi dos años de instalada la dictadura encabezada por Pinochet y los civiles que le dieron contenido político, comienza a ejercer el periodismo. Hormazábal fue uno de los símbolos de la Radio Chilena, figura señera en la lucha contra la dictadura.

Guillermo alzó la voz en el silencio de los años más duros, aunque su nombre no es de los más famosos ni populares, pero ciertamente sería más merecedor del Premio Nacional de Periodismo que algunos que han sido muy celebrados.

Radio Chilena, como Balmaceda y Cooperativa, luego Santiago y Carrera, fueron las radios más activas en la larguísima dictadura que afectó a Chile para dar voz a los que no teníamos otros espacios habituales en los medios de comunicación.

La Chilena, como le decíamos, era una radio que se caracterizaba por su serenidad, seriedad y oportunidad de la información, en momentos en que la represión golpeaba duro.

Guillermo lo hizo todo: desde reportero, pasando por jefe de informaciones, director de prensa, marcó con su estilo y sus valores el tono de un espacio libre y liberador, que se aventuró en una lucha de altos costos personales. El tiempo, la intensidad del trabajo y sobre todo los riesgos para sí mismo y la familia, era algo que vivíamos los que estábamos en la defensa de los derechos de las personas.

Amenazas, persecuciones, agresiones a golpes, detenciones de todo tipo, las sufríamos los que estábamos en los medios de comunicación y los abogados que representábamos a los perseguidos por la dura mano de la DINA, la CNI y todos los otros organismos que le dictadura usó para someter al país.

El autor nos cuenta de su secuestro —en realidad «detención arbitraria» por agentes gubernamentales— en el marco de una represión desatada por el asesinato de Roger Vergara, recién nombrado en un alto cargo de Inteligencia del Ejército. Entre la brigada de Homicidios y la de Asaltos, se formó un equipo para «ganarle a la CNI» y encontrar a los autores del homicidio.

Usando los peores métodos represivos los policías detuvieron a mucha gente, los torturaron, amenazaron y llegaron hasta el extremo de dar muerte al estudiante de periodismo Eduardo Jara. Entre ellos, fueron detenidos periodistas y Hormazábal gritó su nombre en la calle mientras lo llevaban los detectives, gracias a lo cual se pudo saber de su detención.

Finalmente fueron liberados y se demostró que quienes cometieron el delito en contra del oficial, no tenían nada que ver con ninguno de esa treintena de personas (dueñas de casa, artistas, empleadas de oficina, contadores, estudiantes, comerciantes) que fueron tan maltratadas.

Algunos de los policías secuestradores, cuya identidad se supo, fueron tardía y suavemente castigados, aunque otros se mantuvieron en sus cargos y los gobiernos que siguieron los distinguieron con mejores nombramientos.

La familia, los amigos, su trabajo en distintas tareas como comunicador, van haciendo la hermosa costura de un relato que vale la pena conocer. Es una obra para los que vivimos esa época, ciertamente, pero sobre todo para aquellos que no la vivieron y se pueden formar así una idea clara de muchas cosas que pasaron.

En efecto, las menciones que hace Guillermo en su libro, permitirán a los inquietos seguir investigando para que algún día se escriba sin tapujos y con detalles la historia de una época dolorosa que no deberá repetirse.

 

Este es un libro necesario, beneficioso, que puede ser extraordinariamente útil para que los muchachos de hoy vayan conociendo una historia de nuestro país que se desdibuja en la maraña de consumo, competencia, liviandad, frivolidad que caracteriza a muchos de los espacios comunicacionales de este tiempo.

Saber lo que sucedió, conocer de referencia aquella sucesión de acontecimientos tremendos que soportamos los chilenos, puede ayudar a apreciar valores tan queridos como la democracia, la verdad, la tolerancia, el respeto, la sobriedad, el rigor en el trabajo y en diferentes esferas de la vida.

Conocer lo que sufrió Chile en esos años, historia descrita por un protagonista, nos puede ayudar a tomar decisiones en la construcción del futuro y no seguir arriesgando, con discursos que confrontan y polarizan más de lo necesario sin ofrecer caminos, una vida democrática que aún no termina de reconstruirse.

Así, Entre la voz y el miedo es una obra escrita con la mano ágil de un periodista, la mente despierta y la capacidad literaria de alguien con «buen oficio» y «buena pluma», de poeta, de narrador, de cronista.

Entretenido, es un libro que permite al lector dejarse llevar a través de las páginas, transitando suavemente por las intensas emociones de la vida, con un panorama del Chile de hace tantas décadas. Los estudios escolares, la universidad, la política, las ideas, la fe, el amor, van dejando huellas sensibles que, sin grandes aspavientos, conmueven al lector.

Con todo, el libro cuenta la historia de este muchacho, huérfano siendo muy niño, que recorre hogares en los que va construyendo relaciones de cuya duración no puede anticiparse nada. Inquietudes, dolores, miedos, amores, cariños de quienes lo acogieron, son pinceladas de una vida que se va nutriendo de esperanzas.

Sin dejarse arrastrar por tentaciones que se ofrecen a jóvenes que han vivido situaciones de intenso dolor, se levanta una estructura de vida sana, entre alegre y melancólica, con valores sólidos.

 

Un relato que vale la pena conocer

A poco de haberse recibido, casi dos años de instalada la dictadura encabezada por Pinochet y los civiles que le dieron contenido político, comienza a ejercer el periodismo. Hormazábal fue uno de los símbolos de la Radio Chilena, figura señera en la lucha contra la dictadura.

Guillermo alzó la voz en el silencio de los años más duros, aunque su nombre no es de los más famosos ni populares, pero ciertamente sería más merecedor del Premio Nacional de Periodismo que algunos que han sido muy celebrados.

Radio Chilena, como Balmaceda y Cooperativa, luego Santiago y Carrera, fueron las radios más activas en la larguísima dictadura que afectó a Chile para dar voz a los que no teníamos otros espacios habituales en los medios de comunicación.

La Chilena, como le decíamos, era una radio que se caracterizaba por su serenidad, seriedad y oportunidad de la información, en momentos en que la represión golpeaba duro.

Guillermo lo hizo todo: desde reportero, pasando por jefe de informaciones, director de prensa, marcó con su estilo y sus valores el tono de un espacio libre y liberador, que se aventuró en una lucha de altos costos personales. El tiempo, la intensidad del trabajo y sobre todo los riesgos para sí mismo y la familia, era algo que vivíamos los que estábamos en la defensa de los derechos de las personas.

Amenazas, persecuciones, agresiones a golpes, detenciones de todo tipo, las sufríamos los que estábamos en los medios de comunicación y los abogados que representábamos a los perseguidos por la dura mano de la DINA, la CNI y todos los otros organismos que le dictadura usó para someter al país.

El autor nos cuenta de su secuestro —en realidad «detención arbitraria» por agentes gubernamentales— en el marco de una represión desatada por el asesinato de Roger Vergara, recién nombrado en un alto cargo de Inteligencia del Ejército. Entre la brigada de Homicidios y la de Asaltos, se formó un equipo para «ganarle a la CNI» y encontrar a los autores del homicidio.

Usando los peores métodos represivos los policías detuvieron a mucha gente, los torturaron, amenazaron y llegaron hasta el extremo de dar muerte al estudiante de periodismo Eduardo Jara. Entre ellos, fueron detenidos periodistas y Hormazábal gritó su nombre en la calle mientras lo llevaban los detectives, gracias a lo cual se pudo saber de su detención.

Finalmente fueron liberados y se demostró que quienes cometieron el delito en contra del oficial, no tenían nada que ver con ninguno de esa treintena de personas (dueñas de casa, artistas, empleadas de oficina, contadores, estudiantes, comerciantes) que fueron tan maltratadas.

Algunos de los policías secuestradores, cuya identidad se supo, fueron tardía y suavemente castigados, aunque otros se mantuvieron en sus cargos y los gobiernos que siguieron los distinguieron con mejores nombramientos.

La familia, los amigos, su trabajo en distintas tareas como comunicador, van haciendo la hermosa costura de un relato que vale la pena conocer. Es una obra para los que vivimos esa época, ciertamente, pero sobre todo para aquellos que no la vivieron y se pueden formar así una idea clara de muchas cosas que pasaron.

En efecto, las menciones que hace Guillermo en su libro, permitirán a los inquietos seguir investigando para que algún día se escriba sin tapujos y con detalles la historia de una época dolorosa que no deberá repetirse.

 

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Con todo, el libro cuenta la historia de este muchacho, huérfano siendo muy niño, que recorre hogares en los que va construyendo relaciones de cuya duración no puede anticiparse nada. Inquietudes, dolores, miedos, amores, cariños de quienes lo acogieron, son pinceladas de una vida que se va nutriendo de esperanzas.

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La Chilena, como le decíamos, era una radio que se caracterizaba por su serenidad, seriedad y oportunidad de la información, en momentos en que la represión golpeaba duro.

Guillermo lo hizo todo: desde reportero, pasando por jefe de informaciones, director de prensa, marcó con su estilo y sus valores el tono de un espacio libre y liberador, que se aventuró en una lucha de altos costos personales. El tiempo, la intensidad del trabajo y sobre todo los riesgos para sí mismo y la familia, era algo que vivíamos los que estábamos en la defensa de los derechos de las personas.

Amenazas, persecuciones, agresiones a golpes, detenciones de todo tipo, las sufríamos los que estábamos en los medios de comunicación y los abogados que representábamos a los perseguidos por la dura mano de la DINA, la CNI y todos los otros organismos que le dictadura usó para someter al país.

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Guillermo alzó la voz en el silencio de los años más duros, aunque su nombre no es de los más famosos ni populares, pero ciertamente sería más merecedor del Premio Nacional de Periodismo que algunos que han sido muy celebrados.

Radio Chilena, como Balmaceda y Cooperativa, luego Santiago y Carrera, fueron las radios más activas en la larguísima dictadura que afectó a Chile para dar voz a los que no teníamos otros espacios habituales en los medios de comunicación.

La Chilena, como le decíamos, era una radio que se caracterizaba por su serenidad, seriedad y oportunidad de la información, en momentos en que la represión golpeaba duro.

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Entretenido, es un libro que permite al lector dejarse llevar a través de las páginas, transitando suavemente por las intensas emociones de la vida, con un panorama del Chile de hace tantas décadas. Los estudios escolares, la universidad, la política, las ideas, la fe, el amor, van dejando huellas sensibles que, sin grandes aspavientos, conmueven al lector.

Con todo, el libro cuenta la historia de este muchacho, huérfano siendo muy niño, que recorre hogares en los que va construyendo relaciones de cuya duración no puede anticiparse nada. Inquietudes, dolores, miedos, amores, cariños de quienes lo acogieron, son pinceladas de una vida que se va nutriendo de esperanzas.

Sin dejarse arrastrar por tentaciones que se ofrecen a jóvenes que han vivido situaciones de intenso dolor, se levanta una estructura de vida sana, entre alegre y melancólica, con valores sólidos.

 

Un relato que vale la pena conocer

A poco de haberse recibido, casi dos años de instalada la dictadura encabezada por Pinochet y los civiles que le dieron contenido político, comienza a ejercer el periodismo. Hormazábal fue uno de los símbolos de la Radio Chilena, figura señera en la lucha contra la dictadura.

Guillermo alzó la voz en el silencio de los años más duros, aunque su nombre no es de los más famosos ni populares, pero ciertamente sería más merecedor del Premio Nacional de Periodismo que algunos que han sido muy celebrados.

Radio Chilena, como Balmaceda y Cooperativa, luego Santiago y Carrera, fueron las radios más activas en la larguísima dictadura que afectó a Chile para dar voz a los que no teníamos otros espacios habituales en los medios de comunicación.

La Chilena, como le decíamos, era una radio que se caracterizaba por su serenidad, seriedad y oportunidad de la información, en momentos en que la represión golpeaba duro.

Guillermo lo hizo todo: desde reportero, pasando por jefe de informaciones, director de prensa, marcó con su estilo y sus valores el tono de un espacio libre y liberador, que se aventuró en una lucha de altos costos personales. El tiempo, la intensidad del trabajo y sobre todo los riesgos para sí mismo y la familia, era algo que vivíamos los que estábamos en la defensa de los derechos de las personas.

Amenazas, persecuciones, agresiones a golpes, detenciones de todo tipo, las sufríamos los que estábamos en los medios de comunicación y los abogados que representábamos a los perseguidos por la dura mano de la DINA, la CNI y todos los otros organismos que le dictadura usó para someter al país.

El autor nos cuenta de su secuestro —en realidad «detención arbitraria» por agentes gubernamentales— en el marco de una represión desatada por el asesinato de Roger Vergara, recién nombrado en un alto cargo de Inteligencia del Ejército. Entre la brigada de Homicidios y la de Asaltos, se formó un equipo para «ganarle a la CNI» y encontrar a los autores del homicidio.

Usando los peores métodos represivos los policías detuvieron a mucha gente, los torturaron, amenazaron y llegaron hasta el extremo de dar muerte al estudiante de periodismo Eduardo Jara. Entre ellos, fueron detenidos periodistas y Hormazábal gritó su nombre en la calle mientras lo llevaban los detectives, gracias a lo cual se pudo saber de su detención.

Finalmente fueron liberados y se demostró que quienes cometieron el delito en contra del oficial, no tenían nada que ver con ninguno de esa treintena de personas (dueñas de casa, artistas, empleadas de oficina, contadores, estudiantes, comerciantes) que fueron tan maltratadas.

Algunos de los policías secuestradores, cuya identidad se supo, fueron tardía y suavemente castigados, aunque otros se mantuvieron en sus cargos y los gobiernos que siguieron los distinguieron con mejores nombramientos.

La familia, los amigos, su trabajo en distintas tareas como comunicador, van haciendo la hermosa costura de un relato que vale la pena conocer. Es una obra para los que vivimos esa época, ciertamente, pero sobre todo para aquellos que no la vivieron y se pueden formar así una idea clara de muchas cosas que pasaron.

En efecto, las menciones que hace Guillermo en su libro, permitirán a los inquietos seguir investigando para que algún día se escriba sin tapujos y con detalles la historia de una época dolorosa que no deberá repetirse.

 

Desaparición forzada

Muchas personas que estuvieron en detenciones largas fueron amenazadas para que no denunciaran o fueron obligadas a salir del país. ¿Será el caso de esta mujer que ahora reside en Argentina? Tal vez ella nunca se atrevió a aparecer por miedo: yo mismo fui amenazado, muchos lo fueron.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 2.10.2025

La noticia recorre las redes, los noticiarios de televisión y de radio, provoca titulares de los diarios: apareció una persona que estaba desaparecida después de haber sido detenida. Estaba en Argentina. El Gobierno declara, de inmediato, que esa información ya la tenían, gracias al Plan Nacional de Búsqueda.

Ese programa de trabajo es definido como: «una política pública permanente del Estado de Chile que tiene por objetivo esclarecer las circunstancias de desaparición y/o muerte de las personas víctimas de desaparición forzada». En la página web correspondiente se informa que parte del esfuerzo es saber qué sucedió y hallar a las personas o sus restos.

Con todo, el Gobierno, en lugar de haber ocultado esta información y esperar que investigadores de un medio de comunicación lo dieran a conocer para confirmarlo, debió haber celebrado este éxito: el plan de búsqueda permite hallar a una persona que había sido detenida por los organismos represivos de la dictadura y de la cual nunca más se supo. Dan ganas de deslizarse por esa «arista», pero no caeré en la tentación.

Durante la dictadura las personas que fuimos víctimas de detenciones por parte de la DINA u otros organismos (Comando Conjunto, CNI, aparatos de las distintas ramas de las FF.AA.), éramos capturadas de tal modo que en lo posible no quedaran rastros de esa medida.

Y si había algún testigo del hecho, al presentarse los recursos de amparo el Ministerio del Interior negaba la detención o se informaba a la Corte que los detenidos habían quedado en libertad.

Hubo casos increíbles, como cuando luego de haberse negado más de una vez la detención de trece dirigentes del Partido Comunista, el gobierno debió reconocer la circunstancia y agregar que una vez puestas en libertad esas personas habían viajado a Argentina a pie por el paso Los Libertadores; entre ellas una mujer con más de 8 meses de embarazo.

¿Se sabrá la verdad completa algún día?

Cuando yo quedé en libertad (en mi novela Baila, hermosa soledad, disponible en Amazon, relato mi detención) me pidieron que declarara que en mi estadía en Villa Grimaldi había constatado la presencia de mi amigo Nibaldo Mena, militante comunista, cuya detención estaba siendo negada por el ministro del Interior. No pudo desaparecer.

Hubo otro detenido que estuvo en la sede de la Academia de Guerra de la Fach, cuya prisión era negada por el gobierno. Pero su esposa, actual periodista de TVN, logró saber de su lugar de detención gracias a uno de los propios agentes con quien habló varias veces.

Finalmente él le dijo que su marido iba a quedar en libertad, pero que ellos temían que la DINA lo volviera a detener para hacerlo desaparecer, por lo que lo trasladarían a una embajada. Y así fue, logrando salir del país.

Muchas personas que estuvieron en detenciones largas fueron amenazadas para que no denunciaran o fueron obligadas a salir del país. ¿Será el caso de esta mujer que ahora reside en Argentina? Tal vez ella nunca se atrevió a aparecer por miedo. Yo mismo fui amenazado. Muchos lo fueron. «No digas nada, porque tu familia puede padecer cosas aún peores».

Hubo otras personas —hombres y mujeres— que, luego de la tortura, pasaron a formar parte de los propios organismos represivos y detuvieron e interrogaron a muchos de sus antiguos compañeros. Otros cambiaron de identidad y por mucho tiempo no se supo de ellos.

Mientras no se sabe de los que fueron detenidos, están desaparecidos. Los hechores de esos delitos contra los derechos humanos saben la verdad y podrían darla a conocer. Pero la mayoría ha preferido negar o callar.

Por eso la búsqueda, ya que hay muchos casos que pueden tener a esas víctimas ocultas por tantos años, temiendo que a sus parientes o a ellas mismas les puedan acaecer nuevas desgracias.

¿Se sabrá la verdad completa algún día?

En una novela mía que aún no encuentra editor  —Vidas robadas— relato casos de este tipo: una persona detenida que desaparece, aun cuando estaba simplemente incorporado al organismo que lo detuvo.

Probablemente, tal como la familia de mi personaje, tendemos a dar por asesinados a esos detenidos desaparecidos forzosamente, en circunstancias de que es posible que algunos de ellos, ya muy ancianos, puedan estar vivos.

¿Hasta cuándo callarán los ejecutores?

DIVAGACIONESPOÉTICAS

El oficio de poeta es, sin comparar con nadie, uno de los más antiguos del mundo.

Desde aquellos que escribieron en el mundo sumerio, en la antigüedad semita, en las culturas de Egipto y la Hélade y hasta Dante Alighieri, todo escritor era considerado un poeta.

La obra poética escrita recogía para la posteridad las palabras

de los grandes proclamadores de los hechos humanos, de sus

sentimientos y de sus aventuras.

La primera expresión del arte de la palabra era oral, cantada o recitada. Aedos les llamaron en Grecia, bardos en el mundo indoeuropeo (celta de preferencia), vates en Roma, juglares (si recitaban obras de distintos autores) y trovadores (expresando la obra propia) en la Edad Media de Europa.

Si nos ponemos estrictos –como si fuéramos académicos los lectores y yo debiéramos coincidir que Homero, por ejemplo, era un narrador. Tanto como el autor del Mío Cid. Pero les llamamos poetas porque a ellos pertenecen las raíces líricas y épicas del arte de escribir y la poesía es la madre de todas las artes. Es la capacidad creativa para convertir en belleza trascendente los hechos que viven los seres humanos y que podemos encontrar la en la magnificencia de las epopeyas sumerias, la extensión de la obra homérica, o la brevedad de las sentencias bíblicas en elLibro de los Proverbios, o la expresión instantánea del Haiku japonés. La palabra queda para la posteridad en los escritos, los libros, las revistas, los muros, los cuadernos secretos, después de haber sido cantada o recitada por hombres y mujeres que ya fue se recorriendo caminos (labor más bien masculina) o en palacios, templos y teatros (donde destacan las mujeres, aunque salvo Safo y otras excepciones, haya costado milenios que los “machos

historiadores” las reconocieran y consignaran en sus recuentos).

Para los semitas y particularmente los árabes, la poesía es un arte excelso y sagrado. El idioma árabe es poético en sí, desde la construcción de las palabras y las frases, la sonoridad, la variedad de las expresiones, las tonalidades. Y es un idioma creativo, donde el “hablante” con la sola inflexión de la voz puede cambiar el

significado global del texto que proclama. Y cada palabra tiene raíces y derivaciones que explican cultura y trasfondo de cada expresión, con más riqueza aún que los idiomas occidentales modernos. Idries Sha, considerado por muchos como el más grande de los ṣufi, nos cuenta en uno de sus libros que la palabra sufi deriva de sūf, que significa “lana”, en referencia a la manera de vestirse de estos sabios ancestrales, sencillos, austeros y desapegados de las riquezas. Pero esa misma raíz remite a los sencillos asientos públicos (Suffah o bancos de plaza) que eran los lugares en que

instalaban los sabios a hablar a sus oyentes; y a la definición de pureza de espíritu y cuerpo (safà). Algunos llevan las cosas más allá para sostener que esa expresión fue el origen más remotode las palabras griegas esenio (los puros, los silenciosos) y ophos (sabiduría). Una sola palabra para tanta riqueza de significados.

La sacralidad de la poesía motivó a Mahoma, el profeta fundador del Islam, a recurrir a los poetas para terminar el sitio de La Meca. En lugar de atacar la ciudad sagrada con sus tropas que la rodeaban, envió a los poetas para parlamentar con los sacerdotes gobernantes e intimar su rendición a las huestes del Dios Único.

En el tiempo medioeval surge ese libro poético por excelencia llamado “Las Mil y una noches” (en realidad en árabe se llama Las Mil noches y una noche, para destacar esa última que da sentido a todo el libro). Allí quedan plasmados elementos desconocidos del arabismo y la relación entre los pueblos que habitaban entre el Mediterráneo y las montañas de la India, como por ejemplo la relevancia de las mujeres en la cultura y la trasmisión

de la sabiduría.

En el Renacimiento, después de Dante, se produce la separación entre los narradores y los cultivadores de la poesía y los géneros van tomando identidad propia, porque los narradores, no tienen la intención de la síntesis de la belleza sino de la profusión del relato y la importancia de las descripciones.

Los poetas aceptamos esta diferenciación para no tener más guerras que las que vive la humanidad, pero en estricta verdad los poetas también narramos y la prosa poética no deja de ser poesía y es asimismo narrativa. Gabriela Mistral, Rabindranaz Tagore, Pablo Neruda, Gibran Jalil Gibran, son maestros en eso y muchos seguimos sus aguas sin llegar a su excelencia. Claro, también hay narradores que escriben poesía.

Lo que no vamos a aceptar los poetas es que los narradores se quieran apropiar ahora del título de “Escritores” y aprovechándose de las actuales liviandades de lenguaje, se hable de algunos como “Escritor y poeta”, en circunstancia que el poeta es escritor por antonomasia y el narrador un invitado de los últimos 600 años solamente.

Narradores y poetas compartimos el título de escritor pese a los primeros.

Pero algunos aclaramos: “soy escritor, preferentemente poeta, aunque narre”.