¡El matón del barrio!

No está en discusión si Maduro ha sido o no un dictador y si el sistema imperante en Venezuela es o no una dictadura cívico militar (como lo fue la chilena). Lo que importa es si acaso para terminar con las dictaduras hay que recurrir al “matón del barrio”, para que imponga sus términos.

 
 
 
 
 
 

Terminar con las dictaduras

 

“Este es mi barrio”, dijo Pete el Negro, avisando a todos que quien quisiera tener actitudes que él no aprobara, sería severamente castigado.

Si durante la dictadura de Pinochet alguien me hubiese sugerido la idea de una invasión extranjera para sacarlo del país, una conspiración para darle muerte, la formación de grupos armados para combatirlo, habría tenido mi rechazo de inmediato.

Ni las armas que llegaron de Cuba, ni el entrenamiento militar en el exterior, ni el atentado de 1986, ni ninguna manifestación de violencia me convocaba para terminar una dictadura oprobiosa, violatoria de los derechos humanos, corrupta en sus altos mandos y con un apoyo civil que colaboró (o al menos calló) con el ocultamiento de sus crímenes y sus latrocinios.

En todos esos años, tanto en la defensa de los derechos humanos; en la tarea política, clandestina primero y abierta después; en mis intervenciones radiales desde 1978 y mis artículos en Análisis y otros medios de comunicación, propuse siempre la oposición a la tiranía mediante una estrategia que denominamos en la época como “la no violencia activa”.

 

Organización, difusión de ideas, movilización social, manifestaciones de protesta, eran las partes centrales de una propuesta de salida de esa dictadura para construir una democracia y un cambio del modelo impuesto con la fuerza de las armas.

La violencia con fines políticos

Porque cuando se aplica la violencia para conseguir fines políticos, por altruistas que sean, lo que se hace es sembrar más violencia y construir finalmente un régimen que será una nueva tiranía o, –como en el caso chileno y de otros países de América Latina– al menos perpetuar los modelos que los que tienen la fuerza (y el dinero) impusieron para sus países, asegurándose de que los ricos serán cada vez más ricos, la extrema pobreza desaparecerá de las estadísticas pero no de la realidad, las clases medias se irán diluyendo en una pobreza encubierta que mantendrá a hombres y mujeres en ocupación permanente “por ganarse la vida”, es decir, “ganar el derecho a vivir”, mientras otros gozan de la opulencia y el enriquecimiento perpetuo.

La realidad de México, que vivió una revolución violenta, nos revela que se instaló por décadas un régimen de apariencias democráticas, pero que tenía partido único y el Presidente saliente designaba a su sucesor.

 
 

Terminado el dominio de ese partido (PRI), la violencia ha continuado siendo la tónica de la vida política, hoy con otro agregado, la presencia de delincuentes narco traficantes que intervienen en los procesos electorales locales y nacionales.

Los casos derivados de la violencia política como estrategia para poner fin a las dictaduras, están a la vista en nuestro continente. Cuba y Nicaragua muestran la evidencia del método, consiguiendo instalar dictaduras que parecen inamovibles, con una elite enriquecida y que goza de todos los beneficios mientras su población padece las peores formas de pobreza en un clima de miedo y angustia.

Los objetivos de la invasión

Cuando Estados Unidos invade Venezuela, está aplicando una política orientada por dos elementos: primero, que no haya disidentes políticos en “su barrio”; segundo, apropiarse de las riquezas naturales, en este caso el petróleo, con las mayores reservas del producto en el mundo.

Lo que hace el país del norte del continente americano, es amedrentar a todo el que quiera afectar sus intereses económicos o poner en peligro sus modelos ideológicos.

No está en discusión si Maduro ha sido o no un dictador y si el sistema imperante en Venezuela es o no una dictadura cívico militar (como lo fue la chilena). Lo que importa es si acaso para terminar con las dictaduras hay que recurrir al “matón del barrio”, para que imponga sus términos.

Lo intentó hacer con Cuba en Bahía Cochinos; lo hizo con República Dominicana, con Grenade, con Panamá, con Haití y ahora con Venezuela. Sin invasión armada pero sí con financiamiento y mediante variados sistemas de presión y corrupción, lo hizo con Chile para derrocar a Allende, con Brasil para derrocar a Joao Goulart, con las dictaduras izquierdistas de Bolivia y Perú, con los gobiernos de otros países acorralándolos mediante presiones financieras y el apoyo en dinero a grupos disidentes para que crearan problemas al gobierno y ahogaran su economía.

Yo respeto, valoro y, si pudiera, apoyaría a la disidencia cubana que lleva décadas luchando contra la dictadura. Lo mismo en el caso de Nicaragua. Pero no podría sentirme contento de que otras potencias invadieran esos países para terminar con las dictaduras. No lo habría aceptado para Chile.

¿Por qué Estados Unidos invadió Venezuela y no Cuba? Porque Cuba no tiene petróleo, ni cobre, ni litio, ni grandes riquezas naturales. Estados Unidos tiene un emplazamiento carcelario en Guantánamo y le sería muy fácil hacer desde allí la invasión. Pero no recibiría las ganancias del petróleo que le podrá dar Venezuela. Invadirá cuando la industria de casinos y corrupción que existe en el mundo quiera “recuperar” lo que fue la Cuba de Batista.

¿El fin justifica los medios?

Entiendo que en Chile dirigentes políticos, columnistas, comentaristas que hacen gala de su posición de izquierda o de derecha celebren la salida del dictador Maduro y crean que con eso basta, sin importarles el mecanismo utilizado.

Entiendo, porque para muchos de ellos da lo mismo la forma de hacer las cosas si se consigue la finalidad perseguida. La derecha lo demostró con el golpe en Chile. Parte de la izquierda, con los apoyos a experiencias antidemocráticas en otros lugares. El uso de la fuerza para imponer sus posiciones y sus puntos de vista es sólo un método más y si con ello se consigue el objetivo, luego será cosa de justificar.

La democracia un objetivo secundario

Si alguien cree que esta operación tiene por sentido establecer la democracia en Venezuela, deberá aceptar que ése es un objetivo secundario de la intervención de Estados Unidos.

El presidente Trump lo ha dicho con toda claridad en su conferencia de prensa que pudimos escuchar, pero que no se reproduce completa en los medios escritos ni en internet. Él deja en claro que su decisión es manejar el país sudamericano (“con estas personas que están detrás de mí”, dijo en la conferencia) y ayudar a una transición democrática si se encuentra un grupo de gente capaz de llevarla adelante.

No nos engañemos: en Venezuela ha sido secuestrado y derrocado el dictador, pero el régimen sigue vigente y las fuerzas que lo han sustentado no han dejado de gobernar. En todo el mundo hay exiliados que celebraban la caída de Maduro, sin darse cuenta que Diosdado (¡que ironía de nombre!) Cabello, los hermanos Rodríguez, el Fiscal General y las Fuerzas Armadas con sus casi mil generales, siguen a cargo del país.

“Dirigiremos Venezuela”

Lo que le interesa a Trump es dirigir la actividad en Venezuela, particularmente, como lo dijo en varias oportunidades, para que las empresas de su país puedan volver a tomar el control de la actividad petrolera y generar beneficios para, primero, recuperar los gastos que hace Estados Unidos en este proceso (¿Cuánto cuesta movilizar la flota, infiltrar agentes de la CIA, poner en acción a las fuerzas de elite, invadir el territorio, bombardear y secuestrar al presidente del país, trasladándolo junto a su esposa en barcos y helicópteros hasta Nueva York?) y las inversiones para renovar las instalaciones de las plantas petroleras. Segundo, asegurar la protección de su país y manejar la economía y la política venezolanas; tercero, generar una advertencia a todos los otros países respecto de la voluntad inequívoca de Estados Unidos de aplicar estas metodologías para defender lo que ellos estiman que son sus intereses, su seguridad y su influencia en lo que él llama el “hemisferio occidental”.

Repone la doctrina de “América para los americanos”, que en realidad, tal como incluso lo denunció el propio Diego Portales en el siglo XIX, debe entenderse que el continente americano es para los habitantes de Estados Unidos…y sus gobernantes especialmente.

Por si acaso a alguien no le queda suficientemente claro que la política del continente la debe dirigir Estados Unidos, el recién llegado embajador de ese país a Chile hoy aparece en la prensa dando instrucciones acerca de cómo debe comportarse el Presidente de Chile. Y probablemente en los demás países harán lo mismo.

Nadie se engañe

Estamos todos advertidos: debemos ajustar nuestros comportamientos, decisiones, estilos de vida, provisión de las Fuerzas Armadas y la política exterior (y pronto serán el idioma y la moneda) a lo que ellos quieren, pues de lo contrario se sentirán obligados a actuar del mismo modo que lo han hecho antes y ahora hacen con descaro en Venezuela.

La amenaza a nuestro vecino de América del Sur es total: la presidenta que sume en reemplazo de Maduro debe comportarse de acuerdo a lo que Estados Unidos le ordene o de lo contrario habrá nuevas operaciones. Lo dijo claramente Trump. Él quiere que la señora Rodríguez se someta a sus órdenes y acepte todas las decisiones ya proclamadas. Y si no… que se atenga a las consecuencias.

 

Un último comentario: parece que Trump, con este argumento de defender el “hemisferio occidental”, que sería su área de influencias, no se da cuenta que está dando su visto bueno a lo que Rusia haga con Ucrania y las demás naciones que alguna vez pertenecieron a su dominio político y militar; que está justificando que si China quiere pueda aplicar las mismas medidas para recuperar Taiwán.

Incluso, se podría decir, que ellos tienen más argumentos porque ya antes han dominado abiertamente esos territorios en todos los planos y anexado tierras y población. Ellos nunca gobernaron Venezuela, pero se sienten llamados a hacerlo.

Cuidar la democracia

Me duele lo que ha vivido Venezuela. El presidente Eduardo Frei Montalva se lo dijo a Rafael Caldera cuando comenzaba el gobierno de Luis Herrera Campins: “Cuiden su democracia, no la arriesguen por ambiciones personales, eviten la escalada de corrupción que se está dejando ver”. No la cuidaron.

Un presidente que era un destacado abogado, terminó su segundo mandato como una de las mayores fortunas del mundo. Así se explicó el triunfo de Chávez, que ganó cuanta elección tuvo por delante, por cierto con la ayuda de una oposición que se restaba de comicios parlamentarios, regalando la totalidad de los cargos a los gobiernistas.

Cayó un dictador porque una potencia extranjera así lo quiso. No cayó la dictadura. Del pueblo venezolano, nada se sabe.

No soy partidario de las dictaduras ni de la violencia. He trabajado y lo seguiré haciendo por la paz en el planeta. Estoy convencido de que esta ofensiva violenta en el mundo, repito, de izquierdas y derechas, es la última embestida de un animal herido y que durará un tiempo que, en la medida histórica, no será muy largo, para luego abrir paso a una nueva forma de vivir en que la paz, la solidaridad, la justicia, la libertad, la democracia participativa, sean las claves centrales.

Jaime Hales, escritor: “El país necesita crecer no solo económicamente, sino espiritualmente”

Hales se refirió a su libro Relatos de Tanto Tiempo (HB Editores, 2022), una antología de cuentos breves donde aparecen temas recurrentes como citas cada 29 de febrero, un accidente de infancia que le dejó una secuela permanente y relatos de tono sobrenatural.

En conversación con El Mostrador, el abogado, escritor, tarotista y excandidato presidencial Jaime Hales repasó una vida marcada por la escritura, la reflexión espiritual y la política, intereses que —asegura— lo acompañan desde la infancia.

Sobre su fallida candidatura presidencial por la DC, impulsada por militantes de base, afirma que no contó con el respaldo de la directiva del partido, que incluso le impidió intervenir en una Junta Nacional. “Para eso están las máquinas políticas”, comenta.

Hales se refirió también a su libro Relatos de Tanto Tiempo (HB Editores, 2022), una antología de cuentos breves donde aparecen temas recurrentes como citas cada 29 de febrero, un accidente de infancia que le dejó una secuela permanente y relatos de tono sobrenatural, varios de ellos basados en hechos reales. Para el autor, escribir es “contar la vida”, idea que vincula con la tradición del realismo latinoamericano.

Con más de 80 libros publicados y una larga trayectoria como formador en Tarot y disciplinas holísticas, sostiene que el Tarot no es adivinatorio, sino una guía: “La felicidad es una decisión”, afirma. En lo político y social, plantea que el mundo vive un proceso de cambio profundo asociado a la Era de Acuario, donde los conflictos actuales son solo episodios pasajeros.

Finalmente, Hales llamó a enfrentar el momento que vive Chile con optimismo y a fortalecer el crecimiento espiritual a través de la lectura, el diálogo y la comunicación: “Conectarnos para abrirnos, no para encerrarnos”.

Revisa la entrevista completa a continuación:

[Crónica] El fin de una época

La muerte de Brigitte Bardot sacude mi memoria y mi nostalgia, y si bien nunca fui de los fanáticos de la actriz francesa, me impactaba ella en sus películas, más que por la belleza, por la audacia, la simpatía, la gracia para interpretar a sus personajes, esa sonrisa siempre picaresca.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 24.12.2025

El mundo tiene sus tiempos y los historiadores van estableciendo nombres para ciertos períodos. Pasan años y nuevos historiadores cambian la nomenclatura, pero los personajes que van marcando cada época siguen allí instalados, sobre todo en la memoria de pueblos y de generaciones.

Las noticias que llegan al terminar el año 2025 (¿por qué le dicen «veinte veinticinco» y no dos mil veinticinco?) señalan que una larga época se está apagando y vienen situaciones distintas, algunas inesperadas, otras previsibles.

Con todo, los sociólogos de Estados Unidos han inventado los nombres de las «generaciones», en un intento de sistematizar estilos de vida y maneras de aproximarse a la realidad.

Esto de las generaciones puede ser discutido y revisado múltiples veces, pues no todos los que pertenecen a una misma época de nacimiento reaccionan, actúan, se comportan o piensan de igual manera.

Lo que sí es evidente, es que los acontecimientos que preceden la vida despierta de las personas pueden marcar un estilo para aproximarse a los conflictos y tratar de resolverlos.

Así, los grandes cambios tecnológicos, por ejemplo, marcan la vida de las personas. Recuerdo haber escuchado a un niño preguntar a su abuelo: «¿Dime, abuelo, cómo es posible vivir sin celular?». El abuelo no tuvo respuesta, porque para él la pregunta es: «¿Cómo se vive tan apegado a los aparatos tecnológicos?».

Yo nací un par de años antes de la mitad del siglo XX. He sido testigo, con mis coetáneos, de los mayores cambios tecnológicos, científicos, sociales y políticos que ha experimentado la humanidad desde que hay historia escrita.

La bomba atómica como una sombra amenazante luego de lo de Hiroshima y Nagasaki, los sueños de los viajes espaciales con Flash Gordon, el mágico reloj de Dick Tracy que le permitía hablar por él como si fuera un teléfono, la irrupción de la televisión en América Latina, las revoluciones y las dictaduras militares, el cine y sus estrellas.

Nosotros pertenecemos a una generación sacudida por los cambios. Entre el nacimiento de mi padre y el mío, no hubo grandes cambios en las comunicaciones y muy pocos aparatos eléctricos modificaron la vida común.

Y desde mi nacimiento, prácticamente todos los objetos técnicos y tecnológicos han ido quedando en desuso y siendo reemplazados por otros mejores. ¡Qué decir de la computación y sus aplicaciones!

Las páginas de este libro se van cerrando

Si bien Casablanca se ha convertido en un ícono para los cinéfilos (¿por qué lo asocio con Albert Camus?), los que hemos sido simplemente espectadores tenemos ídolos que dan vuelta por nuestra memoria (Robert Taylor, Kirk Douglas, James Dean, William Holden, John Wayne, Yul Bruner, Montgomery Clift, David Niven, Charlton Heston, entre tantos otros) eran modelos a los que queríamos parecernos, que imitábamos.

Y la música cambió radicalmente con Elvis, Bill Halley, Louis Armstrong y de ahí para adelante The Beatles y los eternos Rolling Stones, que son duros como la piedra y luego todo lo que sigue a una velocidad increíble.

La muerte de Brigitte Bardot sacude mi memoria y mi nostalgia. Me confieso hincha de Sofía Loren, quien está aún trabajando en cine y otros proyectos, quizás la última sobreviviente de ese grupo de actrices que en las décadas de los años 50 y 60 fue un referente para muchos que éramos niños y adolescentes en sus momentos de mayor gloria.

Claudia Cardinale, Gina Lollobrigida, Jeanne Moreau, Elizabeth Taylor, Catherine Deneuve (las dos últimas diez años menores) y tantas otras que fueron parte de las imágenes cautivadoras de aquellos años. Si bien nunca fui de los fanáticos de Brigitte Bardot, me impactaba ella en sus películas, más que por la belleza, por la audacia, la simpatía, la gracia para actuar, esa sonrisa siempre picaresca.

Y confieso que sentí algo de envidia cuando me enteré que Eduardo Severín, mi compañero de colegio, tuvo una relación sentimental (no sé cuan larga o intensa) con la secretaria de Bardot y por lo tanto la conoció personalmente.

Muere Bardot. Cuando muera Sofía Loren caerá el telón. Otras imágenes, otros rostros, otros sueños, otros temas. Y para nosotros, los que ya estamos viejos, revivirán sueños y comparaciones. Porque la muerte de estos personajes, nos llena de emociones y de nostalgia. Marcan el fin de una época, de aquellas historias de otros pero que hicimos nuestras y están instaladas en el corazón.

Pero la noticia de otra muerte, muy distinta, acaecida en este fin de semana que pasó, también agita la memoria y despierta el dolor.

La muerte de Santiago Sinclair, Jimmy Sinclair para los que fueron sus amigos, personaje regalón de Pinochet, uno de sus hombres de mayor confianza, que participó en todas sus operaciones más delicadas (financieras y de represión a los que se consideraba enemigos políticos), integrante de la Junta de Gobierno, senador designado, marca el anuncio del final de una época.

Murieron Manuel Contreras Sepúlveda, Odlanier Mena, Moren Brito, Gordon Rubio, Arellano Stark y Torres Silva, íconos de la represión política. Murió Sergio Fernández, maestro de ceremonias desde el ministerio del Interior de la Contraloría cuando fue necesario. Sinclair es de los últimos.

También murió Roberto Garretón, el más grande de los abogados de derechos humanos. Todos vamos a morir. Y las páginas de este libro se van cerrando, porque se están escribiendo otras épocas, en las que quisiéramos ver más armonía, solidaridad, entendimiento, justicia.

El tiempo dirá si el gobierno de José Antonio Kast fue la última página de una época o la primera de la que vendrá.

La Primera Dama

Lucía Hiriart exigió a su esposo que creara oficialmente el cargo de “Primera Dama de la Nación”, el que recaería en ella, con guardias y escolta, con recursos propios, gabinete, oficina, personal e instituciones de su dependencia. Un verdadero poder, que podría ser el origen de futuros grandes pasos políticos que ella daría.

 
 
 
 
 
 

Primeras damas

El Gabinete de la Primera Dama fue un invento de la dictadura, a instancias –rabietas podría decir– de la esposa del dictador.

Antes de eso, se hablaba de “Primera Dama”, simplemente para referirse a la esposa del “Primer Mandatario”, sin que eso significara ni un cargo ni tareas específicas.

A partir de los gobiernos radicales, se notó un cambio en el enfoque de los asuntos gubernamentales, cuando las señoras Juanita Aguirre, Marta Ide y Rosa Markmann, esposas de Aguirre Cerda, Ríos Morales y González Videla, desde su voluntad de apoyar las tareas de sus maridos, se involucraron en labores de carácter social.

Ellas lo hacían sin tener ni cargos ni sueldos, tampoco oficinas o secretarias, menos aún guardias u otro tipo de funcionarios a sus órdenes. Simplemente se trataba de asumir algunas preocupaciones del orden social y contribuir al mejoramiento de la vida de los sectores pobres del país, además de cumplir las labores protocolares.

La señora Graciela Letelier, casada con el Presidente Ibáñez, vivió con él en La Moneda, al menos en los inviernos, y apoyaba tareas sociales, pero sin el entusiasmo y la dedicación de las anteriores, tal vez porque fueron mucho más jóvenes que ella al asumir sus maridos la presidencia de la República.

Jorge Alessandri no tuvo esposa, pero cuando se trataba de comidas o actos especiales, la esposa de su ministro del Interior doctor Sótero del Río hacía las veces de acompañante.

 

Nadie extrañó en esos seis años a una “Primera Dama”, lo que facilitó las cosas a María Ruiz Tagle, esposa de Eduardo Frei Montalva, que apoyó a su marido en muchas iniciativas, pero no se dedicó frontalmente a realizar tareas específicas. Algo parecido sucedió con la señora Hortensia Bussi de Allende, que orientó su quehacer al apoyo de países en situación desmedrada o víctimas de desastres naturales, entendiendo que su labor no era institucional.

Las esposas de los Presidentes eran “esposas y madres” también militantes políticas o profesionales, cada una haciendo lo suyo, pero no tenían papeles específicos ni significaban carga alguna para el erario nacional.

Creación del cargo y el Gabinete

 

Cuando Pinochet decidió iniciar su ofensiva internacional viajando a Filipinas para verse con el dictador de ese país Ferdinando Marcos, su esposa, que sólo viajaba de incógnito a Miami ocasionalmente, no estaba dispuesta a perderse tan grata oportunidad de refrescar aires en una visita oficial de su marido a un país asiático.

Como esto se preparó con mucho tiempo, la señora Lucía Hiriart, hija de un destacado político radical, averiguó todo lo que pudo sobre su contraparte en Filipinas. Pues bien, la señora Imelda Marcos, además de hacerse famosa por su enorme guardarropía y tres mil pares de zapatos, se estaba convirtiendo en una dirigente de gran peso político en el país, partiendo de la base que, como era 12 años más joven que su marido, podría sucederlo en caso de que éste falleciera.

La señora Imelda Marcos, cuando su marido ya estuvo consolidado en su autocracia, fue nombrada ministra de Asentamientos Humanos y Embajadora Extraordinaria y Plenipotenciaria de Filipinas con autoridad para concurrir a cualquier país. Especialmente usó ese cargo para acercar relaciones con Estados Unidos, país que apoyó permanentemente la dictadura filipina.

Entonces, la señora Lucía no podía llegar a encontrarse con tal liderazgo siendo una simple dueña de casa, encargada de los asuntos domésticos del gobernante dictatorial de su país, que ni siquiera tenía el título de Presidente de la República y que tampoco hasta entonces había alcanzado a amasar una fortuna como la que tenía Ferdinando Marcos, segundo gobernante asiático que más se enriqueció en el ejercicio del poder.

Siendo así las cosas, exigió a Pinochet que se creara oficialmente el cargo de “Primera Dama de la Nación”, el que recaería en ella, con guardias y escolta, con recursos propios, gabinete, oficina, personal e instituciones de su dependencia. Un verdadero poder, que podría ser el origen de futuros grandes pasos políticos que daría.

Entonces, en marzo de 1980 ya estaba en condiciones de viajar al extranjero revestida de un título oficial y encontrarse con la mujer del dictador de igual a igual, aunque doña Lucía tuviera menos zapatos. Lo malo para ella fue que no pudo estrenar el cargo en el mundo internacional, porque el avión no pudo aterrizar en Filipinas sin ni siquiera tener una explicación del dictador local ni cortesía alguna con su colega.

Pero el cargo quedó. Hay que decirlo: el cargo mismo nunca hasta ahora ha tenido remuneración, aunque sí importantes recursos para financiar todo el aparato del gabinete.

Y así doña Lucía fue acrecentando un poder y una riqueza impensada, especialmente cuando CEMA Chile pasó a ser de su propiedad, quedándose con casas, terrenos y otros que habían pertenecido a un organismo público.

Lo que vino después

Al terminar el período de 17 años por el que gobernó Pinochet, todo lo que se había creado en torno al gabinete de la Primera Dama siguió funcionando como dependencia de esa unidad vinculada a la Presidencia de la República.

La señora Leonor Oyarzún, esposa de Aylwin, ejerció el cargo con cierta distancia, pero sin descuidar las funciones. Ella, una mujer de su casa y su familia, dedicó sus esfuerzos públicos a promover la familia en Chile y destacar el papel de las mujeres en su aporte a la sociedad.

Pero, estrictamente hablando, para ella era mucho más atractivo estar en contacto con su numerosa familia de hijos y nietos, dedicar horas a su jardín y acompañar a su marido en los muchos actos oficiales que debía cumplir protocolarmente.

 

Martita (no se llama Marta, sino Martita) Larraechea es una mujer de la política. Sin duda con más criterio político, entusiasmo y pasión por la causa pública que su marido Eduardo Frei. Pero él fue el presidente y entonces ella lo apoyó de modo entusiasta y con alto grado de lealtad y compromiso.

Se hizo cargo de todas las tareas de ese gabinete, no perdiendo oportunidad de destacar y figurar por los aportes que las instituciones de su dependencia entregaron, que fueron muchos. Esa figuración la tuvo en la mente pública y pudo haber seguido en la política, camino que finalmente no prosperó.

Luisa Durán y Cecilia Morel, esposas de Lagos y Piñera, siguieron las mismas aguas de la esposa de Frei: crearon entidades, llevaron adelante muchos planes y destacaron de modo importante. Durán fue la más creativa, pero ambas tuvieron un entusiasmo notable y su presencia ha sido muy reconocida en los planes sociales.

Bachelet no tuvo “primera dama” ni “primer caballero”, por razones evidentes, pero en ambos gobiernos tuvo a alguien a cargo de las instituciones, siempre sin remuneración y sólo por amor a la patria. Estuvo a cargo primero la socióloga María Eugenia Hirmas, esposa de Sergio Bitar. Y, en el segundo gobierno, su único hijo hombre Sebastián Dávalos y la trabajadora social Paula Fortes.

Se acaba el cargo

Cuando fue elegido Gabriel Boric, su pareja se comprometió a terminar con el cargo de Primera Dama y la oficina sociocultural de la presidencia adquirió autonomía de esa relación sentimental entre un Presidente de la República y su pareja.

Irina Karamanos asumió, por cierto, el papel protocolar que podría corresponder a la esposa del Presidente de la República. La relación terminó y su legado fue haber conseguido la autonomía de las fundaciones que dependían de la persona a cargo de la coordinación de actividades socioculturales de la presidencia. De hecho, la nueva pareja del Presidente Boric no ha asumido rol alguno y mantiene su trabajo.

La señora Pía y el Estado moderno

Ahora viene Kast y los medios de comunicación han puesto de relieve que su esposa quiere ser Primera Dama al estilo de las anteriores que he mencionado y que ocuparon el cargo desde 1980.

Es decir, algo tan íntimo como es una relación sentimental, en un mundo moderno y distinto, donde lo público y lo privado tienen esferas reconocidas y donde las mujeres y los hombres ejercen sus tareas independientemente de los vínculos afectivos que los unen, parece no ser fundamento suficiente como para que una persona asuma una tarea oficial, aunque no sea remunerada. Como esposa, debería estar dispuesta a acompañar a su marido en las tareas protocolares oficiales y podrá colaborar con él en sus ideas y planes.

Pero, en un Estado moderno como el que se ha anunciado en todos los tonos por el vencedor de la contienda electoral, no es posible pretender que por el solo hecho de ser la esposa o pareja del Presidente, pueda tener rango de autoridad política o administrativa en el país.

 

Un columnista decía que eso es un toque de conservadurismo, respaldado por citas de intelectuales. Es evidentemente un paso que más que conservador es de retroceso en los procesos culturales de un país que avanza hacia el futuro.

Bien que la esposa esté apoyando a su esposo y que pueda dar sus opiniones públicamente, pero no es apropiado que asuma tareas y cargos que pueden (y deben) ser realizados por profesionales adecuados para cada función, contratados por las normas más exigentes y por mera adhesión política o amistad con la esposa del Presidente de la República.

La señora Pía debe tener mucho trabajo con sus nueve hijos y la enorme casa donde se alberga a estos vástagos. Probablemente, además de esas tareas, puede asumir otra

s en el mundo privado, pues alguien deberá hacerse cargo de contribuir al financiamiento de la familia, especialmente si se cumple la promesa de reducir los ingresos del Presidente y sus asignaciones para dar ejemplo de austeridad.

Volver a crear el gabinete es, además, volver a recargar al Estado de gastos en circunstancias de que se ha prometido reducir los gastos públicos en cifras enormes. Y si ninguno de los que trabajen allí recibe remuneración, ¿cómo podrá exigirse a ellos o ellas responsabilidad administrativa y probidad pública?

Kast pidió a Dios que le dé prudencia, templanza y fortaleza. Tal vez, como aconseja Gonzalo Rojas Sánchez, su mentor, debiera pedir más luces intelectuales para darse cuenta de las decisiones que está dispuesto a tomar, entre ellas, reavivar un gabinete fenecido y que en sí mismo nada aporta al país.

 
 

[Crónica] Navidad todos los días

Estas fiestas de Noche Buena —salvo en lo que concierne al amor, tema central de la prédica de Jesús—, lo avergonzarían al ver este consumismo desatado, esta locura de gastar, la ansiedad por demostrar el amor de acuerdo al precio (un señor Vergara en la radio Cooperativa decía hoy que el gasto por cada regalo depende del cariño)

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 17.12.2025

En estos días se celebra una hermosa fiesta cristiana: el nacimiento de Jesús que, para las religiones cristianas, es la encarnación de la divinidad que toma forma humana.

Con todo, este es uno de los misterios más grandes del catolicismo: la Santísima Trinidad, que nos habla de un solo dios, pero tres personas distintas. Este dogma —que es tal porque no se entiende, pero se acepta— se basa en que Jesús —que en verdad se llamaba Emanuel— es fruto de un acto unilateral divino que engendra en María un hijo.

Más allá de las discusiones que eso admite y provoca en algunos, ya sabemos que es posible que una mujer sin tener relaciones sexuales de ninguna especie pueda quedar embarazada por una intervención médica.

Observo lo que sucede en las sociedades occidentales, especialmente las del área de influencia de los Estados Unidos, constatando que la fiesta de Navidad se ha transformado en la fiesta del comercio, donde tenemos como gran preocupación hacer regalos a quienes nos rodean y a quienes queremos.

Esa es una tradición que nace en Europa para recordar otra escena: dos años después, unos magos babilónicos, astrólogos evidentemente, llegaron después de un largo viaje en busca del niño anunciado por una estrella luminosa que había aparecido en los cielos: estaría naciendo un avatar, es decir, un ser que es la encarnación de un dios.

Así, ellos sabían que estaba comenzando la Era de Piscis y venía un gran cambio para el mundo, lento, pero potente. Estos magos quisieron rendir homenaje al recién nacido. Por eso en Europa se celebra «Reyes», unos días después, siendo ésa la oportunidad para los regalos.

 

La ansiedad por demostrar el amor de acuerdo al precio

Jesús nació en la pobreza y en la precariedad, no porque su padre fuera pobre, sino porque al visitar Belén para el censo no tuvo más espacio para alojar que un establo compartido con varios animales.

En verdad era una de las cuevas de la montaña, donde hasta el día de hoy viven muchas familias, aunque esa cueva específicamente ha quedado en el subsuelo de una iglesia muy bella construida posteriormente.

Pero Jesús además fue un exiliado. Cuando el gobernante judío —sometido al imperio romano que ocupaba el territorio— se enteró del nacimiento de este futuro «rey de los judíos», sintió afectada su autoridad y ordenó la muerte de todos los niños nacidos en la época que señalaron los magos.

Matar niños parece ser una conducta ancestral. Pero la familia de Jesús logró escapar a Egipto. No había drones.

Pobre, perseguido, exiliado, Jesús es el símbolo de la sencillez de la vida. Cuando vemos esta manifestación de regalos, decoraciones, viejos pascueros, pinos llenos de luces, pensamos en cualquier cosa menos en ese niño que vino a revolucionar el mundo y a poner fin a la creencia en dioses guerreros, autoritarios y machistas.

Estas fiestas navideñas, salvo en lo que concierne al amor, tema central de la prédica de Jesús, lo avergonzarían al ver este consumismo desatado, esta locura de gastar, la ansiedad por demostrar el amor de acuerdo al precio (un señor Vergara en la radio Cooperativa decía hoy que el gasto por cada regalo depende del cariño).

¿Qué pasaría si cambiáramos el enfoque de la celebración del nacimiento de Jesús, el judío galileo, que clausuró la era de Yahvé, el dios cruel y guerrero, para predicar el amor a todos los seres humanos como la esencia de la humanidad, aunque para ello deba vivir el más profundo sacrificio?

Tal vez podríamos aprender a tener más gestos amables, saludarnos en ascensores, tratarnos con más respeto, atender mejor en los comercios, darnos el paso en las calles, respetar las normas de convivencia tanto en espacios públicos como en privados. En fin, se me ocurren tantas cosas al respecto y estoy seguro de que quienes leen tienen también muy buenas ideas.

Ser más sencillos, querer acumular menos riquezas, ostentar menos. Tener por propósito ser mejores personas y no «tener más», no seguir usando el dinero y los bienes como medidor del valor de la persona.

Eso ayudaría a disminuir muchas formas de violencia, sobre todo las que se dan al interior de las familias.

Si todo esto lo hiciéramos de modo más consciente y en forma permanente, la Navidad que «conmueve» a tantos unos días, podría ser una experiencia diaria, sin necesidad de regalar más que sonrisas y cariño sincero. Tal vez también regalos sencillos, como una flor cortada en el parque o una comida pensada en el otro.

Navidad todos los días, pues cada día puede nacer un nuevo sentimiento positivo, cada día podemos mejorar nuestras conductas, cada día podemos ser un poco más conscientes de quiénes somos, de cuál es nuestra tarea y de cómo podemos contribuir a que el mundo sea un espacio más feliz para todos.

Aunque siempre habrá algunos que estén dispuestos a matar niños para asegurarse sus tronos o corromper con drogas a los jóvenes para enriquecerse, sobre todo mientras el dios en que muchos creen sea el dinero.

El Huracán Kast

El huracán arrasó con todo y sobre todo con la derecha, instalando sus ideas y actitudes. No es sólo que la “izquierda” perdió, sino que la ultraderecha de Kast ganó en todas las regiones y en todos los estratos socio económicos.

 

Ya han pasado algunos días desde la elección presidencial –balotaje– en el que Kast, candidato de la ultraderecha ganó por una mayoría aplastante. Mientras unos se lamentan y formulan algo parecido a autocríticas –que no son tales en realidad– Kast viaja, declara, hace visitas y genera noticia a cada instante del día.

Un huracán azota los medios de comunicación y ellos nos atiborran con la imagen del presidente “presuntivamente” electo (debe terminar el proceso electoral con la calificación de la elección) e incluso algunos, Radio Cooperativa por ejemplo, se refieren a él como “Presidente Kast”, sacando la palabra “electo”, con lo que se va generando la idea de que Chile tiene dos presidentes. Uno que se va y otro que ya llegó.

Cuando digo que Kast es de ultraderecha no lo estoy motejando indebidamente. Cuando Kast se retiró de la UDI dijo que lo hacía porque percibió que el Partido UDI, en el cual militó y le sirvió para hacer su carrera política, estaba abandonando sus posiciones de derecha al pactar con los partidos y gobiernos de la “izquierda”.

 

Es posible agregar que sintió que en su partido no le daban cabida a su carrera política, pues no pudo ser candidato a senador como él quería. Tampoco logró ganar la presidencia del partido, derrotado por los “viejos coroneles” que dirigía Coloma, pese a que él contó con el apoyo de Novoa, un gran pinochetista, más que Coloma.

Se fue más hacia la derecha, con la intención de organizar un nuevo partido que rescatara las ideas de Guzmán y la figura de Pinochet, teniendo como propuestas centrales la eficacia, el orden, la autoridad, la seguridad y la mantención y profundización del sistema económico que impulsaron la derecha empresarial y financiera a la sombra de la dictadura y sus equipos neoliberales.

Partió en su primera aventura presidencial con un 8%, que sorprendió a todos.

Luego, en la siguiente postulación, ganó en la primera vuelta, dejando atrás al candidato que había triunfado en las primarias, derrotando incluso a Joaquín Lavín. Claramente Sichel era un intento de acercarse desde el piñerismo al centro, por su pasado demócrata cristiano. Pero no logró conservar ese primer lugar, pues Boric lo derrotó, manteniendo Kast el porcentaje que Pinochet alcanzó en 1988.

 

Durante los tres primeros años de su verdugo electoral, concentró su participación política en crear y fortalecer los nexos internacionales, tanto en Europa como en América: y en atacar sin piedad a Boric. En su discurso, todos los problemas del país eran culpa del joven presidente y se solazó con sus errores y la derrota del plebiscito constitucional. Se opuso a que hubiera un nuevo proceso, pero como Boric logró el acuerdo suficiente para imponerlo, movió sus huestes y arrasó en la elección de los convencionales, hasta el punto que logró la mayoría suficiente para aprobarlo casi todo.

Con eso, en la violencia del temporal desatado, cometió el error de imponer su mirada integrista al generar un texto constitucional que la mayoría electoral rechazó al igual que el primero. Supo, entonces, guardar silencio, con lo que sus resultados municipales del año siguiente fueron exitosos, pero no logrando superar la alianza de UDI y RN. Matthei era candidata y ya creía que estaba lista para su triunfo. Se probaba bandas, sonrisas y tenidas, sin darse cuenta que se estaba gestando un huracán de dos focos que terminaría aplastándola a un cuarto logar.

Silenciosamente la campaña de Parisi, que parecía destruido porque todos los diputados del PDG abandonaron la tienda, comenzó a preparar la embestida que lo llevó a recoger descontento y obtener el 20% que lo ubicó en el tercer lugar. Pero, cuando se capitaliza con el descontento, el resultado es feble y sus votantes se traspasaron al otro descontento, que era el huracán mayor: Kast, que, llegando segundo detrás de Jara, pasó al balotaje.

Cuando Kaiser acechaba por la ultra-ultra, Kast comenzó su campaña. Aprovechando que alguien extremaba el discurso de un modo más radical incluso que lo que había sido el suyo en las dos campañas anteriores, mostró ciertas moderaciones temáticas, no respondiendo nunca las preguntas directas sobre lo que haría o no haría. Se mantuvo en el plano de las ideas generales y la crítica destemplada.

Según sus palabras, el país estaba en la ruina, la seguridad no existía, no había inversiones, la educación por el suelo, la salud era un fracaso, la vivienda, la corrupción, hasta el poder judicial, todo según él culpa de Boric y sus ministros que, además eran responsables de haber tenido un violador en ciernes en la Subsecretaría del Interior sin haberse percatado de ello. Todo culpa de Boric…pero al avanzar la campaña era también culpa de los últimos cuatro gobiernos, dos de Bachelet y dos de Piñera.

Con eso golpeaba a la candidata que quería vestirse con la ropa de Bachelet y a la que quería parecer sucesora de Sebastián Piñera, de quien Kast fue un duro opositor.

Y en la elección de noviembre empezó el huracán: enorme triunfo en la elección de diputados y senadores y segundo lugar.

Kast derrotó a esa derecha que quería ser llamada “centro derecha”, la destrozó electoralmente apropiándose (si es posible usar el término) de la mayoría de sus votantes, de sus consignas de siempre, de sus figuras emblemáticas, de sus estilos y del poder.

Hoy, UDI y Renovación Nacional trotan detrás de él, le ruegan espacios en el gobierno para no perder toda su relevancia, mientras Evópoli, con su discurso amplio y renovador que intentaba abrir estilos nuevos, ve cómo carece de espacios en el ámbito de quienes defienden a ultranza un sistema económico y social del cual Kast y Pinochet son las figuras señeras.

No es que Kast vaya a hacer lo mismo que Pinochet, en el sentido de que le sería muy difícil –si es que lo quisiera– aplicar medidas como las que llevaron adelante la DINA, CNI y los demás organismos. No será así, el país ha cambiado.

Ahora se trata de acercarse a esos principios fundamentales de orden seguridad, eficacia, eficiencia, disciplina, todo en el marco de una emergencia, usando como discurso la necesidad de reconstruir una patria dañada, un país que se cae a pedazos, una “realidad” en la que la corrupción se anida en el Estado y en la ineficiencia e ineficacia de quienes lo administran.

Se parece a los fundamentos invocados por los militares cuando se apoderaron del gobierno en 1973, con la diferencia que ahora él ha ganado una elección con casi el 60% de los votos.

El huracán arrasó

El huracán arrasó con todo y sobre todo con la derecha, instalando sus ideas y actitudes. No es sólo que la “izquierda” perdió, sino que la ultraderecha de Kast ganó en todas las regiones y en todos los estratos socio económicos.

Porque lo primero que hizo fue recalcar el discurso de la polaridad, donde no es posible buscar –menos aún hallar– caminos diferentes que se salgan de esa visión unilineal de la política, donde o se está en un extremo o en el otro y donde hay un centro que –como en el chiste– “no es ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”. Y ese discurso ganó, porque la llamada izquierda no encontró nada mejor que llevar un candidato del Partido Comunista, cuya sola mención sigue sirviendo para asustar a mucha gente que prefiere los males conocidos que otros caminos.

 

“Necesitamos orden” es la consigna y para eso qué mejor que un hombre como Kast que, desde su ropa, su sonrisa, su peinado, sus esquemas repetitivos, su discurso tal vez elemental y sin muchas ideas, revela la disciplina de tipo militar que algunos creen que puede ser una solución para las necesidades del país (y del mundo).

Y la primera semana fue un nuevo huracán, pues quiere estar en todas partes y todos los días. Desde la Gloria, donde instaló sincrónicamente sus oficinas para este período, pareciera que necesita sentirse como una divinidad que no tiene límites de ningún tipo.

Seguirá viajando, seguirá haciendo discursos y dando opiniones, amenazando a Maduro y pidiendo consejos donde no corresponde. Tal vez se dé cuenta antes de asumir o después, que el país no se cae pedazos, que tiene inflación controlada, inversión extranjera y que, pese a los errores y vacilaciones de quienes un día se creyeron con superioridad moral, Chile no se ha paralizado.

Para eso se requiere calma. Mientras siga desatando vientos y temporales con sus palabras y sus acciones, no podrá percibir la realidad. Debe entender que la campaña terminó y que ahora otra cosa es con guitarra, como decimos en el campo, donde las ilusiones, las imágenes, la liviandad para opinar no bastan.

Si me permiten, lectores y lectoras, tal vez sea bueno recordarle que antes de asumir las pesadas tareas, todos quienes las han tenido, deben tomar un período de retiro. Jesús, a quien Kast dice considerar divino, necesitó 40 días en el desierto. Tal vez el presidente presuntivamente electo crea que él necesita menos, aunque difícilmente sea más que el iniciador del cristianismo.

Como diría don Fernando Riera, ponga la pelota al piso y mire lo que hay antes de pegarle a la pelota a “tontas y a locas”.

Se dará cuenta que debe bajar la velocidad y buscar entenderse con quienes participan de la conducción del país en distintos espacios y niveles. De lo contrario, un huracán, aunque lleve su nombre podrá ser siempre recordado como un desastre.

El día después

El desarrollo de la elección en forma impecable deja en evidencia la seriedad con que la institucionalidad y los chilenos tomamos los procesos electorales. Más importante que eso, sin embargo, han sido los discursos de ambos candidatos al conocerse los resultados. ¿Será la actitud de Kast un “caballo de Troya”, como plantea alguien o un sincero esfuerzo por lograr acuerdos para que el país avance? ¿Serán las fuerzas derrotadas capaces de articular propuestas concretas para conseguir mayor justicia social y bienestar de todos?

La elección presidencial terminó con un resultado previsible –el triunfo de Kast sobre Jara– pero con una diferencia porcentual que excedió todos los cálculos. Algunos deseábamos que esa diferencia fuese más estrecha, por el temor de tener a un ganador excesivamente empoderado, dispuesto a aplastar a los adversarios y hacer retroceder al país en cuanto a los derechos sociales.

Las cifras (casi 18% de diferencia) no se explican sólo por el comportamiento de la candidata derrotada y su comando (es la candidata de la “no-derecha” con menor porcentaje en las definiciones de balotaje), sino por un cúmulo de situaciones que el electorado –digamos una gran mayoría del pueblo– quiso castigar.

Kast, contra todo pronóstico, ganó en todas las regiones del país y derrotó a Jara en muchas comunas en las cuales se esperaba que ella triunfara. Y donde triunfó, la candidata derrotada lo hizo con porcentajes mucho más estrechos de lo que se podría haber esperado.

El pueblo se pronunció, como dijo Jara, “en forma clara y categórica”, no dejando dudas sobre la opción. Los factores que influyen son muchos y no siempre inmediatos.

Buscando explicaciones

¿Es que acaso el pueblo se ha “derechizado”? ¿O es que la ultraderecha se ha convertido en una alternativa victoriosa como resultado del desencanto, la decepción y la desconfianza en quienes han manejado el país?

Las estrategias políticas de los que se opusieron a Pinochet incluyeron una relativización ética en sus acciones, sus renuncias, sus adaptaciones y sus decisiones de gobierno.

Ello, sumado al incumplimiento de las grandes promesas hechas desde la campaña de 1988 (“La alegría ya viene”) por los gobiernos concertacionistas; la carencia evidente de vocación verdaderamente democrática al asumir la Constitución pinochetista y el modelo económico sin mayores reparos; la debilidad demostrada en temas que requerían reformas profundas; los errores de este gobierno y el “fracaso de la superioridad moral” que proclamaban Jackson y otros; la falta de conducción política, de propuestas reales y el exceso de retórica; a lo que deben agregarse los problemas profundos que ha vivido nuestra sociedad por décadas, en cuanto a delincuencia, precariedades judiciales, injusticias sociales, problemas de vivienda, estado de crisis prolongado en la educación pública y la salud, han incidido en este escenario. Ya habrá oportunidad de profundizar en esos temas.

La fortaleza institucional y respeto político

Pero estas elecciones han dejado en evidencia varias realidades que, aunque probablemente nos parezcan obvias, no lo son en el contexto continental y quizás mundial.

Una elección de Presidente y Congreso, un balotaje posterior, sin que nadie reclame que ha habido fraude, es un verdadero orgullo.

El pueblo de Chile, en los escasos espacios de que dispone para incidir en las decisiones políticas, se expresa con serenidad, sentido republicano, valorización de su participación electoral. No sé si otro país del mundo puede exhibir con tanta claridad un proceso electoral con una votación limpia, un funcionamiento eficiente, escrutinios correctos y rápidos y la entrega de resultados definitivos en corto plazo.

 

Es verdad que la campaña fue muy ingrata para todos, con acusaciones, insultos, malos tratos y una agresividad descomedida de parte de todas las candidaturas (por lo menos 7 de las 8). De eso no cabe duda y muchos lamentamos que no hubiese surgido una fuerza capaz de poner otro tono.

Tal vez ese “tercer punto”, hubiera podido romper el esquema de “los dos grandes” representando posiciones extremas en el cuadro final, donde un alto porcentaje de votantes se encontraba sin más alternativa que elegir “por miedo al triunfo del otro”. Las caricaturas, en ese sentido, dieron más resultado a los que identificaban a Jara con Stalin que los que aluden a un eventual pasado hitleriano de los ancestros de Kast. Ni unas ni otras eran reales.

Boric y la tradición

La actitud del presidente Boric, su llamado al respeto y a la reafirmación de las tradiciones de Chile, en el sentido de hablar al país reconociendo los resultados –que, quisiera o no, involucraban un juicio a su gestión– y llamar a los candidatos para manifestarles su agradecimiento por la limpieza del acto y felicitar al ganador, demuestran algo profundo que está arraigado en la historia democrática.

Lo que quiero decir es que todos los presidentes posteriores a la dictadura, siguiendo el camino de sus antecesores elegidos por el pueblo, han hecho probablemente lo mismo. Kast atacó con dureza a Boric en todos estos años, desde la campaña del balotaje de 2021 y hasta esta misma semana, pero recibió el llamado del presidente y tuvieron una conversación respetuosa, en la que ambos afirmaron su voluntad de colaboración por el bien de Chile. Ni en Boric se notaba rencor ni en Kast prepotencia en su diálogo frente al país entero.

Los candidatos

Pese a todas las discrepancias de los dos candidatos y al trato duro que se dieron, ambos tuvieron actitudes destacables.

Lo primero: Jara llamó a Kast para reconocer su derrota y felicitarlo por el triunfo. No sólo eso: luego fue, acompañada de varios dirigentes, a saludar a Kast. Ya en 2000, en el balotaje, Lavín se apresuró en ir a saludar a Lagos que estaba en su comando. Esa tradición se mantiene.

Lo segundo es el discurso de Jara, llamando a renunciar a las tentaciones de hacer oposición cerrada, llamando a aprender de la derrota, teniendo una actitud vigilante para evitar retrocesos y de colaboración en los esfuerzos y proyectos en los que pueda haber coincidencias, rechazando desde ya toda forma de violencia en el ejercicio político democrático. Incluso Jara puso especial énfasis en reprender a sus partidarios para evitar el calificativo de “nazi” a Kast, para dejar de lado las caricaturas.

Tercero, el discurso de Kast –demasiado largo y retórico– en el que valoró el gesto y el discurso de Jara y llamó a sus partidarios a tener respeto por el adversario, prometiendo buscar diálogo, unidad y ser el presidente de todos los chilenos.

Lo valioso de estas palabras es que las dice cuando sus partidarios están enfervorizados y quizás querían oír un discurso más guerrero. Yo temía que en la euforia de la enorme victoria extremara su discurso, pero en lugar de eso lo moderó y tuvo una actitud en la que pareció más demócrata, más prudente, más sereno y más abierto que muchos de sus partidarios.

Lo que viene

Si bien, como dije, el desarrollo de la elección fue impecable y deja en evidencia la seriedad con que la institucionalidad y los chilenos tomamos los procesos electorales, más importante que eso, sin embargo, han sido las reacciones de ambos candidatos al conocerse los resultados.

¿Será la actitud de Kast un “caballo de Troya”, como plantea alguien o un sincero esfuerzo por lograr acuerdos para que el país avance?

¿Serán las fuerzas derrotadas capaces de articular propuestas concretas para conseguir mayor justicia social y bienestar de todos?

¿Cómo será el gobierno de Kast?

Hasta el 13 de diciembre yo tenía una interpretación a partir de la campaña. Hoy percibo algo diferente. Tal vez no sean las cosas como las hemos temido, sino que desde que asuma intente buscar soluciones consensuadas a muchos de los problemas que vive el país. Pese a su amor y admiración por Pinochet y Jaime Guzmán y a sus deseos de libertad para los condenados por delitos graves de lesa humanidad, es probable que no otorgue indultos y que acepte que los avances que han existido en estos más de 30 años no sean revertidos.

No nos engañemos: su escala de valores es la del sistema vigente, que, bajo la inspiración de Guzmán y los economistas de Chicago, combina un integrismo religioso con un liberalismo económico exento de límite éticos.

Esa combinación es difícil llevarla adelante en un régimen democrático (a Pinochet con su dictadura no le costó nada y estableció el autoritarismo más brutal, con una mirada integrista cristianizada y el neoliberalismo que impera hasta hoy) y tal vez justamente Kast deberá entender que es necesario fortalecer políticas sociales para mantener el apoyo y buscar medidas económicas que revelen ciertos límites, aunque eso signifique postergar o reorientar a ciertos inversionistas. Su posición, reiterada en la noche del triunfo, en cuanto a proteger los cielos del norte aunque eso signifique poner frenos a algunas inversiones proyectadas, revela que algo de eso está pasando por su mente.

Amanece el lunes 15 de diciembre.

Comienza un período en el cual el gobierno de Boric intentará cumplir algunas de las metas pendientes, mientras inicia los traspasos al próximo equipo gobernante.

 

Será el momento en que las altisonantes palabras del ganador en esta contienda bajen a la realidad, mostrando que el país no está estancado ni derrumbado, que Chile no se cae a pedazos ni todo es tan malo como se ha dicho. Al recibir las informaciones podrá darse cuenta de que no es necesario restablecer la legalidad, porque ella no ha sido afectada por el gobierno, sino por los particulares cuando no respetamos las normas del tránsito, las exigencias tributarias, la propiedad privada, las disposiciones de las autoridades.

No vamos a desconocer que en Chile hay problemas con un incremento de la delincuencia en las últimas décadas. Pero eso no se termina por un acto de voluntad.

Tal vez el futuro gobernante pueda entender por qué la policía uniformada no ha actuado como debería y recién ahora, cuando se termina el gobierno, está haciendo cosas que eludió cumplir por años.

Tal vez descubra que los casos de corrupción de esa policía y otras instituciones no son casos aislados, sino mucho más frecuentes y generalizados de lo que se ha querido dar a entender. Esperemos que la delincuencia no baje sólo en los noticiarios, como me decía un amigo, sino que en la realidad.

Será éste un tiempo para develar lo que es el Estado y él y sus cercanos podrán descubrir que “otra cosa es con guitarra”. Fue Boric quien, a los pocos meses de iniciado su gobierno, dijo: “las cosas son más difíciles de lo que parecían desde fuera”.

Por cierto, las cosas hay que hacerlas mejor. Y ésta puede ser una buena oportunidad de buscar la forma de mejorar el funcionamiento del Estado que, sin dudar, debe ser poderoso, eficaz, eficiente, sólido.

Lo que viene en la política puede ser algo muy interesante: 30 meses sin elecciones, tiempo para reorganizar los grupos, recuperar ideas y propuestas, promover organización e iniciar debates sobre el mundo que viene. Es el tiempo de ponerse pie y agruparse, reagruparse, organizarse, para buscar las soluciones profundas, a largo plazo, que no se agoten en el “cosismo” ni las urgencias, sino en la construcción de una nueva forma de vivir en Chile.

[Crónica] «La música de los domingos por la tarde»: En Concepción, ciudad húmeda y terremoteada

Esta nueva novela del autor chileno Gonzalo Garay Burnás es como la vida y por ende tiene de todo: hay humor, sarcasmo, violencia, viajes, trampas y alegrías, amor, sexo (con y sin amor), horrores profundos, decadencia moral, arte, entusiasmo, pasión y perversión.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 9.12.2025

Los medios de comunicación modernos están influyendo en la literatura, particularmente en la narrativa y en el ensayo. Mientras algunos autores defienden la novela más tradicional (los españoles Julia Navarro y Pérez Reverte, por ejemplo, o Isabel Allende, John Grisham, entre otros), los hay quienes dan rienda suelta a formas nuevas.

Desde el boom de 1967 parece que todo comienza a estar permitido. Rayuela y Cien años de soledad son dos obras maestras en las cuales todo se hace posible y la literatura inicia una revolución que no se ha detenido.

Hoy tenemos narradores que escriben guiones de películas. Capítulos de cuatro páginas para que el director pueda ir armando las escenas sin mayor dificultad (Código Da Vinci es el ejemplo más evidente).

La novela de Gonzalo Garay Burnás (Concepción, 1973), La música de los domingos por la tarde pareciera seguir el estilo más complejo de algunas series de Netflix. En lugar de ser un guion, recoge los relatos entremezclados que podemos ver en las pantallas, los que van dejando párrafos con huellas de un proceso que sólo termina de armarse al final.

Desde ese punto de vista la lectura a ratos se complejiza, pero va dejando lazos entre personajes y situaciones que no permiten al lector distraerse.

No conozco las otras novelas de Garay —que de haberlas, las hay— pero al menos ésta me ha interesado pues en las primeras páginas, al estilo de Crónica de una muerte anunciada, cuenta un elemento central de la trama, cuyos antecedentes se van develando poco a poco.

Varios relatores, personajes todos que se esclarecen en el proceso mismo.

Y más que el final, como debe suceder en las buenas novelas (a la inversa de los buenos cuentos), lo que importa es todo el desarrollo, donde los sujetos y los hechos se van dando a conocer tanto por sí mismos como por el relato que otros hacen de ellos.

 

Las galletas como parte central de la trama

El autor define su obra como un «ejercicio literario», aunque en realidad ya está listo para las competencias difíciles ante crípticos y lectores. Yo soy un colega suyo que oficia de lector con ánimos de comentar, en la idea de fomentar la lectura.

Una persona que leyó la novela antes que yo me dijo: «Es una obra provocadora y confesional sobre la locura, la moral y la redención». Sin duda, algo de eso hay.

El autor nos provoca con un lenguaje directo y largas disquisiciones éticas, descripciones de detalles, recuerdos, opiniones, dibujando un escenario múltiple, que se pasea por varios territorios, aunque será Concepción, ciudad terremoteada y húmeda, la sede central de los acontecimientos.

A ratos da la impresión de que el autor es parte activa de lo que cuenta, por cuanto el protagonista —uno de los protagonistas— es escritor y la primera persona del relator principal (hay otros relatores) así lo da a entender.

No puedo dejar de pensar en esa idea expresada por un estudiante de literatura que decía que los autores en verdad se describen a sí mismos y lo que cuentan es porque lo han hecho o al menos están dispuestos a hacerlo.

Lo que no me cabe duda es que este autor desafía a los lectores a imaginarse como si ellos fueran los verdaderos protagonistas y los sucesos de esta historia a veces oscura y tenebrosa, a veces atrevida y otras sorprendente y audaz, pudieran ser parte de su propia existencia, en cosas tan sencillas como comer galletas, ciertas galletas, adecuadas al clima lluvioso y tristón que toma la ciudad en ciertos períodos.

Con todo, la historia que cuenta la novela tiene a las galletas como parte central de la trama y al galletero como el eje de la moralidad cuestionada.

La novela de Garay es como la vida: tiene de todo. Hay humor, sarcasmo, violencia, viajes, trampas y alegrías, amor, sexo (con y sin amor), horrores profundos, decadencia moral. Es arte, entusiasmo y pasión, es la locura y la perversión, la maldad si como tal existe y la búsqueda incesante de una ternura que se escapa entre las líneas del texto y entre los dedos de los personajes.

El autor es un exjuez que sabe de crímenes y de horrores. Los que hemos sido abogados criminalistas sabemos lo terrible que son las realidades humanas que están tras la comisión de un delito.

Aunque el autor, este juez devenido en escritor (o a la inversa, no sé donde empezó el drama vital), goza con el relato de los crímenes (se nota que goza escribiendo), pero se introduce por los vericuetos de las culpas cuando el crimen no ha sido descubierto y entonces el propio criminal ni siquiera ha elaborado las necesarias teorías que podrían justificarlo.

Es un libro interesante, que con su título nos invita a esas tardes de domingo, sin partidos de fútbol ni cine, donde ponemos la radio para escuchar esas canciones que están a medio camino de las generaciones, casi siempre en inglés, que nos adormecen un poco.

Cuando yo era niño, era música orquestada. Ahora están Sinatra, Diamond, Dione, Stevens (musulmán y todo). Esa música impulsa la imaginación y la expectativa, a ratos la angustia de lo que se aparecerá el lunes por la mañana, emociones que se calman de las maneras más diversas, entre ellas leyendo novelas o perpetrando crímenes.

[Crónica] Más allá de toda duda razonable

¿Cómo no escribir unas líneas sobre la revelación de nuevas acusaciones infundadas en temas relativos a abusos sexuales al interior de los hogares o por parte de sacerdotes? Tan grave como hechos de tal envergadura, cuando son ciertos, es que se busque financiar organizaciones a través de denuncias falsas sólo para obtener la notoriedad que exigen quienes aportan ese dinero.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 4.12.2025

Cuando falta menos de una semana para la elección presidencial entre Jara y Kast, siento el deseo de escribir, pero el tema político llena mi mente invadiendo los otros temas que me interesan.

Me pregunto:

¿Cómo no escribir sobre la Feria del Libro? Acabamos de vivir esa experiencia e indudablemente saltan muchas ideas que me gustaría compartir con los interesados, partiendo por los organizadores. Cambiar elementos del modelo, buscar otro tipo de convocatorias, ver el papel que podemos jugar los escritores, acercarse a otros públicos.

Una de las ideas la escuché de un visitante: ¿Es necesaria una gran feria o podrían ser muchas ferias pequeñas a nivel comunal? Pero, mi experiencia muestra que no siempre son eventos tan concurridos.

¿Cómo no hablar, en los inicios de diciembre, cuando se recuerda la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sobre los temas de las guerras que afectan al mundo y los hechos de violencia delictual que constatamos en todos los países del planeta?

Porque lo que sucede en Palestina, la asolada tierra en la que nacen el inspirador del cristianismo y su grupo de seguidores iniciales, sigue siendo terrible aun cuando se hable de «cese al fuego».

Y los hechos de la invadida Ucrania no nos pueden dejar indiferentes, sin olvidar lo que sucede en Sudán y en otras regiones, donde dictaduras y seudo democracias construyen sus modelos aplastando a la población civil y a los que disienten políticamente de las autoridades.

¿Cómo no hablar de la corrupción en Chile, que se expresa no sólo en los casos de personas cercanas a lo público, en algunos funcionarios y otros particulares, sino en una especie de desprecio general por las normas.

Un exoficial de Carabineros se lamentaba de eso hace unos días en carta a un matutino: las leyes que no se cumplen, citando a las del tránsito (velocidad en calles y carreteras, uso de veredas por ciclistas, ocupación indebida de estacionamientos para discapacitados), a las que limitan la contratación de extranjeros, lo relativo a los impuestos, las ventas ilegales en las calles.

¿Cómo no escribir unas líneas sobre la revelación de nuevas acusaciones infundadas en temas relativos a abusos sexuales al interior de los hogares o por parte de sacerdotes?

Tan grave como hechos de tal envergadura, cuando son ciertos, es que se busque financiar organizaciones a través de denuncias falsas sólo para obtener la notoriedad que exigen quienes aportan ese dinero. Los casos abundan.

 

El siguiente empeño

¿De qué escribir, entonces?

Reviso mis artículos de los últimos 50 años y me doy cuenta que muchos temas que entonces denunciábamos siguen de cierto modo vigentes.

Es verdad que hoy no hay una violación masiva y sistemática de los derechos humanos por parte de agentes del Estado. Pero ese poder omnímodo que algunos sienten porque la ley los autoriza a usar armas y vestir uniforme sigue siendo notorio y el abuso de ese poder los lleva a gozar de ventajas que no tienen otros ciudadanos.

Y a eso podemos añadir que persistentemente vemos que policías o personal de Fuerzas Armadas, son sorprendidos en la comisión de delitos comunes. Eso está cada vez peor y nadie hace lo suficiente para poner fin a estas situaciones.

En esos viejos escritos, yo ponía la confianza en que cuando construyéramos una democracia de verdad, podríamos dar solución a los más graves problemas básicos, tales como salud, educación, vivienda, previsión; terminar con la corrupción a gran escala; disminuir el delito y trabajar por la reeducación de los delincuentes; proteger la infancia y la juventud del flagelo de las drogas; avanzar en el desarrollo de la cultura; lograr que las personas fueran más felices y la sociedad viviera con menos tensiones.

Hoy, que la democracia es «semi democracia», sin participación verdadera, sin compromiso, en que las decisiones quedan para cúpulas poco oxigenadas, con personajes encerrados sobre sí mismos, no hemos podido superar las lacras que dejó la dictadura, salvo quizás en cuanto a que ahora la corrupción puede conocerse y los dramas sociales no quedan ocultos. Pero los problemas verdaderos siguen sin resolverse.

Entonces, me pregunto: ¿Da lo mismo quien gane esta elección? No, porque Jara por lo menos asegura que habrá, tal vez con poco crecimiento, una valorización de lo conseguido y se mantendrán espacios para seguir avanzando en la democracia. Kast es todo lo contrario: seguir en el actual estado de cosas, donde la medida de la felicidad está en «tener más», con enriquecimiento de los ricos y sometimiento de los demás.

La duda mía hoy no es por quién votar —lo haré por Jara— sino como avanzar hacia una sociedad distinta, en que aniden la justicia, la fraternidad, la solidaridad, una nueva racionalidad y las necesidades básicas estén satisfechas con la mirada puesta en el pleno desarrollo de las personas.

En eso es el siguiente empeño.

 

 

 

 

 

No voto por Kast

Votar por Kast es estar dispuesto a reivindicar el oprobio de Pinochet al país, las desapariciones forzadas, los asesinatos, las prisiones arbitrarias, la persecución por las ideas, las limitaciones a la libertad de expresión en cualquiera de sus formas.

 
 
 
 
 
 

¿Por quién votar?

Kast representa con seriedad, con solidez, sin asomo de duda ni vacilación, la adhesión a lo que fue la dictadura derechista encabezada por Augusto Pinochet.

Él, como Kaiser, son la mejor expresión del pinochetismo, aunque hay que dejar claro que Kaiser es aún más directo y descarado.

Los que respaldaron o callaron en dictadura

Otra persona me hizo ver que yo había votado por Mayne-Nicholls quien confesó, tal cual, después de ser duramente interpelado, haber votado a favor de Pinochet en 1988.

Un 43% de los chilenos voto por el SI a Pinochet en esa ocasión, lo que no necesariamente los hace partidarios, especialmente si no son políticos. La mayoría no eran políticos, como el caso del propio Mayne-Nicholls y no cabe ninguna duda que el tenor de su discurso dista mucho de las posturas de quienes apoyaron o justificaron – algunos incluso colaboraron activamente – las atrocidades cometidas durante la dictadura en abierta violación de los derechos de las personas. Otros tantos se arrepintieron de su relación con el régimen y, unos pocos, incluso han pedido perdón.

 

Sin ir más lejos, la colaboración que algunos demócrata cristianos prestaron a las acciones conspirativas o manifestaron vacilaciones durante los dos primeros años del golpe, relativizando las acciones de violencia contra la población, fue perdonada por el pueblo y hasta por la izquierda más radical, llegando quien presidió la directiva del PDC en sus titubeos frente al tirano nada menos que a la presidencia de la República.

Los arrepentidos

Porque, en definitiva, quien se arrepiente puede ser perdonado.

Voté por Aylwin, ciertamente, no con agrado ni convencido de sus méritos, sino con la seguridad de que entre las opciones disponibles más valía un demócrata arrepentido de sus errores, que un continuador de la tiranía impuesta al país por la fuerza de las armas.

 

No podemos olvidar que en materia de arrepentimientos y actos de desagravio hemos tenido ejemplos notables, siendo uno de los más claros el simple hecho de que el vocero de la dictadura desde sus primeras horas fuera el que resultó ser el encargado de prensa del primer gobierno de la concertación.

O que los más feroces críticos del modelo económico implantado por De Castro y sus sucesores, se convirtieran desde sus cargos de gobierno en entusiastas partidarios del neoliberalismo imperante y que ninguno de los gobiernos desde 1990 hasta hoy haya hecho nada serio por terminar con el sistema previsional que ha lesionado a la mayoría de los chilenos, del cual están liberados solo los funcionarios públicos que tienen el uso exclusivo de las armas en forma legal, despreciando las propuestas de personas tan diferentes como Ximena Rincón y Ricardo Hormazábal, cuyas propuestas han sido de enorme seriedad.

Decido el voto

Pensando en eso y en el contenido de su programa, en su actitud y en su capacidad de enfrentar la corrupción en los lugares en que ha ocupado posiciones con grave daño para sí mismo, voté por Harold Mayne-Nicholls, a quien no conozco personalmente.

Pero no puedo votar por quien relativiza los derechos humanos, como lo ha hecho Kast en su trayectoria política y en su discurso permanente.

Votar por Kast es estar dispuesto a reivindicar el oprobio de Pinochet al país, las desapariciones forzadas, los asesinatos, las prisiones arbitrarias, la persecución por las ideas, las limitaciones a la libertad de expresión en cualquiera de sus formas.

Votar por Kast es aplicar un esquema moral, económico, social y político, que redujo a Chile en sus 17 años de dominación al más bajo crecimiento económico promedio, a la desafección ética; al predominio de la violencia contra quienes pensábamos diferente; al sometimiento y la instrumentalización del “poder judicial” para justificar todas sus acciones; a la generalización de formas de corrupción no sólo entre los funcionarios sino incluso en las Fuerzas Armadas y la policía uniformada; a la sumisión por terror de la Contraloría General, llegando a la abyección de nombrar como contralor a quien fue y luego volvió a ser su ministro del Interior.

Kast, apoyado por Kaiser y muchos de sus ex correligionarios de la UDI, visita a los condenados por violaciones a los derechos humanos no por el mandato cristiano de ir a ver a los presos y a los enfermos, sino porque empatiza con las razones y métodos de su actuar.

Krassnoff es sólo un símbolo. Kast mismo lo ha dicho: “no voy a ver a determinada persona, sino a todos”. ¿Estaba incluido en ese todos Manuel Contreras Sepúlveda, quien nunca se arrepintió de lo que hizo y dijo que si tuviera la oportunidad lo repetiría, pero “haciéndolo mejor”?

Kast miente en campaña

Kast basa su campaña en la frase de que el gobierno de Boric es un gobierno fracasado. Puede ser que haya fracasado en muchas cosas. Yo no he sido partidario del actual Presidente de la República y votaré por Jara sólo para atenuar las posibilidades del triunfo de Kast.

Pero no puedo permanecer en silencio cuando el candidato del Partido Republicano falta gravemente a la verdad para imputar a su contendora y al gobierno del cual ella formó parte el origen de todos los males.

Que este gobierno hizo que se desatara la delincuencia en Chile, como dice Kast, es falso. Ya Piñera en su primera campaña hablaba que los delincuentes tenían sus días contados y los resultados de sus planes están a la vista. Han pasado 15 años y las cosas están peor que entonces.

¿Culpa de Piñera, de Bachelet, de Boric, de los diputados y senadores? Sí y no, pero hay otros responsables y la culpa de los gobiernos ha sido no meter allí sus manos con fuerza, permitiendo que los mismos de siempre sigan dirigiendo las instituciones policiales. En fin, tema para otra columna de opinión, aunque sería mejor un ensayo.

Que la mala condición de la educación es responsabilidad de este gobierno es también una mentira. Juan Antonio Guzmán Molinari, último ministro de educación de Pinochet, declaró al terminar el periodo que ellos –los gobernantes por 17 años– habían cumplido sus metas de cobertura educacional en el país, pero quedaba pendiente la tarea de la calidad de la educación en lo que no habían avanzado. ¿Culpa de Boric?

Que el país está quebrado, que la pobreza y los déficits de vivienda se deben a las políticas de este gobierno. Falso. Las estadísticas reflejan que la bolsa de comercio alcanza niveles nunca logrados; que las utilidades de las empresas sobrepasan sus máximos históricos y siguen subiendo; que el crecimiento económico, que ha sido bajo, va subiendo en un marco de inflación controlada. Sobre el déficit de vivienda, es un tema histórico que no se ha podido solucionar.

Kast acusa a Jara de proteger a un abusador –Monsalve– tema en el cual ella no tuvo nada que ver ni para bien ni para mal. Pero no sólo eso, calla Kast que cuando un caso de abuso se presentó en su ministerio, ella no dudó un segundo es despedir a ese funcionario. En mi opinión ella se apresuró, pero no hay dato alguno que permita sostener que ella protege abusos de ninguna especie. El único abuso que habría protegido es el de las AFP, al encabezar una reforma que les regala un beneficio que las hace un 60% más ricas.

Kast ataca al gobierno por los casos de corrupción. Es verdad que hay mucha corrupción en el país, pero varios de los que lo apoyan a él están en situaciones en extremo delicadas desde el punto de vista procesal, con tantas acusaciones probadas como las de partidarios del gobierno.

Ningún candidato ha señalado las medidas que tomará para poner fin a esas situaciones y a muchas otras que, por su monto inferior o porque se refieren a instituciones con fueros especiales, no llegan a ser parte de las denuncias públicas y la acción de los tribunales.

Kast ha demostrado ignorancia –para ser benevolente no decir que huye de responder– cuando se le pregunta si acaso estaría dispuesto a indultar a los condenados de Punta Peuco y responde que le gusta la ley que promueven algunos senadores para que las condenas de ciertas personas en condiciones de deterioro se cumplan en su casa. Una cosa no tiene que ver con la otra.

La derecha

El tema no es que sea “derechista”, sino que a diferencia de Sebastián Piñera Echenique, él ha sido y es partidario del pinochetismo. Piñera fue opositor a la dictadura por las violaciones de los derechos humanos, como otros destacados derechistas (Jaramillo, Zepeda, Subercaseaux, Correa Letelier).

 

Kast fue opositor al gobierno de Piñera y se retiró de la UDI, pues la percibió como más cercana al centro, que fue la crítica que le formulo a Matthei en la campaña.

Él es más derechista: de aquellos que se sentirían cercanos a Jaime Guzmán y al sacerdote Osvaldo Lira, los que fueron partidarios del franquismo y dieron sustento ideológico a la dictadura. No olvidemos que el texto constitucional lo inspiró Guzmán, incluyendo el artículo 8º que permitía sancionar a las personas por sus ideas y el 24º transitorio que le daba poder represivo a la dictadura.

Lo que viene

Kast elude respuestas, los contenidos de su programa se diluyen en diagnósticos y en pautas de deseos, sin señalar medidas concretas (en las que Jara sobreabunda), pero prometiendo arreglarlo todo.

Tanto Jara como Kast tienen razón en cuanto a que hay que hacer modificaciones en la administración del Estado. Dificulto que alguno de ellos tenga posibilidad de hacer estas modificaciones si acaso lo que viviremos será nuevamente un amplio campo de improvisaciones.

Las mentiras reiteradas, la propaganda desatada, los errores del gobierno y sus aliados, están permitiendo que el pinochetismo vuelva por sus fueros, bajo el amparo de ese lema que Kast invoca y que está, lamentablemente todavía, en el escudo oficial de Chile: “por la razón o la fuerza”. Es decir, sino tengo la razón, aplico la fuerza, pero haré igual lo que quiero.

Chile merece mucho más que eso. Es necesario construir la paz, la armonía social, el desarrollo integral de las personas.

Y para eso, Kast no sirve.