Autor: jaime hales
Jaime Hales asegura que «la DC tomó la decisión de la historia» al apoyar a Jeannette Jara
Lo que falta en la campaña
Hoy no hay contenidos con visión de futuro y todo se queda en ciertas consignas que acomodan lo vigente, mejorando un poco las condiciones de “la gente”, así vagamente, olvidando a las personas que están tras cada rótulo.
La campaña presidencial se ha convertido en un compendio de lugares comunes, donde la discusión se hace insuficiente para los problemas reales de las personas. El ser humano no se agota en la satisfacción de las necesidades básicas, aunque sin satisfacerlas parece difícil avanzar hacia una meta de desarrollo integral. Pero sin una mirada y un proyecto que nos conduzcan hacia ese desarrollo, los discursos son sólo paliativos o vanas promesas.
Hablemos de felicidad
El periodista Juan Pablo Cárdenas, en un artículo reciente, echa de menos en los discursos de campaña la palabra felicidad.
Y así es: esta palabra parece estar prohibida en la política, sobre todo después de que, como él lo recuerda, se prometiera en 1988 que “la alegría ya viene”.
Esa vez estábamos alegres con la derrota del dictador, pero debimos aguantarlo un año y medio más, mientras la represión se mantenía en muchos niveles. En 1989 fueron derrotados los candidatos derechistas, pero quien fue dictador se mantuvo como comandante en jefe del Ejército primero y después como senador en virtud de haberse autodesignado “Presidente de la República”. Nunca fue elegido para ese cargo y la única vez que postuló lo hizo sin contendor, y como dijo el Fortín Mapocho, “Corrió solo y llegó segundo”.
Durante los primeros 16 años de la Concertación hubo momentos alegres e importantes avances cuantitativos (como la derrota de la extrema pobreza y otras importantes marcas macroeconómicas), pero ellos no se distribuyeron como la mayoría del país esperaba.
La disputa entre “auto flagelantes” y “autocomplacientes” de la Concertación, los que querían más y los que estaban satisfechos con ejercer el poder, terminó en un descontento que se fue acumulando hasta que explotó en 2019. En mi reflexión, cuando se optó por el camino de aceptar el plan de Pinochet en lugar de seguir presionando para su salida, anticipaba esa expresión de rebeldía, pero la imaginaba incluso antes.
La decepción creciente
Los que eran jóvenes en 1988 y los nacidos después, no lograban entender que no se consiguieran espacios democráticos profundos y que las personas se vieran sometidas a situaciones tan duras que les impedían desarrollarse.
La decepción se manifestó claramente en la campaña de 2006, luego de 16 años y tres presidentes, cuando a Michelle Bachelet le costó ganar (pero ganó); cuatro años después entregó el poder a Piñera, el candidato de la derecha. El desencanto con los políticos llevó a que Piñera, el derechista, devolviera el poder a Bachelet al terminar su mandato. Y como coronación, Bachelet le devolvió la banda presidencial al mismo líder de la derecha.
Y entonces vino la explosión de muchos sectores, con el sabido curso de los acontecimientos. Y Piñera le entregó el gobierno a Boric.
Se han perdido la esperanza, el entusiasmo, la alegría y la confianza. La decepción es continua, de unos y otros, simplemente porque el mundo de los políticos ha olvidado lo fundamental: las personas y su entorno. Y junto con eso se ha perdido de vista el derecho de las personas a ser felices, es decir, no sólo a satisfacer las necesidades básicas, sino sobre todo a ser capaces de expandir las propias posibilidades de realización, de sentirse con planes y proyectos, de vivir la experiencia de algo más que trabajar para poder comer.
No hay proyecto de sociedad
La alegría, el desarrollo de las personas de un modo integral, la expectativa de una sociedad más feliz, conlleva un proyecto de vida en sociedad que hoy todos han guardado en cajones o simplemente se han abierto paso los que carecen de una mirada más profunda de la realidad. Eso es lo que falta en esta campaña: proyectos de sociedad que involucren a las personas.
Hace unos días, en un debate de candidatos derechistas, uno de ellos, ya ni recuerdo cual, dijo: “Si en algo estamos de acuerdo los cuatro, es que hay que terminar con este gobierno fracasado”. Es decir, su objetivo no es mejorar sustantivamente la forma de vivir de los chilenos, sino simplemente terminar con un gobierno que ellos consideran que lo ha hecho mal. Su precario análisis no registra que el gobierno terminará de todos modos, porque se cumple el plazo.
Se presentan ante el país (“la gente”, se dice ahora, para no usar la palabra pueblo) ofreciendo soluciones para las urgencias y para los que sustentan sus campañas: menos impuestos, más asistencialismo, menos controles en el área económica, menos acción propositiva del Estado y más represión (para lo único que les sirve el Estado) fortaleciendo a las instituciones armadas, incluida la policía.
La sonrisa y el programa: algunas preguntas
Frente a ellos está Jeannette Jara, con su sonrisa y su amabilidad, tratando de generar una imagen positiva y suave, pese a que ganó su posición de candidata con un programa claramente radical, que respondía a las convicciones de los intelectuales del Partido Comunista.
Está claro que o no leyó su programa o no entendió lo que leía. Y ese “programa ganador”, hoy trata de ser acomodado por los demás integrantes del comando, aunque Carmona no le da tregua, culminando sus insistencias al decir que en el programa que se está presentando no hay más que lineamientos generales, pero que ellos no han renunciado a todo lo demás contenido en su propuesta original.
¿Cómo se condicen la reforma que fortaleció el sistema previsional pinochetista, que le dio a las AFP un 60% más de ingresos y más plazos, con la idea de eliminar las administradoras privadas? ¿Puede ser la candidata de continuidad del gobierno alguien que milita en un partido político que no cesa de oponerse a proyectos del actual mandatario y criticar a quienes han conducido la política económica? ¿Será su gobierno, si gana, algo parecido a la Concertación, a los gobiernos de Bachelet y lo aplicará sin ministros que respondan a lo que su partido propone?
La coalición electoral sin contenidos
La Democracia Cristiana y el autodenominado “socialismo democrático” (PPD, PS y radicales) han renunciado a proponer sus contenidos doctrinarios, a formular propuestas que tengan lo que ha sido propio de ellos en el pasado: una visión de sociedad.
Si no sabemos hacia dónde vamos como país, puede dar lo mismo a quien elijamos, porque en definitiva será alguien que tratará de aplicar paliativos ante los problemas sin enfrentar la solución desde la raíz. Y así, uno tras otro, podrán ir prometiendo eficiencia, eficacia, “hacer las cosas bien”, sin que nada de eso permita avanzar hacia una nueva realidad como sociedad.
Esta coalición nueva es una aproximación pragmática para obtener resultados electorales, tratando de ganar diputados y senadores, pero con la casi certeza de que su candidata a la presidencia difícilmente ganará. Pues si consigue pasar a segunda vuelta, lo que es muy probable, no tendrá de donde sacar apoyos para incrementar su votación.
En busca de un sueño que se haga realidad
Cuando propuse a la Democracia Cristiana ser su candidato presidencial en representación de un sector del partido, ubiqué a las personas y sus comunidades en el centro de la propuesta, entendiendo que desde allí se construye lo nuevo, lo justo, lo liberador, apuntando a una solidaridad activa que pueda permitir conseguir satisfacer necesidades básicas, reorientando recursos, para trabajar por la felicidad como meta.
Son las personas concretas las que requieren de una convocatoria a construir soluciones, en las cuales el resultado se consigue en acciones comunitarias. Eso para todo: desde la seguridad hasta la salud, desde la educación hasta el desarrollo productivo, desde el respeto a la ley hasta la expansión de la creatividad.
Hoy no hay contenidos con visión de futuro y todo se queda en ciertas consignas que acomodan lo vigente, mejorando un poco las condiciones de “la gente”, así vagamente, olvidando a las personas que están tras cada rótulo.
Hoy no hay contenidos con visión de futuro y todo se queda en ciertas consignas que acomodan lo vigente, mejorando un poco las condiciones de “la gente”, así vagamente, olvidando a las personas que están tras cada rótulo.
La campaña presidencial se ha convertido en un compendio de lugares comunes, donde la discusión se hace insuficiente para los problemas reales de las personas. El ser humano no se agota en la satisfacción de las necesidades básicas, aunque sin satisfacerlas parece difícil avanzar hacia una meta de desarrollo integral. Pero sin una mirada y un proyecto que nos conduzcan hacia ese desarrollo, los discursos son sólo paliativos o vanas promesas.
Hablemos de felicidad
El periodista Juan Pablo Cárdenas, en un artículo reciente, echa de menos en los discursos de campaña la palabra felicidad.
Y así es: esta palabra parece estar prohibida en la política, sobre todo después de que, como él lo recuerda, se prometiera en 1988 que “la alegría ya viene”.
Esa vez estábamos alegres con la derrota del dictador, pero debimos aguantarlo un año y medio más, mientras la represión se mantenía en muchos niveles. En 1989 fueron derrotados los candidatos derechistas, pero quien fue dictador se mantuvo como comandante en jefe del Ejército primero y después como senador en virtud de haberse autodesignado “Presidente de la República”. Nunca fue elegido para ese cargo y la única vez que postuló lo hizo sin contendor, y como dijo el Fortín Mapocho, “Corrió solo y llegó segundo”.
Durante los primeros 16 años de la Concertación hubo momentos alegres e importantes avances cuantitativos (como la derrota de la extrema pobreza y otras importantes marcas macroeconómicas), pero ellos no se distribuyeron como la mayoría del país esperaba.
La disputa entre “auto flagelantes” y “autocomplacientes” de la Concertación, los que querían más y los que estaban satisfechos con ejercer el poder, terminó en un descontento que se fue acumulando hasta que explotó en 2019. En mi reflexión, cuando se optó por el camino de aceptar el plan de Pinochet en lugar de seguir presionando para su salida, anticipaba esa expresión de rebeldía, pero la imaginaba incluso antes.
La decepción creciente
Los que eran jóvenes en 1988 y los nacidos después, no lograban entender que no se consiguieran espacios democráticos profundos y que las personas se vieran sometidas a situaciones tan duras que les impedían desarrollarse.
La decepción se manifestó claramente en la campaña de 2006, luego de 16 años y tres presidentes, cuando a Michelle Bachelet le costó ganar (pero ganó); cuatro años después entregó el poder a Piñera, el candidato de la derecha. El desencanto con los políticos llevó a que Piñera, el derechista, devolviera el poder a Bachelet al terminar su mandato. Y como coronación, Bachelet le devolvió la banda presidencial al mismo líder de la derecha.
Y entonces vino la explosión de muchos sectores, con el sabido curso de los acontecimientos. Y Piñera le entregó el gobierno a Boric.
Se han perdido la esperanza, el entusiasmo, la alegría y la confianza. La decepción es continua, de unos y otros, simplemente porque el mundo de los políticos ha olvidado lo fundamental: las personas y su entorno. Y junto con eso se ha perdido de vista el derecho de las personas a ser felices, es decir, no sólo a satisfacer las necesidades básicas, sino sobre todo a ser capaces de expandir las propias posibilidades de realización, de sentirse con planes y proyectos, de vivir la experiencia de algo más que trabajar para poder comer.
No hay proyecto de sociedad
La alegría, el desarrollo de las personas de un modo integral, la expectativa de una sociedad más feliz, conlleva un proyecto de vida en sociedad que hoy todos han guardado en cajones o simplemente se han abierto paso los que carecen de una mirada más profunda de la realidad. Eso es lo que falta en esta campaña: proyectos de sociedad que involucren a las personas.
Hace unos días, en un debate de candidatos derechistas, uno de ellos, ya ni recuerdo cual, dijo: “Si en algo estamos de acuerdo los cuatro, es que hay que terminar con este gobierno fracasado”. Es decir, su objetivo no es mejorar sustantivamente la forma de vivir de los chilenos, sino simplemente terminar con un gobierno que ellos consideran que lo ha hecho mal. Su precario análisis no registra que el gobierno terminará de todos modos, porque se cumple el plazo.
Se presentan ante el país (“la gente”, se dice ahora, para no usar la palabra pueblo) ofreciendo soluciones para las urgencias y para los que sustentan sus campañas: menos impuestos, más asistencialismo, menos controles en el área económica, menos acción propositiva del Estado y más represión (para lo único que les sirve el Estado) fortaleciendo a las instituciones armadas, incluida la policía.
La sonrisa y el programa: algunas preguntas
Frente a ellos está Jeannette Jara, con su sonrisa y su amabilidad, tratando de generar una imagen positiva y suave, pese a que ganó su posición de candidata con un programa claramente radical, que respondía a las convicciones de los intelectuales del Partido Comunista.
Está claro que o no leyó su programa o no entendió lo que leía. Y ese “programa ganador”, hoy trata de ser acomodado por los demás integrantes del comando, aunque Carmona no le da tregua, culminando sus insistencias al decir que en el programa que se está presentando no hay más que lineamientos generales, pero que ellos no han renunciado a todo lo demás contenido en su propuesta original.
¿Cómo se condicen la reforma que fortaleció el sistema previsional pinochetista, que le dio a las AFP un 60% más de ingresos y más plazos, con la idea de eliminar las administradoras privadas? ¿Puede ser la candidata de continuidad del gobierno alguien que milita en un partido político que no cesa de oponerse a proyectos del actual mandatario y criticar a quienes han conducido la política económica? ¿Será su gobierno, si gana, algo parecido a la Concertación, a los gobiernos de Bachelet y lo aplicará sin ministros que respondan a lo que su partido propone?
La coalición electoral sin contenidos
La Democracia Cristiana y el autodenominado “socialismo democrático” (PPD, PS y radicales) han renunciado a proponer sus contenidos doctrinarios, a formular propuestas que tengan lo que ha sido propio de ellos en el pasado: una visión de sociedad.
Si no sabemos hacia dónde vamos como país, puede dar lo mismo a quien elijamos, porque en definitiva será alguien que tratará de aplicar paliativos ante los problemas sin enfrentar la solución desde la raíz. Y así, uno tras otro, podrán ir prometiendo eficiencia, eficacia, “hacer las cosas bien”, sin que nada de eso permita avanzar hacia una nueva realidad como sociedad.
Esta coalición nueva es una aproximación pragmática para obtener resultados electorales, tratando de ganar diputados y senadores, pero con la casi certeza de que su candidata a la presidencia difícilmente ganará. Pues si consigue pasar a segunda vuelta, lo que es muy probable, no tendrá de donde sacar apoyos para incrementar su votación.
En busca de un sueño que se haga realidad
Cuando propuse a la Democracia Cristiana ser su candidato presidencial en representación de un sector del partido, ubiqué a las personas y sus comunidades en el centro de la propuesta, entendiendo que desde allí se construye lo nuevo, lo justo, lo liberador, apuntando a una solidaridad activa que pueda permitir conseguir satisfacer necesidades básicas, reorientando recursos, para trabajar por la felicidad como meta.
Son las personas concretas las que requieren de una convocatoria a construir soluciones, en las cuales el resultado se consigue en acciones comunitarias. Eso para todo: desde la seguridad hasta la salud, desde la educación hasta el desarrollo productivo, desde el respeto a la ley hasta la expansión de la creatividad.
Hoy no hay contenidos con visión de futuro y todo se queda en ciertas consignas que acomodan lo vigente, mejorando un poco las condiciones de “la gente”, así vagamente, olvidando a las personas que están tras cada rótulo.
Lo hermoso y lo terrible
Las guerras de Ucrania y de la Franja de Gaza, el resurgimiento electoral de los grupos que promueven activamente el belicismo, la segmentación étnica, la persecución de los inmigrantes, sumado todo eso a las situaciones difíciles derivadas del crimen organizado y el comercio de la droga, agudizan las tensiones al interior de las sociedades occidentales.
Por Jaime Hales Dib
Publicado el 6.9.2025
La comunidad Palestina de Chile y el Club Palestino han convocado a los poetas residentes en el país a un concurso temático: «Palestina: Paz y Justicia».
Yo sé que es una reiteración que puede parecer innecesaria, porque sin justicia no puede haber paz. Pero la idea de los convocantes es unir la expresión para que nos desliguemos de las versiones de la paz en las que uno domina a otro, lo que alguien llamó «la paz de los cementerios».
Se invita a poetas con libros publicados y también a los poetas que nunca han publicado, calificados en categorías distintas. Un jurado excepcional integrado por Diamela Eltit, Luis Zaror, Theodoro Elssaca, Faride Zerán, Isabel Baboun y Ana Harcha, tendrá la tarea de seleccionar a los ganadores, que serán publicados en un libro.
Esta iniciativa, que está teniendo buena respuesta, pretende fortalecer la conciencia de que la violencia instalada hace ya tantos años en la llamada Tierra Santa, en la Palestina histórica, debe detenerse y hacerse justicia. Por cierto, lo verdaderamente justo debiera ser la unidad del territorio palestino como era antes de la decisión de partirlo en dos.
Pero eso es casi imposible. Por ahora, los palestinos luchan por tres cosas: primero, recuperar el territorio asignado por Naciones Unidas; segundo, conseguir la paz con el vecino forzado; tercero, impulsar un proceso de desarrollo que permita al pueblo obtener su merecido bienestar.
La brutalidad de la violencia es tanta que cada vez más se extienden movimientos por el mundo pidiendo por la paz. Y en esa tarea, lo primero es que la guerra se detenga y luego buscar todos los entendimientos. Judíos del mundo entero claman en las calles de muchas ciudades: «En nuestro nombre no», para decir a los dirigentes de Israel que ellos actúan por sí mismos y no para defender a los judíos.
En el propio Israel y en muchos lugares, los manifestantes quieren el fin de la guerra y grandes intelectuales de la nación hebrea alzan sus voces contra el intento de exterminación de los palestinos promovido por el actual gobierno de Netanyahu.
Y en este contexto, artistas plásticos, cineastas, escritores del mundo entero se están expresando con su creatividad. Hay que detener la violencia cuanto antes. Lo piden en todo el mundo.
Los valores fundamentales de una sociedad armónica
Faltan, sin embargo, los gobiernos de los países más ricos, de mayor potencial bélico, de mayor poder en el planeta. Ninguno de ellos se está jugando por terminar esta situación. ¿Qué esperan? ¿Cuántos muertos más tendrá que haber? ¿O están esperando la eliminación completa de los palestinos?
Con todo, miro con pena y hasta angustia lo que sucede en el mundo. Las guerras y la violencia copan el escenario. En Estados Unidos se vive la irrupción de los sectores más conservadores, con el silencio ominoso de los que perdieron la elección y la estupefacción de los intelectuales que se ven incapaces de reaccionar.
Medidas brutales por temas muy variados sólo para demostrar el poder de un presidente que quiere recuperar el estilo imperialista que dominó en la primera mitad del siglo XX, en el estilo de esos conquistadores del oeste que a punta de pistola resolvían sus conflictos, ocupaban territorios en los que vivían comunidades antiguas, arrasaban con las culturas que no comprendían.
La guerra de Ucrania, el resurgimiento electoral de los grupos que promueven activamente el belicismo, la segmentación étnica, la persecución de los inmigrantes, sumado todo eso a las situaciones difíciles derivadas del crimen organizado y el comercio de la droga, agudizan las tensiones.
Son las resistencias de quienes quieren mantener un orden injusto, gobernar sin contrapesos, todo ello en una especie de desesperación a partir del creciente despertar de muchos sectores por la necesidad de la paz y la justicia.
Estamos en un punto crucial, en los años de las máximas tensiones. Por ello, es indispensable que quienes trabajamos con el arte, sobre todo los poetas, pongamos énfasis en nuestro trabajo respecto de los valores fundamentales de una sociedad armónica: paz, solidaridad, justicia, respeto por las personas.
Ante lo terrible que sucede, la construcción de lo hermoso parece ser indispensable.
Podríamos gritar por las calles: ¡Artistas de todas las artes, poetas de todas las formas, músicos y actores, unidos construiremos un mundo mejor!
Cuando se hacen concursos de poesía, como el que señalé, más allá de esa causa específica, lo que se está haciendo es llamar a las personas a tomar conciencia del papel propio que cada uno puede jugar en hacer el mundo, su mundo, un poco mejor cada día.
A lo terrible, opongamos lo hermoso. Ante la destrucción, propongamos creación. Ante el miedo, actuemos con amor.
POESÍA AMOR Y NUEVO MUNDO
El amor es el gran tema de la poesía del último milenio.
Como decía una joven poeta antes de leer sus textos hace
unos días, muchas veces tratan del desamor, del dolor del
amor, de la pérdida, del vacío. Y también los hay de alegría, de la
vivencia exitosa. O del recuerdo que se acaricia con esa nostalgia
hermosa que nace de los profundos sentimientos que han ido
anidando en el interior de cada uno.
En una época en que la violencia y el miedo se alzan como
argumentos de los que no quieren el cambio, la poesía ha ido
quedando postergada de los titulares. Por eso ha sido interesante
la iniciativa de la comunidad palestina de Chile de llamar a un
concurso de poesía en que el tema es la paz y la justicia en torno
a Palestina. Donde se enseñorean la guerra, el dolor, el hambre y
la injusticia, lo que se requiere es palabra de luz, de amor, de año-
ranza, de buenos deseos. Y la poesía puede aportar eso.
En medio de las convulsiones del mundo actual, nos pregun-
tamos con los poetas del amor: ¿Qué es el amor? ¿Cómo es el
amor? ¿Cuáles son las exigencias que nos plantea? Porque la
primera constatación acuariana es descubrir que ya no es obli-
gación amar a dios. Él no necesita que lo amemos, sino que lo
mágico es que él nos amó primero, poniendo en nuestra esen-
cia una semilla de su propia divinidad. Entonces nuestra tarea es
amar a nuestro entorno como él nos ha amado: poniendo ternu-
ra, creatividad, protección, nutrición, impulso, pasión.
El majestuoso poeta de la vida, Gonzalo Rojas, se pregunta:
“¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida o la
luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué es eso: amor?”
Silvio Rodríguez nos traduce la tarea del creador: “Debes amar la
arcilla que va en tus manos./ Debes amar su arena hasta la locura./
Y si no, no la emprendas que será en vano:/ sólo el amor alumbra lo
que perdura,/ sólo el amor convierte en milagro el barro.”
Busco en mi biblioteca y leo a Gioconda Belli, a la mexicana
Lina Zerón, entre mis apuntes reviso mis propios poemas, tantas
veces leídos en voz alta, y publicados en una quincena de libros
y muchas antologías.
El amor es una dimensión que acompaña al ser humano en su
proceso de desarrollo integral que cada vez adquiere más fuerza
e importancia. Pues ese amor que se da entre seres concretos y
no abstractos, en el entorno directo como son la pareja, los hijos,
los amigos, los parientes, los compañeros de jornada, aquellos
con quienes nos unen las emociones, el cuerpo, el pensamiento
y el espíritu, no es ni más ni menos que el más poderoso motor,
que se provee a sí mismo del combustible necesario, para mover
los deseos, las expectativas, las ideas, la transformación de las
personas y los cambios en la sociedad.
El amor es ni más ni menos que el mayor impulso al progreso
humano, en la medida que decimos “no al miedo y si al amor”. La
tarea que nos nace es sembrar amor para combatir el miedo y
de ese modo frenar el odio y la violencia de quienes quieren ser
dominadores. La valoración de mí y mi expresión hacia el exte-
rior se expresará como la forma suprema del amor y del enten-
dimiento, visto no desde la perspectiva individual sino personal,
es decir, de mi presencia en el mundo en relación activa y cons-
tante con los otros como yo. Sólo amo de verdad, cuando me
amo; sólo amo lo que ya he conocido.
Conozco al otro y me reconozco en el él y a él en mí.
En el mundo que estamos construyendo, en el Acuario que
nace, el amor se expresará en diversas dimensiones: como rea-
lidad social, y lo llamaremos solidaridad. Actos de amor por los
que no conozco, aunque conozca la realidad global de esas per-
sonas. Como realidad grupal, y lo llamaremos amistad o herman-
dad o amor filial. Como realidad de pareja. Y todo en un solo acto.
Repito entonces: en este proceso hermoso, la poesía juega
un rol fundamental. Parece que sutilmente se abre el tiempo
para que los poetas seamos leídos y escuchados.
Mi camino
Jaime Hales
Texto para ser leído en el
Festival Mente, Cuerpo y Alma (MCA),
el 22 de agosto de 2005,
con ocasión del “Homenaje a la trayectoria”
para Pedro Engel, Jaime Hales y Gonzalo Pérez.
Cuando Edgardo y Joyce me escribieron para contarme que harían este reconocimiento a la
trayectoria de los que ellos llaman “los tres magos”, me costó creerlo.
Descubrí hace muchos años que parte de mi tarea es trabajar, colaborar con otros, sin buscar
reconocimiento ni premios. Lo conversé con Maru, la mujer que amo y con quien comparto las
aventuras, desvelos y esperanzas en la recta final. Ella me dijo: “está bien, si eres humilde, debes
aceptarlo. Y si no lo eres, te pondrás contento de que te reconozcan”. Quizás no lo dijo
exactamente así, pero me di cuenta que ese pensamiento representaba lo que sentía: sin hacer
las cosas para ser reconocido, me siento contento cuando eso sucede.
Agradezco a Edgardo y Joyce y al equipo de MCA por organizar este acto. Y a todos los presentes
por estar aquí. Agradezco a mis compañeros de ruta, a quienes amo y a todos quienes, queriendo
o no, sabiendo o no, han ido contribuyendo a que se forjara en mí la persona que soy. Soy quien
soy, con todos mis defectos y con todos mis atributos, con mi fuerza y mi alegría, con mis torpezas,
con mis éxitos y derrotas, con mis contradicciones y mi compromiso intransable con la vida
humana y las personas que me rodean. Pude haber sido distinto, tal vez mejor, tal vez peor.
Pero los vaivenes, las dudas, las confianzas, los errores y los aciertos de mis decisiones, me han
llevado a esta tarde emocionante, en la que – mientras el Sol transita de Leo a Virgo, mi
ascendente, acompañado de la Luna – debo reconocer que espero aún seguir haciendo muchas
cosas y estoy lejos de querer terminar mi recorrido por la vida actual.
Nací en la primera mitad del siglo pasado, el primer día del año astrológico, el mismo año en que
por primera vez el sol despuntaba teniendo como fondo la constelación de Acuario.
Miro hacia atrás mi vida y me detengo en mi presente. Debo reconocer que es altamente probable
que lo que me queda por vivir sea menos de lo ya vivido en esta encarnación. Al observar mi vida
actual, me doy cuenta que las tareas pactadas por mi alma al resolver encarnar, están casi todas
ya cumplidas.
- He logrado rescatar muchos de los conocimientos que mi alma había previsto traer para
esta vida; - he logrado trasmitir, a quienes necesitaban aprender, los conocimientos necesarios;
- he logrado dar las luchas que las circunstancias me pusieron por delante;
- he conseguido disminuir el grado de control que me sentía tentado a ejercer.
- Supe reconocer cuándo renunciar a las ambiciones de dinero y poder.
- He escrito la mitad de lo que debo escribir, así es que me estoy apurando.
- Aprendí a distinguir los cambios, a impulsar los que me correspondía y a aceptar los que
no podía evitar. - Reconocí las señales que mi alma dejó y las que los demás me fueron dando.
- Permití que la rueda girara libremente y asumí la tarea de la magia con toda la
responsabilidad que me ha sido posible. - Entendí, ya muy avanzada la edad, la diferencia entre los brujos y los magos.
o Los brujos nacen con dones y simplemente deben ejercerlos.
o Los magos deben preparare para despertar las energías interiores, estudiar,
observar, trabajar en sí mismos, orar y escuchar a los demás.
o Para un mago todos sus interlocutores son maestros en alguna medida, porque de
cada persona algo deben aprender.
o Y me he preparado para ser mago, debiendo hacer el esfuerzo de conocerme a mí
mismo, intentar asumir y corregir mis dificultades, asumir mis habilidades y
virtudes, rectificar lo necesario, aceptar lo que no puedo cambiar y cambiar en
todo lo que es necesario.
Siendo muy niño conocí a los ángeles. Eran energías maravillosas que se me presentaban como
amigos, seres luminosos que me iban guiando por caminos difíciles. Las tareas a las que me
comprometí necesitan de ayuda de los ángeles: me enseñaron a ver, a distinguir, a recordar, a
confiar. Al comienzo, los ángeles me parecían ser compañeros de juego o tomaban la forma de mi
tía Alia y entonces le contaba a mi mamá que ella había venido a verme, lo que no era así.
Recuerdo, con una claridad asombrosa, cuando me di cuenta, por primera vez, a los tres años más
o menos, de la presencia de mi ángel protector, no confundiéndolo con nadie: Yo estaba en la casa
de mis abuelos en Traiguén. Mi abuelo jugaba al ajedrez y yo miraba. Mi abuela encendió las luces
de la galería y entonces vi en el pasillo una luz preciosa que rodeaba a una figura humana. Ninguno
de los adultos lo veía. Él se comunicó conmigo sin emitir sonidos. Sus mensajes entraban en mi
mente directamente y supe que este hecho debería callarlo, pues nadie lo creería. Después me
dijo su nombre: Leliel. Hoy, tantos años después, me atrevo a contarlo ante ustedes, que pueden
creerme o no, pero a mi edad tengo el deber de contarlo todo.
Desde aquella vez he aprendido a invocar a los ángeles y a tener respuestas para muchas cosas
que en mi vida parecían inexplicables. Supe que todos los humanos tenemos, al menos, un ángel
protector y junto a él muchos otros que nos pueden auxiliar en tareas concretas. Pero que para
eso debemos invocarlos, pedir, asumir con fe que ellos pueden llegar hasta nosotros.
Leliel me ha hablado de muchas cosas que supe sin haber estudiado y que al correr del tiempo he
ido confirmando. Siendo pequeño me habló de Metatrón, el arcángel que alguna vez fue humano
y llegó a ser de los más importantes. Con su luz de tonos azulados pude reconocerlo cuando
exploré, bajo la dirección de Ronald Schulz, algunas de mis primeras regresiones. Supe luego de
otro maestro, Enael, que es el que me guía por terrenos más intelectuales. Cuando hablo de esto
en otros lugares, me refiero meramente a la intuición. Pero yo sé que esa intuición no es más que
la disposición a escuchar lo que las voces de estos emisarios protectores nos quieren decir.
A ellos me consagro con cada lectura de Tarot o terapia de Vida Pasada. Sin ellos, mi trabajo sería
como una campana que no suena, un río sin agua, un árbol sin raíces.
En el mundo de hoy, ante la inmensidad del universo y la magnitud del tiempo, cada uno de
nosotros es pequeño y aparentemente insignificante. Nuestra sola existencia humana acrecienta
mi fe en la divinidad y me hace asumir que si uno de nosotros no existiera, el mundo no sería el
mismo.
Supe del alma y la reencarnación, sin ser capaz de poner nombre a cada cosa.
Siendo muy niño, alrededor de los siete años, ya sabía que las personas con las que me estaba
relacionando eran muy relevantes para mí.
Sentía a mi madre como alguien a quien conociera desde hacía mucho tiempo y yo la miraba con
admiración. Ella me parecía una especie de reina misteriosa cuya sonrisa albergaba muchas
emociones que sentía contradictorias. A ratos percibía que ella tenía una preocupación exagerada
por mí, como si yo fuera su preferido, pero en cualquier momento aparecía una sensación curiosa,
como si le provocara cierto temor
Muchos años después, a pedido de mi madre, un joven astrólogo y psicólogo leyó mi carta astral
y le hizo un informe que encontré entre sus papeles al morir ella. En él, el astrólogo, de nombre
Gonzalo Pérez, que no me conocía entonces, le advertía que yo pasaría muchos pesares, pero que
ya había soportado las pruebas más difíciles y había elegido el camino correcto. La violencia estaba
situada en las antípodas, pero faltaban algunos acontecimientos para empujarme al cumplimiento
de las tareas más importantes, que tendrían que ver con la trascendencia.
Cuando leí el informe recordé algo que una astróloga que vivía en Puerto Cisnes, muy al sur de
Chile, le había dicho a mi madre cuando yo aún no cumplía un año: “este niño no morirá sin
cumplir con lo que tiene que hacer y puede ser un mago si decide prepararse y si tú Adela, como
su mamá, decides ayudarlo”. Ella escribió eso en una carta para mí mientras me debatía entre la
vida y la muerte a los 9 años; nunca me la entregó, sólo la conocí al empezar la adolescencia
cuando la encontré en las páginas del libro “La Astrología como ciencia Oculta”, del músico Oskar
Adler.
Desde pequeño supe que había vivido otras vidas.
Cuando leía historias en libros para niños mayores que yo, cuando veía películas que trataban de
la edad media o antes, cuando estudiaba sobre la historia del mundo y tiempos inmemoriales,
cuando leía los evangelios a los seis o siete años, yo sabía que había muchas cosas que conocía de
antes, que mi alma sabía, que mi cerebro recordaba o reconocía, que lo más probable era que
hubiera vivido otras vidas.
Un compañero de colegio, como a los 12 años, me dijo: “eso se llama reencarnación y está
prohibido por la Iglesia”. Y poco tiempo después el padre Daniel, a quien le decíamos “corchito”,
dijo en un retiro algo que para mí fue clave: “Hay veces que prohibimos cosas, porque no sabemos
su alcance, porque les tenemos miedo y porque no sabemos que harán las personas con esas
ideas”.
¡Así supe que era verdad la reencarnación!
¿Cuáles fueron las influencias iniciales y las más relevantes?
Estaba en Traiguén. Hubo noches inolvidables: Sólo tenía cinco años cuando desde la pieza en que
dormía junto a mi hermano escuchaba a mi madre, Adela Dib, a mi tía Alia y a mi tío Omar, leer
en voz alta un libro y luego comentarlo. Un día le pregunté a mi mamá por el título del libro: “En
busca de lo milagroso”, me dijo. “¿Y qué es lo milagroso?”, insistí. No tuve respuesta.
El accidente de los 9 años – al que sobreviví como es evidente – marcó para siempre mi vida, no
sólo por un dolor persistente en la pierna izquierda, que me acompaña hasta el día de hoy, un
dolor que me hace recordar la historia de Quirón, sino porque empecé a ver realidades nuevas e
incursioné en los libros que poblaban la biblioteca de mis padres.
A los 9 años accedí al libro de Quirología de Joseph Ranald y luego comencé a hurgar en otros
libros y autores: la autobiografía de Paramahansa Yogananda, los libros de Herman Hesse, Gustav
Meynrick, Jung y Lobsang Rampa, que me desafiaron a lecturas que, por cierto, no entendía en
toda su dimensión, pero que agitaban mi alma a extremos de que más de alguna vez sentí que me
volvía loco con tanta información, con tantas inquietudes y emociones que me sacudían. Éste era
el terreno de mi madre.
Esas lecturas las alternaba con los libros de historia, los diarios, las revistas que hablaban de
política y de fútbol. Éste era el terreno de mi padre, con quien me sentía muy lejano de niño, pero
a quien fui conociendo con el paso de los años, hasta llegar a valorarlo en toda su integridad, poco
antes de que él muriera, mientras yo estaba a 9.000 kilómetros.
Miro desde la altura del tiempo mi trayectoria y busco los nombres de las personas que más
influyeron en mí. Fueron muchas, de quienes fui bebiendo la savia de la vida, unos para insertarme
en lo concreto de las urgencias vitales y otros para conducirme sutilmente hacia la espiritualidad,
la creación, ciertas formas de religiosidad, la experiencia de las emociones, a todo lo que oliera a
misterio. En casa de mis padres conocí a mucha gente interesante, como Oscar Ichazo, Miguel
Serrano y grandes dirigentes políticos de Chile y de otros países. Recuerdo haber estado presente
en una conversación acerca de Jung en los días posteriores a su muerte. Participaban, además de
mi madre, Miguel Serrano y otras personas cuyos nombres no recuerdo. Me parece que estaba
Lola Hoffman. Yo tenía 15 años y estaba pasando por un momento muy intenso, a partir del cual
Jung, junto a Nietszche y Kafka, se convirtieron en referentes muy importantes.
Gurdjieff y Ouspensky estaban siempre como una sombra rondando. Rescataba todo lo valioso
del pensamiento de esos dos hombres y sus seguidores, pero en definitiva sentí que
representaban el último grito de defensa de Piscis, la Era que estaba muriendo.
Recuerdo a aquellos profesores de historia – don Octavio Montero, don Roberto Hernández, doña
Julia Peñaloza – que me conectaron con todo el desarrollo de la humanidad; a Gastón Soublette,
mi profesor de música en primero de humanidades; y a Ricardo Contreras ese profesor de
Castellano que me incitó a escribir, cuando se dio cuenta de que me gustaban la poesía, los
cuentos de autores chilenos y las novelas policiales.
Siempre en el colegio – varios colegios, porque más de una vez fui expulsado – rindo tributo a
Jaime Blume Sánchez, Gerardo Joannon y Pablo Fontaine y a través de ellos a todos, sí, bien digo,
a todos los profesores de los últimos tres años escolares y a la gran mayoría de mis compañeros.
Aunque yo era distinto de todos, con otras ideas, muy rebelde, agrandado tal vez, ariano en cierta
vocación de liderazgo, con mi Piscis en la casa seis dando sentido de sacrificio a todo cuanto hacía,
con un stelllium de gran intensidad en la casa doce y Urano en el medio cielo, me sentí querido
por mis compañeros, pese a todo ello, respetado y valorado por mis profesores.
Fue en esos años cuando tuve por primera vez cierta conciencia de la trascendencia, de la
expansión de mi espiritualidad y de la exigencia profunda de inserción en la sociedad en la que
debería cumplir mis tareas de aprender, enseñar, luchar y servir y, sobre todo, amar. A los 18 años
logré saber eso de mí. Por eso entré al seminario de los sagrados corazones. Y por esas mismas
razones, un año después me retiré.
Después fueron apareciendo otros personajes: Claudio Naranjo, de quien fui su paciente en plena
adolescencia y con quien trabé en los años siguientes una relación muy bonita de conversación
fácil y contactos esporádicos. Cuando Claudio se fue a vivir al extranjero me derivó con Lola
Hoffman. Otros dos terapeutas, tal vez sin quererlo, me abrieron puertas al conocimiento
misterioso: la doctora Erika Guzmán (no sé su apellido, porque ella, alemana de nacimiento,
adoptó el de su marido) y Alex Kalawski. Ellos, en diferentes momentos, me hicieron ver que el
desarrollo personal es la expansión de la energía de la trascendencia en el mundo real.
Menciono a cuatro personas a quienes considero muy claves en mi formación y mis
reconocimientos vocacionales: Gustavo Lagos Matus, Jaime Castillo Velasco, la educadora Mary
Marshal, la poeta Rosa Cruchaga.
Al salir de la universidad vino la tragedia del golpe de Estado y los derechos humanos surgieron
delante de mí como una exigencia de supervivencia moral. Fue entonces que figuras como
Roberto Garretón, Patricia Verdugo, Sergio Valech, Enrique Alvear, terminaron de enlazar la
trascendencia con el compromiso real y efectivo en el mundo que estaba viviendo
Podría (o quizás debería) nombrar a tanta gente con la que compartí, con la que trabajé, a la que
defendí en los tribunales, a los que acompañé en el dolor. Podría nombrar incluso a quienes me
interrogaron cuando estuve detenido en la Villa Grimaldi, pues de ellos aprendí lo que no se debe
hacer; podría mencionar a aquel amigo que para salvar la vida de otros me traicionó, pues gracias
a él aprendí a perdonar de verdad. Me refiero a las personas que amé y me amaron; a mis hijos y
hermanos por el solo hecho de existir y estar presentes; a mis camaradas de partido; a los libreros
de San Diego que me proveyeron de materiales cuando lo esotérico era visto con desdén y
sospecha; a mis amigos que he ido acumulando en el tiempo, algunos desde las épocas escolares
y universitarias, más allá de diferencias políticas, ideológicas, profesionales, religiosas y de
cualquier otro tipo. Y a la mujer que me amo, me acompaña y me ayuda con mis escritos.
Todos ellos fueron guiando mis pasos hacia aquel momento en que dejaría la profesión de
abogado para fundar universidades; y luego me alejaría de las universidades para fundar
Syncronía, esa Academia de Estudios Holísticos a la que consagré 25 años, enseñando y
atendiendo personas, abriendo las puertas para que muchos pudieran estudiar.
Algo de lo hecho y de mis convicciones.
Libros de astrología, de poesía, de psicología, sexualidad, religiones, política e historia, todo se iba
agolpando en mí, leía incansablemente y escribía todo lo que podía: cuentos, relatos, anécdotas,
poemas. Hasta dos novelas que quedaron por allí.
Mi vida ha sido de una rebeldía persistente y de una búsqueda incansable. Mi compromiso con
los derechos humanos es una convicción profunda, más allá de las ideas políticas o las alianzas
circunstanciales. Es parte de lo mismo: mi profundo amor por la persona humana, porque entendí
que no debía desgastar energías en “amar a dios”, sino que debía concentrarlas en imitarlo: es
decir, amar a los seres humanos sin distinciones, denunciar lo que atenta contra la vida y defender
a quienes son perseguidos. Con la práctica del derecho, con las banderas políticas, con mis
escritos, con la poesía, con la acogida que puedo prestar a los demás. Mi participación en la
política no fue para tener cargos ni ser candidato a nada. Lo fui, transitoriamente, pero siempre
lo que quería era servir y ayudar.
En la adolescencia comencé a estudiar el tarot, por mi cuenta, leyendo libros, pero sobre todo
mirando las cartas y adentrándome en las reflexiones que ellas me motivaban. Recién a los 40
años, después de estar 25 años en preparación, me atreví a leer el tarot a un consultante. Y no he
dejado de hacerlo hasta hoy.
Después de un breve paso por los grupos inspirados en Gurdjieff y gracias a ellos, me di cuenta
que ése no era mi camino. Intensamente religioso, sentía que todos mis estudios holísticos eran
coincidentes con ser católico, pero los sacerdotes que conocía no lo pensaban así. Por eso
comencé a llevar todo eso en secreto. La excepción fue cuando en cuarto año de humanidades, a
los 16 años, hice en el colegio una exposición sobre la Era de Acuario, invitado por el sacerdote
rector Pablo Fontaine Aldunate. Fui seminarista por poco tiempo y en la biblioteca encontré libros
de “autores prohibidos”, cuando ya el listado de prohibiciones parecía terminar. Supe allí de
autores como Blavatsky, Steiner, Besant, Papus.
Manteniendo los secretos de todos estos intereses, comencé a explorar los temas de mis
encarnaciones previas y a través de libros y conversaciones, me fui aproximando y tuve las
primeras regresiones. El trabajo más importante fue con el doctor Ronald Schulz, con quien
terminamos siendo grandes amigos hasta el momento de su muerte. Trabajamos meses en mis
regresiones y él se las sabía de memoria y recordaba detalles que a veces yo había olvidado.
Luego comencé a acompañarlo en sus investigaciones, semanalmente por un tiempo y luego nos
reuníamos cada quince días al menos, con un temario fijado por él para conversar distintos temas
y formular más y más hipótesis de trabajo. A veces se nos sumaba Sergio Melnick y otras nos
reuníamos con Marta Hermosilla y otras psicólogas. Él no quería discípulos, quería amigos. A su
muerte, pese a que yo había resuelto no estudiar ningún tema nuevo, me di cuenta que podía
contribuir a prolongar su legado.
Fue así que me inscribí en los cursos de Viviana Zenteno, a quien ya conocía por años. Allí aprendí
mucho y sistematicé lo que ya sabía, pudiendo dedicar, desde entonces, parte de mi vida
profesional y laboral a la Terapia de Vida Pasada.
Creo firmemente en la divinidad y en el destino divino que tenemos los humanos. Hemos sido
creados con una semilla divina y nuestra alma trabaja encarnación tras encarnación para llegar
algún día a ser parte consciente de la divinidad misma. Los humanos, seres limitados por el tiempo
y el espacio, estamos llamados a ser los privilegiados en un planeta que ni siquiera conocemos
suficientemente. No siempre podemos hacer todo lo que queremos ni saber todo lo que
ansiamos.
Nuestro mundo es la imagen de quienes somos y, por eso, si queremos un mundo de paz, amor y
felicidad, debemos nosotros ser así y trabajar por eso en nuestro interior. Somos parte de los
privilegiados en la historia de la actual humanidad: los únicos que estamos viviendo con un cierto
grado de conciencia el paso de una Era (Piscis) a la siguiente (Acuario). El cambio es resistido por
los que tienen miedo de perder sus posiciones y quienes los siguen, sometidos a una tiranía de
ideas e intereses. Lograremos sentar las bases sólidas de Acuario, cuando, con la nueva
humanidad que está naciendo y la transformación de la conciencia de quienes hoy vivimos, se
logre reunir la masa crítica suficiente para ello. Ante eso tenemos responsabilidades concretas.
Queridos amigos y amigas presentes en esta sala, amanece un tiempo nuevo.
Y aquí estamos, ustedes, nosotros todos, cada uno, con muchas preguntas, sabiendo que
finalmente todo está en el interior: el alma, el cuerpo, la emoción, la mente, tienen las respuestas
que necesitamos. Estoy convencido, como nos lo enseñó William Blake, de que ningún pájaro
vuela suficientemente alto si lo hace solo con sus propias alas. Por eso me propuse colaborar con
todos los que estaban en mi entorno, con los que llegaban, en este proceso de conocernos cada
uno a sí mismo, compartiendo reflexiones y aprendizajes plasmados en décadas de recorrer
caminos diversos, ejercicios, talleres. Nos hemos encontrado para abrir nuevas puertas y ventanas
hacia el paisaje interior, porque los cambios que el mundo requiere son los cambios de cada uno.
Cada día podemos dar un paso más hacia una nueva manera de vivir, en la que ser feliz no sea una
quimera sino una experiencia conmovedora. Haremos – estamos haciendo – un mundo mejor
desde la armonía de cada uno de nosotros. Porque los avances logrados en nuestro conocimiento
interior se reflejan en la calidad de nuestra contribución a la sociedad. El viejo debate acerca de
la primacía del cambio social o del cambio personal ha perdido vigencia: es el momento de ser
protagonistas.
Los invito a mirarse con amor, con respeto, valorando la trayectoria del alma y la inserción en el
mundo.
Los invito, te invito, a respetar el mundo de cada cual, las personas, las cosas, las plantas, los
animales, cada uno en lo suyo. A tener fe en la trascendencia y en el sentido de la tarea que cada
uno ha venido a cumplir, en alianza tácita y a veces silenciosa con las otras almas con las que
estamos viajando. Los grandes viajes, como nos ha dicho Gonzalo Pérez, no se hacen en solitario.
Despertemos a estos instantes que aparecen constantemente: el despertar no es uno solo, sino
que cada día amanece de nuevo y nos acercamos a una nueva realidad. Ningún día es igual al
siguiente ni al anterior.
Despertemos a este tiempo nuevo en el cual compartimos esperanzas y alegrías, tragedias y
dolores, pero sobre todo la certeza de una felicidad posible para los humanos.
Despertemos en este nuevo amanecer para alzar la voz con entusiasmo por todo lo vivido y por
lo que habremos de vivir.
Con mucho amor.
Santiago, 22 de agosto de 2025
El Premio Nacional de Literatura: Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género
La Sociedad de Escritores de Chile cumplió en eso un sobresaliente papel. Su presidente, Luis Sánchez Latorre fue el dique de contención, combinando amabilidad con seguridad, evitando que la dictadura se ensañara con la SECH como algunos lo pretendieron desde las esferas oficiales. La mayor parte de los escritores eran contrarios al golpe y muchos de ellos pertenecían a los llamados partidos de izquierda.
Sin duda que en eso, Sánchez Latorre fue un extraordinario dirigente. Debemos decirlo: él escribía en Las Últimas Noticias de El Mercurio y eso le servía de escudo, sobre todo porque sus contribuciones en ese medio no eran políticas. Pese a muchas presiones, jamás apoyó a la dictadura.
Cuando entré a la SECH, en 1982, él me dijo: «Hay que fortalecer nuestra comisión de derechos humanos». Me sumé a los esfuerzos que hacían Teresa Hamel y Rebeca Navarro, a quienes apoyaban con gran dedicación la abogada Carmen Hertz —que no era socia— y su pareja el escritor Carlos Cerda.
La dictadura, que carecía de suficientes escritores de mérito, alivianó su carga declarando que el Premio se otorgaría cada dos años e impuso la norma de separar a los escritores entre narradores y poetas, quienes se alternarían en la premiación.
Olvidaba, por supuesto a ensayistas y dramaturgos, porque probablemente no había entre ellos muchos que los apoyaran. Los escritores somos narradores, poetas, ensayistas. Algunos, hasta hemos escrito obras de teatro. Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género.
Cuando hubo elecciones presidenciales libres, el candidato Patricio Aylwin, en un emocionante acto en el Teatro Carlos Cariola, se comprometió a muchas cosas, entre ellas a que los premios nacionales serían entregados «anualmente y por los pares».
Esta fue una de las tantas cosas que una vez como Presidente no cumplió, no porque no fuera posible, como tal vez otras, sino simplemente porque no le interesaba. Ni a él ni casi a nadie en el gobierno.
Hicimos enormes esfuerzos, infructuosos, por tratar de convencerlo de que en sus viajes se hiciera acompañar por escritores, como lo hacen los presidentes cultos. No era su caso. O que abriera las puertas del servicio exterior —en las áreas reservadas para nombramiento presidencial— a gente de la cultura. No fue posible.
Lo único que logramos en su gobierno fue gracias a Ricardo Lagos y Jorge Arrate, sus ministros de educación, que se allanaron a la formulación de un proyecto de Ley del Libro, para fomentar la lectura en un Chile que prolongaba su apagón cultural. Y fue Ley.
Me correspondió hablar en el acto de promulgación y aunque agradecí la firma, dejé algunas señas sobre las tareas pendientes. Una de ellas era la anualización del Premio Nacional de Literatura.
Las fibras de la esencia de lo humano
Recién ahora, en 2025, es decir 35 años después, se ha conquistado esa anualización, gracias a un presidente que valora la literatura y a un Congreso que sumido en una mediocridad generalizada, prefirió apoyarlo para no aparecer rechazando algo que ni siquiera generaba gastos importantes.
¿Seguirá esa alternancia? Si fuera así, ¿cuándo se valorará al que escribe en todos los géneros? ¿Tendría que ser otro premio?
¿Y los pares? En eso se ha avanzado. Por fin hay escritores en el jurado. Por cierto no es un jurado de pares, pero por lo menos dos personas que se dedican al oficio de escribir están siendo consideradas.
Escribo sobre este tema, haciéndome una pregunta más: ¿Cuáles deben ser los criterios para otorgar este premio? ¿La trayectoria? ¿La cantidad de libros? ¿Las opiniones de los críticos literarios? ¿El peso de los medios de comunicación con reconocimiento en los ambientes políticos oficiales? ¿Las conexiones políticas de los escritores? ¿Su compromiso con los derechos humanos o las luchas sociales? ¿Sus otras participaciones culturales? ¿Los nexos de amistad con los funcionarios del gobierno de turno? ¿Deben ser egresados de la Universidad de Chile?
La Sociedad de Escritores de Chile cumplió en eso un sobresaliente papel. Su presidente, Luis Sánchez Latorre fue el dique de contención, combinando amabilidad con seguridad, evitando que la dictadura se ensañara con la SECH como algunos lo pretendieron desde las esferas oficiales. La mayor parte de los escritores eran contrarios al golpe y muchos de ellos pertenecían a los llamados partidos de izquierda.
Sin duda que en eso, Sánchez Latorre fue un extraordinario dirigente. Debemos decirlo: él escribía en Las Últimas Noticias de El Mercurio y eso le servía de escudo, sobre todo porque sus contribuciones en ese medio no eran políticas. Pese a muchas presiones, jamás apoyó a la dictadura.
Cuando entré a la SECH, en 1982, él me dijo: «Hay que fortalecer nuestra comisión de derechos humanos». Me sumé a los esfuerzos que hacían Teresa Hamel y Rebeca Navarro, a quienes apoyaban con gran dedicación la abogada Carmen Hertz —que no era socia— y su pareja el escritor Carlos Cerda.
La dictadura, que carecía de suficientes escritores de mérito, alivianó su carga declarando que el Premio se otorgaría cada dos años e impuso la norma de separar a los escritores entre narradores y poetas, quienes se alternarían en la premiación.
Olvidaba, por supuesto a ensayistas y dramaturgos, porque probablemente no había entre ellos muchos que los apoyaran. Los escritores somos narradores, poetas, ensayistas. Algunos, hasta hemos escrito obras de teatro. Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género.
Cuando hubo elecciones presidenciales libres, el candidato Patricio Aylwin, en un emocionante acto en el Teatro Carlos Cariola, se comprometió a muchas cosas, entre ellas a que los premios nacionales serían entregados «anualmente y por los pares».
Esta fue una de las tantas cosas que una vez como Presidente no cumplió, no porque no fuera posible, como tal vez otras, sino simplemente porque no le interesaba. Ni a él ni casi a nadie en el gobierno.
Hicimos enormes esfuerzos, infructuosos, por tratar de convencerlo de que en sus viajes se hiciera acompañar por escritores, como lo hacen los presidentes cultos. No era su caso. O que abriera las puertas del servicio exterior —en las áreas reservadas para nombramiento presidencial— a gente de la cultura. No fue posible.
Lo único que logramos en su gobierno fue gracias a Ricardo Lagos y Jorge Arrate, sus ministros de educación, que se allanaron a la formulación de un proyecto de Ley del Libro, para fomentar la lectura en un Chile que prolongaba su apagón cultural. Y fue Ley.
Me correspondió hablar en el acto de promulgación y aunque agradecí la firma, dejé algunas señas sobre las tareas pendientes. Una de ellas era la anualización del Premio Nacional de Literatura.
Las fibras de la esencia de lo humano
Recién ahora, en 2025, es decir 35 años después, se ha conquistado esa anualización, gracias a un presidente que valora la literatura y a un Congreso que sumido en una mediocridad generalizada, prefirió apoyarlo para no aparecer rechazando algo que ni siquiera generaba gastos importantes.
¿Seguirá esa alternancia? Si fuera así, ¿cuándo se valorará al que escribe en todos los géneros? ¿Tendría que ser otro premio?
¿Y los pares? En eso se ha avanzado. Por fin hay escritores en el jurado. Por cierto no es un jurado de pares, pero por lo menos dos personas que se dedican al oficio de escribir están siendo consideradas.
Escribo sobre este tema, haciéndome una pregunta más: ¿Cuáles deben ser los criterios para otorgar este premio? ¿La trayectoria? ¿La cantidad de libros? ¿Las opiniones de los críticos literarios? ¿El peso de los medios de comunicación con reconocimiento en los ambientes políticos oficiales? ¿Las conexiones políticas de los escritores? ¿Su compromiso con los derechos humanos o las luchas sociales? ¿Sus otras participaciones culturales? ¿Los nexos de amistad con los funcionarios del gobierno de turno? ¿Deben ser egresados de la Universidad de Chile?
La Sociedad de Escritores de Chile cumplió en eso un sobresaliente papel. Su presidente, Luis Sánchez Latorre fue el dique de contención, combinando amabilidad con seguridad, evitando que la dictadura se ensañara con la SECH como algunos lo pretendieron desde las esferas oficiales. La mayor parte de los escritores eran contrarios al golpe y muchos de ellos pertenecían a los llamados partidos de izquierda.
Sin duda que en eso, Sánchez Latorre fue un extraordinario dirigente. Debemos decirlo: él escribía en Las Últimas Noticias de El Mercurio y eso le servía de escudo, sobre todo porque sus contribuciones en ese medio no eran políticas. Pese a muchas presiones, jamás apoyó a la dictadura.
Cuando entré a la SECH, en 1982, él me dijo: «Hay que fortalecer nuestra comisión de derechos humanos». Me sumé a los esfuerzos que hacían Teresa Hamel y Rebeca Navarro, a quienes apoyaban con gran dedicación la abogada Carmen Hertz —que no era socia— y su pareja el escritor Carlos Cerda.
La dictadura, que carecía de suficientes escritores de mérito, alivianó su carga declarando que el Premio se otorgaría cada dos años e impuso la norma de separar a los escritores entre narradores y poetas, quienes se alternarían en la premiación.
Olvidaba, por supuesto a ensayistas y dramaturgos, porque probablemente no había entre ellos muchos que los apoyaran. Los escritores somos narradores, poetas, ensayistas. Algunos, hasta hemos escrito obras de teatro. Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género.
Cuando hubo elecciones presidenciales libres, el candidato Patricio Aylwin, en un emocionante acto en el Teatro Carlos Cariola, se comprometió a muchas cosas, entre ellas a que los premios nacionales serían entregados «anualmente y por los pares».
Esta fue una de las tantas cosas que una vez como Presidente no cumplió, no porque no fuera posible, como tal vez otras, sino simplemente porque no le interesaba. Ni a él ni casi a nadie en el gobierno.
Hicimos enormes esfuerzos, infructuosos, por tratar de convencerlo de que en sus viajes se hiciera acompañar por escritores, como lo hacen los presidentes cultos. No era su caso. O que abriera las puertas del servicio exterior —en las áreas reservadas para nombramiento presidencial— a gente de la cultura. No fue posible.
Lo único que logramos en su gobierno fue gracias a Ricardo Lagos y Jorge Arrate, sus ministros de educación, que se allanaron a la formulación de un proyecto de Ley del Libro, para fomentar la lectura en un Chile que prolongaba su apagón cultural. Y fue Ley.
Me correspondió hablar en el acto de promulgación y aunque agradecí la firma, dejé algunas señas sobre las tareas pendientes. Una de ellas era la anualización del Premio Nacional de Literatura.
Las fibras de la esencia de lo humano
Recién ahora, en 2025, es decir 35 años después, se ha conquistado esa anualización, gracias a un presidente que valora la literatura y a un Congreso que sumido en una mediocridad generalizada, prefirió apoyarlo para no aparecer rechazando algo que ni siquiera generaba gastos importantes.
¿Seguirá esa alternancia? Si fuera así, ¿cuándo se valorará al que escribe en todos los géneros? ¿Tendría que ser otro premio?
¿Y los pares? En eso se ha avanzado. Por fin hay escritores en el jurado. Por cierto no es un jurado de pares, pero por lo menos dos personas que se dedican al oficio de escribir están siendo consideradas.
Escribo sobre este tema, haciéndome una pregunta más: ¿Cuáles deben ser los criterios para otorgar este premio? ¿La trayectoria? ¿La cantidad de libros? ¿Las opiniones de los críticos literarios? ¿El peso de los medios de comunicación con reconocimiento en los ambientes políticos oficiales? ¿Las conexiones políticas de los escritores? ¿Su compromiso con los derechos humanos o las luchas sociales? ¿Sus otras participaciones culturales? ¿Los nexos de amistad con los funcionarios del gobierno de turno? ¿Deben ser egresados de la Universidad de Chile?
La Sociedad de Escritores de Chile cumplió en eso un sobresaliente papel. Su presidente, Luis Sánchez Latorre fue el dique de contención, combinando amabilidad con seguridad, evitando que la dictadura se ensañara con la SECH como algunos lo pretendieron desde las esferas oficiales. La mayor parte de los escritores eran contrarios al golpe y muchos de ellos pertenecían a los llamados partidos de izquierda.
Sin duda que en eso, Sánchez Latorre fue un extraordinario dirigente. Debemos decirlo: él escribía en Las Últimas Noticias de El Mercurio y eso le servía de escudo, sobre todo porque sus contribuciones en ese medio no eran políticas. Pese a muchas presiones, jamás apoyó a la dictadura.
Cuando entré a la SECH, en 1982, él me dijo: «Hay que fortalecer nuestra comisión de derechos humanos». Me sumé a los esfuerzos que hacían Teresa Hamel y Rebeca Navarro, a quienes apoyaban con gran dedicación la abogada Carmen Hertz —que no era socia— y su pareja el escritor Carlos Cerda.
La dictadura, que carecía de suficientes escritores de mérito, alivianó su carga declarando que el Premio se otorgaría cada dos años e impuso la norma de separar a los escritores entre narradores y poetas, quienes se alternarían en la premiación.
Olvidaba, por supuesto a ensayistas y dramaturgos, porque probablemente no había entre ellos muchos que los apoyaran. Los escritores somos narradores, poetas, ensayistas. Algunos, hasta hemos escrito obras de teatro. Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género.
Cuando hubo elecciones presidenciales libres, el candidato Patricio Aylwin, en un emocionante acto en el Teatro Carlos Cariola, se comprometió a muchas cosas, entre ellas a que los premios nacionales serían entregados «anualmente y por los pares».
Esta fue una de las tantas cosas que una vez como Presidente no cumplió, no porque no fuera posible, como tal vez otras, sino simplemente porque no le interesaba. Ni a él ni casi a nadie en el gobierno.
Hicimos enormes esfuerzos, infructuosos, por tratar de convencerlo de que en sus viajes se hiciera acompañar por escritores, como lo hacen los presidentes cultos. No era su caso. O que abriera las puertas del servicio exterior —en las áreas reservadas para nombramiento presidencial— a gente de la cultura. No fue posible.
Lo único que logramos en su gobierno fue gracias a Ricardo Lagos y Jorge Arrate, sus ministros de educación, que se allanaron a la formulación de un proyecto de Ley del Libro, para fomentar la lectura en un Chile que prolongaba su apagón cultural. Y fue Ley.
Me correspondió hablar en el acto de promulgación y aunque agradecí la firma, dejé algunas señas sobre las tareas pendientes. Una de ellas era la anualización del Premio Nacional de Literatura.
Las fibras de la esencia de lo humano
Recién ahora, en 2025, es decir 35 años después, se ha conquistado esa anualización, gracias a un presidente que valora la literatura y a un Congreso que sumido en una mediocridad generalizada, prefirió apoyarlo para no aparecer rechazando algo que ni siquiera generaba gastos importantes.
¿Seguirá esa alternancia? Si fuera así, ¿cuándo se valorará al que escribe en todos los géneros? ¿Tendría que ser otro premio?
¿Y los pares? En eso se ha avanzado. Por fin hay escritores en el jurado. Por cierto no es un jurado de pares, pero por lo menos dos personas que se dedican al oficio de escribir están siendo consideradas.
Escribo sobre este tema, haciéndome una pregunta más: ¿Cuáles deben ser los criterios para otorgar este premio? ¿La trayectoria? ¿La cantidad de libros? ¿Las opiniones de los críticos literarios? ¿El peso de los medios de comunicación con reconocimiento en los ambientes políticos oficiales? ¿Las conexiones políticas de los escritores? ¿Su compromiso con los derechos humanos o las luchas sociales? ¿Sus otras participaciones culturales? ¿Los nexos de amistad con los funcionarios del gobierno de turno? ¿Deben ser egresados de la Universidad de Chile?
La Sociedad de Escritores de Chile cumplió en eso un sobresaliente papel. Su presidente, Luis Sánchez Latorre fue el dique de contención, combinando amabilidad con seguridad, evitando que la dictadura se ensañara con la SECH como algunos lo pretendieron desde las esferas oficiales. La mayor parte de los escritores eran contrarios al golpe y muchos de ellos pertenecían a los llamados partidos de izquierda.
Sin duda que en eso, Sánchez Latorre fue un extraordinario dirigente. Debemos decirlo: él escribía en Las Últimas Noticias de El Mercurio y eso le servía de escudo, sobre todo porque sus contribuciones en ese medio no eran políticas. Pese a muchas presiones, jamás apoyó a la dictadura.
Cuando entré a la SECH, en 1982, él me dijo: «Hay que fortalecer nuestra comisión de derechos humanos». Me sumé a los esfuerzos que hacían Teresa Hamel y Rebeca Navarro, a quienes apoyaban con gran dedicación la abogada Carmen Hertz —que no era socia— y su pareja el escritor Carlos Cerda.
La dictadura, que carecía de suficientes escritores de mérito, alivianó su carga declarando que el Premio se otorgaría cada dos años e impuso la norma de separar a los escritores entre narradores y poetas, quienes se alternarían en la premiación.
Olvidaba, por supuesto a ensayistas y dramaturgos, porque probablemente no había entre ellos muchos que los apoyaran. Los escritores somos narradores, poetas, ensayistas. Algunos, hasta hemos escrito obras de teatro. Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género.
Cuando hubo elecciones presidenciales libres, el candidato Patricio Aylwin, en un emocionante acto en el Teatro Carlos Cariola, se comprometió a muchas cosas, entre ellas a que los premios nacionales serían entregados «anualmente y por los pares».
Esta fue una de las tantas cosas que una vez como Presidente no cumplió, no porque no fuera posible, como tal vez otras, sino simplemente porque no le interesaba. Ni a él ni casi a nadie en el gobierno.
Hicimos enormes esfuerzos, infructuosos, por tratar de convencerlo de que en sus viajes se hiciera acompañar por escritores, como lo hacen los presidentes cultos. No era su caso. O que abriera las puertas del servicio exterior —en las áreas reservadas para nombramiento presidencial— a gente de la cultura. No fue posible.
Lo único que logramos en su gobierno fue gracias a Ricardo Lagos y Jorge Arrate, sus ministros de educación, que se allanaron a la formulación de un proyecto de Ley del Libro, para fomentar la lectura en un Chile que prolongaba su apagón cultural. Y fue Ley.
Me correspondió hablar en el acto de promulgación y aunque agradecí la firma, dejé algunas señas sobre las tareas pendientes. Una de ellas era la anualización del Premio Nacional de Literatura.
Las fibras de la esencia de lo humano
Recién ahora, en 2025, es decir 35 años después, se ha conquistado esa anualización, gracias a un presidente que valora la literatura y a un Congreso que sumido en una mediocridad generalizada, prefirió apoyarlo para no aparecer rechazando algo que ni siquiera generaba gastos importantes.
¿Seguirá esa alternancia? Si fuera así, ¿cuándo se valorará al que escribe en todos los géneros? ¿Tendría que ser otro premio?
¿Y los pares? En eso se ha avanzado. Por fin hay escritores en el jurado. Por cierto no es un jurado de pares, pero por lo menos dos personas que se dedican al oficio de escribir están siendo consideradas.
Escribo sobre este tema, haciéndome una pregunta más: ¿Cuáles deben ser los criterios para otorgar este premio? ¿La trayectoria? ¿La cantidad de libros? ¿Las opiniones de los críticos literarios? ¿El peso de los medios de comunicación con reconocimiento en los ambientes políticos oficiales? ¿Las conexiones políticas de los escritores? ¿Su compromiso con los derechos humanos o las luchas sociales? ¿Sus otras participaciones culturales? ¿Los nexos de amistad con los funcionarios del gobierno de turno? ¿Deben ser egresados de la Universidad de Chile?
La Sociedad de Escritores de Chile cumplió en eso un sobresaliente papel. Su presidente, Luis Sánchez Latorre fue el dique de contención, combinando amabilidad con seguridad, evitando que la dictadura se ensañara con la SECH como algunos lo pretendieron desde las esferas oficiales. La mayor parte de los escritores eran contrarios al golpe y muchos de ellos pertenecían a los llamados partidos de izquierda.
Sin duda que en eso, Sánchez Latorre fue un extraordinario dirigente. Debemos decirlo: él escribía en Las Últimas Noticias de El Mercurio y eso le servía de escudo, sobre todo porque sus contribuciones en ese medio no eran políticas. Pese a muchas presiones, jamás apoyó a la dictadura.
Cuando entré a la SECH, en 1982, él me dijo: «Hay que fortalecer nuestra comisión de derechos humanos». Me sumé a los esfuerzos que hacían Teresa Hamel y Rebeca Navarro, a quienes apoyaban con gran dedicación la abogada Carmen Hertz —que no era socia— y su pareja el escritor Carlos Cerda.
La dictadura, que carecía de suficientes escritores de mérito, alivianó su carga declarando que el Premio se otorgaría cada dos años e impuso la norma de separar a los escritores entre narradores y poetas, quienes se alternarían en la premiación.
Olvidaba, por supuesto a ensayistas y dramaturgos, porque probablemente no había entre ellos muchos que los apoyaran. Los escritores somos narradores, poetas, ensayistas. Algunos, hasta hemos escrito obras de teatro. Escribir es un oficio que no puede acuartelarse en un género.
Cuando hubo elecciones presidenciales libres, el candidato Patricio Aylwin, en un emocionante acto en el Teatro Carlos Cariola, se comprometió a muchas cosas, entre ellas a que los premios nacionales serían entregados «anualmente y por los pares».
Esta fue una de las tantas cosas que una vez como Presidente no cumplió, no porque no fuera posible, como tal vez otras, sino simplemente porque no le interesaba. Ni a él ni casi a nadie en el gobierno.
Hicimos enormes esfuerzos, infructuosos, por tratar de convencerlo de que en sus viajes se hiciera acompañar por escritores, como lo hacen los presidentes cultos. No era su caso. O que abriera las puertas del servicio exterior —en las áreas reservadas para nombramiento presidencial— a gente de la cultura. No fue posible.
Lo único que logramos en su gobierno fue gracias a Ricardo Lagos y Jorge Arrate, sus ministros de educación, que se allanaron a la formulación de un proyecto de Ley del Libro, para fomentar la lectura en un Chile que prolongaba su apagón cultural. Y fue Ley.
Me correspondió hablar en el acto de promulgación y aunque agradecí la firma, dejé algunas señas sobre las tareas pendientes. Una de ellas era la anualización del Premio Nacional de Literatura.
Las fibras de la esencia de lo humano
Recién ahora, en 2025, es decir 35 años después, se ha conquistado esa anualización, gracias a un presidente que valora la literatura y a un Congreso que sumido en una mediocridad generalizada, prefirió apoyarlo para no aparecer rechazando algo que ni siquiera generaba gastos importantes.
¿Seguirá esa alternancia? Si fuera así, ¿cuándo se valorará al que escribe en todos los géneros? ¿Tendría que ser otro premio?
¿Y los pares? En eso se ha avanzado. Por fin hay escritores en el jurado. Por cierto no es un jurado de pares, pero por lo menos dos personas que se dedican al oficio de escribir están siendo consideradas.
Escribo sobre este tema, haciéndome una pregunta más: ¿Cuáles deben ser los criterios para otorgar este premio? ¿La trayectoria? ¿La cantidad de libros? ¿Las opiniones de los críticos literarios? ¿El peso de los medios de comunicación con reconocimiento en los ambientes políticos oficiales? ¿Las conexiones políticas de los escritores? ¿Su compromiso con los derechos humanos o las luchas sociales? ¿Sus otras participaciones culturales? ¿Los nexos de amistad con los funcionarios del gobierno de turno? ¿Deben ser egresados de la Universidad de Chile?
Reviso mi lista de contactos y me encuentro con más de veinte personas que merecerían el Premio Nacional de Literatura. Me doy cuenta que me estoy excluyendo, lo que no debiera hacer.
Pero esas veinte personas son casi todas mayores. Sólo en mi generación, es decir, los que pudimos romper las barreras de la dictadura para publicar en Chile, hay muchos que tienen méritos suficientes, pero por su edad tal vez mueran antes.
En países cultos, como Uruguay, se otorgan varios premios cada año: en poesía, novela, cuentos, ensayos y teatro. No sujetos a una obra determinada, sino a un trabajo integral del escritor. ¿Algún candidato se hará cargo de algo así?
He recibido algunas cartas de personas que promueven a algunos escritores. Yo me sumé a la postulación de Juan Mihovilovich Hernández.
Escritor total, poeta y narrador, que se ha instalado en sus ancestrales tierras maulinas, Longaví, en medio de árboles y praderas, luego de haber ejercido la judicatura en la Patagonia. Abogado, luchador por los derechos humanos, activista de la cultura donde ha estado, su aporte a la sociedad chilena en todas las áreas ha sido valioso y debe seguirlo siendo.
Pertenece a una generación que ha vivido con intensidad el tránsito entre dos siglos, dos eras cósmicas y cambios en valores, tecnología, estilos, como nunca antes se había vivido en el planeta en tan poco tiempo. En medio de esa vorágine, su literatura es vigente y poderosa, porque toca las fibras de la esencia de lo humano, profundamente situado en la realidad chilena y universal al mismo tiempo.
Su obra no presenta puntos débiles y somos muchos los que hemos gozado, llorado, conmocionado, con sus textos. Es entusiasta y creativo, sigue aportando con su pluma sin descanso y un reconocimiento tan merecido, fortalecerá la expectativa de que tengamos nuevas obras de Juan y a Juan para muchos años.
Y luego, año a año, seguirán otros.
Jaime Hales Dib (1948) es abogado formado en la Universidad de Chile, poeta, narrador y profesor.
En 1995 fundó la Academia de Estudios Holísticos SYNCRONIA, luego fue agregado cultural en México, y también formó parte del directorio y fue secretario general de la Sociedad de Escritores de Chile.
Además, integró el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile, participó en la comisión redactora de la Ley del Libro, fundó la Editorial Casa Doce, ha publicado varios textos de su autoría y ha dado recitales poéticos en diversas ciudades de Chile y en el extranjero (Francia, España, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Panamá, Uruguay, Argentina y México).
En la actualidad es columnista y redactor estable del Diario Cine y Literatura.
El despertar humano en la hora presente
Inicio
He sostenido en muchos de mis escritos y conferencias, que somos protagonistas de un hecho único en la historia de la actual humanidad. Por primera vez la conciencia de que estamos en un cambio de Era se ha abierto a millones de personas. Antiguamente era algo que o no sabía nadie o sólo lo sabían algunos pocos, en general sabios, sacerdotes o magos.
Ahora el tema está en boca de todos, sabemos que estamos viviendo un cambio de enormes proporciones e indudablemente el más veloz que nunca se ha conocido en toda la historia. Hasta hace dos mil años, los procesos de cambio eran lentos. En los últimos setenta años, el mundo ha dado un giro en 180 grados.
Agrego que el centro del cambio es la persona humana. Ya no tenemos un avatar individual, un líder, un autodenominado dios o profeta. Es el ser humano que, inspirado desde la divinidad, asume su tarea de avanzar hacia la trascendencia.
Modo Holístico de conocer
Entiendo el mundo de un modo holístico: El ser humano es fruto de una elación intensa entre Las dimensiones de lo material y lo inmaterial, es un espíritu que se encarna y se hace un nuevo ser, absolutamente terreno y absolutamente trascendente al mismo tiempo.
La parte material es nuestro cuerpo;
La parte inmaterial está constituida por tres manifestaciones: espiritual, mental y emocional.
Somos una unidad, actuando siempre con esos elementos, aunque en distintas proporciones. La integración armónica es la gran tarea, potente, que reclama energías intensas y genera el gran poder de la transformación.
Eso, y no otra cosa, vendrá a ser la expansión de la conciencia humana y el desarrollo humano, como claves para el acceso a la sabiduría. Y de ahí, a la trascendencia.
El enfoque holístico propone ver al ser humano conectado en sus diversas dimensiones con la sabiduría interna que viene desde la trascendencia y reside en el interior de sí y que debe expresarse en su vida terrenal concreta.
LA ERA DE ACUARIO
Sin duda estamos viviendo los comienzos de una nueva época del planeta. Es el comienzo de la Era de Acuario.
Una Era es el tránsito de la tierra y de quienes la habitamos, por un espacio marcado por una energía específica. Estas Eras están basadas en las “constelaciones” que rodean la tierra. Al mirar el cielo vemos las estrellas que nos ofrecen agrupaciones aparentes. Esas agrupaciones son conocidas desde tiempos inmemoriales por los sabios de cada civilización y se han clasificado en un sistema llamado Zodíaco. Son 12 grupos de estrellas que conforman un circuito de 360 grados. El giro del sol por el zodíaco demora 30 días más o menos en recorrer una constelación y en un año las recorre todas.
Las Eras a las que me refiero son un concepto mayor: cada año, en el día del equinoccio de primavera en el hemisferio norte (equinoccio de otoño en el sur) el sol amanece teniendo una cierta constelación detrás. Ese hecho se repite durante 2.160 años en promedio, siempre en la misma constelación, hasta completar los 30 grados que ella tiene. Demora en recorrer cada grado aproximadamente 72 años. Durante más de dos milenios el amanecer de ese día
equinoccial tendrá como trasfondo la misma constelación, partiendo del grado 30, hasta terminar en el grado 1 y luego pasará a la siguiente. Como va “retrocediendo”, los astrónomos modernos, que han confirmado este hecho, hablan de la “Precesión de los equinoccios” y a las eras las llaman “Eras precesionales”.
Hoy estamos viviendo los inicios de la Era de Acuario, de la cual llevamos transcurrido el primer grado de los 30 que tiene, después de haber vivido por dos milenios en la Era de Piscis y antes en la Era de Aries.
Los cambios que hoy experimenta el planeta, la humanidad en conjunto, son de una intensidad, velocidad, extensión, profundidad, nunca vistas antes.
LOS CAMBIOS VIVIDOS EN LOS ÚLTIMOS 30 AÑOS PODEMOS RESUMIRLOS DE LA SIGUIENTE MANERA:

¿Qué promete (o qué exige) esta nueva Era?
Estamos en un punto crucial porque coexisten tiempos terminales y tiempos fundacionales, donde las cosas están cambiando radicalmente. Es hora de definiciones, pues nos situamos en uno u otro lado.
Las energías están en movimiento.
Para mantener las cosas, basta con imponer por la violencia y el autoritarismo los moldes actuales de comportamiento.
Los que queremos que termine el modelo anterior y se abran paso los paradigmas de la nueva era, asumimos que hay tareas concretas sustentadas no solo en vagas expectativas, sino en la observación de lo que pasa en el tiempo actual, donde algunas ilusiones comienzan a hacerse realidad.
En este tiempo se puede hablar de cosas antes vedadas, se reabre la comunicación. Por ello es necesario dar cuatro pasos: saber, despertar, crecer y amor.
La gran tarea es construir un nuevo modo de vivir, una sociedad sustentada en la paz, el entendimiento, la libertad, el desarrollo integral, donde sea posible alcanzar estándares de satisfacción, bienestar, conciencia, que conduzcan a la plenitud en el terreno de lo humano y abran camino hacia la trascendencia.
¿QUIÉN ES EL SER HUMANO?
Es la criatura más poderosa de la tierra gracias a sus características no físicas. Porque si de lo físico se tratara, según la ley de la evolución la especie hubiera desaparecido.
La mera evolución no explica el desarrollo de los humanos hasta el punto en que está actualmente. Sin duda hay una constante intervención de origen misterioso que se produce cada ciertos milenios, cuyo ritmo, procedencia y justificación aún no conocemos.
Esta intervención ha tenido por objeto perfeccionar las funciones cerebrales, dotar de alma y libertad, lenguaje y capacidades a los individuos.
Dos tareas les fueron asignadas:
la primera, perfeccionar sus condiciones personales para convertirse finalmente en seres del mismo nivel que sus creadores;
la segunda, usar su libertad y vivirla en plenitud.
La persona humana es una realidad armónica y plural, holística, que tiene variadas dimensiones y en ellas se mueve. Es el diálogo constante entre el mundo concreto, inmediato, tangible, a veces verificable, y un mundo espiritual.
LAS LIMITACIONES Y LA TAREA
Cuando veo la realidad de la vida corriente, tengo la impresión de que los humanos estamos muy lejos de alcanzar la trascendencia divina.
Nuestros comportamientos diarios revelan limitaciones muy agudas, que al observador externo pueden hacerle pensar que el sujeto observado – a veces autodefinido como maestro o como alguien en desarrollo espiritual – no es más que una persona corriente.
Podemos recordar casos de tantos hombres famosos, que formaron escuelas espiritualistas o se elevaron como jefes de iglesias o religiones y que fueron capaces de cometer bajezas increíbles o errores muy gruesos en su vida. Es que eso es así.
Somos caminantes de la trascendencia al mismo tiempo que seres limitados – en el tiempo y en el espacio – y propensos al error.
Vivimos dormidos, sin la conciencia suficiente de que cada uno de nuestros actos afecta a todos y que nuestro comportamiento nos aleja o nos acerca de la tarea que vinimos a realizar. Deambulamos por el planeta repitiendo como autómatas los roles que alguien nos asignó. Es la vida corriente u ordinaria, donde el ser humano no tiene suficiente conciencia de sí mismo ni de sus actos ni de sus deseos ni de sus pensamientos ni de su trascendencia. Y muchas veces ni siquiera de su corporalidad real. Es la conciencia superficial.
Sólo al tomar contacto con la ilusión y la ignorancia, al reconocer que lo que sabemos del mundo no es más que el resultado de la vida aparente y de la materialidad inmediata y limitada, recién podremos comenzar el camino hacia la trascendencia que no es otro que el camino hacia el interior de cada uno.
En la misma medida que avanzamos en la conciencia de nosotros mismos, avanzamos también en la búsqueda de la sabiduría y luego en el conocimiento del mundo.
Reconocemos la existencia real de los otros cuando hemos tomado conciencia de nosotros y nos sabemos únicos e irrepetibles, solo entonces estaremos en condiciones de producir la unión –fusión– entre esas realidades divina y terrena, espiritual y corporal, que son la esencia de nuestra condición humana.
SOMOS INTERMEDIARIOS
Somos intermediarios entre la trascendencia y el mundo que nos ha sido confiado, lo que no es por mérito propio sino como tarea ineludible.
Hemos venido a aprender y enseñar, a progresar y ayudar a que otros progresen.
Traemos informaciones y conocimientos que ya viven en nosotros y que al despertar los materializaremos de un modo que nos permita abrir a otros las puertas de su propia conciencia.
Y el que aprende debe enseñar, porque no se adquiere nueva información para esconderla. El evangelio cristiano dice: Nadie, cuando enciende una lámpara, la pone en sitio oculto, sino sobre la mesa para que los que entren vean el resplandor.
Por ello, cada vez que aprendemos algo, tenemos por obligación convertirlo en realidad y traspasar ese conocimiento a otro que lo necesita.
Cada día los seres humanos estamos más comprometidos con nuestro destino. Es evidente que hay más personas conscientes del momento especial que se vive, reconociéndolo como un período de tránsito entre dos mundos.
EL CONOCIMIENTO
Nosotros conocemos no sólo con la inteligencia (mental) y la capacidad de análisis, sino que también de un modo espiritual, físico y emocional en forma simultánea. Y amamos con todas estas facetas.
Y nos relacionamos así con los demás y con el mundo. Entonces, este ser humano completo e integral, se vincula e interactúa con un universo que es complejo y múltiple.
Un proceso de acercamiento a la mirada holística nos permite, no sólo regresar al hogar, sino tomar conciencia de él; no sólo encender la luz, sino saber que una vez que ya hemos visto, no podemos renunciar a saber y por lo tanto hay algo que se ha activado en las profundidades del ser.
Hemos despertado al conocimiento que subyace en nosotros y eso no dormirá, salvo con el enorme costo del dolor, de la angustia y el desgarro que origina el traicionarse a sí mismo y vedarse el acceso a la sabiduría y la felicidad verdadera.
Se inicia una vida más consciente, más despierta, se activa una conciencia diferente. Por cierto que la conciencia inmediata también se mueve y está más propensa a percibir señales.
Pero sobre todo se despierta una conciencia profunda que comienza a demandar sin cesar y a soltar ataduras, sobre todo las ataduras de la unidimensionalidad y el dogmatismo.
Al despertar ese conocimiento dormido y acceder al inconsciente, descubro que soy un alma eterna, que nunca dejará de ser quien es, aunque pasen miles de años. Nunca dejaré de ser, pero al mismo tiempo, yo siempre seré otro.
¿QUÉ ES LA HUMANIDAD?
Podemos definirla como el conjunto de seres humanos de una época determinada. En forma más concreta, es la generalidad de sujetos humanos con ciertas características básicas comunes en las cuatro dimensiones principales: corporal, mental, espiritual y emocional, que se manifiestan en la cultura y en la interacción que se produce entre ellos. En suma, es una manera de vivir.
Es decir, no existe sólo una humanidad a lo largo de la trayectoria de la vida del planeta.
Estamos frente al nacimiento de una nueva humanidad. Y nosotros, al menos la mayoría de los que estamos aquí, pertenecemos a una humanidad que termina su recorrido planetario luego de algunos miles de años de existencia.
Cuando exploramos los vestigios arqueológicos, sobre todo aquellos que el mundo oficial tarda más en reconocer, encontramos huellas que nos hablan de un desarrollo “no lineal de la humanidad”. Con esto quiero decir que esos relatos que nos han hecho tan ordenaditos sobre las diferentes edades y épocas y también acerca de cuándo existió una especie y cuándo existió otra, todas sucesivas, han ido cayendo como un castillo de naipes.
Ya sabemos que Neanderthal y Cromañón son sólo dos de las numerosas variedades humanas y protohumanas que han existido. Y junto a eso hemos ido aprendiendo que no han sido especies sucesivas, sino que coexistieron e incluso se relacionaron hasta el punto de tener descendencia común. Algunas, las más fuertes, pero sobre todo las más inteligentes y mejor dotadas en sus habilidades, fueron predominando, sobreviviendo.
SOMOS SERES MIGRANTES
El ser humano es un migrante perpetuo. Hemos sido siempre seres migrantes. Numerosas expediciones y migraciones, desplazamientos de grandes grupos humanos en busca de… ¿En busca de qué? ¡En busca de saber de dónde viene y a dónde va el sol!
Cuando el espécimen “homo” se pone de pie y estira su espalda (ése es el homo erectus), percibe el horizonte, que es el lugar por donde se pone el sol. Y se hace tres preguntas:
- ¿De dónde viene?
- ¿A dónde va?
- ¿Y por qué no regresa por el lugar al que fue, sino que vuelve a aparecer siempre por donde mismo?
Esta tercera pregunta es la que le permite sostener que el mundo debe ser redondo o estar al menos inmerso en un camino circular, como lo sabían la mayoría de las antiguas civilizaciones, según hemos confirmado por los rastros que dejaron. Para las otras dos preguntas, deberá moverse: ir en busca del lugar a dónde va o de dónde viene. Y así comienzan las migraciones, una expansión que aún no se detiene.
Las circunstancias de tales movimientos siguen revelándose día a día y siempre hay nuevas hipótesis respecto de cuándo y cómo llegaron las personas a los territorios que hoy habitan. Alguien hablaba de pueblos originarios y la académica Elisa Loncón acuñó la frase: “Pueblos preexistentes a la llegada de los europeos”, porque nunca se sabe quién es originario de qué lugar.
NO hemos sido una sola humanidad desde hace millones de años. Desde el homo erectus de hace 3 millones de años hasta el homo sapiens que aparece hace unos cientos de miles de años, se avanzó con muchísima lentitud, casi sin cambios en todo ese tiempo.
Y este homo sapiens también se desarrolla y progresa con pasmosa calma. Luego de algunos miles de años casi sin variaciones, de pronto todo se acelera, especialmente en cuanto a conocimiento disponible y avances concretos civilizatorios. Hace 13.000 años, cuando los hielos se derretían, el conocimiento se duplicaba cada 500 años. Hace 6.000, era poco menos. Hoy, en el siglo XXI (o siglo primero de la era de Acuario) se duplica cada 5 años. Eso se debe a que hace pocos miles de años apareció en el paisaje antropológico el homo sapiens sapiens, el que sabe que sabe.
- Esta humanidad es diferente de las anteriores:
- somos seres dotados de una gran capacidad de manejar conocimientos e información;
- somos seres capaces de crear muchas cosas que a las anteriores humanidades o agrupaciones humanas no se les habían ocurrido;
- pero… somos seres humanos que conservamos la violencia, la agresividad y la crueldad de otras especies o grupos humanos anteriores. O aún peores, porque las tecnologías nos hacen más letales.
LAS CIVILIZACIONES
Las civilizaciones que aparecen hace más o menos 6 o 7 mil años manifiestan conocimientos que no han sido descubiertos por ellas, sino que – y así lo dicen sus propios textos – les fueron entregados por los dioses.
Es decir, seres de mayores conocimientos y capacidades traspasaron a estos grupos humanos esas informaciones y datos.
Porque las civilizaciones que aparecen y de las que da cuenta la historia sabían muchas cosas que sus habitantes no tenían como haber aprendido en unos pocos siglos. ¿Cómo sabían los sumerios y las civilizaciones aledañas acerca de los ciclos de las eras precesionales? Ellos tenían perfectamente conceptualizados los procesos de cada era y sabían que el ciclo total duraba 25.920 años. Es decir, ellos conocían algo que duraba miles de años, lo que evidentemente no podían haber observado, sobre todo sin tener los instrumentos para ello.
Preguntas: ¿Cómo lo sabían? ¿Quién se los informó? ¿Cómo ha sucedido esto? ¿Cómo se hacen presentes esos conocimientos, esos sucesos, esas acciones atribuibles a humanos y que superan con creces lo que ellos podrían haber hecho en esos momentos?
¿Cómo aparece todo este progreso, crecientemente acelerado? Una de las respuestas que surge como posible – no necesariamente probable – sería la existencia en el planeta, en la larga historia del planeta, de otras humanidades antes de la nuestra. ¿Ha sido así? El mundo de las tradiciones esotéricas dice que sí. Madame Blavatsky nos cuenta de 5 humanidades, la última de las cuales sería la que está sobre la tierra en estos milenios. A la espera de una sexta que debe nacer con Acuario.
Las huellas arqueológicas que han sido descubiertas ahora, cuando se avanza en el siglo XXI, generan muchas teorías sobre diferentes tópicos. Unas hablan de la existencia de varias humanidades y otras de procesos de cambios y evolución, además de la presencia coetánea de diferentes especies similares a la humana, con distintos grados de desarrollo. Y también de otras presencias menos explicadas.
En la medida que se fueron acrecentado e instalando distintos procesos civilizatorios, la humanidad comenzó a vivir un desarrollo de cada vez mayor conciencia sobre sí misma, logrando, entre cosas, establecer escalas de valores que podrían diferenciarla de las especies meramente animales. Incluso, tal vez, de los modelos de sus creadores (y organizadores)
La mayoría de los relatos antiguos hablan acerca de la creación del mundo y de los orígenes de la humanidad, teniendo como lugar común la existencia de seres superiores, los dioses, que habrían “creado” a la especie humana. Y esta creación habría tenido como característica generar seres “a imagen y semejanza” de los creadores. Las sociedades así construidas han estado marcadas por la competencia, la violencia, la ambición, las ansias de poder, la codicia.
¿Ése fue el modelo? Los dioses luchan entre sí, se imponen por la violencia, por la guerra. Establecen códigos de obediencia, estratifican el poder, tienen a sus preferidos de entre los humanos, son crueles con los enemigos. Son dioses que se enojan, que castigan, que se imponen con dureza. Dioses a los que hay que temer. Uno de los peores es Yahvé, el único que llama a exterminar a los demás pueblos que ocupen los territorios cercanos donde se instalan sus seguidores o en aquellos donde él quiere que residan sus súbditos.
Los dioses domestican a los seres humanos hasta un momento en el cual deciden irse, prometiendo que regresarán, para ver si acaso sus seguidores han sido capaces de imponerse a los enemigos, si han progresado en el mismo sentido que ellos: si tienen más bienes, si han conseguido más poder, si han exterminado o sometido a sus enemigos, si su inteligencia y sus victorias les permiten parecerse más a los dioses.
Es decir, crearon una humanidad a su imagen y semejanza que por miles de años fue construyendo un modelo autoritario, violento, codicioso, cruel, injusto.
LOS DIFERENTES
Sólo unos pocos pueblos fueron diferentes. De ellos se sabe poco, porque en general fueron destruidos por sus dominadores. La huella sin embargo quedó en la Europa del Sur y ha sido develada hace no muchas décadas. Los habitantes de esa zona del mundo vivieron una época – milenios – de cierta paz.
Su creencia era en la diosa madre y no en dioses guerreros. A partir de ello, construyeron una sociedad basada en:
- la colaboración y no la competencia;
- en la participación y no en el poder vertical;
- en la interacción con la naturaleza más que en la depredación;
- en la vida común y no en el enriquecimiento de una minoría sobre la base de la explotación de la mayoría.
Pero esa forma de vida es arrasada por los pueblos que provienen de Asia y que mediante la fuerza destruyen la civilización que encuentran y esclavizan o exterminan a todos los habitantes preexistentes. Lo mismo que harán milenios después con los habitantes de América, África y Asia del sur. Y así siguen hasta hoy.
LA PALABRA ANTICIPADORA
Pero hay algo más. Hace 2.500 años comenzaron a aparecer en distintas regiones del mundo algunos discursos y mensajes diferentes al generalizado en las civilizaciones de entonces: Zoroastro, Buda, Pitágoras, Mitra, Jesús el llamado Cristo, para nombrar a los más destacados.
Ellos proponen estilos de vida completamente diferentes, hasta el extremo de impulsar como ejes centrales de una nueva sociedad, de un nuevo modo de vivir:
- el desprendimiento generoso de los bienes materiales;
- la solidaridad,
- la colaboración,
- la justicia
- la libertad
- el amor
- la primera es que la conciencia no se impone, sino que debe despertarse en cada uno de los seres humanos a partir de la conexión profunda consigo mismo;
- la segunda, es que quienes tienen el poder – más allá de sus ideologías – lo defienden a brazo partido. Y he aquí la extrema violencia, la desesperación por mantenerse, la corrupción, la codicia, la envidia, la soberbia y sobre todo, la falta de respeto por los otros seres humanos.
EL AVATAR
Esta vez, al iniciarse Acuario – a diferencia de lo que se ha vivido en otras eras – no tenemos ni un avatar ni un profeta. No es el tiempo de los caudillos ni de los líderes que creen saberlo todo. Eso es justamente lo que debe ser desplazado. NO es el tiempo de alguien que nos diga todo lo que debemos hacer. Por el contrario: es la hora en que deben armonizarse las relaciones humanas desde una perspectiva completamente diferente.
El avatar de la nueva Era es la propia humanidad en su conjunto. Por eso la responsabilidad recae en cada ser humano y la transformación se va acelerando en la medida que se reúne la masa crítica suficiente.
Yo digo: si el 10 por ciento de los que se dicen cristianos siguieran el llamado de Jesús a amar a los enemigos, ¿no creen ustedes que habría poco espacio para las guerras? La paz no sería el tiempo intermedio entre dos guerras, sino algo mucho más potente: una manera de vivir en colaboración, en respeto, en justicia.
El acta de nacimiento de la Era de Acuario es la declaración de los derechos humanos del año 1948. Pero, para que ese concepto se generalizara e internalizara en las personas, debieron pasar décadas y todavía nos enfrentamos al conflicto con quienes creen que defender los derechos humanos es un acto político de las izquierdas o confunden la acción de los delincuentes con las violaciones de los derechos humanos, que sólo las pueden cometer los agentes del Estado.
El gran cambio de Acuario es que el centro de las preocupaciones está en el ser humano.
Este cambio se manifestará en la sustitución del poder (en la forma que hemos conocido el poder) por la participación, para que las decisiones estén cada vez más cerca de los afectados; será el tiempo del amor como motor de la historia y la paz como medida de la nueva racionalidad; es el tiempo del ser y no del tener, donde la materialidad es funcional al desarrollo integral de las personas.
Eso es lo que nos desata la esperanza. Hoy luchamos contra las guerras ANTES de que se inicien e incluso hemos podido evitar o morigerar los efectos de algunas. Botones de muestra de un cambio que ya comienza a manifestarse. El gran cambio está en marcha.
Este es el punto de crisis: una parte muere y otra se levanta. Aunque haya resistencias, finalmente lo que emerge se habrá de instalar.
LA NUEVA HUMANIDAD
Aunque la señal más poderosa ha sido el nacimiento de los niños de la nueva humanidad.
Al comenzar los años 90 un autor de Estados Unidos habló de los niños índigo, como sujetos especiales. Ellos estaban, según su punto de vista, dotados de especiales cualidades emocionales, intelectuales, espirituales e incluso físicas. La observación de los que nacían en esos tiempos permitió establecer que, siendo siempre minorías, cada vez este tipo de niños se iba extendiendo. Y ya no se habló más de los índigo. Nos fuimos dando cuenta que muchos de los niños que están naciendo son distintos de los que nacían antes:
- Ven y oyen desde que nacen;
- Afirman su cabeza;
- Se manejan bien con los adelantos tecnológicos;
- Usan lenguajes que parecen propios de adultos;
- Manifiestan memoria kármica;
- Tienden a demostrar mayor sensibilidad con los animales;
- Se interesan en temas no habituales en los niños de antes;
- Tienden a desarrollar más actividad física;
Ellos serán quienes se harán cargo del nuevo paradigma. Cada vez hay más. Como sucede muchas veces, la mirada optimista se revela por parte de personas que no hacen mucho ruido, son silenciosas, hasta que se reúna el número suficiente de personas que producirán las transformaciones e impulsarán un avance real, seguro, integral, de la humanidad en todas sus dimensiones.
La generosidad, la solidaridad, la empatía enfrentarán al egoísmo, a la ambición desmedida, a las ansias de poder, a la competencia, desarrollando verdadera conciencia de personas frente a los individualistas, conciencia de sí mismos, del yo frente a las deformaciones del ego: egocentrismo, egolatría y egoísmo.
Lo que ellos construirán será una forma de vida de cooperación y armonía, que será cada vez más frecuente, más natural y por lo tanto que se quedará instalada para siempre. Las contradicciones serán asumidas con mayor conciencia y resueltas con voluntad, pasión, interés por los otros. El materialismo cederá paso a las dimensiones menos físicas y las
expresiones de vida concreta serán más amorosas y afectivas que bélicas o agresivas.
Es el tiempo de la vida real, lo relevante no serán las teorías sino las experiencias concretas, inspiradas en los aspectos intelectuales, espirituales y emocionales.
No estamos frente a una nueva generación sino ante el nacimiento de una nueva humanidad, cuyos parámetros serán totalmente diferentes.
Porque ninguna de sus dimensiones primará de modo determinante, sino que habrá un desarrollo armónico de los aspectos intelectuales, espirituales, emocionales y físicos de cada una de las personas.
LAS TAREAS CONCRETAS
Ustedes no han llegado a esta sala hoy ni por error ni por simple accidente. Nada es meramente casual. Gracias por estar acá.
Por el contrario, una secuencia de procesos personales y grupales los pone en posición de abrir una nueva ventana en su mente y su corazón o reafirmar sus conocimientos en una nueva síntesis.
He querido hablar desde la humildad y la alegría. Humildad, para recordar que nunca partimos desde cero, sino siempre desde el punto en el que el anterior corredor dejó la posta. Alegría, para descubrir y valorar el concierto maravilloso que surge desde las manos de tantos que enseñan, aprenden y comparten más armonía que lo que ordinariamente se sostiene. Y en ello,muchos de los nacidos en las últimas décadas ya están abriendo los caminos. La masa crítica se acerca.
Es poco lo que sabemos, pero si respetamos y amamos al mundo concreto que nos rodea, seremos capaces de iluminar las ignorancias y convocar a los que tienen dificultades para ver y para oír.
El ser humano es la criatura más compleja e interesante de todo lo que existe en el planeta tierra. “Somos lo mejor de la creación”, ha dicho la astrónoma María Teresa Ruiz.
Cada día estoy más convencido de la inmensidad del universo. Nuestra vida terrenal nada dura en comparación con el tiempo de existencia probable del universo «conocido»; y nuestro cuerpo parece insignificante en comparación con su dimensión. En esa inmensidad, me asiste la certeza de que cada uno de nosotros es indispensable y, sin nuestras energías, el inconmensurable universo no sería el mismo. Ello fortalece mi fe en la divinidad y en la trascendencia de las
personas.
Esta nueva humanidad entenderá que la competencia ayuda menos que la solidaridad y la colaboración.
El respeto y la valoración de los demás, el cuidado de nuestros entornos físicos y humanos, la acción integradora de las miradas intelectuales y espirituales, las manifestaciones emocionales, son parte de las claves que esta nueva humanidad aportará al mundo.
Repitamos: el amor es el motor que pone en marcha una sociedad diferente, más clara, de mayor comunicación. Más que lo externo, la nueva humanidad pondrá mayor atención a lo que pasa en cada una de las personas.
La nueva humanidad que construirá la sociedad acuariana será amorosa, libre, justa, haciendo realidad el lema de la fracasada revolución francesa, con la más alta conciencia de sí mismo, voluntad de diálogo, encuentro con los otros, mayor comunicación, sustentado en un desarrollo de la creatividad en todas sus formas.
Por más de veinte siglos, se nos ha enseñado un modo unidimensional de ver la realidad. La racionalidad aristotélica y tomista trabaja analíticamente: es decir, lo que importa es la visión y el conocimiento de las partes. Ello nos muestra una realidad fragmentada y un ser humano unidimensional.
Ahora nosotros, protagonistas del cambio de Era, podemos decir que vamos de la mano con la nueva humanidad y le entregaremos el testimonio de esta posta con la confianza y la seguridad, de que estas personas diferentes construirán ese mundo de paz, de entendimiento y de prosperidad.
Viene una nueva humanidad, con la conciencia más despierta, sabiendo de sí mismo y del mundo, con la confianza que el autoconocimiento es la conexión hacia sí mismo y los demás.
Una humanidad que sabrá que no todo se resuelve con la riqueza y que la meta por alcanzar tiene que ver con “ser más” y no necesariamente con “tener más”. Esa es la verdadera calidad de la vida que viene, es la nueva racionalidad.
Una humanidad solidaria en la escala de lo inmediato y lo cercano, pero también en la escala planetaria.
Una humanidad que sustenta su acción en una nueva ética, la ética de la paz y el entendimiento, sobre la base del amor.
NUESTRO PAPEL
Muchos nos preguntamos en este tiempo, sobre todo en año de elecciones: ¿Puedo contribuir en esta hora a que las cosas sean mejores? ¿Cómo hacerlo?
¿Qué puedo hacer yo, si soy uno entre 8 mil millones, insignificante, sin poder?
El realismo imperante dirá que nada: pues somos nada en la magnitud del universo y en la extensión del tiempo.
Pero existimos: yo existo y tú existes. Y si uno de nosotros deja de existir, el inmenso universo ya no será igual.
Y lo que hacemos o no hacemos incide en la energía total. Si cada uno de nosotros asume su papel, podremos construir espacios de paz.
Ha llegado la hora de pasar a la PAZ ACTIVA, es decir, cada uno abrir espacios pacificados y pacificadores.
Todos podemos colaborar, especialmente cuando con el correr de los días hemos ido constatando que cada vez hay más personas que tienen claridad que éste no es un problema coyuntural ni tampoco una planificación de personas “malas” que quieren el caos o la dictadura.
Hay de lo uno y de lo otro, pero por sobre todo hay una demanda profunda de una mayoría que se sienta abusada por el sistema político, económico y social.
El problema es estructural y se requiere, además de las medidas que se toman para lo inmediato, una formulación de proposiciones que movilicen a la sociedad hacia una forma más adecuada de organizarse, más democrática de resolver y tomar decisiones, más justa de distribuir la riqueza nacional, con mejor salud, educación de verdad y en un marco de libertad y respeto por las personas.
El modo de contribuir es haciéndonos cargo del mundo que nos rodea, teniendo conductas compatibles con lo que queremos vivir, respetando a los otros y, sobre todo, siendo propositivos, aportando nuestras ideas, escuchando a los otros.
Participar, dialogar, aportar energías positivas, renunciar a la violencia sin abandonar la resistencia pacífica en situaciones de arbitrariedad o injusticia.
Cada uno es responsable de su entorno: debemos contribuir a aumentar la conciencia nuestra y de las personas con las que tenemos contacto respecto de la necesidad de que nadie se reste del interés por lo que sucede.
Este es un tema de actitud y disposición. De mover energías hacia la concordia y no hacia el conflicto. Eso significa enfrentar las cosas con verdad y asumir las propias responsabilidades.
Termino diciendo: la humanidad – es decir nosotros – es hoy el avatar de la Nueva Era, la Era de Acuario, para construir un mundo en que la expansión de la conciencia, el acceso a la sabiduría y el desarrollo humano sean la clave. Y eso es tarea de todos y cada uno.
Competidores a sus marcas
Chile está en un momento de polarización –que tanto gusta a los que tienen planteamientos más extremos- que se nota en el hecho de que hay una candidatura de la llamada “izquierda” y el resto, salvo en algunos aspectos Enríquez, todas representan el mismo modelo. Cómo llegó Jara a ser de “centro izquierda” o Matthei y la UDI a ser “centro derecha” es un malabarismo de discurso político.
Marcelo Trivelli bajó su postulación porque no reunió las firmas. Artés y Mayne-Nicholls aún no las consiguen. La Democracia Cristiana decidió apoyar a Jara, por lo que yo tampoco seré candidato. Enríquez-Ominami y Parisi, están listos, tanto como Kaiser, Kast y Jara. Cuando escribo esta columna, Matthei enfrenta críticas internas y soterrados anuncios de que se bajará su candidatura.
Cuando decía que Chile está en un momento de polarización, algunos rebatían tratándome de “anticomunista”. El punto no está allí, sino en que la polarización –que tanto gusta a los que tienen planteamientos más extremos (radicales sería la palabra, pero la evito para no confundir)– se nota en el hecho de que hay una candidatura de la llamada “izquierda” y el resto, salvo en algunos aspectos, Enríquez-Ominami, todas representan el mismo modelo.
Es decir, cuando ciertos políticos dicen que Jara es de centro-izquierda o que Matthei y la UDI son de centro-derecha, están haciendo malabarismos de discurso político, porque el solo hecho de que algunos que no han sido siempre de derecha ahora apoyen a la candidata de la UDI no la cambia a ella, sino que devela la derechización de los primeros. La derecha pinochetista, guzmanista y hasta contrerista, se reparte en cuatro cauces claros, afluentes de una misma posición.
Lo dañino del binominal y los pactos electorales
Es la versión moderna de las visiones polares que ayer se traducían en el absurdo sistema binominal que tanto daño ha hecho en la vida de los chilenos, pues fue lo que impidió avanzar en cuestiones fundamentales y arrastró a la mediocridad a la autodenominada “clase política”, dejar de lado las cuestiones profundas en cuanto a los valores que deben imperar en la convivencia nacional y las cuestiones urgentes para hacer mejor la vida de los habitantes del territorio.
El sistema de pactos electorales lo reduce todo a la misma polarización. Nada mejor para un pueblo que contar con muchas opciones, elegir a sus dirigentes de acuerdo con lo que piensan y no en pactos que solo llaman a la confusión. ¿Puede el candidato a diputado de una coalición que encabeza el Partido Comunista poner énfasis en que su partido nació para luchar en contra del capitalismo y en contra del comunismo? No, deberá callar, “moderar”, matizar, porque de lo contrario parecería completamente desubicado.
Los que no están en los extremos
En este cuadro, hay un gran porcentaje (entre un 20% y un 25%) que responde en las encuestas diciendo que votará nulo, en blanco, que no votará o que no sabe qué hacer y prefiere no contestar.
Sabemos que las encuestas no son más que fotos circunstanciales y están llenas de errores de construcción y enfoques metodológicos. Pero nos muestran ciertas tendencias:
- 1. Que la derecha está captando mayorías (45%), que es la votación histórica de la derecha y el populismo. El SI a Pinochet en 1988 y la suma de Büchi y Fra Fra en 1990, por ejemplo.
- 2. Que la izquierda está teniendo menos apoyo que el que ha tenido históricamente, si aceptamos que la DC se ha unido a ella para integrar la coalición que apoya al actual gobierno. Alcanza porcentajes que corresponde a más o menos el apoyo que el gobierno tiene hoy (30%).
Una cuarta parte del electorado sabe que su manifestación de opinión no valdrá de nada en noviembre ni diciembre, porque en Chile los votos nulos y blancos no se cuentan para definir al ganador. En términos reales, bastará a un candidato tener el 40% de los votos y uno más que el contendor que lo siga, para obtener la mayoría absoluta de los votos “válidamente emitidos”.
Un cuarto del electorado no tiene candidato, no le gusta ninguno, no les cree a los de las alianzas polarizadoras ni a los populistas de siempre.
Una cuarta parte, más de tres millones de personas que ya saben que cualquiera que sea el próximo gobierno no los representará y que no habrá nadie que levante la voz por ellos.
Siguiendo modelos externos
Todo esto en nombre del modelo sesgado que ha llevado a muchos países a vivir apariencias democráticas con opciones reducidas que en definitiva nada cambian. Polarización en dos partidos en Estados Unidos, que no logran atraer más que al 50% del electorado, pero lo manejan todo. Polarización en los antiguos países de la órbita soviética, donde incluso en algunos había alianzas entre varios partidos. Polarización en las dictaduras.
Porque ese es el discurso de aquellos que se sienten dueños de la verdad y se dan cuenta de que en la medida que aparezcan alternativas diferentes, ellos perderán poder: entonces hay que hacerlos desaparecer. Es lo que ha pasado con los llamados “partidos de la clase media”, radicales y demócrata cristianos, los que han sido despedazados por el tironeo de los polos y las ambiciones desmedidas de sus dirigentes por “estar”, por figurar, dejando de lado sus planteamientos y llegando a decir, como lo afirmó el senador Huenchumilla, que el partido que él preside no tiene ideas.
Merecemos más
Chile y su pueblo merecen más que esta oferta.
Cualquiera que sea el que gane estas elecciones presidenciales, se verá constreñido por una dura oposición de bloques hegemonizados por los extremos de las coaliciones. Por fuerte que sea el poder presidencial, ni el de la derecha ni el de la izquierda podrá aplicar sus ideas (que las tienen, aunque no siempre claras). Y no es que eso dé pie a acuerdos —como lo intentaron Bachelet, Piñera y Boric—, sino que el país irá frenándose en su progreso. Podrá haber cifras de crecimiento, pero difícilmente se modificará la distribución del ingreso. Podrá haber más o menos represión, pero no serán capaces de atacar las causas del crecimiento del crimen organizado en una sociedad que ha perdido los valores esenciales en su temario.
¿Pesimista? No, simplemente estoy convencido de que el país merece mejores posibilidades, eso llegará. Algunos creen que nos bandeamos en un movimiento de polo a polo. Eso deberá terminar. Si los que hoy quedamos fuera de esta discusión y nuestra opinión no será considerada, fuéramos capaces de aunar esfuerzos, tal vez pueda reconstruirse un espacio político que encabece las tareas necesarias para mejorar la vida de los chilenos y de las chilenas.
Demoraremos cuatro años más y tal vez ocho. Quizás algunos ya estemos en otro plano. Pero el país continúa.
La esperanza
Esta carrera de 2025 es para otros. Los competidores están yendo a sus posiciones para iniciar la competencia. Ganará cualquiera.
En medio de este panorama, junto con mi lamento y mi crítica, expreso mi deseo de que de pronto caiga un rayo que aporte claridad a estos “dueños de la verdad” y les haga pensar que en la polarización solo es posible que los que ganan un día, terminen sepultados al otro.
Quizás todo cambie. Ojalá, como dijo Silvio Rodríguez en su canción, pase algo que lo cambie todo y permita avanzar hacia una verdadera, profunda y feliz democracia participativa, donde todos tengamos el derecho y la posibilidad del bienestar y la alegría.
Política sin ideas
Los partidos ya no responden a un cuerpo de ideas, sino a alianzas de conveniencia.
La dictadura, con la instalación de su modelo político y social, causó un daño profundo a la actividad política chilena. No podemos olvidar los permanentes discursos altisonantes de los gobernantes de entonces contra “los señores políticos” y los intentos de desacreditarlos como alternativas válidas en el ejercicio del poder.
Una herencia de desprestigio
La ultraderecha chilena —una especie de fusión entre nacionalistas, liberales económicos y conservadores valóricos— hizo caso omiso de la aplastante realidad que se cernía sobre el país en el mediano y largo plazo. Las violaciones de los derechos humanos, las injusticias sociales y económicas, la aguda falta de participación de la ciudadanía en las decisiones sobre su destino, el poder incontrarrestable y los beneficios especiales para quienes lo detentaban, sumados a un diseño institucional cupular y restrictivo, fueron generando, por un lado, un marco propicio para la corrupción en las esferas superiores en todas las escalas y, por otro, un desapego creciente de los chilenos hacia sus dirigentes.
Tras estos modelos no hay ideas, sino intereses. Lo que se construyó fue una forma de hacer más ricos a los ricos y, además, incorporar nuevos sujetos enriquecidos sin controles ni contrapeso.
Hoy, que se tiende a celebrar con tanto entusiasmo las acciones de la Contraloría General de la República, debemos recordar que, cuando el Contralor Héctor Humeres objetó el decreto de Pinochet por el cual se llamaba a consulta nacional para respaldarlo en su lucha contra las Naciones Unidas – objeción apoyada por Merino y Leigh, integrantes de la Junta de Gobierno –, el gobierno en lugar de recurrir al “decreto de insistencia” destituyó al Contralor e instaló allí a uno que había sido su Ministro, Sergio Fernández Fernández, allendista en su juventud y puntal de la dictadura en toda su vigencia. Un “Contralor de insistencia”.
Sin controles de ninguna especie – ni Congreso ni medios de comunicación masivos ni Contraloría General – era imposible detener la corrupción que terminó entregando a manos privadas todo lo que el Estado de Chile había construido con el esfuerzo de todo el país y que daba agua, electricidad y numerosos otros bienes y servicios a la población.
La modernización de los agentes económicos podía hacerse perfectamente en la alianza público privada que todos – o casi todos – aceptamos como válida hoy en día.
La derrota de Pinochet – que fue así, más que una victoria opositora – para prolongarse en el gobierno por 8 años más, le permitió no dejar sus espacios de poder (Comandancia en Jefe primero y senador vitalicio después) y lograr un pacto de mantención de su modelo político, económico y social.
Una política diseñada desde arriba
El modelo político ideado por Jaime Guzmán y sus colaboradores más cercanos se plasmó en un texto cuya redacción y corrección final correspondió a un equipo encabezado por el mentado Sergio Fernández, Jaime del Valle, Mónica Madariaga y Enrique Ortúzar.
Se trataba de una política cupular, con distritos electorales diseñados mirando los intereses de la derecha, con pocos parlamentarios, en un esquema de perpetuación en los cargos y de restricciones a las mayorías por el efecto del sistema binominal. Paralelamente un Presidente de la República con muchos poderes que, si tuviera los medios a su favor, podría casi gobernar por decreto.
El pacto entre Aylwin y Pinochet (vía Carlos Cáceres) para que se modificara la Constitución, salvo una disposición importante (artículo 8º que permitía la proscripción por ideas) dejó igual lo sustancial.
Muchas son las consecuencias de este diseño, pero la peor de todas es que los políticos se autoconvirtieron en una clase superior y creyeron que podían tener espacios de poder para siempre, sin contrapeso ni control. Lo importante para ellos fue conservar sus posiciones y cuando la presión fue muy fuerte (por parte de los propios militantes de los partidos, cansados de ver las mismas caras y pocos progresos), se aprobó la posibilidad de limitar la duración de los cargos, terminar con el binominal y hacer nuevos distritos.
La dictadura, con la instalación de su modelo político y social, causó un daño profundo a la actividad política chilena. No podemos olvidar los permanentes discursos altisonantes de los gobernantes de entonces contra “los señores políticos” y los intentos de desacreditarlos como alternativas válidas en el ejercicio del poder.
No hay ideas en la política chilena
¿Por qué la Democracia Cristiana está en una situación crítica? Pues simplemente porque hace unos años se le perdieron las ideas y dejaron de existir los sistemas de capacitación y la premilitancia. El partido podía ser una manera de conseguir un empleo. Y eso que pasa en el partido en el que milito desde hace 52 años, pasa en todos.
Las candidaturas tienen más que ver con la simpatía, con los ecos en la prensa, con las formas publicitarias, que con los proyectos sustantivos.
No hay ideas en la política. Hay programas inmediatistas, que revelan la mediocridad ambiente y la corrupción que se expresa en todas las líneas: desde la desidia hasta la comisión de delitos.
Hay que salvar la política chilena y para eso, rescatar las ideas y empezar a conversar entre todos. Soy amigo de los acuerdos, pero no de las componendas de intereses. Lleguemos a soluciones sobre la base de ideas y no de “cuanto para ti y cuanto para mí”.
El pueblo merece más.


