DE FALSEDADESPOÉTICAS Y BELLEZA

Hace unos años, caminando por Florida y Corrientes, vi un
vendedor de cuneta que ofrecía pergaminos con textos
poéticos. Eso ya era usado en Chile en el Paseo Ahuma-
da, lugar donde por primera vez vi un pergamino con mi rostro y
un poema de mi autoría, pero en el que no figuraba mi nombre.
Esta vez, en Buenos Aires, el poema llevaba una destacada
firma: Jorge Luis Borges y tenía por título “Instantes”. El texto sos-
tenía que el autor se arrepentía de lo hecho y lo no hecho en su
vida, porque si pudiera vivir de nuevo haría otras cosas, básica-
mente destacando más los aspectos sentimentales.
Lo compré para leerlo detenidamente en un café de calle San-
ta Fe, con masitas dulces, años antes de que se me declarara la
diabetes. Tres veces lo leí, pues algo no me parecía bien. No soy
experto en Borges, pero sí lo había leído lo suficiente para saber
que él era de aquellos que no se arrepienten de nada, menos
aun públicamente, que no ponía tanto énfasis en lo sentimental,
por lo que me pareció imposible que él lo hubiese escrito.
Lo hablé con expertos borgianos (así se dirá de sus hinchas
académicos), incluyendo a Eduardo Saffirio. minucioso lector del
argentino y ellos tuvieron una impresión parecida. Pero mien-
tras más se creían expertos, eran menos categóricos. De pronto,
en una conversación de sobremesa con Tatiana Vega, periodista
y directora de la revista UNO MISMO, supe la verdad.
En esos mismos días, probablemente al promediar la década
de los años 90, María Kodama, la viuda, dijo “Jamás Borges ha-
bría escrito eso”. Asunto cerrado.
¿Qué había sucedido? El hermosísimo texto fue escrito por
Nadine Stair, escritora canadiense poco antes de morir y la Revista
UNO MISMO de Argentina lo quiso publicar. Pero el diagramador
confundió papeles y en lugar de poner el nombre de la escritora
norteamericana, instaló el del argentino que correspondía a otro
artículo de un número anterior. Así fue publicado por primera
vez este garrafal fallo. Algunos números después, la editorial de
UNO MISMO, bajo el título “Nuestro peor error”, puso las cosas en
su lugar. Pese a eso, en el mundo entero se sigue difundiendo el
texto como si fuera del escritor bonaerense y no de la magnífica
y sencilla poeta del Canadá. Esta es la verdad, pura y simple, aun-
que al consultar en Internet la famosa IA, ésta diga otras cosas y
se inventen diversas fuentes o circunstancias para el error.
Peor fue cuando en el año 2000 comenzó a circular bajo
el título de “García Márquez se despide” un texto de tenor pa-
recido, en el que el autor –que tendría un cáncer terminal–
dice todo lo que habría podido hacer si tuviera más vida por
delante.
Una revista mexicana llamada “Universitarios”, dedicada al
arte en sus más diversas manifestaciones, investigó el origen
del texto y en el año 2002 publicó la historia real. Un titiritero
mexicano, hombre joven y gran artista, ventrílocuo, además,
realizaba a fines del siglo anterior un espectáculo con un mu-
ñeco, entretenido, sentimental, divertido, con presentaciones

en teatros de distintas ciudades de México. Siendo yo agrega-
do cultural de Chile en ese país, recibía habitualmente medios
de comunicación sobre la cultura y el arte mexicano. Así llegó
a mis manos el ejemplar en que Gabriel García Márquez qui-
so encontrarse con quien había escrito esto que parecía ser su
despedida. El escritor no tenía todavía el cáncer que lo llevaría
a la muerte 13 años después.
Se produjo el encuentro y tras una larga conversación donde
el periodista García Márquez hizo hablar al titiritero, pudo darse
cuenta de que la despedida en cuestión no era más que el últi-
mo discurso del muñeco en el espectáculo. Bello texto en el que
dialogan estos dos personajes.
Borges y García Márquez aparecen unidos por la mentira,
por el error y por quienes gustan de repetir constantemente
noticias falsas para justificar quizás qué otras situaciones o
para destacar e instalar en el mundo asuntos que nadie se ocu-
pa en desmentir.
La falsedad poética, literaria o artística nos lleva a repetir “no
verdades” como si fueran ciertas. Es cierto que hay artistas como
Picasso, por ejemplo, que gozaba confundiendo a los especialis-
tas al firmar como propios cuadros hechos por sus imitadores y
copistas no autorizados en la Riviera francesa.
Ni García Márquez ni Borges jamás hubiesen escrito lo que se
publicó como algo de ellos. Por eso algunos nos rebelamos con-
tra esos textos y fue posible ir destapando la verdad. Ahora bien,
esos escritos son valiosos por sí mismos, más allá de quien sea
su autor. ¡Vivan la poeta canadiense y el ventrílocuo mexicano!
Las cosas bellas no son patrimonio de los famosos.

Poemas para compartir

Presentación

 

Poema iniciado en 1965 y terminado de escribir en estos días sesenta años después. Se publicará en el libro en preparación “Dichas y Dudas.

 

Encerrado en mi castillo de concreto

permanecí por tiempo inenarrable,

días horas y milenios,

hasta esa mañana de ermitaño

cuando entendí que las respuestas no eran sólo para mí.

 

Ese viejo que convivía con mi niño interno

decidió entregar lo aprendido en tantas vidas,

lentamente alzó la voz, tomó la guitarra y la alegría

intentó una prosa y un poema, alzando la mirada

y desafió su propio sueño de construir un mundo diferente.

 

He corrido por planos y montañas,

dejé mis piernas en la lucha,

rompí el concreto del castillo y salía en busca de la vida.

 

Atravesé los bosques buscando la verdad

hablaron árboles y zorros,

los loboslos tigres los leones

gritaron mi nombre en plena madrugada

anunciando la llegada del amor.

 

He vagado por tierras y por aguas

once veces mis ciclos de siete

armonizando amada con los tuyos.

Viajé por laberintos prohibidos

leí todos los libros al revés

y encontré las huellas del destino

impresas en mi propio corazón.

 

Ibas, amada mía, por la misma ruta

con la edad justa para vernos.

Pero la niebla distanciaba los cuerpos.

Vimos los mismos pasadizos

transitamos por rutas conocidas

cuando tú llegabas yo partía

cuanto tú te ibas yo volvía

estaban los tuyos proclamando

mientras los míos vivían clandestinos.

 

Equivoqué caminos y promesas

acerté en el discurso

defendí perseguidos del poder

canté la canción de la alegría

y proclamé la esperanza de los muertos.

 

Aquí estoy dije en el pasado y me quedé

en tus ojos de esperanza y alegrías

mirando el futuro que trajiste con tus manos llenas

dispuesto a recitar los poemas nunca escritos

en homenaje a reyes que murieron

sin que nadie coronara sus cabezas.

 

Aquí estoy de pie en el tiempo nuevo

aquel que tú y yo soñamos

antes de encontrarnos en las luces

antes de amarnos en la tarde

antes de saber de nuestras vidas.

 

Izamos banderas y hacemos promesas:

la muerte no llegará como anticipo

la risa y el amor nos darán vida,

ésta y otras que vendrán.

 

Te esperé todos estos años

para llenar de flores los espacios

para decorar espacios añorados

para vivir el juramento de los dioses.

 

Abro las puertas del tiempo nuevo

la alegría y la esperanza de la mano

transitará el mundo por la rutas

caminos hacia la nueva sociedad

de amor, de justicia y libertad.

 

 

Santiago de Chile, otoño de 2025

 

 

[Ensayo] «Destinos entrecruzados»: La esperanza que hace revivir

Todos nos vamos encontrando a lo largo de la vida terrenal, esa es la sincronía de la cual nos habla Carl Gustav Jung y la que se encuentra en los libros sobre espiritualidad y pensamiento holístico: los acontecimientos que, a veces son causales, suceden simultáneamente y establecen conexiones, para que sus consecuencias se multipliquen.

 

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 12.5.2025

Hace algunos años fui invitado por Iván Bravo a presentar una novela suya. He conocido, además, su primera novela, sus poemas y otros escritos en prosa que constantemente difunde a través de algunas redes sociales.

Repetiré ante ustedes lo que dije en esa oportunidad: Yo soy sólo un escritor y no sé oficiar de crítico literario y mucho menos de profesor de literatura.

Hablo como colega de Iván y como lector empedernido. Hace unos días en una entrevista, la periodista me preguntaba por mi libro favorito. Mi respuesta fue: «son dos, el que estoy leyendo ahora y el que estoy escribiendo».

Sin duda, Iván Bravo ya es un escritor en toda la línea y viéndolo como lo veo, con esa vitalidad impresionante, con su entusiasmo que desborda todos los límites, su capacidad de imaginar, de crear, de hacer, no me cabe duda de que tendremos más libros muy pronto.

Conozco hace ya un buen tiempo la novela Destinos entrecruzados, porque Iván me pidió que opinara sobre ella, cuando recién tenía terminado su primer borrador. No sé si entonces tenía este mismo título, pero es probable que sí.

Si, porque el título es quizás una expresión muy obvia. Todas la vidas humanas se entrecruzan, se atraviesan, se conectan maravillosamente, como si los humanos no fuéramos más que parte de una sola y misma realidad. Y lo somos, de cierta manera.

Por ejemplo, una novela que terminé hace un tiempo y que aún espera respuesta editorial, la iba a titular Vidas cruzadas. O Encrucijada. Pero entonces recordé esta novela de Iván, él me había contado el título que iba a tener cuando la terminó de corregir. Le pregunté si la iba a publicar. «Estoy en eso», me dijo. Caramba, entonces yo debía buscar otro título.

Y no es raro, porque en definitiva todas las vidas de nosotros están cruzadas.

Algunos porque sus almas se pusieron de acuerdo para que así fuera desde el Bardo, esa dimensión espiritual en que las almas planifican su vida como humanos antes de encarnar.

Otros se cruzan porque los espacios son pequeños («El mundo es un pañuelo», dicen las voces populares).

Todos nos vamos encontrando a lo largo de la vida terrenal. Esa es la sincronía de la que nos habla Jung y la que se encuentra en los libros sobre espiritualidad y pensamiento holístico. Los acontecimientos que, a veces son causales, en su mayor parte son sincrónicos: es decir, van sucediendo simultáneamente y estableciendo conexiones, para que las consecuencias se vayan multiplicando.

Hablemos de este obra.

 

En el Chile bien retratado de ese tiempo

Quedé impactado por la historia que cuenta y, como corresponde a una novela que se merece, tiene un relato que va cautivando al lector que, en lugar de ansiar que llegue pronto un desenlace, lo que espera es que la historia siga.

La pregunta de las grandes novelas es siempre: ¿Y qué sigue después de la última página? Las series de Netflix han creado varias temporadas para satisfacer esas ansiedades. Las que se basan en textos ya publicados, impulsan a los escritores a escribir esas segundas o terceras partes, siendo primero el guion y luego la obra literaria.

En estos Destinos entrecruzados, cuando quedan 50 páginas, a los lectores nos surge el deseo vehemente de que súbitamente la novela tenga 150 páginas más.

Con todo, el texto no tiene discursos de relleno, como esos que aparecen en aquellas historias en las que el escritor no sabe cómo seguir avanzando y necesita completar una suma de páginas, con tal de que parezca un libro importante. No sobra nada.

En esta novela, Destinos entrecruzados, con un diálogo muy natural, con descripciones sencillas pero completas, Bravo va desatando un curso de acción en el cual los personajes adquieren vida. Son reales —en la novela por cierto— creíbles, como si se tratara de seres que en lugar de salir de la imaginación del artista, han tenido existencia en las calles del mundo.

Me recuerda eso que decía un escultor, cuando le preguntaron sobre esta capacidad de convertir una piedra cuadrada en una obra de arte. «Mire —dijo al periodista señalando una escultura que tenía en su taller—, ese caballo que ve usted ahí estaba adentro del bloque de piedra y yo lo único que hice fue liberarlo». Él ya existía.

Ahora bien, esta no es una obra como algunas novelas que hemos visto en los últimos años, hecha para jóvenes apurados —o apurados que se creen jóvenes— ni para personas que sólo les gusta el cuento, donde hay inicio, nudo y final, en pocas páginas. O pocas líneas. O 100 palabras.

Porque hoy existe cierta narrativa en que lo central es la brevedad. No es la síntesis, como en la poesía. Simplemente brevedad.

Decir en 100 palabras toda una historia.

Por supuesto que esa literatura es difícil de escribir y también tiene su valor.

Iván Bravo no se interesa por lo breve.

Él quiere decirlo todo, sin alargar nada artificialmente, pero sin dejar nada en el tintero. La imaginación del lector es apoyada por un relato muy bien estructurado, con descripciones claras y precisas, con un diálogo verdadero, realista, verosímil.

La obra de Bravo, entonces, es una novela donde todo lo que sucede en sus páginas pudo haber acontecido en la realidad. Destinos entrecruzados transcurre en los años 1959 y 1960 y de ahí adelante, en el Chile muy bien retratado de ese tiempo.

Así, los diálogos son de personas de esa época, con temas y formas que hoy tienen poca importancia, como la caballerosidad, ciertos respetos delicados, cortesías de lenguaje, algo de modestia institucional, las timideces de algunas personas, la dificultades de algunas relaciones de pareja, las actitudes de padres y madres, las rencillas de hermanos, las expectativas de vida.

Es el Chile de los años 60, con sus establecimientos hospitalarios, con sus profesionales, con sus obreros, con las personas sencillas de una época sin la vorágine de la selva contemporánea.

Fue un tiempo en que sucedieron muchas cosas en el país. Entre ellas, dos terremotos terribles, con poco más de 24 horas entre ellos, uno en Concepción y otro en Valdivia.

 

Hechos muy reales y dramáticos

Los personajes se mueven en Santiago y en otras ciudades. Me llamó poderosamente la atención como logró Iván mostrar con tanta rigurosidad el ambiente de cada uno de esos lugares, describiendo parajes y estilos de vida de las personas.

Un estudiante de música, un grupo de médicos, un boxeador, una joven enamorada, funcionarios corruptos, burócratas sin remedio, un vagabundo, una mujer comerciante, militares.

Todos ellos y otros, con sus parientes, amigos y conocidos, se van enlazando con hechos efectivamente acontecidos en esos tiempos, con situaciones que pudimos leer en la prensa de esos años, hechos muy reales y dramáticos.

El mundo, 65 años después, ha cambiado, las personas se comportan de modos diferentes, pero en esencia, la naturaleza humana es la misma y por ello podremos reconocer emociones, realidades y acontecimientos que pueden seguir sucediendo.

Las envidias, la lenidad, la corrupción en sus diversas formas, la brutalidad, los abusos, las ilusiones, la generosidad de los que menos tienen y la avaricia de los poderosos, son improntas que aparecen.

Y sobre todo el amor. El amor de los amigos, el amor de los que sufren por las mismas causas, la solidaridad en todas las escalas, los amores entre personas que arman parejas, el amor con los animales.

También la esperanza que hace revivir a los que ya parecían haber abandonado la existencia.

La novela entretiene, nos revive las añoranzas de un pasado que vivimos los más viejos, enseña a los jóvenes sobre una etapa interesante en la que hasta llegó a haber un Mundial de Fútbol en las ciudades de Chile; nos convocará, a todos los lectores, a vivir la intensidad de los acontecimientos que relata, de las emociones, de acontecimientos que van entretejiendo una maravillosa arpillera donde todos los seres viven y mueren con intensidad particular.

Compren el libro, léanlo, coméntenlo, regálenlo.

Para eso escribimos los escritores: para que otros nos lean.

 

 

 

***

Jaime Hales Dib (1948) es abogado de la Universidad de Chile, poeta, narrador y profesor.

En 1995 fundó la Academia de Estudios Holísticos SYNCRONIA, luego fue agregado cultural en México, y también formó parte del directorio y fue secretario general de la Sociedad de Escritores de Chile.

Además, integró el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile, participó en la comisión redactora de la Ley del Libro, fundó la Editorial Casa Doce, ha publicado varios textos de su autoría y ha dado recitales poéticos en diversas ciudades de Chile y en el extranjero (Francia, España, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Panamá, Uruguay, Argentina y México).

Poemas para compartir 3

Poema publicado en Dulce Mía, 1993 y musicalizado por Tita Munita. El cuadro de la portada es de Benito Rojo.

 
¿Futuro?


Te amé desde el origen de la luna

te amé desde el primer momento y el final

te amé para siempre y hoy, te amo.

 

Preguntaré por todos los portales

buscaré una respuesta y un saludo

una bandera de colores enemigos

un nombre carente de sentido

reclamaré pañuelos y tus manos

¡ qué tarde llegaron a mis manos!

 

Tal vez, tal vez, muchos tal vez

dijiste Dulce cuando ya era tarde

y ansiedades y caricias postergadas

reclamos en silencio y soledad

no hay tiempo ya para el futuro

he muerto temprano esta mañana.

Poema publicado en Encuentros, 1982 e incluido en Luz de Amor en 2025

Mantengamos el secreto.
Deja que todos crean
que tú y yo somos normales,
transitorios,
moribundos,
como las parejas tristes,
como el calor del verano,
llenos de costumbres y rutina.

 

Mantengamos el secreto.
No le cuentes a nadie
que sale miel de la palmera,
que en las noches
cantamos con el sol.

 

No le digas a la gente
que corre sangre por tus venas
que hay pelos en mi espalda
y que cuando te amo en puntas de pies
sobre el Código Civil
tirita tu espalda.

 

Que nadie sepa que
las hiedras recitan poemas de Neruda,
que las buganvilias cantan,
que seco tus lágrimas con hojas de sauce.

 

No cuentes mi secreto a nadie.
Porque te amo como los vivos
y no como la gente de la calle.

 

Sintiendo tus dedos en mis pies
y tu palabra cantando la tragedia
de amores inconclusos
en la inmensidad de la tierra.

 

No contemos a nadie que sabemos amar
más allá del compromiso,
en medio de los autos y el cemento,
jugando a ser juglares del ayer.

 

Déjalos que crean que es rutina
y que nuestro trato
sea un secreto para dos.

 

(Cada amor construye su propia rutina.
Nosotros hemos armado la nuestra con la certeza del amor,
la fuerza de la pasión, la experiencia de los años.
Todo lo nuestro es secreto,
aunque nuestro amor no sea clandestino.
Por fin.)

 

 

Poema publicado en Encuentros, 1982 e incluido en Luz de Amor en 2025

No soy leñador ni superhombre
pero corro tras las cumbres inmutables
en medio de bosques ancestrales
en busca del destino y de mi nombre.

 

Rompo la lanza del guerrero
abro la maleta del viajero
llamo desde el fondo del planeta
a la tierra
el fuego el agua el aire
la antorcha encendida del deseo.

 

Aquí estoy dije y me quedé
en tus ojos de esperanza y de temor
dispuesto a recitar
los poemas nunca escritos
en homenaje a reyes que murieron
sin que nadie coronara sus cabezas.

 

Corro enraizado en mi paisaje
por mi tierra sin dejarla,
levantando una choza
izando la bandera del saludo.

 

Rompo mis rodillas para verte
desde allá, tan lejos y tan cerca
de los ruidos y del cielo
palpitando el corazón ansioso el organismo
exaltado y sudoroso
encontrando soluciones
a los problemas insondables
de la geometría de la vida.
Mi nombre está en la tierra
aroma mendicante –
mi nombre está en la herida
aroma palpitante –
en mi deseo inevitable.

 

Paso por los bosques
entonando el canto del adiós
porque más allá
del mundo y de la playa
en las rocas fuertes y desnudas
se levanta tu cuerpo sacudido
de amor y de preguntas
brotando de la espuma de tu propio corazón.

 

Abro la tierra para sacar el equipaje,
bruja hada madrina,
desafiando al poeta y al cantor
para encontrar mi nombre y mi destino
que no es de leñador ni superhombre
que no es de renacuajo ni gusano,
sino de niño ansioso y hombre empedernido.

«Luz de amor»: En busca del destino y de su nombre

El escritor chileno Jaime Hales Dib define a la pasión como una urgencia transversal y le habla a otra independiente, etérea y sin embargo efervescente en la potencia sexual de la carne —que va y viene intermitente— como rayo en noche de tormenta durante el breve suspiro de la vida.

Por Eva Debia Oyarzún

Publicado el 10.4.2025

A medio camino entre los 30 y los 40, Jaime Hales Dib (1948), hombre versátil que nos convoca hoy desde su pluma y su memoria, afirmaba que, si bien no es leñador ni superhombre, «corre tras las cumbres inmutables en medio de los bosques ancestrales», en busca del destino y de su nombre.

Cabe reflexionar sobre los propósitos del recorrido que, con más y menos montes y hondonadas, cada persona va forjando en su presencia por este suspiro increíblemente breve que llamamos vida.

Pareciera que Hales Dib lleva toda la vida corriendo: aprendió a escribir y sobre el mismo pulso articuló su primer cuento con apenas seis años, hilvanando a los nueve su primer poema y a los diez ya era un consagrado escritor que inauguraba su primer decenio con la fundación de una revista y la publicación semanal de crónicas en el diario mural del colegio.

Este caleidoscópico ser humano se caracteriza por su luz. Desde el magma volcánico de su temperamento (a veces), hasta la llamita hogareña de una vela intencionada: ha vivido muchas vidas en una sola o, mejor aún, le ha sacado el jugo al reloj de esta pasada: abogado, político, filósofo, escritor, agregado cultural, fundador de centros de educación superior y de su academia de Estudios Holísticos Syncronía, tarotista, tallerista, columnista, articulista, comunicador por esencia y organizador articulante de cuánta iniciativa transite entre la defensa de los derechos humanos y la apertura de conciencias para la era de Acuario.

Los años agotan el cuerpo, a veces. Pero en este hombre el cansancio jamás permea el alma: mira desafiante hacia las ocho décadas y publica, y publica, y siente y no deja de sentir. Ya no corre desbordado como un potrillo adolescente, claro.

Por eso le hace caso a Gonzalo Rojas, quien alguna vez le dijo que los poemas debían actualizarse.

De luces y de sombras se arma la existencia: todo lo que habite entre medio es una suma de anécdotas, de experiencias, de emociones. Y el palpitar más universal, el sentimiento más tomado por el arte es, sin duda, el amor.

 

Rescatar, intervenir y elegir con pinzas

Luz de amor es un compendio mas no una antología (que antologar la frondosa literatura del escritor que hoy nos convoca será trabajo titánico de algún editor futuro a quien desde ya admiro profundamente por tamaña odisea); es el mismo autor quien explica que, al alero de los años, cumplidos ya tres cuartos de siglo, decidió releer su poesía y a raíz de eso nace una nueva urgencia: la de rescatar, intervenir y elegir con pinzas las poesías tejidas en el recorrido previo.

Muchos pueden creer que de amor se ha escrito ya demasiado; sin embargo, este siglo XXI en el que la inteligencia artificial nos respira en la nuca de modo implacable, es precisamente el momento preciso de traer al ruedo aquello que nos recuerda la diferencia entre lo verídico y lo artificioso: el humano en cuanto siente, está vivo.

Y no existe sentimiento más profundo que el amor, entendiendo ese rellano como una sumatoria entre la pulsión ancestral que nos convoca hormonalmente para preservar la especie y la sublimación sensitiva de cuidado, intimidad y armonía cómplice de lo cotidiano.

Este libro trabaja con el amor romántico y todo su esplendor, pero aborda en contrapunto los trasluces de la ausencia, con especial apego a ese libro publicado en 2006 y que cada tanto me guiña el ojo en el estante de las obras más visitadas por su palpitar absoluto y voraz.

Con todo, en la primera parte del libro que hoy nos llama, el autor define al amor como una urgencia transversal y le habla a otra independiente, etérea y sin embargo efervescente en la potencia sexual de la carne, que va y viene intermitente como rayo en noche de tormenta durante el breve suspiro de la vida.

Jaime Hales rescata en este segmento la certeza de un amor al otro como y en cuanto a otro, libre en erotismo y temporalidades, en secreto o a voz viva. La confianza íntegra que trasciende rutinas y clandestinidades, el amor liviano y a la vez tan profundo como las Marianas, una forma de amar como una dádiva constante, desbordando en una honesta gratitud muy cómplice.

«Érase una vez», poema inédito hasta hoy, estremece de cabo a rabo ya que da cuenta de esta retrospectiva que es amar mientras se vive, como una historia enriquecida en visos universales y a la vez únicos.

 

En la profundidad escondida de una noche eterna

En la segunda parte de este libro, el poeta nos recuerda que el amor tiene contraluces y que para dimensionar el fulgor es necesario atravesar las sombras. Una sabiduría agarrada tal vez en otras vidas, ya que existía consciencia del contraste ya en sus poemas de adolescencia, donde habla de luces negras, del camino de la vida y del paso del anciano.

De esta manera, el autor nos evidencia esa pluralidad compleja de amar con reglas y sin ellas, aborda de soslayo ese sentido social de propiedad que tantas llagas le ha hecho al amor en tantas vidas: «Pero sí te pido que no tengas culpas cuando hagas el amor conmigo. Y no pienses en mí cuando hagas el amor con él».

Habla de culpa, dolor y miedo, todo junto en la profundidad escondida de una noche eterna.

El epílogo no es sino una danza de humor a un reconocerse descarnado, cuando cada vez tenemos menos colágeno y más recuerdos. Y me sopla la memoria lo que mi abuelo solía decir en su sempiterna ironía y humor negro: «el amor, además de ciego, a veces es soberanamente estúpido».

Tras la lectura de este trabajo donde Hales Dib desnuda su amor por esa otra que va y viene como las mareas a su vida y a sus brazos, cabe preguntarse si existe un único gran amor más allá de los amores vividos en cada etapa de la existencia.

Quisiera creer que podemos permitirnos vivir cada amor en su dimensión propia, sin los ecos de esas ausencias que terminan escondidas siempre en las almas de quienes hemos tenido la fortuna de a lo menos un amar entero.

No es secreta mi admiración y gratitud por este ser humano: a Jaime Hales lo conocí hace algunas décadas ya, y entre giro y giro, a él le debo y le deberé siempre atizar la inquietud de la literatura para que me definiera hoy como escritora.

Vaya a saber una qué otros recorridos hubiera transitado sin su generosidad. Gracias por permitirme compartir estas reflexiones cargadas de profundo cariño.

 

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