El centro está en otra parte

Lo que estamos viendo en el mundo, en América Latina particularmente, es una aguda polarización política, donde los gobiernos se los disputan la extrema derecha y la extrema izquierda, muchas veces autodefinidos como tales. Es la guerra en contra del otro por el hecho de pensar distinto. Y las decisiones que se toman por parte de los gobiernos tienen que ver con eso, descalificando de paso al que se les oponga.

Al dar una mirada lineal a las opciones en la vida tendemos a movernos entre los extremos. Ponemos una banderita en la punta izquierda y otra en la derecha. Si eso lo hacemos con las ideas, habrá dos extremos y luego esos extremos se podrán matizar hasta llegar al centro. ¿Qué será el centro en esta mirada? Pues ni más ni menos que un promedio de las ideas de uno y otro extremo, suavizadas por los matices del “degradé”.

Cuando se inició el proceso de la Revolución Francesa de 1789 y concurrían los tres grupos sociales (Clero, Nobleza y Estado Llano), se sentaban a la derecha los monárquicos y a la izquierda los que querían cambiarlo todo. Ahí está el origen. Y eso se reproduce hasta hoy en el hemiciclo de nuestro Congreso Nacional. Los que se sitúan en el centro quedan presionados por los extremos y más de una vez se moverán de acuerdo a la eficacia de las presiones que reciban.

 

No a la línea recta

Hay quienes creen que ese concepto de centro es el adecuado y entonces están buscando acomodos que los alejan de las ideas claras, las doctrinas coherentes y las posiciones consistentes. ¿Qué hubiera pasado si esos revolucionarios se hubiesen sentado en círculo en lugar de un espacio de líneas rectas?

 

Si en una reunión de trabajo nos sentamos de esta manera podremos mirarnos todos las caras, nos veremos de otra manera, no habrá extremos sino que percibiremos que el centro ya no es un espacio intermedio, sino que el que surge en el corazón del círculo, por el que se cruzan sonidos y miradas y donde las personas pueden encontrarse y reconocerse.

El esquema autoritario (Monárquico, dictatorial) ha sido adoptado por democracias que, con dificultades, se han ido abriendo paso hacia formas de relación más respetuosas. Entender al que piensa distinto como un sujeto que está en el otro polo, distante, con el que no tengo relación, es muy diferente a que se trate de personas a las cuales miramos a la cara y que están tan cerca como todos los demás.

El enemigo en la mira

De esa mirada lineal de la política, autoritaria, rígida, es muy difícil encontrar soluciones reales y consensuadas, porque el extremista de un lado mira con desprecio al del otro, casi como si fuera un enemigo que debe ser destruido.

 

Y hay momentos, incluso en nuestra historia chilena, en que eso ha sido así: “No hay mejor comunista que el comunista muerto”, dijo un diputado del Partido Nacional en 1972 y más de alguien sigue creyendo eso hoy. “Muerte al fascismo”, grita otro que entiende que ése es el apelativo que correspondería a los extremistas de derecha y que deben ser “eliminados”. Y así lo entendieron –lo entienden– muchas dictaduras que creen que el que piensa de otra manera no tiene el derecho de sostener sus ideas y el diálogo con él es un pecado.

¿Recordarán –para mencionar algo suave– los lectores cuando Nicanor Parra fue maltratado por la izquierda chilena a raíz de que él asistió a una reunión literaria convocada por la esposa de Richard Nixon?

Un ejemplo personal. Alguien me dijo un día: ¿Cómo puede ser amigo de ese sujeto que trabajó con Pinochet? Muy simple, le contesté, porque somos amigos no por razones políticas, sino por afecto y otras circunstancias; así, cuando él estaba en sus tareas políticas, yo podía decirle lo que pensaba y el me escuchaba de un modo más abierto a que esas mismas cosas se las hubiese dicho alguien que lo consideraba un enemigo.

Porque todas las personas tenemos derechos y el principal es el de ser respetados y considerados más allá de las ideas que sustentemos. Eso no se entiende en la mirada autoritaria, donde cada extremo siente que tiene la verdad absoluta y de ahí derivaría su derecho de impedir incluso la existencia política del otro.

El duopolio ideológico y político

Capitalismo –en sus versiones actualizadas, por cierto– o comunismo –en cualquiera de sus proposiciones históricas– parecen ser las opciones que mueven las decisiones. En lenguaje más intelectual diríamos liberalismo o marxismo. Los demás, que no somos ni unos ni otros, quedamos apresados en esa línea recta que sólo invita a la confrontación y no al entendimiento.

Cuando aquellos jóvenes políticos de los años 30 en adelante propusieron romper ese esquema dualista, dijeron “más allá del capitalismo y del comunismo” y dibujaron una flecha que cruzaba esas dos barreras para situarse en un terreno diferente. Jaime Castillo, Eduardo Frei, Radomiro Tomic hablaron de una sociedad que no sería ni individualista ni colectivista, sino comunitaria. Esa es la visión de quienes proponen sentarse en círculo para verse las caras y entender que entre los humanos debemos ser capaces de relacionarnos considerando al otro como un par con quien construimos el mundo en que vivimos y compartimos el aire, las calles, el paisaje, los miedos, las necesidades y las esperanzas.

La tercera posición

Es necesario, de esta línea recta que fuerza las posiciones, sacar una tercera posición equidistante que permita construir un triángulo equilátero en cuyo centro esté el círculo en el cual nos sentaremos a conversar. Los que creemos en esto sabemos que no es la hora de ser el centro entre los extremos, sino ir más allá de ese contexto y proponer una manera diferente de organizarnos, donde los ejes se sitúen en la participación armónica, en la franqueza, el pluralismo, la libertad y la justicia.

Sobre ejes de este tipo se puede romper esta política de vaivenes que mantiene la economía en deterioro, la pobreza sin soluciones reales, la educación insuficiente, la salud precaria y la violencia creciente.

Es posible, pero para eso hay que tener ideas claras, disposición al encuentro, capacidad de escuchar la voz de los demás y estar decidido a buscar la justicia, la solidaridad y la libertad por sobre todos los valores en la vida social.

NO PODRÁNIMPEDIR LA PRIMAVERA

Los artistas –entendiendo por tales a escritores, pintores, cineastas, músicos, actores y los cultores de todas las disciplinas creativas–, gestores culturales, empresarios vinculados a las actividades del arte, en fin, todo lo que gira en torno al mundo del arte y de la cultura, se han puesto en estado de alerta.

Los científicos, en general del ámbito universitario, además de los empresarios relacionados con la ciencia y la tecnología, han comenzado a levantar sus voces con cierta alarma.

¿Qué pasa?

Durante décadas, los investigadores de la ciencia en Chile y los que ejercemos los oficios relacionados con la creación artística, hemos sido considerados por el mundo del poder político y económico como el último carro del tren. En las universidades, incluso en las más tradicionales, el centro ha radicado en la docencia y sus hermanas menores han sido, en ese orden, la extensión (ahora le llaman “vinculación con el medio”) y la investigación. Hubo Facultades y Escuelas universitarias en las cuales la investigación era vista como una pérdida de tiempo durante la primera mitad del siglo XX.

Los movimientos de la década de los años 60, impulsada por una minoría de académicos y una mayoría de estudiantes, logró presionar sobre las altas esferas. Una decisión académica ideada desde la Rectoría de la Universidad de Chile llevó a la creación de la Facultad de Ciencias, logrando superar las resistencias de las escuelas profesionales que se tocaban con la ciencia, se nutrían de ella, pero eran reacios a investigar. Los gobiernos de Frei Montalva y Allende fueron determinantes en la apertura de la mirada hacia la investigación en todos los planos.

Paralelamente, tal vez incluso desde algo antes, los agentes del arte y la cultura fueron siendo dejados de lado en importancia para las decisiones. Si en algún momento, en el primer tercio del siglo XX pudo haber recursos para la cultura, eso fue desapareciendo sistemáticamente a partir del segundo gobierno de Arturo Alessandri. Tal circunstancia motivó movimientos importantes, de escritores fundamentalmente, que han ido (hemos ido) luchando en todas las esferas por lograr la validación de su trabajo y la necesidad de un compromiso de la sociedad y del Estado con actividades que si bien no producen grandes fuentes de empleos, permiten subir el nivel cultural del país. Los gobiernos nombrados en el párrafo anterior fueron importantes al acoger muchos de las demandas sobre el tema.

Pero cuando se dejó caer la dictadura todo volvió a los oscuros momentos anteriores. Es inolvidable aquella presión de ciertos economistas –particularmente debo mencionar a Álvaro Bardón– para frenar la inversión en investigación universitaria, sosteniendo que se trataba de dinero mal gastado, por cuanto podíamos aprovechar lo que se investigaba en otras partes y comprar los resultados. Y respecto del arte, salvo algunos regalones del régimen que recibieron pagos por su obsecuencia, el resto era visto como peligroso, subversivo, izquierdista (zurdos dirían algunos diputados de hoy). No solo no había dinero para planes de apoyo a la creación, sino que se sometió al vejamen de la censura previa a los escritores que para publicar requeríamos de un permiso del Ministerio del Interior. Una oficina especial del gobierno, por su parte, dirigida por Benjamín Mackenna en sus comienzos, hacía las listas de músicos y otros artistas a quienes les iban cerrando puertas.

Muchos científicos y creadores o cultores del arte se fueron al extranjero, unos forzados por la persecución política manifiesta y otros simplemente porque las puertas se cerraban para ellos. Pero en Chile muchos, los que no nos fuimos, seguimos creando en las más diversas disciplinas. Incluso, hubo algunos empresarios que se atrevieron a invertir, siendo quizás el más potente Ricardo García, creador del sello Alerce. Grupos de música, movimientos de poetas y narradores, pintores y escultores fuimos manteniendo viva la llama. En esto fue vital el Teatro con sus dramaturgos y las compañías de actores que, pese a que el público era escaso, generaban una energía poderosa que se extendía más allá de las salas.

Por eso en algún momento fueron amenazados de muerte, lo que provocó una reacción mundial de apoyo y un respaldo potente.

En el “postpinochetismo”, habiendo cesado la persecución y muchas desconfianzas del mundo oficial, las cosas han andado mejor, pese a que muchas promesas de las campañas han quedado como letra muerta. Se estaba avanzando, poco a poco, pero al menos no se retrocedía. Hasta hoy, cuando el gobierno de Kast ha comenzado la ofensiva con las primeras medidas, los discursos oficiales, las frase metafóricas del presidente sobre la escasa riqueza que producen las investigaciones, las declaraciones y actitudes de la ministra de Ciencias, los proyectos que hacen peligrar la propiedad intelectual, la reducción de presupuestos y las descalificaciones de todos los que giran en torno a estas temáticas llamándolos izquierdistas, comunistas, subversivos.

La noche empieza a caer. Hoy el mundo de la ciencia y la cultura está en estado de alerta. Hay que frenar esos intentos reduccionistas y seguir creando: ferias, Furias, congresos, encuentros, lecturas de poesía, muchos libros, artes visuales, cine, música, para recuperar terreno y no ceder ante la ofensiva del “neopinochetismo”.

Lo bueno es que la noche tiene límite y cuando se hace más oscura es el momento previo al amanecer. Recuerdo cuando en plena dictadura, alguien repitió esa hermosa frase:

[Crónica] «Séptima región»: Un giro chamánico, mágico y esotérico

Espiritualidad, filosofía, crítica a la religión y a la civilización, asuntos antropológicos, la vinculación con el mundo animal y vegetal, son temas de esta nueva novela del escritor chileno Nicolás Poblete Pardo, y la cual se encuentra estructurada de un modo completamente original.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 26.5.2026

Cuando empecé a leer el  libro de Nicolás Poblete Pardo (1971), Séptima región (Cuarto Propio, 2026), se me vino a la memoria el escritor Juan Mihovilovich, tal vez porque él ha transitado y anidado tanto por la región del Maule que ya no se sabe si ella es parte del patrimonio cultural del narrador o él es propiedad de una región del Chile central.

Librosy literatura

En la primera solapa del libro el redactor de la editorial describe la obra afirmando que en ella el autor profundiza en la indagación de la idiosincrasia chilena, marcada por momentos clave de la historia reciente, como el estallido social y sus repercusiones en nuestra sociedad actual.

Si el lector se guía por esa presentación, se llevará una decepción, pues en verdad, salvo una alusión genérica a una situación específica derivada del estallido popular y social de 2019 y las constantes referencias críticas a lo católico y a lo cristiano —que no son propias de Chile sino de occidente—, la novela nos sitúa en la intimidad misma de unos pocos personajes.

Justamente sacándonos, al lector y a los personajes como si fuéramos una sola realidad, de los elementos propios de la sociedad para ubicarnos en circunstancias más cercanas al chamanismo, la conexión con lo natural y el rechazo —y distanciamiento hasta donde es posible— de la sociedad y de la civilización.

Espiritualidad, filosofía, crítica a la religión y a la civilización, asuntos antropológicos, la vinculación con el mundo animal y vegetal, son temas de esta novela estructurada de un modo completamente original. El narrador neutro —la obra no es autobiográfica en sentido estricto aunque se refiere a todo lo humano— nos presenta dos personajes centrales: Renato y Eneas.

El primero aparece vinculado a un tercer personaje, Millaray, su pareja, con quien ha vivido una trágica circunstancia que, aunque el lector la descubrirá de inmediato, sólo se revela con certeza ya avanzado el texto.

Renato, nombre quizás elegido por el inconsciente del autor, significa renacido, lo que es el propósito que Eneas se formula con él: que deje la vida que lleva para renacer desde su conciencia más profunda.

El nombre elegido para este personaje es más evidente: alude al héroe de la guerra de Troya, hijo de un noble y una diosa que se convierte en un personaje temible, intenso, guerrero, de una potencia irreductible. También, la palabra alude a una planta silvestre.

Con todo, en esa combinación derivada de su nombre se mueve el sujeto que, sin dejar de ser temible, quiere llevar la vida de una planta silvestre o, mejor alternativa, de un animal ajeno a la civilización.

 

Las dimensiones más intimistas

En este punto aparece un cuarto personaje: «la puma», es decir un animal puma hembra, que no tiene más nombre que ese. Ella está ciega y vive con Eneas. Su papel será fundamental en el proceso que vivirá Renato en su estancia con este último.

Cuando en el relato emerge «la puma» surgió en mi memoria ese notable poema de Jonás (Jaime Rogers) que lleva ese nombre y hace hablar al puma, quien interpela a los humanos para que lo dejen seguir viviendo, pues mientras él mata una oveja para comer, ellos las matan por miles y les recuerda: «Soy el último salvaje que os queda».

El quinto personaje son las palmeras, obsesión de Eneas por cultivarlas, convencido de que son «el pasto de eras pasadas» y que ante el eventual cataclismo que lleve a la humanidad a la desaparición, ellas deberán sobrevivir.

Así, este encuentro con las palmeras me llevó de inmediato a mi relación con ellas, que quedó plasmado en mi libro Palmeras y otros recuerdos (1984), donde cuento de su presencia en mi vida.

Libros

Hace sólo unas semanas, cuando una palmera se secaba en mi jardín de maceteros, recibí un regalo de mi prima Carmen Gloria, dos palmeras nuevas, una de las cuales trajimos con Maru a Reñaca.

El escritor Poblete acierta: ellas son plantas espirituales, profundas y a la vez intensamente terrenales, ya que en el desierto permiten beber al peregrino, dan frutos gigantes en los trópicos y pequeños y sutiles en las montañas. Son, de cierto modo, casi humanas (según Eneas, mejor que humanas).

Todo esto transcurre en la singular región del Maule que Poblete y su personaje Eneas llaman Séptima Región, como la llamaron los militares para poner en orden las cosas.

Hoy no existe la Séptima Región, sino la Región del Maule, pero él insiste en vivir en «un lugar que no existe», que no se llama así, pero lo hace con intención y no por error.

Lo que intenta es mostrarnos lo efímero de las existencias humanas en medio de la inmensidad del universo, pues da lo mismo donde estemos, se llame como se llame el lugar, porque lo que importa es nuestra intensa relación con ese hábitat.

Pero, no contento con eso, el autor hace un giro chamánico, mágico y esotérico, al vincular el 7 con el Iridio, con el cerebro, con los méritos del 7 en la numerología, con los 7 que tiene el cuerpo (siete orificios principales, siete entradas de la cabeza, siete regiones cerebrales, etcétera).

Y entonces, se me aparece de nuevo Juan Mihovilovich Hernández, y me doy por enterado: algo de esos temas tan psicológicos, a veces filosóficos, de la obra del escritor maulino, se trasluce en la obra de Poblete.

Poblete puede no haber leído a Mihovilovich, pero puede compartir con él en una esfera espiritual, de almas cercanas, la intensa pasión por las dimensiones más intimistas, psicológicas, en las que se encuentra lo mejor y lo peor de cada uno de nosotros, los humanos.

Séptima región no es una novela de entretención: es una obra completamente diferente en el género, que nos interpela profundamente y nos dejará con una inquietud tremenda: ¿es la civilización un avance de verdad en la perspectiva humana?

 

Fortalecer la democracia y el Estado

Las señales que da el gobierno de Kast permiten establecer que no les interesa el fortalecimiento del aparto estatal ni el fortalecimiento de la democracia. Sus objetivos son distintos, centrados en las ventajas para el mundo empresarial privado y la consolidación de un poder que se haga cada vez menos modificable.

Necesidad de nuevas propuestas

Hace ya un tiempo formulé algunas propuestas políticas para mejorar el funcionamiento del Estado, pues estoy convencido que un proceso de democratización como el que Chile deberá iniciar cuanto antes, requiere de un Estado sólido, fuerte, eficaz, eficiente. Lo que intenté fue proponer algo que nos sacara de las contingencias inmediatas y permitiera ver la realidad con una perspectiva de futuro, convencido como estoy de que el futuro se construye desde hoy.

La democracia chilena, como lo he comentado varias veces, la percibo débil, limitada, excesivamente formalista, ajena a la realidad del pueblo y sus necesidades. Incluso ya ha dejado de hablarse de pueblo para sustituirlo por el vocablo gente.

Eso no es un tema baladí, sino una modificación profunda de lenguaje. Gente es un concepto vago, masificador de individuos desconectados entre sí, pero que transitan por la misma sociedad. Pueblo es un concepto integrador, referido a las personas conectadas por espacios, intereses, demandas, necesidades, desarrollo, donde las decisiones se toman más en conciencia de lo que es permanente y no sólo de la urgencia del día.

Por eso, aludo siempre a las necesidades que van más allá de lo básico: es la necesidad del desarrollo humano, de personas integradas en sí mismas y con los demás, en busca de consensos, armonía, soluciones permanentes, unidos por su entorno cultural real.

Consumidor versus ciudadano

Cuando, como sucede en estos tiempos, prima el carácter de consumidor por sobre el de ciudadano y los valores y lenguajes son traídos de las potencias imperiales, se percibe el intento de hegemonizar para establecer el dominio de los poderosos sobre el resto. Los poderosos del dinero, de la política, de las religiones, de las armas.

Los proyectos planteados por los actuales gobernantes apuntan con claridad a restablecer la alianza del poder económico con el político –más allá de la corrupción o los delitos en la materia– con un respaldo valórico derivado del imperio de las religiones más inquietas por los temas de la familia y la sexualidad, que los de la justicia social, el respeto por las personas y la construcción de espacios solidarios, fraternos.

Y todo esto con la presencia silente pero activa de los militares, que con la continuidad pinochetista del ministro de Defensa Nacional, bajo el rótulo de “nuestras fuerzas armadas” se les invoca como sostenedores del sistema institucional.

No se aprecia voluntad de avanzar en el fortalecimiento del Estado y de la democracia. Por el contrario, cada paso está orientado a mantener como zonas de gasto privilegiado a las fuerzas armadas y el entorno presidencial, dejando todas las otras cuestiones para la reducción de presupuestos.

Los temas de interés

Medio ambiente, cultura, arte, incluso educación y salud como asuntos de Estado, son materias que el enfoque del gobierno actual y la derecha en su conjunto califican de “temas izquierdistas”, en el entendido que la derecha está interesada en la seguridad y el poder económico, convencidos que son los únicos que privilegian esas temáticas por sobre todas las otras.

Por eso se entiende que el Ejecutivo haya cambiado rápidamente de ministro de Seguridad, atendidas las críticas que recibía la titular, desde todas las posiciones. Lo que no se entiende tan bien es que el presidente haya destituido a la ministra y junto con decirle que tenía que irse le agradeció y la felicitó por todos los logros conseguidos en su brevísima gestión, diciendo que se la extrañaría en el cargo.

Las críticas de los demás, paralelamente, relevaban que ella carecía de plan (reconoció que no sabía que debía tenerlo), que sus éxitos operativos estuvieron basados en las acciones de Fiscalía, de las policías y del gobierno, iniciadas mucho antes de que asumiera el actual presidente y que sus declaraciones y acciones públicas fueron muy desafortunadas. Pero Kast la echará de menos. La contradicción en sí misma. Lo difícil será para el nuevo: él se opuso a la creación del Ministerio y fue un crítico constante y agudo de todo lo que hizo el ministro de Boric.

Debilitando el Estado

En esa misma línea, ahora se habla con claridad por parte de la derecha –planteamiento sobre el que no se ha pronunciado el gobierno todavía– de la conveniencia de privatizar Codelco. Es decir, si las cosas no funcionan como ellos quisieran, en lugar de mejorar procedimientos, sistemas, controles, consideran que hay desprenderse de la mayor empresa del Estado, paralelamente con bajar los impuestos a las grandes empresas.

Para ellos, el Estado debería disminuirse todo lo que se pudiera. Recuerdo una conversación con un destacado personaje del pinochetismo (fue ministro de Educación) cuando el fungía de decano de Ingeniería en la Universidad Andrés Bello. Decía: “todo debe ser privado”. Le dije: ¿Y las fuerzas armadas? Él respondió: “también”. Hasta el decano de Economía, poco después elegido diputado por la UDI, lo miró con sorpresa.

Finalmente, todo es negocio y lo que importa es que los empresarios privados, sobre todo los empresarios más grandes, puedan ganar mucho dinero, convencidos como están de que la riqueza de los poderosos “chorreará” hacia la gente. Eso ya está probado que no es así.

La urgencia del debate

Es necesario iniciar un debate serio y comenzar a proponer reformas destinadas a fortalecer el Estado. La democracia requiere de un Estado potente que garantice los derechos de las personas.

No se trata de hacer todas las reformas de una vez, sino comenzar a proponer, intercambiar ideas, buscar acuerdos e ir reformando poco a poco cada una de las áreas que permitan avanzar hacia la profundización democrática, la participación consciente en las decisiones, la responsabilidad de quienes tienen la conducción política del país y la construcción de espacios de justicia, fraternidad ciudadana, educación sólida, formación ética y satisfacción de las necesidades más urgentes para establecer la armonía social que requiere la sociedad.

[Crónica] El crimen de Ema»: La violencia en el interior de una familia

Pasado, presente y futuro, se entremezclan con velocidad e ingenio, en una narración —esta, la nueva novela de la autora nacional María Eugenia Lorenzini— que no deja espacio para poder imaginar cómo irá a terminar la obra, a través de un relato que fluye e invita.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 20.5.2026

La violencia al interior de las familias es una dramática realidad en el mundo entero. En muchos lugares —como sucedía en Chile hasta hace poco tiempo— esos hechos eran callados y mantenidos en secreto al interior del núcleo íntimo.

A lo más se traspasaba a la familia de la víctima —la mujer o el hombre de la pareja— y si la noticia llegaba a la parentela del presunto agresor, eso era negado con vehemencia. «No sería capaz de hacer eso», resultaba ser la frase con la que se negaba la posibilidad, convirtiendo al agresor en víctima de una acusación falsa y a quien sufría la agresión en un calumniador.

Cuando la violencia es sólo de la pareja —muchas veces porque no hay hijos— en forma habitual eso queda soterrado y los familiares de quien sufre las agresiones —mayoritariamente las mujeres— se preguntan qué le pasará, por qué parece triste. Entonces la víctima se siente con el deber de seguir sonriendo, pues parte de la base que nadie le creerá. «Pero si se ve tan cordial», dirán, poniendo en duda que quien agrede pudiera estar efectivamente haciéndolo.

Esa violencia toma distintas facetas: violencia sicológica como descalificaciones, agresiones verbales, humillaciones, amenazas, prohibiciones, acusaciones, hasta llegar a la violencia física, es decir, maltrato sexual, golpes de distinto calibre e intensidad, que pueden llevar a quien los recibe hasta la muerte.

Y cuando hay hijos, el problema se oculta más, como si ellos, niños y adolescentes, no se dieran cuenta de lo que sucede. Esa negación daña a los hijos y a los negadores, pues nadie asume la verdad. Los hijos que perciben la realidad se sienten a medio camino entre la locura (no crean que hay agresiones, les hacen ver) y la conciencia de que los padres mienten.

La violencia en el interior de la familia fundada es fuente de posteriores rencillas entre los hermanos o de los directamente intervinientes con el resto de las familias.

Esa cadena daña a esa estructura social y sus vinculaciones, dejando secuelas, traumas, daños inmediatos y postreros, de los cuales pocos logran sanarse. Son, de todo modos, una incubadora de nuevas acciones de ese tipo en las relaciones de quienes crecen en ese ambiente.

 

Por la inevitabilidad de la verdad

La novela El crimen de Ema de María Eugenia Lorenzini (Editorial Forja, 2026), escritora y editora, trata de este tema y de cómo todo se complica cuando la violencia llega a los peores extremos.

«Todavía con miedo, moviéndose apenas, cono si el cuerpo le pesara, Ema se levanta con el cuchillo en la mano y clava los ojos en la silueta que se dibuja entre las sábanas».

Con esta frase, Lorenzini inicia la novela y abre la puerta del pasillo por el que transita la protagonista y quienes se van encontrado con ella.

Las culpas, los terrores, las angustias, se van expresando en el conflicto con una sociedad que aún tiene resabios de una represión secular sobre las mujeres y el imperio con plenitud de derechos del macho que se cree dueño de todo.

Ema se rebela, después de un largo tiempo de humillaciones y violencias de todos los tipos, incluidos por cierto los golpes reiterados, en una autodefensa que ella teme que no sea reconocida por quienes ven a su marido con ojos benevolentes y ante una sociedad que antes de justificar la legítima defensa, pedirá pruebas que nadie puede dar.

La novela se lee con rapidez, avidez incluso, porque todo transcurre en muy poco tiempo, en relatos fluidos, ágiles y con un diálogo bien estructurado.

Porque los hechos parecen estar claros desde la primera página y la protagonista es víctima de su propia conciencia, de la mirada que la sociedad puede tener sobre ella y se va encontrando con personajes (personas, situaciones e incluso un perro) que le dan y le piden sin vacilaciones, salvo cuando la verdad aflora y entonces aparecen los reproches del modelo social, sin preguntarse lo obvio: la razón de por qué se produjo el desenlace que se relata en las primeras páginas.

Con todo, pasado, presente y futuro, se entremezclan con velocidad e ingenio, en una narración que no deja espacio para poder imaginar cómo irá a terminar esta obra. Faltan diez o menos páginas y el lector, aún con el ojo avezado de tanta lectura por décadas, no puede dar con lo que sucederá.

En ese sentido, podría decir que El crimen de Ema tiene la estructura de las novelas policiales, que preparan sorpresas y mantienen la atención y la tensión durante todas su páginas. Es una obra literaria que nada tiene que envidiar a esas que se venden con profusión por el mundo y merece un espacio importante en el reconocimiento público de libreros, comentaristas y lectores.

Así, el dolor de la protagonista la lleva al borde de la insania mental, derivando en sus decisiones de un lado al otro y llevando al lector a pasearse en esos vericuetos incomprensibles de una mente atormentada, no por la locura, sino por la verdad.

Por la inevitabilidad de la verdad.

El relato fluye e invita, sabiendo que cada tramo se engarza con el siguiente, siempre con el juego ambivalente de lo que es una verdad imposible de aceptar.